Campo de sangre

Paul Harding · Capítulo 5 de 16

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Campo de sangre

Capítulo IV

Aquella declaración se acogió con un silencio estremecedor.

—¡Pero eso es imposible! —protestó el tabernero.

—Debo deciros —replicó sir John— que hemos estado en Black Meadow, un nombre que le va a la perfección, y hemos encontrado los cadáveres de Margot y Bartolomeo.

Una de las criadas empezó a sorber por la nariz.

—Y todavía peor —continuó el forense—, hay seis esqueletos más.

Uno de los mozos empezó a temblar y se acercó en silencio a una de las mujeres, que le rodeó los hombros. Athelstan los estudió detenidamente.

Aquellos hombres y mujeres eran buena gente, con sus odios y amores, con su trabajo y sus vidas. La maldad de la que estaba hablando sir John era algo incomprensible para ellos. Si Kathryn Vestler era culpable de crímenes tan atroces, sus sirvientes sin duda alguna eran inocentes. Athelstan se levantó y se dirigió al centro de la taberna.

—En el nombre de Dios —afirmó—, y os lo pregunto ahora, ya que sé que contestaréis ante Cristo y su corte de ángeles, ¿sabéis algo más de esas muertes?

Todo el grupo se lo quedó mirando en silencio.

—Bien, parece que ya sé la respuesta, pero os lo preguntaré una vez más, solemnemente en nombre de la Eucaristía, el cuerpo y la sangre de Cristo. —Hizo una pausa—. Durante los dos últimos años, ¿ha venido alguien a este lugar haciendo preguntas sobre los huéspedes que se han alojado en el Árbol del Paraíso?

El tabernero dio un paso al frente y dos criadas levantaron la mano.

—Padre, en los últimos meses, que yo recuerde, ha venido gente extraña preguntando sobre algunos huéspedes, sobre si hicieron esto o aquello, si se alojaron aquí, si alquilaron una habitación, incluso si comieron o bebieron algo.

—Sí, es cierto —corroboró otra de las sirvientas.

—¿Quién era esa gente? —preguntó sir John.

—Bueno, pues mendigos, vendedores ambulantes, caldereros, gente que entraba y salía de la ciudad.

—Sí, y algunos preguntaron sobre Bartolomeo y Margot —añadió otro.

—Y hay más —declaró un mozo acercándose con sus pequeños y delgados brazos cayéndole a ambos lados del cuerpo como dos palos—. Vi a la señora Vestler quemar algunas pertenencias.

Athelstan miró al forense, que normalmente conseguía mantener su afabilidad, su osado buen humor, pero en este caso su rostro rubicundo había palidecido. Tenía ojeras y parecía bastante viejo.

—Oh, sir John —suspiró Athelstan—, ¿pero qué tenemos aquí?

—Será mejor que regreséis a vuestros deberes —les dijo sir John a los trabajadores de la taberna—. Padre Athelstan, venid conmigo.

Subieron por las escaleras de madera. El Árbol del Paraíso no podía tener un nombre más apropiado. La madera del suelo estaba pulida y barrida; las ventanas de las escaleras tenían cristal, incluso algunas estaban pintadas con emblemas; en las paredes se habían colocado soportes de bronce para las velas; varías macetas de flores y de plantas estaban dispuestas con gusto por todas las estanterías y repisas. El primer pasillo incluso tenía estoras de lana para silenciar los pasos y pequeños cuadros en marcos dorados decoraban las paredes. Al fondo había una puerta entreabierta y dentro de la estancia se hallaba Kathryn Vestler sentada en una silla, con Hengan también sentado a su lado en un taburete. El rostro de la señora de la taberna había envejecido, palidecido, tenía ojeras y sus rollizas mejillas estaban empapadas de lágrimas. Sostenía un pañuelo de lino en las manos que no dejaba de retorcer, con la mirada perdida en un punto situado por encima de sus cabezas, mientras movía los labios sin pronunciar palabras. A su lado, en el suelo, tenía una copa de vino medio llena. Hengan les miró apenado.

