Clara Tahoces
E.
Analisa no pudo contener un gritito de sorpresa al leer la escueta nota. Hacía años que no sabía nada de tía Emersinda y de pronto los acontecimientos se precipitaban. La nota no aclaraba gran cosa y el cochero que la portaba tampoco sabía mucho más al respecto. Al interrogarle, todavía en el umbral de la puerta, sólo explicó que no trabajaba para ella. Únicamente le habían pagado para llevar aquel mensaje urgente y trasladar a Analisa de vuelta, en caso de que accediera a realizar el viaje, hasta la casa de su tía, en las afueras de Estepa. Doña Emersinda era una mujer muy acaudalada y su doncella le había pagado a cuenta una sustanciosa cantidad por cumplir con este cometido sin hacer demasiadas preguntas.
--¿Vendrá conmigo, señorita? Se nos echará la noche encima y los caminos no son buenos.
Al parecer, aquel hombre de aspecto desaliñado se sentía tan incómodo con aquella situación como la propia joven. Aunque se dio toda la prisa que pudo, había sido un viaje largo, tortuoso y agotador.
Deseaba ver cumplido su cometido y regresar junto a su familia lo antes posible.
Analisa se quedó en silencio un momento. No supo qué responder. Tantos años de mutismo y ahora todo era premura. Aquél era un viaje de muchos días y tampoco sabía muy bien lo que se encontraría.
¿Cómo podía estar segura de que aquel hombre decía la verdad? ¿Y si no lo había enviado su tía? ¿Y
si todo era una estratagema para apartarla de Madrid y hacerle algún daño?
Pedro --así se llamaba el hombre -- advirtió una sombra de turbación en su rostro.
--Su doncella me dio esto --se apresuró a decir mientras extraía de uno de los bolsillos de su raída casaca un pequeño saquito de terciopelo verde --. Me pidió que se lo entregase como prueba de que lo que digo es cierto.
Analisa lo asió con cuidado. En su interior había un objeto que le resultaba vagamente familiar. Era un camafeo con la efigie de tía Emersinda tallada en ónice. Era un regalo que el padre de Analisa había hecho a su hermana muchos años atrás, antes de que dejasen de tratarse. Era la última moda a mediados del siglo XVIII. La joven se sorprendió de que aún lo conservara.
Releyó la nota una vez más. La caligrafía se le antojó temblorosa aunque recta, monótona y picuda.
Y la rúbrica, enmarañada. Apenas se distinguía la inicial de su nombre.
Querida sobrina:
La vida se me escapa. Eres mi única familia y la soledad me corroe. Necesito tenerte a mi lado unos días. En este mundo sólo me quedas tú. Ven a mí y te haré inmensamente rica.
Con cariño,
E.
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--¿Sabe si se encuentra enferma?
--No. Ya se lo expliqué. Sólo traté con la doncella. La señora vive muy apartada del pueblo. Ella no pisa por allí.
--Pase un momento a la cocina --sugirió Analisa --. María le dará algo de sopa caliente y pan.
Después échese una cabezada. Mientras, haré los preparativos para el viaje.
Había tomado la decisión de acompañarlo. Aunque desconocía los motivos por los cuales su padre había perdido el contacto con su hermana, era obvio que tía Emersinda necesitaba ayuda. No podía dejarla en la estacada. Nunca se lo perdonaría.
El viaje no pudo ser más desagradable. Al frío cortante de aquel desapacible mes de septiembre se sumaba la posibilidad, nada despreciable, de ser asaltados por bandoleros en cualquier momento.
Esta molesta idea planeó sobre su cabeza durante los diez días que duró el trayecto. Tuvo mucho tiempo para pensar e incluso para arrepentirse de aquella precipitada decisión. Sin embargo, cuando le abordaban este tipo de pensamientos se acordaba de tía Emersinda. La imaginaba desvalida y demacrada, postrada en una cama, víctima de alguna terrible enfermedad que le iba consumiendo poco a poco la vida. Llegó a imaginarse una sombría llegada en la que su doncella le comunicaba que el tedioso viaje había resultado en balde porque tía Emersinda, finalmente, había fallecido.
Se detuvieron lo justo. Era necesario que los caballos pudieran descansar y alimentarse de cuando en cuando, y también tenía que hacerlo el propio cochero, quien a medida que avanzaban los días tenía peor aspecto como consecuencia de las escasas horas de descanso. Además, las circunstancias les obligaban a parar en lugares poco recomendables para una joven de su porte. Pero no quedaba otra solución, así que Analisa decidió que era mejor resignarse ante el frío y los escasos y correosos alimentos de las posadas. Aun así, no podía evitar sentirse amenazada y en constante tensión. De hecho, sólo pudo relajarse una vez que, por fin, divisaron el gran caserón de tía Emersinda.
Pasaban pocos minutos de las nueve de la mañana cuando el carruaje se detuvo frente a la puerta principal de su extensa propiedad. El tiempo parecía haberse detenido en aquel lugar. Estaba tal y como Analisa lo recordaba, aunque las imágenes que acudían a su memoria eran vagas y difusas.
Sólo era una niña cuando lo visitó por última vez. Sin embargo, no advirtió cambios apreciables, al menos en el exterior. El jardín continuaba igual de desangelado.
Patro, la doncella, estaba sobre aviso de su llegada. Tía Emersinda le había comunicado que posiblemente su sobrina llegaría un día de ésos, por lo que había hecho acopio de leche, pan y huevos. Les instó a entrar sigilosamente. La señora se encontraba descansando en esos momentos y no deseaba ser molestada hasta pasado el mediodía.
Analisa entró sin hacer ruido seguida del cochero. Aunque, debido a las dimensiones del lugar, era improbable que pudiese oírlos, no quería perturbar su descanso. La doncella condujo a Analisa hasta la sala de estar y pidió a Pedro que la siguiera para abonarle los reales restantes por su encargo. Se lo había ganado con creces. El hombre, visiblemente impaciente por marcharse cuanto antes, rehusó el desayuno que le ofreció la doncella. Se limitó a cobrar y, después de despedirse, desapareció rápidamente por donde había venido.