Clara Tahoces

Gothika · Capítulo 4 de 6 · parte 1/5

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Clara Tahoces

Ana, Ana, Ana…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

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¡Su nombre lo llenaba todo! No se cansaba de repetirlo, de escribirlo en cada nota que tomaba, en cada apunte para su nuevo libro, que cada vez tenía más arrinconado. Pero ahora no podía derrochar el tiempo con su novela y perderse los acontecimientos que se estaban desarrollando en el presente.

Para una vez que le pasaba algo interesante. Por primera vez en mucho tiempo se había convertido en el protagonista de su existencia, no era un simple personaje como la princesa de Aquitania o el mercader de Oriente.

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Ana era especial, distinta a todas las mujeres que había conocido. Era capaz de devolverle la vida o de arrebatársela con tan sólo una mirada. Pero había que tener cuidado con ella, su proximidad resultaba letal. Sin proponérselo había irrumpido en su vida cambiando todas sus creencias y haciendo tambalear de la noche a la mañana los pilares sobre los que se sustentaba su existencia. Aquella mujer encerraba un enigma y él estaba dispuesto a resolverlo. Y eso era precisamente lo que la hacía tan fascinante y atrayente: que no tuviera pasado ni futuro, sólo presente.

Llevaban ya un tiempo acostándose juntos y ni siquiera sabía dónde vivía, a qué se dedicaba o si, al igual que él, tenía pareja. Se negaba a hablar sobre sus cosas. Tan sólo barajar la posibilidad de que estuviera comprometida ponía enfermo a Alejo, se le aceleraba el corazón y sentía que le hervía la sangre a causa de los celos. Pero no podía engañarse: lo más probable era que no quisiera ofrecer datos sobre sí misma porque estaba casada o porque compartía su vida con alguien. Sólo ése podía ser el motivo para mantenerlo lejos de su círculo.

El escritor desconocía qué le estaba ocurriendo, pero su relación clandestina había comenzado a afectar a la que tenía con Silvia (a quien ya no sabía cómo dar largas), a su trabajo en Regalo+ y a sus proyectos con Editamos.

Ana no le convenía en absoluto y lo peor era que, aun sabiéndolo, Alejo era incapaz de terminar con esa compleja y extraña relación.

Por otra parte, tampoco se veía capaz de dejar a Silvia para centrarse sólo en Ana. ¿Y si cuando le dijera que había dejado a su novia le mandaba a freír espárragos? Ana era capaz de eso y de otras muchas cosas. Y Alejo tenía miedo al fracaso o padecía «el síndrome de la comodidad más absoluta». ¿Pero quién era él para jugar con los sentimientos de Silvia?

Detestaba reconocerlo, pero se había convertido en el perro del hortelano.

Tenía que hablar con ella y decírselo de una vez. Además, era absurdo seguir ocultándoselo, entre otras razones porque ella lo sospechaba. Se lo había preguntado cientos de veces, pero Alejo le había ocultado la verdad.

Lo acosaba a todas horas para saber qué estaba ocurriendo y parecía

bastante harta de esa situación ambigua.

No habría deseado tener que afrontar aquella conversación justo en ese instante, y menos después de haberse visto sometido al sermón de el Goebbels por llegar tarde y poco presentable a su cubículo de trabajo, pero se vio forzado a hacerlo. Cuando Alejo salió del trabajo, Silvia, su todavía novia, le esperaba en la puerta con cara de pocos amigos.

--¿Qué haces aquí?

--Es evidente que esperarte --contestó en tono cortante y con mirada fría --.

Vamos a tomar algo. Quiero hablar contigo.

--Mira, ahora no me viene bien. He tenido un día horrible --dijo excusándose al tiempo que encaminaba sus pasos hacia la boca del metro --

y no me apetece volver a discutir por la misma gilipollez de todos los días.

--¡Me da igual si no te viene bien! Quiero respuestas y las quiero ahora --le espetó la joven alterada --. Me he cansado de esperar.

Alejo la miró a los ojos por primera vez en mucho tiempo. Últimamente no tenía valor para hacerlo, así que se limitaba a simular que la miraba, cuando en realidad era su entrecejo o su nariz lo que observaba.

Al hacerlo se dio cuenta de que estaba demacrada y de que había adelgazado al menos cinco kilos. Apreció también que le temblaban las manos y que lucía unas prominentes ojeras. Y, cosa bastante rara, tampoco se había maquillado. Su apariencia distaba mucho de la imagen de pulcritud que por lo común regalaba a los demás.

Y por primera vez el escritor tomó conciencia de que a su novia le ocurría algo grave.

--¿Qué te ocurre? ¿Estás enferma? --le preguntó con sincera preocupación.

--¿De verdad te importa lo que me pasa?

--¡Claro! Por supuesto que me importa. Lo sabes bien, Silvia.

--¿Y por qué tengo la constante sensación de que todo lo que tiene que ver conmigo te resbala? Has cambiado, Alejo. ¿No te das cuenta? No eres el mismo. Sé que hay otra persona.

El escritor sabía que su novia tenía razón. ¡Claro que no era el mismo! No lo era por culpa de Ana.

--¡Tonterías! --mintió sin mucha convicción --. No soy yo, eres tú quien ha cambiado. ¡Mírate! Te has vuelto una paranoica que ve fantasmas donde no los hay. Siempre con tus insinuaciones. Empiezo a pensar que se te ha pegado algo de tu hermano y de sus vampiros imaginarios.

No quería que así fuera, pero sus palabras sonaron a burla.

Aquél había sido un golpe muy bajo. En seguida se arrepintió de haber hecho ese comentario.

--Lo siento --se disculpó --. No era mi intención decir eso.

--Pero lo has dicho. ¿Es eso lo que en el fondo piensas? --inquirió Silvia mientras extraía las llaves de su coche, que estaba aparcado en la acera de enfrente --. ¿Sabes una cosa? Puede que, como tú dices, mi hermano sea un paranoico, pero al menos es mucho más hombre que tú. Al menos él --

afirmó con los ojos brillantes a causa de las lágrimas que ya empezaban a resbalar por su rostro -- es sincero y dice las cosas a la cara. No engaña a nadie.

