Conan el pirata
Halcones sobre Shem (Robert E. Howard y L. Sprague de Camp).
universo brutal-, si el estilo que le gusta es el «real como la vida misma"
o ha de estar relacionado con la psicopatología o con la situación del
mundo, entonces, amigo, éste no es un libro para usted. Será mejor que se
encierre en algún cuartucho a leer Crimen y castigo. Pero yo no estaré
allí con usted…, yo tengo una cita con la Edad Hiboria y estaré ocupado
toda la noche.
john D. clark
Nueva York 5 de abril de 1950
Para más información y datos acerca de Howard, de las historias de Conan y de la fantasía heroica en general, puede consultar los otros libros de esta colección.
L. sprague de camp
Halcones sobre Shem
Después de los hechos acontecidos en el relato Un hocico en la oscuridad, Conan, disgustado por el escaso éxito conseguido en los países
negros, se encamina hacia el norte y cruza los desiertos de Estigia en
dirección a las praderas de Shem. Durante su viaje, la reputación que ha
logrado le vale de mucho. Finalmente, ingresa en el ejército del rey
Sumuabi de Akkharia, una de las ciudades-estado que se encuentran en
el sur de Shem. Debido a la traición de un tal Othbal, primo de Akhirom,
rey loco de Pelishtia, las fuerzas akkharias caen en una emboscada y son
aniquiladas. Sólo sobrevive Conan, que sigue el rastro del traidor hasta
Asgalun, la capital de Pelishtia.
La corpulenta figura cubierta con una capa blanca se volvió rápidamente, mientras maldecía en voz baja y aferraba la empuñadura de su cimitarra. Pocos hombres osaban deambular por las calles de Asgalun, la capital del reino shemita de Pelishtia, al caer la noche. En la oscuridad de las sinuosas callejuelas del infame barrio portuario podía ocurrir cualquier cosa.
–¿Por qué me sigues, perro?
La voz era áspera, y pronunciaba la lengua gutural shemita con acento hirkanio.
Otra silueta de gran estatura surgió de las sombras; este hombre vestía, al igual que el otro, una capa de seda blanca, pero no llevaba casco.
–¿Has dicho «perro»? – dijo con un acento que no se parecía en absoluto al hirkanio.
–Sí, perro. Me has estado siguiendo…
Antes de que el hirkanio terminara la frase, el extranjero se abalanzó sobre él con la rapidez de un tigre. El hirkanio intentó sacar la espada, pero antes de que pudiera desenvainarla un enorme puño le golpeó en la cabeza. De no ser por su poderosa constitución y por la malla que colgaba de su casco, tal vez le hubiera roto el cuello. De todos modos, salió despedido y cayó sobre el empedrado, quedando la espada fuera de su alcance.
Mientras el hirkanio sacudía la cabeza tratando de volver en sí, vio a su contrincante de pie ante él, con el sable desenvainado. El forastero dijo con voz atronadora:
–¡ Yo no estoy siguiendo a nadie y no permito que nadie me llame perro! ¿Entiendes, perro?
El hirkanio buscó su espada con la mirada y comprobó que el extranjero la había alejado aún más de un puntapié. Tratando de ganar tiempo hasta que pudiera recuperar su arma con un salto, dijo:
–Perdóname si te he confundido, pero me han estado siguiendo desde el anochecer. Sentí unos pasos furtivos por la oscura callejuela y de repente apareciste tú, en un lugar muy apropiado para cometer un crimen.
–¡Ishtar te confunda! ¿Para qué iba a seguirte? Me he perdido.
Jamás te había visto y espero no volver a…
Un rumor de pasos hizo volverse en redondo al desconocido, que saltó hacia atrás y giró un poco para no tener que dar la espalda al hirkanio y tampoco a los recién llegados.
Cuatro cuerpos fornidos emergieron amenazantes de las sombras.
La tenue luz de las estrellas se reflejó en las hojas curvas de sus sables; también brillaron sus dientes blancos y sus ojos, que contrastaban con la oscura piel de sus rostros.
Hubo un instante de silencio lleno de tensión. Luego, uno de ellos murmuró algo con el suave acento de las tierras negras:
–¿Cuál es nuestro hombre? Aquí hay dos, vestidos casi de la misma manera, y la oscuridad los hace parecer gemelos.
–Acuchillemos a los dos -repuso el otro, que sacaba media cabeza a sus fornidos compañeros-. De ese modo no nos equivocaremos y tampoco habrá testigos.
Después de decir esto, los cuatro negros avanzaron en absoluto silencio. El extranjero dio dos saltos hasta el lugar en el que había caído la espada del hirkanio.
–¡Toma! – gritó, al tiempo que arrojaba el arma al hirkanio, que la cogió al vuelo. Luego se enfrentó a los atacantes profiriendo una maldición.
El gigante kushita y otro negro se acercaron al extranjero, en tanto que los otros dos se enfrentaron al hirkanio. El forastero, con la misma rapidez felina que ya había demostrado, saltó hacia adelante sin esperar a que lo atacaran. Una breve finta, un sonido metálico y luego un corte fulgurante que separó la cabeza del tronco del negro más bajo.