—Sir John, hemos oído los rumores.

—Soy inocente —protestó la señora Vestler—, lo juro ante Dios y los ángeles, sir John, soy inocente de cualquier crimen.

Athelstan se acercó a un pequeño escritorio y a un taburete mientras sir John cogía una silla justo al lado de la puerta para sentarse frente a la viuda.

Se inclinó hacia delante y le cogió la mano.

—Kathryn, debo deciros que hemos sido testigos de una terrible escena.

Luego le informó brevemente sobre todo lo que habían visto y averiguado desde que habían llegado. La señora Vestler pareció recuperar la compostura. Athelstan se preguntó si Hengan no le habría echado un opiáceo en la bebida.

—No sé nada de esos cadáveres. Margot Haden desapareció a mediados de verano y Bartolomeo con ella. Es verdad, los oficiales de la Torre vinieron, pero no les pude decir nada.

—¿Por qué quemasteis las pertenencias de Margot? —preguntó sir John.

—No eran nada —espetó—, cuatro cosas, yo, yo… no pensé que estuviera bien venderlas o dárselas a alguien, por eso las quemé.

Bartolomeo era un escribano, un hombre bastante rico. Pensé que Margot las dejó aquí porque no eran más que harapos. Su amante, su pretendiente, le compraría más.

—¿Os caía bien Bartolomeo? —preguntó Athelstan.

—Era un hombre bueno y amable pero, padre, ya tengo suficientes admiradores. Bartolomeo no me interesaba.

—¿Y los otros? —preguntó sir John.

—¿Qué otros? —espetó la mujer.

—Vuestros criados nos han contado que ha venido gente a preguntar por los huéspedes del Árbol del Paraíso.

—¡Eso es una tontería! —respondió Hengan acaloradamente.

—¿En qué sentido, señor?

—El Árbol del Paraíso es una taberna muy concurrida, además, se encuentra cerca de la Torre y el río. La gente viene a menudo de visita, es normal que se hagan preguntas sobre las idas y venidas de nuestros clientes.

—Pero también dijeron que quemasteis las pertenencias de otras personas que se alojaron aquí.

—Sir Jack —replicó la señora Vestler—, hay por lo menos veinte habitaciones en esta taberna. Los huéspedes vienen, a veces se dejan algunas cosas sin importancia, ropa, piezas de talabartería que están rotas o inutilizables. Mantengo esta casa limpia y ordenada. ¿Qué crimen he cometido por quemar tonterías como ésas?

Sir John se puso en pie, le tocó el hombro y, tal como dictaba la ley, le dijo:

—Señora Kathryn Vestler, por el poder que me ha concedido el rey y el ayuntamiento de esta ciudad, os arresto bajo el cargo de asesinato de Bartolomeo Menster y Margot Haden y otras víctimas todavía no identificadas.

La señora Vestler inclinó la cabeza y sorbió por la nariz.

—Ingresaréis en la prisión de Newgate y permaneceréis allí para responder a estos cargos ante los jueces del rey en el ayuntamiento.

Hengan se puso en pie.

—Sir John, ¿puedo tener unas palabras con vos?

Los dos salieron de la estancia. Athelstan contempló a la mujer inmersa en un mar de lágrimas. No sabía qué pensar. En su vida había aprendido que un asesino puede tener el rostro más dulce y la sonrisa más Cándida.

—Rezaré por vos, señora Vestler —le dijo.

La mujer levantó la cabeza, su mirada se había vuelto muy dura.

—¿Rezar, padre? ¿Y de qué me sirve ahora rezar? Alicia Brokestreet se ha salido con la suya. ¿Rezaréis también por mí cuando me retiren la escalera en la horca de Smithfield?

—Eso todavía no ha sucedido, confiad en Dios y en sir John.

