Canción de cuna
Acto primero
Rincón de claustro en un convento de monjas dominicas. Paredes blanqueadas y suelo de ladrillos. En la pared de la derecha, portón con portillo que comunica con el exterior; sobre el portón, campana para llamar desde la calle. A un lado del portón, torno. Cerca del torno, mesita de pino. Por las paredes del claustro, algunos cuadros viejos. Por los arcos se ve un jardín pobre, con pozo en el centro. Hay plantadas en él verduras, algunos árboles frutales y unos cuantos rosales; en los poyos de los arcos, macetas de rosas, claveles, albahaca, hierba luisa, sándalo y balsamina. Algunos bancos de madera, sillas de paja y tres sillones.
Al levantarse el telón, la MADRE PRIORA estará sentada en un sillón; la MAESTRA DE NOVICIAS y la VICARIA, en otros dos sillones. Las demás MONJAS las rodean, unas sentadas en los bancos, otras en los poyos de los arcos, algunas en el suelo, sobre ruedos de pleita, y otras en pie. Hay mucha animación y alegría.
SOR SAGRARIO.— ¡Sí, sí, que los diga!
SOR MARCELA.— ¿Verdad que sí, Madre?
PRIORA.— Dígalos, dígalos, ya que los ha compuesto.
SOR JUANA.— Me da mucha vergüenza.
MAESTRA.— Esas son tentaciones de amor propio, hija mía.
VICARIA.— Y el primer pecado del mundo fue la soberbia.
SOR JUANA.— Es que están muy mal, y se van a reír todas de mí.
VICARIA.— Con eso se mortifica la vanidad.
MAESTRA.— Además, que aquí no estamos en ninguna academia, y lo que nuestra Madre ha de ver en ellos es la intención.
PRIORA.— ¡Vaya, vaya, no sea melindrosa!
SOR JUANA.— (Recitando.) A nuestra amadísima Madre, en el día de su Santa Patrona:
Reverenda Madre:
en tan fausto día,
a felicitarla
acuden sus hijas.
Ovejuelas somos
que, bajo su guía,
buscamos del cielo
la senda escondida.
A un lado las rosas,
a otro las espinas.
En lo alto del monte,
Jesús y María.
A Jesús le pido
cien años de vida,
y a su dulce Madre
cien años de dicha,
para que los goce
en santa alegría,
que bien lo merece
mi Madre querida.
(Las monjas palmotean y hablan todas a un tiempo.)
VARIAS.— ¡Bien, muy bien!
OTRAS.— ¡Ay, qué bonitos!
TORNERA.— ¡Si parecen los gozos de la Virgen del Carmen!
INÉS.— (Con mala intención.) Los habrá copiado de alguna novena.
SOR JUANA.— (Envalentonada por el triunfo.) ¡Viva nuestra Madre!
TODAS.— (Con alborozo.) ¡Viva!
PRIORA.— Vaya, vaya, no se me alboroten… Muy lindos. Muchas gracias, hijita. No sabía yo que teníamos un poeta en casa. Ya me los pondrá en un papel para que yo los lea.
SOR JUANA.— Ya están puestos, reverenda Madre. Si su reverencia se sirve aceptarlos…
(Le ofrece un rollo de papel pergamino, atado con primorosos lazos azules. En él están escritos los versos, dentro de una orla de flores, palomas y corazones, pintada a mano.)
PRIORA.— (Deshaciendo el rollo.) ¡Jesús, qué bien escritos y qué orla tan linda! ¿También sabe pintar?
SOR JUANA.— ¡No, reverenda Madre! Los ha copiado Sor María Jesús, y la orla la ha pintado.
SOR SAGRARIO.— Sor Marcela ha hecho los lazos.
SOR MARCELA.— Con eso es un recuerdo de todas sus novicias.
PRIORA.— ¡Y yo, sin enterarme de nada! ¡Miren qué disimulo han tenido las benjaminas!
SOR JUANA.— Teníamos permiso de la Madre Ana de San Francisco. Ella nos dio la cinta y el pergamino.
PRIORA.— ¡Muy bonito! ¡También sabe guardarme secretos la señora Maestra de novicias!
MAESTRA.— Un día es un día.
SOR JUANA.— Y hoy se perdona todo.
PRIORA.— (Sonriendo.) El pecado no es grave.
VICARIA.— (Agriamente.) Con tal que no vayan a sacar vanidad de sus habilidades. La santa Madre Teresa de Jesús nunca quiso que hubiera labor curiosa en manos de sus hijas. El Malo nos combate por donde menos lo pensamos y no están bien primores del siglo donde se han hecho votos de humildad y pobreza.
MAESTRA.— Alabado sea Dios, Madre Vicaria; ¡no le busque su reverencia tres pies al gato!
SOR MARCELA.— (Escandalosamente.) ¡Ja, ja, ja!
VICARIA.— ¡Qué risita más inoportuna!
SOR MARCELA.— (Fingiendo humildad, pero riéndose con disimulo.) Perdone su reverencia, que ha sido sin querer. Servidora tiene muchas veces tentaciones de risa y no lo puede remediar.
VICARIA.— Mordiéndose la lengua se remedia.
SOR MARCELA.— ¡Ay, no lo crea su reverencia!
PRIORA.— (Decidiéndose a intervenir.) Vaya, vaya; no sea respondona, que hoy no quiero castigar a nadie.
VICARIA.— (Murmurando.) ¡Ni hoy, ni nunca!
PRIORA.— (Quemada.) ¿Qué quiere decir su reverencia con eso, Madre Vicaria?
VICARIA.— (Muy humilde.) Lo que todas sabemos, reverenda Madre. Que la bondad de vuestra reverencia es inagotable.
PRIORA.— ¿A su reverencia le pesa que lo sea?
VICARIA.— (Remilgada.) Por mí, no; que, con la ayuda del Señor, procuro cumplir mi obligación, asustándome a la letra y al espíritu de nuestra Santa Regla; pero no faltará quien, alentada por tanta indulgencia, pueda resbalar, y aun caer…
PRIORA.— ¿Es que tiene su reverencia algo que proclamar determinadamente? Si es así, hable.