El gigante negro también atacó asestando un fuerte mandoble a su oponente, que pudo cortarle en dos por la cintura.
Pero, a pesar de su tamaño, el extranjero se movió con más rapidez aún que la espada, que silbó en el aire de la noche. Se agachó con una tremenda agilidad, de modo que la cimitarra pasó por encima de su cabeza. Y mientras estaba en cuclillas frente a su adversario, asestó un mandoble a las piernas del negro. La hoja le dio en los músculos y en el hueso. El negro retrocedió cojeando y levantó la cimitarra para atacar de nuevo, pero el extranjero dio un salto y hundió el sable hasta la empuñadura en el pecho del gigante negro. La sangre inundó el brazo del forastero. La cimitarra cayó de la mano de su temible rival, que se desplomó muerto.
El extranjero sacó la espada del cadáver y se volvió rápidamente.
Entonces vio que el hirkanio se enfrentaba a los dos negros con toda frialdad y retrocedía lentamente para mantenerlos frente a él. De repente lanzó un sablazo contra el más próximo y le atravesó el pecho y la espalda. El negro soltó la espada y cayó de hinojos con un quejido. Al caer se aferró a las rodillas de su enemigo con desesperación. El hirkanio trató de deshacerse de él con un puntapié, pero fue en vano.
Aquellos brazos negros con músculos de hierro lo mantenían inmóvil, mientras el otro negro atacaba cada vez con más furia.
Al tiempo que el kushita contenía la respiración para asestar un mandoble que el inmovilizado hirkanio no hubiera podido parar, el negro oyó unos pasos precipitados detrás suyo. Antes de que el kushita pudiera volverse, el extranjero ya lo había ensartado con tal furia que la hoja de la espada le salió por el pecho, mientras le golpeaba violentamente con la empuñadura en la espalda, a la altura de los hombros. El kushita lanzó un último estertor y cayó muerto.
El hirkanio le partió el cráneo con la empuñadura al otro enemigo y se liberó de su férreo abrazo. Luego se volvió hacia el extranjero, que extraía su sable del cuerpo que había atravesado.
–¿Por qué viniste en mi ayuda después de haber estado a punto de romperme la cabeza? – preguntó el hirkanio. El otro se encogió de hombros y repuso:
–Éramos dos hombres asediados por unos bribones. El destino nos hizo aliados. Ahora, si quieres, podemos reanudar nuestra pelea. Me decías que yo te estaba siguiendo.
–Comprendo mi error y te ruego que me perdones -respondió el hirkanio rápidamente-. Ahora sé quiénes eran los que me seguían.
El hirkanio envainó su cimitarra después de limpiarla, y luego se inclinó sobre cada uno de los cadáveres. Cuando vio el cuerpo del gigante, se detuvo y dijo en voz baja:
–¡Vaya! ¡Keluka el Espadachín! ¡Muy bueno ha de ser el arquero cuya flecha está revestida de perlas!
Mientras decía esto, extrajo del dedo rígido del negro un anillo pesado y muy trabajado y lo deslizó dentro de su bolsa.
–Ayúdame a deshacerme de esta carroña, hermano, para que no nos hagan preguntas indiscretas -agregó, al tiempo que levantaba al kushita muerto por los brazos.
El extranjero cogió por la ropa manchada de sangre a un par de negros y los arrastró hasta una callejuela al lado de la cual se alzaba el derruido brocal de un pozo. Los cuerpos cayeron al agua con un ruido sordo y lúgubre. El hirkanio se volvió con una suave sonrisa.
–Los dioses nos han hecho aliados -dijo-. Estoy en deuda contigo.
–No me debes nada -repuso el otro con tono brusco y malhumorado.
–Las palabras no sirven de mucho. Yo soy Faruz, un arquero hirkanio a las órdenes de Mazdak. Ven conmigo a un lugar más
agradable, donde podamos conversar a gusto. No estoy resentido contigo por el golpe que me diste, aunque, ¡por Tarim!, todavía me retumba la cabeza…
El forastero envainó su espada de mala gana y siguió al hirkanio.
Avanzaron por callejuelas sombrías y estrechas. Asgalun era un contraste de esplendor y miseria, donde los opulentos palacios se alzaban entre ruinas manchadas de humo o edificios de otras épocas.
Un enjambre de suburbios se amontonaba en torno a las murallas de la protegida Ciudad Interior, donde vivía el rey Akhirom con su corte.
Los dos hombre llegaron a un barrio más nuevo y de aspecto más respetable, donde las ventanas enrejadas casi tocaban las celosías de los balcones de enfrente.
–Ahora todo está a oscuras -gruñó el extranjero-. Hasta hace algunos días, la ciudad estaba iluminada toda la noche, desde el ocaso hasta el alba.
