Campo de sangre
Capítulo VII
Cruzaron el arroyo y subieron por la colina en dirección a la casa en ruinas.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó sir John—, me refiero al viejo usurero que vivía ahí.
—Simón, el Tacaño, pero ése no era su verdadero nombre. Dicen que era cura, un benedictino que se escapó del monasterio y se llevó parte de su tesoro con él. Murió justo cuando yo llegué aquí. La casa y este campo pasaron a manos de la Corona. Si no recuerdo mal, hay una batalla legal sobre si las tierras deberían ser propiedad del ayuntamiento o podrían ponerse a la venta. Naturalmente, a la casa la despojaron de tuberías, tejas y cualquier otra cosa de valor.
Sir John se detuvo, maldiciendo por lo bajo y resoplando. Se enjugó la frente. Levantó la vista hacia la casa; las paredes tenían un aspecto deplorable, sólo quedaban unos agujeros maltrechos donde en otro tiempo habían estado las ventanas; en el techo sólo había algunas vigas levantadas hacia arriba como dedos negros apuntando al cielo.
—Dicen que está encantada —afirmó Athelstan—, por el fantasma de Simón. Es un buen lugar para esconder un cadáver. El asesino debía de saber que poca gente se acercaba por aquí.
Los dos atravesaron la puerta de la entrada en ruinas y entraron en el vestíbulo donde se habían encontrado los cadáveres. Athelstan describió el modo en el que pensaba que habían sucedido los asesinatos. Sir John estuvo de acuerdo.
—Pero demos un vistazo.
—¿Para qué, padre?
—Lo sabréis cuando lo encontréis. Oh, id con cuidado, los pisos de arriba no son muy seguros.
Sir John levantó la vista al techo y se fijó en los agujeros.
—Sí, hay que estar loco para subir ahí.
—Hace tiempo que las escaleras desaparecieron —explicó Athelstan—.
Seguro que algún miembro de mi parroquia se las llevó para hacer fuego.
Las habitaciones de abajo estaban en el mismo estado. Cualquier cosa de valor hacía tiempo que había desaparecido. El suelo era de piedra pero los
dinteles, las puertas y los marcos de las ventanas habían sido arrancados.
Athelstan salió de la trascocina y se encontró con las escaleras que llevaban a lo que seguramente fue la bodega. Bajó con cuidado. El aire estaba enrarecido y olía a carbón y a leña.
—Simón debía de utilizarlo como una despensa —gritó y su voz se convirtió en un eco—. Está oscuro como…
—Boca de lobo —le respondió sir John también a voces.
Athelstan desató su zurrón y sacó una yesca y una vela. Trató de encenderla pero no pudo. Volvió a intentarlo, y finalmente la vela prendió formando un círculo de luz a su alrededor. Athelstan paseó la mirada en torno suyo. Sólo vio telarañas en las paredes y en el techo. La bodega no era más que una despensa, un montón de polvo de carbón negro relucía en una esquina. Athelstan esperó hasta que su compañero bajó a tientas por las escaleras.
—¡Callad! —le ordenó el padre.
—¿Qué pasa?
Athelstan cerró los ojos. El prior Anselmo siempre le había advertido que huyera de las experiencias espirituales. «Resistios ante ellas —le había dicho el prior—. Dios raras veces se manifiesta a través de extrañas visiones, sino a través de las cosas simples de la vida. Hay más milagros en un árbol en primavera que en los sueños de muchos de nuestros llamados visionarios.»
Sin embargo, Athelstan se sintió tentado a dar rienda suelta a su intuición. Pensó en el asesino encapuchado y enmascarado. El pobre Miles seguramente habría muerto el sábado por la noche, después de marcharse de la taberna de Silken Thomas. Debieron de esconder su cuerpo ahí hasta el domingo, cuando los otros dos sorprendieron al asesino.
—¡Padre, padre! —exclamó sir John intentando que el fraile volviera a la realidad.
—Callad —le ordenó Athelstan levantando una mano con los ojos todavía cerrados—. Los asesinos, sir John, mataron a Sholter el sábado, pero regresaron el domingo para despojar al cadáver de cualquier pertenencia. Pero, ¿dónde lo debieron de ocultar? Esta bodega se ha utilizado para almacenar carbón: sin embargo, no recuerdo que las víctimas tuvieran restos de polvo de carbón en la ropa. Ergo, ninguno de los cuerpos fue escondido aquí, o bien los restos debieron de quedarse en la ropa que el mensajero llevaba encima o en sus botas que, como sabemos, le quitaron
más tarde. Las calzas eran de un verde oscuro, con lo que podrían ocultar las manchas y al mover el cuerpo el polvo pudo desprenderse de la ropa.