Después, sin darle tiempo a replicar, cruzó la calle, se introdujo en su vehículo y arrancó a toda velocidad.

Alejo contempló la escena como si no tuviera que ver con su persona, como si no fuera él a quien acababan de dejar plantado. Bien mirado --pensó --

quizá era mejor así. No quería seguir haciéndole daño con su indiferencia.

Ese encuentro había sonado a despedida. De todo cuanto había dicho Silvia tenía razón en una cosa: era un cobarde incapaz de decir adiós.

Cuando se vio frente a la puerta de la casa de su padre estuvo a punto de dar media vuelta y marcharse. Aquél no parecía el día más apropiado para realizar visitas sociales. Después de su encontronazo con Silvia lo más prudente habría sido retirarse a su casa a emborracharse, pero no sabía si Darío estaría allí y si éste habría sido informado por su hermana de lo que había ocurrido. Quería evitar una confrontación directa y como alternativa no se le había planteado otra cosa mejor que hacer una visita al gruñón de su padre, al que no veía desde las últimas Navidades.

Una buena parte de sus complejos y de sus carencias afectivas procedían de la opresiva relación que mantenía con su progenitor. Por algún motivo, éste nunca lo había aceptado. Y cuando le comunicó su idea de convertirse en escritor, se había mofado de él llamándolo inútil y vago. Su padre no concebía que alguien pudiera ganarse la vida disfrutando al mismo tiempo con su trabajo.

--¿Y para qué sirve ser escritor? Con eso te morirás de hambre.

El caso es que se negó a pagarle los estudios y Alejo no tuvo más remedio que ponerse a trabajar y a estudiar al mismo tiempo. Su madre, su única defensora, había muerto víctima de un cáncer, así que el joven tuvo que arreglárselas solo. Fueron unos años duros, en los que aceptó trabajos desagradables y mal pagados.

Quería demostrarle a su padre que era capaz de tomar las riendas de su vida sin necesidad de acudir a su dinero. Soñaba con escribir una gran novela de la que todos hablaran para que supiera cuan equivocado estaba. Pero Alejo no era consciente de que no se escribe por despecho. Escribir es algo totalmente diferente. Nunca debe hacerse para complacer a los demás o para vengarse de ellos. Escribir es un acto mucho más íntimo, que nace en

el alma y que pugna por salir desde las mismas entrañas. Es una necesidad y nunca debería convertirse en una obligación.

--Aquí no quiero vagos --le dijo un día --. O estudias o trabajas, pero nada de medias tintas. Y si trabajas tienes que apechugar, igual que lo hice yo con mi padre.

Así que Alejo se marchó.

Al final tuvo que abandonar los estudios. Puesto que no ganaba lo suficiente para mantenerse, necesitaba emplear el tiempo que invertía estudiando en trabajar. A partir de entonces, la relación entre ambos se enfrió. Y Alejo dejó de visitarle porque cada vez que lo hacía tenía que escuchar los mismos reproches y las mismas palabras hirientes que sólo contribuían a recordarle que no había logrado alcanzar su sueño.

Alejo se quedó sorprendido.

Hacía tiempo que no veía a su padre y lo encontró bastante desmejorado.

Sin embargo, pronto comprobó que su lengua continuaba igual de mordaz que siempre, lo cual le tranquilizó.

Después de que su padre le sirviera una cerveza se sentaron en el salón.

Aquel piso era acogedor. Tenía mucha luz y estaba situado en una zona tranquila de la ciudad. Pitu, el canario, llevaba una tarde movidita. No paraba de cantar sin importarle lo más mínimo que otros pudieran sentirse molestos por ello.

--Me ha dicho tu tío que últimamente vas con un grupo de travestidos que se pintan los ojos y la cara --dijo tras dar un sorbo a su cerveza.

--Góticos, padre, se llaman góticos.

--Me da igual cómo se llamen. Travestidos o góticos, lo mismo son. Debes dejarte de estupideces y sentar la cabeza de una vez. No siempre voy a estar

aquí para sacarte las castañas del fuego.

Alejo se contuvo.

Tenía gracia que dijera eso precisamente él. ¿Dónde se había metido cuando no tenía ni para pagar el recibo de la luz? Si no hubiera sido por su tío Marcial, más de una vez se habría visto incapaz de hacer frente a los pagos de la casa. Por fortuna esa época había quedado atrás y ahora no necesitaba de la ayuda de nadie para poder mantenerse.

--¿Por qué no te casas con esa niña rica con la que sales? --prosiguió --

¿Cómo se llamaba? ¿Sara? ¿Sonia?

--Silvia, padre. Silvia Salvatierra. Y no es rica.

--Comparada contigo, como si fuera la baronesa Thyssen. Además, es una buena chica, me gusta para ti. Lo que no sé es qué ha podido ver en alguien como tú.

--Padre, no he venido a discutir. Me dijo el tío que se había hecho unas pruebas médicas y quería saber cómo está.

--¡Tonterías! Tu tío siempre exagera. Pero ya que has venido te diré que estoy como un roble. Estoy mejor que tú y que él juntos.

--Me alegra saberlo.

--No. De momento no iré a hacer compañía a tu madre. --Dijo levantándose y tomando una foto de ella que había sobre el aparador de la sala. Después, añadió: -- La pobre, que en gloria esté, sufrió mucho.

Apenas había pronunciado estas palabras cuando comenzó a toser violentamente. Se puso como un tomate y su rostro se congestionó. No paró de hacerlo hasta que Alejo, asustado, le trajo un vaso de agua de la cocina.

Después, el viejo extrajo un pañuelo del bolsillo de su chaqueta raída y escupió con rabia sobre él.

