Conan el Guerrero

Robert E Howard · Capítulo 4 de 5 · parte 1/3

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Conan el Guerrero

Más allá del río Negro (Robert E. Howard y L. Sprague de Camp)

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Más allá del río Negro

Llegado a Punt con Muriela, el cimmerio consigue llevar a cabo su

plan y aligera a los fieles de aquel país de una buena cantidad de oro.

Luego sigue viaje hacia Zembabwei. Una vez allí, se une a una caravana

de mercaderes y la guía hacia el norte, por las fronteras del desierto -en

las que merodean sus antiguos compañeros, los bandidos zuagires-,

consiguiendo llevarla a salvo hasta Shem. Después sigue viaje hacia el

norte y atraviesa los reinos hiborios hasta llegar a su brumoso país natal.

Conan tiene ahora cuarenta años, pero no aparenta esa edad, salvo por

una actitud más madura hacia las mujeres y las riñas. De regreso en

Cimmeria, encuentra a los hijos de sus antiguos amigos, que a su vez han

formado ya familias. La vida sigue siendo muy sombría en aquel país, y

las comunicaciones con los reinos hiborios son escasas. Ningún colono

de estas naciones ha cruzado la frontera cimmeria desde la destrucción de

Venarium, que tuvo lugar unos veinte años atrás. Pero ahora los

aquilonios se extienden hacia el oeste, a través de las Marcas Bosonios,

hasta llegar a los límites con las tierras de los pictos. Y hacia allí se dirige

Conan en busca de trabajo para su espada. Se alista como explorador en

Fuerte Tuscelan, el último puesto fronterizo aquilonio situado en la orilla

oriental del río Negro, ya dentro del territorio bárbaro. En esa zona está

teniendo lugar una sangrienta batalla con los pictos.

1. Conan pierde su hacha

El silencio era tan absoluto en el bosque que los pasos de las suaves botas de cuero turbaban la quietud. Al menos eso le parecía al caminante, si bien éste avanzaba por el sendero con la cautela recomendable a todo aquel que se aventuraba más allá del río Trueno.

Se trataba de un hombre joven, de estatura media, con una mata de pelo rubio que asomaba por debajo del casco. Su atuendo era bastante corriente en aquel país. Llevaba un rústico jubón sujeto por un cinto, unos calzones de cuero y botas del mismo material que le llegaban un poco más abajo de las rodillas. La empuñadura de la daga sobresalía por el borde superior de una de sus botas. El cinturón que llevaba era ancho, de cuero, y de él colgaba una pesada espada y una bolsa de piel de venado. Al parecer, no había temor en los grandes ojos que observaban la densa vegetación a ambos lados del sendero. Aunque no

era alto, el hombre era de constitución armoniosa y sus cortas mangas dejaban ver unos brazos musculosos.

El viajero seguía imperturbable su camino, a pesar de que la última cabaña de colonos se encontraba varias leguas atrás y de que cada paso que daba lo acercaba al peligro que se cernía sobre el denso bosque como una sombra amenazante.

Hacía bastante menos ruido de lo que creía, si bien se daba perfecta cuenta de que el rumor de sus botas podía poner sobre aviso a los aguzados oídos que se ocultaban en la espesura traicionera. La actitud despreocupada del hombre era falsa. Sus ojos y oídos estaban alerta, sobre todo estos últimos, pues no había mirada que pudiera penetrar más allá de unos metros en ambos sentidos.

Su instinto lo hizo detenerse de repente, con la mano en la empuñadura de la espada. Permaneció inmóvil en medio del camino, conteniendo el aliento y preguntándose si en realidad había oído algo alarmante. El silencio era absoluto. No se oía el canto de un ave ni el chillido de una ardilla. Luego su mirada se detuvo en unos matorrales que tenía delante. No había brisa y sin embargo estaba seguro de haber visto unas ramas que se movían. Sintió que se le erizaba el cabello y permaneció indeciso durante un instante, seguro de que un movimiento en cualquier dirección podía significar su muerte.

Entonces se oyó un fuerte chasquido tras las hojas. Los matorrales se agitaron violentamente, se escuchó un grito ahogado y surgió una flecha de la espesura, que fue a perderse entre los árboles que bordeaban el camino. El viajero dio un salto y se puso a cubierto.

Agazapado detrás del tronco de un árbol y con la espada temblándole en la mano, el hombre vio que los arbustos se abrían y una alta figura avanzaba hacia el sendero. El caminante no pudo dominar su sorpresa. Aquel desconocido iba vestido igual que él, si bien los calzones no eran de cuero, sino de seda. Por otro lado, llevaba una cota de malla negra y un casco que cubría su oscura melena. El casco atrajo la mirada del otro. No tenía cimera, sino que estaba adornado con dos pequeños cuernos de toro. Evidentemente, aquel casco no había sido hecho por una mano civilizada. Pero tampoco era civilizado el rostro que había debajo. Era oscuro, lleno de pequeñas cicatrices, y en él destacaban unos fogosos ojos azules. Resultaba tan primitivo como el

bosque del que había surgido. El hombre empuñaba una enorme espada en la mano derecha, y uno de los filos estaba empapado de sangre.