—Estoy de acuerdo.
—Entonces, sir John, lo que estamos buscando es cualquier mancha o marca que no debería estar aquí, ésa será la prueba.
Athelstan se agachó manteniendo en alto la vela y se arrastró despacio por el suelo. Se detuvo al ver un espacio limpio contra la pared y se fijó en la oscura mancha que había en el centro.
—Aquí pasó algo, mirad, sir John, esta mancha —dijo frotándola con el dedo.
—Podría ser cualquier cosa —afirmó sir John—, vino derramado…
—O sangre —puntualizó Athelstan—. Probablemente aquí escondieron el cadáver de Sholter antes de llevarlo a la habitación de arriba, donde el asesino fue cogido con las manos en la masa. Bien, sir John, es hora de ir a la taberna de Silken Thomas.
La taberna se encontraba en la encrucijada, justo a las afueras de Southwark, donde se hallaba el cadalso y los cepos, que en aquel momento estaban vacíos, pero en el patio de la taberna se encontraron con un enjambre de mendigos con sus burros de carga, vendedores ambulantes y caldereros. Algunos pitonisos que se hacían llamar «gente de la Luna», vestidos con harapos de colores de lo más llamativo, deambulaban por ahí; eran dos hombres y una mujer, que intentaban leer las manos o adivinar el futuro de los transeúntes, pero lo único que recibieron fueron oscuras miradas e insultos por lo bajo. La mujer se acercó e intentó coger la mano de Athelstan.
—¿No me dejáis verla? —le preguntó con un acento extraño—. Todos tenemos un futuro, veo a varias mujeres.
—Lo dudo, pero tened, señora —dijo entregándole un penique—. No es para que me leáis el futuro sino para que nos dejéis en paz.
La mujer se marchó enseguida. Athelstan miró a su alrededor. La taberna de Silken Thomas era un edificio de tres plantas, sus vigas de yeso pintadas de color negro estaban ocultas por una hiedra que se enroscaba en lo alto alrededor de las ventanas, lo que le otorgaba una apariencia acogedora. Era un lugar bastante próspero, pero no como el Árbol del Paraíso. Los alféizares de madera estaban astillados y sólo algunas de las ventanas tenían vidrio, otras estaban cubiertas por papel engrasado o simplemente protegidas por unas contraventanas de madera. En el interior,
la taberna era espaciosa, poco iluminada, con taburetes y bancos esparcidos en distintas esquinas y una única mesa de caballete enorme, abajo, en el centro. En el fondo, justo al lado de la puerta que llevaba a las cocinas, había una gran variedad de toneles y tinajas sobre las que se extendía una serie de estanterías, unas sobre las otras, con distintos tipos de jarras de cerveza, copas de peltre y tazas. Un calderero estaba sentado en una mesa mostrando una rata blanca que llevaba en una jaula y que daba vueltas sin parar en una rueda que había dispuesto en su interior, similar a la de un molino. Otros estaban haciendo apuestas sobre cuántas veces la rata aguantaría sin caerse dando vueltas en la rueda. Un carterista, recientemente liberado de los cepos, se quejaba en voz alta de la rigidez de su cuello. Un muchacho puesto de pie sobre una mesa intentaba calmarle el dolor con unos masajes. El tabernero se encontraba barriendo la cocina y limpiándose las manos en un paño sangriento que llevaba colgado de su delantal. Echó una mirada al forense y luego se acercó rápidamente.
—Buenos días, señor, ¿en qué puedo ayudaros? Nuestras cervezas son las mejores que encontraréis en la carretera de Canterbury. De hecho, la mejor de Southwark, si vais en esa dirección.
—Miles Sholter —rugió sir John enseñándole su sello de oficio— y Philip Eccleshall, dos mensajeros reales, llegaron a este lugar el pasado sábado por la noche.
—¿Qué queréis tomar, señor, dos cuartos de cerveza? ¿Un trozo de pastel de pollo? También tenemos pastas de anguila. Soy un hombre muy ocupado, señor.
