Canción de cuna
Gregorio Martínez Sierra y su primera comedia
Gregorio Martínez Sierra
Canción de cuna
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Titivillus 23.02.17
Título original: Canción de cuna
Gregorio Martínez Sierra, 1911
Editor digital: Titivillus
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GREGORIO MARTÍNEZ SIERRA[1] Y SU PRIMERA COMEDIA
José Montero Padilla
Gregorio Martínez Sierra nació en Madrid, en una casa de la calle Amor de Dios, el 6 de mayo de 1881, el año en que se conmemora el segundo centenario de la muerte de Pedro Calderón de la Barca, en que fallece el poeta y dramaturgo Eulogio Florentino Sanz y en el nacen también Juan Ramón Jiménez, Emilio Carrere, Fernando Villalón…
Gregorio es el primogénito del matrimonio formado por Eduardo Martínez y Emilia Sierra, quienes tendrán seis hijos y dos hijas más. El padre tenía un establecimiento importante de instalaciones eléctricas, en la calle Mayor de la capital de España. La madre enseñará a leer y escribir a Gregorio, y éste, a los cinco años, va ya a un colegio de frailes franciscanos, el del Santo Ángel, que dirigía el P. Diego Suárez, erudito y hombre de letras. A continuación hace el bachillerato, en el Liceo francés, y realiza estudios de idiomas, y numerosas lecturas, y algún viaje al extranjero. Le llega así el tiempo para la Universidad y Martínez Sierra comienza la carrera de Derecho, sin vocación por ella y ni siquiera concluye el primer curso. Inicia después Filosofía y Letras, carrera más en consonancia sin duda con sus gustos y aficiones, pero un suspenso en la asignatura de Historia Crítica de España, le lleva a dejar definitivamente los estudios universitarios: “Estuve a punto de ser filósofo por obra y gracia de la Universidad de Madrid: pero me malogré en la Historia Crítica,
sin duda por mi horror a las batallas”.[2]
DEDICACIÓN A LA LITERATURA
Ya abandonados los estudios, Martínez Sierra entra en la vida literaria. Él mismo evocará, más tarde, cuál era su disposición anímica por aquellos días:
Por entonces yo tosía desaforadamente y veía la vida en gris; sin duda estaba destinado a morir joven y a
vivir triste. Pero la voluntad tenaz de una mujer desvió suavemente la rueda del destino, y dejé de toser y
aprendí a reír. Yo soñaba con escribir versos llenos de música y de mitologías; de buena fe, veía detrás de cada
árbol una hamadriada, y bajo cada gota de agua, su náyade correspondiente.[3]
El incipiente escritor asiste a tertulias, entabla amistades, se relaciona literariamente… y realiza, en el año 1898, su primera publicación: un librito titulado El poema del trabajo, con prólogo de Jacinto Benavente. Y, al año siguiente, Diálogos fantásticos, con un extenso prólogo ahora de Salvador Rueda. Y colabora en diversas revistas, como Hojas selectas, Blanco y Negro, etc.