–Vamos, ya puedes salir -dijo el desconocido con un acento poco familiar para el caminante-. No hay peligro. Sólo era uno de esos perros. Sal de ahí.

El otro salió con gesto receloso y se quedó mirando al desconocido.

Se sintió extrañamente indefenso al observar la talla del hombre del bosque, su amplio pecho cubierto por la malla oscura y el robusto brazo que empuñaba el sable ensangrentado. Se movía con la agilidad de una pantera; resultaba demasiado ágil y flexible para ser producto de la civilización, aun cuando se tratara de la relativa civilización de las fronteras.

El desconocido se volvió y apartó los matorrales. Aun sin comprender muy bien lo que había sucedido, el viajero avanzó y echó una mirada a las matas. Allí había un hombre tendido. Era bajo, de piel muy oscura y poderosos músculos. Llevaba tan sólo un taparrabo, pero de su cuello colgaba un collar de dientes humanos y llevaba una ancha pulsera en el brazo. Una espada corta colgaba del cinto que sujetaba el taparrabo. En la mano aferraba todavía un arco de pesada madera oscura. El hombre caído tenía una larga cabellera negra. Esto era lo único que se podía decir de su cabeza, pues le habían partido el cráneo de un golpe.

–¡Un picto, por todos los dioses! – exclamó el viajero del este.

Los fieros ojos azules se volvieron hacia él.

–¿Te sorprende?

–Bueno, me dijeron en Velítrium, y también en las cabañas de los colonos situadas a lo largo del camino, que estos demonios se deslizaban a veces a través de la frontera, pero no pensé que me iba a encontrar con uno de ellos tan lejos, en el interior.

–Te encuentras a sólo una legua al este del río Negro -le informó el desconocido-. Y han sido abatidos a más distancia que ésa de Velítrium.

Ningún colono entre el río Trueno y Fuerte Tuscelan se encuentra realmente seguro. Yo encontré el rastro de este perro a casi una legua al sur del fuerte, esta mañana, y lo he seguido desde entonces. Llegué junto a él en el momento en que tendía el arco hacia ti. Un segundo más

y habría sido tarde. Pero afortunadamente tuve tiempo de desviar el disparo.

El caminante miraba con los ojos desorbitados al otro hombre, asombrado de que hubiera seguido el rastro de uno de aquellos diablos de la selva y lo hubiera matado. Eso suponía un conocimiento del bosque que resultaba increíble, incluso en Conajohara.

–¿Perteneces a la guarnición del fuerte? – preguntó el viajero.

–No soy soldado. Me dan la paga y las raciones de un oficial de línea, pero realizo mi misión en los bosques. Valannus sabe que resulto más útil en las orillas del río que encerrado en el fuerte.

El hombre más alto empujó el cadáver con el pie, y volvió al sendero. El otro lo siguió de cerca y dijo:

–Me llamo Balthus y anoche me encontraba en Velítrium. Aún no he decidido si voy a tomar una parcela de tierra o entrar al servicio del fuerte.

–Las mejores tierras cercanas al río Trueno ya están cedidas -dijo el otro con un gruñido-. Los terrenos son excelentes entre la Cañada de la Cabellera, que has dejado atrás, y el fuerte, pero eso está demasiado cerca del río. Los pictos suelen presentarse a menudo para incendiar y asesinar, como intentaba hacer ése. Y no siempre vienen solos. Algún día intentarán expulsar a los colonos de Conajohara. Y lo malo es que tal vez lo logren. Este asunto de la colonización es descabellado. Existen magníficas tierras al este de las Marcas Bosonias. Si los aquilonios se hicieran con algunas de las enormes propiedades de sus barones y plantaran trigo donde ahora sólo se cazan venados, no tendrían que cruzar la frontera para despojar a los pictos de sus tierras.

–Ésa es una forma un tanto extraña de hablar para un hombre que está al servicio del gobernador de Conajohara -dijo Balthus.

–El asunto no me afecta porque soy un mercenario -le explicó el otro-. Pongo mi espada a las órdenes del que paga mejor. Nunca he plantado trigo, ni lo haré, mientras puedan obtenerse otras cosechas en el mundo. Vosotros los hiborios, os habéis extendido hasta donde resultaba aconsejable. Cruzasteis las marcas, quemasteis algunas aldeas y, después de exterminar a varias tribus, adelantasteis las fronteras hasta el río Negro. Pero dudo que podáis llevar la frontera más hacia el oeste. Vuestro estúpido rey no comprende lo que ocurre

aquí. No os enviará refuerzos y no hay suficientes colonos como para contener un posible ataque en gran escala a través del río.

–Pero los pictos están divididos en pequeñas tribus -dijo Balthus-.

Jamás se unirán, y por ello derrotamos a cada una de sus tribus por separado.

–O incluso a tres o cuatro tribus juntas -admitió el hombre alto-.

Pero algún día se levantarán y unirán treinta o cuarenta tribus, como hicieron los cimmerios cuando los aquilonios trataron de extender sus fronteras más al norte. Destruyeron unas pocas tribus y construyeron un fuerte, el de Venarium. Bueno, supongo que habrás oído hablar del asunto.