--¡Maldito tabaco! ¿Tú fumas?

--Ya sabe que no, padre.

--¡Bien hecho! Eso --dijo señalando un paquete de tabaco que estaba sobre la mesa-camilla -- es una trampa, un veneno mortal. ¡Ni se te ocurra probarlo!

Después se sentó en su butaca y comenzó a hablar sobre cosas intrascendentes. Al poco tiempo se quedó dormido, con la cabeza ladeada cayéndole sobre el hombro derecho. Alejo no quiso despertarlo. Los músculos del rostro se habían relajado tanto que hasta parecía feliz. Así que el aspirante a escritor le dejó una nota de despedida y se marchó.

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Ana se reclinó en el sofá y espiró profundamente.

Estaba preocupada. Y mucho.

Sopesaba las posibilidades que existían de haberse quedado embarazada de Alejo.

Desde luego, no era algo probable, pero tampoco imposible. Y, en caso de estarlo, no se trataría de su primer embarazo.

Sí. Ya había pasado por ello con anterioridad y la experiencia de la maternidad era, con diferencia, el más doloroso de todos sus recuerdos.

El embarazo vampírico era un fenómeno atípico y desconocido incluso para los propios vampiros. Ni siquiera Ana, que ya había protagonizado uno, sabía en qué consistía el proceso por el cual una mujer-vampiro era capaz de acceder a una capacidad, la de concebir, reservada en principio sólo a las

mujeres vivas. Pero lo cierto es que los embarazos vampíricos se producían de vez en cuando a lo largo de la vida de algunas no-muertas, si bien la mayoría no conseguían llegar a completarse.

El primer embarazo --recordaba Ana mientras se acariciaba el vientre intentando dilucidar si había vida allí dentro -- fue algo nuevo para ella, un proceso misterioso sobre el cual, al igual que sucedía con todo lo concerniente a los no-muertos, apenas existían referencias escritas fiables, sólo leyendas y fábulas sacadas del imaginario popular. Ni siquiera la literatura de terror consagrada a los vampiros, salvando algunas excepciones, se había ocupado del incómodo asunto. Cinematográficamente hablando, existían algunas películas como La hija de Drácula (1936), de Lambert Hillyer, una secuela del filme de la Universal Drácula (1933) en la que se daba continuación a la figura del enigmático conde transilvano a través de las andanzas de su hija, la condesa Mary Zaleska. Sin embargo, en la película no había forma humana de saber de dónde le había salido al vampiro aquella enigmática hija, ya entradita en años.

Los primeros síntomas, a decir de la experiencia de Analisa, fueron unos fortísimos dolores abdominales que la paralizaron por completo, así como una necesidad perentoria de obtener mayores dosis de sangre. La no-muerta se vio obligada a cazar con mayor profusión para calmar las molestias que la aquejaban noche y día.

Durante ese primer embarazo la joven pensó que todos esos síntomas eran nuevas exigencias de la bestia, que por algún motivo había despertado de su letargo tornándose aún más despótica con su frágil y castigado cuerpo. Sin embargo, sólo el tiempo la hizo comprender que llevaba «algo» dentro, una criatura que tenía vida propia e incluso capacidad para pensar. Esto lo sabía porque la no-muerta podía acceder a sus pensamientos. Lo que ignoraba por aquel entonces es que aquel bebé también poseía la facultad de llegar a los suyos.

Ese primer embarazo la aterró.

Lo recordaba a la perfección. Se había producido mucho después de la

muerte de su amigo Jeromín, al que, pese al paso del tiempo, no había podido olvidar.

¿Cómo iba a traer al mundo una criatura de la cual no sabía nada?, se preguntaba Analisa por aquel tiempo. Lo desconocía todo, excepto que el padre era un humano con el que había mantenido relaciones sexuales.

Sí, Analisa había copulado con un hombre vivo. Aquel verbo sonaba frío.

Pero se trataba sólo de eso: de un acto de copulación. Hasta los vampiros tienen necesidades sexuales. La sangre y el sexo siempre han estado íntimamente relacionados y la ingestión de sangre a veces les proporcionaba sensaciones parecidas a prolongados orgasmos. No siempre, claro, pero en ocasiones sí. Y los no-muertos, como es de suponer, querían conservar algunas sensaciones humanas placenteras, como la de enamorarse o los placeres del sexo.

Lo primero, debido a sus condiciones de vida, era muy difícil de alcanzar. Y

Analisa lo sabía. Ella, por ejemplo, se negaba a compartir su vida con sus conquistas amorosas. Temía terminar haciéndoles daño, así que se limitaba a obtener placer sexual de sus amantes para luego abandonarlos sin pudor.

De hecho, muchas veces las circunstancias la obligaban a acabar con ellos.

El placer que obtenía casi nunca era satisfactorio del todo y hallar la persona propicia para sus devaneos sexuales no siempre era sencillo.

Ana se revolvió en el cómodo sofá de su residencia madrileña. Sus viejos recuerdos habían aflorado sin ella proponérselo. Resonaban aún en su mente las inquietudes que se habían adueñado de ella por aquel entonces.

Se había preguntado --al igual que lo hacía ahora -- si aquel niño sería normal o si, por el contrario, tendría capacidades vampíricas adscritas a su diminuta naturaleza. Por mucho que algunos de sus súbditos y acompañantes se lo hubieran rogado, Analisa siempre se había negado a convertir a nadie en lo que ella era. Creía que ése era un castigo demasiado severo, por no decir una maldición que nadie, por muy mal que hubiera actuado en la vida, merecía sufrir.

Quienes aspiraban a convertirse en vampiros, como era el caso de Violeta,

su actual «invitada», eran simple y llanamente unos ignorantes que desconocían lo que de verdad significaba pertenecer a la legión de los no-muertos. De otro modo, habrían rogado al Creador --si es que éste existía --

no verse en aquel trance jamás. Y Analisa, por paradójico que pudiera resultar, era una gran creyente. Estaba convencida de la existencia de una Jerarquía Vampírica dependiente de un Ser Universal creador de todos los seres no-muertos que pueblan la Tierra. Dicha jerarquía --creía la no-muerta -- tenía que estar dividida en niveles en los que la antigüedad del vampiro era un grado.

