Ceguera Asesina
Prólogo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 12 partes.
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La mente de Duncan Andrews iba acelerada como un tren sin frenos. Solo un momento antes se encontraba en un estado de vacilante estupor narcótico. Segundos después el aturdimiento y la apatía se habían evaporado como agua goteando sobre una sartén muy caliente. Un acceso de vigor y alborozo le consumía, haciéndole sentir repentinamente poderoso. Se veía capaz de cualquier cosa. A la luz de una nueva claridad, comprendió que era infinitamente más fuerte y más listo de lo que jamás había pensado. Pero no bien empezaba a saborear esta cascada de pensamientos eufóricos y esta visión iluminada de sus facultades, cuando empezó a sentirse abrumado por intensas oleadas de placer que solamente podía calificar de puro éxtasis. Habría gritado de gozo si su boca hubiera podido dar forma a las palabras adecuadas. Pero no le era posible hablar. Sentimientos e ideas reverberaban en su cabeza a tal velocidad que le resultaba imposible vocalizarlas. Todos los recelos que había sentido tan solo minutos antes se fundieron en el deleite de este nuevo rapto.
Pero el placer, al igual que su entumecimiento, tuvo una corta vida. La sonrisa de arrobamiento que se había formado en el rostro de Duncan se volvió mueca de terror y pánico. Una voz exclamó que aquellos a quienes él temía estaban volviendo. Sus ojos registraron rápidamente la habitación. No vio a nadie, pero la voz repetía el mensaje. Se volvió para mirar hacia la cocina. Nadie. Giró de nuevo la cabeza para mirar por el pasillo en dirección al dormitorio. Allí no había nadie, pero la voz seguía hablando. Ahora susurraba una horrenda predicción: Duncan iba a morir.
–¿Quién eres? – gritó Duncan. Se llevó las manos a los oídos como para cerrarle el paso a la voz-.
¿Dónde estás? ¿Cómo te has metido aquí?
Sus ojos escrutaron nuevamente la habitación.
La voz no respondió. Duncan no estaba seguro de si procedía del interior de su cabeza.
Duncan consiguió ponerse de pie. Se sorprendió al comprobar que estaba tumbado en el suelo de su sala de estar. Al levantarse chocó con el hombro contra la mesa de centro. La jeringa que hacía un momento estaba en su brazo rebotó contra el suelo. Duncan se la quedó mirando con odio y pesar y luego la aplastó entre sus dedos.
De pronto, la mano de Duncan se quedó inmóvil con la jeringa en la palma. Sus ojos se abrieron como platos con una mezcla de confusión y temor renovado. Enseguida pudo notar la inconfundible comezón de centenares de insectos que se le arrastraban por los brazos. Olvidándose de la jeringa, Duncan extendió las manos con las palmas hacia arriba. Notaba el hormigueo de los bichos en los antebrazos, pero por más que buscaba no veía rastro de insectos. Tenía la piel aparentemente limpia.
Y entonces empezó a notar comezón en las piernas.
–¡Ahhhhh! – chilló Duncan.
Trató de frotarse los brazos suponiendo que los insectos debían de ser demasiado pequeños, pero el picor no hizo sino empeorar. Con un estremecimiento de profundo temor cayó en la cuenta de que esos organismos tenían que estar debajo de su piel. Era como si hubiesen invadido su cuerpo. Quizás estaban metidos en la jeringuilla.
Valiéndose de las uñas, Duncan empezó a rascarse los brazos frenéticamente en un intento de hacer huir a los insectos. Se rascó cada vez más fuerte, a la desesperada, clavando las uñas en la piel hasta que le salió sangre. El dolor fue intenso, pero la comezón era peor aún.
A pesar de la tortura, Duncan dejó de rascarse cuando se percató de un nuevo síntoma. Al levantar la mano ensangrentada, se fijó en que estaba temblando. Bajando la vista comprobó que todo su cuerpo se estremecía y que los temblores empeoraban por momentos. Le pasó por la mente la idea de pedir socorro al 911, pero mientras pensaba en ello se fijó en otra cosa. Estaba caliente. ¡No!
¡Estaba ardiendo!
–¡Dios mío! – acertó a exclamar cuando notó que el sudor le caía a goterones por la cara.
Se llevó una mano temblorosa a la frente: ¡estaba quemando! Trató de desabrocharse la camisa, pero el temblor de sus manos se lo impedía. Impaciente y desesperado, se rasgó la camisa; los botones salieron disparados en todas direcciones. Se quitó el pantalón de la misma forma y lo arrojó al suelo. Pero era en vano; vestido únicamente con la ropa interior, seguía sintiendo un calor
asfixiante. Luego, sin previo aviso, tosió, se atragantó y vomitó un chorro impresionante que salpicó la pared bajo la litografía firmada de Dalí.
Duncan fue al cuarto de baño dando traspiés. Mediante pura fuerza de voluntad logró meter su cuerpo en la ducha y abrir a tope el grifo del agua fría. Boqueando como un condenado, Duncan permaneció bajo la cascada de agua helada.
Su alivio duró poco. Un grito lastimero salió sin querer de sus labios y su respiración se volvió penosa a medida que un dolor candente le atravesaba la parte izquierda del pecho y le desgarraba el interior del brazo izquierdo. Supo intuitivamente que estaba sufriendo un ataque al corazón. Duncan se agarró el pecho con la mano derecha; la sangre de sus brazos escoriados se mezcló con el agua de la ducha y se escurrió desagüe abajo. Haciendo eses, cayéndose casi, Duncan salió del baño a trompicones camino de la puerta del apartamento. No importaba que estuviera medio desnudo, necesitaba aire. Su tórrido cerebro estaba a punto de estallar. Haciendo uso de sus reservas finales de energía, asió el tirador y abrió la puerta de un violento tirón.
–¡Duncan! – gritó Sara Wetherbee. Nada podía haberla asustado tanto. Tenía la mano a unos centímetros de la puerta. Estaba a punto de llamar cuando Duncan abrió de un tirón y se encaró a ella. No llevaba más que un pantalón corto empapado-. ¡Dios mío! – exclamó Sara-. ¿Qué te ha pasado?
Duncan no reconoció a su novia de dos años y medio. Lo que necesitaba era aire. El penetrante dolor de su pecho se había extendido por los pulmones. Le parecía estar siendo apuñalado una y otra vez. Se precipitó a ciegas hacia delante alargando los brazos para apartar a Sara.
–¡Duncan! – volvió a gritar Sara reparando en su casi desnudez, en los arañazos sanguinolentos de sus brazos, sus ojos dilatados, fieros, y la mueca de dolor de su cara. Resistiéndose a ser apartada, Sara le agarró de los hombros y le retuvo-: ¿Qué ocurre? ¿Adónde vas?
