Ceguera Asesina
Depósito de Órganos de Manhattan
DEPÓSITO DE ÓRGANOS DE
MANHATTAN
OceanofPDF.com
HORARIO DE NUEVE A CINCO.
Como eran más de las cinco, Laurie entendió por qué estaba cerrada la puerta principal. Pero la luz en el segundo y tercer pisos daba a entender que todavía había gente en el edificio. Laurie estaba decidida a hablar con alguien.
Volviendo otra vez a la entrada, Laurie llamó de nuevo con la misma fuerza que lo había hecho al llegar. Seguía sin acudir nadie.
Laurie vio que a la izquierda había una entrada de servicio, se acercó e intentó mirar al interior, pero no se veía nada. Estaba negro como boca de lobo. Laurie volvió a la puerta principal y se disponía a llamar otra vez cuando reparó en algo que no había visto antes. Debajo del rótulo, y parcialmente oculto por la hiedra que serpenteaba por la fachada del edificio, había un timbre metálico. Laurie pulsó el timbre y aguardó.
Unos minutos después se iluminó el vestíbulo que había al otro lado de la puerta de cristal.
Entonces la puerta interior se abrió y una mujer con un vestido de lana sin adornos, largo y ajustado, bajó la escalera de mármol. El vestido le venía tan ceñido a las piernas que tenía que andar de lado.
Aparentaba algo más de cincuenta años. Su rostro sin gracia era severo y llevaba el pelo atado atrás en un moño.
Al llegar a la puerta de la calle hizo gestos para indicar que estaba cerrado y, para dar más énfasis a su pantomima, se señaló repetidamente el reloj.
Laurie, a su vez, le indicó por gestos que quería hablar con alguien haciendo mover la mano como si accionara una marioneta. Como eso no daba resultado, Laurie sacó su placa de forense y la blandió pese a las advertencias de Bingham de que la haría detener. Al ver que tampoco la placa surtía su acostumbrado y maravilloso efecto, Laurie sacó la tarjeta que se había llevado del apartamento de Yvonne André y la puso contra el cristal. Por fin, la mujer se ablandó y levantó el picaporte de la puerta.
–Lo siento, pero ya está cerrado -dijo la mujer.
–Ya me he dado cuenta -dijo Laurie, apoyando una mano en la puerta-, pero debo hablar con usted. Solo la molestaré unos minutos. Trabajo en el servicio de inspección médica. Soy la doctora Laurie Montgomery.
–¿De qué desea hablar? – preguntó la mujer.
–¿Le importa que entre? – sugirió Laurie.
–Supongo que no -dijo la mujer con un suspiro, abriendo la puerta del todo para que pasase Laurie. Luego volvió a cerrar.
–Esto es precioso -dijo Laurie.
Casi todos los detalles arquitectónicos del siglo XIX habían sido conservados cuando el edificio fue convertido de residencia privada en oficinas.
–Es una suerte tener esta casa -dijo la mujer-. A propósito, me llamo Gertrude Robeson.
Se estrecharon la mano.
–¿Quiere usted subir a mi despacho?
Laurie contestó que sí y Gertrude la llevó por una escalinata de elegante estilo georgiano que subía al piso de arriba describiendo una curva.
–Agradezco que me haya recibido -dijo Laurie-. Se trata de algo importante.
–Estoy sola -contestó Gertrude-. Intentaba terminar un trabajo.
El despacho de Gertrude estaba en la parte delantera y era el responsable de la luz que salía por las ventanas del segundo piso. Era un despacho amplio con una araña de cristal colgando del techo.
Laurie se preguntó vagamente a qué se debía que tantas sociedades filantrópicas tuvieran locales tan suntuosos.
Cuando hubieron tomado asiento, Laurie fue directa al grano. Volvió a sacar la tarjeta que había cogido en casa de Yvonne y se la entregó a Gertrude.
–¿Este individuo es miembro del personal de este centro? – preguntó Laurie.
–Así es -dijo Gertrude, devolviéndole la tarjeta-. Gerome Hoskins es quien se encarga del reclutamiento.
–¿En qué consiste exactamente el Depósito de órganos? – preguntó Laurie.
–Me encantaría darle unos impresos -dijo Gertrude-, pero básicamente somos una sociedad no lucrativa dedicada a la donación y reasignación de órganos humanos para trasplantes.
–¿A qué se refería con eso del reclutamiento? – preguntó Laurie.
–Procuramos que se apunte gente como donante potencial -dijo Gertrude-. Lo más sencillo consiste en acceder a que cuando por una desgracia el cerebro se muera, uno esté dispuesto a que sus órganos sean dados a un receptor necesitado de ellos.
–Si eso es lo más sencillo -dijo Laurie-, ¿cuál es el sistema complicado?
–Complicado no es la palabra -dijo Gertrude-. Es de lo más simple. Pero el siguiente paso consiste en que el donante en potencia pase por una determinación de la sangre y los tejidos. Esto es especialmente útil para órganos susceptibles de ser llenados de nuevo, como la médula ósea.
–Dígame, ¿cómo se lleva a cabo ese reclutamiento? – preguntó Laurie.
–Por el sistema normal -dijo Gertrude-. Tenemos personas que recogen fondos de beneficencia, telethons, grupos activos en escuelas superiores, cosas así. De lo que se trata es de que se hable del asunto. Por eso es muy útil que un receptor pueda merecer la atención de los medios informativos, digamos un niño que necesita un corazón o un hígado.
–¿Disponen de mucho personal?
–La verdad es que no -dijo Gertrude-. Hay muchos voluntarios.
–¿Quién responde a su llamamiento? – preguntó Laurie.
–Sobre todo gente con estudios superiores -dijo Gertrude-, en especial personas con conciencia cívica. La gente interesada en temas sociales desea restituir alguna cosa a la sociedad.
–¿Le suena el nombre de Yvonne André? – preguntó Laurie.
–No, me parece que no. ¿Es alguien a quien debería conocer?
–Creo que no -dijo Laurie-. Está muerta.
–Dios mío -dijo Gertrude-. ¿Por qué me pregunta si la conozco?
–Simple curiosidad -dijo Laurie-. ¿Tiene manera de saber si Yvonne André fue una de las personas reclutadas por el señor Hoskins?
–Lo lamento, pero no puedo decírselo. Esta información es confidencial.
–Soy médico forense -dijo Laurie-. Mi interés no es casual. Hoy he estado hablando con la madre de Yvonne André y ella me ha dicho que su hija se había afiliado a esta organización antes de su prematuro fallecimiento. En su apartamento había una tarjeta del señor Hoskins. No quiero conocer los detalles, pero le agradecería que me dijese si ella había firmado algún tipo de contrato con el Depósito.
–¿La muerte de la señorita André ocurrió en circunstancias dudosas? – preguntó Gertrude.
–En el parte de defunción consta como accidental. Pero hay ciertos aspectos de su muerte que me preocupan.
–Ya sabe que, en general, para que un órgano sea trasplantado, el donante debe estar en estado vegetativo. Dicho de otro modo, todo, a excepción del cerebro, debe seguir fisiológicamente con vida.
–Por supuesto -dijo Laurie-. Conozco bien esa advertencia. Yvonne André no estaba en estado vegetativo antes de su muerte. No obstante, lo que sí necesito saber es su estatus dentro de la organización.
–Un momento -dijo Gertrude. Se acercó al escritorio e introdujo cierta información en su ordenador-. Sí, Yvonne estaba inscrita. Pero es todo cuanto puedo decirle.
–Le agradezco todo lo que me ha contado -dijo Laurie-. Una pregunta más. ¿Durante el pasado año, ha habido algún intento de forzar estas oficinas?
Gertrude miró al techo.
–Mire, no sé si tengo permiso para divulgar esta clase de información, pero supongo que se trata de hechos conocidos. Puede usted acudir a la policía para confirmarlo. Sí, en efecto, hace un par de meses entraron aquí, pero por suerte no se llevaron gran cosa y no hubo vandalismo. Laurie se levantó de la silla.
–Muchas gracias. Ha sido muy generosa con su tiempo. Se lo agradezco de veras.
–¿Desea llevarse algún impreso? – preguntó Gertrude.
–Sí, desde luego -dijo Laurie.
Gertrude sacó unos cuantos prospectos de un armarito y se los dio a Laurie, quien se los guardó en el maletín. Gertrude la acompañó después hasta la puerta.
Al salir a la Calle 55, Laurie encaminó sus pasos hacia Lexington Avenue para coger un taxi. Le dio instrucciones al taxista para que la llevara al centro forense. Viendo que sus sospechas se consolidaban e imbuida de una nueva confianza en sí misma, Laurie deseaba hablar con George Fontworth. Había algo acerca de las sobredosis de aquel día que le quería preguntar. Aunque eran más de las seis, supuso que le encontraría aún trabajando. Solía quedarse hasta muy tarde.
Pero mientras Laurie se aproximaba a su antiguo trabajo, empezó a preocuparla el hecho de que Bingham estuviera allí. Sabía que de vez en cuando se quedaba también hasta la noche. En consecuencia, Laurie le dijo al taxista que se desviara de la Primera Avenida para coger la Calle 30.
Cuando llegaron a la altura de la rampa de carga del depósito, Laurie le hizo girar. E hizo bien. El coche oficial de Bingham -uno de los chollos de ser inspector médico en jefe-estaba allí aparcado.
–He cambiado de opinión -le dijo Laurie al taxista a través de la mampara de plexiglás.
Dio la dirección de su casa. Maldiciendo en un idioma que Laurie no había oído nunca, el taxista dejó la entrada del depósito y volvió a la Primera Avenida. Quince minutos después estaban delante de su casa.
Como seguía lloviendo, Laurie corrió hacia la puerta. Cuál no sería su sorpresa al ver que la cerradura de la puerta interior estaba rota. Tendría que avisar al súper, caso de que nadie más hubiera informado todavía de ella.
Laurie fue directamente al ascensor sin molestarse en recoger la correspondencia. En ese momento solo tenía una cosa en la cabeza: telefonear a Lou.
Cuando las puertas del ascensor empezaban a cerrarse, Laurie vio que una mano se aferraba al canto e intentaba evitar que la puerta se cerrara. Laurie intentó pulsar el botón de apertura pero en vez de este tocó el de cerrar. La mano tiró hacia atrás, la puerta se cerró y el ascensor empezó a subir.
Laurie estaba abriendo sus cerraduras cuando oyó que la puerta del apartamento de Debra Engler se abría a sus espaldas.