–Así es -repuso Balthus estremeciéndose. El recuerdo de aquel sangriento desastre constituía una mancha en las crónicas de un pueblo guerrero y altivo.

–Mi tío estaba en Venarium -siguió diciendo Balthus-cuando los cimmerios escalaron las murallas. Fue uno de los pocos que escaparon a la matanza. Le he oído relatar el suceso más de una vez. Los bárbaros bajaron de las montañas sin previo aviso y atacaron Venarium con tal furia que nadie los pudo contener. Hombres, mujeres y niños fueron asesinados. Venarium quedó reducida a un montón de ruinas humeantes, y así sigue hasta hoy. Los aquilonios fueron rechazados hasta más allá de las marcas y desde entonces no han intentado volver a colonizar Cimmeria. Pero tú hablas de Venarium como si la conocieras.

¿Has estado allí?

–Sí, estuve -repuso el otro con un gruñido-. Yo era uno de los integrantes de la horda que escaló las murallas. No tenía quince años, pero mi nombre ya era respetado en el consejo de las hogueras.

Balthus retrocedió instintivamente, mirando fijamente a su interlocutor. Le parecía increíble que el hombre que caminaba con tranquilidad a su lado fuera uno de esos demonios sedientos de sangre que habían escalado los muros de Venarium para matar y saquear a mansalva.

–¡Entonces tú también eres un bárbaro! – exclamó sin poder dominarse.

El otro asintió sin ofenderse.

–Soy Conan el Cimmerio.

–He oído hablar de ti -dijo Balthus, con un nuevo interés en la mirada.

No era de extrañar que el picto hubiese sido abatido. Los cimmerios eran unos bárbaros tan feroces como los pictos, pero mucho más inteligentes. Seguramente Conan había pasado mucho tiempo entre gente civilizada, si bien ese contacto no había debilitado sus primitivos instintos. El recelo de Balthus se convirtió en admiración al ver el fácil andar de aquel hombre cuya engrasada cota de malla no hacía el menor ruido.

–¿De qué parte de Aquilonia eres? ¿De Gunderland tal vez? –

preguntó Conan.

Balthus movió negativamente la cabeza y dijo:

–No, soy de Taurán.

–He encontrado buenos conocedores del bosque entre los nativos de esa provincia aquilonia. Pero los bosonios os han protegido a los aquilonios durante muchos siglos de la ruda vida de las selvas.

Necesitáis endureceros.

Aquello era cierto. Las Marcas Bosonias, con sus poblaciones fortificadas y llenas de valientes arqueros, habían servido desde hacía mucho tiempo como escudo contra los vecinos bárbaros. Ahora, entre los colonos aquilonios de más allá del río Trueno estaba surgiendo una raza capaz de enfrentarse con los bárbaros en su propio terreno, pero su número era todavía reducido.

El sol todavía no se había puesto, pero no se veía, pues se hallaba oculto por las densas frondas. Las sombras se alargaban mientras los dos hombres avanzaban por el sendero.

–Será de noche antes de que lleguemos al fuerte -dijo el cimmerio, y agregó-: ¡Escucha!

Se detuvo en seco, agazapado y con la espada en la mano, transformado en la imagen salvaje del recelo y la amenaza. Balthus también había oído el tremendo alarido. Era el grito de un hombre que agonizaba o se hallaba preso de un intenso terror.

Conan corrió por el sendero, alejándose de su compañero. Éste procuró seguirlo. Entre los colonos de Taurán era considerado buen corredor, pero Conan lo superaba ampliamente. Balthus olvidó su

preocupación cuando oyó un nuevo grito. Éste no parecía humano, sino el chillido de algún demonio que se abatía sobre su presa.

Balthus aflojó el paso y un sudor pegajoso le cubrió la frente.

Conan no vaciló. Avanzó por una curva del camino y desapareció. El otro se sintió invadido por el pánico y echó a correr tras él otra vez.

El aquilonio estuvo a punto de chocar con el bárbaro, que se hallaba en el sendero junto a un cuerpo caído. Pero el cimmerio no miraba el cadáver empapado de sangre, sino que observaba atentamente la densa vegetación que había a ambos lados del camino.

Balthus soltó un juramento. Era el cuerpo de un hombre bajo y gordo, que vestía como los mercaderes adinerados. En su rostro fofo y pálido había una expresión de tremendo horror. Tenía el cuello cortado de oreja a oreja, y su corta espada aún estaba envainada, lo que indicaba que había sido atacado por sorpresa.

–¿Ha sido un picto? – preguntó Balthus en voz baja, volviéndose hacia la espesura.

Conan movió la cabeza y dirigió la mirada hacia el hombre muerto.

–Fue un demonio del bosque -repuso-. ¡Éste es el quinto, por Crom!

–¿Qué quieres decir?

–¿Has oído hablar de un hechicero picto llamado Zogar Sag? –

preguntó Conan.

Balthus negó con la cabeza.