–Es uno de los caprichos de Akhirom. Prohíbe que se encienda un solo candil en Asgalun por las noches. Sólo Pteor sabe lo que se le ocurrirá mañana.
Se detuvieron ante una puerta de hierro que había en una arcada de piedra, a la que el hirkanio llamó cautelosamente. Una voz le pidió la contraseña desde dentro. Después de responder, la puerta se abrió y el hirkanio avanzó en la más completa oscuridad, y su compañero le siguió. La puerta se cerró a sus espaldas. Después de descorrerse una pesada cortina de cuero, vieron un corredor tenuemente iluminado, en el que había un anciano shemita con la cara llena de cicatrices.
–Un viejo soldado metido a tabernero -dijo el hirkanio-. Khannon, llévanos a un cuarto en el que podamos hablar tranquilos.
–La mayor parte de las habitaciones están vacías -gruñó Khannon, que avanzó ojeando delante de ellos-. Soy un hombre arruinado. Los clientes temen tocar una copa desde que el rey prohibió el vino. ¡Mala gota le dé Pteor!
El forastero observó con curiosidad las amplias habitaciones que iban dejando atrás, en las que había hombres comiendo y bebiendo. La mayor parte de los clientes de Khannon era típicos pelishtios: hombres robustos y de piel oscura, con narices aguileñas y rizadas barbas negras. De vez en cuando se veía algún hombre de tipo más delgado,
como los que vagan por los desiertos orientales de Shem, o algún hirkanio, o algún negro kushita del ejército mercenario de Pelishtia.
Khannon, con una inclinación de cabeza, hizo pasar a los dos hombres a un cuarto pequeño. Luego extendió un par de esteras y colocó delante de ellos una enorme fuente de frutas frescas y nueces.
Después sirvió vino de un abultado pellejo y finalmente se alejó cojeando y murmurando por el pasillo.
–Pelishtia atraviesa una época muy negra, hermano -dijo el hirkanio con voz cansina, mientras saboreaba el vino de Kiros.
El hirkanio era un hombre alto y delgado, pero fornido. Sus profundos ojos negros, un poco rasgados, se movían inquietos en su rostro de tez amarillenta. Debajo de la nariz de halcón se veía un fino bigote. Llevaba una capa sencilla, pero de buena tela; su casco en punta tenía adornos de plata y en la empuñadura de su cimitarra brillaban algunas piedras preciosas.
Observó al hombre que tenía delante. Era tan alto como él, pero había muchas diferencias entre ellos. El otro tenía el pecho más ancho y las extremidades más robustas; tenía la constitución de un montañés.
Debajo de su kefia blanca aparecía un ancho rostro oscuro y joven, aunque cubierto de pequeñas cicatrices de antiguas batallas. Su piel era de color más claro que la del hirkanio, pero el tono bronceado de su tez se debía más a los rayos del sol que a su raza. Un leve indicio del tormentoso fuego que vibraba en su interior asomaba por sus fríos ojos azules. El extranjero tomó un trago de vino y chasqueó los labios al degustarlo.
Faruz sonrió y volvió a llenar la copa, mientras decía:
–Peleas bien, hermano. Si los hirkanios de Mazdak no fueran tan endemoniadamente recelosos de los extranjeros, serías un excelente soldado.
El otro se limitó a lanzar un gruñido.
–Y a todo esto, ¿quién eres? – pregunto Faruz-. Yo ya te he dicho quién soy.
–Soy Ishbak, un zuagir de los desiertos orientales. El hirkanio echó hacia atrás la cabeza y lanzó una estruendosa carcajada. Esto hizo que el otro frunciera el ceño y le preguntara:
–¿Qué es lo que te hace tanta gracia?
–No esperarás que me crea eso, ¿verdad?
–¿Crees que miento? – dijo el forastero con un gruñido. Faruz sonrió y repuso:
–Ningún zuagir habla el pelishtio con un acento como el tuyo, puesto que la lengua zuagir no es más que un dialecto del idioma shemita. Además, cuando luchábamos contra los kushitas invocaste a dioses extraños como Crom y Manannan, cuyos nombres he oído antes en boca de bárbaros del norte. No temas; estoy en deuda contigo y sé guardar un secreto.
El extranjero se levantó a medias, aferrando la empuñadura de su espada. Faruz se limitó a beber un sorbo de vino. Después de unos momentos de tensión, el forastero se volvió a sentar y dijo con cierto aire de disgusto:
–Está bien. Soy Conan el cimmerio y he pertenecido al ejército del rey Sumuabi de Akkharia.
El hirkanio sonrió mientras llenaba su boca de uvas. Sin dejar de comer, replicó:
–Jamás podrás ser espía, amigo Conan. Eres demasiado espontáneo y abierto, sobre todo cuando estás enojado. ¿Y qué te trae a Asgalun?
–Una pequeña venganza.
–¿Quién es tu enemigo?
–Un anakio llamado Othbaal. ¡Ojalá los perros roan sus huesos!
Faruz lanzó un silbido y dijo:
–¡Por Pteor que apuntas alto, hermano! ¿Sabes que ese hombre es el general de las tropas del rey Akhirom?