VICARIA.— Vengo observando, y el Señor me perdone la malicia, que, de algún tiempo a esta parte, en la comunidad abundan esas «tentaciones de risa» de que habla Sor Marcela. Y esto, unido a otras manifestaciones de regocijo, no menos extemporáneas, demuestra cierto relajamiento en la virtud de la circunspección.
PRIORA.— No se preocupe por eso. La Providencia se ha servido últimamente traernos al rebaño ovejuelas jóvenes, y triscan un poquillo por los prados del Señor; pero no llevan malicia las pobres. ¿No es éste el parecer de la señora Maestra de novicias?
MAESTRA.— Desde luego, reverenda Madre. «Gaudeamus autem in Domino»
VICARIA.— Vuestras reverencias sabrán lo que hacen; yo he cumplido con mi deber.
(Suena la campana del torno. La Hermana Tornera, que es una viejecilla vivaracha, se acerca al torno, después de hacer una reverencia a la Priora.)
TORNERA.— ¡Ave María Purísima!
VOZ.— (Con voz bronca, dentro.) ¡Sin pecado concebida! ¿Sé puede hablar con la Madre Abadesa?
TORNERA.— Diga qué se le ofrece, hermano.
VOZ.— Pues, de parte de la señora alcaldesa, que los tenga muy felices, y que aquí tiene un recuerdo suyo, y que siente no venir en persona a felicitarla, pero que no puede por lo que ustedes saben. (La Priora suspira, levantando los ojos al cielo, y las demás hacen coro al suspiro.) Y que, aunque pudiera por eso, tampoco podría, porque está en cama con el dolor que ustedes saben.
TORNERA.— Todo sea por Dios. ¿No mejora, la pobre, de sus dolencias? Dígale que esta tarde le mandaremos un tarrito de ungüento de Santa Clara, y que estas pobres monjas no la olvidan en sus oraciones. Aquí quedan pidiendo por ella para que el Señor le dé conformidad… ¡Ah!, y que la Madre agradece muchísimo el obsequio. Vaya con Dios, hermano. (Acercándose al grupo con el cesto que ha cogido del torno.) ¡Pobre señora! ¡Cuántas tribulaciones le da Nuestro Señor sobre la cruz del matrimonio!
PRIORA.— Para ella, más pesada que para nadie. Tan piadosa la pobre, y casada con un liberalote.
MAESTRA.— Y que desde que tiene la sartén por el mango se ha desatado el hombre. ¿Oyeron vuestras reverencias ayer, a media tarde repicar las campanas de la parroquia? Pues es que el muy hereje las mandó voltear porque en las elecciones de Madrid sacaron mayoría los republicanos.
TODAS.— ¡Jesús, Jesús!
VICARIA.— ¿Y el párroco lo ha consentido?
INÉS.— Otro que tal el párroco, y el Señor me perdone si falto a la caridad. ¿Saben vuestras reverencias lo que ha tenido el valor de decirle a este pobre capellán nuestro, que es más bueno que el pan? Pues le ha dicho que él es más liberal que el alcalde, y que el día menos pensado canta en misa mayor el prefacio con la música del «Himno de Riego».
PRIORA.— ¡Calle, calle, no diga herejías!
MAESTRA.— Esas son calumnias de gente mal pensada…
INÉS.— ¡Ay, no; me lo ha contado a mí el propio don Calixto esta mañana, mientras se revestía para celebrar! Por cierto que a la casulla blanca hay que ponerle nueva la tira del centro.
PRIORA.— ¿Otra vez?
INÉS.— Otra vez; está hecha una lastima. El pobre don Calixto es tan fervoroso que muele la seda a golpes de pecho…
VICARIA.— ¡Todo sea por Dios! Es un santo.
PRIORA.— Y a todo esto no hemos visto el obsequio de la señora alcaldesa. Acérquelo, hermana.
SOR SAGRARIO.— ¡Ay, qué cesto tan grande!
TORNERA.— Pues pesa muy poco.
SOR MARÍA JESÚS.— ¡Serán merengues!
INÉS.— ¡Ya salió la golosa!
SOR MARÍA JESÚS.— ¡Como si ella aborreciera el dulce!
SOR MARCELA.— ¡Vamos, hermana Inés, que bien le gusta rebañar el perol de cuando en cuando!
INÉS.— ¡Rebañar el perol! ¡Servidora rebañar el perol! ¡Ay Jesús dulcísimo, qué falsedad tan grande!
PRIORA.— No se disguste, que ha sido broma. ¡Ay Sor Marcela, Sor Marcela, tenga un poco más de formalidad y pídale perdón a la hermana!
SOR MARCELA.— (Arrodillándose delante de la monja.) Perdóneme, hermana, para que Dios la perdone, y haga la caridad de dejarme que le bese la mano en desagravio de haberle ofendido.
PRIORA.— Así han de ser mis hijas, humildes. Hermana Inés, déle a besar la mano a Sor Marcela, ya que lo pide tan humildemente.
SOR MARCELA.— (Besándole la mano con encarnizamiento.) ¡Ay, qué olor a vainilla tan rico le echa este dedo, hermana! ¡De seguro tenemos natillas de postre!
(Risa, homérica de todas las monjas.)
INÉS.— (Rompiendo a llorar de rabia.) ¡A mí, a mí! ¡A vainilla! ¡Madre de los Dolores…! ¡Cuándo se oyó tal!
PRIORA.— (Imponiéndose seriedad.) Sor Marcela, tiene usted el demonio en el cuerpo, el Señor me perdone. Vaya usted a arrodillarse en un rincón, de cara a la pared, con los brazos en cruz, y rece usted una estación mayor al santísimo.
SOR MARCELA.— Con muchísimo gusto, reverenda Madre…
(Va a arrodillarse en el rincón; pero a cada momento vuelve la cabeza, saca la lengua y se sienta en el suelo, como si se cansara.)
