Conan el Guerrero
Las joyas de Gwahlur (Robert E. Howard)
Las joyas de Gwahlur
Los amores de Conan con Valeria no duran mucho tiempo. Tal vez el
hecho de que cada uno de ellos quiera mandar contribuye a esa falta de
entendimiento. Lo cierto es que terminan separándose. Valeria regresa al
mar, mientras que Conan prueba suerte en los reinos negros. Cuando oye
hablar de los Dientes de Gwahlur -una fortuna compuesta por joyas
antiguas que se hallan ocultas en algún lugar de Keshán-, el cimmerio
entra al servicio del irascible monarca de ese país, con la misión de
adiestrar a sus ejércitos para una guerra contra el rey vecino de Punt.
1. Los caminos de la intriga
Los peñascos se alzaban directamente desde la selva. Constituían elevadas murallas de piedra que brillaban con resplandor azul y carmesí bajo los rayos del sol y se curvaban a lo lejos, al este y al oeste, por encima del ondulante océano de árboles. Parecían un obstáculo insuperable, pero a pesar de ello había un hombre trepando por las rocas, y ya se encontraba a mitad de camino.
El hombre pertenecía a una raza de montañeses acostumbrados a escalar peñascos inaccesibles. Además, tenía una fuerza y una agilidad poco comunes. Llevaba como único atuendo unas calzas rojas y unas sandalias que se había colgado a la espalda, al igual que su espada y su daga.
El hombre era alto, fornido y esbelto. Su piel estaba bronceada por el sol y llevaba la melena sujeta a las sienes por una tira plateada. Sus poderosos músculos, la vista aguzada y los pies firmes le resultaban de gran utilidad allí, pues aquel peñasco ponía a prueba las cualidades del mejor escalador Cincuenta metros más abajo se hallaba la selva. Le faltaba una distancia similar para llegar a la cima, que se recortaba contra el cielo de la mañana.
Actuaba como empujado por la necesidad o la prisa, a pesar de lo cual se veía obligado a avanzar muy despacio, aferrándose con todas sus fuerzas a los salientes rocosos. Sus dedos encontraban huecos y salientes, pero en muchas ocasiones se sostenía virtualmente con las uñas. No obstante, seguía ascendiendo; arañaba, gateaba y sudaba a cada paso que daba. A veces se detenía para dar un descanso a sus doloridos músculos y para enjugarse el sudor de la frente. Entonces su
mirada recorría la espesura para ver si se divisaba algún rastro de seres humanos.
Ahora la cima no se hallaba muy lejos, y vio por encima de su cabeza una hendidura en la uniforme roca del peñasco. Poco después había alcanzado la hendidura. Se trataba de una pequeña cueva situada justo debajo de la parte superior del talud. Cuando su cabeza sobresalía ya por encima del borde de la cueva, el hombre gruñó y se quedó con los codos apoyados en el saliente. Más que una cueva, aquello parecía un nicho tallado en la piedra. Dentro había un ocupante. Se trataba de una arrugada momia pardusca que estaba sentada en el suelo de la cueva, con las piernas cruzadas, los brazos plegados sobre el pecho huesudo y la cabeza hundida. Sus extremidades estaban sujetas con tiras de cuero que se habían convertido ya en simples hilos podridos. Si la momia había llevado alguna vez un vestido, las inclemencias del tiempo lo habían hecho desaparecer casi por completo. Pero entre los brazos y el pecho se veía un rollo de pergamino de color amarillo marfileño.
El hombre extendió su largo brazo y se apoderó del pergamino. Sin detenerse a mirarlo, lo guardó debajo de su cinturón y cogió impulso hasta quedar de pie sobre el suelo de la cueva. Dio un pequeño salto y se aferró al borde superior del talud. Luego, con otro impulso, completó su ascensión.
Una vez arriba, se detuvo jadeando, y miró hacia abajo por el otro lado.
Era como mirar al interior de un vasto cuenco bordeado por una pared circular de piedra. El suelo del cuenco se hallaba cubierto por árboles y una densa vegetación, si bien no era tan compacta como la de la selva que había fuera. Los farallones se prolongaban alrededor del enorme valle sin solución de continuidad. Se trataba de un accidente de la naturaleza tan raro que, como tal, quizá no tuviera paralelo en todo el mundo. Aquel anfiteatro natural medía media legua de diámetro, poco más o menos, y estaba aislado del resto del mundo por los escarpados taludes rocosos que lo rodeaban.
Pero el hombre que estaba arriba no se detuvo a admirar aquel fenómeno topográfico. Examinó con atención las copas de los árboles que había debajo de él y suspiró de alivio al divisar el brillo de unas
cúpulas de mármol entre el espeso verdor de la floresta. Entonces -se dijo- no era un mito; delante de su vista se hallaba el fabuloso y deshabitado palacio de Alkmeenón.
Conan el Cimmerio, también llamado de las Islas Barachas, de la Costa Negra y de muchos otros lugares adonde lo habían llevado sus aventuras, había ido al reino de Keshán, atraído por la leyenda de un fabuloso tesoro que superaba al de los reyes de Turan.
Keshán era un reino bárbaro situado en la zona oriental de Kush, donde las grandes praderas se confundían con los bosques que se extendían hacia el sur.
Los habitantes de la zona eran de distintas razas mezcladas, y unos nobles de piel oscura gobernaban sobre la mayoría de negros puros.
Los gobernantes -príncipes y grandes sacerdotes- decían descender de una raza blanca que en épocas remotas había gobernado un reino cuya capital era Alkmeenón. Una serie de leyendas trataba de explicar el motivo de la decadencia de la raza y el abandono de la ciudad por parte de los sobrevivientes. Igualmente vagos eran los relatos acerca de los Dientes de Gwahlur, el tesoro de Alkmeenón. Pero aquellas leyendas inciertas habían bastado para llevar a Conan hasta Keshán, después de haber atravesado grandes distancias por la llanura, las selvas tropicales y las montañas.
Una vez en Keshán, que de por sí era considerado un país mítico por numerosos pueblos del norte y del oeste, oyó lo suficiente como para considerar que podía dar crédito a los rumores acerca del tesoro llamado de los Dientes de Gwahlur. Pero no pudo averiguar el lugar exacto en el que se encontraba el tesoro, y para entonces tuvo que dar ya una explicación acerca de su presencia en Keshán, donde los extranjeros no eran bien recibidos.
Sin dejarse intimidar, hizo su oferta con toda frialdad y seguridad a los suspicaces nobles del reino bárbaro. Dijo que era un guerrero profesional que había llegado a Keshán en busca de trabajo. Por una suma determinada, adiestraría a las tropas del reino y las guiaría contra Punt, su enemigo ancestral, cuyos éxitos recientes en el campo de batalla habían suscitado la furia del irascible rey Keshanio.
Esta proposición no era tan descabellada como podía parecer, puesto que la fama de Conan había llegado hasta aquel lejano país. Sus
hazañas como jefe de los corsarios negros en las costas del sur habían dado a conocer su nombre, respetado y temido en todos los reinos negros. Ni siquiera se negó a realizar las pruebas que le impusieron los señores de piel oscura. Las escaramuzas eran incesantes en las zonas fronterizas, y permitieron que en numerosas oportunidades el cimmerio demostrara su destreza en la lucha cuerpo a cuerpo. Su arrojo y su fiereza impresionaron a los gobernantes de Keshán que, conociendo además su reputación, se mostraron muy bien predispuestos para con el bárbaro.
Lo que Conan deseaba secretamente era conseguir aquel trabajo, para poder justificar su presencia en Keshán el tiempo suficiente y llegar a descubrir así el tesoro de los Dientes de Gwahlur. Entonces se produjo un hecho inesperado Tuthmekri llegó a Keshán al frente de una embajada de Zembabwei.
Tuthmekri era un bribón y aventurero estigio que había conocido a Conan hacía mucho tiempo, si bien ambos se profesaban escaso afecto.
Tuthmekri también tenía una propuesta para el rey de Keshán, relacionada con la conquista de Punt. Este reino, que se hallaba al este de Keshán, había expulsado hacía poco a todos los mercaderes de Zembabwei después de incendiar sus comercios.
Su oferta superaba incluso la de Conan. Tuthmekri se comprometía a invadir Punt desde el este con un ejército de lanceros negros, arqueros shemitas y mercenarios, ayudando al rey de Keshán a anexionar el reino hostil. Los benévolos reyes de Zembabwei sólo deseaban un monopolio del comercio, con Keshán y sus tributarios, y como prueba de buena fe, una parte del tesoro de los Dientes de Gwahlur. Tuthmekri se apresuró a aclarar a los suspicaces jefes de Keshán que el tesoro no sería tocado y que se colocaría en el templo mayor de Zembabwei, junto a los ídolos de oro de Dagon y Derketo. De este modo se sellaría el acuerdo entre Keshán y Zembabwei. Tales manifestaciones hicieron sonreír a Conan.
El cimmerio no hizo ningún intento de confrontar su astucia y capacidad de intriga con las de Tuthmekri y su amigo shemita, Zargheba. Pero sabía que si Tuthmekri ganaba, pediría la eliminación de su rival. A Conan no le quedaba más que una solución: encontrar el tesoro antes de que el rey de Keshán se decidiera -pues se decidiría,
probablemente, a favor de Tuthmekri- y huir con lo que pudiera. Pero el cimmerio estaba seguro de que el tesoro no se hallaba en Keshán, la ciudad real, que era un conjunto de chozas de adobe con techo de paja que rodeaban un muro; dentro de éste se hallaba una especie de palacio de piedra, adobe y bambú.
Mientras Conan se consumía de impaciencia, buscando datos acerca del tesoro, el gran sacerdote Gorulga anunció que antes de tomar cualquier decisión sobre la alianza con Zembabwei había que consultar la voluntad de los dioses por medio del oráculo de Alkmeenón.
Aquello infundía temor, e inquietó a los moradores del palacio y de las chozas vecinas. Durante un siglo ningún sacerdote había visitado la ciudad desierta. El oráculo -decían- era la princesa Yelaya, la última gobernante de Alkmeenón, que había muerto cuando aún era joven y bella, y cuyo cuerpo se había conservado milagrosamente intacto a través de los años. Desde épocas remotas, los sacerdotes se habían dirigido a la ciudad encantada donde ésta les enseñaba su sabiduría. El último sacerdote que consultó el oráculo fue un hombre malvado que intentaba apropiarse de las valiosas joyas que los hombres llamaban los Dientes de Gwahlur. Pero alguna maldición había caído sobre él en la ciudad desierta, porque al huir de allí sus acólitos contaron tales horrores que durante cien años ninguno de los aterrados sacerdotes osó acercarse a la ciudad ni al oráculo.
En la actualidad Gorulga era el sumo sacerdote. Este tenía confianza en su gestión y anunció que iría con un puñado de hombres a revivir la antigua costumbre. Con la excitación que originó el suceso, las gentes hablaron sin cesar y Conan captó, finalmente, el indicio que aguardaba desde hacía varias semanas. Lo oyó de boca de un sacerdote menor, y el cimmerio abandonó inmediatamente la ciudad la víspera del día en que debían hacerlo los sacerdotes.
Después de cabalgar durante dos noches y un día, al amanecer llegó a los farallones de Alkmeenón, que se hallaban en la zona sudeste del reino, entre una selva casi inexplorada que evitaba la mayoría de los hombres. Nadie salvo los sacerdotes osaba acercarse al lugar hechizado, y ni siquiera éstos habían entrado a Alkmeenón desde hacía cien años.
Ningún hombre había logrado trepar por aquellos taludes cortados a pico, y nadie más que los sacerdotes conocían la entrada secreta que llevaba al interior del valle. Conan no perdió el tiempo buscando la entrada secreta. Las paredes, que asustaban a los habitantes de las llanuras y de los bosques, no resultaban inaccesibles para un hombre nacido en las montañas de Cimmeria.