Duncan dudó. Durante una fracción de segundo la voz de Sara había penetrado en su demencia.
La boca se le abrió como para decir algo, pero no le salían las palabras. En su lugar, lanzó un lastimero gemido que terminó en un jadeo cuando sus temblores pasaron a ser espasmódicas sacudidas y sus ojos le desaparecían en el interior de la cabeza. Misericordiosamente inconsciente, Duncan se desplomó en brazos de Sara.
Al principio, Sara pugnó en vano por mantener a Duncan de pie. Pero no tenía fuerza para aguantarle, sobre todo porque los espasmos de Duncan eran cada vez más violentos. Con toda la suavidad de que fue capaz, Sara dejó ese cuerpo convulso a los pies del umbral de la puerta, medio metido en el vestíbulo. Casi en el momento que rozaba el suelo, la espalda de Duncan se arqueó hacia arriba y sus espasmos adquirieron rápidamente los rítmicos dolores agónicos de un ataque de epilepsia.
–¡Socorro! – gritó Sara mirando a un lado y a otro del recibidor.
Como habría sido de esperar, no salió nadie. Aparte del ruido que el propio Duncan producía, Sara no pudo oír otra cosa que el machacar de un tocadiscos cercano.
Desesperada, Sara pasó por encima del convulso e incontinente cuerpo de Duncan. Una ojeada a su ensangrentada boca espumajeante la consternó llenándola de terror. Necesitaba ayuda con urgencia, pero no sabía qué hacer salvo llamar a una ambulancia. Temblando, marcó el 911 en el teléfono de la sala de estar. Mientras esperaba con impaciencia la comunicación, oyó el ruido sordo de la cabeza de Duncan al dar repetidamente contra el suelo de madera dura. Lo único que podía hacer era dar un respingo cada vez que oía aquel sonido espantoso y rezar para que viniesen cuanto antes a ayudarla.
Sara apartó las manos de la cara y miró su reloj. Eran casi las tres de la madrugada. Hacía más de tres horas que estaba en el mismo asiento de vinilo en la sala de espera del Manhattan General Hospital.
Escrutó por enésima vez la atestada sala que olía a humo de cigarrillo, a sudor, a alcohol y a lana mojada. Enfrente de ella había un rótulo que decía: PROHIBIDO FUMAR, pero el aviso era rotundamente ignorado.
Los heridos se mezclaban con sus acompañantes. Había criaturas y niños sollozando, había borrachos, había gente aplicándose una toalla a un dedo o una barbilla cortados. La mayoría, expertos en esperas interminables, miraban fijamente hacia delante. Algunos estaban visiblemente enfermos, otros padecían dolores. Un hombre bien vestido rodeaba con su brazo a su también elegante compañera. Hacía solo unos minutos había discutido acaloradamente con una enfermera gorda y bastante temible, la cual no se había amilanado ante sus amenazas de llamar a su abogado si su compañera no era visitada de inmediato. Resignado, el hombre se había quedado mirando también al vacío de la media distancia.
Al cerrar de nuevo los ojos, Sara pudo sentir que el pulso seguía martilleándole las sienes. La vívida imagen de Duncan convulsionándose a la entrada del apartamento la acosaba. Pasara lo que pasase esta noche, ella sabía que nunca podría borrar esa visión de su mente.
Después de llamar a la ambulancia y haber dado la dirección de Duncan, Sara había vuelto al lado de su novio. De repente le vino a la memoria que, cuando se tienen espasmos, hay que ponerle al enfermo algo en la boca para que no se muerda la lengua. Pero por más que lo intentó, no fue capaz de separar los dientes fuertemente apretados de Duncan.
Unos momentos antes de que llegara el transporte médico de urgencias, Duncan dejó por fin de tener espasmos. Sara se había sentido aliviada al principio, pero muy pronto comprobó con renovada alarma que Duncan no respiraba. Sara le enjugó un poco de espuma y restos de sangre que tenía en la boca para tratar de reanimarle con la respiración artificial, pero no pudo vencer las náuseas. Para entonces habían hecho acto de presencia varios vecinos. Sara suspiró aliviada cuando uno de ellos dijo haber estado en la marina y, con la ayuda de un compañero, tuvo la amabilidad de hacerse cargo de la reanimación cardiopulmonar hasta que llegó la ambulancia del servicio médico de urgencias.
Sara no se imaginaba qué podía haberle sucedido a Duncan. Una hora antes, él la había llamado pidiéndole que fuera a verle. A Sara le había parecido que su voz sonaba tensa y extraña, pero aun así le cogió desprevenida el estado en que lo encontró después. Se estremeció una vez más al verle delante suyo con las manos ensangrentadas, los ojos dilatados y fieros. Era como si se hubiera vuelto loco.
Sara vio a Duncan por última vez cuando llegaron al Manhattan General. Le habían permitido subir a la ambulancia. Durante todo el trayecto -una espeluznante carrera -los sanitarios del transporte médico de urgencias habían remontado el paro. La última visión que Sara tuvo de Duncan fue cuando este entró sobre camilla de ruedas por una puerta blanca de doble batiente para desaparecer en lo más recóndito de la unidad de urgencias. Sara vio cómo uno de los sanitarios de la ambulancia iba arrodillado encima de la camilla continuando la compresión rítmica del pecho hasta que la puerta se cerró tras ellos.
–¿Sara Wetherbee? – preguntó una voz, sacando a Sara de su ensueño.
–¿Sí? – dijo Sara levantando los ojos.
Delante de ella se había materializado un joven médico que lucía una barba de medio día y una bata blanca ligeramente manchada de sangre.
–Soy el doctor Murray -dijo-. Acompáñeme, por favor. Me gustaría hablar un momento con usted.
–Desde luego -dijo Sara, muy nerviosa.
A continuación se levantó y se echó el bolso al hombro. Tuvo que apresurarse para seguir al doctor Murray, pues este había girado sobre sus talones sin darle tiempo a responder. La misma puerta blanca que tres horas antes había engullido a Duncan se cerraba ahora a sus espaldas. El doctor Murray, que se había parado nada más entrar, se volvió a mirarla. Ella le miró a los ojos con inquietud. El hombre estaba exhausto. Sara deseaba ver algún rayo de esperanza en sus ojos, pero no lo había.
–Me parece que es usted novia del señor Andrews -dijo el doctor.
Hasta su voz sonaba cansada. Sara asintió con la cabeza.
–Normalmente hablamos primero con la familia -dijo el doctor Murray-. Pero sé que ha venido usted con el enfermo y que ha estado esperando. Lamento que la espera haya sido tan larga, pero inmediatamente detrás del señor Andrews nos han llegado varios heridos de bala.
–Comprendo -dijo Sara-. ¿Cómo está Duncan? Tenía que preguntarlo, aunque no estaba segura de querer saber nada.