–Vive en Gwawela, la aldea salvaje más cercana que hay al otro lado del río. Hace tres meses se escondió junto al camino y se apoderó de una reata de muías de una caravana que se dirigía al fuerte. Drogó a los arrieros. Aquellos animales pertenecían a este hombre. Era Tiberias, un mercader de Velítrium. Las muías iban cargadas de pequeños barriles de cerveza. El viejo Zogar se detuvo a beber cerveza antes de cruzar el río. Uno de los colonos, Soractus, descubrió su rastro y llevó a Valannus y a tres soldados hasta donde estaba el viejo picto, borracho perdido. Ante la insistencia de Tiberias, el gobernador Valannus recluyó a Zogar Sag en una celda, que es la peor ofensa que se le puede hacer a un picto. El viejo logró escapar y mandó decir que iba a matar a Tiberias y a los cinco hombres que lo habían capturado, y que lo realizaría de un modo que haría temblar a los aquilonios en los años futuros.

«Pues bien, Soractus y los soldados murieron. El primero en el río; los soldados, casi a la misma sombra del fuerte. Ahora muere Tiberias.

Todas las víctimas, con excepción de este último, como puedes ver, estaban decapitadas, y seguramente sus cabezas adornan ahora el altar que Zogar Sag ha erigido en honor de su dios. Pero las víctimas no han sido asesinadas del modo como lo hacen los pictos.

–¿Qué quieres decir?

Conan señaló el cuerpo del mercader y dijo:

–¿Cómo crees que han hecho eso, con un cuchillo o con una espada?

Mira de cerca y verás que sólo una garra ha podido hacer una herida semejante. La carne está desgarrada, no cortada.

–Tal vez fuera una pantera… -empezó a decir Balthus sin mucha convicción.

El cimmerio negó con la cabeza.

–No, estoy seguro que se trata de un ser demoníaco -repuso-invocado por Zogar Sag para llevar a cabo su venganza. Tiberias fue necio al dirigirse a Velítrium sin compañía al anochecer. Volvía montado en su mula, posiblemente con un bulto de buenas pieles de nutria para vender en el fuerte. La cosa saltó desde esos matorrales.

Mira cómo están aplastadas estas ramas. Tiberias lanzó un solo grito, le cercenaron el cuello y lo enviaron a vender pieles de nutria al infierno -

continuó Conan-. La muía se internó en el bosque. ¡Escucha! Aún se la oye avanzar entre los árboles. El demonio no tuvo tiempo de llevarse la cabeza de Tiberias. Prefirió marcharse cuando llegamos nosotros.

–Sólo podía temerte a ti -dijo Balthus-. No debe de ser una criatura tan terrible si huye de dos hombres. Pero ¿cómo sabes que no era un picto con una especie de garfio? ¿Acaso lo viste?

–No, no lo vi. Tan sólo noté que se movían los matorrales. Pero si quieres más pruebas, observa esto. El que mató a Tiberias ha pisado el charco de sangre sobre el que yacía el mercader. Ahí hay una huella de sangre.

El cimmerio señaló debajo de las hojas, en el borde del camino.

–¿Eso lo ha hecho un hombre? – preguntó el aquilonio.

Balthus sintió un escalofrío. Ni un hombre ni un animal que él conociera hubieran hecho aquella huella monstruosa de tres dedos, que

recordaba lejanamente la de un ave o la de un lagarto. Entonces extendió la mano por encima de la pisada y soltó un gruñido.

–Mide bastante más de un palmo -dijo-. ¿Qué será? En mi vida he visto una huella semejante.

–Es un demonio de los pantanos -contestó Conan sombríamente-.

Abundan en las ciénagas que hay más allá del río Negro. Se les puede oír aullar como almas en pena cuando el viento llega desde allí por la noche.

–¿Qué podemos hacer? – preguntó el aquilonio mirando inquieto por entre las sombras.

Se preguntó qué monstruosa cabeza habría visto el desdichado mercader para que su rostro reflejara tal expresión de horror.

–Sería inútil tratar de seguir a un demonio -dijo Conan, mientras se sacaba una corta hacha de leñador del cinto-. Intenté seguirlo después de que matara a Soractus, pero perdí su rastro a los diez pasos. Es como si le hubieran crecido alas, o se hubiese hundido en la tierra hasta llegar al infierno. Tampoco me molestaré en buscar la muía. Llegará sola al fuerte o a la cabaña de algún colono.

Mientras hablaba, el cimmerio cortó con el hacha un par de ramas de unos tres metros de largo, y les quitó las hojas. Luego ató una enredadera al extremo de un palo y la fue entrelazando entre las dos varas hasta formar una camilla rudimentaria.

–El demonio no se llevará la cabeza de Tiberias si yo puedo evitarlo

-dijo Conan-. Trasladaremos el cadáver hasta el fuerte. Está a algo menos de una legua. Nunca me cayó bien este gordo estúpido, pero no debemos permitir que los pictos se ensañen con los cadáveres de los hombres blancos.

En realidad, los pictos eran de raza blanca, aunque de piel morena, pero los hombres de la frontera no los consideraban blancos.