–Han venido dos hombres a su casa -dijo Debra-. No les había visto nunca. Llamaron dos veces al timbre. Aunque a Laurie no le gustaba que Debra se metiera en sus asuntos, se preguntó quiénes podían ser esos dos hombres y qué debían querer. Era difícil no relacionar "dos hombres" con algo que no fueran los casos de sobredosis, y esa idea le dio escalofríos. Le extrañaba que hubieran podido llegar hasta la misma puerta, ya que ella no estaba en casa para abrirles por el portero automático.
Entonces recordó la cerradura rota de la puerta interior, y le preguntó a Debra qué aspecto tenían.
–No pude verles bien la cara -dijo Debra-. Aunque me dieron mala espina, eso sí, y ya digo que llamaron dos veces al timbre.
Laurie volvió a su puerta y abrió la última cerradura. Se le ocurrió que, de haber tenido malas intenciones, esos dos individuos podían haber subido por la escalera de servicio para entrar después forzando la puerta de la cocina. Laurie abrió la puerta del apartamento. Los goznes crujieron, revestidos por un centenar de capas de pintura. Desde el estratégico observatorio del vestíbulo, a Laurie le pareció que el apartamento estaba como lo había dejado al marchar. No se oía nada anormal ni se veía nada sospechoso. Con precaución, cruzó el umbral dispuesta a salir volando al menor ruido inesperado.
Por el rabillo del ojo, Laurie vio que algo se le acercaba. Soltando un involuntario gritito que más pareció un resuello, Laurie dejó caer el maletín y levantó los brazos a la de fensiva. En el momento
que el maletín daba contra el suelo, el gato se le había subido encima, pero solo por un segundo. Un instante después había saltado sobre la mesa del recibidor y con las orejas pegadas al cráneo, salía corriendo hacia la salita.
Laurie permaneció un momento en la entrada con la mano en el pecho. El corazón le latía tan rápido como después de un partido de racket. Solo tras recobrar el aliento fue cuando volvió a la puerta, cerró y la aseguró con sus múltiples cerraduras.
Tras haber recogido el maletín del suelo, Laurie fue a la salita. El gato salió precipitadamente de su escondite, saltó a lo alto de la librería y de allí a lo alto de la cenefa que coronaba las ventanas.
Desde allí se quedó mirando a Laurie con cólera fingida.
Laurie fue directa al teléfono. El piloto del contestador automático estaba parpadeando, pero no escuchó los mensajes, sino que marcó el número de la oficina de Lou. Por desgracia no contestaba nadie. Laurie colgó y empezó a marcar el teléfono de su casa, pero antes de que pudiera terminar el número, sonó el timbre. Sobresaltada, Laurie colgó enseguida.
Al principio tuvo miedo de ir a la puerta e incluso de atisbar por la mirilla. El timbre sonó por segunda vez. Laurie sabía que tenía que hacer algo. Iría a ver quién era, se dijo. No tenía por qué abrir la puerta.
Laurie se acercó de puntillas y miró al corredor. Dos desconocidos aguardaban afuera con la cara distorsionada por efecto de la lente gran angular, que les daba una corpulencia exagerada.
–¿Quién es? – preguntó Laurie.
–Policía -contestó una voz.
Una sensación de alivio invadió a Laurie mientras procedía a descorrer las cerraduras. ¿Acaso Bingham habría cumplido su amenaza de hacerla detener? Pero Bingham no había dicho que lo haría sino solamente que podía hacerlo.
Una vez retirada la cadena, Laurie se detuvo para mirar de nuevo por la mirilla.
–¿Tienen alguna identificación? – preguntó.
Sabía lo suficiente como para no dejar entrar a nadie solo porque dijera que era tal o cual.
Los dos hombres mostraron rápidamente unas placas de policía frente a la mirilla.
–Solo queremos hablar un momento con usted -explicó la misma voz de antes.
Laurie se apartó de la puerta. Si bien inicialmente se había sentido aliviada de saber que los visitantes eran policías, ahora empezaba a reconsiderarlo. ¿Y si venían a detenerla? Eso significaba que tendrían que llevarla a comisaría para hacer una acusación formal. La interrogarían, la retendrían, la citarían quizá para comparecer ante un tribunal. A saber lo que iba a durar todo eso. Tenía que hablar con Lou de asuntos mucho más importantes. Y además, él la ayudaría si es que la iban a detener. Seguro.
–Un momento -les dijo Laurie en voz alta-. Voy a ponerme algo.
Laurie fue directa a la cocina y a la puerta de atrás. Tony intercambió una mirada con Angelo y le preguntó:
–¿No sería mejor decirle que no se moleste en vestirse?
–¡Cállate la boca! – susurró Angelo.
A su espalda se oyó un sonido metálico de quincalla. Cuando Tony se dio la vuelta pudo ver que la puerta de Debra Engler se abría unos milímetros. Tony se arrancó hacia allí dando fuertes palmadas para asustar a Debra. La táctica funcionó y la puerta de Debra se cerró de golpe. Pudo escucharse el sonido de una docena de cerraduras al cerrarse.
–¡Por el amor de Dios! – susurró Angelo-. ¿Qué te pasa ahora? No es momento de andar jodiendo.
–No me gusta que nos mire esa bruja.
–¡Ven aquí ahora mismo! – ordenó Angelo, y apartó la vista de Tony al tiempo que meneaba la cabeza.
Fue entonces cuando captó la huidiza imagen de una silueta de mujer que pasaba corriendo hacia la escalera de incendios tras el cristal ahumado de una puerta.
Angelo tardó un segundo en reconocer lo que estaba pasando.
–¡Vamos! – dijo en cuanto se dio cuenta-. ¡Se va por la escalera de atrás!
Angelo se precipitó hacia la puerta de la escalera y la abrió de un fuerte tirón. Tony le siguió corriendo. Ambos se detuvieron un instante junto al pasamano y miraron hacia la mugrienta escalera que iba en pequeños tramos hasta la planta baja cinco pisos más abajo. Laurie estaba varias plantas más abajo y sus tacones resonaban al pisar los peldaños de cemento desnudo.
–Cógela antes de que llegue a la calle -gruñó Angelo. Tony salió disparado como un conejo, saltando los peldaños de cuatro en cuatro. Iba ganándole terreno a Laurie, pero no fue capaz de impedir que ella se metiera por una puerta del segundo piso que daba a un patio trasero.
Tony llegó a esa puerta antes de que se cerrara por su propio peso. Al traspasarla y salir al exterior, Tony se encontró en un patio lleno de escombros y hierbajos por todas partes. Pudo oír el eco de las pisadas de Laurie, que corría por un estrecho pasadizo que conducía a la calle. Subiéndose a una corta barandilla, Tony corrió tras ella. Laurie estaba a solo seis metros. Dentro de un momento sería suya.
Laurie se había dado cuenta de que su escapada no había pasado inadvertida y que la policía la venía siguiendo. Les había oído bajar por la escalera de incendios. Mientras corría, se había preguntado si era conveniente hacer lo que había hecho. Pero ya no podía detenerse. Ahora que había salido huyendo, estaba más resuelta que nunca a no dejarse coger. Sabía que resistirse al arresto era ya un delito de por sí. Para colmo, se le pasó por la cabeza la idea de si esos hombres serían auténticos policías o no.
Mientras subía los últimos peldaños hacia la calle, Laurie supo que uno de sus perseguidores casi la había alcanzado. Apoyados contra la pared del edificio, junto a la escalera, había una serie de cubos metálicos de basura, viejos y mellados. En un arranque de desespero Laurie agarró el borde superior de uno de ellos y lo arrojó hacia atrás, mandándolo escaleras abajo hasta el suelo del pasadizo que daba al patio.
Al ver que su perseguidor tropezaba con el cubo y caía, Laurie arrastró rápidamente el resto de los cubos y los mandó para abajo en medio de un gran estruendo. Unos peatones que pasaban por allí en aquel momento aminoraron el paso al ver el espectáculo, pero no se detuvieron ni dijeron esta boca es mía.
Confiando en tener momentáneamente ocupado a su perseguidor, Laurie corrió hacia la Primera Avenida y bendijo su suerte al ver que el primer taxi se paraba a su lado. Totalmente sin aliento, Laurie montó en el taxi y chillando dijo que quería ir a la Calle 30.
Mientras el taxi aceleraba, Laurie no se decidía, por miedo, a mirar atrás. Además, estaba temblando por lo que acababa de hacer. Al pensar en las consecuencias de haber se resistido a la policía, Laurie cambió de idea en cuanto a su destino e, inclinándose hacia delante, le dijo al taxista que en vez de ir a la Calle 30 se dirigiera a la comisaría central de policía.
El taxista no dijo palabra mientras torcía para coger la Segunda Avenida. Laurie se acomodó en el asiento e intentó relajarse. El pecho le seguía subiendo y bajando con violencia.
Mientras iban hacia el sur por la atestada Segunda Avenida, Laurie volvió a cambiar de idea.
Preocupada porque Lou pudiera no estar en la oficina central de policía, Laurie optó por su primer destino. Abalanzándose de nuevo hacia la mampara, le dijo al taxista adónde quería ir. Esta vez el conductor soltó un taco, pero torció a la izquierda para coger la Primera Avenida.
Como en el taxi que había tomado antes, Laurie hizo que el conductor torciera por la Calle 30 y se metiera en la zona de carga del depósito. Suspiró aliviada al comprobar que ya no estaba el coche de Bingham. Una vez pagada la carrera, Laurie entró corriendo en el depósito.
Tony pagó al taxista y se bajó del taxi. El coche de Angelo estaba donde lo habían dejado. Angelo seguía tras el volante. Tony subió al coche.
–¿Qué? – preguntó Angelo.
–Se me ha escapado -dijo Tony.
–Eso está clarísimo -dijo Angelo-.
–Ha querido despistarme -dijo Tony-. Ha hecho que el taxista diera un rodeo. Pero yo no le he perdido de vista. Ha vuelto al centro forense.
Angelo se inclinó hacia delante para arrancar.
–No sabe Cerino cuánta razón tenía al decir que esta chica nos traería dificultades. Habrá que echarle el guante y sacarla de allí.
–Quizá será más fácil -sugirió Tony-. No creo que haya mucha gente a estas horas.
–Más vale que sea así -dijo Angelo mientras miraba atrás para incorporarse a la calzada.
Fueron en silencio por la Primera Avenida. Angelo tenía que concederle a Tony una cosa: al menos a pie era rápido.