Y cogiendo su bolsa de cancillería, el fraile se reunió con sir John y Hengan en el pasillo. El abogado parecía profundamente consternado.

—¡Sir Jack, sir Jack! ¿Qué podemos hacer?

—Hengan, ya os he contado que hay pruebas contra ella. ¿Qué otra explicación puede haber?

—Es posible que Alicia Brokestreet y otra persona asesinaran a Bartolomeo y a Margot y los enterraran en Black Meadow.

—¿Qué pruebas tenéis? —preguntó Athelstan.

Hengan, con la mirada ansiosa, se encogió de hombros.

—Vos sois abogado, Hengan —continuó Athelstan—. ¿Por qué deberían Alicia Brokestreet y su misterioso cómplice asesinar a dos personas? ¿Por qué tendrían que sacarlos fuera y enterrarlos en Black Meadow, donde podrían haber sido vistos por cualquiera de la taberna o por ese grupo variopinto de los Cuatro Evangelios a los que acabamos de conocer?

El rostro de Hengan esbozó una sonrisa.

—La señora Vestler les deja quedarse ahí afuera, tiene un gran corazón

—comentó—. Tal vez puedan servirnos de ayuda, tal vez vieron algo. No se puede cargar con dos cuerpos y enterrarlos en un lugar como éste sin ser visto.

—Precisamente —confirmó sir John dando otro trago de su bota—. Y

los jueces se preguntarán lo mismo —levantó la vista hacia el techo de yeso blanco—. Maese Ralph, ¿defenderéis a la señora Vestler?

—Por supuesto.

—Entonces dejadme que os hable en privado.

Sir John se dirigió a las escaleras y llamó a voces a Flaxwith, que subió arrastrando su pesado cuerpo. Sir John le dijo que vigilara a la señora

Vestler y luego le hizo señas a Hengan y a Athelstan de que le siguieran.

Bajaron a la taberna, salieron al jardín y se dirigieron a una pequeña glorieta rodeada de flores construida con un enrejado de madera que se encontraba en un lugar apartado, fresco y discreto con un banco acolchado alrededor de sus paredes curvadas. Se sentaron y sir John pidió a gritos unas jarras de cerveza. Mientras esperaban a que les sirvieran, Athelstan estudió la gran variedad de plantas y hierbas de aquel lugar: lavanda, judías, flores de guisantes y lino, con abejas revoloteando a su alrededor y mariposas blancas y de colores vivos que iban de flor en flor. Un pato de un pequeño estanque al otro lado del jardín se paseaba torpemente por los alrededores.

Las golondrinas revoloteaban a la altura de la hierba por todo Black Meadow, y en un algún sitio se oía un pájaro carpintero agujereando ruidosamente la corteza de un árbol. Athelstan apenas podía creer que un lugar tan apacible y agradable como aquél escondiera unos crímenes tan atroces.

—¿Representaréis a la señora Vestler? —volvió a preguntar sir John.

El abogado se acarició la punta de su afilada nariz, con el labio inferior sobresaliéndole.

—No sé mucho sobre este tipo de asuntos legales, sir John. Sólo aconsejo a la señora Vestler en sus negocios. Sin embargo probaré su inocencia en todo esto.

—No tiene hijos, ¿verdad? —preguntó Athelstan.

—No tiene a nadie más, ni parientes ni amigos.

—Supongo que debe de tener un testamento.

Hengan dio un sorbo a su cerveza y se limpió la espuma blanca de los labios.

—Hace la mejor cerveza a este lado del Támesis —afirmó—. No es una asesina. Sí, ha redactado un testamento y yo soy su albacea. La señora Vestler ha dejado muy claras sus disposiciones. A su muerte, la taberna se venderá al mejor precio posible y todas las ganancias se enviarán a los caballeros hospitalarios del priorato de San Juan en Clerkenwell.

—Entiendo —interrumpió sir John con su habitual buen humor—.