Ahora el bárbaro se encontraba en la cima del peñasco y estaba mirando hacia abajo, en dirección al valle circular. Se preguntó qué plaga, guerra o superstición habría hecho que aquellas gentes de una antigua raza blanca abandonaran su fortaleza natural para ir a mezclarse con las tribus negras que rodeaban la zona.
Aquel valle había sido su ciudadela. Allí se encontraba el palacio real, y en dicho valle sólo habían vivido los reyes y sus cortesanos. La ciudad real se hallaba fuera del valle rodeado de taludes, y la densa vegetación ocultaba ahora sus ruinas. Así pues, las cúpulas que brillaban delante del cimmerio eran las de la antigua morada de los reyes de Alkmeenón y parecían haber desafiado con éxito el paso del tiempo.
Conan pasó una pierna sobre el borde y comenzó a descender. La cara interna del peñasco era más quebrada, no tan lisa, razón por la cual tardó menos de la mitad en bajar de lo que había tardado en subir.
Con una mano en la empuñadura de la espada, el cimmerio miró cautelosamente a su alrededor. No había razón alguna para suponer que habría hombres en Alkmeenón, que tenía fama de estar desierta y poblada sólo por espectros de un pasado remoto; pero Conan era receloso y cauto por naturaleza.
Allí reinaba un silencio absoluto. No se movía ni una sola hoja en el valle. Cuando se inclinó para mirar entre los árboles, el bárbaro no vio más que las interminables hileras de troncos que se extendían a lo lejos.
Aun así, se adelantó, extremando las precauciones, observando con ojos inquietos cada una de las sombras que veía a su alrededor y sin hacer el menor ruido. Empezó a encontrar signos inequívocos de una antigua civilización; fuentes de mármol secas y semiderruidas que se alzaban en algunos claros del bosque. Las hierbas y los matorrales habían llenado los jardines, pero todavía podía apreciarse la primitiva disposición de aquellos parques. Anchas calzadas se extendían bajo las
frondas, pero el pavimento estaba agrietado y sembrado de hierbas.
Vio muros cuidadosamente tallados que parecían haber pertenecido a antiguos pabellones de caza.
Delante del cimmerio, entre los árboles, alcanzaban a divisarse las cúpulas y el edificio que las sostenía. Finalmente llegó a un amplio claro y se encontró delante de las columnas del pórtico del palacio.
Al ascender por los amplios escalones de mármol, Conan advirtió que el edificio se hallaba en mucho mejor estado de conservación que las demás construcciones que había visto hasta ese momento. Los gruesos muros y los pilares macizos eran, sin duda, demasiado recios para que el tiempo hubiera hecho mella en ellos. La misma quietud irreal se cernía sobre todo el lugar. A pesar de la suavidad de las pisadas de Conan, que andaba como un felino, sus pasos parecían resonar ruidosamente en el denso silencio.
En algún lugar de aquel palacio se hallaba la imagen que en tiempos pasados sirviera como oráculo a los sacerdotes de Keshán. Y
también en el palacio, a menos que el sacerdote hubiese mentido, estaba escondido el tesoro de los reyes de Alkmeenón.
El bárbaro pasó por un enorme vestíbulo rodeado de altas columnas que formaban arcadas, entre las cuales había puertas cuya madera estaba reseca por el paso del tiempo. Siguió avanzando en la semipenumbra, y en el otro extremo de la sala pasó por una puerta cuyas hojas de bronce estaban entreabiertas. Entró en un amplio salón abovedado, que seguramente había servido como lugar de audiencias a los reyes de Alkmeenón.
El recinto tenía forma octogonal, y la cúpula que había en el techo tenía numerosas claraboyas, por lo cual la claridad era allí más intensa que en las habitaciones precedentes En el otro extremo había un estrado con escalones de lapislázuli, que conducían a un trono macizo con brazos tallados y un alto respaldo. Conan gruñó y sus ojos centellearon. ¡Se hallaba delante del trono de oro de Alkmeenón, del que hablaban las leyendas! El cimmerio lo observaba con mirada de conocedor y se dijo que por sí solo valdría una fortuna, en el caso de que pudiera llevárselo. Aquel trono encendió la imaginación del cimmerio respecto a lo que podía ser el verdadero tesoro. Ansiaba hundir los dedos entre las piedras preciosas que había oído describir en
la plaza del mercado de Keshán, que no tenían ningún paralelo en el mundo: rubíes, esmeraldas, diamantes, zafiros, ópalos y muchas más, fruto del saqueo de antiguos tesoros.
El cimmerio había esperado encontrar la efigie del oráculo sentada en el trono, pero debía de hallarse en otro lugar, si es que realmente existía. Pero desde que estaba en Keshán, muchos de los mitos se habían convertido en realidad, por lo que no dudaba de que encontraría lo que estaba buscando.
Detrás del trono había una portezuela, que seguramente había estado cubierta en otros tiempos por ricos tapices. Echó un vistazo y comprobó que la puerta daba a una habitación vacía, de la cual partía un pasillo estrecho. Sin cruzarla, Conan examinó otro arco que había a la izquierda del estrado y vio que, a diferencia de los demás, en éste había otra puerta. Ésta no era corriente, pues también estaba hecha de oro, al igual que el trono, y había sido tallada con extraños diseños.
El bárbaro empujó la puerta y ésta se abrió con facilidad, como si sus bisagras hubieran sido aceitadas recientemente. Una vez dentro, Conan se detuvo.
Se encontraba en una habitación cuadrada de dimensiones reducidas, cuyas paredes de mármol se alzaban hasta el techo adornado con incrustaciones de oro. Ricos frisos de este mismo metal relucían en la parte superior de las paredes. No se veía otra puerta salvo aquella por la que había entrado el bárbaro. Pero había pasado todos estos detalles por alto. Su atención se centraba en la figura que se hallaba en el estrado de marfil que tenía delante.
Conan esperaba encontrar una imagen tallada con gran destreza, pero no había arte que pudiera reproducir la perfección de la figura que estaba viendo el cimmerio.
No se trataba de una efigie tallada en metal, piedra o marfil, sino del cuerpo real de una mujer que se había conservado durante siglos gracias a algún arte desconocido. Incluso el atuendo de la mujer estaba intacto. Conan frunció el ceño al ver aquello, y lo invadió una extraña inquietud. Las artes que preservaban el cuerpo no tenían por qué haber conservado los vestidos. Sin embargo, allí estaban: una breve falda de seda, sostenida por un cinto con gemas incrustadas, y un
corpiño con placas de oro y piedras preciosas. Ni las telas ni los metales daban la sensación de haber resultado afectados por el paso del tiempo.
Yelaya era una mujer de fría belleza lo cual no tenía nada que ver con el hecho de que estuviera muerta. Su cuerpo parecía de alabastro; era esbelto y voluptuoso al mismo tiempo. En la oscura cabellera de la princesa brillaba un rubí de grandes dimensiones.
Conan se quedó mirando a la mujer con el ceño fruncido. Luego dio unos golpes en el estrado con su espada. Tal vez el tesoro estuviese escondido en un hueco, pero el sonido indicó que el estrado era macizo.
Se volvió y anduvo por la estancia con cierta indecisión. ¿Dónde buscar primero, con el poco tiempo de que disponía? Un sacerdote al que había oído hablar con un cortesano decía que el tesoro estaba escondido en el palacio. Pero aquello resultaba demasiado vago, a causa de las dimensiones del edificio. Se preguntó si debía esconderse hasta que los sacerdotes se hubieran marchado, para continuar la búsqueda después. Pero pensó que era muy posible que se llevaran las joyas al regresar a Keshán. Conan estaba seguro de que Tuthmekri había sobornado a Gorulga.
El cimmerio se había hecho una idea de los planes que tenía Tuthmekri gracias a su conocimiento de la naturaleza humana.
Seguramente había sido éste el que había propuesto la conquista de Punt a los reyes de Zembabwei, aunque su verdadero fin era apoderarse del tesoro de los Dientes de Gwahlur. Sin duda aquellos cautos reyes habrían pedido pruebas de que el tesoro existía realmente, antes de tomar ninguna medida. Las joyas que había solicitado Tuthmekri como garantía serían una prueba convincente.
Una vez que tuvieran la seguridad de la existencia del tesoro, los reyes de Zembabwei actuarían. Punt sería invadido simultáneamente por el este y el oeste, pero los hombres de Zembabwei procurarían que los nativos de Keshán cargaran con el peso de la lucha. Entonces, cuando tanto Punt como Keshán estuvieran agotados por la contienda, las gentes de Zembabwei aniquilarían a los dos pueblos, saquearían Keshán y se llevarían el tesoro, aunque tuvieran que levantar piedra por piedra cada edificio, o debieran torturar a todos los habitantes del reino.
Pero existía otra posibilidad: si el mismo Tuthmekri encontraba el tesoro, entonces lo más probable era que engañase a sus amos y se llevase las joyas.
Conan creía que aquella consulta al oráculo no era más que una excusa para persuadir al rey de Keshán para que accediese a los deseos de Tuthmekri, pues no dudaba de que el gran sacerdote Gorulga era tan sutil y astuto como los que formaban parte de aquella gran maquinación. El cimmerio no había intentado comunicarse con el gran sacerdote debido a que en aquel juego de sobornos él no tenía ninguna posibilidad al lado de Tuthmekri. Si lo hubiera intentado, habría caído directamente en manos de los estigios. Gorulga podía denunciar al cimmerio, crearse una reputación de honestidad y liberar a Tuthmekri de su rival, todo a la vez. Conan se preguntó de qué modo habría sobornado Tuthmekri al sumo sacerdote y cuánto podía haberle ofrecido a un hombre que tenía el mayor tesoro del mundo al alcance de la mano.
Sin duda, el oráculo diría que era voluntad de los dioses que Keshán aceptara las propuestas de Tuthmekri, y que no dejaría de decir algo relativo a Conan. A partir de entonces, Keshán sería un lugar muy incómodo para el cimmerio, aunque éste ya había decidido no volver allí al salir de Alkmeenón.
La habitación del oráculo no le proporcionó ningún indicio a Conan. Este regresó al salón del trono y colocó las manos debajo de los brazos del gran sillón. Era pesado, pero pudo moverlo hacia un lado. El suelo era de mármol macizo. Volvió a la habitación, pensando en una cripta secreta que pudiera haber cerca del oráculo. Empezó a golpear las paredes, hasta que finalmente oyó un sonido hueco. Al mirar con más atención vio que había un resquicio en el mármol, y que el siguiente panel era mucho más grande. Entonces insertó la punta de la daga en el resquicio y apretó.
El panel comenzó a abrirse en silencio, dejando ver una especie de nicho en la pared, pero nada más. El cimmerio profirió un juramento.
Estaba vacío, y no tenía aspecto de haber albergado un tesoro.
Entonces se inclinó sobre el nicho y vio una serie de pequeños orificios en la pared a la altura de su boca. Echó un vistazo a través de éstos y lanzó un gruñido al comprender lo que sucedía. Aquella era la pared
que separaba la sala de la habitación del oráculo. Los agujeros no se veían desde la habitación.
El bárbaro sonrió al comprender el misterio del oráculo. De todas formas, era más sencillo de lo que había esperado. Gorulga se apostaría allí en persona, o mandaría a alguno de sus acólitos, y hablaría por los orificios. Los crédulos hombres de color aceptarían aquella voz como si fuera el oráculo.
En aquel momento Conan recordó algo y extrajo de su cinto el pergamino que le había quitado a la momia. Lo desenrolló con todo cuidado, ya que parecía estar a punto de deshacerse en pedazos.
Frunció el ceño al ver los signos que aparecían escritos en él. En sus viajes por todo el mundo, el gigantesco aventurero había adquirido conocimientos muy diversos, sobre todo en cuanto a la escritura de muchas lenguas extranjeras. Esta capacidad lingüística del cimmerio le había salvado la vida en varias ocasiones.