Angelo torció por la Calle 30 y puso el motor a tope. No le hacía ninguna gracia tener que volver al centro forense. Pero ¿qué alternativa les quedaba? No podían meter la pata otra vez.
–¿Cuál es el plan? – preguntó Tony, ansioso.
–Estoy pensando -dijo Angelo-. Es evidente que nuestras placas de policía no la han impresionado en absoluto.
¿Dónde se ha metido?
Laurie se sintió relativamente a cubierto en el desierto y oscuro edificio de la inspección médica.
Entró en su despacho y cerró la puerta por dentro. Lo primero que hizo fue telefonear a Lou a su casa. Le alegró que él contestara a la primera.
–Me alegro de oírla -dijo Lou tan pronto Laurie se identificó.
–No tanto como yo lo estoy de dar con usted.
–¿Dónde se encuentra? – preguntó él-. He estado llamando a su apartamento cada cinco minutos.
Si oigo una vez más ese contestador automático me pongo a chillar.
–Estoy en el despacho -dijo Laurie-. Han surgido problemas.
–Lo sé -dijo Lou-. Siento que la hayan despedido. ¿Es definitivo o ha pensado hacer una reclamación?
–Por el momento es definitivo. Pero no le he llamado por eso. Hace un rato se han presentado dos individuos en mi apartamento. Eran policías. Me asusté y he escapado. Creo que estoy en un buen lío.
–¿Policías de uniforme? – preguntó Lou.
–No. Iban de paisano. Llevaban traje.
–Es extraño -dijo Lou-. No me imagino a mis muchachos yendo a su apartamento. ¿Cómo se llamaban?
–No tengo la menor idea -dijo Laurie.
–No me diga que no se lo preguntó -manifestó Lou-. Es ridículo. Debería haber cogido sus nombres y número de placa para llamar a la policía y que lo verificasen. Quiero decir que si no,
¿cómo sabía que eran policías de verdad?
–No pensé en eso de los nombres -dijo Laurie-. Les he pedido que me enseñaran la placa.
–Venga, Laurie -se lamentó Lou-. Hace suficientes años que vive en Nueva York como para no actuar así. Parece mentira.
–¡De acuerdo! – soltó Laurie. Ya estaba superexcitada como para que Lou le soltara un sermón-.
¿Y ahora qué hago?
–Nada -dijo Lou-. Yo me ocupo de todo. Mientras tanto, si se presenta alguien más, consiga sus nombres y número de placa. ¿Tendrá memoria para acordarse de eso?
Laurie se preguntó si Lou estaba tratando de provocarla a propósito. Procuró conservar la calma.
–Cambiemos de tema -dijo-. Hemos de hablar de algo mucho más importante. Creo que he dado con una explicación a mi serie de casos de sobredosis y toxicidad; tiene que ver con alguien que usted conoce. Incluso he conseguido algunas pruebas que creo le parecerán convincentes. Tal vez podría venir ahora. Quiero enseñarle unas copias preliminares de ADN. Comprenda que no puedo verle aquí durante el día.
–Qué coincidencia -dijo Lou-. Parece que los dos hemos hecho progresos. Creo que he resuelto el misterio de mis asesinatos del hampa. Quiero exponerle mi explicación.
–¿Cómo ha conseguido resolverlo?
–Fui a ver a Jordan, su novio -dijo Lou-. De hecho hoy le he visto un par de veces. Creo que se está hartando de mi.
–Lou, lo que quiere es que me enfade, ¿no es cierto? – preguntó Laurie-. Si es así, lo está haciendo de maravilla. Se lo digo por enésima vez, ¡Jordan no es mi novio!
–Llámele como quiera -dijo Lou-. Estoy tratando de que esté por mí. Verá, cuanto más tiempo estoy con ese tío, más creo que es un mierda y un mezquino, cosa que va más allá de los celos que ya confesé en un momento de debilidad. No sé qué le ha visto a ese tipo.
–No le he llamado para que me sermonee -dijo Laurie con fastidio.
–No puedo remediarlo -dijo Lou-. Necesita que alguien le dé un consejo. Me parece que no debería seguir viendo a ese individuo.
–Vale, papá, lo tendré en cuenta.
Dicho esto, Laurie colgó el teléfono. Estaba harta del paternalismo de Lou y de momento no podía seguir hablando con él. Tenía que concederse un poco de tiempo para sosegarse. Aquel hombre podía ser de lo más enervante y más en un momento en que necesitaba apoyo, no críticas.
Su teléfono empezó a sonar tan pronto hubo colgado, pero no le hizo caso. Dejaría que Lou se fastidiara un rato. Abrió la puerta de su despacho, caminó por el silencioso corredor y cogió el ascensor para ir a la morgue. A esa hora no había nadie, pues la mayoría del personal ocupado de los esqueletos se había ido a cenar. Pero Bruce Pomowski sí estaba en la oficina del depósito. Laurie confiaba en que no supiera que la habían despedido.
–¡Perdón! – exclamó Laurie desde el pasillo. Bruce alzó los ojos de su periódico.
–¿El cadáver de Fletcher sigue ahí dentro? – preguntó ella.
Bruce consultó sus papeles.
–No -dijo-. Ha salido esta tarde.
–¿Y André o Haberlin? – preguntó Laurie. Bruce volvió a consultar la lista.
–André ha salido esta tarde, pero Haberlin aún está. De un momento a otro se llevarán el cadáver a no sé qué sitio de Long Island. Está en la nevera.
–Gracias -dijo Laurie, y se dio la vuelta para irse.
Era evidente que Bruce no se había enterado de que la habían retirado de la nómina.
–Doctora Montgomery -le llamó Bruce-. Peter Letterman la buscaba antes y me ha dicho que si la veía le dijese que subiera a verle cuanto antes. Que era importante y que esta noche iba a quedarse un rato.
Laurie no sabía qué hacer. Por un lado deseaba examinar el cadáver de Haberlin, pensando que con ello bien podría verificar sus sospechas, y al mismo tiempo no quería perderse lo que Peter tenía que enseñarle.
–Voy corriendo arriba a ver si está Peter. Mire si puede hacer que el cuerpo de Haberlin no se vaya hasta que yo baje…
–Eso está hecho -dijo Bruce con un ademán que indicaba seguridad.
Laurie fue a la cuarta planta, donde estaba el laboratorio de toxicología. Al ver la luz que salía del cuartito de Peter, respiró aliviada: Peter no se había ido aún.
–Toc, toc -dijo Laurie desde la puerta. No quería darle un susto a Peter.
Peter levantó la vista de un cianotipo que estaba examinando.
–¡Laurie! ¡Me alegro de verla! Hay algo que quiero enseñarle.
Laurie siguió a Peter hasta la unidad de espectrometría de masas y cromatografía. Peter cogió otro cianotipo y se lo entregó a Laurie, quien se lo miró sin entender gran cosa.
–Es de Robert Evans -dijo Peter con orgullo-. Tal como usted había sugerido.
–¿Qué es lo que estoy mirando? – preguntó ella. Peter señaló con su lápiz.
–Ahí -dijo-. El etileno ha dado positivo, y es mucho más evidente que en el caso de Randall Thatcher. Y no hay posibilidad de error de laboratorio ni falso positivo. Esto real.
–Qué raro -dijo Laurie.
Había llegado a pensar que el etileno del caso Thatcher había sido debido a un error.
–Puede que sea raro -dijo Peter-, pero es real. No me cabe duda.
–Necesito un favor más -dijo Laurie-. ¿Podría abrirme el laboratorio de ADN?
–Desde luego. ¿Quiere que se lo abra ahora?
–Si no tiene inconveniente.
Peter fue por sus llaves y condujo a Laurie por la escalera hasta el laboratorio, que estaba en la tercera planta. Mientras entraban, Laurie explicó lo que se proponía.
–Me enseñaron una foto polaroid de una copia pero era simplemente preliminar. Es del caso Julia Myerholtz. Seguramente le sonará el nombre.
–En efecto -manifestó Peter-. He visto muchas mues-tras de ella.
–Necesito encontrar esa foto polaroid -dijo Laurie-. Me haría falta una copia. No necesito un duplicado fotográfico; con una copia de la fotocopiadora me arreglaré.
–Eso está hecho -dijo Peter.
Sabía exactamente dónde buscar. En cuanto tuvo la foto polaroid, fue a la fotocopiadora seguido de Laurie. Mientras la máquina se calentaba, Peter miró la fotografía.
–Es evidente que no casan -dijo-. ¿Es lo que esperaba?
–No -dijo Laurie-. La instantánea fue tomada a oscuras.
–Interesante -dijo Peter-. ¿Cree que es importante?
–Desde luego que sí -dijo Laurie-. Eso es que Julia estaba luchando por vivir.
–¿Crees que aún estará ahí? – preguntó Tony. Estaba más nervioso que de costumbre-. A lo mejor se ha ido mientras yo volvía a buscarte. Si no se encuentra dentro, estamos perdiendo el tiempo aquí sentados como un par de bobos.
–Eso que dices tiene sentido -dijo Angelo-. Pero antes de entrar espero poder asegurarme de que no ha llamado a la poli. Todavía no entiendo por qué se largó, a menos que no nos tomara por polis de verdad. O sea, a ver si resulta que no es una ciudadana de pro. ¿Qué es lo que oculta a la poli? No tiene sentido, y cuando algo no tiene sentido, es que he hecho algo mal. Y si he hecho algo mal entonces me asusto.
–Siempre ves problemas en todas partes -dijo Tony-. ¿Por qué no entramos, la cogemos y acabamos con esto?
–De acuerdo -dijo Angelo-. Pero ten calma. Y coge el maletín. Esta vez vamos a tener que improvisar.
–Estoy contigo hasta el final -dijo Tony, ansioso. Debido a la infructuosa persecución de Laurie, las ganas de actuar de Tony se habían afilado como cuchillas. Estaba hecho un manojo de nervios.
–Creo que será mejor poner los silenciadores -dijo Angelo-. Quién sabe lo que nos vamos a encontrar. Y habrá que actuar deprisa.
–¡Estupendo! – exclamó Tony.
Con evidente entusiasmo sacó su Bantam y ajustó el silenciador. La agradable expectativa le hizo demorarse un poco, pues las manos le temblaban.
Angelo le miró con mala cara y luego, meneando la cabeza exasperado, le dijo:
–Procura calmarte un poco. ¡Vamos!
Bajaron del coche, cruzaron la calle corriendo y se metieron entre las furgonetas del depósito.