—¡Y yo soy oficial del rey!
—Tomaremos dos cuartos de cerveza y un pastel de pollo nos sentará bien —intervino Athelstan mientras sacaba una moneda de plata—. Nos sentaremos en aquella esquina.
El rostro grasiento del tabernero esbozó una sonrisa. Athelstan intentó disimular su repulsión al ver sus raigones ennegrecidos y sus dientes amarillentos, mellados y rotos. También observó que tenía las uñas llenas de porquería.
—Pensándolo mejor, sólo tomaremos dos cuartos de cerveza —rectificó pisando con su sandalia el pie de sir John—. Os pido, señor, que colaboréis, éste es sir John Cranston, forense de la ciudad, y podría regresar con sus hombres.
El tabernero sostuvo su mano en alto como si rezara.
—Sir John Cranston, he oído hablar de vos —se apresuró a limpiar dos taburetes con su trapo—. Sentios como en casa, os invito a las cervezas.
—No —negó Athelstan colocando la pieza de plata sobre la mesa—.
Pagaremos por lo que tomemos y averigüemos.
A pesar de su gordura, el tabernero se movió con agilidad. Ordenó a voces que trajeran un par de cervezas y un mozo se apresuró a obedecer.
Las jarras eran grandes y parecían limpias, con la espuma saliéndose por el borde y chorreando por los lados.
—Ahora, decidme, ¿cómo puedo ayudaros? —preguntó el tabernero acercándose un taburete.
—Miles Sholter y Philip Eccleshall —repitió sir John. Dio un sorbo de su cerveza y chasqueó los labios en señal de apreciación—. Decidnos la verdad y, teniendo en cuenta que esta cerveza está buenísima, pasaré por alto vuestra mala educación.
—Llegaron el sábado por la tarde. Ya sabéis cómo son esos mensajeros.
Entraron con prisa, con las capas y las capuchas puestas, haciendo resonar por toda la taberna sus espuelas y con sus cinturones bien apretados. Uno, de estatura media, tenía el cabello largo y oscuro; el otro era más alto.
—¿Y qué pasó? —preguntó Athelstan.
—Me dieron sus nombres, Sholter y Eccleshall, me dijeron que eran mensajeros. Sholter era un tipo bastante tranquilo pero Eccleshall era un arrogante.
—¿Pidieron algo de comer o de beber?
—No, querían sólo una habitación. Les llevé arriba, al primer piso, al mejor cuarto que tenemos, con dos camas, un arca, un cofre, una mesa y…
—Bien, pero contadnos lo que pasó.
—Se quedaron aquí. Una de las doncellas les subió algo de comer, alrededor de una hora después de haber llegado. Uno estaba tumbado en la cama, el otro arreglando una espuela. Todavía no habían vaciado sus alforjas y estaban hablando de su viaje. Alrededor de las siete o las ocho de la tarde, uno de ellos bajó por las escaleras a toda prisa, con el otro pisándole los talones. El más alto, Eccleshall, estaba discutiendo con su compañero. «¿Pero por qué tenéis que regresar?», le dijo, pero el otro contestó que era necesario y pidió que ensillaran su caballo. Ya habían pagado por la habitación, así que no puse objeciones y el otro se marchó.
—¿Sabíais que ha sido asesinado? —preguntó sir John.
El tabernero negó con la cabeza y se enjugó el rostro con un trapo.
—¿Quién fue asesinado?
—El que se marchó.
—Así que eso es lo que pasó.
—¿Qué queréis decir? —preguntó sir John echando chispas por los ojos mientras contemplaba al grupo de mendigos, cuyos gritos y blasfemias habían roto la paz de la taberna. Los mendigos, que habían oído que Cranston era oficial del rey, se callaron de inmediato.
—Bueno, el más alto, Eccleshall, después de que su compañero se marchara, bajó —explicó mientras señalaba el rincón de la chimenea—. Se sentó ahí a contemplar las llamas.
—¿Y no se marchó? —preguntó Athelstan.
—No.
—¿Estáis seguro?
Athelstan sintió una punzada de decepción.
—Bueno, veréis, padre…
—Athelstan, soy el secretario de sir John y también párroco de San Erconwaldo.
—¡Ah! —exclamó dándose un golpecito en su nariz gordinflona—.