Aquellos símbolos, sin embargo, lo desconcertaban. Resultaban a la vez familiares e ininteligibles, y finalmente descubrió el motivo. Era la escritura arcaica de Pelishtia, que tenía muchas diferencias con la escritura moderna de aquel país, que él conocía. Aquellos signos más antiguos y puros le intrigaban. No obstante, descubrió unas palabras que se repetían: Bit-Yakin. El cimmerio dedujo que se trataba de la Persona que había escrito el pergamino.
Con el ceño fruncido y los labios moviéndose silenciosa e inconscientemente, Conan trató de descifrar el significado del escrito, pero se dio cuenta de que en su mayor parte era intraducible.
Entendió algo, desde luego, y era que el misterioso escriba, Bit-Yakin, había llegado desde lejos con sus criados y había entrado en el valle interior de Alkmeenón. Lo que seguía era incomprensible, aunque algunas frases y caracteres le resultaran familiares. El escrito parecía referirse a unos hechos ocurridos en un extenso período de tiempo. El nombre de Yelaya también se repetía con frecuencia, y al final del documento se advertía que Bit-Yakin sabía que el momento de su muerte estaba próximo. Sin poder reprimir un escalofrío, Conan comprendió que la momia de la pequeña cueva debía de ser la del autor de aquel relato, el misterioso pelishtio Bit-Yakin. Muerto el hombre, sus criados seguramente lo habían colocado en la pequeña cueva situada en
lo alto de los farallones, de acuerdo con las instrucciones que había dejado antes de morir.
Era extraño que el nombre de Bit-Yakin no se mencionase en ninguna de las leyendas de Alkmeenón. Evidentemente había llegado al valle después de que éste fuera abandonado por sus habitantes originales. El manuscrito parecía indicarlo, pero resultaba raro que los sacerdotes no hubiesen encontrado a Bit-Yakin ni a sus servidores.
Conan estaba seguro de que la momia y el pergamino tenían más de un siglo de antigüedad. Bit-Yakin había vivido en el valle cuando los sacerdotes acudían a postrarse ante el cadáver de Yelaya. No obstante, las leyendas hablaban siempre de una ciudad.
¿Por qué habría vivido ese hombre en aquel lugar deshabitado, y hacia dónde se fueron sus criados después de colocar en el nicho el cadáver de su amo?
Conan se encogió de hombros y volvió a poner el pergamino en su cinto. Casi al mismo instante se estremeció violentamente y sintió que se le erizaba el cabello. ¡En medio del absoluto silencio que reinaba en el palacio acababa de oír un sonido estridente!
Giró en redondo, agazapándose como un felino con la espada desenvainada. Miró por el estrecho corredor del que parecía provenir el sonido. ¿Habrían llegado los sacerdotes de Keshán? Pensó que esto era improbable, dado el poco tiempo transcurrido. Pero el fuerte sonido metálico era la prueba indiscutible de una presencia humana en aquel palacio deshabitado.
Conan era un hombre de acción directa. Por esa razón, en lugar de escapar en dirección opuesta, como habría hecho la mayoría de los hombres, corrió por el pasillo hacia el lugar de donde provenía el sonido. Sus sandalias no hacían más ruido que las patas de un leopardo. Tenía los ojos entrecerrados y la boca semiabierta en una extraña sonrisa. Se sentía furioso ante aquella amenaza que intuía en el extraño fenómeno.
El cimmerio salió finalmente del corredor y llegó a un pequeño patio. Su mirada se sintió atraída por algo que brillaba bajo el sol. Se trataba de un batintín, un enorme disco de oro que colgaba de un brazo insertado en la pared. Al lado del batintín se hallaba un mazo de latón.
En aquel sitio no se advertía rastro alguno de seres humanos. Los arcos
de alrededor estaban vacíos. Conan permaneció largo rato a la expectativa, tratando de escuchar algo. En el enorme palacio no se oía ni el más ligero rumor. Agotada su paciencia, dio una vuelta en torno al patio, mirando hacia los arcos y dispuesto a saltar o a atacar como una cobra.
Al llegar junto al gran batintín, observó el arco que se hallaba al lado. Sólo vio una habitación oscura, llena de escombros. Debajo del disco metálico no se veían huellas de pies. Sin embargo, el cimmerio advirtió un olor peculiar, fétido, que no pudo identificar. Las fosas nasales de Conan se dilataron como las de un animal al acecho.
Se volvió hacia el arco… y con repentino fragor, las losas del suelo, aparentemente sólidas, cedieron bajo sus pies. Al caer, el bárbaro extendió los brazos y trató de aferrarse al borde del agujero que acababa de abrirse en el piso. Pero los bordes eran endebles, y el cimmerio cayó en una comente de agua helada que lo arrastró a una velocidad estremecedora.
2. El despertar de una diosa
Al principio Conan no intentó luchar contra la corriente, que lo arrastraba en la oscuridad. Luego consiguió mantenerse a flote y ponerse la espada entre los dientes. De pronto vio un rayo de luz más adelante. Vio la superficie del agua convulsionada, como si algún monstruo de las profundidades hubiera salido al exterior, y divisó también las paredes laterales, que se prolongaban hacia arriba en un techo abovedado. A cada lado se extendía un estrecho saliente debajo de la bóveda, pero estaba demasiado alto para poder asirse a él. El techo estaba roto en un punto; probablemente se había caído, y la luz se filtraba por la abertura. Más allá de aquel orificio, el túnel estaba a oscuras. Conan sintió verdadero pánico al pensar que podía dejar atrás aquel sitio iluminado para hundirse de nuevo en las tinieblas de lo desconocido.
Entonces divisó algo más: unas escalas de bronce que se extendían desde las cornisas hasta la superficie del agua a intervalos regulares.
Había una delante de él, por lo que nadó hacia la escala, luchando contra la corriente que lo arrastraba hacia el centro. Pero el cimmerio bregó palmo a palmo con desesperación y fue ganando terreno. Por fin
se encontró debajo de la escala y se asió con fiero impulso del último barrote, y quedó colgando, sin respiración.
Poco después ascendía por los corroídos peldaños, que se curvaron y chirriaron, pero aguantaron. Llegó así hasta la estrecha cornisa que había a lo largo de la pared por debajo de la bóveda del techo. El alto cimmerio se vio obligado a agacharse, pues no tenía espacio suficiente para permanecer erguido. Cerca de la escala había una pesada puerta de bronce, pero no se abrió a pesar de los esfuerzos de Conan. Tomó la espada que sostenía con los dientes y volvió a envainarla. Escupió sangre, ya que el filo del sable le había cortado los labios durante la lucha contra la corriente. Enseguida volvió su atención hacia el orificio del techo.
Extendió un brazo por el agujero y al tantear el borde pudo comprobar que era suficientemente resistente como para aguantar su peso. A continuación se aferró con ambas manos al borde, se impulsó hacia arriba y pudo salir finalmente del túnel de aguas subterráneas.
Se encontró en una amplia habitación que se hallaba en un estado lamentable. La mayor parte del techo se había desplomado, así como gran parte del suelo, que formaba la bóveda de la que Conan acababa de salir. Derruidas arcadas comunicaban con pasillos y salas, por lo que el cimmerio se dijo que aún debía de encontrarse en el enorme palacio.
Se preguntó inquieto si habría muchas corrientes subterráneas como aquélla, pues temía volver a caer en un hueco parecido al anterior.
También pensó si la caída habría sido sólo un accidente. En todo caso, había una cosa cierta: no era el único ser vivo que se hallaba en el palacio. El batintín no había sonado por sí solo, aun cuando con ello no hubieran pretendido causarle la muerte. De repente el silencio del palacio resultó siniestro y cargado de amenazas.
¿Se trataría de alguien empeñado en la misma empresa que él?
Entonces recordó algo en relación con el misterioso Bit-Yakin. ¿Y si éste había hallado el tesoro de los Dientes de Gwahlur durante su largo período de residencia en Alknieenón, y sus servidores se lo habían llevado tras la muerte de su amo? La posibilidad de que estuviera buscando algo inexistente enfurecía al cimmerio.
Se internó por un pasillo que, a su entender, debía llevarlo de vuelta a la zona del palacio en la que había estado antes. Se dio prisa, aunque
pisó con cuidado al recordar el negro río que fluía bajo sus pies.
Volvió a pensar en la habitación del oráculo y en su misteriosa ocupante. En algún lugar de aquel sector debía de estar la clave que conducía al tesoro, si es que éste aún se hallaba en el palacio.
En aquella parte, el enorme edificio se hallaba casi en ruinas, pero a medida que avanzaba, el estado de las salas y corredores parecía mejorar.
No pudo recordar exactamente dónde se hallaba la habitación del oráculo ni qué dirección debía tomar. Poco después descubrió un pasillo que recordaba haber visto antes y que lo llevó de vuelta hasta la sala del trono. Había tomado una decisión. Consideraba inútil seguir vagando por el palacio en busca del tesoro. Resolvió esconderse por allí y esperar a que llegaran los sacerdotes de Keshán. Luego, cuando hubieran representado la farsa del oráculo, los seguiría hasta el lugar en el que estaban ocultas las piedras preciosas, pues tenía la certeza de que irían hacia allí. Probablemente se llevaran sólo una parte del tesoro. Él se contentaría con el resto.
Como atraído por una extraña fascinación, el cimmerio se quedó mirando la inmóvil figura de la princesa y se maravilló ante su helada hermosura. ¿Qué secreto se escondía en aquel espléndido cuerpo inerte?
Entonces se estremeció violentamente. Aspiró ruidosamente el aire y sintió que se le erizaba el cabello. Había visto antes aquel cuerpo, y había observado su frialdad y su quietud. Pero ahora había una diferencia. Los miembros no estaban rígidos; un color rosado animaba sus mejillas y tenía los labios rojos…
Conan desenvainó la espada, al tiempo que profería un juramento.
–¡Por Crom, está viva! – exclamó.
Ante estas palabras, las largas pestañas se movieron; sus ojos se abrieron y lo miraron con expresión insondable, oscura y brillante.
Conan parecía haber perdido el habla.
La mujer se irguió con movimientos fáciles, pero conservando su mirada hechicera.
El cimmerio se pasó la lengua por los labios y finalmente pareció encontrar palabras.
–¿Eres… eres Yelaya? – preguntó.
–Sí, soy Yelaya -contestó ella con voz armoniosa-. No temas, no te haré daño si me obedeces.
–¿Cómo puede volver a la vida una mujer que ha muerto hace siglos? – preguntó con tono escéptico el cimmerio, que ya comenzaba a razonar.
Ella levantó los brazos con gesto misterioso y a continuación dijo:
–Soy una diosa. Hace mil años cayó sobre mí la maldición de los dioses de las tinieblas. El ser mortal que había en mí dejó de existir.
Pero la diosa nunca murió. He permanecido aquí durante todos estos siglos, despertando día a día al ponerse el sol y reinando sobre mi corte, compuesta de espectros del pasado. ¡Hombre, si no deseas contemplar escenas que turbarán tu razón para siempre, vete de aquí! ¡Te lo ordeno, vete!
Conan envainó la espada con los ojos entrecerrados, pero no obedeció a la mujer. Se acercó más a ella, como atraído por una poderosa fascinación, y de improviso la aferró por el brazo con la rudeza de un oso. Ella lanzó un grito, que no se parecía en nada al que hubiera lanzado una diosa, y luego se oyó el ruido de una tela rasgada cuando el cimmerio le arrancó el vestido.
–¡Una diosa, bah! – exclamó con desdén el bárbaro-. ¡Ya me extrañaba que una princesa de Alkmeenón hablara con acento corinthio! En cuanto me repuse de la sorpresa, recordé haberte visto en otra parte. Tú eres Muriela, una bailarina corinthia de Zargheba. Ese lunar en forma de media luna lo demuestra. Lo vi una vez que Zargheba te estaba azotando. ¡Una diosa!
Conan le dio un golpe en la cadera con la mano y la muchacha gritó de dolor.
La joven ya no tenía el aire imperioso de antes. Ya no era la mística deidad, sino una bailarina humillada y aterrada, como las que solían comprarse en los mercados de esclavos shemitas. La muchacha se echó a llorar. El cimmerio la miró irritado.