Balthus cogió el extremo posterior de la litera, en la que Conan había instalado sin ceremonia alguna el cadáver del mercader. Luego avanzaron por el sendero lo más rápido que pudieron. El cimmerio, después de sujetar el cinturón del mercader a una de las varas de la camilla, se había pasado el otro extremo del cinto por los hombros.

Llevaba la litera con una sola mano, mientras que en la otra empuñaba una espada desenvainada. Sus ojos incansables observaban la siniestra

espesura sin dejar escapar un solo detalle El bosque estaba en penumbra y la bruma azulada arrojaba un manto de misterio sobre aquel lugar.

Habían cubierto una tercera parte del camino, y los fuertes músculos de Balthus comenzaban ya a dolerle un poco, cuando otro grito hizo detenerse a los dos hombres.

–¡Una mujer! – exclamó el aquilonio-. ¡Por Mitra, una mujer ha gritado ahí cerca!

–Quédate aquí -dijo el cimmerio, y se internó por la espesura como un lobo detrás de su presa.

Balthus sintió que se le erizaba el cabello y dijo en voz alta:

–¿Quedarme aquí solo con un cadáver y un demonio oculto entre los árboles? ¡Yo voy contigo!

Y sin decir más, echó a correr detrás del cimmerio. Éste lo miró y no hizo ninguna objeción, si bien no moderó el paso para adaptarlo al de su compañero. De repente Conan se detuvo delante de una arboleda, espada en mano.

–¿Por qué te detienes? – dijo Balthus, que llegó jadeando y secándose el sudor de la frente.

–Ese grito vino de esta arboleda o de sus alrededores -explicó el bárbaro-. Sé muy bien de dónde proceden los sonidos, pero…

De pronto se volvió a oír el grito, esta vez detrás de ellos, en dirección al sendero que acababan de dejar. Era el alarido de una mujer dominada por el terror. De improviso se convirtió en una risa burlona que parecía surgir de los labios de un ser demoníaco.

–En nombre de Mitra… -murmuró Balthus con el rostro.

absolutamente pálido.

Al tiempo que profería un juramento, Conan giró en redondo y volvió por donde había venido, seguido de cerca por el aquilonio.

Cuando el bárbaro se detuvo, Balthus chocó con sus fornidas espaldas y oyó la respiración del cimmerio. Éste se hallaba inmóvil como una estatua.

Al mirar por encima del hombro de Conan, Balthus sintió un escalofrío. Algo se movía entre los matorrales; se trataba de algo que no andaba ni volaba, sino que se arrastraba como una serpiente. Sin embargo, no se trataba de un reptil. El contorno de la criatura era

impreciso; más alta que un hombre, aunque no más voluminosa, arrojaba una luz extraña.

Conan volvió a maldecir, y arrojó su hacha con una furia inaudita.

Pero la cosa siguió deslizándose sin cambiar de dirección. Durante un segundo vieron a una extraña criatura alta, luminosa y sombría a la vez, que se perdía entre la espesura como una llama fantasmagórica.

Con un rugido de impotencia, el cimmerio se internó en el follaje y llegó al sendero. Luego se inclinó sobre la litera en la que yacía el cadáver de Tiberias. El cuerpo ya no tenía cabeza.

–¡Nos han engañado con unos maullidos! – exclamó el cimmerio blandiendo la espada, furioso-. ¡Debí haberlo imaginado! Ahora habrá cinco cabezas adornando el altar de Zogar.

–Pero ¿qué es esa cosa, que puede gritar como una mujer y reír como un demonio, que brilla como un fuego fatuo y flota entre los árboles?

–Es un diablo de los pantanos, ya te lo he dicho -repuso el cimmerio-. Bien, prosigamos nuestro camino. Ahora, al menos la carga no será tan pesada.

Y después de decir esto, Conan cogió la litera y reanudó la marcha junto con su compañero.

2. El hechicero de Gwawela

Fuerte Tuscelan se alzaba en la orilla oriental del río Negro, cuyas olas lamían el pie de la empalizada. Los edificios del interior estaban hechos de troncos, incluso el alojamiento del gobernador, que se levantaba sobre la empalizada mirando en dirección a la sombría comente. Más allá del río se extendía un gran bosque, que parecía una selva. Los centinelas vigilaban día y noche sobre las plataformas de la valla, mirando constantemente la verde espesura. Rara vez aparecía alguna figura amenazadora, pero los centinelas sabían que eran observados con odio. En el bosque no parecía haber vida, si bien ésta era abundante no sólo en cuanto a animales, sino a hombres, que eran los más feroces animales de presa.

Allí en el fuerte, terminaba la civilización. Fuerte Tuscelan era la última avanzada de las razas hiborias dominantes. Más allá del río reinaba la vida primitiva. Sobre las chozas de techo de paja sonreían siniestramente las calaveras, y delante del fuego de la hoguera unos

hombres de pelo hirsuto y ojos de serpiente hacían sonar tambores y afilaban las puntas de sus flechas. Esos hombres primitivos observaban con odio el fuerte desde sus escondites entre los matorrales. En un tiempo, sus cabañas se habían alzado donde ahora estaban la empalizada de troncos y las casas de los rubios extranjeros Primero llegaron los mercaderes y luego los sacerdotes de Mitra, que venían con los pies descalzos y las manos vacías, para morir en su mayoría de forma horrible. Después se presentaron los soldados; se trataba de unos hombres que empuñaban hachas, y traían a sus mujeres y niños en carretas tiradas por bueyes. A orillas del río Trueno y del río Negro los aborígenes fueron desalojados de su país y los mataron sin miramientos. Pero la gente de piel oscura no olvidó nunca que Conajohara había sido una vez su tierra.