PRIORA.— ¡Vaya, hermana, destape ese cesto y veamos qué hay!
TORNERA.— Con su licencia, reverenda Madre. ¡Ay, si es una jaula!
SOR SAGRARIO.— ¡Con un canario dentro!
TODAS.— ¡Un canario, un canario! ¡A ver, a ver!
MAESTRA.— ¡Qué lindo!
SOR MARÍA JESÚS.— ¡Qué bonito!
SOR JUANA.— ¡Si parece de seda!
INÉS.— ¿Cantará?
PRIORA.— Claro que cantará; no nos iba a enviar la señora alcaldesa un canario mudo.
SOR SAGRARIO.— ¡Ay, la jaula! ¡Miren qué adorno tiene con alambre dorado!
MAESTRA.— No es adorno; son letras.
SOR MARÍA JESÚS.— ¡Ay; sí, sí! ¡A ver qué dicen!…
MAESTRA.— «Convento de Religiosas Dominicas.»
INÉS.— ¡Ja, ja, ja! ¡Qué ocurrencia!
VICARIA.— Si es más buena que el pan la pobre señora.
PRIORA.— No podía habernos regalado cosa más de mi gusto. Precisamente estaba yo loca por un canario.
INÉS.— Dicen que las monjas carmelitas tienen dos primorosos y que el año pasado, por Jueves Santo, los colgaron en el Monumento y daba gozo oírlos.
MAESTRA.— Pues si este canta bien, le colgaremos nosotras este año, y quitamos la caja de música.
PRIORA.— Eso, no; que la caja de música es Regalo del señor capellán, y con razón se ofendería. Habrá caja y canario. Con las sonatas se animará a cantar el animalito…
SOR JUANA.— ¡Ay, cómo se baña!
SOR SAGRARIO.— ¡Y cómo se sacude!
PRIORA.— ¡Qué cosas hace Dios!
VICARIA.— ¡Y luego hay desdichados que dicen que el mundo se ha hecho solo!
INÉS.— ¡Sor Marcela me ha sacado la lengua!
SOR MARCELA.— ¡Ay reverenda Madre, es incierto!
VICARIA.— ¡Cómo incierto, si lo he visto yo con estos ojos que ha de comer la tierra!
SOR MARCELA.— Digo que es incierto que se la haya sacado a la hermana. La saqué porque se me puso una mosca en la punta de la nariz, y como tengo los brazos en cruz, con algo la había de espantar.
SOR JUANA.— Reverenda Madre: por ser el día de su Santa Patrona, levántele el castigo a Sor Marcela.
SOR MARÍA JESÚS.— Sí, reverenda Madre; nosotras le fiamos que no vuelve a hacer ninguna travesura.
PRIORA.— La hermana Inés, que ha sido la ofendida, es quien tiene que pedir el perdón.
NOVICIAS.— Lo pide, lo pide; ¿verdad, hermana Inés?
INÉS.— (Con mal gesto.) Perdónela, si gusta su reverencia.
PRIORA.— Ea, pues venga acá, diablejo malo. Sepa que la perdono por ser el día que es y por no desairar a sus hermanas.
SOR MARCELA.— Dios se lo pague.
PRIORA.— Póngase derecha esa toca, que siempre parece que va a echar a volar. Y ahora cada una a su oficio. ¿Qué están ahí murmurando?
SOR SAGRARIO.— No murmuramos, Madre; es que queríamos pedirle una cosa.
SOR MARÍA JESÚS.— Y nos da reparo.
PRIORA.— ¿Tan atrevida es?
SOR MARÍA JESÚS.— Atrevida, no; pero…
SOR JUANA.— Ya se lo figura su reverencia…
PRIORA.— ¿Servidora? No, por cierto.
SOR SAGRARIO.— Pues que lo diga nuestra Madre Maestra.
MAESTRA.— ¿Servidora?
NOVICIAS.— ¡Sí, sí, sí!
MAESTRA.— Alabado sea Dios. Como saberlo, no lo sé de cierto; pero me figuro que lo que desean es que, atendiendo a la festividad, la reverenda Madre les conceda un ratito de parleta. ¿Es eso?
NOVICIAS.— ¡Sí, sí!
SOR MARCELA.— ¡Viva nuestra Madre Maestra!
PRIORA.— ¡Silencio, silencio! ¿Aún no tienen bastante con lo que esta mañana llevan hablado?
VICARIA.— El apetito siempre pide más. Es corcel indómito, y ¡ay de quien le afloje las riendas! Si en mi mano estuviera, no daría ocasión a posibles deslices. El Apóstol Santiago dice bien: «Aquel que diga que por la lengua no delinquió, miente.»
SOR MARCELA.— ¡Ay Sor Crucifixión, no quite su reverencia la voluntad a la Madre!
VICARIA.— ¿Servidora? ¡Qué vale mi opinión en esta casa!
PRIORA.— ¿Me prometen no ofender al Señor con murmuraciones ni con palabras disipadas?
NOVICIAS.— Lo prometemos.
PRIORA.— Siendo así, hablen cuanto gusten, hasta la hora del rezo.
NOVICIAS.— ¡Gracias, gracias!
(Suena la campana de la puerta.)
TORNERA.— Dos golpes. ¡El médico!
PRIORA.— Cúbranse. (Las monjas se echan los velos por la cara.) Y quítense del paso.
(Las monjas desaparecen como fantasmas.)
SOR SAGRARIO.— (Acercándose.) Reverenda Madre: servidora tiene un panadizo.
PRIORA.— Quédese, entonces…; y usted también, Sor María Jesús. (A la Tornera.) Abra, hermana.
(La Hermana Tornera abre, y entra el Médico; tiene muy cerca de sesenta años.)
TORNERA.— Ave María Purísima.
MÉDICO.— Sin pecado… Buenos días, hermana.
TORNERA.— Muy buenos, doctor.
MÉDICO.— ¿Cómo andamos de santidad hoy por la mañana?
TORNERA.— ¡Ja, ja, ja! ¡Qué ocurrente!