–¡Vaya con la diosa! Tú eras una de las mujeres veladas que Zargheba llevó a Keshán con él. ¿Creías que me ibas a engañar, pequeña idiota? Hace un año te vi en Akbitana con ese cerdo de Zargheba, y nunca me olvido del rostro ni del cuerpo de una mujer. Te voy a…
Retorciéndose bajo su mano férrea, la muchacha rodeó con los brazos el cuello del cimmerio, mientras su rostro expresaba un profundo terror. Las lágrimas le rodaban por las mejillas y los sollozos estremecían su cuerpo.
–¡Por favor, no me hagas daño! – imploró ella-. ¡Tenía que hacerlo!
¡Zargheba me trajo aquí para que hiciera de oráculo!
–¿No temes a los dioses? – preguntó el cimmerio-. ¿Ya no queda honestidad en el mundo?
–¡No podía desobedecer a Zargheba, te lo juro! ¿Qué iba a hacer?
–¿Qué crees que te harían los sacerdotes si te encontraran poniendo en escena esta farsa?
Al pensarlo, las piernas de la muchacha se negaron a sostenerla y cayó al suelo, abrazándose a las rodillas de Conan y murmurando súplicas incoherentes.
–¿Dónde está Zargheba? – le preguntó él-. ¡Vamos, deja de llorar y contesta!
–Está fuera del palacio, esperando a los sacerdotes -repuso Muriela sin dejar de lamentarse.
–¿Cuántos hombres vienen con él?
–Ninguno. Vinimos los dos solos.
–Debisteis de abandonar Keshán pocas horas después que yo.
¿Trepasteis por los peñascos?
La muchacha negó con la cabeza, pues los sollozos no le permitían hablar.
–¿Vas a contestarme de una vez? ¿Cómo entrasteis en este valle?
–Zargheba conocía el camino secreto -dijo Múñela jadeando-. Se lo reveló el sacerdote Gwarunga, y también a Tuthmekri. Al pie del farallón hay un enorme lago. Bajo la superficie del agua existe una caverna que se puede ver desde fuera. Nos metimos en el agua y entramos. La cueva sale del agua enseguida y sube finalmente por el interior de los muros de roca. La salida en el valle interior se halla oculta por unos densos matorrales.
–Yo trepe por el lado este -murmuró Conan-. Y bien, ¿qué hicisteis después?
–Entramos en el palacio, y Zargheba me escondió entre los árboles mientras iba a echar un vistazo a la habitación del oráculo. Creo que
no se fiaba demasiado de Gwarunga. Mientras se hallaba en el palacio, me pareció oír el sonido de un batintín, pero no estoy segura.
Finalmente vino Zargheba, me trajo al palacio y me hizo entrar en esta habitación, donde estaba la diosa Yelaya tendida sobre el altar. Le quitó las ropas y me vistió con ellas. Luego se fue a ocultar el cuerpo y a esperar a los sacerdotes. He pasado mucho miedo. Cuando entraste, sentí deseos de levantarme y pedirte que me llevaras lejos de aquí, pero temía a Zargheba. Cuando creíste que era la diosa viva, pensé que podía asustarte y hacerte marchar.
–¿Qué debías decir como oráculo?
–Debía decir a los sacerdotes que tomaran el tesoro de los Dientes de Gwahlur y le entregaran una parte a Tuthmekri como garantía. El resto debía ser llevado al palacio de Keshán. Si no se mostraban dispuestos a acceder a las propuestas de Tuthmekri, debía explicarles que un destino terrible aguardaba a Keshán. Ah, y debía decir también que te desollaran vivo inmediatamente.
–Tuthmekri quería tener el tesoro en un lugar en el que él o los hombres de Zembabwei pudieran encontrarlo con facilidad -dijo Conan sin hacer caso de lo que había dicho la muchacha acerca de él-.
Bien, ya me encargaré de arrancarle el hígado a su debido tiempo.
¿Gorulga también participa en la farsa?
–No. Él cree en sus dioses y es incorruptible. No sabe nada acerca de esta confabulación, y habría obedecido al oráculo. Todo era un plan de Tuthmekri. Sabiendo que los de Keshán consultarían el oráculo, él y Zargheba trajeron desde Zembabwei. Vine cubierta de velos y he visto poco durante el viaje.
–¡Vaya! – murmuró Conan-. ¡Un sacerdote que cree honradamente en su oráculo y que no se deja sobornar! Me pregunto, entonces, si habrá sido Zargheba quien hizo sonar el batintín. ¿Sabía que yo estaba aquí? Dime dónde se encuentra ahora, muchacha.
–Está escondido entre unos arbustos de loto, cerca de la antigua avenida que lleva desde la pared sur de los farallones interiores hasta el palacio.
La muchacha se calló un momento y enseguida reanudó sus súplicas.
–¡Por favor, Conan, ten piedad de mí! ¡Tengo miedo en este viejo palacio! Creo haber oído unas pisadas fantasmales a mi alrededor.
¡Llévame contigo, Conan! Zargheba me matará cuando yo haya hecho lo que espera de mí, lo sé. Y los sacerdotes también me matarían si descubrieran el engaño. Zargheba es un demonio. Me compró a un mercader de esclavos y desde entonces me hizo instrumento de sus intrigas. Tú no puedes ser tan cruel como él. ¡No dejes que me maten aquí, por favor!
La muchacha se había puesto de rodillas y lloraba con gesto suplicante. Su bello rostro estaba cubierto de lágrimas y la cabellera sedosa le caía en desorden sobre los hombros. El cimmerio la levantó y la sentó en sus rodillas.
–Escúchame. Voy a protegerte de Zargheba, y los sacerdotes no sabrán nada de tu impostura, pero debes hacer lo que te voy a decir.
Ella prometió obedecer y se aferró a él como si buscara protección.
–Está bien. Entonces, escucha. Cuando lleguen los sacerdotes, tú harás el papel de Yelaya, tal como había planeado Zargheba. Será de noche, y a la luz de las antorchas no advertirán la diferencia. Pero les dirás esto: «Es voluntad de los dioses que el perro estigio y el perro shemita sean expulsados de Keshán. Son unos ladrones y traidores que pretenden robar a los dioses. Poned los Dientes de Gwahlur bajo la custodia del general Conan y concededle el mando de los ejércitos de Keshán. Él es el bienamado de los dioses».
La muchacha se estremeció con desesperación, pero accedió. Luego dijo:
–Pero ¿y Zargheba? ¡Me matará!
–No te preocupes de Zargheba -repuso Conan-. Yo me encargaré de ese perro. Di lo que te he ordenado. Vamos, ahora arréglate el cabello y ponte de nuevo esta gema que se te ha caído.
Conan le colocó el rubí en el pelo e hizo un gesto de aprobación.
–Esta joya vale un cargamento de esclavos -dijo-. Ahora ponte la falda de modo que no se vea el desgarrón que te hice. Eso es, y sécate la cara. Las diosas no lloran. ¡Por Crom, ahora vuelves a parecerte enormemente a Yelaya! ¡Si haces de diosa tan bien como lo hiciste conmigo, los engañarás a todos!
–Procuraré hacerlo -dijo Muriela, sin poder dominar un escalofrío.
–Bien, yo voy a buscar a Zargheba -dijo Conan. La joven se sintió presa del pánico, y exclamó con voz alterada:
–¡No, no me dejes sola! ¡Este lugar está embrujado, Conan!
–No hay nada aquí que pueda hacerte daño -le aseguró el cimmerio, impaciente-. El único es Zargheba, y voy a encargarme de él. Volveré pronto y estaré mirando, por si algo sale mal durante la ceremonia.
Pero si lo haces como es debido, te aseguro que todo marchará bien.
El bárbaro se dio media vuelta y salió apresuradamente de la habitación del oráculo, dejando tras de sí a Muriela, que se lamentaba con voz débil.
Había caído el crepúsculo. Las grandes habitaciones estaban llenas de sombras. Los frisos de cobre brillaban tenuemente. Conan avanzó como un espectro silencioso por las enormes salas, sin poder evitar la sensación de que unos fantasmas invisibles del pasado lo miraban desde la penumbra. No era de extrañar que la muchacha sintiera miedo en aquel sitio.
Descendió por los escalones de mármol del palacio con la espada en la mano. En el valle reinaba el silencio. Por encima del borde de los taludes, las estrellas comenzaban a centellear. Si los sacerdotes de Keshán habían entrado en el valle, aún estaban lejos, y ningún ruido los delataba. Se alejó hacia el sur por la antigua avenida de losas agrietadas, que se perdía entre los densos matorrales. Al cabo de un rato vio un bosquecillo de árboles de loto, planta característica de las tierras de Kush. Allí según la muchacha, se hallaba Zargheba al acecho. Conan extremó sus precauciones, y desapareció entre la espesura como una sombra de pies de terciopelo.
Se acercó a los arbustos de loto dando un rodeo, y ni un solo movimiento de hojas reveló su presencia. Al llegar al límite de los árboles se detuvo repentinamente, encogido entre la vegetación como un felino al acecho. Delante de él, destacando sobre un fondo de hojas, vio un pálido óvalo. Podía tratarse de una de las enormes flores de loto, pero Conan sabía que era el rostro de un hombre. Y estaba vuelto hacia él. ¿Es que Zargheba le había visto? El hombre lo miraba directamente. Pasaron unos instantes. El oscuro rostro se movió. El bárbaro podía ver con claridad su corta barba negra.
De repente el cimmerio se dio cuenta de algo extraño. Zargheba no era un hombre alto. De pie, su cabeza apenas hubiera sobrepasado los hombros de Conan. Sin embargo, el rostro del otro se hallaba al mismo nivel que el del bárbaro. ¿Estaría de pie encima de algo? Conan procuró mirar al suelo, en el lugar en el que se veía el rostro, pero una maleza le tapaba la visión. Luego miró mas arriba y sintió un sobresalto. A través de un claro que había entre las hojas debería haber visto el cuerpo de Zargheba. Pero no vio ningún cuerpo.
Entonces, tenso como un tigre que avanza hacia su presa, el cimmerio se introdujo en los matorrales y apartó unas hojas para ver bien el rostro, que no se había movido. Y no volvería a moverse más, al menos por propia voluntad, estaba contemplando la cabeza cercenada de Zargheba, colgada de la rama de un árbol por la cabellera.
3. El regreso del oráculo
Conan giró en redondo con la agilidad de un felino y miró en derredor. No se veía por ningún lado el cuerpo del hombre asesinado.
Un poco más allá, la hierba se veía pisoteada y parecía húmeda. El cimmerio contenía la respiración Y aguzaba los oídos para identificar cualquier rumor. Los árboles y los matorrales se recortaban contra el cielo como negras sombras inmóviles y siniestras.
Un temor primitivo invadió al bárbaro. ¿Sería aquello obra de los sacerdotes de Keshán? En ese caso, ¿dónde se encontraban? ¿Sería Zargheba quien había golpeado el batintín? Nuevamente acudieron a su memoria Bit-Yakin y sus misteriosos sirvientes. Bit-Yakin había muerto y estaba convertido en una momia arrugada, en su pequeña cripta, saludando al sol del alba todas las mañanas. Pero de los criados no se sabía nada. No había pruebas de que hubieran abandonado el valle
siquiera.
Conan pensó en la muchacha, Muriela, que estaba sola en el enorme y sombrío palacio. Se volvió rápidamente y echó a correr por la avenida de losas de piedra, de regreso hacia el edificio de elevadas cúpulas.
Al acercarse vio en el pórtico un fulgor rojizo que se reflejaba en el mármol del suelo. Se internó por los arbustos que había frente al palacio y se situó delante de la escalera de entrada. Unas voces llegaban
hasta Conan. Varias antorchas arrojaban sus destellos sobre sus lustrosas espaldas de ébano. Los sacerdotes de Keshán habían llegado.
Pero no venían por la empedrada avenida que acababa de recorrer el cimmerio, que era por donde Zargheba esperaba verlos llegar. Por lo visto, había más de una entrada secreta al valle de Alkmeenón.