El centinela de la puerta oriental lanzó un grito de alerta A través de la mirilla del portón brilló la llama de una antorcha, que se reflejó en un casco, y en unos ojos que miraban recelosos.

–Abrid la puerta -dijo Conan hoscamente-. Ya veis que soy yo, ¿no?

La disciplina militar lo exasperaba.

La enorme puerta se abrió hacia el interior, y Conan y su compañero entraron en el fuerte. Balthus vio que el acceso se hallaba flanqueado a ambos lados por sendas torres que sobresalían de la empalizada. Había troneras para disparar flechas desde el interior del fuerte.

Los centinelas lanzaron una exclamación al ver la carga que traían los hombres.

–¿Nunca habéis visto a un hombre sin cabeza? – les preguntó el cimmerio.

–Ése es Tiberias -dijo uno de los soldados con el rostro pálido-. Lo reconozco por su jubón. Valerius, mi compañero, me debe cinco monedas de plata. Cuando Tiberias salió de aquí con su muía, le aposté a que el mercader volvería sin cabeza.

Conan le hizo una señal a Balthus y ambos depositaron la camilla con su carga sobre el suelo; luego, el cimmerio se encaminó a la casa del gobernador, acompañado por el aquilonio. Éste observaba con curiosidad los alojamientos de las tropas, situados contra la empalizada, así como las caballerizas los puestos de los mercaderes y

otros edificios. En el centro había una plaza o patio en el que los soldados hacían su instrucción y donde ahora se hallaban las hogueras encendidas, con corrillos de hombres en derredor. Muchos de ellos se volvieron al notar que algo sucedía en la puerta. Las espigadas figuras de los lanceros y batidores aquilonios se mezclaban con las de los arqueros bosonios, más bajos y corpulentos.

El gobernador los recibió personalmente, pues las normas sociales estrictas habían quedado al este de las marcas. Valannus era un hombre joven, cuya noble presencia se veía realzada por la responsabilidad de su cargo.

–Me informaron de que abandonaste el fuerte al amanecer -le dijo a Conan-. Temía que los pictos finalmente te hubieran cogido.

–Cuando me corten la cabeza, todo el río se enterará -repuso el cimmerio-, porque las mujeres pictas llorarán a sus muertos desde aquí hasta Velítrium. Escuché los tambores del otro lado del río y salí de exploración yo solo.

–Los tambores suenan todas las noches -manifestó el gobernador.

–Anoche era diferente. Lo ha sido desde que Zogar Sag regresó desde esta orilla.

–Debimos haber hecho lo que tú aconsejabas -dijo el gobernador con un suspiro-. O devolverlo a su casa con algunos regalos, o ahorcarlo. Pero…

–Vosotros, los hiborios, no aprendéis con facilidad las costumbres de estas tierras fronterizas -repuso Conan-. Bueno, ya es tarde para echarse atrás, pero puedo asegurar que no habrá paz en la frontera mientras Zogar viva y recuerde el tiempo que pasó en las mazmorras.

Yo iba siguiendo a un picto que tenía ganas de disparar algunas flechas.

Le rompí la cabeza, y di con este muchacho que se llama Balthus y viene de Taurán para ayudar a conservar estas tierras.

Valannus miró con gesto de aprobación el aire marcial y el aspecto robusto del aquilonio.

–Me alegra conocerte -le dijo-. Quisiera que viniera más gente de tu pueblo para aquí. Necesitamos hombres de verdad. Muchos de nuestros soldados, e incluso de los colonos, vienen de las provincias orientales y no saben nada de las zonas boscosas ni de la vida agrícola.

–Eso es cierto, Valannus -terció Conan-. Pero escucha, hemos encontrado a Tiberias en el sendero.

A continuación le explicó al gobernador en pocas palabras lo ocurrido.

–¡No sabía que hubiera abandonado el fuerte! – exclamó Valannus palideciendo-. ¡Debía de estar loco!

–Lo estaba -afirmó Conan-; al igual que los otros cuatro. Cada uno de ellos, a su tiempo, enloqueció y salió al bosque, donde hallaron la muerte. Algo los llamó desde lo más profundo de las frondas. Zogar Sag ejerce una magia que los aquilonios no podéis contrarrestar.

El gobernador no respondió. Se limitó a pasarse una mano por la frente perlada de sudor.

–¿Se han enterado de esto los soldados? – preguntó enseguida.

–Dejamos el cadáver a la entrada.

–Debisteis haber disimulado el hecho y ocultado el cuerpo en algún lugar del bosque. La moral de los soldados no es muy alta.