MÉDICO.— Mucho, mucho. (Viendo a la Priora.) Felicidades, Madre.
PRIORA.— ¡Tan hereje y se acuerda del santo del día!…
MÉDICO.— Porque es santa, señora; porque es santa.
PRIORA.— ¡Ay, no me escandalice a mis novicias!
MÉDICO.— ¿Novicias? ¿Dónde, dónde? Ya lo decía yo al entrar: ¡a carne fresca me huele!
PRIORA.— ¡Don José, don José!…
MÉDICO.— Ya me callo… Vamos a ver, ¿qué les duele a estas blancas corderas?
SOR SAGRARIO.— Servidora tiene un panadizo.
MÉDICO.— ¡Miren qué picardía, en un dedo tan mono! Pues habrá que pincharlo, hermanita.
SOR SAGRARIO.— (Con susto.) ¿Ahora mismo?
MÉDICO.— No, señora; mañana, si no se resuelve esta noche con una cataplasma y cinco Padrenuestros. Ni uno menos, ¿eh?
SOR SAGRARIO.— (Con buena fe completa.) No, señor.
MÉDICO.— ¿Y esta otra?
PRIORA.— ¡Ay doctor! Esta me tiene muy preocupada; se me duerme en el coro, suspira sin motivo, llora sin fundamento, no le apetece comer más que ensalada…
MÉDICO.— ¿Cuántos años tenemos?
SOR MARÍA JESÚS.— Dieciocho.
MÉDICO.— ¿Cuántos llevamos en esta santa casa?
SOR MARÍA JESÚS.— Dos y medio.
MÉDICO.— ¿Y cuántos nos faltan para profesar?
SOR MARÍA JESÚS.— Otros dos y medio, si el Señor se digna concederle a esta humilde novicia la gracia de llegar a ser su esposa.
MÉDICO.— A ver esa cara.
PRIORA.— Levántese el velo.
(Sor María Jesús se levanta el velo.)
MÉDICO.— No ha tenido mal gusto el Señor. Palidita, pero torneada.
TORNERA.— ¡Qué don José éste!…
MÉDICO.— De modo que melancolía, suspiros a deshora, desgana… Pues no va a haber más remedio, hijita: una ducha bien fría todas las mañanas y un rato de gimnasia al aire libre.
TORNERA.— (Un poco escandalizada.) ¡Gimnasia, don José!
MÉDICO.— A no ser que prefiramos escribir una carta a la mamá para que nos lleve a casita y nos busque un buen novio.
SOR MARÍA JESÚS.— ¡Ay don José! ¡Servidora tiene vocación de religiosa!
MÉDICO.— Bien, bien; entonces, agua fresca, hijita. No hay otra terapéutica posible. Contra melancolía a los dieciocho años, o ducha o matrimonio.
SOR SAGRARIO.— (Atreviéndose, con candor.) Y usted, que tanto predica, ¿por qué no se casa?
MÉDICO.— Porque tengo sesenta, hija mía, y hace ya más de quince que no estoy melancólico. Además, ¿con quién quieren ustedes que caiga, si todas las muchachas bonitas se vienen al convento?
PRIORA.— ¡Calle, calle, que me voy a tener que enfadar!
MÉDICO.— ¿No hay más enfermería ambulante?
PRIORA.— No, señor.
MÉDICO.— ¿Y la fija?
TORNERA.— Lo mismo. La pobre Sor María de la Consolación no ha pegado los ojos en toda la noche. ¿Se acuerda usted que ayer dijo que le mordía un perro en el estómago? Pues hoy dice que se le ha atravesado un sapo en la garganta.
MÉDICO.— Vamos allá, vamos allá… ¡Cuánta guerra les da el diablo a estas pobres señoras! Hasta la vista, Madre.
PRIORA.— Hasta luego, doctor. Entre tanto pueden cuidar del torno estas niñas. (La Hermana Tornera coge una campanilla que hay sobre la mesita, y con el velo echado por la cara va tocando delante del Médico, que la sigue.) Yo me voy un instante al coro, que no sé cuánto rezo tengo atrasado.
SOR MARÍA JESÚS.— ¿Nos da su reverencia permiso para llamar a las otras dos?
PRIORA.— Llámenlas; pero no me hagan locuras. (Sale.)
SOR MARÍA JESÚS.— (Acercándose a uno de los arcos del claustro.) ¡Chis, chis; Sor Marcela, Sor Juana de la Cruz! Vengan, que vamos a cuidar del torno, y tenemos permiso para hablar.
(Entran Sor Marcela y Sor Juana de la Cruz.)
SOR SAGRARIO.— ¿Y de qué hablamos?
SOR JUANA.— Que nos cuente un cuento Sor Marcela.
SOR MARCELA.— En seguida; para que se escandalicen ustedes.
SOR MARÍA JESÚS.— ¡Ay hermana, no somos tan mojigatas!
SOR MARCELA.— O para que luego vaya Sor Sagrario con el chismecito a la Madre Maestra.
SOR SAGRARIO.— ¡Servidora!
SOR MARCELA.— ¡Sería la primera vez!
SOR SAGRARIO.— ¡Ay hermanas, pueden ustedes estar tranquilas! Me voy a este rincón a hacer labor. (Saca del bolsillo alicates, cuentas y alambre y se pone a engarzar un rosario.) Y ya pueden ustedes hablar lo que gusten, que no las oigo.
SOR JUANA.— Vamos, hermana, no sea quisquillosa.
(Todas van a buscarla, y al cabo se deja convencer, haciendo monerías como chico que dice: «No juego».)
SOR SAGRARIO.— ¡Ay, se ha quedado aquí el canario!
SOR MARCELA.— ¡Pobrecillo! ¿Qué te parece a ti haber entrado en este nido de palomitas bobas? ¿Quieren ustedes que le abramos la jaula?
SOR MARÍA JESÚS.— ¿Para qué?
SOR MARCELA.— ¡Toma, para que vaya donde le dé la gaña!
SOR SAGRARIO.— ¡Ay, no, no!
SOR MARÍA JESÚS.— Menudo disgusto tendría la Madre.