Los sacerdotes subían por los anchos escalones de mármol con las antorchas en alto. Conan vio a Gorulga, que encabezaba el desfile y cuyo perfil se recortaba como el de una moneda contra la llama de la tea. Los demás acólitos eran negros gigantescos de piel brillante.
Cerraba la marcha un enorme negro de aspecto maligno, a la vista del cual el cimmerio se estremeció. Se trataba de Gwarunga, de quien Muriela dijo que le había revelado a Zargheba el secreto de la entrada al valle interior por el lago. Conan se preguntó hasta qué punto participaría aquel hombre en la confabulación del estigio.
El cimmerio avanzó hacia el pórtico, pero fue rodeando el borde de los arbustos para que no lo vieran. Los sacerdotes no dejaron a nadie de guardia en la entrada del palacio. Las antorchas ya alumbraban las losas de la larga y oscura sala. Antes de que llegaran a la puerta de bronce que había al otro extremo, Conan había ascendido ya las escaleras y se hallaba detrás de ellos, deslizándose rápidamente por detrás de las columnas que bordeaban las paredes. Ellos no miraron hacia atrás, sino que atravesaron en fila india la amplia habitación, con las plumas de avestruz meciéndose sobre sus cabezas y las pieles de leopardo con las que se cubrían contrastando extrañamente con los mármoles y los metales del antiguo palacio. Se detuvieron durante un momento delante de la puerta dorada que se hallaba a la izquierda del estrado en el que se encontraba el trono.
La voz de Gorulga, el sumo sacerdote, resonó de modo siniestro en el gran espacio vacío. El hombre pronunció varias frases sonoras, pero ininteligibles para el que escuchaba. Luego el sacerdote abrió de par en par la puerta de oro y entró en la habitación, haciendo una profunda reverencia. Los demás avanzaron y se inclinaron, al igual que su maestro. La puerta de acero se cerró tras ellos. Conan corrió alrededor del trono y entró en la pequeña habitación que había detrás, sin hacer el menor ruido.
Leves rayos de luz atravesaron los orificios cuando el cimmerio abrió el panel secreto. Se deslizó hasta el nicho y miró por los agujeros.
Muriela estaba sentada en el trono con los brazos cruzados y la cabeza apoyada en la pared, a poca distancia de los ojos del bárbaro. El delicado perfume de los cabellos de la muchacha llegaba hasta Conan.
No podía verle el rostro, pues él se hallaba detrás, pero por su actitud parecía tranquila y seguramente estaría mirando por encima de la cabeza de los sacerdotes, como en un trance eterno. El cimmerio sonrió y pensó para sus adentros que la muchacha era una actriz consumada.
Sabía que estaba aterrada, pero ella no lo demostraba. Bajo la incierta luz de las antorchas parecía tener el mismo aspecto de la diosa a la que acababa de reemplazar.
Gorulga entonaba un cántico en una lengua desconocida para el cimmerio, que probablemente era el dialecto antiguo que se había hablado en Alkmeenón en el pasado. Sin duda se había transmitido a través de generaciones de sacerdotes.
El cántico parecía interminable y Conan comenzó a ponerse inquieto. Cuanto más durase aquello, mayor sería el nerviosismo de la muchacha. Si la descubrían… El bárbaro aferró la empuñadura de la espada, pues no soportaba la idea de ver a la pequeña corinthia torturada por aquellos negros.
Pero el cántico, que tenía un tono profundo y amenazador, terminó al fin, y una especie de aclamación a coro de los acólitos rubricó el final.
Luego Gorulga volvió a levantar la voz y exclamó:
–¡Oh, gran diosa que habitas en las sombras, permite que tus labios se abran para estos esclavos que apenas osan levantar la cabeza del polvo que hollan tus pies! ¡Habla, gran diosa del valle sagrado! ¡Tú conoces los caminos insondables, y lo que para nosotros son tinieblas, para ti es radiante luz! ¡Derrama tu inmensa sabiduría sobre éstos, tus siervos! ¡Dinos, oráculo de los dioses! ¿Cuál es la voluntad de éstos respecto a Tuthmekri, el estigio?
La espesa cabellera de la mujer se agitó ligeramente ante los ojos del cimmerio. La voz de Múñela llegó con absoluta claridad hasta los oídos de Conan en medio del tenso silencio. Parecía helada, impersonal, como correspondía a una diosa. Pero el cimmerio se estremeció al notar el acento corinthio de la muchacha.
–¡Es voluntad de los dioses -dijo la joven, repitiendo casi palabra por palabra lo que le había dicho él- que el perro estigio y el perro shemita sean expulsados de Keshán! Son unos ladrones y traidores que intentan robar a los dioses. Poned los Dientes de Gwahlur bajo la custodia del general Conan y concededle el mando de los ejércitos de Keshán. ¡Él es el bienamado de los dioses!
Hubo un estremecimiento en la voz de Muriela cuando concluyó, y Conan comenzó a sudar, pensando que la muchacha estaría a punto de sufrir un colapso. Pero los negros no advirtieron nada, ni siquiera el acento corinthio, que para ellos era desconocido. Dieron unas palmadas y entonaron una salmodia como muestra de obediencia. Los ojos de Gorulga brillaron con fanatismo a la luz de las antorchas.
–¡Yelaya ha hablado! – exclamó-. ¡Es la voluntad de los dioses! Hace mucho tiempo, en la época de nuestros antepasados, éstos se ocultaron por mandato divino, y los dioses los libraron de la amenaza de las terribles fauces de Gwahlur, el rey de las tinieblas. Por orden de los dioses también escondieron los Dientes de Gwahlur, y por mandato suyo volverán a la luz. ¡Oh, diosa nacida entre los astros, danos permiso para ir hasta el escondite del tesoro, a fin de entregarlo al bienamado de los dioses!
–¡Tenéis mi permiso! – contestó la falsa diosa con un ademán imperioso que hizo sonreír al cimmerio.
Los sacerdotes se retiraron en medio de la luz titilante de las antorchas y el movimiento de sus plumas de avestruz.
La puerta de oro se cerró tras ellos; entonces Muriela, con un quejido, se desplomó sobre el estrado.
–¡Conan! – dijo en voz baja-. ¡Conan!
–¡Chist, espera! – respondió él a través de los agujeros de la pared, y, después de salir del hueco, cerró el panel.
Una mirada mostró al bárbaro que las antorchas se alejaban por la sala del trono. Sin embargo, una luz intensa iluminaba el recinto. La luna se había elevado sobre el horizonte y su luz entraba por la cúpula, iluminando el trono y sus alrededores.
Cuando el cimmerio se disponía a cruzar la sala del trono, lo detuvo un ruido que parecía provenir del pasadizo que llevaba hasta la habitación del oráculo. Se agazapó en la entrada, vigilando, mientras
recordaba el sonido del batintín con el que presumiblemente lo habían atraído para hacerlo caer en la fría corriente subterránea. Le pareció oír unos pasos furtivos por el corredor.
De repente resonó el grito ahogado de una mujer a sus espaldas.
Corrió hacia la puerta que había más allá del trono y, al entrar en la habitación, vio algo inesperado.
Allí había un sacerdote; era Gwarunga, cuyo rostro estaba contraído por la furia. Tenía aferrada a Muriela por la garganta y la sacudía con brutalidad.
–¡Traidora! – musitaba Gwarunga con voz sibilante como la de una cobra-. ¿Qué juego es éste? ¿No te dijo Zargheba lo que tenías que decir? ¿Traicionas a tu amo, o es él quien nos traiciona a los demás?
¡Te voy a…!
Un gesto involuntario de la muchacha, que miraba por encima del hombro del sacerdote, puso en guardia a éste. Soltó a Muriela y giró en redondo, en el momento en que se abatía la espada de Conan. El impacto hizo caer al suelo a Gwarunga, de cuya cabeza manó sangre en abundancia.
Conan se adelantó para rematarlo, pues el movimiento repentino del sacerdote hizo que la hoja lo golpeara casi de plano, pero la muchacha rodeó al cimmerio con sus brazos y exclamó:
–¡Hice lo que me ordenaste! ¡Ahora sácame de aquí! ¡Por favor, sácame de aquí!
–Todavía no podemos marcharnos -repuso Conan-. Tengo que seguir a los sacerdotes para ver dónde están las joyas.
Allí puede haber un enorme tesoro. Pero puedes venir conmigo.
Dime, ¿dónde está el rubí que tenías en el pelo?
–Se me debe de haber caído en el estrado. Estaba tan asustada que cuando se fueron los sacerdotes eché a correr para ir en tu busca, pero ese enorme bruto estaba escondido y quiso estrangularme…
–Bueno, busca el rubí mientras yo acabo con este asesino. ¡Vamos, esa gema vale una fortuna!
Ella titubeó como si temiese volver a la habitación. Entonces, mientras el bárbaro arrastraba a Gwarunga, la muchacha entró en la sala del oráculo.
Conan volvió boca arriba al desmayado negro y levantó su espada.
El cimmerio había vivido demasiado tiempo entre gente implacable para sentir impulsos de compasión. El único enemigo inofensivo era el enemigo muerto. Pero antes de que asestara el último golpe, un grito ahogado lo dejó inmóvil. Provenía de la sala del oráculo.
–¡Conan! ¡Conan! ¡Ella ha vuelto!
El grito terminó en un gorgoteo y en un ruido sordo de pasos.
Al tiempo que profería un juramento, el cimmerio rodeó el trono a toda velocidad y entró en la habitación del oráculo. Allí se detuvo, jadeando. Aparentemente, Muriela descansaba plácidamente sobre el estrado, con los ojos cerrados como si estuviera durmiendo.
–¿Qué demonios haces? – le preguntó Conan-. ¡Éste no es momento para…!
Se interrumpió cuando su mirada se detuvo en su pierna izquierda, que estaba cubierta por el vestido. Él mismo había rasgado la tela en ese lugar, pero ahora no se veía el desgarrón. Conan avanzó unos pasos y puso la mano sobre el cuerpo marfileño…, pero la retiró enseguida como si se hubiera quemado al percibir la fría inmovilidad de la muerte.
–¡Por Crom! – exclamó-. ¡No es Muriela! ¡Es Yelaya!
Ahora comprendía el significado del grito frenético que había escuchado de labios de Muriela cuando ésta entró en la habitación. La diosa había vuelto. El cuerpo había sido despojado de su atuendo por Zargheba para vestir a Muriela. Sin embargo, ahora aparecía con la misma seda y las mismas joyas con que Conan la viera por primera vez. El cimmerio sintió que se le erizaba el cabello.
–¡Muriela! – exclamó de repente-. ¡Muriela! ¿Dónde demonios estás?
Los muros le devolvieron burlonamente sus gritos. No había más acceso que el de la puerta de oro, y por allí nadie pudo haber entrado o salido sin ser visto por él. Pero era algo indiscutible: Muriela había sido reemplazada por Yelaya en pocos minutos. En sus oídos todavía resonaba el grito de la muchacha, y a pesar de ello, la corinthia parecía haberse esfumado. Dejando de lado toda explicación sobrenatural, Conan pensó que la única posibilidad era que en aquella habitación
hubiera una puerta secreta. Y mientras esta idea le pasaba por la mente, vio la puerta.
En lo que parecía lisa pared, divisó una rendija, de la cual sobresalía un trozo de seda. El cimmerio se agachó y comprobó que la tela pertenecía al vestido de Muriela. Sin duda éste había quedado cogido al cerrarse la puerta tras ella, mientras la arrastraban sus captores.
Conan introdujo su daga en la ranura e hizo presión. La hoja se curvó, pero la puerta de mármol acabó por abrirse. El cimmerio levantó la espada mientras escudriñaba en la abertura, pero no vio nada extraordinario. La luz que se filtraba en la habitación del oráculo que estaba detrás de él le reveló una corta escalera de mármol. Hundió su daga en una grieta del suelo que había delante de la puerta, para evitar que ésta se cerrara, y bajó sin vacilar por la escalera. Una docena de peldaños más abajo se encontró delante de un corredor que se perdía en la oscuridad.