–Se habrían enterado de todos modos. Si hubiera escondido el cadáver, habría aparecido en el fuerte como el de Soractus: atado a la parte exterior de la puerta, para que los centinelas lo encontraran allí por la mañana.

Valannus se estremeció. Se acercó a una ventana y miró en silencio el río, negro y brillante bajo la luz de las estrellas. Más allá se extendía la selva, con sus ruidos misteriosos y siempre cambiantes.

–Después de todo -dijo Valannus como hablando consigo mismo-,

¿qué sabemos nosotros, qué sabe nadie acerca de los secretos de la selva? Nos han llegado rumores acerca de bosques y de grandes llanuras que se extienden hasta lejos, para terminar en las costas del océano Occidental. Pero no sabemos a ciencia cierta lo que hay entre este río y el mar. Ningún hombre blanco ha vuelto con vida de allí.

¿Quién sabe qué seres terrestres o ultraterrestres habitan más allá del círculo luminoso y de las tierras que conocemos? ¿Quién sabe qué dioses y qué demonios se veneran bajo la sombra de las selvas paganas?

– siguió preguntando-. Un sabio de las ciudades del este se burlaría de los conocimientos de Zogar Sag, que son los de un hechicero primitivo.

Y sin embargo ha vuelto locos a cinco hombres y los ha matado de un modo que nadie puede explicar. Me pregunto si ese viejo será humano.

–Cuando pueda tenerlo al alcance de mi hacha, esa pregunta tendrá respuesta -aseguró Conan con un gruñido.

Luego se sirvió un par de vasos del vino del gobernador, tomó uno y entregó otro a Balthus.

Valannus se volvió hacia Conan y lo miró pensativamente. Luego dijo:

–Los soldados, que no creen en fantasmas ni en demonios, están al borde del pánico. Tú, en cambio, que crees en brujos, hechizos, ogros y fantasmas, no pareces temer a ninguna de esas cosas en las que crees.

–No hay nada en el universo que el acero no pueda cortar -afirmó el cimmerio-. Yo le arrojé mi hacha al demonio y no sufrió ningún daño.

Pero quizá le erré en la oscuridad. Bien pudo ocurrir eso.

–Conan -dijo Valannus levantando la cabeza -, de ti dependen más cosas de las que tú imaginas. Conoces la debilidad de esta provincia, que es como una delgada cuña insertada en las tierras salvajes. Sabes bien que la vida de toda la gente que vive al oeste de las marcas está supeditada al fuerte. Si éste cayera, al cabo de poco tiempo las puertas de Velítrium saltarían en pedazos. El rey, o los consejeros de Su Majestad, han ignorado mis peticiones de enviar más tropas a la frontera. No saben nada acerca de la situación aquí reinante y se niegan a gastar más dinero en esta zona. El destino de la frontera depende de los hombres que ahora se encuentran en ella.

»No ignoras que la mayor parte de las tropas que conquistaron Conajohara han sido retiradas -siguió diciendo-; las fuerzas que me dejaron son insuficientes, sobre todo desde que el maldito Zogar Sag envenenó unos depósitos de agua, por lo cual murieron cuarenta soldados en un solo día. Muchos otros enfermaron a causa de esa maniobra. Los hay enfermos de fiebre, mordidos por serpientes o atacados por las fieras de la selva. Los soldados creen que Zogar es capaz de dar órdenes a los animales para que nos ataquen y nos destruyan.

«Cuento con trescientos lanceros, cuatrocientos arqueros bosonios y unos cincuenta hombres que, al igual que tú, tienen mucha experiencia de la vida en el bosque -prosiguió-. Cada uno de éstos vale por diez soldados, pero, como ves, su número es muy reducido. Francamente, Conan, mi situación es muy precaria. Las tropas hablan de desertar;

tienen la moral baja y temen que caiga sobre nosotros la peste negra, desatada por Zogar Sag. Cuando veo a un soldado enfermo, comienzo a sudar y temo que se vuelva negro y se muera delante de mis propios ojos.

«¡Conan, si la plaga cae sobre nosotros, los soldados desertarán en masa! – agregó-. La frontera quedará desprotegida y nada impedirá que las hordas de salvajes invadan Velítrium… o lleguen más lejos quizá.

«Para que podamos retener Conajohara, es menester que muera Zogar Sag -concluyó-. Tú has penetrado en territorio desconocido hasta donde no lo ha hecho ningún otro hombre del fuerte. Sabes dónde se halla Gwawela y conoces algunos caminos que hay al otro lado del río. ¿Quieres mandar un grupo de hombres esta noche y tratar de matar o de capturar al brujo? Sé que es una locura y que hay muy pocas posibilidades de que volváis con vida. Pero si no intentamos eso, la destrucción del fuerte será inevitable. Puedes llevarte todos los hombres que quieras.

–Una docena de hombres será mejor para este trabajo que todo un regimiento -dijo Conan-, Quinientos soldados no podrían entrar en Gwawela y volver después, mientras que doce sí pueden hacerlo furtivamente. Déjame elegirlos. ¡Ah, y no quiero que vengan soldados!

–Permíteme que vaya -dijo Balthus con vehemencia-. He cazado ciervos toda mi vida en Taurán.