Stephen, su último marido, era un poco obstinado, decía que si Kathryn moría antes que él, volvería al este y se uniría a los hospitalarios en su lucha contra los turcos.

—Su testamento es muy breve y conciso, incluso bromeé con la señora Vestler porque ni siquiera a mí me ha dejado un solo penique.

Athelstan le atravesó con la mirada.

—Fue solo una broma, padre, yo ya tengo suficientes riquezas.

—Es viuda —señaló Athelstan—, hermosa y rica. Seguro que no le faltan pretendientes. Después de todo, maese Ralph, vos sois también soltero y un buen partido.

Hengan bajó su cerveza.

—Bueno, los pretendientes van y vienen, algunos sólo buscan una aventura, otros, un beneficio, pero Kathryn no se fijaría en ninguno de ellos.

Veréis, padre, hay una habitación en la taberna, la que utilizaba su último marido, Stephen. La ha convertido en un santuario en recuerdo a su memoria, con su escritorio, su espada, su escudo, su armadura e incluso la bandera que llevó en Poitiers. La señora Vestler es una mujer que se siente a gusto con la vida que lleva y lo que hace. Ha hecho votos de no volver a casarse —sostuvo la jarra como si fuera a hacer un brindis—. Y en cuanto a mí, padre —añadió con un suspiro—, ¿puedo hablaros con confianza?

—Por supuesto, maese Ralph.

—Bien, ¿cómo os lo diría, padre? Como hombre, me basta la compañía de las mujeres —sus ojos grises de mirada afable sostuvieron la de Athelstan—. Y de momento no tengo intenciones de encontrarme siempre con la misma mujer en la cama.

—¿Y qué pasará ahora? —insistió Athelstan—, me refiero a si encuentran a la señora Vestler culpable, porque, ya que estamos en este lugar apartado, maese Ralph, os voy a decir la verdad por muy dura que pueda sonar: si el jurado la encuentra culpable no habrá perdón por lo que ha hecho.

—Padre, entiendo vuestra advertencia. La señora Vestler tiene muchas posibilidades de acabar en la horca. Si eso sucediera…

—La taberna y todas sus pertenencias pasarían a manos de la Corona —

interrumpió sir John.

Athelstan agarró su jarra de cerveza; su profunda amistad con sir John, cualesquiera que fueran los deberes que le requerían en Southwark, le obligaban a implicarse en aquel asunto. De hecho, debía hacer todo lo posible para probar la inocencia de la señora Vestler.

—¿Ha ocurrido algo sospechoso? —preguntó—, ¿hay alguien que tenga algo en contra de la señora Vestler?

El abogado negó con la cabeza.

—¿Hay alguien que desee quedarse con la taberna o sus propiedades?

—La señora Vestler fue una mujer muy afortunada —replicó Hengan—.

Ella y su marido compraron este lugar cuando los precios en toda la ciudad habían caído después de la gran peste. La taberna no era lo que es ahora.

Estos jardines, el estanque de carpas y las cámaras son todo obra suya. La señora Vestler tiene muy buena mano para la cocina. Sus pasteles de venado, cocidos con especias, son famosos en toda la ciudad. Ahora bien, respondiendo a vuestra pregunta, hace unos dieciocho meses un miembro de la cofradía de bebidas alcohólicas con licencia, Edmundo Coddington, le hizo una oferta por la taberna, pero la señora Vestler la rechazó.

—¿Y dónde se encuentra ese tal Coddington ahora? —preguntó sir John.

—Bueno, sir Jack, murió de alguna enfermedad, pero aparte de él no hubo nadie más.

Athelstan recordó a los Cuatro Evangelios y reprimió un escalofrío.

Parecían y actuaban como si estuvieran mal de la cabeza, pero, ¿qué pasaría si sus sonrisas bobaliconas escondieran algún propósito? No serían los primeros que habían enmascarado sus viles intenciones bajo la excusa de la religión. Terminó su cerveza y se puso en pie.