El cimmerio se detuvo al pie de la escalera para examinar unos frescos que adornaban las paredes y que eran visibles gracias a la luz que llegaba desde arriba. Aquello seguramente había sido pintado por pelishtios. Había tenido oportunidad de ver muchos frescos parecidos en las paredes de Asgalun. Sin embargo, las escenas pintadas no guardaban relación alguna con las gentes de Pelishtia, exceptuando una sola figura humana, repetida varias veces. Se trataba de un anciano enjuto de barba blanca, cuyas características raciales resultaban inconfundibles. Las pinturas parecían representar diversos sectores del palacio que había encima. En algunas escenas se reproducían la sala del oráculo con la figura acostada de Yelaya y un gigantesco negro arrodillado ante ella. El viejo pelishtio también estaba pintado en el nicho que había detrás de la pared. Había otras figuras, que parecían obedecer las órdenes del anciano y arrastraban algo desde el río subterráneo. Conan se quedó inmóvil. Enseguida comprendió el sentido de muchas frases del pergamino que no había entendido antes. Todas las partes del rompecabezas encajaban perfectamente ahora. El misterio de Bit-Yakin y de sus servidores había dejado de serlo.
El bárbaro se volvió y miró hacia el oscuro túnel, sintiendo un escalofrío en la espalda. A continuación comenzó a avanzar por el
pasillo, internándose cada vez más en la oscuridad a medida que se alejaba de la escalera. El aire se hacía cada vez más pesado, cargado con el olor fétido que ya percibiera junto al batintín de oro.
En las tinieblas escuchó un sonido que provenía de delante de él.
Parecía el roce de unos pies desnudos sobre las losas, o el de un vestido sobre el suelo. No podía decirlo con precisión. Un segundo después, su mano halló una barrera que identificó como una puerta maciza de metal tallado. Empujó sin obtener ningún resultado, y luego la punta de su espada buscó en vano un intersticio. Volvió a empujar, pero fue inútil. Ni siquiera una manada de elefantes hubiera derribado aquel gigantesco portal.
Mientras estaba inclinado sobre la puerta percibió, al otro lado de ésta, un sonido que identificó enseguida: era un ruido de hierro enmohecido, como el de una palanca al girar sobre su eje. El cimmerio saltó hacia atrás instintivamente; en aquel preciso instante se desplomó un gran bloque de piedra desde arriba con estruendo ensordecedor. Si hubiera saltado un segundo después, Conan habría quedado aplastado debajo de la piedra como una hormiga.
El bárbaro pensó que Muriela se hallaría cautiva detrás de aquella puerta de bronce, en el caso de que aún viviera. Pero era imposible trasponerla, y si seguía en aquel pasillo podía caerle otro bloque encima, y no tener tanta suerte como con el anterior. No podía continuar la búsqueda por allí. Tenía que encontrar otra entrada desde arriba.
Corrió hacia las escaleras y suspiró involuntariamente cuando llegó a ésta y se encontró en un lugar tenuemente iluminado. Pero al subir los primeros escalones, oyó que la puerta de mármol se cerraba y quedó sumido una vez más en las tinieblas.
Algo parecido al pánico se apoderó del cimmerio al verse atrapado en aquel túnel. Se volvió espada en mano, pero no oyó ningún ruido.
Tal vez las personas que se encontraban del otro lado de la puerta -si eran personas- creyeran que se habían librado de él con la caída de la piedra, que sin duda había sido soltada por medio de algún mecanismo especial.
Entonces, ¿por qué habían cerrado la puerta superior de la escalera? El cimmerio abandonó aquellas especulaciones y subió
peldaño a peldaño, temiendo recibir una cuchillada a cada paso que daba.
Al llegar a la puerta empujó con todas sus fuerzas y maldijo al comprobar que aquélla tampoco cedía. Tanteó la fría superficie y encontró un cerrojo que seguramente se había corrido al cerrarse la puerta. Entonces descorrió el cerrojo y la puerta se abrió. Luego saltó hacia la habitación con el rostro crispado, como la encarnación de la furia, dispuesto a luchar con cualquier enemigo que estuviera al acecho.
La habitación estaba vacía, al igual que el estrado. Yelaya había desaparecido.
–¡Por Crom! – musitó el cimmerio-. ¿Estará viva, después de todo?
Avanzó hacia la sala del trono, absolutamente desconcertado, y enseguida un repentino pensamiento lo hizo entrar en la habitación que se encontraba detrás del estrado. Había sangre en el lugar en el que dejara el cuerpo desmayado de Gwarunga. Pero eso era todo. El negro había desaparecido tan misteriosamente como Yelaya.
4. Los dientes de Gwahlur
Una furia de impotencia dominaba a Conan. No tenía la menor idea acerca de dónde debía buscar a Muriela, y lo mismo le ocurría respecto al tesoro de los Dientes de Gwahlur. Sólo se le ocurrió una cosa: seguir a los sacerdotes. Tal vez al llegar al escondite del tesoro hallara algún indicio. Era una posibilidad muy remota, pero mejor sería que vagar por allí sin rumbo fijo.
Mientras avanzaba rápidamente por la enorme sala en dirección al pórtico, casi esperaba que las sombras inmóviles cobrasen vida y lo atacaran con sus espantosos colmillos y zarpas. Pero cuando llegó al exterior y pisó el mármol iluminado por la luna, tan sólo notó los acelerados latidos de su corazón.
Al pie de los escalones echó una mirada para orientarse respecto a la dirección que debía seguir. De inmediato halló un rastro. Sobre la hierba, que estaba aplastada en determinados lugares donde también se veían algunas ramitas rotas, había numerosos pétalos. Conan, que había seguido el rastro de los lobos en sus montañas natales, no tuvo ninguna dificultad en seguir el de los sacerdotes.
Las huellas se alejaban del palacio entre los exóticos matorrales, en lo que crecían grandes flores blanquecinas. Finalmente, llegó ante una enorme masa rocosa que destacaba de los farallones como un gigantesco castillo. Sin duda, el sacerdote charlatán se había equivocado al decir que las joyas estaban ocultas en el palacio, puesto que el rastro lo había llevado fuera de éste. Sin embargo, Conan tenía la impresión de que todos los puntos del valle estaban conectados con el palacio por corredores secretos.
Agazapado entre las sombras de los matorrales, el cimmerio examinó el enorme peñasco que brillaba a la luz de la luna. Estaba cubierto de tallas grotescas que representaban hombres, animales y unos seres bestiales que podían ser dioses o demonios. El estilo de las tallas se diferenciaba tan notablemente de lo que se veía en el resto del valle que Conan se preguntó si no sería una reliquia primitiva de épocas anteriores a la fundación de Alkmeenón.
En la roca había una enorme puerta. Alrededor de ésta habían sido talladas las fauces de un dragón. La puerta era de bronce y parecía muy pesada. No había cerraduras a la vista, pero en las dos hojas, que estaban abiertas de par en par, se veía un extraño mecanismo, seguramente usado como cerrojo, cuyo funcionamiento sólo debían de conocer los sacerdotes de Keshán.
El rastro demostraba que Gorulga y sus acólitos habían entrado por aquellas puertas. Pero Conan vaciló. Si esperaba hasta que salieran quizá se encontrarían con que le cerraban la puerta, cuyo mecanismo parecía muy seguro. Si los seguía al interior de la cueva, al salir podían dejarlo encerrado dentro.
Finalmente se decidió y se internó en la cueva. En algún lugar de aquel recinto se encontraban los sacerdotes, los Dientes de Gwahlur y tal vez la clave de lo que le había ocurrido a Muriela. Los riesgos nunca habían arredrado a Conan en sus empresas.
La luna iluminaba una parte del túnel por el que se internó el cimmerio. A lo lejos percibió un tenue resplandor, y de allí parecía llegar un extraño cántico. Los sacerdotes no estaban tan lejos como había pensado. El túnel desembocaba en una caverna de pequeñas dimensiones con un alto techo abovedado. Unas incrustaciones que había en la roca producían una luminosidad fosforescente. Bajo la
tenue luz, el bárbaro pudo ver una imagen de aspecto monstruoso que se encontraba en un altar. En la cueva desembocaban media docena de túneles, y por el más grande se divisaba el luminoso titilar de las antorchas. El cántico iba en aumento.
Conan se internó temerariamente por el pasadizo, y al cabo de un rato se halló contemplando una caverna de mayores dimensiones que la anterior. Allí no había fosforescencia, pero la luz de las antorchas alumbraba un altar con la imagen de un dios más repugnante aún que el anterior. Parecía un sapo, y delante de él estaban arrodillados Gorulga y sus acólitos, que entonaban monótonos cánticos. El cimmerio pensó que habían avanzado muy poco. Evidentemente, penetrar en la cripta secreta del tesoro constituía un ritual muy complicado.
El bárbaro empezaba a impacientarse cuando los sacerdotes se incorporaron y se internaron por un túnel que había detrás del ídolo.
El los siguió a cierta distancia. No había demasiado peligro de que lo descubrieran, ya que se deslizaba entre las sombras como una criatura de la noche, en tanto que los sacerdotes estaban completamente absortos en su grotesco ceremonial. Al parecer, ni siquiera habían notado la ausencia de Gwarunga.
Llegaron a una caverna de grandes dimensiones, por cuyas altas paredes se veían galerías que formaban diversos pisos. Volvieron a iniciar el ritual, ahora delante de un altar cuyo dios tenía un aspecto todavía más espantoso que los anteriores.
Conan se apoyó en la pared, cerca de la entrada de la cueva, en cuyo interior brillaban las antorchas. Vio una escalera que ascendía en espiral de galería en galería. El techo se perdía en las sombras.
Pero el cántico cesó súbitamente. Los sacerdotes arrodillados levantaron la cabeza y el cimmerio no pudo evitar un estremecimiento.
Una voz inhumana, imposible de identificar, resonó estertóreamente por encima de ellos. Los sacerdotes permanecieron inmóviles, con la mirada fija en una luz fantasmagórica que iluminaba una figura. La luz se hizo más intensa, y entonces los acólitos gritaron. Habían reconocido aquella silueta vestida de seda y oro.
–¡Yelaya! – exclamó Gorulga, con el rostro ceniciento-. ¿Por qué nos has seguido? ¿Qué quieres de nosotros?
Se volvió a oír la terrible voz, ampliada por los innumerables ecos de la bóveda:
–¡Malditos seáis los sacrílegos! ¡Que caiga la perdición sobre quienes negáis al verdadero dios!
De los labios de los sacerdotes surgió un grito de asombro. Gorulga parecía un buitre desconcertado a la luz de las antorchas.
–No… no comprendo -dijo tartamudeando-. Nosotros te somos fieles. En la habitación del oráculo nos dijiste…
–¡No recuerdes lo que se dijo en la sala del oráculo! – tronó la voz-.
¡Cuidado con los falsos profetas y los falsos dioses! Un demonio ocupó mi lugar en el palacio y os dio una falsa profecía. Ahora escuchad y obedeced, pues yo soy la única diosa verdadera. ¡Os brindaré una oportunidad de salvaros!
«Sacad el tesoro de los Dientes de Gwahlur de la cripta en la que se halla desde hace tanto tiempo -continuó-. Alkmeenón ya no es un lugar sagrado porque ha sido profanado por gente de poca fe. Poned el tesoro en manos de Tuthmekri, el estigio, para que él lo lleve al santuario de Dagon y de Derketo. Sólo esto puede salvar a Keshán de la ruina que los demonios de las tinieblas planean para nuestro país. Coged, pues, el tesoro y volved inmediatamente a la capital de Keshán. Entregad allí las joyas a Tuthmekri y haced desollar vivo a ese maldito extranjero llamado Conan en la gran plaza de la ciudad.