–¡Por Crom! Por mí, podría dedicarse a recoger basura.
–¿Y qué te ha hecho Othbaal?
–El pueblo de Anakia se rebeló contra su rey, que es aún más necio que Akhirom. Pidieron ayuda a Akkharia. Sumuabi pensó que triunfarían y que llevarían al poder a un monarca más amistoso que el que estaba en el poder, por lo que pidió voluntarios. Fuimos quinientos hombres en ayuda de los anakios. Pero ese maldito Othbaal jugaba para ambos bandos. Dirigió la revuelta para alentar a los enemigos del rey a actuar abiertamente y luego traicionó a los rebeldes ante las tropas reales, que hicieron una carnicería entre los sublevados.
–También sabía que veníamos nosotros y nos tendió una trampa.
Puesto que no sospechábamos nada, caímos en ella. Sólo yo escapé con vida, simulando estar muerto. Los demás murieron en la lucha o les dieron muerte después con torturas que sólo es capaz de imaginar la mente más refinada.
Los ojos azules del cimmerio se entrecerraron y en seguida agregó:
–He luchado contra muchos hombres en mi vida y jamás me he vuelto a acordar de ellos, pero en este caso, juro que haré pagar a Othbaal la muerte de algunos de mis amigos. Cuando regresé a Akkharia me enteré de que Othbaal había huido de Anakia por temor al populacho, y que había venido aquí. ¿Cómo ha ascendido tan rápidamente a una posición tan alta?
–Es primo del rey Akhirom -dijo Faruz-. Aunque pelisthio, Akhirom es a su vez primo del rey de Anakia y fue educado en esa corte. Los reyes de estas pequeñas ciudades-estado shemitas están todos más o menos emparentados, lo que hace que sus guerras sean rencillas familiares, aunque de consecuencias no menos duras y amargas.
¿Cuánto tiempo hace que estás en Asgalun?
–Sólo unos días. Los suficientes para darme cuenta de que el rey está loco. ¡Ni siquiera permite beber vino! – dijo Conan, escupiendo con disgusto.
–Debes saber algo más. Akhirom está realmente loco y el pueblo murmura a sus espaldas. Pero él retiene el poder mediante tres divisiones de mercenarios, con cuya ayuda destronó y asesinó a su hermano, que era el rey legítimo. En primer lugar, los anakios, a los que Akhirom reclutó cuando estaba exiliado en la corte de ese país.
Luego, los negros kushitas, quienes, bajo el mando de su general Imbalayo, adquieren cada vez más poder. La tercera división está compuesta por los jinetes hirkanios y yo pertenezco a ella. Nuestro general es Mazdak y entre él, Imbalayo y Othbaal hay suficiente odio, envidia y recelos como para haber iniciado una docena de guerras. Ya te habrás dado cuenta de ello esta noche.
–Othbaal llegó aquí el año pasado, cuando sólo era un aventurero sin fortuna -continúo Faruz-. Se ha elevado a su posición en parte debido a su amistad con Akhirom, y también gracias a los buenos oficios de una esclava ofirea llamada Rufia, que Othbaal ganó en el
juego a Mazdak. Esta es otra de las razones por las cuales hay tan poca simpatía entre ellos. Detrás de Akhirom también hay una mujer; se trata de Zeriti, una bruja estigia. La gente dice que ella ha vuelto loco al rey mediante pócimas que le suministró para mantenerlo en su poder. Si eso es verdad, entonces le ha salido mal la jugada, pues ahora nadie es capaz de controlarlo; ni siquiera ella misma.
Conan dejó su copa de vino sobre la mesa y miró fijamente a Faruz.
–Bien, ¿y qué va a pasar ahora? – preguntó-. ¿Vas a traicionarme, o decías la verdad cuando afirmabas que no lo harías?
Sin dejar de dar vueltas entre sus dedos al anillo que le había quitado a Keluka, Faruz musitó:
–Tu secreto quedará bien guardado. Y hay una buena razón para ello. Othbaal también tiene pendiente una fuerte deuda conmigo. Si consigues tu objetivo antes que yo, aceptaré la derrota, pero si no logras matarlo lo haré yo.
Conan aferró con fuerza el hombro del hirkanio y preguntó:
–¿Dices la verdad?
–¡Que los barrigudos dioses shemitas me castiguen con su infierno si miento!
–Entonces, déjame que te ayude a llevar a cabo la venganza, Faruz.
–¿Tú, un forastero que no conoce las costumbres de Asgalun?
–¡Por supuesto! Pero tiene sus ventajas no conocer a nadie, pues para muchos serás más digno de confianza. Vamos, elaboremos un plan. ¿Dónde está ese cerdo y cómo podemos llegar hasta él?
Aunque no era ningún pusilánime, Faruz se arredró ante la fuerza elemental y primitiva que brillaba en los ojos del cimmerio.