–Temo no poder decirle nada bueno -empezó el doctor Murray-, Es difícil saber si el transporte de urgencias hizo todo lo posible, pero me temo que Duncan habría muerto de todos modos. Por desgracia, ingresó cadáver.
Sara miró al doctor a los ojos. Quería ver un destello del pesar que estaba brotando en sus entrañas, pero lo único que vio fue agotamiento. Esa aparente falta de sentimientos la ayudó a mantener la compostura.
–¿Qué le ha pasado? – preguntó ella en un susurro.
–Hay un noventa por ciento de probabilidades de que la causa inmediata haya sido un infarto masivo de miocardio o un ataque al corazón. Pero la causa próxima parece deberse a que es una toxicidad por consumo de droga o sobredosis. Aún no sabemos cuál era el nivel de droga en sangre.
Eso lleva un poco más de tiempo.
–¿Droga, dice usted? – preguntó Sara-. ¿Qué clase de droga?
–Cocaína -dijo el doctor Murray-. Tenemos incluso la aguja que empleó.
–Es la primera noticia que tengo de que Duncan tomase cocaína -dijo Sara-. Me había dicho que no tomaba drogas.
–Sobre sexo y sobre drogas la gente siempre miente -dijo el doctor Murray-. Con la cocaína basta una vez. No se dan cuenta de su carácter letal. La popularidad de la cocaína ha hecho creer a la gente que proporciona seguridad; lo cual es falso. En fin, lo que sí hemos de hacer es ponernos en contacto con la familia. ¿Sabe usted el número de teléfono?
Aturdida por la muerte de Duncan, y por el descubrimiento de su supuesta adicción a la cocaína, Sara recitó monótonamente el número de teléfono de los Andrews. El hecho de pensar en drogas hizo que no pensase en la muerte. Se preguntaba cuánto tiempo llevaba Duncan consumiendo cocaína. No acertaba a comprenderlo. Ella pensaba que le conocía bien.
Noviembre, 6.45, lunes, Nueva York
La alarma del viejo Westclox de cuerda siempre conseguía arrancar violentamente a Laurie Montgomery de las profundidades del bendito sueño. Aunque poseía ese reloj desde el primer año de universidad, no había llegado a acostumbrarse a su temible estruendo. Siempre la despertaba con un susto, a lo que ella respondía invariablemente lanzándose contra el maldito artefacto como si su vida dependiese de parar el despertador tan pronto como fuese humanamente posible.
Esta lluviosa mañana de noviembre no fue una excepción. Mientras dejaba nuevamente el despertador en el alféizar, Laurie percibió los fuertes latidos de su corazón. La eficacia de ese episodio cotidiano radicaba en la consiguiente descarga de adrenalina. Incluso de haber podido volver a la cama, no habría llegado a pegar ojo. Y lo mismo le pasaba a Tom, su gatito atigrado y semisalvaje de año y medio, que había salido de lo más profundo del armario al oír la alarma.
Resignada a empezar una jornada más, Laurie se levantó, removió los dedos dentro de sus pantuflas de badana y fue a conectar el televisor para ver las noticias locales.
Vivía en un pequeño apartamento de un solo dormitorio en la Calle 19, entre la Primera y Segunda avenidas, en un edificio de seis pisos. Su casa estaba en la quinta planta, en la parte de atrás.
Sus dos ventanas daban a un laberinto de patios traseros.
Puso en marcha la máquina de café que tenía en su diminuta cocina. La noche antes lo había preparado poniendo un filtro con café y la cantidad exacta de agua. Con la cafetera funcionando, arrastró los pies hasta el cuarto de baño y se miró en el espejo.
–¡Uf! – dijo, girando la cabeza de un lado a otro para comprobar los desperfectos de otra noche sin dormir lo suficiente.
Tenía los ojos hinchados y enrojecidos. A Laurie no le sentaban bien las mañanas. Era una noctámbula consumada y solía leer hasta altas horas de la noche. Le encantaba leer, tanto si era un voluminoso libro de patología como si se trataba de un popular best seller. Sus gustos eran muy variados en cuanto a ficción. En sus estanterías se amontonaban libros de todo tipo, desde novela negra y sagas románticas hasta volúmenes de historia, ciencias en general e incluso sicología.
Aquella noche había sido una novela de asesinatos y estuvo leyendo hasta que terminó el libro.
Cuando apagó la luz no tuvo arrestos para mirar la hora. Como de costumbre, por la mañana se juró a sí misma que nunca volvería a estar despierta hasta tan tarde.
Con la ducha, la mente de Laurie empezó a despejarse lo suficiente para repasar las cuestiones que se le planteaban ese día. En la actualidad cumplía su quinto mes como inspectora médica adjunta en el Centro de Medicina Forense de la ciudad de Nueva York. El fin de semana pasado, Laurie había tenido que estar disponible, lo cual significaba trabajar sábado y domingo. Había realizado seis autopsias: tres un día y otras tres el siguiente. Varios de los casos necesitaron un seguimiento adicional antes de darlos por terminados, de modo que empezó a hacer mentalmente una lista de lo necesario.
Laurie se secó enérgicamente al salir de la ducha. Daba gracias de que hoy iba a ser un día de
"papeleo", es decir, que no le encargarían ninguna autopsia más. Así pues, dispondría de tiempo para hacer las anotaciones necesarias de las autopsias ya realizadas. Estaba esperando material sobre unos veinte casos procedentes del laboratorio, de los investigadores médicos, de los hospitales locales o de la policía. Esta avalancha de documentación era lo que constantemente amenazaba con abrumarla.
Laurie se sirvió café en la cocina. Luego volvió con la taza al cuarto de baño para maquillarse y secarse el pelo. Arreglarse el pelo era lo que le llevaba más tiempo. Lo tenía espeso, largo y de un color castaño rojizo cuyas mechas gustaba de dar brillo con henna una vez al mes. Laurie estaba orgullosa de su pelo, que consideraba su mejor peculiaridad. Su madre siempre la estaba animando a que se lo cortara, pero a Laurie le gustaba llevarlo largo hasta los hombros y hacerse trenza o recogérselo en lo alto de la cabeza. En cuanto al maquillaje, Laurie defendía siempre la teoría de que
"menos es más": un poquito de perfil para realzar sus ojos verdeazulados, unos toques de lápiz para definir sus finas cejas rubiorrolizas y una breve aplicación de rimel, para completar su rutina con unos toques de rosa coral y lápiz de labios. Satisfecha del resultado, cogió su taza de café y se retiró al dormitorio.