No hubo la menor vacilación. Temblando de horror, los sacerdotes corrieron atropelladamente hacia la puerta que había detrás del repugnante ídolo. Gorulga encabezaba la fuga. Se amontonaron en la puerta lanzando exclamaciones, y poso después sus pasos se perdieron por los túneles.
Conan no los siguió. Estaba furioso y lo consumía el deseo de descubrir la verdad de aquel fantástico asunto. ¿Sería aquélla la verdadera Yelaya, o la pequeña Muriela, que finalmente lo había traicionado? En ese caso…
Antes de que hubiera desaparecido la última antorcha por el oscuro túnel, el cimmerio ya trepaba con expresión vengativa por la escalera de piedra. El fulgor disminuía de manera apreciable, pero el bárbaro aún podía distinguir la figura blanquecina que permanecía inmóvil en la galería. Sintió un sudor frío en la frente, pero no dudó. Se acercó con
la espada en alto y se cernió como la misma muerte sobre la inescrutable figura.
–¡Yelaya! – gritó-. ¡Vuelve a morir, tú que has estado muerta durante mil años!
De la boca de un túnel que se abría a espaldas del cimmerio surgió una forma imprecisa. Pero el ruido apenas perceptible que produjo puso sobre aviso a Conan. Este se volvió como un tigre y asestó un mandoble casi a ciegas. Su enorme espada atravesó al atacante y le salió entre los hombros.
Conan extrajo el sable mientras la víctima caía al suelo con un último gemido de agonía. El hombre se retorció durante un momento y luego se quedó inmóvil. Bajo la tenue luz, Conan vio un cuerpo negro y robusto, de piel brillante. Había matado a Gwarunga.
Entonces el cimmerio se volvió hacia el cuerpo de la diosa. Unas cuerdas la mantenían atada por el pecho y las rodillas a una de las columnas. A pocos pasos de distancia, las ataduras no se veían a causa de la poca luz.
–Debió de seguirme cuando bajé por las escaleras de la puerta falsa, en la sala del oráculo -musitó Conan-. Seguramente imaginó que estaba allá abajo y quitó la daga que yo había colocado para que no se cerrara la puerta. ¡Ah, aquí está!
El cimmerio quitó la daga con la que pretendía apuñalar a Gwarunga de entre sus rígidos dedos y la examinó detenidamente.
Comprobó que en efecto era la suya y se la colocó nuevamente en el cinto.
–Luego se llevó a Yelaya -siguió razonando Conan- para engañar a esos necios. Después gritó lo que convenía, y su voz no fue reconocida, ya que la desfiguraban los múltiples ecos de la caverna. Y en cuanto a esa luminosidad azulina… me parece familiar. Sí, es una sustancia que usan los piratas de Estigia. Probablemente Tuthmekri se la entregó a Gwarunga, por si la necesitaba. Familiarizado con las ceremonias de sus compañeros, Gwarunga debió de entrar en la cueva después que los demás sacerdotes -siguió musitando-. Llevaba el cuerpo de Yelaya y lo colocó en un sitio para representar la comedia, mientras sus compañeros se dedicaban al interminable ritual.
El cimmerio descubrió otra fuente de luz. Procedía de uno de los túneles que daban al rellano y seguía la dirección que habían tomado los sacerdotes. Tal vez comunicara con otra cueva, en la que se encontraban los sacerdotes en ese momento. Apresuró el paso y volvió a escuchar más adelante los cánticos de los sacerdotes de Keshán.
De repente vio una puerta a la izquierda, enmarcada en la fosforescencia azulina. Hasta sus oídos llegó un sollozo desgarrador. Se volvió rápidamente y observó a través de la oquedad luminosa.
Estaba mirando en el interior de una habitación excavada en la roca viva, no de una cueva, como las anteriores. El techo abovedado brillaba por efectos de la sustancia fosforescente. Las paredes estaban cubiertas casi por completo de arabescos dorados.
Cerca de la pared de enfrente, sobre un trono de granito y mirando hacia la puerta, se hallaba el monstruoso y obsceno Pteor, dios de los pelishtios. Estaba hecho de latón, y sus exagerados atributos masculinos reflejaban lo rústico del culto. Sobre su regazo se hallaba tendida una figura inmóvil.
–¡Maldición! – murmuró el cimmerio, y observó con recelo la estancia.
Al ver que no tenía otra entrada ni había más personas, avanzó en silencio y miró a la muchacha, cuyos hombros se movían convulsivamente por el llanto. La joven tenía el rostro oculto entre las manos, y sus muñecas estaban sujetas por unos grilletes de oro y unas cadenas del mismo metal a otros grilletes que tenía el ídolo en los brazos. El cimmerio tocó con la mano derecha el hombro desnudo de la muchacha y ésta se estremeció. Después de lanzar un grito, levantó su rostro bañado en lágrimas.
–¡Conan! – exclamó Muriela, y tendió los brazos hacia él, pero las cadenas se lo impidieron.
El cimmerio colocó las delgadas cadenas sobre las rodillas del ídolo y las rompió con la espada.
–Tendrás que llevar estas pulseras hasta que encontremos un cincel o una lima -dijo con un gruñido, refiriéndose a los grilletes-. Vosotras, las actrices, sois muy emotivas. Veamos, ¿qué te ha ocurrido?
–Cuando volví a la sala del oráculo -comenzó a explicar Muriela-, vi a la diosa tendida, tal como la había visto la primera vez. Grité y eché a
correr en tu busca, pero alguien me sujetó por detrás, me tapó la boca con la mano, me arrastró por una escalera y luego a través de una habitación oscura. No supe quién me había atrapado hasta que cruzamos una gran puerta de metal y llegamos a un túnel, cuyo techo brillaba como el de esta sala.
«¡Estuve a punto de desmayarme cuando los vi! – siguió diciendo la joven-. ¡Aquellos no eran seres humanos! Son unos demonios de pelo grisáceo, que andan torpemente y hablan una jerga que no parece humana. Se quedaron allí, y parecían estar esperando algo. Oí que desde fuera alguien trataba de abrir la puerta. Entonces uno de esos seres empujó una palanca que había en la pared y oí un estruendo, como si hubiera caído una enorme piedra al otro lado de la puerta de bronce. Luego me llevaron por sinuosos corredores y subimos una escalera hasta llegar aquí, donde me encadenaron a este espantoso ídolo -continuó-. Después se fueron y me dejaron sola. Conan, ¿quiénes son esos seres?
–Son los servidores de Bit-Yakin -repuso él con un gruñido-.
Encontré un manuscrito que revelaba algunas cosas acerca de ellos y después vi una pintura en la pared que me indicó el resto. Bit-Yakin era un pelishtio que llegó al valle interior con sus criados, una vez que la gente de Alkmeenón hubo abandonado el lugar. Encontró el cuerpo de la princesa Yelaya y descubrió que los sacerdotes volvían de vez en cuando para hacerle ofrendas, pues en aquella época Yelaya aún era venerada como diosa.
«Preparó un nicho en la pared, detrás del estrado, y habló a través de unos agujeros, haciendo creer a los sacerdotes que era la voz de la diosa -siguió diciendo-. Así nació el oráculo. Los sacerdotes nunca sospecharon nada. No veían a los servidores de Bit-Yakin, pues éstos se escondían cuando se realizaba alguna ceremonia. Así vivió y murió Bit-Yakin en este palacio sin que los sacerdotes se enteraran. Sólo el cielo sabe cuánto tiempo permaneció aquí, pero debieron de haber sido siglos. Los sabios pelishtios son capaces de prolongar sus vidas durante cientos de años. Yo he visto a algunos de ellos.
"Nadie podría decir por qué vivió aquí solo y desempeñó el papel del oráculo -prosiguió-, pero imagino que lo hizo para mantener inviolado el palacio y que nadie viniera a turbar la paz reinante. Bit-
Yakin comía los manjares que le traían como ofrenda a Yelaya. Sus criados comían otras cosas. Yo siempre he sabido que existía un río subterráneo que partía del lago en el que las gentes de las altiplanicies de Punt arrojaban a sus muertos. Ese río pasa por debajo del palacio, y mediante unas escaleras que llegan hasta el agua ellos se apoderan de los cadáveres. Todo esto fue consignado por Bit-Yakin en el pergamino y en unos frescos pintados en las paredes.
»Pero el anciano acabó por morir -agregó Conan-. Sus criados lo momificaron según las instrucciones que él les había dado, y luego lo pusieron en una pequeña cueva que hay en los taludes rocosos. El resto es fácil de imaginar. Los servidores, que gozaron de una vida más larga que su amo, siguieron viviendo aquí. Cuando llegaba un sacerdote, lo descuartizaban. Por ese motivo, hasta la llegada de Gorulga nadie se atrevió a consultar el oráculo.
" Es evidente que cada cierto tiempo los criados renovaban los vestidos de la diosa, como vieron hacer a su amo -concluyó-.
Seguramente poseen alguna estancia en la que las sedas no se ven afectadas por el paso del tiempo. Ellos devolvieron la diosa a su sitio después de habérsela llevado Zargheba. Y ellos también le cortaron la cabeza a éste y la colgaron de un árbol.
Múñela se estremeció, pero al mismo tiempo suspiró aliviada.
–Ya no volverá a azotarme -dijo.
–No lo hará, mientras esté en el infierno -convino el bárbaro-. Pero vámonos. Gwarunga estropeó mi plan al llevarse a la diosa. Voy a seguirlos y procuraré robarles el tesoro cuando lo hayan encontrado.
Camina siempre a mi lado. No puedo estar vigilándote continuamente.
–Pero ¿y los criados de Bit-Yakin? – preguntó la joven con un susurro temeroso.
–Tendremos que arriesgarnos -repuso él-. No sé qué pasará por sus cabezas, pero hasta ahora no han demostrado ninguna intención de salir a pelear a terreno abierto. Vámonos.
Conan cogió a la muchacha por la mano y la condujo por el pasillo.
Mientras avanzaban, oyeron el cántico de los sacerdotes mezclado con el rumor de una corriente de agua. La luz se hizo más intensa, y fueron a salir a una plataforma natural que daba a una caverna gigantesca.
Desde la galería contemplaron una escena fantástica.
Por encima de ellos resplandecía el techo fosforescente. A unos treinta metros por debajo se extendía el suelo uniforme de la caverna, que en su extremo más alejado era recorrido por un río de aguas tempestuosas y llenas de espuma. La corriente surgía de la oscuridad, reflejaba en su superficie miríadas de fulgores del techo y, tras recorrer la cueva, iba a perderse nuevamente en las tinieblas.
El cimmerio y su compañera se encontraban en una plataforma desde la cual se extendía un puente natural de piedra que iba a terminar en forma de arco en otra plataforma situada en la pared opuesta de la cueva, después de pasar sobre el riachuelo. Por debajo del puente, a unos tres metros de distancia, había otro puente más ancho que seguía la misma dirección. En ambos extremos había una escalera tallada en la roca que unía aquellos enormes arcos.
Después de seguir la curva del arco que se alejaba de la plataforma en la que se encontraba, Conan divisó una abertura en la pared de la cueva, a través de la cual se veían las estrellas.
Pero su atención se vio atraída por la escena que se desarrollaba debajo de ellos. Los sacerdotes habían llegado a su destino. Allí, en una esquina de la cueva, se alzaba un altar de piedra sobre el cual no había ningún ídolo. No se podía ver si éste se hallaba más atrás, porque aquella parte se encontraba completamente a oscuras.
Los sacerdotes habían puesto sus antorchas en unos agujeros que había en el suelo de piedra, de modo que las teas formaban un semicírculo de fuego delante del altar, a varios metros de distancia de éste. Ellos también formaron un semicírculo en el interior del otro, y Gorulga, después de levantar los brazos en una invocación, se inclinó sobre el altar y puso las manos encima de éste. La losa superior se abrió hacia atrás cuando el gran sacerdote la hubo levantado, y apareció una pequeña cripta.