–Déjame pensar -dijo-. Hay una manera si se es rápido y osado…
Algunas horas más tarde, dos figuras encapuchadas se detenían bajo un grupo de palmeras que había entre las ruinas del sector antiguo de Asgalun. Delante de ellos fluían las aguas de un canal y más allá, en la otra orilla, se alzaban las enormes murallas de ladrillo que rodeaban la Ciudad Interior. Esta era en realidad una fortaleza gigantesca que albergaba al rey, a sus nobles de confianza y a las tropas mercenarias. El acceso de las gentes comunes estaba prohibido.
–Podríamos trepar por la muralla -musitó Conan.
–De todas formas, no estaríamos más cerca de nuestro enemigo -
respondió Faruz, que buscaba a tientas en la oscuridad y que de repente exclamó-: ¡Ah, aquí está!
Conan vio que el hirkanio intentaba levantar una losa de mármol.
–Se trata de un antiguo santuario en ruinas -dijo Faruz-. Pero… ¡al fin se levanta!
Alzó la enorme losa y quedó al descubierto una escalera que descendía a la oscuridad. Conan frunció el ceño con gesto receloso.
–Este túnel -explicó Faruz- conduce, por debajo de la muralla, hasta la casa de Othbaal, que se encuentra justamente al otro lado.
–¿Debajo del canal?
–Sí. La casa de Othbaal fue antiguamente la casa de placer y diversión del rey Uriaz, que dormía en una colchoneta de plumas que flotaba sobre una piscina llena de mercurio, cuidada por leones amaestrados. Pero, a pesar de todo, el rey cayó bajo la daga enemiga.
El monarca disponía de salidas secretas desde todos los rincones de sus casas. Antes de que Othbaal se quedara con la mansión, ésta perteneció a su rival Mazdak. El anakio no conoce ese secreto, de modo que…
¡adelante!
Con las espadas desenvainadas en mano, comenzaron a bajar a tientas por unos escalones de piedra y avanzaron a lo largo de un túnel horizontal, completamente a oscuras. Conan caminaba tocando las paredes y notó que éstas, así como el suelo y el techo, estaban formadas por enormes bloques de piedra. A medida que avanzaban, la superficie de piedra se volvía más resbaladiza y había más humedad en el aire.
Algunas gotas de agua comenzaron a caer sobre el cuello de Conan, y le hicieron estremecerse y jurar en voz baja. En esos momentos estaban pasando por debajo del canal. Poco después, la humedad se fue haciendo menos perceptible. Faruz susurró algunas palabras de advertencia y se encontraron nuevamente ante otra escalera de piedra, por la que ascendieron.
Al llegar arriba, el hirkanio tocó algo. Se abrió un panel y una luz tenue los iluminó. Faruz se deslizó por la abertura, que se volvió a cerrar después de que pasara Conan. El panel no se diferenciaba en nada de los demás cuarterones que había en las paredes. Se encontraban en un corredor de techo abovedado. Faruz se cubrió el
rostro con la kefia y le indicó a Conan que hiciera lo mismo. Luego, el hirkanio avanzó por el pasillo sin la menor vacilación. El cimmerio lo siguió espada en mano, mirando a derecha e izquierda.
Apartaron una cortina de terciopelo oscuro y se encontraron ante una gran puerta de ébano con incrustaciones de oro. Un fornido negro, que vestía tan sólo un taparrabo de seda, se despertó bruscamente y empuñó una enorme cimitarra. Pero no gritó; su boca abierta dejó ver un hueco cavernoso en el que faltaba la lengua.
–¡Silencio! – dijo Faruz, al tiempo que esquivaba el mandoble del mudo.
El negro se tambaleó a consecuencia de su golpe en falso y Conan le hizo la zancadilla. El mudo cayó de bruces al suelo y Faruz traspasó el oscuro cuerpo con su espada.
–¡Así me gusta, rápido y silencioso! – musitó Faruz con una sonrisa-. Y ahora, ¡a por la verdadera presa!
Faruz tanteó cuidadosamente la puerta mientras el gigantesco cimmerio permanecía a sus espaldas con los ojos ardientes de un tigre hambriento. La puerta se abrió hacia dentro y ambos pasaron al interior de la habitación. El hirkanio cerró la puerta detrás de sí y apoyó la espalda contra la oscura madera. Un hombre saltó del diván en el que se encontraba acostado, al tiempo que lanzaba una maldición.
A su lado, una mujer se incorporó a medias sobre los cojines y gritó asustada. Faruz se echó a reír, y dijo:
–¡Ya estamos en el cubil de la serpiente, hermano!
Conan pudo observar la escena durante una fracción de segundo.
Othbaal era un hombre alto y robusto; llevaba el espeso cabello negro recogido en una coleta sobre la nuca y su oscura barba estaba untada de aceite, rizada y recortada cuidadosamente. A pesar de lo avanzado de la hora, todavía estaba completamente vestido con un faldín de seda y un chaleco de terciopelo, bajo el cual relucía el acero de los eslabones de la cota de malla. El hombre echó mano a una espada envainada que se encontraba en el suelo, al lado del diván.