Había empezado "Buenos días, América". Escuchó sin prestar demasiada atención mientras se ponía la ropa que había dispuesto la noche antes. La patología forense seguía siendo con mucho cosa de hombres, pero ello animaba a Laurie a realzar su feminidad mediante su vestido. Se puso una falda verde y un jersey de cuello cisne a juego. Al contemplarse en el espejo, se gustó. Era la primera vez que se ponía este conjunto. Le hacía parecer más alta que su metro sesenta y dos e incluso más esbelta que sus cincuenta y dos kilos.
Después de beber su café, tomar un yogur y poner galletas para gato en el plato de Tom, Laurie se puso la trinchera con cierta dificultad. Luego cogió el bolso, el almuerzo -que también había dejado listo la noche anterior-, el maletín y salió del apartamento. Tardó un poco en cerrar toda la colección de cerraduras de la puerta, herencia del anterior inquilino. Laurie fue hacia el ascensor y pulsó el botón de bajada.
Casi en el mismo momento, tan pronto el vetusto ascensor empezaba su gimoteante subida, Laurie oyó el clic de la cerradura de Debra Engler. Al volver la cabeza, Laurie observó cómo la puerta del apartamento delantero se abría un poquito y alguien tiraba de la cadena de seguridad. El ojo inyectado en sangre de Debra la miraba fijamente. Encima del ojo había una greña enmarañada de cabello gris.
Laurie respondió al ojo entrometido con una mirada agresiva. Era como si Debra estuviera siempre acechando detrás de la puerta ante el menor ruido en el pasillo. Esa repetida intrusión exacerbaba a Laurie. Pese al hecho de que el pasillo era una zona común, aquello le parecía una violación de su intimidad.
–Será mejor que cojas el paraguas -dijo Debra con su ronca voz de fumadora.
El que Debra tuviese razón no hizo sino irritar aún más; a Laurie. Había olvidado el paraguas, ciertamente. Sin dar a Debra el menor signo de reconocimiento por temor a animarla en su irritante manía de vigilar, Laurie volvió hacia su puerta y se dispuso a repetir la complicada sucesión de apertura de cerrojos. Cinco minutos después, al entrar en e ascensor, vio que el ojo inyectado en sangre continuaba mirando resueltamente.
La exasperación de Laurie se desvaneció mientras el ascensor descendía con lentitud. Sus pensamientos giraron otra vez en torno al caso que la había estado preocupando sobre manera todo el fin de semana: un chico de doce años que había recibido un pelotazo en el pecho jugando a béisbol -
La vida no es justa -murmuró Laurie en un susurro pensando en la prematura muerte del muchacho.
Las muertes de niños eran las más duras de concebir. Creyó que su paso por la facultad la haría insensible a ello pero no fue así. Y tampoco cuando estuvo de residente en anatomía patológica. Pero ahora que estaba en medicina forense, estas muertes le resultaban más difíciles aún de aceptar. ¡Eran tantos los que morían! Hasta el accidente la víctima del pelotazo había sido un niño sano, radiante de salud y vitalidad. Todavía recordaba su pequeño cuerpo tendido sobre la mesa de autopsias; la auténtica imagen de la salud, aparentemente dormido. Pero así y todo, Laurie tuvo que coger el escalpelo y destriparlo como a un pescado.
Laurie tragó saliva mientras el ascensor se detenía con un golpe sordo. Casos como el de este chico hacían que pusiera en cuestión la carrera que había elegido. Se preguntó si no tendría que haber estudiado pediatría y haber podido así tratar a niños vivos. El campo de la medicina por el que había optado podía resultar siniestro.
A pesar suyo, Laurie tuvo que agradecerle a Debra su advertencia en cuanto vio el día que hacía.
El viento soplaba a ráfagas violentas y la lluvia prometida había empezado a caer. La vista de su calle en ese momento concreto hizo que pusiera en cuestión, tanto como su carrera, la elección del lugar donde vivir. No era agradable mirar esa calle cubierta de basura. Quizá debería haberse ido a una ciudad más limpia y nueva, como Atlanta, o a una ciudad donde siempre era verano como Miami.
Laurie desplegó el paraguas y lo inclinó hacia el viento pugnando por avanzar por la Primera Avenida.
Mientras caminaba iba pensando en una de las ironías de su elección de carrera. Había escogido patología por varias razones. Por una parte, pensaba que teniendo un horario fijo sería más fácil de compaginar la medicina con el hecho de tener una familia. Pero el caso es que ella no tenía familia, a no ser que incluyera a sus padres, que, en realidad, no contaban mucho. Ni siquiera mantenía una relación significativa. Laurie nunca había pensado que a los treinta y dos años no tendría hijos propios, y mucho menos que seguiría soltera.
Un corto paseo en taxi con un conductor cuya nacionalidad no pudo deducir ni de lejos la llevó a la esquina de la Primera y Treinta. Le había sorprendido mucho encontrar taxi. En circunstancias normales la combinación de lluvia y hora punta significaba ausencia de taxis libres. Sin embargo, esta mañana había visto salir a alguien de un taxi en el momento que llegaba a la Primera Avenida.
Pero aunque no hubiese podido conseguir uno, tampoco habría sido una catástrofe. Era una de las ventajas de vivir a solo once manzanas del trabajo. Muchos días hacía el trayecto a pie, tanto al ir como al volver.
Después de pagar el taxi, Laurie empezó a subir la escalera principal del Centro de Medicina Forense de la ciudad de Nueva York. El edificio, de seis pisos, quedaba eclipsado por el resto del Centro Médico de la Universidad de Nueva York y el Hospital Bellevue. Su fachada era de ladrillo azul con ventanas de aluminio y puertas batientes de un moderno y poco atractivo diseño.
Normalmente, Laurie no prestaba atención al edificio pero en esta lluviosa mañana de noviembre tampoco este iba a librarse de su visión crítica, lo mismo que su carrera y la calle donde vivía. El lugar era deprimente, debía confesarlo. Estaba meneando la cabeza, pensando si algún arquitecto podría haberse sentido satisfecho al hacer esta obra, cuando reparó en que el vestíbulo estaba a tope.
La puerta principal, pese a la helada mañana, estaba abierta de par en par y se veía una lánguida columna de humo de cigarrillo saliendo del interior.
Sintiendo curiosidad, Laurie se abrió paso entre el gentío hasta llegar con dificultad a la sala de Identificación Marlene Wilson, la recepcionista de siempre, estaba evidentemente abrumada por la insistencia de al menos dos personas apretujándose contra su mesa y haciéndole preguntas. Los medios de comunicación habían tomado el sitio por asalto con sus cámaras, magnetófonos, videos de televisión y focos. No cabía duda de que había sucedido algo fuera de lo común.
Tras una breve pantomima para recabar la atención de Marlene, Laurie consiguió meterse en la zona interior. Experimentó una ligera sensación de alivio cuando la puerta al cerrarse, extinguió el barullo de voces y el acre humo del cigarrillo.