Durante su largo periplo por este mundo jamás había tenido ocasión de toparse cara a cara con otros vampiros, exceptuando a la inefable Emersinda, a la cual, por motivos obvios, no podía considerar su Madre Universal, sino una víctima más de la Castigadora Eterna. Pero Emersinda -

-pensaba Analisa -- tuvo que haber sido convertida por alguien o por algo. Y, por lógica, esa Madre Universal tenía que haber propiciado la capacidad de la maternidad quizá en algunas no-muertas, pero no en todas.

A falta de otra hipótesis más convincente, la joven necesitaba explicar de algún modo su primer embarazo. Y no se le ocurrió nada mejor que aceptarlo como un designio de carácter divino. La explicación no podía ser más simple: si todas las mujeres no-muertas hubieran tenido la facultad de procrear, la raza humana estaría extinguida por completo.

Así de sencillo y así de complejo, ya que en caso de ser cierta su teoría surgía una pregunta aún más abrumadora: ¿por qué había sido «tocada» ella con ese don y no, por ejemplo, su tía? Claro, que sobre el auténtico pasado de Emersinda lo desconocía todo. Sólo sabía lo que ella había querido revelarle, lo cual, viniendo de un personaje como aquél, podía ser una gran mascarada. Emersinda bien pudo haber tenido hijos y después comérselos.

En cualquier caso, Analisa decidió aceptar su insólita situación como quien acepta un regalo divino, o tal vez un castigo. Aunque esto no siempre fue así. Al principio, antes de llegar a esta conclusión, intentó interrumpir su primer embarazo en varias ocasiones.

Quiso hacerlo, sí, por el bien del niño.

Sonaba monstruoso, pero no se le ocurría otra solución para afrontar una circunstancia como aquélla.

Traer al mundo una criatura entrañaba una gran responsabilidad y ella ni siquiera sabía cómo sería aquel bebé. ¿Y si nacía con la condena eterna agregada a su naturaleza? No podía permitir que su bebé sufriera ese calvario. Antes --pensó en aquel entonces -- era partidaria de sacrificarlo.

Ella no había tenido oportunidad de elegir, pero si alguien le hubiera explicado lo que iba a pasarle después de su traumática conversión, habría preferido morir antes que verse transformada en una asesina.

Pero también cabía la posibilidad de que el niño fuera normal. En ese caso, su preocupación era aún más fundada, ya que temía que la bestia le exigiera algún día que se lo diera para satisfacer sus depravados apetitos. Y aquélla sería una carga demasiado difícil de soportar durante toda una eternidad.

Por suerte o por desgracia, la decisión no dependía de ella.

Cada vez que había intentado interrumpir el embarazo, el feto --de algún modo que Analisa no podía comprender -- se había dado cuenta y había obrado en consecuencia para evitar ser destruido. Le enviaba terribles dolores de cabeza que paralizaban por completo cualquier actuación que pudiera dañarlo. Existía una comunicación de carácter telepático entre la madre y el feto. Ésa era la única explicación plausible. Desde luego, Analisa sabía lo que el bebé sentía en cada momento, así que no tenía nada de extraño que éste también pudiera sentir que lo amenazaba un peligro como el que suponía que alguien quisiera acabar con su incipiente vida.

Todo aquello resultaba muy inquietante, ya que si el bebé disponía de capacidades tales como la telepatía era porque estaba destinado a nacer vampiro y porque había desarrollado un fuerte sentido de supervivencia antes siquiera de haber visto la luz.

En ese instante Violeta apareció en la sala de estar interrumpiendo sus

pensamientos. Había pasado buena parte de la tarde en su habitación dibujando.

--Acércate --le ordenó la no-muerta con voz lánguida.

Violeta obedeció. Entre sus manos llevaba su cuaderno de dibujo.

--¿Has dibujado mucho, Darky querida?

--Sólo el retrato de una mujer mayor.

Ana tomó el cuaderno y pasó las páginas con fingido interés. Violeta no dibujaba mal, pero a la no-muerta la aburrían sus creaciones monotemáticas. Aquella chiquilla --pensaba la vampira -- estaba obsesionada con la muerte hasta extremos enfermizos. Ataúdes, lápidas, nichos y esqueletos eran sus motivos favoritos. Sin embargo, tal y como ya había anunciado, en la última página había dibujado el retrato de una anciana.

La no-muerta observó aquel dibujo unos instantes. Después, se encolerizó repentinamente, arrancó la hoja con furia, agarró a Violeta por el pelo y le puso el dibujo frente a ella a tan sólo un centímetro de su rostro.

--¿Quién es? ¡Di! ¿Dónde la has conocido?

Violeta se asustó. Nunca la había visto en ese estado. Ni siquiera cuando la castigaba por su desobediencia se había mostrado tan agresiva.

--¡Contesta! ¡No te quedes callada como una puta! ¡Quiero saber dónde la has conocido ahora mismo!

Ana estaba fuera de sí.

--No sé de qué me hablas. No es nadie --respondió Violeta aterrada --. ¿Se puede saber qué te pasa? No entiendo nada. ¿Qué he hecho mal?

--¡Lo sabes perfectamente! No intentes tomarme por estúpida o lo pasarás mal. Aún no has probado un ápice de mi poder. ¡Contesta a mi pregunta! --

dijo restregándole el dibujo por la cara --. ¡Habla de una vez! ¿Dónde la has conocido?

Los ojos de Ana habían cambiado de color. Ahora eran carbones incandescentes a punto de salirse de sus órbitas. Violeta intentó desasirse, pero la vampira se lo impidió clavándole las uñas en el cuero cabelludo.

Violeta no entendía qué estaba pasando por la cabeza de la no-muerta.