Corrían agachados, tratando en lo posible de evitar la llovizna. Entraron por el mismo sitio que lo habían hecho esa misma tarde, por la rampa de carga. Angelo iba en cabeza. Tony le seguía con el maletín del doctor en una mano y el arma en la otra. Procurando que no se le viera, llevaba la pistola parcialmente escondida bajo la americana.
Angelo había traspasado casi la puerta de la oficina de seguridad cuando alguien de dentro le chilló:
–¡Eh, usted! No se puede entrar.
Tony chocó con Angelo al detenerse este bruscamente. Un guardia vestido de azul estaba sentado frente a su escritorio. Delante suyo tenía un solitario.
–¿Se puede saber adónde vais, chicos? – preguntó. Antes de que Angelo pudiera responder, Tony levantó su Bantam y apuntó a la frente del sorprendido guardia. Luego tiró del gatillo sin vacilar un segundo. El tiro fue a darle a la cabeza, justo encima del ojo izquierdo, de modo que el guardia cayó de bruces sobre la mesa, produciendo un ruido sordo al chocar su cabeza con las cartas. De no ser por el charco de sangre que se había formado sobre la mesa, cualquiera habría podido pensar que el hombre se había quedado dormido en su puesto.
–Pero ¿por qué diantre le has disparado? – gruñó Angelo-. Podías haberme dado ocasión de hablar con él.
–Iba a causarnos problemas -dijo Tony-. Has dicho que había que hacerlo deprisa.
–¿Y si tiene un compañero? – preguntó Angelo-. ¿Y si el compañero vuelve por aquí? ¿Dónde nos vamos a meter? Tony frunció el ceño.
–¡Vamos! – dijo Angelo.
Se asomaron a la oficina del depósito. El aire estaba lleno de humo de cigarrillo y una colilla descansaba en un cenicero junto al escritorio, pero no se veía a nadie. Salieron de la oficina y avanzaron cautelosamente por la morgue propiamente dicha. Angelo echó un vistazo a la sala auxiliar de autopsias que se utilizaba para cadáveres en descomposición. La mesa de disección se veía apenas en la penumbra.
–Este sitio me acojona-admitió.
–A mí también -dijo Tony-. No se parece nada a la funeraria donde yo trabajaba. Fíjate qué suelo.
Es repugnante.
–¿Por qué tendrán tantas luces apagadas? – preguntó Angelo.
–Para ahorrar, a lo mejor -sugirió Tony.
Llegaron a la enorme mole en forma de U de los compartimentos de refrigeración puestos uno sobre el otro, cada cual con su puerta de pesados goznes.
–¿Te parece que guardan todos los cadáveres ahí dentro? – preguntó Angelo, señalando la hilera de puertas de las cámaras.
–Imagino que sí -dijo Tony-. Es como en esas viejas películas, cuando han de identificar a alguien.
–En las películas no huele así -dijo Angelo-. ¿Para qué coño serán esos ataúdes de baratillo? ¿Es que hay una epidemia de peste bubónica?
–No me lo explico -dijo Tony.
Pasaron frente al cuarto frigorífico grande hacia la luz que venía de las ventanas de la puerta doble que llevaba a la sala de autopsias principal. Un momento antes de llegar, se abrieron las puertas de golpe y apareció Bruce Pomowski.
Los tres recularon sorprendidos. Tony se guardó la pistola detrás de la espalda.
–Me habéis asustado, tíos -confesó Bruce con una carcajada nerviosa.
–Lo mismo digo -admitió Angelo.
–Habréis venido por el cuerpo de la Haberlin -dijo Bruce-. Bien, tengo buenas y malas noticias.
La buena es que ya está listo. La mala es que tendréis que esperar a que la examine un médico.
–Qué lástima -dijo Angelo-. Oye, pero mientras esperamos, ¿has visto a la doctora Laurie Montgomery?
–Sí -dijo Bruce-. No hace ni cinco minutos.
–¿Sabes adónde ha ido? – preguntó Angelo.
–Ha subido a Toxicología -dijo Bruce.
Empezaba a sentir curiosidad y cierto recelo por esos dos hombres.
–¿Dónde está eso de Toxicología? – preguntó Angelo.
–Cuarta planta.
Bruce trataba de recordar si había visto alguna vez a los dos hombres viniendo a recoger un cadáver.
–Gracias -dijo Angelo, volviéndose para indicar a Tony que le siguiera.
–Eh, por ahí no se puede subir -dijo Bruce-. ¿De qué funeraria sois?
–Spoletto -dijo Angelo.
–Esa no es la que yo estaba esperando -dijo Bruce-. Será mejor que haga una llamada. Decidme vuestros nombres.
–No hemos venido a buscar problemas -dijo Angelo-. Solo nos gustaría hablar con Laurie Montgomery.
Bruce dio un paso atrás y se miró a Angelo y Tony.
–Creo que avisaré a Seguridad…
El cañón del arma de Tony asomó apuntando al técnico del depósito. Bruce se quedó petrificado, mirando bizco la punta del cañón. Tony apretó el gatillo antes de que Angelo pudiera decir nada. De manera parecida con el guardia de seguridad, el tiro se incrustó en la frente de Bruce, quien osciló un segundo para desplomarse rápidamente al suelo.
–¡Maldita sea! – dijo Angelo-. ¿Vas a cargarte a todo el mundo?, ¿eh?
–¡Coño! – dijo Tony-. Es que iba a llamar a Seguridad…
–Pues sí que le habría servido de mucho -dijo Angelo-. Ya te has encargado tú de Seguridad.
Tienes que aprender a contenerte.
–Conque me he sobrepasado… -dijo Tony-. Al menos sabemos que la chica sigue aquí. Incluso sabemos dónde buscarla.
–Pero primero habrá que ocultar el cadáver -dijo Angelo-. Imagínate si viene alguien. – Angelo miró en torno suyo. Sus ojos se posaron en los compartimentos de refrigeración-. Metámoslo en una de esas neveras -dijo.
Angelo y Tony se pusieron a mirar compartimentos, buscando uno que estuviera vacío. En todos ellos lo primero que veían era un par de pies descalzos con una etiqueta de papel manila en el dedo gordo.
–Esto da asco -exclamó Angelo.
–Aquí hay uno libre -dijo Tony, tirando de la gaveta hacia fuera.
Volvieron por el flácido cuerpo de Bruce. Tony descubrió que el hombre seguía con vida y produciendo extraños ruidos al respirar.
–¿Le disparo otra vez? – preguntó.
–¡No! – le espetó Angelo. No quería más tiros-. No hace falta. No creo que haga mucho ruido metido en la nevera.
Arrastraron el cuerpo entre los dos hasta el compartimento abierto y lo subieron como pudieron a la gaveta.
–Dulces sueños -dijo Tony mientras deslizaba la gaveta hacia la pared y cerraba la portezuela.
–Y ahora guárdate esa maldita pistola -le ordenó Angelo.
–Está bien -dijo Tony metiendo el arma en la pistolera. Con el silenciador puesto, la culata de la Bantam le asomaba por la solapa.
–Subamos al cuarto piso -dijo Angelo con nerviosismo-. Las cosas no van como debieran. Hay que coger a la chica y largarse de aquí. Se nos va a caer el cielo encima como alguien se ponga a seguir el rastro de los fiambres que estás dejando.
Tony recogió su maletín de doctor y corrió detrás de Angelo, que ya iba camino de la escalera.
Angelo prefería no exponerse otra vez a tropezarse con alguien en el ascensor.
Cuando salieron al cuarto piso, vieron que solo había un cuarto con luz. Suponiendo que sería el laboratorio de Toxicología, fueron hacia allí. Entraron con gran precaución, pero solo encontraron a Peter limpiando parte del material.
–Disculpe -dijo Angelo-. Buscamos a la doctora Montgomery.
Peter se dio la vuelta.
–Se habrán cruzado con ella -dijo-. Ha bajado al depósito para ver un cuerpo que estaba en el cuarto frigorífico.
–Gracias -dijo Angelo.
–De nada -respondió Peter.
Angelo cogió a Tony del brazo y se lo llevó rápidamente al pasillo.
–Qué bien que no le hayas matado -dijo Angelo con sarcasmo.
Desanduvieron el camino y volvieron al depósito por las escaleras.
Después de buscar en la oficina del depósito y en la sala de autopsias principal, Laurie desistió de encontrar a Bruce. Se habría ido a descansar un rato. Había pensado pedirle ayuda, pero decidió buscar ella misma el cuerpo de la Haberlin en el cuarto frigorífico.
Laurie se puso los guantes de goma antes de entrar en la cámara. Luchando contra el peso de la enorme puerta, logró abrirla, se metió dentro y encendió la luz.
El cuarto frigorífico tenía prácticamente el mismo aspecto que cuando había ido a buscar a Julia Myerholtz. Muchos de los cuerpos que descansaban en los estantes de madera seguían donde ella los había visto. Los que estaban en camillas de ruedas representaban un nuevo lote. Por desgracia, había más cadáveres que antes. Tratando de ser metódica, empezó por mirar los cuerpos más cercanos a la puerta. Como de costumbre, todos los cadáveres llevaban su correspondiente etiqueta de identificación. Para comprobar los nombres, Laurie tuvo que levantar las sábanas por los pies. A medida que comprobaba cada una de las camillas las iba apartando a fin de abrirse paso hacia el interior del cuarto frigorífico.
Cerca del fondo de la cámara, y después de mirar una docena de cuerpos, encontró la etiqueta que ponía Stephanie Haberlin. Ya era hora, pensó Laurie, que estaba temblando de frío. Volviendo a tapar los pies, Laurie dio la vuelta a la camilla y retiró la sábana para ver la cabeza.
Lo que vio le hizo dar un respingo. Nunca era agradable contemplar el cadáver pálido de una persona joven. Por más tiempo que pudiera ejercer de forense, Laurie pensaba que no se acostumbraría nunca a este aspecto del oficio. Con una renuncia poco común en ella, Laurie alargó el brazo y puso el índice y el pulgar sobre los párpados de Stephanie.
Permaneció un momento indecisa, preguntándose si lo que deseaba era tener razón o no tenerla.
Respirando hondo, Laurie levantó los párpados.
No solo dio un segundo respingo, sino que esta vez notó que las piernas se le doblaban. En una milésima de segundo sus sospechas acababan de ser confirmadas. Ella estaba en lo cierto. Ya no podía pensar que fuera una coincidencia. ¡La muerta no tenía ojos!