También he oído hablar de vos. Mirad, os diré la verdad. Eccleshall había bebido mucho aquella noche. Pude ver que estaba preocupado. Le costó subir las escaleras y eso fue bastante más tarde de cerrar. Ahora bien, como todos los taberneros, tengo miedo del fuego. Siempre doy una vuelta y me aseguro de que ninguno de mis clientes bajo los efectos del alcohol se haya dejado una vela encendida. Por eso no ponemos cerrojos en nuestras habitaciones —explicó con una sonrisa—. Si llega un hombre acompañado de una dama y desean un poco de intimidad, siempre pueden poner un taburete contra la puerta. Da igual, debía de ser pasada la medianoche. Abrí la puerta de la cámara de Eccleshall y la vela estaba encendida mientras él roncaba como un cerdo en la cama. También tenemos a un mozo que se encarga de vigilar los establos, pero no vio a nadie.
—¿Y a la mañana siguiente? —preguntó Athelstan.
—Eccleshall, bastante ojeroso, bajó a desayunar. Estaba muy nervioso, preguntaba a todo el mundo si habían visto a su compañero. Por supuesto, nadie sabía nada. Ordenó que le ensillaran el caballo y se marchó. Eso debió de ser alrededor de las nueve de la mañana.
—¿Y estáis seguro de que esas dos personas llegaron a este lugar? —
insistió el padre.
—Claro. Eccleshall y el otro, Sholter, un poco más bajo, con el cabello más oscuro y rostro joven.
Athelstan le dio las gracias y el tabernero regresó a la cocina, riendo por lo bajo ante la facilidad con la que había ganado aquel dinero.
—Parece que estabais equivocado, padre —dijo sir John dándole unas suaves palmaditas en el hombro—. Sholter y Eccleshall vinieron a este lugar. Sholter se marchó pero, si Eccleshall tiene algo que ver con el asesinato, no entiendo cómo pudo estar en dos sitios a la vez —paseó la mirada por la taberna—. Padre —añadió lentamente mientras se inclinaba sobre la mesa—. ¿Qué pasa si la Gran Comunidad del Reino estuvo aquí?
Me refiero a uno de sus también llamados oficiales. Ya oísteis al tabernero.
Eccleshall y Sholter llegaron anunciando en voz alta quiénes eran, y luego uno de repente se marcha antes de que caiga la noche.
—¿Queréis decir que alguien lo siguió y lo mató?
—Es posible —respondió sir John humedeciéndose los labios—. Esta cerveza estaba realmente buena.
—No, sir John, ya habéis bebido demasiado —le advirtió Athelstan pasándole su cerveza—. O por lo menos, yo ya tengo suficiente, acabaos la mía, luego regresaremos a Southwark y cruzaremos la ciudad.
Finalmente, se marcharon y se dirigieron a Southwark. Las calles estaban ahora llenas de gente, los mercadillos a ambos lados de las avenidas estaban haciendo un buen negocio vendiendo artículos de segunda mano.
—Seguro que muchas cosas las han robado al otro lado del río —
comentó sir John.
Mucha gente reconoció al padre Athelstan y a su corpulento compañero.
La mayoría de las veces se intercambiaron algunos saludos un tanto groseros, aunque bien intencionados, pero hubo una ocasión en la que sir John tuvo que desenvainar su espada, ya que alguien lanzó unos excrementos de perro secos contra la pared justo al lado del forense. Un grupo de muchachos riéndose a carcajadas se escondió en la puerta de una cervecería.
—Vamos, continuemos —dijo Athelstan mientras se dirigía calle abajo.
—Padre, pensé que íbamos hacia el puente.
—No, sir John, acompañadme, tengo que encargarme de un pequeño asunto de la parroquia. Se trata de Verónica la Venerable.
Encontraron Dog Tail Lane, donde la vieja mujer vivía en una pequeña casa destartalada entre un almacén y una sombría tienda de comida. Su
habitación se encontraba al final de unas escaleras desvencijadas que apestaban a orín. Las paredes estaban llenas de grietas y el yeso desconchado de las paredes cubría los escalones de madera como si fuera una capa de nieve. Sin embargo, Verónica la Venerable los recibió con bastante amabilidad y su cámara estaba limpia y ordenada. Se sentaba en un taburete, con las manos extendidas sobre un pequeño brasero sujeto a un trípode. En el fondo se hallaba una camita protegida por una capa hecha jirones que colgaba de unos ganchos clavados en el techo.