—Sir Jack —dijo entregándole al sorprendido forense su jarra vacía—.

Me reuniré con vos dentro de un rato.

Athelstan se dirigió hacia Black Meadow. Se detuvo en el foso, donde los oficiales estaban ahora envolviendo los cuerpos.

—¿Puedo ayudaros, padre? —preguntó un oficial apoyándose en su azada—. Un asunto oscuro, ¿eh?

—Sí, muy oscuro. Decidme, oficial, ¿dónde encontrasteis los dos cadáveres?, me refiero al del hombre y la mujer.

El tipo se rascó un corte que tenía en la barbilla sin afeitar.

—Ah, sí, eso es —afirmó señalando el lugar—, ahí, padre.

Athelstan se dirigió al sitio indicado y luego miró hacia la entrada del cementerio. El oficial se acercó con la azada descansando sobre su hombro como una lanza.

—¿Qué pasa, padre?

—Imaginad que soy un asesino —sonrió el fraile—, o que los dos lo somos y tenemos dos cuerpos de los que deshacernos. ¿Cuándo los enterraríamos?

—Bueno, padre —replicó sorprendido el tipo—, pues supongo que en la oscuridad de la noche.

—Bien, y tampoco nos podrían ver desde el fondo del prado —apuntó Athelstan.

—Ah, os referís a donde vive ese grupo tan raro, ¿no? Sí, tenéis razón, padre, la colina oculta toda visión.

—Y si cavamos en este lado del roble tampoco nos vería nadie desde la taberna, ¿verdad? —continuó el fraile.

—Sí, es cierto —contestó el tipo, orgulloso de servir de ayuda al amigo del poderoso forense.

—¿Pero cómo podríamos traer los cuerpos hasta este lugar? —preguntó Athelstan—. Si los sacamos de la taberna podrían vernos los sirvientes o las criadas.

—Cierto, padre, pero por la noche todo el mundo duerme, y mirad —

dijo alejándose y haciendo señas con la mano—: podemos ver la taberna y su tejado, pero, ¿os habéis dado cuenta?, los árboles ocultan la vista de la mayoría de las ventanas.

—Buen ojo —sonrió Athelstan, y luego se metió la mano en el bolsillo y le dio una moneda al hombre. El oficial casi se puso a bailar de contento.

—Entonces, es posible que trajeran los cuerpos de la taberna por la noche, los cargaran en un carro de mano o en una carretilla, que engrasaran los ejes y cubrieran las ruedas con paja.

—Sí, eso es lo que hacemos en la ciudad cuando sacamos un carro por la noche, si no podrían quejarse al ayuntamiento.

—Pero supongamos que no venían de la taberna. Es demasiado peligroso traerlos desde el río porque, como vos dijisteis, ahí vive ese grupo tan raro esperando la llegada de san Miguel —el oficial se quedó perplejo

—. Vamos, haz uso de ese buen ojo —bromeó el fraile—, ¿de qué otro lugar podrían haber venido los asesinos?

—Del este —afirmó el oficial señalando los arbustos al final del campo

—. Eso lleva a unas tierras que son del ayuntamiento y al gran foso de la ciudad. Y al oeste, ¿qué hay? —se preguntó rascándose la cabeza—. Ah, sí, hay otro campo que se extiende hasta unos setos y más allá, padre, se encuentra la calle de Petty Wales.

Athelstan enterró su sandalia en la tierra debajo del roble.

—¿Y no resultaría un poco difícil cavar en este lugar? —preguntó.

—No mucho. Mi padre era un campesino con tierras en Woodford.

Siempre y cuando evitéis las raíces, la tierra debajo de las ramas de un árbol como éste está más blanda. Las hojas hacen sombra, y de ese modo evitan

que el sol la queme, y cuando llueve, las ramas recogen el agua, que luego se filtra en el suelo de abajo.