SOR MARCELA.— Y menuda alegría tendría él. ¡Andando! (Abre la jaula.) ¡Vuela, corazón, vuela; el mundo es tuyo! ¡Eres libre!
SOR JUANA.— ¿No sale?
SOR MARÍA JESÚS.— ¡No se mueve!
SOR MARCELA.— Pero ¿no ves qué sol tan hermoso hace fuera, estúpido?
SOR JUANA.— Los canarios, como nacen dentro de la jaula, no quieren libertad.
SOR MARÍA JESÚS.— Le gusta ser un encarceladito, como sus monjas.
SOR MARCELA.— Pues haces muy mal, hijo. (Cierra la puerta de la jaula.) Dios ha hecho el aire para las alas, y las alas para volar. Y el que, pudiendo andar por las nubes, se conforma a vivir dando saltitos entre dos cañas y una hoja de lechuga, es tonto de remate. ¡Ay madre de mi vida, quién fuera pájaro!
SOR JUANA.— Eso sí que es verdad, ¡quién fuera pájaro!
SOR MARÍA JESÚS.— Golondrina, que dicen que todos los años pasan el mar y se van no sé dónde.
SOR SAGRARIO.— Yo, muchísimas noches sueño que vuelo; es decir, volar, no: que voy por el aire sin tener alas.
SOR MARCELA.— Y yo, que corro de prisa, de prisa, y que bajo las escaleras sin tocar con los pies en el suelo ni en los escalones.
SOR SAGRARIO.— Y qué gusto da, ¿eh? Y qué rabia luego, cuando una se despierta y ve que no ha sido verdad.
SOR MARCELA.— Yo, tantas veces lo he soñado, que ya, hasta despierta, no sé si es verdad o mentira.
SOR JUANA.— ¿Por qué soñará una tantas veces lo mismo?
SOR MARCELA.— ¡Vaya usted a saber! Puede que porque son cosas que una desearía.
SOR MARÍA JESÚS.— Sí que son bonitas las cosas que una desea.
SOR SAGRARIO.— Y luego puede que, si una las lograra, le sirvieran de poco; porque, a ver: si tuviéramos alas como los pájaros, ¿dónde íbamos a ir?
SOR MARCELA.— Yo, al fin del mundo.
SOR MARÍA JESÚS.— Yo, a Tierra Santa, para ver el Calvario.
SOR JUANA.— Yo el portal de Belén y el huerto de la casa de Nazaret, donde vivió la Virgen con el Niño.
SOR SAGRARIO.— ¡Como que iba a tener un huerto!
SOR JUANA.— Claro que sí, con un arroyo pasando por la, cerca; bien claro lo dice el villancico:
La Virgen lava pañales
y los tiende en el romero,
y los angelitos cantan
y el agua pasa riendo…
(Sencillamente.) También en el huerto de mi casa, en el pueblo, hay una mata grande de romero a Orilla del arroyo que va por el linde… ¡Mas veces he, cantado yo eso lavando los pañales de mi hermano el pequeño!… Porque somos siete, y yo la mayor… Y lo que es ése (Con entusiasmo.) ¡me tiene dada a mí más guerra!… (Limpiándose los ojos con las manos.) ¡Ay Señor, siempre se me saltan las lágrimas cuando me acuerdo del dichoso crío!… ¡Más malo es!… ¡Pero me quiere a mi más que a mi madre, y él día que salí de casa para venir aquí tomó una perra!
SOR MARCELA.— Yo también tengo hermanos; pero son mayores. (Con importancia.) La segunda se casó hace dos años, y ya tiene un niño. Una vez lo ha traído para que yo lo vea.
SOR JUANA.— (Interrumpiendo con gran interés.) Ya me acuerdo, que pasó una manita por la rejas, y servidora se la besó. ¡Qué suaves tienen las manos los chiquillos! Yo, siempre que comulgo, me figuro que recibo al señor en figura de niña; y así lo aprieto contra el corazón, y me parece que como es tan pequeño y tan desvalido, no me puede negar cosa que le pida, Y luego se me antoja que llora, y le pido a la Virgen que me ayude a callarlo. Si no fuera porque me da vergüenza y porque se iban a reír de mí, le cantaría coplas. (Suena la campana del torno.)
SOR SAGRARIO.— Llaman al torno. ¿Quién será?
SOR JUANA.— Preguntadlo, que para eso nos han dejado aquí.
SOR MARÍA JESÚS.— ¿Quién pregunta?… Yo no…
SOR SAGRARIO.— Ni yo tampoco…
SOR MARCELA.— Pues no son ustedes poco cortas de genio. Preguntaré yo, y eso que soy la más nueva en la casa. (Acercándose al torno, dice con voz queda:) ¡Ave María Purísima!
SOR JUANA.— Dígalo más alto.
SOR MARCELA.— (Levantando la voz.) ¡Ave María Purísima!
SOR SAGRARIO.— Nada.
SOR MARÍA JESÚS.— (Atreviéndose y con voz muy aguda.) ¡Ave María Purísima!
(Silencio; las novicias se miran con asombro.)
SOR MARCELA.— ¡Sí que es raro!
SOR MARÍA JESÚS.— ¡Parece cosa de brujería!
SOR SAGRARIO.— ¡Qué miedo!
SOR JUANA.— ¿Miedo? Algún chiquillo que, al pasar, se habrá divertido en tocar la campana.
SOR MARÍA JESÚS.— Mire por las rendijas, a ver si ve alguien.
SOR MARCELA.— (Inclinándose.) Alguien, no… pero algo sí parece que hay en el torno.
SOR JUANA.— A ver, a ver… (Dan la vuelta al torno, y aparece otro cesta, también cuidadosamente cubierto con un paño blanco.) Un cesto.
SOR SAGRARIO.— Será otro regalo para la Madre.
SOR MARÍA JESÚS.— Sí, sí; aquí viene un papel prendido.
SOR JUANA.— (Leyendo sin tocar el papel.) «Para la Madre Superiora.»