En cuanto a la mujer, no era de una belleza clásica, pero poseía un atractivo especial: tenía el pelo rojizo; cara ancha, levemente pecosa, y unos ojos castaños que centelleaban con un brillo inteligente. Sus hombros eran más anchos que los de la mayoría de las mujeres; tenía
senos exuberantes y caderas llenas. Daba la impresión de una gran fortaleza física.
–¡Ayuda! – gritó Othbaal, preparándose para la acometida del cimmerio-. ¡Me atacan!
Faruz había seguido a Conan, pero de repente saltó hacia atrás volviendo junto a la puerta por la que habían entrado. El cimmerio alcanzó a oír cierto alboroto en el corredor, y luego escuchó el ruido de algún objeto pesado contra la madera. Las dos espadas chocaron en el aire, lanzando chispas y centelleando a la luz del candil.
Ambos hombres atacaron con furia y con las mismas intenciones asesinas. Pelearon en silencio durante unos instantes. A medida que daban vueltas, Conan vio, por encima del hombro de Othbaal, que Faruz había apoyado su hombro contra la puerta. Del otro lado seguían golpeando con fuerza y poco después crujió el cerrojo. La mujer había desaparecido.
–¿Puedes arreglártelas? – preguntó Faruz-. Si me aparto de esta puerta, los esclavos invadirán la habitación.
–Hasta ahora voy bien -respondió Conan con un gruñido, al tiempo que paraba un golpe feroz.
–Date prisa, pues no voy a poder aguantar aquí mucho tiempo.
Conan atacó con renovado brío, y ahora era el anakio quien tenía que concentrarse para parar la espada del cimmerio, cuya hoja golpeaba como un martillo sobre el yunque de un herrero. La fuerza y la ira del bárbaro comenzaron a hacerse sentir. Othbaal palideció bajo su piel morena. A medida que iba perdiendo terreno, aumentaban sus jadeos. La sangre chorreaba de las heridas que tenía en los brazos, muslos y cuello. También el cimmerio sangraba, pero ello no parecía reducir en los más mínimo la furia de su ataque.
Othbaal estaba cerca de una pared cubierta por un tapiz. Entonces, se hizo bruscamente a un lado en el momento en que Conan lanzaba una estocada. La espada del cimmerio atravesó el tapiz y golpeó en la dura piedra. En ese mismo instante, Othbaal asestó un mandoble a la cabeza de su enemigo con las pocas fuerzas que le quedaban.
Pero la espada de Conan, que era de acero estigio, en lugar de partirse como hubiera ocurrido con un sable de peor calidad, se arqueó y se volvió a enderezar. La cimitarra golpeó el casco de Conan y se
deslizó hacia atrás, hiriendo al cimmerio en el cuero cabelludo. Antes de que Othbaal pudiera recobrar el equilibrio, la pesada hoja de Conan destrozó su cota de malla y le atravesó la carne para ir a chocar contra el hueso de la columna vertebral.
El anakio trastabilló y se desplomó, al tiempo que lanzaba un grito ahogado y sus entrañas se desparramaban por el suelo. Sus dedos arañaron la pesada alfombra y luego quedaron rígidos.
Conan, cegado por la sangre y el sudor, seguía hundiendo su espada frenéticamente en el cuerpo caído a sus pies, demasiado borracho por la furia para darse cuenta de que su rival estaba muerto, hasta que Faruz le gritó:
–¡Basta, Conan! Han dejado de golpear para ir en busca de un madero más grueso. Mientras tanto, podremos escapar.
–¿Cómo? – preguntó el cimmerio mientras se limpiaba la sangre de los ojos, todavía aturdido a causa del golpe que le había abollado el casco. Se deshizo del yelmo cubierto de sangre y, al dejar al aire su negra cabellera, un torrente de sangre le cubrió el rostro, cegándolo de nuevo. Se inclinó, rasgó un trozo del faldín de Othbaal y se vendó la cabeza.
–¡Mira esa puerta! – dijo Faruz, señalando con el dedo-. ¡Ruña huyó por ahí, la muy cerda! Si estás en condiciones, saldremos corriendo.
Conan vio una pequeña puerta situada a un lado del diván. Estaba disimulada por unas telas, pero Ruña los había desordenado al escapar, dejando, además, la puerta abierta.
El hirkanio extrajo de una bolsita el anillo que le había quitado al espadachín negro llamado Keluka. Lo tiró al lado del cadáver del Othbaal y se dirigió hacia la portezuela. Conan lo siguió, aunque tuvo que agacharse y volverse un poco de lado para poder pasar.
Se encontraron en otro pasillo. Faruz condujo al cimmerio a través de un laberinto de corredores y pasadizos, hasta que Conan sintió que estaba completamente perdido. Habían dejado muy atrás al grupo principal de sirvientes de la casa, reunidos en el pasillo que se encontraba al lado de la habitación en la que yacía muerto Othbaal.