Laurie se detuvo un momento a echar una ojeada a la triste sala donde los parientes del muerto eran llevados para hacer la identificación y tuvo la ligera sorpresa de ver que estaba vacía. Viendo el alboroto que había fuera, había imaginado encontrarse gente en la sala de identificación.
Encogiéndose de hombros, continuó hacia la oficina de identificación. La primera persona con quien Laurie se encontró fue Vinnie Amendola, uno de los técnicos del depósito de cadáveres. Ajeno al pandemónium de la recepción, Vinnie estaba tomando café en una taza de plástico mientras examinaba las páginas de deportes del New York Post. Tenía los pies encima del borde de una de las mesas metálicas grises. Como de costumbre, antes de las ocho de la mañana, Vinnie estaba solo en el cuarto. Él se encargaba de preparar café para todos. Había otra cafetera, más grande, en la oficina de Identificación, un cuarto que servía para varias funciones, como por ejemplo de zona de reunión informal por las mañanas.
–¿Qué demonios pasa? – preguntó Laurie mientras cogía el programa de autopsias del día.
Aunque no le tocaba hacer ninguna, siempre sentía curiosidad por los casos que entraban.
Vinnie bajó el periódico:
–Problemas -dijo.
–¿Problemas de qué clase? – preguntó Laurie.
Por el pasillo que iba a la sala de Comunicaciones pudo ver que las dos secretarias del turno de día no daban abasto con los teléfonos. Los paneles que tenían enfrente parpadeaban de llamadas que esperaban turno. Laurie se sirvió una taza de café.
–"Colegiala asesinada." Un caso más -dijo Vinnie-. Una quinceañera que al parecer ha sido estrangulada por su novio. Sexo y drogas. Niños ricos, ya sabes. Ha sido cerca del Tavern On The Green. Con todo el entusiasmo que el primer caso despertó hace un par de años, la Prensa está aquí desde que trajeron el cuerpo.
Laurie chasqueó la lengua:
–Es horrible. Para todos: se ha perdido una vida y se ha echado a perder otra. – Se puso azúcar y un poquito de nata en el café-. ¿Quién lo lleva?
–El doctor Plodgett -dijo Vinnie-. Tuvo que salir a escena cuando le llamó el médico de turno.
Serían las tres de la mañana.
Laurie suspiró.
–Pobre… -murmuró. Lo sentía por Paul. Llevar este caso le iba a representar un gran estrés porque, al igual que ella, no tenía mucha experiencia. Solo hacía un año que era adjunto. Laurie únicamente llevaba allí cuatro meses y medio-. ¿Dónde está Paul? ¿En su despacho?
–Qué va -dijo Vinnie-. Está haciendo la autopsia.
–¿Ya? ¿Por qué tanta prisa? – quiso saber Laurie.
–No me lo explico -contestó Vinnie-. Pero los que salían del turno de medianoche me han dicho que Bingham llegó sobre las seis. Paul debe de haberlo llamado.
–Este caso me intriga cada vez más -dijo Laurie.
El doctor Harold Bingham, de cincuenta y ocho años era el inspector médico en jefe de Nueva York, un puesto que le convertía en poderoso personaje del mundo forense.
–Creo que voy a bajar al hoyo a ver si me entero de lo que pasa -comentó Laurie.
–Yo que tu tendría cuidado -dijo Vinnie luchando con el diario para doblarlo-. Yo también he pensado en entrar ahí, pero la verdad es que Bingham está de un humor espantoso. Claro que esto no es nada extraño.
Laurie saludó con la cabeza a Vinnie al salir del cuarto. Para evitar la masa de periodistas que había en recepción fue a los ascensores por el camino más largo, pasando por Comunicaciones. Las secretarias estaban demasiado ocupadas para dar los buenos días. Laurie saludó con el brazo a uno de los dos detectives asignados por la policía al servicio de inspección médica. El policía estaba sentado en su cuartito contiguo a la sala de Comunicaciones. También él estaba hablando por teléfono.
Después de pasar por otra puerta, Laurie fue mirando en cada uno de los despachos de los investigadores forenses para decir hola, pero todavía no había nadie. Al llegar donde el ascensor principal, pulsó el botón de subida y, como de costumbre, tuvo que esperar la pausada respuesta del vetusto aparato. A su derecha, al fondo del pasillo, vio un hervidero de periodistas en la recepción.
Laurie sintió pena por la pobre Marlene Wilson.
Mientras subía a su despacho en la quinta planta, Laurie trataba de comprender a qué se debía la temprana presencia de Bingham no solo en el despacho sino también en la sala de autopsias. Ambas cosas eran poco frecuentes y eso incitaba su curiosidad.
Como su compañera de oficina, la doctora Riva Mehta, no había llegado aún, Laurie solo estuvo unos minutos allí. Dejó el bolso, el almuerzo y el maletín en su taquilla, lo cerró con llave y se puso el pijama de color verde. Como no tenía que hacer ninguna autopsia, no se molestó en ponerse la acostumbrada segunda capa de ropa impermeable.
Laurie volvió a tomar el ascensor para ir al sótano, donde estaba el depósito de cadáveres. No se trataba de un sótano en el sentido exacto de la palabra, ya que estaba al nivel de la calle por la parte del edificio que daba a la Calle 30. Los cadáveres entraban y salían del depósito por una rampa de carga de la misma calle.
En el vestuario, que Laurie rara vez utilizaba como tal prefiriendo cambiarse en su despacho, se puso unas fundas para zapatos, un delantal, una mascarilla y una capucha.
Vestida como para una intervención quirúrgica, apareció en la puerta de la sala de autopsias.
El "hoyo", como se lo conocía cariñosamente, era una habitación mediana de unos quince metros de largo por nueve de ancho. En su momento fue considerada el no va más, pero ya no. Como ocurría con otras muchas entidades de la ciudad, su mantenimiento y modernización tan necesarios se habían resentido de la falta de fondos. Las ocho mesas de acero inoxidable estaban viejas y manchadas por incontables necropsias. De cada mesa colgaban anticuadas balanzas de resorte. Una serie de piletas, cajones para clichés de rayos X, antiguos armaritos con puerta de cristal y tuberías descubiertas llenaban las paredes. No había ninguna ventana.
Solo funcionaba una mesa: la segunda desde el fondo, a la derecha de Laurie. Al cerrarse la puerta detrás de Laurie, los tres médicos uniformados, enmascarados y encapuchados que había en torno a la mesa levantaron la cabeza para mirarla un momento antes de volver a su macabro quehacer. Sobre la mesa yacía el cuerpo desnudo y marfileño de la adolescente. Justo encima suyo, una sola fila de lámparas fluorescentes blancoazuladas iluminaba el cuerpo. El succionante ruido del agua que se escurría por un desagüe a los pies de la mesa empeoraba aún más la espeluznante escena.