—Claro —afirmó el fraile recordando la pequeña granja que tenía su padre y cómo él y su hermano Francis cavaban alrededor de los perales en el huerto para fortalecer las raíces—. ¿Pero no lo notaría alguien? —

preguntó Athelstan—. Digamos que traemos los dos cadáveres aquí en medio de la oscuridad de la noche, estamos a mitad de verano, así que tuvo que ser más tarde de medianoche.

—No olvidéis, padre, que hemos tenido un verano bastante húmedo. El suelo estaba empapado de agua y resultaba más fácil cavar.

—¿Qué profundidad tenía el foso en el que fueron encontrados?

—¿Los dos cuerpos? —preguntó el oficial bajando la azada y clavándola en el suelo—, no más de media yarda.

—¿Y estaban los dos juntos?

—Sí, amantes en vida y después de la muerte, si hemos de hacer caso de las habladurías.

—Así que ponemos a los dos cuerpos juntos —continuó Athelstan—, pero seguramente a la mañana siguiente alguien notaría algo.

—No necesariamente, padre. Si estuviéramos enterrándolos, primero quitaría la capa de la superficie y luego el resto del suelo, luego metería a los muertos dentro, los cubriría, colocaría la hierba otra vez encima y la pisaría. Finalmente iría al campo, cortaría unos cuantos hierbajos y los esparciría sobre la tumba.

—Bien —aceptó Athelstan— y como éste es un lugar solitario, a menos que alguien se dedicara a estudiarlo con detenimiento…

—Además estamos en pleno verano, padre, la hierba pronto volvería a crecer…

—Y así nadie lo descubriría —afirmó Athelstan acabando la frase por él.

Le dio las gracias al oficial y caminó a través del campo. Las ovejas huyeron a su paso, emitiendo balidos por haber sido interrumpidas mientras pastaban. Athelstan examinó el espeso seto de ligustro que separaba el campo de las tierras del ayuntamiento que se extendían hasta el foso de la ciudad. Por casi todas partes era muy espeso y espinoso, pero en otras había aberturas que probablemente habrían hecho con el paso de los años los viajeros, amantes o cualquiera que buscara un atajo entre Petty Wales y la fortaleza. Lo mismo sucedía con los setos al otro lado. Athelstan oyó unos gritos y se volvió; los oficiales estaban acabando, ya habían envuelto los

cadáveres y ahora los llevaban a la taberna para colocarlos en el carro que les esperaba. Athelstan se despidió con la mano y luego se fue en busca de los Cuatro Evangelios. Esta vez no se mostraron tan amables, estaban sentados alrededor del fuego comiendo queso y algunas verduras sobre unos platos que habían improvisado.

—Perdimos el conejo —gimió Primer Evangelio—, ese maldito perro lleva la marca de Caín en la frente.

Athelstan se disculpó, metió la mano en su zurrón y les dio una moneda.

Su estado de ánimo cambió en cuanto vieron brillar aquella pieza de plata.

—Muchas gracias, padre, y recordad esto —dijo Primer Evangelio levantando una mano con los dedos extendidos—: cuando san Miguel venga por el Támesis, que el nombre de Athelstan se inscriba en el Libro de la Vida y sea acogido entre los ángeles.

—Bueno, bueno —les interrumpió el fraile—, he venido a haceros más preguntas.

—¿Sobre los cuerpos encontrados bajo el gran roble? —preguntó Primer Evangelio con una expresión solemne en el rostro—. Oh, sí, ya hemos oído hablar de esos sangrientos asesinatos y terribles crímenes.

Estaba a punto de formular nuevas profecías sobre lo que pasaría cuando llegara san Miguel pero Athelstan le interrumpió.

—¿Habéis visto algo extraño?