Aquella mujer era una sádica y estaba rematadamente trastornada.

--¡Te juro por mi madre que no la conozco de nada! --dijo al fin --. Sólo es una mujer que aparece en mis sueños de vez en cuando. ¡No es real! ¡No existe!

Ana se estremeció y soltó a la joven como quien arroja un saco de patatas al suelo.

--¿Qué es lo que has dicho? ¿Esta mujer se aparece en tus sueños? ¿Es eso lo que has dicho?

--Sí --repuso Violeta sollozando --. No sé por qué me tratas así. Intento portarme bien y complacerte en todo y tú, tú… --dijo balbuceando --… sólo me demuestras desprecio.

Violeta se dio cuenta de que la no-muerta ni siquiera la escuchaba. Ésta se había levantado, había cogido el dibujo y lo había roto en mil pedazos.

Después, abandonó la casa dando un sonoro portazo.

La mujer que se aparecía en sueños a Violeta y cuyo rostro había quedado plasmado en su dibujo era Emersinda.

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--¿Mama?

--Dime, cariño.

--¿Puedo?

--Ya te he dicho que no.

--¿Y por qué no?

--Porque hay gente mala afuera.

--Pero están los niños. Puedo oírlos desde aquí.

--Es eso precisamente lo que me preocupa. Debes alejarte de ellos. ¿Lo entiendes, Mariana?

--Sólo quiero jugar.

--Los niños son chismosos, curiosos y entrometidos. Y sin proponérselo pueden resultar dañinos.

--Yo también soy una niña y no soy así.

--Tú eres diferente. Anda, sigue con las matemáticas.

--Vaaaale, ya me callo.

--No hace falta que lo hagas. Basta con que no me preguntes lo mismo cada día. No te haces una idea de lo agotador que resulta.

Mariana era una niña con mucha energía.

Demasiada quizá.

Y aún era pequeña para entender que su vida corría peligro entre los vivos.

¿Cómo explicarle a una niña de tan sólo siete años la crueldad de su destino? ¿Cómo hacerle entender que ella no era igual que los otros niños?

¿Cómo revelarle que en realidad estaba muerta?

Nada había sido normal en Mariana. Ni siquiera el parto. Aquella criatura vino al mundo de manera prematura y nada más nacer, acaso para recuperarse físicamente, ya empezó a reclamar grandes dosis de sangre.

Analisa se sentía demasiado débil para «cazar» para ella, así que no tuvo más remedio que darle a beber de la suya. Eso estuvo a punto de acabar con ella. Entre la debilidad que suponía un alumbramiento como aquél, que le hizo perder momentáneamente algunas de sus cualidades vampíricas, y la sangre que tuvo que proporcionarle, la no-muerta se sentía desfallecer. Y

todo ello hubo de hacerlo sola. ¿A quién iba a pedirle ayuda ante semejante ordalia?

Ya desde niña los ojos de Mariana eran los de un auténtico vampiro: almendrados, profundos y… rojos. Mucho más penetrantes que los de la propia Analisa. Con el tiempo, por suerte, el color se suavizó tornándose gris oscuro y sólo volvían a su color natural cuando la niña tenía hambre o estaba muy enfadada.

A pesar de toda la incertidumbre que la había asaltado durante el embarazo, Analisa no dudó un segundo de que aquel bebé pertenecía a su estirpe.

Incluso así, encontraba a su hija hermosa e inocente. La pobre, a fin de cuentas, no había pedido nacer en esas condiciones, así que Analisa tuvo que quererla por fuerza y no vaciló en volcar todo su amor en ella.

Aquél era un sentimiento nuevo para la no-muerta. No se parecía mucho al cariño que había experimentado por Jeromín. A él siempre lo llevaría en su corazón, igual que a un hermano, pero habían pasado muchos años desde su muerte. Y ya era hora de dejarlo descansar en paz. Mariana era sangre de su sangre. Había nacido condenada a la eternidad, a la oscuridad y al silencio.

Analisa al menos había podido gozar de algunos años de cierta normalidad humana. Mariana nunca conocería lo que era aquello. Y por eso mismo

estaba destinada a quererla aún más, a cuidarla hasta la extenuación si hacía falta y a prepararla para poder hacer frente al mundo de los vivos.

La niña era inteligente y avispada en extremo. A pesar de que sólo tenía siete años, Analisa se había dado cuenta de que sus reacciones no siempre eran las de una niña de su edad. Era ingenua, claro, pero en absoluto tonta.

Y toda aquella sobreprotección que la no-muerta le ofrecía, convencida de que era lo mejor para ella, no acababa de gustar a la niña, que, como cualquier infante, estaba ávida de las nuevas y excitantes experiencias de un mundo por descubrir, de un mundo que le había sido vedado desde el mismo instante en que nació.

Mariana no acababa de entender por qué había que dormir de día y permanecer encerrada todo el tiempo en la casona de Galicia. Con lo bonito que era el mar. O así se lo parecía, ya que no había tenido ocasión de verlo muchas veces, y las que lo había hecho siempre era de noche. Pudo sentir, eso sí, la brisa marina acariciar su rostro y las gotas de agua salada salpicar su pelo.

Analisa aún no había previsto qué le contaría a Mariana acerca de su naturaleza vampírica cuando la niña empezó a bombardearla con preguntas incómodas. Eso había ocurrido dos años atrás, cuando sólo tenía cinco años.

--¿Estoy enferma?

--No.

--¿Y entonces por qué no puedo salir de día?

--Puede ser peligroso.

--¿Porqué?

--Porque lo dice mamá.

--¿Pero por qué? ¿Qué hay tan malo en el exterior?

--Algún día lo entenderás.

--¡Quiero saberlo ahora!

--Ahora no puede ser.

--¿Y por qué no?

--Porque lo digo yo. ¡Y basta ya de preguntas!

Analisa no quería que Mariana saliera con ella a cazar por la noche.