Sir John se sorprendió de la lucidez de aquella anciana a pesar de su edad. Era pequeña, de rostro delgado, tenía la piel surcada de arrugas pero una mirada muy viva y despierta como la de un gorrioncillo. Reaccionó con bastante rapidez, e invitó a sus huéspedes a que acercaran un banco al brasero y se sentaran a su lado.
—Debería ir con más frecuencia a la iglesia, padre —empezó—, pero me duelen las rodillas y la espalda.
—Puedo traeros el Sacramento cuando venga —se ofreció el padre—, no me cuesta nada.
—¿De verdad, padre? ¿Y me daréis la bendición?
—Claro, cuando queráis que os visite sólo tenéis que pedírmelo.
La anciana lo escudriñó con la mirada, moviendo las manos como si se las estuviera lavando sobre las brasas.
—Sois distinto al otro párroco, padre, al que vino antes que vos. Había nacido en el pecado, vivía en él y murió en él. Se lo llevó todo: cálices, copas, breviarios… William Fitzwolfe lo vendió todo.
—¿Incluido el libro de sangre? —preguntó Athelstan.
Verónica la Venerable suspiró y asintió.
—Por eso estoy aquí, señora —continuó Athelstan—. Tenemos un grave problema en la parroquia. Eleonor, la hija de Basil, el herrero, desea casarse con Oswaldo, el hijo de Joscelyn.
—Ah, sí, sí —dijo la anciana pestañeando. Levantó la cabeza y abrió la boca. Se inclinó hacia delante y hacia atrás—. Esa bruja, esa arpía de Imelda, la que se casó con el acequiero, es una lianta. Me la encontré abajo en la calle. Estaba muy alterada por los rumores, como un gorrión en una mañana de primavera —Verónica echó una mirada a Athelstan—. Tal vez debería haberme mordido la lengua, padre, pero me encontraba sola y quería un poco de conversación. Le dije que las bisabuelas de Eleonor y
Oswaldo eran hermanas. Compartieron el mismo útero y la misma línea de sangre.
—¿Y es eso cierto?
Sir John descolgó su bota de vino del gancho de su cinturón y la anciana rápidamente se puso en pie y fue a buscar tres copas.
—Oh, sois muy amable, señor.
Athelstan guiñó un ojo a sir John, que no tuvo otra elección que llenar las tres copas hasta arriba. La anciana se bebió la suya de un golpe y la sostuvo en alto para que el forense se la volviera a llenar.
—Mucho me temo que es cierto, padre.
—¿Cómo podéis recordarlo con tanta exactitud?
—No es para tanto. Siempre estaban «hermana esto», «hermana aquello», por eso me acuerdo.
—¿Lo juraríais? —le preguntó sir John, en el fondo maravillado por cómo aquella anciana se había bebido tan rápidamente dos copas de clarete y se había quedado como si nada.
—Si tuviera que hacerlo, sí. Juro que es verdad —afirmó extendiendo de nuevo la copa.
Athelstan se la cogió y le dio la suya.
—En ese caso, creo que deberíamos marcharnos.
Se encontraban en la puerta cuando la mujer los llamó.
—¡Ah, padre, tengo algo para vos!
Verónica la Venerable se había puesto en pie, respirando con dificultad, y se acercó a un cofre del que sacó un tomo cubierto con piel de becerro con una joya incrustada en el centro. Se acercó y se lo lanzó a las manos del padre. Athelstan abrió las cubiertas y vio unos extraños símbolos dibujados.
—Es un libro de hechizos —le explicó—, era de ese párroco perverso, Fitzwolfe.
—¿Y cómo ha llegado a vuestras manos?
—Cuando se marchó de la iglesia, padre, salió huyendo: los oficiales del rey lo perseguían. Yo solía ordenar su casa hasta que me cansé de sus juegos. Da igual, la mañana que se marchó, entré y lo encontré sobre su cama. Parece ser que lo había ocultado allí y lo olvidó.
Athelstan ojeó las páginas. Contenía esbozos de gárgolas, un perro dibujado con apariencia humana, hechizos y encantamientos.
—Es el libro de un brujo —afirmó.
—Pensé en tirarlo, padre, pero me daba miedo.
Athelstan lo metió en su bolsa de cancillería y le dio una palmadita en el hombro.