—¿En Black Meadow? —preguntó Primer Evangelio; luego negó con la cabeza—. Nos lo guardamos para nosotros. Lo que haga el resto del mundo no es de nuestra incumbencia. A veces oímos a amantes, a cazadores furtivos o a hombres de la noche —dijo señalando la puerta abierta de la choza—, pero, por si acaso, hasta que lleguen los ángeles, estamos bien armados. Tengo un podón, una espada, un arco y seis flechas.

—¿Visteis algo? —insistió el fraile—, alguien trajo dos cuerpos a este campo, cavó un foso y luego los enterró en él.

—No vimos nada, padre —intervino una de las mujeres—. Los ojos no ven —y de pronto empezó a cantar—, ni tampoco el oído oye mientras el corazón se calla ante los sufrimientos de este mundo.

Athelstan decidió que era el momento de sacar otra moneda de su zurrón.

—Pero el río es otro asunto —afirmó Primer Evangelio sonriendo y mostrando sus encías enrojecidas.

—¿En qué sentido?

—Oh, sí —entonaron las mujeres deseosas de ganarse otra moneda.

Athelstan rezó en silencio para que el Señor le perdonara aquel reparto de las monedas que había encontrado en los cadáveres a primera hora del día.

—¿Qué pasa en el río? —preguntó.

—Bueno, encendemos nuestro fuego y hacemos guardia —declaró Primer Evangelio. Se inclinó hacia el padre mirándole fijamente a los ojos

—, pero hemos visto figuras por la noche, padre, barcos procedentes del río, hombre encapuchados y enmascarados.

—¿No lo estaréis diciendo por la moneda que os acabo de dar, verdad?

—Padre, ¿creéis que mentiríamos? Venid por aquí, os lo enseñaré.

Se puso en pie de un bote y condujo a Athelstan por la abertura del seto, luego bajó hacia el muro en ruinas desde el que se dominaba las orillas del río. Primer Evangelio señaló hacia la derecha en dirección a la Torre.

—Ahí, ¿veis las horcas?

Athelstan observó el alto cadalso y pudo distinguir la figura atada y cubierta de brea de un pirata del río que colgaba del poste sobresaliendo por encima del Támesis.

—Justo ahí, cerca de la horca, es por donde llegan las barcazas. Hemos visto luces, figuras y siluetas moviéndose en la oscuridad de la noche.

—¿Estáis seguro de que no son soldados, hombres que van a la Torre?

—No, padre, ¿por qué deberían detenerse ahí? Sólo hay lodo, me pregunto lo que deben hacer en ese lugar.

—¿Con qué frecuencia vienen? —preguntó Athelstan.

Primer Evangelio soltó el aire de los carrillos.

—Una vez al mes, algo se traen entre manos, padre. Si no fuera por el destello de esas luces, apenas nos habríamos dado cuenta.

—¿Y adónde van?

—Sólo me limito a observarles, eso es todo lo que sé, se dirigen hacia las tierras más allá de Black Meadow —se volvió y agarró al fraile por el codo, con los ojos brillando de emoción—. Al principio pensábamos que eran ángeles —susurró—, pero, padre, estoy seguro de que los ángeles vendrán con más luces, con banderas desplegadas al viento y tocando las trompetas.

—Oh, sí, estoy seguro de ello. Gracias, Primer Evangelio —le agradeció fray Athelstan, y regresaron con el resto del grupo alrededor del fuego—.

Quería haceros otra pregunta —dijo entregándole otra moneda.

Primer Evangelio la cogió y sonrió triunfante a sus mujeres.

—Un buen día de trabajo, hermanas. Continuad, padre, vuestra visita confirma que nuestro Señor da y quita a la vez.

—O más bien Sansón —rectificó Athelstan—. Estáis en lo cierto. Se han encontrado dos cadáveres bajo el gran roble y sabemos quiénes son.

El rostro de Primer Evangelio se llenó de pavor, pestañeó y se humedeció nervioso una herida que tenía en el labio.