Consideraba que aún era demasiado pequeña para asistir a un espectáculo tan espantoso. Así que no tuvo más remedio que hacer grandes esfuerzos para asegurarse de que la niña se alimentaba de la manera correcta.

Al principio, tras dar muerte a la víctima de turno, se dedicaba a llenar botes de cristal con su sangre, pero había algo en aquel método que fallaba: la sangre no aguantaba fresca mucho tiempo y para cuando la no-muerta regresaba a casa con los recipientes, su contenido se había coagulado casi por completo, lo que convertía el preciado líquido rojo en no apto para su consumo.

Otro método consistía en atraer a alguien hacia la casa. Aquello no era demasiado complicado para alguien como Analisa, acostumbrada a utilizar sus capacidades mesméricas. Una vez allí lo atontaba y le abría una herida en el cuello mientras Mariana esperaba impacientemente en la habitación contigua. Después, cubría el cuerpo del desdichado con un mantel dejando sólo visible el cuello. Cuando todo estaba dispuesto para el banquete, traía a la niña para que chupara cuanta sangre precisara.

Y requería mucha. Siempre quería más de la que había.

La niña no era tonta y hacía muchas preguntas.

--Mamá, ¿qué hay debajo del mantel?

--Nada que te interese.

--Pues se ha movido.

--Anda, no digas tonterías y bebe de una vez.

--¿Puedo mirar debajo?

--No.

--¿Por qué?

--Porque no. Y se acabó.

--Bueno, pero sigo pensando que se ha movido.

Además de alertar a la niña, este procedimiento implicaba una serie de riesgos. En caso de que se iniciara una investigación siempre podría aparecer un testigo que afirmara haber visto entrar al desaparecido en casa de la no-muerta. Y a Analisa nunca le había gustado llevar las presas a su guarida. Muy al contrario, prefería deshacerse de los cuerpos de otra forma.

Uno de sus métodos preferidos, por considerarlo limpio y seguro, consistía en atraer a las víctimas hacia un acantilado. Allí, tras dar buena cuenta de ellas, las arrojaba sin pudor a la mar embravecida.

En vista de las circunstancias, Analisa optó por alimentarse por partida doble. Después transmitía parte de esa sangre a Mariana. Total, a quién podía importarle que lo hiciera si la maldición de la sangre eterna ya corría por sus venas. ¿Qué más daba el sistema empleado siempre y cuando éste fuera viable y cómodo? Haría cuanto fuera preciso para alimentar a su retoño.

Analisa, sin embargo, ignoraba una vez más que el sistema sí podía tener importancia… y mucha. Al transferirle su sangre, de alguna manera, sin

saberlo, estaba transmitiendo a la pequeña buena parte de sus vivencias y de sus conocimientos, una información que tal vez no era conveniente que conociera una niña de tan corta edad.

Sin embargo, la no-muerta sólo empezó a ser consciente de que aquello había sido un gran error cuando, estando dormida en medio del sueño eterno, se sintió caer en una espiral que la absorbía hacia un abismo de oscuridad, bruma y frío. Era como descender a las garras de la misma muerte.

Intentó salir de aquella situación, pero había algo que se lo impedía, que pugnaba a brazo partido por demostrar su fuerza. Al fin logró zafarse y al abrir sus ojos la vio, abalanzada sobre ella, chupándole la sangre de las venas de su brazo. Lo que más inquietud le produjo es que Mariana, al saberse descubierta, ni siquiera se inmutó.

Analisa apartó a la niña de su brazo y, todavía sin dar crédito a lo que veían sus ojos, se incorporó en la cama.

--¿Se puede saber qué haces?

--Tenía hambre y tú estabas durmiendo, así que me he servido yo misma.

--¿Cómo que tienes hambre? Pero si acabas de comer. Deberías estar durmiendo.

--Pues tenía hambre. ¿Es eso también malo?

--Cariño, debes acostumbrarte a unos horarios, no puedes comer cuando te venga en gana. No siempre tengo reservas para ti y mamá podría enfermar.

--Emersinda me habría dejado --le espetó la niña de sopetón.

--¿Qué? ¿Qué es lo que has dicho?

--Sí, mamá. Seguro que ella me lo habría permitido.

--¿Qué sabes tú acerca de ella?

--No sé quién es, pero sé que la odias.

--¿Cómo? ¿Cómo puedes saberlo?

--Porque tú piensas en ella cuando duermes.

Analisa se levantó de un respingo.

--¡Vamos! --dijo agarrándola de la mano --. Ya es hora de que aprendas a alimentarte por ti misma.

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--¡Hola chavalote! Soy Marcial. Tenemos que hablar. He averiguado cosas sobre tu «amiguita», la tal Alejandra Kramer. Me voy de viaje esta noche, así que te adelanto lo principal: no fue asesinada con un vulgar cuchillo. El criminal empleó una daga muy afilada. Por si no lo sabes, este dato podría convertir el caso en un crimen ritual, así que ándate con ojo y vigila las compañías con las que te mueves. Y otra cosa: aunque de momento no estén oficialmente conectados, me he enterado de que el crimen de la Kramer no es el único sin resolver que puede tener tintes esotéricos. No se le está dando mucha publicidad, pero la policía sospecha que hay un asesino en serie suelto. Y, «casualmente», algunas de sus víctimas también frecuentaban el ambiente gótico.

El mensaje registrado en el contestador de su anfitrión logró sorprender a Darío. Y, aunque ahora se sentía culpable por haber vulnerado la intimidad de Alejo, tenía unas ganas feroces de decirle cuatro cosas bien dichas. Sin embargo, debía abstenerse. Se supone que la gente no se dedica a escuchar los mensajes privados de los demás y si se enteraba de lo ocurrido podría

echarle de su casa.

En circunstancias normales no se habría dedicado a espiarle. Su vida privada le importaba bien poco, pero se sentía muy angustiado por su hermana. Aún no había logrado averiguar qué le pasaba, pero pensaba que tenía que ver con su relación con Alejo. ¿Con qué otra cosa si no?