–Está bien. Valannus, cenaremos en la cantina en la que se reúnen los extranjeros y allí seleccionaré a mis acompañantes. Saldremos dentro de una hora. Descenderemos en barca por el río y después de desembarcar nos internaremos en el bosque. Si vivimos hasta entonces, estaremos de vuelta al amanecer.

3. Los reptiles en la oscuridad

El río parecía una mancha borrosa entre paredes de ébano. Los remos se hundían suavemente en las aguas, impulsando la barca sin hacer ningún ruido. El hombre que estaba arrodillado en la proa apenas si podía ver a unos metros por delante de la embarcación.

Conan se orientaba por sus instintos y por su familiaridad con el río.

Nadie decía una palabra en la barca. Balthus había examinado a sus compañeros en el fuerte antes de salir de la empalizada para

embarcar en la lancha que los esperaba. Pertenecían a una nueva raza que había crecido en la frontera; eran hombres a quienes la necesidad había enseñado las artes de las tierras salvajes. Siendo aquilonios de las distintas provincias occidentales, tenían muchas cosas en común.

Vestían de forma parecida, usaban armas similares -hachas y espadas cortas- y eran todos delgados, musculosos y taciturnos.

En cierto modo eran salvajes, aunque había una gran diferencia entre ellos y el cimmerio. Se trataba de hijos de la civilización que habían vuelto a la barbarie a causa de las circunstancias. Conan, en cambio, descendía de cientos de generaciones de bárbaros. Ellos habían adquirido destreza en los bosques; él había nacido en el bosque. Ellos eran lobos, pero el cimmerio era un tigre.

Más allá del fuerte, el río trazaba una amplia curva. Las luces del fuerte desaparecieron rápidamente y la lancha se deslizó durante un cuarto de legua, esquivando los obstáculos casi milagrosamente.

Después su jefe gruñó y los hombres remaron hacia la orilla opuesta. Conan tanteó hasta encontrar una raíz que sobresalía del agua. Nadie dijo una sola palabra. Todas las instrucciones habían sido dadas en el fuerte. El cimmerio se deslizó en silencio como una pantera por un costado del lago y desapareció entre los matorrales. Otros nueve hombres lo siguieron con el mismo sigilo. Para Balthus, que aferraba la raíz mientras mantenía el remo sobre sus rodillas, resultaba increíble que diez hombres pudieran desaparecer en la espesura sin hacer el menor ruido.

Se dispuso a esperar. No cruzó ni una sola palabra con el otro hombre que se había quedado junto a él. En algún lugar, a media legua al noroeste, se encontraba la aldea de Zogar entre los densos bosques.

Balthus sabía lo que tenía que hacer. Debía esperar, junto con su compañero, a que regresara el resto del grupo. Si Conan y sus hombres no volvían con las primeras luces del alba, ambos regresarían remando hasta el fuerte e informarían de que la selva se había cobrado un nuevo tributo.

El silencio era opresivo. No llegaba ningún rumor de la oscura arboleda, invisible más allá de las masas negras que constituían los arbustos de la orilla. Balthus no oía los tambores, que habían callado hacía algunas horas. Parpadeó, tratando de ver algo a través de la

oscuridad. Los intensos olores nocturnos del río y de la húmeda floresta cercana le producían una sensación de ahogo. No lejos de allí se oyó un ruido como el que provoca un gran pez al saltar en el agua. El aquilonio sintió que la lancha se mecía levemente por las olas producidas. La popa del bote se movió, alejándose de la orilla. El hombre que estaba atrás debía de haber soltado la raíz que estaba aferrando. Balthus volvió la cabeza para susurrar una advertencia y vio el bulto del otro en la oscuridad.

Éste no le contestó. Pensando que tal vez estuviera dormido, Balthus tendió el brazo y lo cogió por un hombro. Ante su estupor, el hombre se desplomó sobre el suelo de la embarcación. Balthus tocó el cuerpo. Su corazón latía aceleradamente. Los dedos del joven tocaron el cuello del otro y sus mandíbulas se cerraron convulsivamente, pero no se le escapó ni un solo grito. Había palpado una enorme herida abierta. Al hombre le habían cortado el cuello de oreja a oreja.

Presa de horror y de pánico, el aquilonio fue a ponerse en pie; entonces, un brazo musculoso surgido de la oscuridad le rodeó el cuello, impidiéndole gritar. La lancha se movió violentamente. Balthus sacó su cuchillo de la bota y apuñaló a ciegas con fiereza. Notó que la hoja se hundía en algo y llegó hasta sus oídos un alarido infernal que recibió por respuesta un sonido terrible. La oscuridad pareció cobrar vida a su alrededor. Una clamor bestial se alzó desde todas partes, y lo aferraron otros brazos. La lancha volcó bajo un montón de cuerpos que se agitaban, pero antes de caer debajo de ella, algo se estrelló contra la cabeza de Balthus y las tinieblas invadieron por completo al aquilonio.

4. Lasbestias de Zogar Sag

Unas llamas deslumbraron a Balthus cuando recobró el sentido.

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