–¡Qué atrocidad! – dijo Laurie en voz alta.
Los dientes le castañeteaban. ¿Cómo podía ningún ser humano perpetrar un crimen tan horrendo?
Era un plan realmente diabólico.
El sonoro ruido metálico del picaporte sacó a Laurie de su ensimismamiento. Le sorprendió ver entrar a dos desconocidos, uno de los cuales llevaba un anticuado maletín de médico.
–¿Doctora Montgomery? – dijo el alto desde la puerta.
–Sí -respondió Laurie.
Temía reconocer a los dos individuos como los que habían ido a su departamento.
–Quisiéramos hablar con usted -dijo Angelo-. ¿Le importaría acompañarnos al centro?
–¿Quiénes son ustedes? – quiso saber ella. Estaba empezando a temblar.
–No creo que eso importe mucho -dijo el más bajo apartando camillas con la mano libre.
Iba abriéndose camino hacia Laurie. Angelo también empezó a acercársele.
–¿Qué quieren de mí? – preguntó Laurie, cada vez más aterrada.
–Solo queremos hablar -dijo Tony.
Laurie estaba atrapada. No tenía por dónde escapar; la rodeaba el cepo de un verdadero mar de camillas con cadáveres encima. Tony ya estaba apartando las últimas dos camillas que mediaban entre ambos.
Sin otro recurso para salir de la trampa, Laurie se arrancó el bolso del brazo y lo tiró al suelo.
Luego fue a la cabeza de la camilla de Stephanie y agarró ávidamente los costados.
Chillando para infundirse coraje, Laurie empezó a hacer rodar la camilla, intentando desesperadamente ganar velocidad en aquel reducido espacio. Dirigió la camilla directamente hacia el sorprendido Tony, el cual al principio hizo como que se iba a quedar donde estaba. Pero viendo que Laurie se esforzaba por acelerar, trató de salirse de en medio.
Laurie estrelló la camilla contra Tony lo bastante fuerte como para que este perdiera el equilibrio al tiempo que el cadáver de Stephanie caía al suelo. Un rígido brazo de la muerta fue a plegarse por azar en torno al cuello de Tony mientras este luchaba por recuperar la posición.
Sin permitir que Tony se recobrara, Laurie agarró otra camilla y la empujó contra la de Stephanie.
Luego cogió otra más y se la mandó a Angelo, que resbaló en las baldosas del suelo al tratar de esquivarla, desapareciendo absolutamente de la vista.
Tony pugnó por desembarazarse del abrazo de Stephanie, apartando de sí el cadáver. Estaba atrapado entre las camillas, las cuales pretendía él apartar mientras sacaba la pistola. Luego trató de apuntar pero Laurie estrelló una camilla más contra las otras, haciendo que Tony volviera a perder el equilibrio. Angelo consiguió ponerse de pie e intentó hacerse un poco de sitio para mantenerse erguido a base de apartar camillas en dirección a Tony.
Cuando Laurie estaba empujando la última de las camillas, Tony hizo fuego. El aislamiento de la cámara hizo que, pese al silenciador, el disparo sonara como un trueno. La bala pasó por encima del hombro de Laurie cuando ella bregaba por llegar a la puerta. Al momento se hallaba ya fuera del cuarto frigorífico y cerraba la pesada puerta tras ella. Buscó furiosamente una cerradura con la que asegurar la cámara, pero no había ninguna. No le quedaba otra alternativa que echar una carrera. No había llegado muy lejos cuando oyó que la puerta del cuarto frigorífico se abría a su espalda.
Corriendo tan rápido como le era posible, Laurie dobló la esquina de la oficina del depósito. Al no ver a nadie, siguió corriendo hacia Seguridad. Entró a toda prisa en el despacho, gritándole al guardia dormido.
–¡Socorro! – exclamó-. Tiene que ayudarme. Dos hombres me…
Como el hombre no se movía, Laurie, desesperada, alargó el brazo para sacudirle por el hombro y tiró de él para que se sentara erguido. Pero cuál sería su sorpresa cuando vio que la cabeza del hombre caía como un muñeco de trapo, arrastrando con ella los naipes. Horrorizada, Laurie vio el agujero de bala en la frente del guardia, sus ojos sin vida y la espuma sanguinolenta que le manaba de la boca. Un charquito de sangre parcialmente seca señalaba el lugar donde la cabeza había estado apoyada sobre la mesa.
Laurie gritó y soltó al guardia. Este se desplomó de nuevo en la silla con la cabeza exageradamente estirada y los brazos balanceándose flojos, rozando el suelo. Laurie giró en redondo para huir, pero era demasiado tarde. El más bajo de los dos entraba a toda prisa por la puerta con el arma por delante y la sonrisa demoníaca abierta como una herida profunda en su rostro. Tony apuntó el arma directo a Laurie. A esa corta distancia ella pudo incluso distinguir lo poco que la separaba del cañón del silenciador. El hombre avanzó hacia ella como a cámara lenta hasta que la punta de la pistola estuvo a un par de centímetros de su nariz. Laurie no se movió. El miedo la había paralizado.
–¡No dispares! – gritó el otro, el alto, apareciendo de repente detrás de Tony-. ¡No la mates, por favor!
–Sería tan gratificante… -dijo Tony.
–Vamos -le apremió Angelo-. ¡Gaséala!
Angelo dejó el maletín sobre el escritorio. Con el pie dio un empujón a la silla para quitarla de en medio. El guardia muerto rodó de la silla y cayó al suelo. Entonces Angelo salió al pasillo para mirar en ambas direcciones. Había oído voces.
Tony bajó su arma. No se le había ocurrido nada mejor para no hacer fuego. Después de guardársela en la pistolera de la americana, Tony abrió el maletín negro y extrajo el cilindro y la bolsa de plástico. Tras inflar la bolsa, se acercó a Laurie, que había retrocedido hasta una mesa.
–Con esto descansarás bien -dijo Tony.
Atónita de pánico, Laurie no supo reaccionar cuando Tony le encasquetó la bolsa. La fuerza le hizo doblar la espalda sobre la mesa y Laurie extendió las dos manos para sostenerse. Al hacerlo, su mano derecha chocó contra un pisapapeles de cristal. Laurie se aferró a él y lo arrojó hacia atrás tal cual, dándole a Tony en plena ingle.
La presa de Tony se aflojó al llevarse este las manos a los genitales en un acto reflejo. Tenía esa parte especialmente sensible después del reciente golpe de maletín.
Laurie aprovechó la circunstancia para desembarazarse de la bolsa de plástico. Dentro olía a una fragancia que mareaba. Empujando la mesa, Laurie pasó corriendo junto a Tony, que seguía doblado de dolor, y luego junto a Angelo, que estaba montando guardia.
–¡Maldita sea! – gritó Angelo, echándose a correr tras ella.
Tony, más o menos recuperado, salió renqueando detrás de Angelo con el maletín negro, la bolsa de plástico y el cilindro del gas.
Laurie salió corriendo por donde había venido, dejando atrás la pila de ataúdes para Potter's Field y el cuarto frigorífico. Confiaba en toparse con algún miembro del personal de guardia o con cualquiera que pudiera socorrerla.
Al ver luz en la sala de autopsias principal, Laurie cobró ánimo. Atravesó la puerta batiente a toda mecha. Una vez dentro se estremeció al encontrarse un hombre fregando el suelo.
–¡Por favor, ayúdeme! – dijo, jadeando.
La súbita irrupción de Laurie asustó al conserje. – Me persiguen dos hombres -gritó Laurie.
Corrió hacia la pileta y se hizo con uno de los cuchillos grandes de autopsia. Sabía que no le serviría de mucho contra un arma de fuego, pero no se le ocurrió otro modo de defenderse.
El confundido conserje la miró como si estuviera loca y antes de que ella pudiese dar más explicaciones, la puerta se abrió de golpe por segunda vez. Angelo entró a la carrera con el arma desenfundada.
–¡Se acabó! – gruñó Angelo entre jadeos.
La puerta se abrió una vez más detrás de él. Tony venía a la carga, agarrando el maletín negro y la parafernalia del gas en una mano mientras con la otra empuñaba su pistola.
–¿Qué pasa aquí? – preguntó el conserje.
La sorpresa se había vuelto miedo al ver las pistolas y el hombre se agarró con ambas manos a la fregona como disponiéndose a emplearla como arma.
Sin esperar provocaciones, Tony levantó la pistola y disparó al hombre en la cabeza. El conserje trastabilló y se desplomó. Tony fue a dispararle por segunda vez.
–¡A quien queremos es a la chica! – aulló Angelo-. ¡Deja al conserje! ¡Gaséala!
Como había hecho en la oficina de seguridad, Tony infló la bolsa y se aproximó a Laurie.
Paralizada por la conmoción de haber visto cómo mataban al conserje delante suyo, Laurie fue momentáneamente incapaz de resistirse. El cuchillo le resbaló de la mano y cayó al suelo rebotando con un ruido metálico.
Tony se puso detrás de Laurie y le colocó la bolsa en la cabeza. Después de inspirar varias veces el fragante gas de la bolsa, Laurie hizo ademán de quitarse el plástico, pero sus esfuerzos fueron tardíos. Las rodillas cedieron y Laurie se derrumbó inconsciente en el suelo.
–Corre a buscar uno de esos ataúdes de pino -dijo Angelo-. Y date prisa.
Al rato Tony volvió con un ataúd, clavos y un martillo. Dejó la caja al lado de Laurie.
Sosteniéndola uno por la cabeza y el otro por los pies, izaron a Laurie y la metieron en la caja. Luego le quitaron la bolsa de plástico de la cabeza. Tony colocó la tapa y estaba a punto de cerrarla con unos clavos cuando Angelo propuso que pusieran más gas dentro del féretro.
Tony sostuvo el cilindro bajo la tapa a fin de llenar el interior. Sin darse cuenta aspiró rápidamente el gas y, sacando la mano, cerró la tapa.
–Creo que ya no puedo meterle más -dijo.
–Esperemos que sea suficiente -dijo Angelo-. Trae acá un carretón de esos -añadió, señalando una camilla de ruedas apoyada contra la pared del fondo.
Tony trajo la camilla mientras Angelo claveteaba la tapa del ataúd. Entre los dos izaron la caja a la camilla. Tony metió la bolsa y el cilindro en el maletín negro y colocó el maletín encima del ataúd.