—No os preocupéis, yo lo quemaré por vos.
Bajaron por las escaleras y salieron a la calle. Athelstan le informó brevemente a sir John de la última crisis del consejo parroquial.
—Es serio —afirmó sir John sin apartar la vista de dos muchachos vestidos con harapos que estaban al lado de una pared intentando demostrar quién era el que podía mear más alto—. He oído hablar de matrimonios que se han prohibido por la misma razón.
Salieron de aquella calle y bajaron por la avenida principal en dirección al Puente de Londres. Un carro pasó por su lado. En su interior, con las manos atadas a las rejas, había un grupo de prostitutas, con las cabezas afeitadas, las pelucas apiladas en una cesta que colgaba de la cola del carro.
Detrás un bedel tocaba una gaita para llamar la atención de los ciudadanos y para que se mofaran de aquellas señoras de la noche que iban de camino a los cepos y picotas cerca del Puente. Sin embargo, la mayoría de los transeúntes las pasó por alto. Las mujeres eran chicas de la localidad y muchos de los agravios, ya fueran verbales o físicos, como varios puñados de barro, fueron dirigidos directamente contra el desventurado bedel.
Cranston y Athelstan esperaron a que el carro continuara su marcha.
Pasaron por el priorato de Santa María Overy, deteniéndose una y otra vez para saludar a los feligreses. Llegaron por fin al Puente pero, en vez de tomar el camino por la estrecha callejuela entre las casas, Athelstan llamó a la puerta tachonada de metal de la casa del guarda. Finalmente se abrió y Robert Burdon, el guarda enano del Puente de Londres, sacó su cabecita.
Llevaba su cabello oscuro engrasado y el rostro medio afeitado. En la mano sostenía un peine y un cepillo.
—¿Qué queréis, padre? Será mejor que entréis —les anunció el enano dando saltitos—. La señora no está. Se ha llevado a nueve niños a la feria de Smithfield, así que me estaba peinando.
Sir John soltó un bufido.
—No me miréis así, sir John Cranston. Podéis ser oficial del rey, pero yo también lo soy. Soy responsable de esta casa y el guarda del Puente. Y
también tengo pelo, ¿sabéis?
Les condujo por un estrecho pasillo que daba a un jardín, un pequeño espacio cubierto de hierba y macetas que se extendía a lo largo de la alta
cerca que dominaba el río. Justo enfrente de ésta habían clavado seis postes en el suelo.
—¡Vive Dios! —exclamó Athelstan.
De tres de ellos colgaban unas cabezas, recién cortadas, de las que resbalaba la sangre por los palos. Afortunadamente estaban de cara a la Torre.
—¿Debemos quedarnos aquí? —preguntó sir John sintiéndose mareado.
—El tribunal ha sentenciado —les explicó el enano— que estas cabezas deben permanecer aquí colgadas hasta la puesta de sol. Eran piratas del río, sir John, los pillaron en una ría donde se ocultaban. La sentencia se ha llevado a cabo esta mañana en la Torre, justo después del amanecer. Les he peinado el pelo y lavado la cara. Y luego las pondré ahí —dijo señalando el resto de postes de ejecución a lo largo del río.
Sir John tomó un sorbo de su bota de vino y luego soltó una maldición al darse cuenta de que Verónica la Venerable casi se la había vaciado.
—Vamos, Athelstan, vayamos al grano —gruñó.
Burdon tenía la vista perdida por encima de sus cabezas.
—¿Sabéis qué, Robert? —empezó Athelstan—. Sois uno de los pocos adultos que yo conozco que son más pequeños que yo. En fin, a lo que iba, tengo una pregunta para vos. El sábado por la tarde, alrededor de las cinco,
¿vinieron a caballo dos mensajeros reales y cruzaron el Puente?
—Sí, claro. Llevaban puesta la capa y la capucha; como de costumbre, me enseñaron sus autorizaciones antes de salir de la ciudad.
Athelstan rodeó al enano por los hombros.
—En ese caso, Robert, os dejamos con vuestras cabezas, no queremos entreteneros.
Y sin esperar a que el enano les mostrara el camino, regresaron a la caseta y al puente.
—No me acordaba de eso —comentó Cranston—. Claro, todo mensajero real que salga de la ciudad debe, según la ley, enseñar sus comisiones al guarda. ¿Por qué se lo preguntasteis?, ¿qué pensabais?