SOR SAGRARIO.— Ya lo decía yo.
SOR MARCELA.— Alguien que quiere darle una sorpresa.
SOR JUANA.— ¿Será de don Calixto, el capellán?
SOR MARCELA.— ¡Quia, mujer!
SOR MARÍA JESÚS.— O del médico.
SOR JUANA.— Si acaba de venir, y no ha dicho nada.
SOR SAGRARIO.— Por lo mismo; como es tan ocurrente.
SOR MARÍA JESÚS.— Quitadlo de ahí.
SOR MARCELA.— (Levantándolo y llevándolo a la mesa.) Lo pondremos aquí, junto al canario. Y éste sí que pesa.
SOR SAGRARIO.— ¿Qué traerá?
SOR MARCELA.— ¿Levantamos un poquito el paño?
SOR MARÍA JESÚS.— ¡No, no, que es pecado de curiosidad!
SOR MARCELA.— ¡Quién lo va a saber! (Levanta un poco la punta del paño y da un grito horroroso.) ¡Ay!
SOR JUANA.— (Precipitándose a mirar.) ¡Jesús!
SOR MARÍA JESÚS.— (ídem.) ¡Ave María!
SOR SAGRARIO.— ¡Bendito y alabado…!
(Al grito de Sor Marcela, que ha puesto en conmoción al convento, entran por diferentes sitios la Priora, la Vicaria, la Maestra de novicias y diferentes monjas.)
PRIORA.— (Entrando.) ¿Qué pasa? ¿Por qué gritan ustedes?
VICARIA.— (Entrando.) ¿Quién ha dado ese grito?
MAESTRA.— (ídem.) ¿Sucede algo?
(Las cuatro novicias están temblorosas, vueltas de espaldas al cesto y ocultándolo con el cuerpo.)
VICARIA.— Como si lo viera, ha sido Sor Marcela.
PRIORA.— Vamos, hablen. ¿Qué pasa? ¿Qué hacen ahí como cuatro estatuas?
MAESTRA.— ¿Les ha ocurrido alguna cosa?
SOR JUANA.— No, señora Madre; es que…
SOR MARÍA JESÚS.— Es que…
SOR MARCELA.— (Atreviéndose.) Es que… llamaron por el torno…, y no era nadie…, y dejaron un cesto…, este cesto…, y servidora tuvo curiosidad de destaparlo…
VICARIA.— ¡Naturalmente! No podía menos…
SOR MARCELA.— Y hay…
PRIORA.— ¿Qué hay?
SOR MARCELA.— Hay… Más vale que lo vea su reverencia.
PRIORA.— Acabemos. (Se acerca al cesto y lo destapa.) ¡Jesús mío! (En voz muy baja.) ¡Una criatura!
TODAS.— (Con diferente expresión de voz.) ¡Una criatura!
(Sor Crucifixión, escandalizada, se santigua.)
PRIORA.— (Apartándose.) Véanlo sus reverencias.
(Todas las monjas se precipitan hacia el cesto y la rodean.)
VICARIA.— ¡Ave María, qué cosa tan pequeña y tan colorada!
MAESTRA.— ¡Y está durmiendo!
SOR JUANA.— ¡Cómo aprieta las manos, tan rechiquitinas!
SOR MARÍA JESÚS.— ¡Se le ve el pelito debajo de la gorra!
SOR SAGRARIO.— ¡Parece un ángel!
VICARIA.— ¡Buen ángel nos dé Dios!
SOR JUANA.— (Como si la ofendiesen personalmente.) ¡Ay Madre Vicaria!
PRIORA.— (Con piedad.) ¿De dónde vendrás tú, criatura?
VICARIA.— De sitio bueno seguro que no.
PRIORA.— ¡Quién sabe, Madre! ¡Hay tanta pobreza en el mundo!
VICARIA.— ¡Hay tanto, vicio, reverenda Madre!…
MAESTRA.— ¿Dicen que no vieron a nadie por el torno?
SOR MARCELA.— A nadie; no, señora. Tocaron la campana…, preguntamos… y nadie respondió.
SOR SAGRARIO.— (Cogiendo el papel, que se había caldo.) Pero aquí hay un papel.
PRIORA.— (Cogiéndolo y leyéndolo.) «Para la Madre Superiora.»
VICARIA.— ¡Valiente regalito para su reverencia!
PRIORA.— Sí; es una carta. (Desdobla el papel y lee.) «Señora: Usted perdone la libertad que una servidora se toma de dejar en el torno a esta recién nacida. Señora, yo soy una mujer perdida, lo cual que esta hija mía no tiene padre, y, señora, para que ella no sea lo que su madre es, que ¡qué había de ser quedándose conmigo!, la dejo aquí, señora, aunque se me arranque el alma al dejarla. Por la memoria de su madre de usted, ampáremela usted y no me la eche usted a la Inclusa, que allí me crié yo y sé lo que se pasa, señora, aunque las hermanas tengan caridad de una y sean buenas, como sí que lo son. Y que Dios se lo pague a usted, señora.»
VICARIA.— ¡Jesús! ¡Ave María!
MAESTRA.— ¡Pobre mujer!
SOR JUANA.— ¡Hija de mi alma!
VICARIA.— ¡A valientes madres les da Dios hijos!…
PRIORA.— Dios sabe lo que hace, hermana; Dios sabe lo que hace.
INÉS.— ¿No dice más la carta?
PRIORA.— ¿Qué más va a decir?
(El Médico y la Hermana Tornera han entrado hace un momento.)
MÉDICO.— Es verdad; ¿qué más va a decir?
PRIORA.— ¿Qué le parece a usted, don José?
MÉDICO.— Que le han regalado a usted una buena alhaja.
PRIORA.— ¿Y qué hacemos con ella?… Porque yo…, esa pobre mujer… pone a esta criatura en nuestras manos, y yo bien la quisiera amparar como pide, quedarme aquí con ella.
NOVICIAS.— ¡Sí, Madre, sí!
MAESTRA.— ¡Silencio!