Con ayuda de Angelo arrastró la camilla hasta la puerta, camino de la rampa de carga. Actuando a toda prisa, pasaron frente a la oficina del depósito y luego torcieron por la oficina de seguridad.
Mientras Tony esperaba al pie de la rampa de carga y se aseguraba de que la camilla no se le fuera rodando, Angelo fue a mirar en las furgonetas de la morgue. La primera de ellas tenía las llaves puestas. Angelo volvió hasta donde estaba Tony y le dijo que podían utilizar la furgoneta. A toda velocidad y empleando las llaves para abrir la puerta trasera, cargaron el ataúd donde iba Laurie en la parte de atrás. Angelo le dejó las llaves a Tony.
–Conduce tú -dijo Angelo-. Ve directamente al muelle. Nos veremos allí.
Tony montó en la cabina y puso el motor en marcha.
–Vete de una vez -aulló Angelo.
Agitando los brazos como un loco, indicó a Tony mientras este reculaba hacia la Calle 301.
Angelo volvió a escuchar voces dentro del depósito.
–Muévete -dijo Angelo, golpeando la chapa del furgón. Se quedó mirando hasta que Tony dobló hacia la Primera Avenida, luego corrió a su coche, arrancó y le siguió. Tan pronto Angelo se puso a la altura de la furgoneta, llamó a Cerino desde el teléfono del coche.
–Tenemos la mercancía -dijo.
–Estupendo -dijo Cerino-. Traedla al muelle. Voy a llamar a Doc Travino. Nos encontraremos allí.
–No ha sido lo que se dice una operación limpia -dijo Angelo-. Pero creo que hemos salido airosos. No nos sigue nadie.
–Mientras la tengáis, vale -dijo Cerino-. Y vais muy bien de tiempo. El Montego Bay zarpa mañana por la mañana. Nuestra pequeña doctora se merece un crucero.
20.55, lunes, Manhattan
Lou metió el coche en la rampa de carga del depósito y aparcó a un lado. En vez de dos furgonetas, como de costumbre, solamente había una, de modo que podría haber estacionado en la entrada misma de la rampa, pero se figuró que la otra furgoneta no tardaría en volver y prefirió no estorbar.
Lou dejó su cédula de identidad sobre el tablero y bajó del coche. Se maldecía por haberse puesto así con Laurie hacía un rato. ¿Cuándo aprendería a tirar del freno? Criticando a Jordan solo conseguía que ella le defendiera aún más. Seguro que esta vez la habría puesto furiosa. Lou entendía que ella no hubiera cogido el teléfono cuando él volvió a telefonearla, pero por más que Laurie se hubiera cabreado él se había hecho ilusiones de que le volvería a llamar. Al ver que pasaba media hora y Laurie no lo hacía, Lou optó por encaminarse al centro forense para hablar personalmente con ella. Confiaba en que no se hubiera marchado.
Lou pasó por Seguridad y echó un vistazo por la ventana. Le sorprendió ver que no había nadie, pero supuso que el guardia de turno estaría haciendo una ronda. Siguiendo por el pasillo, Lou miró en la oficina del depósito, pero tampoco había nadie.
Lou se rascó la cabeza. El lugar parecía desierto. Había un silencio de muerte, pensó riéndose por dentro. Miró su reloj. No era tan tarde, y por otro lado se suponía que aquí no cerraban nunca… Al fin y al cabo, la gente se moría las veinticuatro horas. Encogiéndose de hombros, Lou fue hacia los ascensores y subió a la planta de Laurie.
Tan pronto salió del ascensor supo que ella no estaba. Tenía la puerta del despacho cerrada y el cuarto estaba a oscuras. Pero Lou no venía dispuesto a rendirse. Todavía no. Recordó que ella había dicho algo de unos resultados del laboratorio. Lou optó por buscar el laboratorio adecuado y, con ello, a Laurie. Bajó un piso en el ascensor, sin saber muy bien dónde tenía que buscar. Al fondo del
pasillo de la cuarta planta vio luz. Lou recorrió todo el pasillo y se asomó a la puerta, que estaba abierta.
–Disculpe -dijo al joven vestido con una bata de laboratorio que estaba inclinado sobre una de las máquinas de mayor envergadura de la habitación.
Peter alzó los ojos.
–Estoy buscando a la doctora -dijo Lou.
–No es usted el único -dijo Peter-. No sé dónde está ahora, pero hace media hora que ha bajado al depósito a ver un cuerpo que está en el cuarto frigorífico.
–¿La buscaba alguien más?
–Oh, sí -dijo Peter-. Dos hombres que no había visto nunca.
–Gracias -dijo Lou.
Volvió al ascensor y se apresuró por el pasillo. No le había gustado nada eso de dos hombres buscando a Laurie, sobre todo después de lo que había dicho sobre dos supuestos policías de paisano que habían ido a su casa.
Lou fue directamente a la planta de la morgue. Al salir del ascensor se extrañó de no haber visto un alma a excepción del chico del laboratorio. Cada vez más preocupado, apretó el paso para ir al cuarto frigorífico del fondo del largo corredor. El encontrar la puerta parcialmente entornada no hizo sino aumentar su intranquilidad.
Con creciente temor, Lou abrió del todo la pesada puerta. Lo que vio fue muchísimo peor de lo que podría haber imaginado. Dentro de la cámara había cuerpos esparcidos por todas partes. Dos camillas estaban volcadas. Varias sábanas de las que cubrían los cadáveres habían sido retiradas. Aun después de unos cuantos días de experiencia en la sala de autopsias, aquello fue superior a lo que Lou podía aguantar. No sabía qué podía haberle ocurrido a Laurie, pero este campo de batalla sembrado de cadáveres no era un buen auspicio.
Lou divisó un bolso entre los restos. Apartando camillas, fue a cogerlo para ver de quién era.
Abrió la cartera. Lo primero que vio fue la foto de Laurie en el permiso de conducir.
Mientras salía a toda prisa de la cámara, la preocupación se le volvió miedo, más teniendo en cuenta que su actual teoría de los asesinatos del hampa podía ser cierta. Buscó a alguien desesperadamente. En el depósito siempre solía haber uno u otro a mano. Al ver luz en la sala de autopsias, corrió hacia la puerta, entró y vio que allí tampoco había nadie.
Lou giró sobre sus talones y volvió a Seguridad para telefonear. Al entrar en la oficina vio inmediatamente el cuerpo del guardia en el suelo. Lou se arrodilló y le dio la vuelta. Los ojos ciegos del hombre le miraron de hito en hito. En la frente tenía un agujero de bala. Lou miró si había pulso, pero el hombre estaba muerto.
Lou se levantó, cogió el teléfono con rabia y marcó el 91l. Tan pronto la operadora respondió se identificó como el teniente Lou Soldano y solicitó una unidad de homicidios para la morgue municipal. Añadió que la víctima estaba en la oficina de Seguridad, pero que él no podía esperar a que llegaran.
Lou colgó de un porrazo y corrió a la rampa de carga. Una vez en su coche, arrancó enseguida y reculó haciendo chirriar los neumáticos, que dejaron sobre el pavimento dos líneas de caucho. No tenía otra salida más que ir directamente a casa de Cerino. Había que poner las cartas sobre la mesa.
Puso la luz de emergencia sobre el techo del coche Y llegó a la dirección de Cerino, en Queens, tras veintitrés minutos de carrera espeluznante.
Subiendo la escalinata de la casa de Cerino de tres en tres, metió la mano en la pistolera y soltó la tira de piel que aseguraba su Smith Wesson del calibre 38 Especial. Llamó impaciente al timbre.
Tenía que haber alguien, pues todas las luces estaban encendidas.
Sabía que estaba actuando por pura corazonada y que esta dependía de que su hipótesis sobre los asesinatos fuera correcta. Pero en ese momento no contaba más que con eso y su intuición le decía que el tiempo era de lo más importante. Se encendió una luz sobre su cabeza. Lou tuvo la sensación
de que era observado por la mirilla. Finalmente la puerta se abrió y apareció Gloria vestida con una bata de andar por casa.
–¡Lou! – dijo Gloria en tono afable-. ¿Qué te trae por aquí?
Lou entró en la casa haciéndola a un lado.
–¿Dónde está Paul? – dijo apremiándola mientras miraba en la sala de estar, donde Gregory y Steven veían la tele.
–¿Qué pasa? – preguntó Gloria.
–He de hablar con Paul. ¿Dónde está?
–No está en casa -dijo Gloria-. ¿Algo va mal?
–Sí, muy mal -dijo Lou-. ¿Sabes dónde ha ido Paul?
–No estoy segura -dijo Gloria-. Pero le he oído hablar por teléfono con el doctor Travino. Creo que dijo algo de ir a la compañía.
–¿Te refieres al malecón? – preguntó Lou.
Gloria asintió.
–¿Corre peligro? – preguntó.
La inquietud de Lou era contagiosa. Saliendo ya por la puerta, Lou le dijo:
–Yo me ocupo de todo.
De nuevo en el coche, Lou puso el motor en marcha y derrapó en mitad de la calle describiendo una U. Mientras aceleraba pudo ver a Gloria de pie en el porche, llevándose angustiada las manos al pecho.
Náuseas fue lo que Laurie sintió primero, pero no vomitó, aunque sí tuvo arcadas. Se despertó por fases, dándose cuenta poco a poco del movimiento y de los incómodos meneos y golpes.
También notó un mareo, como si estuviera dando vueltas, y una terrible sensación de hambre de aire, como si se estuviera asfixiando.
Laurie trató de abrir los ojos y descubrió entonces, aterrorizada, que ya los tenía abiertos.
Dondequiera que se hallase, estaba oscuro como boca de lobo.
Cuando estuvo más despierta intentó moverse, pero al hacerlo sus extremidades chocaron contra una superficie de madera. Palpando para descubrir de qué se trataba, Laurie llegó enseguida a la conclusión de que estaba dentro de una caja. Una oleada de miedo y claustrofobia la envolvió como un viento helado al comprobar que había sido encerrada… ¡en un ataúd de Potter's Field! Al mismo tiempo todo cuanto había sucedido en el centro forense le vino a la memoria con cáustica claridad: la persecución, los dos desconocidos, el guardia muerto, el pobre conserje asesinado a sangre fría. Y
entonces se le ocurrió otro pensamiento horrible: ¡podía ser que planearan enterrarla viva!
Atenazada por el pánico, Laurie trató de levantar las rodillas haciendo fuerza contra la tapa del ataúd. Luego intentó dar patadas, pero todo fue en vano. O había algo muy pesado encima de la tapa o la habían claveteado bien.