Finalmente llegaron ante el panel secreto, lo traspusieron y, tanteando en la oscuridad, salieron a la silenciosa arboleda.
Conan se detuvo para recuperar el aliento y arreglarse un poco el improvisado vendaje.
–¿Cómo está tu herida, hermano? – le preguntó Faruz.
–Es sólo un arañazo. Dime, ¿por qué arrojaste aquel anillo junto a Othbaal?
–Para confundir a los vengadores de su amo. ¡Por Tarim, tantas molestias y al final esa ramera se nos ha escapado!
Conan esbozó una sonrisa forzada… Era evidente que Ruña no consideraba a Faruz como un salvador. La imagen fugaz de la mujer le había quedado grabada en la mente. «Una mujer así -pensó- es lo que yo necesitaría.»
Dentro de las macizas murallas de la Ciudad Interior se estaba produciendo un hecho increíble. Bajo las sombras que proyectaban los balcones, avanzaba una figura cubierta con un velo y encapuchada. Por primera vez en tres años, una mujer recorría las calles de Asgalun.
La mujer, consciente del peligro en que se hallaba, tembló de miedo.
Las piedras le hacían daño en los pies, cubiertos tan sólo por unas babuchas de terciopelo hechas jirones. Y es que desde hacía tres años se había prohibido a los zapateros de Asgalun que fabricasen zapatos de calle para las mujeres. El rey Akhirom había decretado que las mujeres de Pelishtia debían ser encerradas en sus casas, como reptiles en sus jaulas.
Rufia, la pelirroja ofirea favorita de Othbaal, había alcanzado más poder que cualquier otra mujer en Pelishtia, a excepción de la hechicera Zeriti, amante del rey. Y ahora, mientras avanzaba en la oscuridad, el pensamiento que obsesionaba a Rufia y la quemaba como un hierro ardiente era la certidumbre de que todos sus planes se habían venido abajo en un segundo por culpa de la espada de uno de los muchos enemigos de Othbaal.
Ruña procedía de una raza de mujeres acostumbradas a hacer tambalear los reinos gracias a su belleza e inteligencia. Apenas recordaba su país natal, Ofir, de donde había sido raptada por unos mercaderes de esclavos de Koth. El magnate de Argos que la compró y la educó como servidora de confianza había caído en una batalla contra los shemitas. Así pues, cuando aún era una frágil muchacha de catorce años, Rufia pasó a manos de un príncipe estigio, un joven lánguido y
afeminado a quien ella llegó a manejar a su gusto. Luego, al cabo de algunos años, un grupo de bandoleros errantes procedentes de las míticas tierras situadas más allá del mar de Vilayet cayeron sobre la casa de placer situada en la zona norte del río Styx y mataron, incendiaron y saquearon todo lo que encontraron. La joven pelirroja, aterrorizada, fue a parar a manos de un gigantesco jefe hirkanio.
Debido a que entre los de su raza las mujeres mandaban sobre los hombres, Rufia no murió ni se convirtió en un juguete. Cuando Mazdak alistó a su banda bajo las órdenes de Akhirom de Anakia como parte del plan de ese rey para arrebatar Pelishtia de las manos de su odiado hermano, Rufia acompañó a los soldados.
A ella no le gustaba Mazdak. El cínico aventurero era frío y autoritario en sus relaciones con las mujeres, tenía un gran harén y jamás se dejaba influir en lo más mínimo. Como Rufia no soportaba que la dominasen, no se mostró disgustada cuando Mazdak se la jugó a Othbaal y éste la ganó.
El anakio era más de su gusto. A pesar de cierta propensión a la crueldad y a la traición, Othbaal era un hombre fuerte, inteligente y lleno de vitalidad. Y lo mejor de todo es que se dejaba manejar. Sólo necesitaba un acicate para sus ambiciones dormidas y Rufia se encargó de brindárselo. Ella lo empujó hacia arriba por los brillantes peldaños de la escalera del poder… Pero ahora lo acababan de matar dos asesinos enmascarados que parecían haber salido de la nada.
Enfrascada en sus amargos pensamientos, alzó la vista y se estremeció al ver la alta figura encapuchada que había salido de las sombras de un balcón y le cerraba el paso. Los ojos del hombre parecían arder a la luz de la luna. Rufia retrocedió al tiempo que lanzaba un grito ahogado.
–¡Una mujer en las calles de Asgalun! – dijo el desconocido, con voz profunda y fantasmagórica-. ¿No va eso contra las órdenes del rey?
–No voy por las calles por simple gusto, señor -respondió ella-. Han matado a mi amo y huyo de sus asesinos.
El desconocido inclinó la cabeza y permaneció inmóvil como una estatua. Rufia lo miró nerviosa. En aquel hombre había algo sombrío y extraordinario a la vez. Más que un hombre reflexionando acerca del relato de una esclava que acababa de encontrar por casualidad, parecía
un sombrío profeta sopesando el destino de un pueblo pecador. Por último, el hombre levantó la cabeza y dijo:
–Ven, encontraré un lugar para ti.
