Canción de cuna

Gregorio Martínez Sierra · Capítulo 8 de 13

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Canción de cuna

Juventud, divino tesoro

abombada de lo que corresponde a la longura del rostro (Pensamiento). Cuando sonríe enseña dientes fuertes,

completos (Energía). Al hacer un cigarrillo saca la petaca con parsimonia, extrae el papel, añade tabaco, le

cuida, distribuye con igualdad y le engoma y enciende con precaución (Meticuloso, amigo del orden y de lo

bien hecho). Los trajes que usa son impecables, las camisas selectas (Elegancia, gusto). Nunca grita, persuade

siempre; si no puede rebasar un obstáculo se vuelve tranquilamente y da un larguísimo rodeo (pedía Gracián,

para los hombres artistas, Un punto de negociante).

Y en el segundo, denominado Gregorio:

Era pequeño, menudo. Su delgadez, delicada y suave; pues el que no pesa ni desahoga músculos en los

movimientos, el que parece siempre cansado, como Gregorio, acciona tácito, temeroso de herir los objetos,

tiene andar en pausa que indica cautela, voz suasoria de despertar al ser querido sin sobresaltarle. No. Nunca

vimos iracundo a Gregorio, jamás rebotaron alrededor de su aura de dulzura vociferaciones ni acento fuera de

sí. Todo él era medida y afabilidad.[41]

El elogio del hombre, de su calidad humana —índole, carácter, maneras…— se reitera por muchos de quienes le conocieron y trataron, como Alberto Insúa: “Mis relaciones con él —con el escritor, con el editor, con el director y empresario teatral

— fueron siempre cordiales. Era un gran artista y un alma generosa”.[42]

Muy significativas son unas palabras de Juan Ramón Jiménez, pertenecientes a unas proyectadas anotaciones biográficas: “Generoso siempre, amigo modelo, buena

persona. A pesar de mi alejamiento, siempre respondió a todo. Agradecimiento”.[43]

Un texto del propio Martínez Sierra sugiere autobiográficamente todo un proyecto de vida y esboza un carácter, una manera de ser: “Vivir con seriedad, soñar con toda exaltación, trabajar con todo encarnizamiento, y darle gracias a la buena suerte por el puñado de rosas que de cuando en cuando me deja caer sobra las

cuartillas”.[44]

 

JUVENTUD, DIVINO TESORO

Cuando, en 1908 y en el madrileño teatro Lara, Martínez Sierra estrena Juventud, divino tesoro, su primera comedia, firmada únicamente con su nombre, él es ya un autor conocido por obras pertenecientes a otros géneros literarios: poemas en prosa, relatos breves, novelas, ensayos dramáticos que han alcanzado éxitos considerables. Inicia ahora el escritor, tras una extensa y diversa creación literaria, una nueva etapa en su producción, con dedicación preferente, casi exclusiva, al teatro. Si en los años anteriores Martínez Sierra había cultivado principalmente el poema en prosa y la narración, a partir de 1908 logrará su mayor notoriedad con las obras destinadas a los escenarios.