«¿Quién coño será Marcial? --se preguntaba el gótico de camino al cementerio -- ¿Y quién le habrá dado permiso para meter las narices donde nadie le llama?»

¡Estaba furioso!

¡Alejo les había echado a la policía encima!

Alejandra Kramer era su particular secreto y su amada silenciosa. Y debía seguir siéndolo, a menos que aquella noche consiguiera sonsacarle a Darky alguna información. Tal vez ella supiera algo al respecto. El joven continuaba preguntándose qué llevaba oculto en el bolsillo de su abrigo la noche que se conocieron. ¿Una daga quizá?

Aún no sabía cómo, pero, a pesar de sus reservas, había conseguido convencerla para que asistiera con él y sus amigos a una sesión de ouija en el cementerio en el que Alejandra estaba enterrada.

La idea no podía ser más morbosa.

Habían de darse prisa. Corría el rumor de que pronto sería trasladada a Estados Unidos y entonces se quedaría sin ella para siempre. Al parecer, su padre, el mismo que había contratado al detective privado que le había atosigado a preguntas en The Gargoyle, estaba empeñado en llevársela a su país. La madre de Alejandra, que era española, se oponía, lógicamente, a la exhumación del cuerpo de su hija y a su posterior traslado, pero el dinero era capaz de obrar milagros y su ex marido había removido Roma con Santiago hasta lograr los permisos necesarios para hacerlo.

Por supuesto, a Darky no le había dicho nada del macabro marco en el que se desarrollaría la sesión. Sólo le había comentado que iban a practicar una ouija en un camposanto. De saber que se haría sobre la tumba de la Kramer quizá no habría accedido a acompañarlos, y su presencia era imprescindible. Darío quería sopesar la reacción de Darky cuando se encontrara frente a la lápida de la joven asesinada. ¿Cómo actuaría? ¿Qué diría? Lo más probable era que la joven no tuviera nada que ver con ese asunto. Al menos, Darío rogaba que fuera así. Le costaba reconocerlo, pero había empezado a sentir algo más que simpatía por la gótica. De ahí su imperiosa necesidad de saber si estaba implicada de algún modo en su muerte. No podía seguir encariñándose con ella sin saber si era una asesina.

Era noche cerrada cuando al fin llegó frente al lugar acordado. Allí le esperaban dos chicos y dos chicas, todos vestidos igual que cuervos. Sus ropas estaban confeccionadas a base de látex, cuero, vinilo y lycra. Si alguien hubiera pasado aquella noche frente al Cementerio del Santo Ángel de la Guarda de Pozuelo de Alarcón, sin duda habría salido corriendo despavorido.

Darky aún no había aparecido.

El grupito parecía haber bebido más de la cuenta. Los chicos mataban la espera haciendo bromas tétricas, aunque quizá sólo intentaban ocultar su nerviosismo.

Darío les pidió que guardaran silencio.

--¡Schhhh! ¡No metáis ruido! ¡Fijo que hay un segurata!

--¿A qué leches estamos esperando?

--Falta Darky.

--¿Quién es?

--No la conocéis. Es una amiga mía.

Mientras caminaba, Violeta sopesaba lo que podría ocurrir en el caso de que Ana llegara a enterarse de su escapada nocturna.

«¡Me matará! Estoy segura de que lo hará.»

Aún no sabía muy bien qué le había impulsado a desobedecerla. Tal vez el aliciente de ver a Darío una vez más o sus ganas de experimentar por fin una sesión de ouija, un «juego» que siempre la había atraído pero que nunca había podido practicar debido a que carecía de amigos con los que compartirlo.

Al fondo se recortaba ya la siniestra silueta del cementerio, un lugar tenebroso para mucha gente; no así para Violeta, que recordaba sus visitas nocturnas a los camposantos próximos a su hogar en Rótova. El peculiar olor a tierra le devolvió viejos recuerdos que creía extinguidos. Desde pequeña había frecuentado este tipo de recintos con la esperanza de despejar la duda de si existía o no vida más allá de la muerte. Por aquel entonces se había dedicado a formular preguntas al viento por si alguno de sus moradores tenía a bien responderle. Como jamás obtuvo contestación, concluyó que no existía el Más Allá. Sin embargo, con el tiempo cambió de opinión y la propia existencia de Ana terminó de convencerla del todo.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por unas risitas nerviosas.

Violeta miró hacia el lugar de donde procedían y a duras penas fue capaz de distinguir el funesto grupito agazapado cerca de la tapia que separaba el territorio de los vivos del de los muertos.

--Siento llegar tarde.

--No importa. No llevábamos mucho aquí. Chicos, os presento a Darky.

Ninguno de los presentes se acercó a saludarla. Se limitaron a hacerle un gesto con la cabeza.

--¡Bien! Pues entremos, ¿no?

--¡Alto! --Una de las chicas parecía arrepentida --. ¿Estáis seguros de que queréis entrar ahí? --hizo un gesto señalando hacia la espesa oscuridad que lamía los esbeltos cipreses.

--¡Mystica, no me jodas! --Shadowboy la agarró de la mano en un intento por retenerla --. ¡Lo sabía! ¿No irás a rajarte ahora?

--No sé…

Su voz sonaba apagada y temblorosa. Después tragó saliva y añadió:

--¡Tengo un mal presentimiento! ¿Y si nos pillan o si pasa «algo» ahí dentro?

--¡Nadie va a pillarnos si dejáis de hacer gilipolleces! --intervino Darío --.

Mystica, si no quieres entrar, no lo hagas. Ahora bien, te vas sólita a casa.

El resto hemos venido a esto.

La joven sopesó su situación. La eventualidad de tener que regresar sola a su domicilio a esas horas de la noche debió de parecerle incluso peor que internarse en el fosco cementerio, así que dio un paso al frente y dijo:

--Bueno, pero a mí no me dejéis ni la primera ni la última.