PRIORA.— Pero no sé si debo…, es decir, si podemos; porque nosotras, al vestir este santo hábito, hemos renunciado a todos los derechos…, y adoptar una niña legalmente…, no sé. ¿A usted qué le parece?
MÉDICO.— Que es verdad. Legalmente, no tienen ustedes derecho a la maternidad.
VICARIA.— Y aunque lo tuviéramos, ¿iba a quedarse aquí una criatura, hija, a lo que parece, del vicio más abyecto?
PRIORA.— Eso sería lo de menos; ella no es responsable del pecado que la engendró, y la madre harto paga la pena de su culpa, renunciando así a todos sus derechos.
VICARIA.— No le habrá costado mucho renunciar.
PRIORA.— ¿Qué sabemos, Madre, que sabemos?
VICARIA.— Nos lo figuramos; es muy cómodo echar hijos al mundo y que cargue con ellos el prójimo.
MÉDICO.— Eso de la comodidad cabría discutirlo. Hay trances que no son nunca cómodos.
SOR SAGRARIO.— ¡Ay, ha abierto la boca!
SOR JUANA.— Tendrá hambre el angelito.
SOR JUANA.— Quíteselas, que chupando, chupando, se llena de flato la pobre y luego le duele la tripita.
SOR SAGRARIO.— ¡No chupes tú, alma mía!
SOR JUANA.— Miren qué buena es: le quitan el capricho y no llora.
PRIORA.— Esa es otra: ¿quién le da de mamar?
SOR JUANA.— La mujer del demandadero tiene un chico pequeño y le está criando.
PRIORA.— Por lo mismo, no va a criar a dos.
SOR JUANA.— Tan chiquitita, no mama casi nada, y, además, se le ayuda con papilla clarita o con leche de vacas que se pone al baño de María y se aclara con un poco de té.
MÉDICO.— ¡Miren qué experiencia en achaques de críos tiene Sor Juana de la Cruz!
SOR JUANA.— Es que servidora tiene seis hermanos pequeños. ¡Ay reverenda Madre, encárguemela a mí, y verá qué bien la cuido!
VICARIA.— No nos faltaba masque esta diversioncita para las novicias. ¡Ya que ellas son de suyo poco inclinadas a la disipación!
PRIORA.— Díganme lo que piensan, sinceramente…, todas.
(Todos hablan a un tiempo.)
MAESTRA.— Servidora, reverenda Madre…
TORNERA.— Servidora…
INÉS.— Me parece a mí…
PRIORA.— (Sonriendo.) Pero una a una.
TORNERA.— Es un ángel que nos manda el Señor, y servidora cree que hay que recibirle con los brazos abiertos.
MAESTRA.— Claro que sí. Figúrense sus reverencias que no fuera una niña, sino…, qué sé yo…, un perrillo pequeño, una paloma cómo la que cayó en el huerto hace dos años, que venía escapada y herida de eso que dicen tiro de pichón. ¿No la recogimos? ¿No la cuidamos? ¿No vive desde entonces tan feliz en su jaula? Pues ¿cómo va a ser menos una criatura con alma que un animalejo sin ella?
TORNERA.— ¡Sí, sí; hay que tener caridad!
VICARIA.— Celebra que la señora Maestra de Novicias haya recordado el asunto de la paloma, porque así me evita a mí el traerle a cuento, pudiera parecer que con malignidad. Contra mi parecer se retuvo aquí dentro el animalito, que ya lleva dando harto que sentir. Ésta, que si yo la cogí; la otra, que si yo la cuidé; aquélla, que si abre el pico cuando yo me acerco, la de más allá, que si mueve las alas cuando paso… Parcialidades, celos, astucias del demonio, que no cesa. Si así fue un pájaro, ¿qué será una niña?, ya está Sor Juana de la Cruz haciéndole mimos…
SOR JUANA.— ¿Servidora?
VICARIA.— Disipación y más disipación. Piensen sus reverencias que, al pasar estas rejas, hemos renunciado por siempre a todo afecto particular.
MAESTRA.— ¿Es que va a ser pecado dar un poco de amor a esta desvalida?
VICARIA.— Para nosotras, sí. Nuestro Amado es celoso; la Escritura lo dice.
MAESTRA.— ¡Válgame Dios!
VICARIA.— Esto, aparte de otras perturbaciones de orden exterior, que traen consigo estas turbulencias. Ejemplo al canto. Vuestras reverencias, yo la primera, no se dan cuenta de que en este instante faltamos a la regla. Estamos con el rostro descubierto delante de un hombre.
PRIORA.— ¡Es verdad!
MÉDICO.— Señoras, por mi…
PRIORA.— Como si no lo fuera… Usted perdone, don José; no sé lo que me digo. Tiene razón su reverencia. Cúbranse… Es decir, ya no importa…; por una vez…, ya está hecho el daño… En fin, hagan ustedes lo que les parezca. (La Madre Crucifixión se cubre; las demás, no.) Y a ver en qué quedamos; yo confieso que el corazón me pide quedarme con la niña.
VICARIA.— Pero el doctor lo ha dicho: no tenemos derecho a ser madres.
MAESTRA.— Pero la criatura es hija de Dios, y a casa de su Padre ha venido.
VICARIA.— Dios tiene otras casas de par en par para sus hijos abandonados.
SOR JUANA.— ¡No, no; a la Inclusa, no!
SOR SAGRARIO.— ¡Eso, nunca!
PRIORA.— ¡Su madre me lo pide!
VICARIA.— ¡Su madre no es su madre, puesto que la abandona!
PRIORA.— No la abandona; la pone en brazos que le parecen más dignos que los suyos.
VICARIA.— ¡Egoísmo!
MAESTRA.— ¡Heroísmo, digo yo!
VICARIA.— ¡Frasecitas tenemos! ¡Ay Madre Maestra, la vida es un folletín!
MAESTRA.— Para algunas mujeres es una historia demasiado triste.
VICARIA.— Nosotras no debemos saber de eso, ya que, por la gracia de Dios, estamos fuera de las tormentas del mundo.