Gorulga extendió su largo brazo hacia el orificio y sacó un cofrecillo de bronce. Dejó caer la losa del altar a su posición anterior, y puso encima el cofrecillo. Enseguida procedió a abrir la tapa de éste. A los interesados observadores que se encontraban en la plataforma superior les pareció como si hubiese dejado en libertad una llama de un fulgor intensísimo que brillaba y palpitaba dentro del cofre. El corazón del cimmerio dio un vuelco. Conan echó mano a la empuñadura de su
espada, con gesto mecánico. ¡Los Dientes de Gwahlur, al fin! ¡El tesoro que convertiría a su poseedor en el hombre más rico del mundo!
De repente, Conan se dio cuenta de que en torno al altar sólo brillaba la llama maligna de los Dientes de Gwahlur, que seguía creciendo cada vez más. Los sacerdotes negros estaban inmóviles como estatuas de basalto, y miraban con un gesto de profundo estupor.
A continuación, el misterioso espacio situado detrás del altar comenzó a iluminarse, y al hacerlo pudieron verse unas figuras espantosas que parecían surgir de la noche y del silencio sin fin.
Al principio parecían estatuas de granito gris. Pero aquellos seres peludos de aspecto repulsivo estaban vivos. Sólo sus ojos parecían tener vida, como si fueran ascuas ardientes. Gorulga gritó con horror, al tiempo que levantaba los brazos con ademán defensivo.
Un brazo más largo avanzó hacia él y una mano le aferró la garganta. Gritando y debatiéndose, el sumo sacerdote fue arrastrado hasta quedar tendido sobre el altar. Entonces un puño se abatió sobre él como una maza, y los gritos de Gorulga cesaron.
Su cuerpo quedó inerte sobre la losa, con el cráneo aplastado. A continuación, los antiguos sirvientes de Bit-Yakin se abalanzaron como una turba demoníaca sobre los sacerdotes, que seguían inmóviles del horror.
La matanza que siguió fue repugnante y estremecedora.
Conan vio cuerpos negros desgarrados por las manos infrahumanas de los atacantes, contra cuya terrible fuerza y agilidad nada valían las dagas ni las espadas de los sacerdotes. Vio cuerpos alzados en vilo y arrojados contra el altar Vio una antorcha sostenida por una mano monstruosa, que se retorcía en vano. Tan sólo un sacerdote logró escapar, dando alaridos, pero una turba sangrienta de formas horrorosas lo perseguía de cerca. El fugitivo y sus perseguidores desaparecieron por el negro túnel, mientras los gritos del hombre seguían llegando cada vez más debilitados por la distancia.
Muriela estaba de rodillas, con los ojos cerrados y abrazada a las piernas de Conan. Era la viva imagen del espanto.
Pero el cimmerio entró en actividad. Echó una mirada al orificio por el que se veían brillar las estrellas, luego observó el cofre, que aún relucía sobre el altar ensangrentado, y allí vio una ocasión desesperada.
–¡Voy a por el cofre! – exclamó-. ¡Quédate aquí!
–¡No, por favor! – gritó la muchacha aferrándose a sus rodillas-.
¡No! ¡No me dejes!
–¡Quédate quieta y no abras la boca! – dijo el cimmerio, librándose de los brazos de Muriela.
Desdeñando la escalera, el cimmerio bajó de plataforma en plataforma con varios saltos ágiles. Al llegar al suelo no vio rastro alguno de los monstruos. El fulgor que había precedido a la aparición de los antiguos sirvientes de Bit-Yakin desapareció con ellos. Tan sólo las joyas que se hallaban en el cofre de bronce seguían proyectando su luz centelleante.
Conan se apoderó del cofre, pero antes miró con avidez su contenido: unas gemas de forma extraña que resplandecían con brillo helado, ultraterreno. Cerró la tapa de un golpe, se colocó el cofrecillo bajo el brazo y corrió escaleras arriba. No tenía ningún deseo de enfrentarse a los infernales criados de Bit-Yakin. ¿Por qué habrían esperado tanto para atacar?, se preguntó. Imposible saberlo. Ningún ser humano podía explicar las reacciones de aquellos monstruos. No había duda de que poseían una inteligencia similar a la humana. Pero en el suelo de la caverna yacía la prueba de su espíritu bestial.
La muchacha corinthia aún seguía arrodillada cuando llegó el cimmerio. Este la cogió por la muñeca y le levantó, al tiempo que le decía con un gruñido:
–¡Es hora de que nos vayamos!
Demasiado aterrada para darse cuenta de lo que sucedía, la joven se dejó conducir a lo largo del estrecho puente de piedra. Sólo cuando estuvieron encima de la corriente, la muchacha miró hacia abajo, lanzó un grito y se tambaleó en el aire. Conan profirió una maldición, le rodeó la cintura con el brazo y la llevó en volandas hasta el otro extremo del puente natural. Luego corrieron por el corto túnel que había al otro lado, y un momento después ambos salían a una estrecha cornisa rocosa situada en la cara exterior de los farallones que rodeaban el valle. Abajo, a menos de treinta metros, las hojas de los árboles se agitaban a la luz de las estrellas.
Al mirar hacia el bosque, el cimmerio dejó escapar un suspiro de alivio. Se sentía capaz de bajar por aquel talud, aun cuando tuviera que
cargar con la muchacha y el cofre. Depositó en la roca el cofrecillo, que aún estaba manchado con la sangre de Gorulga, y ya se disponía a atarse el cofre a la espalda con su cinto cuando quedó inmóvil al oír a sus espaldas un ruido siniestro e inconfundible.
–¡Quédate aquí! – le dijo a la atemorizada corinthia-. ¡No te muevas!
El cimmerio desenvainó la espada y se deslizó por el túnel con toda cautela.
En mitad del puente había un cuerpo grisáceo. Uno de los antiguos criados de Bit-Yakin venía siguiendo a la pareja. No cabía ninguna duda de que el monstruo los había visto a ambos. Conan no vaciló.
Tenía que acabar con él antes de que volvieran los demás sirvientes.
Se abalanzó directamente sobre el monstruo, que no era simiesco ni humano. Era un ser de pesadilla surgido de las misteriosas selvas del sur a las que no había llegado el hombre y donde se oía permanentemente el redoble de los tambores.
Ambos se encontraron en la parte más alta del arco del puente, bajo el cual corrían furiosas las aguas a unos treinta metros. Conan atacó, como un tigre, al monstruo con rostro de troglodita y asqueroso cuerpo grisáceo. Asestó un mandoble con su espada, poniendo en el golpe hasta el último vestigio de energía de su cuerpo. Aquel golpe hubiera deshecho el cuerpo de un hombre. Pero los huesos del antiguo sirviente de Bit-Yakin parecían hechos de acero. A pesar de ello, el mandoble le destrozó parte del pecho y la sangre manó a borbotones de la enorme herida.
Antes de que el cimmerio pudiera dar un segundo golpe, un brazo gigantesco lo barrió del puente como si de una mosca se hubiera tratado. Mientras caía, el rumor de la corriente de agua le pareció a Conan un fúnebre doblar de campanas. Pero su cuerpo dio una vuelta en el aire y fue a caer en parte sobre el puente que había debajo. Se balanceó precariamente por un instante y finalmente sus dedos se aferraron al borde opuesto del puente, evitando la caída. Luego saltó sobre el arco de piedra. Todavía llevaba la espada en la mano derecha.
En aquel momento vio al engendro que sangraba en abundancia y corría hacia el extremo del puente con la intención de bajar por la escalera hasta donde se encontraba Conan. Una vez que llegó al final de
éste, el monstruo se detuvo repentinamente. En la entrada del túnel había visto a Muriela con el cofre bajo el brazo y un gesto de horror en el rostro. Bramando un rugido triunfal, el monstruo aferró a la muchacha con un brazo y cogió el cofrecillo con la otra mano. Luego retrocedió para cruzar el puente. El cimmerio gritó una maldición, pues comprendió que no llegaría a tiempo. Tenía que subir la escalera de piedra que lo separaba del puente superior y, para entonces, el ser infrahumano ya habría desaparecido por el laberinto de túneles que había al otro lado.
Pero el monstruo perdía fuerza. La sangre no había cesado de manar de la tremenda herida que tenía en el pecho, y ahora se balanceaba como borracho sobre el arco. De repente se desplomó sobre la roca y luego se precipitó al abismo. La muchacha y el cofre cayeron de sus manos inertes. Muriela lanzó un grito terrible.
Conan se hallaba casi debajo del sitio al que había caído el monstruo. Este golpeó contra el segundo puente, pero rebotó y se precipito a las rugientes aguas. La muchacha, en cambio, logró mantenerse en el borde del arco de piedra. El cofre cayó a un lado de Conan, y Muriela hacia el otro, ambos al alcance de la mano del cimmerio. Durante unos instantes, el cofre rodó sobre la piedra; la muchacha se asió desesperadamente a las rocas con un brazo, mirando a Conan con los ojos desorbitados de espanto.
El bárbaro no dudó. Ni siquiera miró hacia el cofre que contenía las riquezas de toda una era. Dio un salto que habría avergonzado a la pantera más ágil y cogió a la muchacha por la muñeca, cuando los dedos de ésta ya resbalaban por el puente. Luego, dando un tremendo tirón, le levantó sobre la roca. El cofre rebasó el borde y, después de trazar un arco, fue a caer a las aguas, a treinta metros de distancia.
Una blanca mancha de espuma señaló el lugar en el que los Dientes de Gwahlur desaparecieron para siempre de la vista de los hombres.
El cimmerio apenas se molestó en mirar. Corrió por el puente y trepó por los escalones de piedra llevando bajo el brazo a la muchacha, que estaba medio desmayada. Un aullido espantoso le hizo volver la cabeza cuando alcanzaba el arco superior y vio a los demás monstruos que irrumpían en la caverna, por la parte de abajo, con las manos ensangrentadas Corrieron hacia arriba y comenzaron a subir por las
escaleras que unían entre si los salientes rocosos. Conan se echó a la muchacha a la espalda e inició el descenso con temeraria rapidez.
Cuando los fieros rostros asomaron por la abertura, el cimmerio y la muchacha desaparecían ya por el bosque que rodeaba los farallones exteriores del valle de Alkmeenón.
Conan depositó a Muriela en el suelo, en medio de la densa vegetación.
–Bien, creo que podemos descansar -le dijo-. Es casi imposible que esos monstruos nos sigan fuera del valle. No obstante, buscaré un caballo que dejé atado junto a un pozo, no lejos de aquí. Allí estará, si no se lo han comido las fieras
El cimmerio la miró extrañado y agregó:
–¡Por Crom! ¿Puedes decirme por qué te echas a llorar precisamente ahora?
Muriela se cubrió el rostro con ambas manos, y su cuerpo se estremeció a causa de los sollozos.
–Has perdido las joyas por mi culpa -dijo ella con infinita pena-. Si me hubiera quedado fuera, en la plataforma, el monstruo no me habría visto. ¡Debiste coger el cofre y dejarme caer a mí!
–Sí, creo que me hubiera convenido más -repuso él con una sonrisa-. Pero olvidémonos del pasado. Vamos, deja de llorar. Eso es.
Ahora, vámonos.
–Entonces, ¿me llevas contigo? – preguntó la joven esperanzada.
–¿Qué otra cosa puedo hacer? – dijo el cimmerio reanudando la marcha.
Luego la miró detenidamente, hizo un gesto de aprobación y volvió a sonreír al ver la falda rasgada, que dejaba a la vista una generosa parcela de su cuerpo marfileño.
–Creo que una buena actriz como tú me puede ser útil. No tenemos nada que hacer en Keshán. Nos iremos a Punt Los naturales de ese país adoran a una diosa de marfil y extraen oro en abundancia de sus ríos Les diré que Keshán está intrigando con Tuthmekri contra ellos -lo cual es muy cierto- y que los dioses me envían para protegerlos.
Procuraré introducirte en secreto en el templo en el que se halla su diosa de marfil, para que ocupes su lugar. ¡Entonces nos resarciremos de la pérdida del cofre y les quitaremos hasta la última pepita de oro!
OceanofPDF.com