Calendario
Rosal Chino
Siempre que llueve
me acuerdo del cómo, del cuándo y del por qué de tu rescate:
yo estaba en Jumbo buscando la sección carnicería y me perdí en el laberinto de Knossos de los detergentes
sin más ariadna que mi carrito;
un teseo que andaba por allí,
y que no soltaba hebra,
me aventuró con el dedo la remota salida pero no la encontré,
así es que harta de dar vueltas
al menhir de los mistoles
y de tropezarme cada dos por tres con el mentado teseo
—mucho hilo y mucha ariadna y, a la hora de la verdad, tampoco sabía salir, el muy fantasma—, me alejé y me alejé
hasta que ya no pude alejarme más
porque me topé de bruces con el minotauro, una gorda que iba a meterte a ti,
al cautivo más apuesto que habían visto nunca mis ojos, entre las rejas infames de su cuadriga; la lucha,
como cuentan los cronicones,
fue breve y fue a muerte
y en ella perdí francamente la educación, pero al final gané el torneo, rosal.
No me lo explico:
de todo esto ya han pasado dos,
casi tres años,
y mira la de perlas de fuego
que siguen brotando en el lóbulo
de tus hojas esmeralda
al amparo de su frescor.
No sé si alguien te ha dicho
que eres el jardín de las delicias de la tierra.
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