–¡Ahhhh! – gritó Laurie cuando la caja dio una fuerte sacudida.
Fue entonces cuando supo que estaba dentro de un vehículo.
Laurie intentó gritar pero solo consiguió castigarse los tímpanos. A continuación trató de golpear el interior de la tapa con los puños, pero había poco espacio para que diera algún resultado.
El meneo así como la vibración del motor cesaron de repente. Luego se oyó el ruido lejano de unas puertas que parecían abrirse. Laurie notó que el ataúd se movía.
–¡Socorro! – gritó-. ¡No puedo respirar!
Laurie oyó voces, pero no hablaban con ella. Llena de pánico y desespero, intentó golpear de nuevo el interior de la tapa mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Se veía impotente. Jamás en su vida había estado tan aterrorizada.
Laurie sabía que se la llevaban. No quería ni pensar adónde. ¿Iban realmente a enterrarla?
¿Escucharía la tierra golpeando la tapa de su ataúd?
El féretro fue dejado en el suelo con un golpe sordo. No estaba sobre tierra. Había sonado como madera.
Laurie, entre sollozos, boqueó en busca de aire mientras un sudor frío le perlaba la frente.
Lou no sabía exactamente dónde estaba la American Fresh Fruit Company, pero sí que debía de encontrarse en la zona del muelle Green Point. Había ido en una ocasión, años atrás, y esperaba acordarse del camino.
Al llegar a la zona portuaria, bajó la luz de emergencia y la apagó. Siguió por Greenpoint Avenue hasta que no pudo avanzar más y luego torció por West Street, escudriñando todo el tiempo los almacenes abandonados en busca de señales de vida.
Empezaba a desanimarse, sumido en un progresivo desespero, cuando vio un rótulo que decía Java Street. El nombre le sonó enseguida. Lou torció por aquella calle cada vez más cerca del río.
Una manzana más abajo había una valla alta de cadenas. Sobre la verja abierta podía verse el letrero con el nombre de la empresa de Cerino. Más allá de la verja había varios coches aparcados. Lou reconoció el Lincoln Continental de Cerino. Al fondo estaba el enorme almacén que se extendía hasta el muelle mismo. Más arriba y detrás del almacén, Lou distinguió el punto más alto de la superestructura de un buque.
Lou atravesó la verja y dejó el coche aparcado junto al de Cerino. La espaciosa puerta elevada que daba acceso a la nave estaba abierta. Lou consiguió ver la parte trasera de una furgoneta aparcada en la oscuridad del interior. Apagó el motor y bajó del coche. Lo único que se oía era el distante chirriar de unas gaviotas.
Lou se palpó el arma, pero la dejó en su pistolera. Fue de puntillas hasta la puerta y atisbó para ver mejor la furgoneta. Al divisar la inscripción HEALTH HOSPITAL CORP. se sintió más animado.
Lou escudriñó la oscuridad del almacén sin ver otra cosa que el borroso perfil de unos racimos de plátanos. No se veía un alma, pero hacia el extremo del muelle, en dirección al río, como a un centenar de metros, pudo ver el resplandor de una luz.
Lou no se decidía a llamar pidiendo apoyo, como habría requerido un procedimiento típicamente policial, pero temía que no hubiera tiempo. Debía cerciorarse de que Laurie estaba en inminente peligro. En cuanto lo supiera, se ocuparía de pedir ayuda.
Pasando entre los plátanos para evitar el pasillo central, Lou avanzó por el lado hasta encontrar otro corredor que conducía al muelle. A tientas, se fue acercando al lugar de donde parecía proceder la luz.
Tardó cinco minutos en llegar a la altura de la luz. Con precaución, empezó a avanzar de nuevo lateralmente hasta que pudo ver que la luz salía de una oficina con ventanas.
Dentro había gente. Lou reconoció a Cerino de inmediato. Acercándose todavía más, Lou consiguió tener una buena perspectiva del interior y, lo más importante, vio a Laurie. Estaba sentada en una silla recta. Lou alcanzó a ver que la frente le brillaba de sudor.
Intuyendo que Laurie estaba bien, al menos de momento, Lou empezó a desandar el camino con gran precaución. Quería llegar al coche para llamar pidiendo refuerzos. Con la de gente que había en ese despacho, él no estaba en condiciones de hacerse el héroe irrumpiendo como si tal cosa.
Una vez en el coche, Lou conectó su radio de policía. Se disponía a hablar cuando notó la presión del metal frío contra la nuca.
–Baja del coche -ordenó una voz.
Lou se volvió lentamente y tuvo que levantar los ojos para mirar la cara enjuta de Angelo.
–Fuera.
Lou dejó el micrófono en su sitio y puso los pies en el asfalto.
–De cara al coche -ordenó Angelo.
Lou fue rápidamente cacheado por Angelo, quien le quitó el arma.
–Muy bien -dijo Angelo-. Vamos al despacho. A lo mejor tú también quieres ir de crucero.
–No sé de qué me están hablando -dijo Laurie.
Temblaba como un flan. El ataúd en donde había estado metida estaba sobre uno de sus lados. Le aterraba pensar que pudieran obligarla a meterse allí otra vez.
–Por favor, doctora -dijo Travino-. Yo también soy médico. Hablamos el mismo idioma. Solo queremos saber cómo lo descubrió. ¿Cómo adivinó que estos no eran casos de sobredosis común y corriente como los que ustedes ven día sí día no?
–Deben de haberse equivocado de persona -dijo Laurie. Intentaba pensar, pero con el pánico le resultaba difícil. Aun así, suponía que la razón de que todavía estuviera viva era que ellos estaban desesperados por saber cómo había resuelto el caso. En consecuencia, había decidido no decirles ni una palabra.
–Dejadme a mí -suplicó Tony.
–Si no habla con el doctor -dijo Cerino-, tendré que dejar que Tony aplique sus métodos.
En ese momento se abrió la puerta del almacén y Lou Soldano fue impulsado al interior del despacho. Le seguía Angelo con el arma en la mano.
–¡Tenemos compañía! – dijo.
–¿Quién es, Angelo? – preguntó Paul. Seguía llevando un parche sobre el ojo operado.
–Lou Soldano -dijo Angelo-. Estaba a punto de llamar por radio.
–¿Lou? – repitió Cerino-. ¿Qué haces tú aquí?
–No quitarte el ojo de encima -dijo Lou y añadió, mirando a Laurie-: ¿Estás bien?
Laurie meneó la cabeza.
–Todo lo bien que se puede esperar -dijo, medio llorando.
Angelo agarró una silla y la situó junto a la de Laurie.
–¡Siéntate! – vociferó.
Lou se sentó, los ojos pegados a los de Laurie.
–¿Te han hecho daño? – preguntó él.
–Travino -dijo Paul, enfadado-, todo esto se está complicando demasiado. Tú y tus grandes ideas.
– Luego le dijo a Angelo-: Pon alguien afuera y asegúrate de que Soldano viene solo. Y deshazte de ese coche. Vamos a suponer, para cubrirnos las espaldas, que ha tenido ocasión de llamar antes de que lo cogiéramos.
Angelo chasqueó los dedos mirando a varios de los matones que habían venido con Paul. Al momento los hombres salieron del despacho.
–¿Quieres que me ocupe yo del detective? – preguntó Tony.
Paul hizo un ademán con la mano para que se callara. – El hecho de que esté aquí significa que sabe más de lo que debería -dijo-. Este también se va de crucero. Habrá que hablar con él igual que con la chica. Pero de momento metámoslos en el Montego Bay sin pérdida de tiempo. Preferiría que la tripulación vea lo menos posible. ¿Tú qué sugieres?
–¡Gas! – dijo Angelo.
–Buena idea -dijo Paul-. Es toda tuya, Tony.
Tony aprovechó la magnífica oportunidad de lucirse delante de Paul. Sacó un par de bolsas de plástico y el cilindro del gas. En cuanto tuvo la primera inflada, le hizo un nudo y empezó con la segunda mientras la primera bolsa flotaba libremente hacia el techo.
Uno de los matones volvió diciendo que no había nadie más por los alrededores y que ya se habían encargado del coche de Soldano.
El súbito y vibrante bufido de la sirena del Montego Bay hizo saltar a todos de sus sillas. El buque estaba al otro lado de la pared sin aislar del despacho. Paul soltó un taco. Tony había dejado ir la segunda bolsa y parte del gas se había escapado por la habitación.
–Eso no será malo para nosotros, ¿eh? – preguntó Cerino, oliendo el gas.
–No -dijo Travino.
En medio de la confusión, Laurie se volvió hacia Lou.
–¿Ha traído cigarrillos? – le preguntó.
Lou la miró como si no hubiera escuchado bien.
–¿De qué me habla?
–Los cigarrillos -repitió ella-. Démelos.
Lou buscó en el bolsillo de su americana. Cuando iba a sacar la mano, otra mano le agarró de la muñeca. Era el matón que había informado del coche.
El malhechor le lanzó una mirada feroz y retiró la mano de Lou de su americana. Cuando vio que Lou tenía un paquete de tabaco con una caja de cerillas dentro del celofán, le soltó el brazo y dio un paso atrás.
Todavía perplejo, Lou le tendió el paquete a Laurie.
–¿Está solo? – preguntó ella en voz muy baja.
–Sí, por desgracia -respondió Lou de la misma manera mientras trataba de sonreír al matón que le había cogido de la muñeca.
El tipo seguía mirándole ferozmente.
–Quiero que se fume un cigarrillo -dijo Laurie.
–Lo siento -dijo Lou-. Ahora no tengo ninguna gana de fumar.
–¡Saque uno! – le espetó Laurie.
Lou la miró completamente desconcertado.
–¡Está bien! – dijo-. Lo que usted diga.
Laurie extrajo un cigarrillo de la cajetilla y se lo metió a Lou en la boca. Luego cogió las cerillas.
Mientras sacaba una cerilla, miró al matón que no dejaba de observarles muy atentamente. Su expresión no había variado.
Laurie protegió la cerilla y la rascó. Lou se inclinó hacia ella con el pitillo entre los labios. Pero Laurie no lo encendió, sino que utilizó la cerilla para encender toda la caja. En cuanto la caja empezó a arder, Laurie la arrojó hacia Tony y sus bolsas de plástico. De paso se dejó caer de la silla hacia un lado, arrastrando consigo a un sorprendido Lou. Juntos cayeron al suelo.