MAESTRA.— Por lo mismo, debemos compasión a las que se ahogan.
VICARIA.— ¡Sensiblería!
MAESTRA.— ¡Caridad!
PRIORA.— ¡Silencio! No empecemos por faltar a ella agraviándonos unas a otras… Don José, ¿hay que dar parte?
MÉDICO.— Sí, señora, al Juzgado.
SOR JUANA.— ¿Y se la llevarán?
MÉDICO.— Si alguien no la pide… En fin, si ustedes se deciden a quedarse con ella, yo propondría un medio.
PRIORA.— ¿Legal?
MÉDICO.— Legal. Por la gracia de Dios, yo también soy soltero, y, aunque no ciertamente santo, puedo atribuirme el mérito de haber aumentado en un solo individuo la población total de España. No tengo una peseta, pero poseo, como cada quisque, mis cuatro apellidos. A la disposición de la chiquilla están; con eso servirán de algo; y ya que no tiene padre ni madre, tendrá nombre honrado.
PRIORA.— Es decir, que usted está dispuesto…
MÉDICO.— A adoptarla, sí…, y a entregársela a usted de pupila, porque a mi casa…, la verdad, las manos de mi daña Cecilia son demasiado duras para manejar muñecos de biscuit. Ya ve usted si yo tengo los huesos duros, y me duelen siempre que se le ocurre cepillarme el gabán cuando salgo a la calle.
TODAS.— ¡Ja, ja, ja!
MÉDICO.— Aquí, Sor Crucifixión, que tiene tan buen arte para vestir santitos.
VICARIA.— ¡Quite, quite!
PRIORA.— ¡Dios se lo pague a usted! Sí, sí, a pesar de todo; ya lo arreglaremos con los superiores…; no hace falta precisamente que la niña, viva dentro de la clausura…; puede quedarse con la demandadera hasta que cumpla los siete años, y entrar aquí cuando haga falta. La cuidaremos…, es cargo de conciencia.
MÉDICO.— Siendo así, yo me marcho. Voy al Registro.
PRIORA.— Haga la caridad, al salir, de decir a la demandadera que entre; hay que saber si puede encargarse y quiere darle el pecho…, y dígale también que se traiga unos cuantos pañales de su hijo.
SOR JUANA.— Si, sí; hay que mudarla en seguida.
SOR SAGRARIO.— (Inocentemente.) ¿Por qué?
SOR JUANA.— Porque… hay que mudarla.
MÉDICO.— Muy buenos días, señoras.
TODAS.— Muy buenos, don José. (Sale el Médico. Pausa.)
PRIORA.— Hermanas: el Señor nos perdone si en todo esto hay algo que no lleve la suficiente pureza de intención. Espero que su gracia nos libre de ofenderle aficionando demasiado el capázón a cosa creada. La niña vivirá a nuestra sombra, ya que puede decirse que su ángel de la guarda la trajo a nuestras manos. Todas somos desde hoy responsables de la salvación de su alma. El Señor nos da un ángel, y debemos devolverle una santa. ¿No lo olvidarán?
TODAS.— No, señora Madre.
PRIORA.— Y ahora, acérquemela, Sor Juana, que puede decirse que no la he visto. (Mirando a la niña.) ¡Inocente de Dios! Dormida tan tranquila en su cesta, como si estuviese en una cuna de oro. ¿Qué verán los niños cuando duermen, que ponen esta cara de paz?
SOR JUANA.— ¡Verán a Dios y a la Virgen María!
SOR MARÍA JESÚS.— Puede que el ángel de la guarda les esté contando algo del cielo.
PRIORA.— No lo sé; pero sí que da respeto ver a un niño dormido.
SOR MARÍA JESÚS.— Y ganas de ser santa, ¿verdad, Madre?
SOR SAGRARIO.— Reverenda Madre, ¿me da su reverencia permiso para darle un beso?
SOR MARÍA JESÚS.— ¡Ay, no, que todavía no está bautizada, y a los niños moritos no se los besa!
PRIORA.— Cierto que hay que avisar al señor capellán para el bautizo.
MAESTRA.— ¿Cómo la llamaremos?
INÉS.— Teresa, como la reverenda Madre.
TORNERA.— María del Milagro.
SOR SAGRARIO.— Bienvenida. (Suena la campana llamando a coro.)
PRIORA.— Llaman a coro; después decidiremos… ¡Vamos allá!
(Las monjas desfilan mirando a la niña.)
PRIORA.— Quédese con ella Sor Juana de la Cruz, ya que entiende de niños, hasta que venga la demandadera. Desde aquí puede seguir el rezo; pero no se distraiga.
(Las monjas salen todas. Sor Juana coloca la cesta en el suelo y se arrodilla delante de ella. Se oye dentro el rezo, que guía una sola monja, y al cual contestan todas las demás, incluso Sor Juana de la Cruz.)
VOZ.— (Dentro.) «In nomine Patri, et Filio, et Spiritui Sancto.»
(Sor Juana se santigua y dice con las demás monjas:)
SOR JUANA y VOCES.— (Dentro.) ¡Amén!
SOR JUANA.— (A la niña.) ¡Qué bonita eres, chiquilla rica! ¿Me vas tú a querer mucho, corazón?
VOZ.— (Dentro.) «Deus in adjutorium nieum intende.»
SOR JUANA y VOCES.— «Domine, ad adjuvandum me festina.»
(Empieza a bajar lentamente el telón.)
SOR JUANA.— (A la niña.) ¿Verdad que sí, preciosa, vida mía?
VOZ.— (Dentro.) «Gloria Patri, et Filio, et Spiritui Sancto.»
VOCES.— (Dentro.) «Sicut erat in principio et nunc et semper et in saecula saeculorum. Amén. Alleluia.»
(Pero esta vez Sor Juana de la Cruz ya no responde, sino que, inclinándose sobre la cesta, abraza a la niña apasionadamente y dice:)
SOR JUANA.— ¡Ay, que abre los ojos!… ¡Vida, vidita!, ¿a quién quieres tú?
(Cae el telón.)