—Probablemente ya lo sabréis —continuó Athelstan—. El hombre era Bartolomeo Menster, un antiguo escribano de la Torre. La mujer era una sirvienta, Margot Haden. Estaban enamorados, o eso es lo que dicen las habladurías. Bartolomeo a menudo venía al Árbol del Paraíso. Hacia la mitad del verano ambos desaparecieron. No los conoceríais, ¿verdad?

Athelstan notó un cambio de humor en el grupo: se acabaron las sonrisas aduladoras y aquel aire de inocencia. Estudió sus rostros muy juntos.

«Puede que no seáis lo que creo que sois», pensó. El fraile ahora entendió por qué dejaban en paz a aquella gente, pues rápidamente se ocultaron tras un aire amenazador.

—Padre, hemos viajado de un sitio a otro…

—Ésa no era mi pregunta —afirmó Athelstan cambiándose de sitio y cogiendo su bolsa de cancillería para ponérsela sobre la falda—. Sólo busco información y es agradable hacerlo en una tarde soleada de otoño, pero también podría pedir a sir John Cranston que me dejara continuar este interrogatorio en otro momento y en otro lugar no tan apacible.

—No es necesario que nos amenacéis.

—No es una amenaza, es una promesa. Han ocurrido unos asesinatos horribles y debe haber justicia para Margot y Bartolomeo.

—Los conocíamos —intervino una de las mujeres sin hacer caso de la mirada furiosa de Primer Evangelio—. Venían a menudo a Black Meadow y caminaban hasta el río cogidos de la mano y con las mejillas juntas.

—¿Eran gente agradable? —preguntó Athelstan—, seguro que se pararon y os dijeron algo.

—Oh, sí —continuó Primer Evangelio—, normalmente los encontrábamos cerca del río. El escribano, Bartolomeo, siempre estaba contando relatos sobre la Torre, sobre su historia y las cosas tan horribles de las que había sido testigo.

—¿Y?

—Nos habló de Gundulf, el Brujo —afirmó Primer Evangelio cerrando los ojos—. Eso es, ese hechicero que construyó la Torre para el Gran Conquistador. Dijo que en la Torre y sus alrededores…

—Continuad —pidió Athelstan.

—Gundulf había enterrado un gran tesoro.

El corazón de Athelstan se aceleró.

—¿Y dónde se encuentra enterrado ese tesoro?

Primer Evangelio sonrió y se golpeó la cabeza.

—Mucha gente cree que estamos mal de la cabeza, padre, así que nos hablan como si fuéramos niños.

—¿Qué dijo?

—¡Continuad! —le instó una de las mujeres—, contádselo, era una historia muy interesante.

—Bartolomeo era un erudito —añadió lentamente Primer Evangelio—.

No estoy seguro, padre, pero a veces tuve la sensación de que él sabía dónde se encontraba el tesoro.

—¿Dijo algo más?

—Se lo pregunté una vez, también estaba su amada delante, pero no estoy seguro de si ella entendió de lo que hablábamos. Él me contestó:

«Brilla como el sol y se encuentra debajo de él, por lo que tenemos que encontrar el sol». Yo me eché a reír ante aquel acertijo, pero Bartolomeo negó con la cabeza y no dijo nada más.

—¿Y os dio alguna otra pista? —preguntó Athelstan.

—Eso fue todo lo que dijo, padre.

—¿Y os hablaron de la viuda Vestler?

—El escribano no, pero la joven a menudo se quejaba de ella; decía que era muy estricta, pero una buena mujer.

—Padre —dijo uno de los Cuatro Evangelios sacando un medallón de plata bruta de su zurrón—. Coged esto, os protegerá, representa a san Miguel…

—No, gracias.

Athelstan miró al otro lado del campo. Las sombras empezaban a extenderse, ya que el sol se estaba poniendo. Se sintió extraño, un poco asustado, pero no supo por qué. Ahora el prado no parecía un lugar tan apacible. Se despidió y se puso en camino hacia la taberna.

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