—Oh, que algo le había pasado a Miles Sholter y tal vez sólo uno de ellos partió. No lo sé —Athelstan negó con la cabeza—. Ahora, sir John, antes de dirigirnos a la Torre, tengo que hablar con la señora Sholter en Mincham Lane.
Sir John levantó la vista con pena hacia el cielo.
—Aquí estamos, padre, en el Puente de Londres, entre el cielo y la tierra. Me duelen los pies, mi bota de vino esta vacía y mire hacia donde mire no veo ni una sola puerta, todo son paredes de ladrillo sin ni siquiera una grieta por la que colarse.
—Encontraremos una, sir Jack —contestó Athelstan—, y cuanto antes, mejor.
Cruzaron el Puente tan rápido como pudieron. Athelstan intentó no mirar a ambos lados entre los espacios de las casas, siempre había considerado la caída al río bastante vertiginosa y desconcertante.
Salieron del puente, bajaron por Billingsgate y subieron por Love Lane hacia Eastchepe. Sir John quiso detenerse en una cervecería, pero Athelstan le instó a continuar la marcha. En la entrada de Mincham Lane encontraron el camino cortado por un grupo de trovadores errantes que estaban representando una escena con mímica. Athelstan se quedó de pie observando fascinado. El que parecía el jefe estaba desafiando a la multitud para que adivinara qué escena de la Biblia estaban representando. Athelstan se quedó observando.
—¡Es la del labrador que siembra la semilla! —exclamó.
La expresión en el rostro del trovador se endureció. Athelstan se dio cuenta de que había solucionado el acertijo y que ahora le tocaba recoger el premio. El resto del grupo se quedó paralizado. El trovador cogió una pequeña copa de plata, le echó un vistazo y luego desvió la mirada hacia Athelstan.
—¡Corred, muchachos! —exclamó el tipo.
Y el grupo entero se fue rápidamente calle abajo seguido del griterío y los silbidos del escaso público.
—Muy bien, padre —sonrió sir John—, nunca había visto ese truco antes. Recaudan el dinero del público y si alguien resuelve el acertijo salen huyendo como un rayo.
Continuaron su marcha hasta Mincham Lane, una calle ancha con casas pintadas de rosa a ambos lados. La mayoría de los pisos de abajo eran tiendas de ropa, zapatos y sombreros. El albañal, al contrario de los de Southwark, estaba limpio y olía al salitre esparcido sobre el suelo y otras inmundicias.
La casa de la señora Vestler se encontraba al fondo, un edificio de dos plantas con un tejado en punta y unas cornisas sobresalientes. Delante de la
puerta principal, de cuyo dintel colgaba un crespón, había una tienda de ropa bien aprovisionada.
—¿Está la señora en casa? —preguntó sir John a los dos aprendices que llevaban el puesto.
—Sí, señor, está dentro, todavía está muy apenada —replicó uno de ellos con tristeza—. Está con su doncella y el señor Eccleshall.
Sir John y Athelstan entraron en la casa y esperaron en el vestíbulo.
Estaba limpio y bien amueblado. Trozos de linón negro cubrían el yeso blanco reluciente a ambos lados de la estancia. Una mujer joven, con el cabello recogido en la nuca, salió de una habitación a la derecha.
—¿Puedo ayudarles, señores?
—Éste es sir John Cranston, forense de la ciudad, y yo soy su secretario, el padre Athelstan.
—Oh, por favor, entrad —les invitó una voz.
La doncella se apartó a un lado. Cranston y Athelstan entraron en un vestíbulo bien amueblado donde la señora Sholter y Eccleshall estaban sentados a ambos lados de la lumbre. Una cesta de costura se encontraba en el alféizar de la ventana y mostraba el lugar en el que se había sentado la doncella. La viuda y su acompañante se levantaron. Athelstan hizo las presentaciones y el forense rápidamente aceptó el ofrecimiento de la señora Vestler de tomar algo para refrescarse.
Trajeron vino dulce y una pequeña bandeja de mazapanes secos.
Athelstan no quiso nada, pero sir John se llevó a la boca unos cuantos, mientras expresaba sus condolencias y tomaba un sorbo de su copa.
—Siento interrumpir vuestro luto.
Athelstan se dio cuenta de que la mayoría de las cosas colgadas en la pared estaban cubiertas por crespones.