Ayudado por linternas, el grupito fue saltando la tapia sin dificultad. De hecho, no era la primera vez que algunos de los presentes se colaban en un recinto sagrado por la noche. Darío dirigía la insólita expedición y parecía saber muy bien hacia dónde tenían que ir. No en vano había reconocido el lugar el día anterior, por lo que tenía la tumba de Alejandra Kramer localizada.

La lápida era sencilla. No presentaba ornamentos de clase alguna. Darío

pensaba que se merecía algo más, una losa acorde a su filosofía. Pero, claro, ella no había podido opinar de qué manera deseaba ser enterrada.

--¡Pues vaya cagada de tumba! ¡Con lo forrado que está su viejo! --comentó uno de los presentes.

Violeta se aproximó a la lápida y leyó en voz alta:

--ALEJANDRA KRAMER SILVA. LOS QUE LA CONOCIERON LA AMARON. ¿La conocíais? --preguntó intrigada. Aquella situación le resultaba de lo más morbosa.

--Todo el mundo sabía quién era --contestó la chica que había permanecido callada hasta ese momento y cuyo apodo era Deadly.

--¿Y de qué murió?

--Fue asesinada --Darío esperaba la reacción de Violeta, que no se hizo esperar.

--¿Asesinada? ¿Y no os parece de mal gusto hacer una ouija aquí?

El grupo la miró atónito, como si hubiera proferido una gran blasfemia. A ninguno de los presentes se le había pasado nada semejante por la cabeza.

La situación evidenciaba que aquello les parecía bastante normal.

Ante sus inquisitoriales miradas, Violeta no tuvo más remedio que ofrecer una explicación:

--Bueno, a mí me da igual. Yo no la conocía, pero me parece un poco fuerte hacer una ouija sobre la tumba de una amiga que ha muerto, y más de esa manera tan horrible. Si fuera alguien desconocido, sería diferente. ¿No me estaréis engañando? --Violeta empezaba a pensar que tal vez era víctima de una broma pesada. A fin de cuentas, excepto a Darío, no conocía de nada al resto de los presentes y, por tanto, ignoraba cómo era su sentido del humor.

--¿Una broma? Desde luego que no lo es. No era amiga nuestra --aclaró alguien --. Su maquillaje blanco resultaba excesivo. A la luz de la linterna y en contraste con la oscuridad parecía un auténtico cadáver. Se hacía llamar Skeletor. Sabíamos quién era porque frecuentaba el ambiente, pero no pertenecía a nuestro grupo.

Entre tanto, Darío había colocado un tablero de ouija en el centro de la lápida. Todas las linternas apuntaban hacia él. Los participantes se sentaron formando un círculo alrededor de éste y se cogieron de las manos formando una cadena.

--¿Y quién la mató?

--No se sabe. Eso es lo que queremos averiguar esta noche --contestó Deadly en tono tétrico.

--Empieza tú, Mystica. Contigo siempre responden --interrumpió Darío.

--Yo paso, que hable otra persona. Tengo un mal rollo que te cagas.

--Vamos, por favor --suplicó Darío --. A ti suelen hacerte bastante caso.

Mystica había conseguido acaparar la atención. Todas las miradas permanecían fijas en ella. Sabiéndose protagonista, guardó silencio unos instantes. Después comentó:

--Está bien. Pero nada de bromitas pesadas, que ya nos conocemos. Si vamos a hacerlo, hagámoslo en serio.

Mystica cerró los ojos, se concentró e hizo un par de inspiraciones y de exhalaciones profundas. Entonces extrajo una copa de coñac de su mochila en forma de ataúd y, tras colocarla sobre el tablero, preguntó con voz firme:

--¿Hay alguien aquí? Si estás entre nosotros, ve hacia el «sí».

La copa permaneció inmóvil como si nada de aquello fuera con ella.

Tras una pausa silenciosa Shadowboy, que llevaba un buen rato intentando contenerse, se vio incapaz de hacerlo por más tiempo y soltó una leve risita, que contagió a su vez a Deadly.

Todos rieron, excepto Darío y Violeta.

--Joder, ¿queréis callaos de una puta vez? Esto es algo serio. La que yace aquí debajo es Alejandra, una de los nuestros. Por mi parte, no tengo intención de seguir perdiendo el tiempo --afirmó Darío retirando su dedo de la copa bruscamente --. Reíos todo lo que queráis, pero apuesto a que todos queréis saber quién lo hizo, así que no pongáis vuestro dedo ahí a menos que no deseéis conocer la verdad sobre su muerte.

Acto seguido se levantó del suelo y se apartó del grupo. Sin embargo, sus palabras no causaron mella entre sus compañeros, que continuaban dando rienda suelta a su nerviosismo.

Violeta se sentía desconcertada. No entendía lo que estaba ocurriendo. Le siguió y se sentó junto a él en una de las lápidas vecinas a la de la gótica asesinada.

--Se te ve muy afectado. Creía que apenas la conocías.

--Es cierto, pero no consigo quitármela de la cabeza. Su muerte me obsesiona.

De repente, el joven escrutó con fijeza el rostro de Violeta.

--Darky, necesito preguntarte algo.

--¿Por qué me miras así?

--Y, si vas a mentirme, es preferible que no respondas.

--Tú dirás. ¿Qué ocurre? Me estás asustando.

--Una vez dijiste que guardabas un secreto.

--Sí. ¿Y qué? Todos escondemos alguno. Tú mismo dijiste que tenías uno.

--¿Qué tipo de secreto?

--No sé a qué te refieres. Todos los secretos son iguales o dejan de serlo.

--¿Un secreto capaz de matar?

--Sinceramente, no sé adonde quieres llegar.

--Está bien. Iré al grano: necesito saber si el día que nos conocimos llevabas una daga en tu abrigo.

--¿Cómo se te puede ocurrir algo así?

Seguir: parte 2 de 5