Laurie tuvo la inmediata intuición de que debía darse la vuelta y marcharse, pero luchó contra esa sensación avanzando decidida hacia el grupo de médicos. Puesto que a todos los conocía bien, pudo reconocerlos pese al conjunto de gafas protectoras y máscaras que les tapaba la cara, Bingham estaba al otro lado de la mesa, de cara a Laurie. Era un hombre rechoncho de baja estatura, facciones gruesas y nariz abultada.
–¡Joder, Paul! – saltó Bingham-. ¿Es la primera vez que haces una disección de cuello? Tengo una rueda de prensa y tú te dedicas a hacer el tonto como un alumno de primer año de medicina.
¡Pásame el escalpelo!
Bingham le arrebató el instrumento de la mano y se inclinó sobre el cadáver. Un rayo de luz brilló en el borde de filo de acero inoxidable.
Laurie se aproximó a la mesa. Estaba a la derecha de Paul. Al notar su presencia, este volvió la cabeza y sus ojos se encontraron por un momento. Laurie supo que Paul es taba realmente fuera de sí e intentó proyectarle su apoyo con la mirada, pero Paul desvió la cabeza. Laurie lanzó entonces una mirada al técnico del depósito, quien evitó mirar en esa dirección. La atmósfera era explosiva.
Laurie bajó los ojos para ver lo que estaba haciendo Bingham. Había abierto el cuello del cadáver mediante una incisión bastante anticuada que iba desde la punta de la barbilla hasta lo alto del esternón. Había desollado la piel, apartándola a los lados como quien abre una blusa de escote subido. Bingham procedía ahora a soltar los músculos adyacentes al cartílago tiroides y al hueso hiodes. Laurie comprobó que había pruebas de trauma premortal con hemorragia en los tejidos.
–Lo que sigo sin entender -dijo bruscamente Bingham sin levantar los ojos de su trabajo-, es por qué no le metieron las manos… en bolsas…
Los ojos de Laurie y de Paul se encontraron de nuevo. Ella supo de inmediato que él no tenía excusa alguna. Deseaba ayudarle, pero no se le ocurría cómo. Compartiendo la incomodidad de su colega, Laurie se alejó de la mesa. Había hecho el esfuerzo de vestirse para ir a ver, pero ahora se iba de la sala de autopsias porque había demasiada tensión como para que mereciese la pena quedarse.
No quería empeorarle las cosas a Paul concediéndole más público a Bingham.
De nuevo en su despacho, tras haberse despojado de la capa exterior de prendas protectoras, Laurie se sentó a su mesa y se puso a trabajar. Su primera ocupación consistía en completar cuanto pudiera de las tres autopsias que había hecho el domingo. El primer caso había sido el del chico de doce años. El segundo se trataba, sin duda alguna, de una sobredosis de heroína, pero Laurie quiso dar un repaso a los hechos. La víctima había sido hallada con toda la parafernalia habitual del drogadicto. Se conocía su adicción a la heroína. En la autopsia, los brazos de la víctima mostraron múltiples señales de inyección intravenosa, antiguas y recientes. Tenía un tatuaje en el brazo derecho:
"Nacido para perder". Su interior mostraba las señales acostumbradas de muerte por asfixia más un edema pulmonar espumoso. Pese a que estaban pendientes los estudios microscópicos y de laboratorio, Laurie parecía a gusto con su conclusión de que la causa de la muerte era una sobredosis y el género de muerte, accidental.
El tercero lo era todo menos un caso claro. Una ayudante de vuelo de veinticuatro años había sido hallada en su casa en bata de baño, tras haber perdido supuestamente el conocimiento en el pasillo, junto al cuarto de baño, Su compañera de habitación la había encontrado en el suelo. Gozaba de buena salud y había vuelto de un viaje a Los Ángeles el día anterior. No se sabía que consumiera drogas.
Laurie había realizado la autopsia sin encontrar nado. Todos sus hallazgos eran completamente normales. Preocupada por el caso, Laurie hizo localizar al ginecólogo de la joven por uno de los inspectores médicos. Después de hablar con el médico, Laurie se convenció de que la mujer estaba totalmente sana. Él la había visitado solo unos meses antes.
Como había tenido un caso similar hacía poco, Laurie había mandado al inspector médico al apartamento de joven para que le trajese todos los electrodomésticos de uso personal que hubiera en el baño. Sobre la mesa de Laurie había una caja de cartón con una nota del inspector médico en la que decía que aquello era todo lo que había podido encontrar.
Con la uña del dedo pulgar, Laurie rasgó la cinta adhesiva con que estaba precintada la caja, levantó la tapa echó una ojeada al interior. La caja contenía un secador de pelo y un viejo rizador metálico. Laurie sacó ambos aparatos de la caja y los puso sobre la mesa. Del cajón inferior de la derecha, extrajo un aparato de medición eléctrica llamado voltiohmiómetro.
Laurie examinó en primer lugar la resistencia eléctrica entre las clavijas y el secador propiamente dicho. En ambos casos, la lectura marcó la máxima cantidad de ohmios o ausencia de corriente.
Pensando que tal vez se habría equivocado de nuevo, probó el rizador de cabello. Para su sorpresa, el resultado fue positivo. Entre una de las clavijas y la funda del rizador, el voltiohmiómetro registraba cero ohmios, es decir, flujo ininterrumpido de corriente.
Con algunas herramientas básicas como un destornillador y unos alicates, Laurie abrió el rizador y encontró enseguida el cable gastado que hacía contacto con la funda metálica del aparato. Ahora estaba claro que la pobre ayudante de vuelo había sido víctima de una electrocución de bajo voltaje.
Como solía suceder en estos casos, la víctima había sufrido una pequeña conmoción, lo cual no le había impedido deshacerse del aparato y salir del cuarto antes de perecer de una arritmia cardiaca mortal. La causa de la muerte era electrocución y la clase de muerte accidental.
Tras haberle hecho la "autopsia", Laurie dejó el rizador encima de la mesa, sacó su cámara fotográfica y dispuso las piezas de modo que fuese visible la conexión anormal. Luego se levantó para hacer una foto directamente desde arriba. Al mirar por el visor, se sintió satisfecha del caso. No pudo reprimir una sonrisa a sabiendas de que su trabajo era muy distinto de lo que la gente presumía.
No solo había resuelto el misterio de la muerte prematura de la pobre mujer, sino que asimismo había salvado a otros de correr la misma suerte.
El teléfono sonó antes de que pudiese sacar la foto del rizador. Estaba tan sumamente concentrada que el ruido la sobresaltó. Con irritación apenas velada, contestó el teléfono. Era la operadora que le decía si le importaba coger la llamada de un médico desde el Manhattan General Hospital, añadiendo que había pedido hablar con el jefe.