—Sin embargo, tengo que haceros algunas preguntas.
El rostro de Bridget Sholter palideció todavía más, enmarcado por sus cabellos oscuros cubiertos por un velo negro que le caía sobre los hombros.
—¿Qué preguntas, padre? He estado aquí sentada con Philip preguntándome qué pudo pasar.
—Contádmelo de nuevo.
—Ya os lo dije —replicó Eccleshall—. Miles y yo salimos de aquí alrededor de las cuatro de la tarde.
—Y fuisteis a Silken Thomas.
—Sí, llegamos sobre las seis.
—¿Fuisteis despacio?
—¿Qué prisa teníamos? Habíamos decidido pasar la noche en la taberna y marcharnos antes del amanecer. Así estaríamos más frescos y también nuestros caballos —explicó encogiéndose de hombros—. Calculad la distancia vos mismo. Se tardan años en cruzar el Puente; nos detuvimos a rezar en la capilla de San Thomas à Becket y luego, claro, tuvimos que esperar al amable portero de la Torre.
—Ya, ya —afirmó sir John—. Un trayecto pausado de aquí a Silken Thomas llevaría más o menos ese tiempo.
—¿Y vos, señora Bridget? —preguntó Athelstan.
Ella compuso un mohín y señaló hacia donde se encontraba su sirvienta.
—Hilda os lo puede decir: un poco después de que Miles se marchara, cerré el puesto, después de todo era sábado por la tarde. Salí de casa y me fui a los mercados de Petty Wales.
—¿Y luego regresasteis?
—Bueno, claro, padre —añadió con una sonrisa—, ¿a qué otro lugar iba a ir?
—Lo que dice la señora es cierto —intervino la joven criada—. El señor se marchó y los aprendices empezaron a entrar las cosas dentro. Luego la señora me dijo que me podía marchar y sacó su cesta.
—¿No dormís aquí?
—Oh, no, padre. Vivo con mi familia en Shoe Lane.
—Nuestra casa es muy pequeña —explicó Bridget Sholter—. Tenemos un vestíbulo, una cocina y una trascocina y arriba un dormitorio, una pequeña oficina y unos almacenes.
—Pero luego regresé —añadió Hilda.
—¿A qué hora?
—Oh, debió de ser antes del toque de queda, entre las diez y las once.
—¿Cómo os llamáis?
—Hilda Smallwode. Cuando el señor se va, siempre vuelvo para ver si todo está bien.
—Pero, ¿a qué vienen esas preguntas? —preguntó la señora Sholter poniéndose en pie—, ¿qué estáis insinuando?
—Nada, señora —dijo Athelstan también poniéndose en pie—. Estamos investigando la horrible muerte de su marido y la de otras dos pobres almas.
Una multa muy alta ha recaído sobre mi parroquia y la gente a la que sirvo
es pobre. Necesito conocer todos los detalles si quiero presentar una apelación.
Eccleshall estiró las piernas y luego el resto del cuerpo hasta que sus músculos crujieron.
—Bueno, padre, pues ahora ya los tenéis. Miles y yo nos marchamos un poco después de las cuatro. Cruzamos el Puente, nos paramos a rezar en la capilla de San Thomas á Becket. El portero, tras un rato de espera, nos dejó pasar. Debimos llegar a Silken Thomas justo antes de las seis y en algún momento antes de las ocho Miles decidió regresar a buscar su medalla de San Cristóbal.
—Sí, ¿puedo verla? —preguntó Athelstan.
Bridget Sholter, escudriñándole con la mirada, iba a negarse, pero sir John tosió y movió los pies nervioso.
—Os la traeré.
Se marchó y al cabo de un rato regresó. La medalla era un broche muy grande, de oro y con una cadena de plata. Athelstan apretó el cierre y el broche se abrió: por un lado había una imagen de Cristo y por el otro la de san Cristóbal cogiendo en brazos al Niño Jesús. Athelstan lo cerró y se lo devolvió a la señora Sholter.
—Gracias, señora, señor Eccleshall.
Se despidieron y salieron en dirección a Eastchepe.
—¿A qué ha venido todo eso? —preguntó sir John.
Athelstan le condujo a través de un pórtico.
—Sir John, Miles Sholter fue asesinado y estoy convencido de que esa pareja tan encantadora fue la responsable.
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