El estampido resultante fue espectacular, sobre todo alrededor de Tony y hacia el techo, donde se había concentrado el etileno escapado y adonde la segunda bolsa había ido a parar por sí sola. La onda expansiva de la explosión rompió todas las ventanas del despacho así como la puerta y las lámparas del techo, dejando únicamente intacta una lamparita que había sobre el escritorio. La bola de fuego acabó con Tony. Angelo fue arrojado contra la pared, donde quedó como un muñeco en posición sedente, con los tímpanos reventados. Tenía el pelo chamuscado hasta el cuero cabelludo y había sufrido lesiones internas en los pulmones. Los demás quedaron momentáneamente conmocionados en el suelo y con heridas superficiales. Varios de ellos lograron ponerse a cuatro patas, gimiendo y totalmente aturdidos.
Laurie y Lou, que estaban en el suelo, habían salido relativamente indemnes al estar más abajo del etileno acumulado, aunque ambos habían sufrido quemaduras sin importancia y ligeras lesiones en el oído debidas a la enorme deflagración. Laurie abrió los ojos y soltó a Lou, a quien tenía apresado por el talle.
–¿Se encuentra bien? – preguntó. Le zumbaban los oídos.
–¿Qué demonios ha pasado? – dijo Lou.
Laurie consiguió ponerse en pie y tiró del brazo de Lou para hacer que se levantara.
–¡Larguémonos de aquí! – dijo-. Ya se lo explicaré. Laurie y Lou pasaron por entre los que estaban en el suelo quejándose lastimeramente. El humo acre les hizo toser. Traspasada la puerta destrozada del despacho, oyeron el crujir de cristales rotos bajo sus pies. Al fondo del pasillo de plátanos vieron una linterna que se bamboleaba en la oscuridad. Alguien venía corriendo hacia ellos.
Lou tiró de Laurie apartándola del despacho y en la dirección por la que había venido él. Mientras se agazapaban tras una pila de plátanos, las pisadas fueron acercándose a toda prisa. Enseguida, otro de los matones de Cerino se detuvo jadeando en el umbral del despacho y allí se quedó unos instantes con la boca abierta de asombro. Luego acudió en ayuda de su jefe. Paul estaba sentado frente al escritorio con la cabeza entre las manos.
–Ahora es la nuestra -susurró Lou, y se agarró bien fuerte a Laurie mientras se abrían paso hacia la entrada del almacén.
La marcha era lenta debido a la oscuridad y al hecho de que deseaban mantenerse alejados del pasillo principal por si había más gente de Cerino.
Tardaron casi diez minutos en divisar el vago perfil de la puerta elevada. Frente a la misma se hallaba la silueta negra de la furgoneta. Seguía aparcada en el mismo sitio que cuando Lou llegó.
–Mi coche debe de haber desaparecido -susurró Lou-. A ver si están las llaves en el furgón.
Se acercaron con cautela a la furgoneta. Lou abrió la portezuela del conductor y palpó la columna de dirección. Sus dedos tocaron las llaves, que seguían pendiendo del encendido.
–Gracias a Dios -dijo-. Aquí están. ¡Vamos, adentro! Laurie montó en el lado del acompañante.
Lou estaba ya al volante.
–En cuanto ponga este trasto en marcha -dijo Lou, con premura y en voz baja-, saldremos volando de aquí. Pero puede que no estemos a salvo. Quizá haya tiroteo, será mejor que se vaya atrás y se eche en el suelo.
–¡Arranque ya! – dijo Laurie.
–Venga. No discuta.
–El que discute es usted -le espetó Laurie-. ¡Vámonos de una vez!
–¡Nadie va a ninguna parte! – dijo una voz a la izquierda de Lou.
Sintiéndose hundidos, Laurie y Lou miraron por la ventanilla del lado de él. Había varios desconocidos con el sombrero puesto en mitad de la oscuridad. La luz de una linterna jugueteó de pronto en la cara de Lou y luego en la de Laurie. Su resplandor hizo que ambas pestañearan.
–Fuera del camión -ordenó la misma voz-. Los dos.
Perdidas las esperanzas, Laurie y Lou se bajaron de la furgoneta. No podían ver a los hombres a causa de la intensidad de la luz, pero parecía haber tres.
–Al despacho otra vez -ordenó la voz.
Desanimados, Laurie y Lou hicieron lo que les mandaban. Ninguno de los dos dijo una palabra.
Ni él ni ella querían pensar en la ira de Cerino.
El despacho seguía presentando una escena caótica. Una espesa humareda continuaba suspendida en el aire. Uno de los pistoleros había ayudado a Cerino a sentarse en la silla del escritorio. Angelo seguía en el suelo con la espalda apoyada en la pared. Parecía confuso, y de la comisura de la boca le goteaba sangre barbilla abajo.
Habían encendido una luz supletoria, de modo que el alcance de los daños era más evidente. A Laurie le sorprendió ver tantas cosas carbonizadas. Aquel viejo texto de farmacología no hablaba en broma: al decir que el etileno era inflamable quería decir que era inflamable. Ella y Lou habían tenido suerte de no salir peor parados.
Les dieron las mismas sillas que habían ocupado solo minutos antes. Al sentarse, los ojos de Laurie toparon con los restos calcinados de Tony. Ella hizo una mueca y miró hacia otro lado.
–Me hace daño el ojo -gimió Paul.
Laurie cerró los suyos, deseando no pensar en cuáles serían las consecuencias de haber hecho arder el etileno.
–Que alguien me ayude -exclamó Cerino.
Los ojos de Laurie volvieron a abrirse. Algo no encajaba. Nadie se movía. Los tres hombres que le habían acompañado al despacho ignoraban a Cerino. La verdad es que no hacían caso de nadie.
–¿Qué ocurre? – le dijo a Lou por lo bajo.
–No lo sé -dijo él-. Algo raro está pasando.
Laurie miró a los tres hombres. Parecían indiferentes, comiéndose las uñas, poniéndose bien la corbata. No habían movido un dedo para ayudar a nadie. Al mirar hacia el otro lado, Laurie vio al hombre que había entrado corriendo en el despacho justo después que ella y Lou salieran de allí.
Estaba sentado en una silla con la cabeza entre las manos, mirando al suelo.
Laurie oyó ruido de pasos que se acercaban. Daba la impresión de que quienquiera que viniese llevaba medias suelas metálicas. Afuera, al otro lado de la puerta reventada, Laurie vio los haces de varias linternas que venían hacia ellos.
Al momento, un hombre bastante gallardo y misteriosamente guapo apareció en la puerta destrozada y se detuvo a contemplar la escena. Vestía un abrigo de cachemir sobre un traje de rayas finas. Llevaba el pelo engominado hacia atrás desde la frente.
–Santo Dios, Cerino -dijo con burla-. ¡El lío que has armado!
Laurie miró a Cerino. Cerino no decía nada; ni siquiera se había movido.
–No me lo puedo creer -dijo Lou.
Laurie volvió la cabeza, miró a Lou y vio en su cara una expresión de sobresalto.
–¿Qué pasa? – preguntó ella.
–Ya sabía yo que algo raro estaba pasando.
–¿El qué?
–Vinnie Dominick -dijo Lou.
–¿Quién es Vinnie Dominick? – preguntó Laurie.
Vinnie meneó la cabeza al examinar lo que quedaba de Tony y luego se acercó a Lou.
–Detective Soldano -dijo-. Qué bien que está usted aquí.
–Extrajo del bolsillo de su abrigo un teléfono móvil y se lo pasó al detective-. Supongo que querrá hablar con sus colegas para ver si tienen la bondad de pasarse por aquí.
Estoy seguro de que el fiscal del distrito querrá hablar largo y tendido con Paul Cerino.
Laurie reparó en los tres hombres que habían estado paseándose por la habitación antes de que llegase Dominick. En este momento registraban el despacho en busca de armas. Uno de ellos le llevó a Vinnie la de Lou, después de quitársela a Angelo. Vinnie se la devolvió a Lou.
Lou se miró el teléfono en una mano y la pistola en la otra sin dar crédito a sus ojos.
–Vamos, Lou -dijo Vinnie-. Haga su llamada. Es una pena, pero tengo otra cita y no podré quedarme para cuando vengan los hombres de azul. Además, soy un chico bastante vergonzoso y no me sentiría a gusto con las ovaciones que toda la ciudad querrá dirigirme a mi paso por haberles salvado la papeleta. Puesto que seguramente sabe ya lo que el señor Cerino se traía entre manos, no necesita mi colaboración. Pero en caso contrario, no dude en telefonearme. Estoy convencido de que sabrá cómo contactar conmigo.
Vinnie se dirigió hacia la puerta e hizo ademán a sus hombres de que le siguieran. Al pasar junto a Angelo, se volvió a Lou para decirle:
–Será mejor que avise a una ambulancia. El pobre Angelo tiene mala cara. – Luego, mirando a Tony, añadió-: Esa furgoneta de la morgue irá que ni pintada para cargar con este cerdo.
Dicho esto, partió.
Lou le pasó la pistola a Laurie mientras utilizaba el teléfono móvil para marcar el 9ll. Se identificó a la operadora de la policía y le dio la dirección. Al terminar cogió de nuevo el arma.
–Este Vinnie es un personaje. ¿Quién es? – preguntó Laurie.
–El principal rival de Cerino -explicó Lou-. Debe de haber averiguado lo que Cerino se proponía hacer y así es como lo entrega a la policía. Un método eficacísimo, diría yo, estando los dos de testigos. Es además una manera inteligente de librarse de la competencia.
–¿Quiere decir que Vinnie sabía que Cerino se hallaba detrás de todo? – preguntó Laurie.
Estaba pasmada.
–¿De qué está hablando? Vinnie se habrá imaginado que Cerino estaba asesinando a todos los pacientes de la lista de Jordan Scheffield que estaban delante suyo esperando un trasplante de córnea.
–¡Dios mío! – exclamó Laurie.
–¿Y ahora qué pasa? – preguntó Lou. Después de esa nochecita, no tenía fuerzas para sorpresas.
–Entonces es mucho peor de lo que me había figurado -dijo Laurie-. Las sobredosis por droga eran en realidad homicidios para conseguir ojos. Cerino hacía matar a gente que se había comprometido por escrito a donar sus órganos al Depósito de Manhattan.
Lou miró hacia Cerino.
–Es mucho más sociópata de lo que nunca habría imaginado. Santo Dios, el tipo atacaba a la vez ambos aspectos del problema: la oferta y la demanda.