–¿Entonces por qué me lo pasas a mí? – quiso saber Laurie.
–El jefe está liado en la sala de autopsias y no encuentro al doctor Washington. Alguien ha dicho que está fuera hablando con los periodistas, conque he empezado a marcar números de otros doctores. Usted ha sido la primera en responder.
–Pásamelo -dijo Laurie con resignación.
Se recostó en su silla de despacho. Confiaba en que la conversación durara poco. Si querían hablar con el jefe, no iban a contentarse con la persona que ocupaba el lugar más bajo del escalafón…
Laurie se presentó en cuanto le pasaron la comunicación. Resaltó el hecho de que era uno de los inspectores médicos adjuntos y no el jefe.
–Soy el doctor Murray -dijo su interlocutor-. Residente de último año. Necesito hablar con alguien sobre un caso de sobredosis que ha ingresado cadáver esta mañana.
–¿Qué es lo que desearía saber? – preguntó Laurie.
Donde ella trabajaba, los casos de muerte por drogas eran un asunto cotidiano. Su atención se desvió parcialmente al rizador de cabello. Se le había ocurrido una idea mejor para fotografiarlo.
–El nombre del paciente era Duncan Andrews -dijo el doctor Murray-. Varón, raza blanca, treinta y cinco años. Llegó sin actividad cardiaca ni respiración espontánea y una temperatura corporal que registramos en cuarenta y dos grados.
–Ajá -dijo tranquilamente Laurie.
Sosteniendo el auricular en la curva del cuello, montó de nuevo las piezas del rizador.
–Había evidencia masiva de actividad epiléptica -dijo el doctor Murray-. Le hicimos un electro y salió completamente plano. El resultado del laboratorio fue un nivel de cocaína en la sangre de veinte microgramos por milímetro.
–¡Uau! – exclamó Laurie dejando escapar una carcajada de asombro. El doctor había conseguido llamar su atención-. Demonios, a eso le llamo yo un buen nivel. ¿Cuál fue la vía de administración?
¿Oral? ¿Es que era uno de esos "camellos" que intentan pasar droga tragándose condones llenos de cocaína?
–No creo -dijo el doctor Murray dejando escapar a su vez una carcajada-. El tipo era una especie de mago de Wall Street. No fue por vía oral sino intravenosa.
Laurie tragó saliva mientras pugnaba por mantener soterrados unos viejos e indeseables recuerdos. La garganta se le había secado de golpe.
–¿También había heroína? – preguntó.
En los años sesenta se hizo famosa una mezcla de heroína y cocaína conocida por "speedball".
–Nada de heroína -dijo el doctor-. Solo cocaína, pero está claro que la dosis era de elefante. Si su temperatura era de cuarenta y dos cuando se la tomamos, a saber hasta dónde debió de subir.
–Bueno, parece bastante sencillo -dijo Laurie-. ¿Cuál es la pregunta? Si quiere saber si se trata de un caso para el forense, le diré que en efecto lo es.
–No, eso ya lo sabemos -dijo el doctor Murray-. El problema no es ese. La cosa es más complicada. El individuo fue encontrado por su novia, que vino con él. Pero después acudió la familia. Y ha de saber que la familia tiene contactos, no se si me entiende. El caso es que las enfermeras descubrieron que el señor Duncan Andrews llevaba en la cartera una tarjeta de donante de órganos, así que llamaron al coordinador de donaciones. Sin saber que era un caso para inspección médica, el coordinador de donaciones de órganos preguntó a la familia si permitirían la enucleación de los ojos, puesto que eran el único tejido aparte de los huesos que aún podía ser utilizado.
Comprenderá que no solemos hacer mucho caso de las tarjetas de donantes a menos que la familia acceda. Pero esta familia accedió. Personalmente creo que es porque les gustaría creer que su hijo ha muerto de causa natural. En fin, sea como sea, queríamos hablarlo con ustedes por pura cuestión de trámite antes de hacer nada.
–¿Va en serio que la familia accedió? – dijo Laurie.
–Ya se lo he dicho, insistieron enérgicamente -observó el doctor Murray-. Según la novia, ella y el difunto habían hablado en varias ocasiones de la falta de órganos para trasplantes, y habían ido juntos al Depósito de órganos de Manhattan para poner su firma en respuesta al llamamiento que el organismo hizo el año pasado por televisión.
–El señor Duncan Andrews se ha regalado una buena dosis de cocaína -dijo Laurie-. ¿Había alguna nota de suicidio?
–No -dijo el doctor Murray-. Y tampoco es que estuviera deprimido, al menos eso dice su novia.
–Suena todo bastante insólito -comentó Laurie-. Personalmente no creo que respetar la petición de la familia pueda afectar a la autopsia, pero no estoy autorizada a tomar este tipo de decisión. Lo que sí puedo hacer es indagar en las altas esferas y llamarle inmediatamente.
–Se lo agradeceré -dijo el doctor Murray-. Si hemos de hacer alguna cosa será mejor pronto que tarde.
Laurie colgó el teléfono y, con cierta renuencia, dejó el rizador desmontado y bajó de nuevo al depósito. Sin ponerse la protección de rigor, Laurie asomó la cabeza por la puerta e inmediatamente se dio cuenta de que Bingham se había ido.
–¿El jefe te ha dejado que termines? – dijo Laurie a Paul alzando la voz. Paul se volvió hacia ella.
–Dad gracias a Dios por los pequeños favores -dijo Paul, su voz ligeramente amortiguada por la mascarilla-. Suerte que tenía que subir a la rueda de prensa que estaba programada. Imagino que me creerá capaz de coser el cadáver.
–Vamos, Paul -dijo Laurie como para animarle-. Piensa que Bingham siempre trata a la gente en la mesa de autopsias como si fueran incompetentes.
–Intentaré tenerlo presente -dijo Paul, no muy convencido.
Laurie dejó que la puerta se cerrase. Para subir a la primera planta utilizó las escaleras del fondo del depósito. No tenía sentido esperar el ascensor para subir ella sola.
El pasillo del primer piso estaba abarrotado de gente de la prensa y la televisión. Laurie consiguió llegar a la puerta doble que daba a la sala de Conferencias. Por encima de las cabezas de los periodistas pudo ver la brillante y calva coronilla de Bingham reflejando la chillona iluminación instalada para las cámaras de televisión. Bingham respondía a las preguntas del hemiciclo y sudaba copiosamente. Laurie se dio cuenta al momento de que era humanamente imposible poder hablar con él sobre el asunto del Manhattan General. Poniéndose de puntillas, Laurie escudriñó la sala en busca del doctor Calvin Washington, el inspector médico delegado. Normalmente era fácil distinguirle entre un montón de gente por su metro noventa y siete y sus ciento catorce kilos de hombre de color. Por fin, Laurie lo divisó de pie junto a la puerta que comunicaba la sala de Conferencias con el despacho del jefe.
Saliendo por la recepción y atajando después por las oficinas del jefe, Laurie consiguió acercarse a Calvin por detrás. Pero cuando llegó donde estaba, dudó. El doctor Washington tenía un carácter violento. Su físico y su humor intimidaban a la mayoría de la gente, incluida Laurie. Haciendo acopio de coraje, Laurie le tocó ligeramente en el brazo. Él se giró de inmediato. Sus ojos oscuros barrieron a Laurie de una mirada. Que no estaba contento parecía bastante claro.
–¿Qué hay? – preguntó en un susurro forzado.
–¿Puedo hablar un momento con usted? – preguntó Laurie-. Se trata de un asunto de trámites con referencia a un caso del Manhattan General.
Tras echar un vistazo a su sudoroso jefe, Calvin asintió con la cabeza. Pasó por delante de Laurie y fue a cerrar la puerta que daba a la sala de Conferencias.
–Esto de la "colegiala asesinada, dos" se ha puesto feo -dijo meneando la cabeza-. Detesto a los de la prensa. Nunca buscan la verdad, sea cual sea, no son más que una jauría en busca de chismes, y el pobre Harold está tratando de justificar por qué no le metieron las manos en bolsas.
–¿Por qué no llevaban guantes?
–Porque al médico de turno no se le ocurrió -dijo Calvin enfadado-. Y cuando llegó Plodgett el cuerpo ya estaba en el furgón.
–¿Cómo es que el médico de turno permitió que se llevaran el cadáver antes de que llegase Paul?
– preguntó Laurie.
–¡Yo qué sé! – reventó Calvin-. Todo esto es un lío, un desastre de cojones.
Laurie se encogió:
–Odio tener que decirlo, pero creo que abajo hay otro problema en potencia.
–Vaya, ¿de qué se trata? – Inquirió Calvin,
–Lo que imagino que era la ropa de la víctima estaba en una bolsa de plástico encima del mostrador.
–¡Mierda! – soltó Calvin.
Se abalanzó sobre el teléfono de Bingham y marcó la extensión del "hoyo". En cuanto contestaron al teléfono, gritó que alguien acabaría en la mesa de autopsias si las ropas de la
"colegiala asesinada, 2" estaban en una bolsa de plástico.
Sin esperar respuesta, Calvin aplastó el auricular contra la horquilla. Luego le lanzó a Laurie una mirada feroz como si el mensajero fuese el culpable de las malas noticias.
–No creo que ningún hongo haya destruido ninguna prueba con tanta rapidez -dijo Laurie, voluntariosa.
–No se trata de eso, en realidad -dijo bruscamente Calvin-. Esto es Nueva York y no el quinto infierno. Meteduras de pata como estas no se pueden tolerar y menos con tanta publicidad como ahora. Parece como si todo el caso tuviera gafe. En fin, ¿qué pasa con el Manhattan General? Laurie le contó a Calvin en pocas palabras el caso de Duncan Andrews, y que el médico esperaba respuesta a su petición. Resaltó el hecho de que era la familia la que deseaba respetar la voluntad del difunto de donar sus órganos.
–Si en este Estado tuviéramos una ley de inspección médica decente, este problema no se plantearía siquiera -gruñó Calvin-. Creo que debemos respetar la petición de la familia. Dígale al doctor que en estas circunstancias lo que debe hacer es sacar los ojos, pero antes que nada fotografiarlos. Debería también obtener muestras vítreas del interior para el departamento de Toxicología.
–Se lo diré enseguida -dijo Laurie-. Gracias.
Calvin se despidió distraídamente con la mano mientras abría de nuevo la puerta de la sala de Conferencias. Laurie regresó cortando por la secretaría del jefe de servicio e hizo que Marlene la pasase al recibidor por el interfono. Tuvo que avanzar haciendo eses entre los periodistas y pasar por encima de los cables que alimentaban los focos de televisión. La rueda de prensa de Bingham seguía su curso. Laurie pulsó el botón de subida del ascensor.
–¡Ahhhh! – chilló como reacción a un deliberado pinchazo en las costillas.
Laurie giró sobre sus talones para castigar a quienquiera que fuese el autor. Esperaba encontrarse un colega, pero no fue así. Delante suyo había un extraño de treinta y pocos años. Llevaba puesta una trinchera abierta por delante; la corbata tenía el nudo aflojado. Su cara mostraba una sonrisa candorosa.
–¿Laurie? – dijo.
Laurie le reconoció al momento. Era Bob Talbot, un reportero del Daily News a quien ella conocía de la universidad. Hacía tiempo que no le veía y fuera de contexto le costó unos segundos reconocerle. A pesar de su enfado, le sonrió.
–¿Dónde te metes? – inquirió Bob-. Hace siglos que no te veo.
–Supongo que últimamente me he vuelto un poco solitaria -admitió Laurie-. Tengo un montón de trabajo y además he empezado a preparar mis exámenes de forense.
–Quien mucho trabaja poco tiempo tiene para divertirse, ya sabes -dijo Bob.
Laurie asintió, tratando de sonreír. Llegó el ascensor. Laurie entró y mantuvo la puerta abierta con una mano.
–¿Qué opinas de este nuevo "asesinato de colegiala"? – preguntó Bob-. Menudo lío se está armando.
–Por fuerza -dijo Laurie-. Es material que ni pintado para la prensa sensacionalista. Y encima parece ser que ya hemos metido la pata. Supongo que es un recordatorio de lo que pasó con el primer caso. Quizá demasiado para mis colegas.
–¿De qué estás hablando? – preguntó Bob.
–De entrada, las manos de la víctima no estaban metidas en bolsas -dijo Laurie-. ¿No has oído lo que decía el doctor Bingham?
–Claro que sí, pero según él no importa.
–Ya lo creo que importa -dijo Laurie-. Aparte, la ropa que llevaba la víctima terminó en una bolsa de plástico. ¡Vaya fallo! La humedad facilita el crecimiento de microorganismos que pueden afectar a las pruebas. Otra metedura de pata. Desgraciadamente el inspector médico que lleva el caso es uno de los nuevos. Por derecho le habría tocado a alguien con más experiencia.
–Parece que el novio ya ha confesado -dijo Bob-. ¿No te parece todo muy formal?
Laurie se encogió de hombros:
–Podría cambiar de opinión cuando haya empezado el proceso. Su abogado seguro que sí. De manera que como no haya un testigo, solo quedarán las pruebas y, en este tipo de casos, raramente hay testigos.