Sin detenerse a mirar si ella le obedecía, el hombre avanzó calle arriba. Rufia lo siguió. Se dijo que no podía vagar por las calles toda la noche; si la encontraba un oficial del rey Akhirom, podrían decapitarla en el acto por violar las órdenes del soberano. Tal vez aquel extraño la estuviera conduciendo hacia una esclavitud más terrible, pero Rufia comprendió que no tenía otra alternativa.
En varias ocasiones trató de hablar, pero el completo silencio del hombre la hizo permanecer callada. La actitud distante y reservada del desconocido le daba miedo. En determinado momento, Rufia se estremeció de espanto al ver unas siluetas que los seguían furtivamente.
–¡Nos siguen unos hombres! – exclamó Rufia.
–No les hagas caso -respondió el desconocido con su extraña voz.
No volvieron a intercambiar más palabras hasta que llegaron a un pequeño portal que había en una elevada muralla. El hombre se detuvo y dio una voz, a la que respondieron desde el interior. Se abrió el portal y apareció un negro con una antorcha en la mano. Ante su luz, la altura del hombre embozado que había acompañado parecía más colosal aún.
–Pero… ¡Si éste es el Gran Palacio del rey! – dijo Rufia tartamudeando.
Por toda respuesta, el desconocido se quitó la capucha, dejando ver su pálido rostro ovalado en el que brillaban unos ojos con extraña luminosidad.
Rufia lanzó un grito y cayó de rodillas.
–¡El rey Akhirom! – exclamó.
–Sí, soy el rey Akhirom, ¡oh pecadora, mujer de poca fe! La voz profunda, que resonó como una campana, agregó en seguida:
–¡Vana y necia mujer que desobedece las órdenes del Gran Rey, el Rey de Reyes, el Rey del Mundo, órdenes que son palabra de los dioses!
¡Tú, que siembras el pecado por las calles y olvidas los mandatos del Buen Rey! ¡Vosotros, criados, cogedla!
Las sombras que los seguían se aproximaron y Rufia vio un pelotón de soldados negros, extrañamente silenciosos. Cuando los dedos de los negros aferraron su brazo, Rufia se desmayó.
La mujer de Ofir recobró el conocimiento en una habitación sin ventanas, cuyas puertas estaban aseguradas con cerrojos de oro. Rufia vio con desesperación que su captor estaba de pie ante ella, acariciándose la barba gris, mientras sus terribles ojos parecían quemarle el alma.
–¡Oh, León de Shem! – dijo ella jadeando-. ¡Piedad!
Mientras hablaba, la muchacha se daba cuenta de la inutilidad de su súplica. Estaba de rodillas ante el personaje cuyo nombre era una maldición en boca de los pelishtios; de aquel que se decía guiado por los dioses, que había ordenado matar a todos los perros de la ciudad y había mandado que arrancasen todas las vides, que hizo arrojar al río las uvas y la miel. El mismo que prohibiera el vino, la cerveza y los juegos de azar; el que creía que desobedecer cualquier orden suya era el peor pecado que pudiese cometer un ser humano. Aquel rey loco recorría las calles por las noches disfrazado para comprobar si se cumplían sus órdenes. Rufia sintió un escalofrío al notar en sus ojos los de él, que no parpadeaban.
–¡Sacrílega! – musitó el rey-. ¡Hija del demonio! ¡Oh Pteor! – gritó, al tiempo que levantaba los brazos-. ¿Qué castigo se puede aplicar a esta endemoniada? ¿Qué horrible tortura, qué degradación y vileza serían suficientes para hacer justicia? ¡Qué los dioses me inspiren y me ayuden a tomar una decisión sabia!
Rufia, señalando el rostro de Akhirom, dijo en voz alta:
–¿Por qué invocas a los dioses? ¡Invoca a Akhirom! ¡Tú eres un dios!
El hombre se quedó inmóvil, vaciló un momento y luego profirió un grito incomprensible. Después irguió su cuerpo y miró a la mujer. Rufia tenía el rostro blanco y los ojos muy abiertos. Si bien era una excelsa simuladora, había comprendido en qué situación aterradora se encontraba.
–¿Qué has dicho, mujer? – preguntó el rey.
–¡Un dios se ha revelado ante mí! ¡En tu rostro, que brilla como el sol! ¡Yo ardo, muero ante el resplandor de tu gloria!
Rufia hundió la cara entre las manos y se puso en cuclillas, temblando. Akhirom se pasó una mano vacilante por los ojos y la frente.
–¡Sí! – dijo en voz baja-. ¡Soy un dios! Ya lo presentía; lo había soñado. Sólo yo poseo la sabiduría del infinito. Y ahora un mortal lo ha advertido también. Por fin veo la verdad. ¡Ya no seré un mero portavoz y servidor de los dioses, sino que yo mismo seré el Dios de Dioses!
¡Akhirom es el dios de Pelishtia y de toda la tierra! ¡El falso dios demoníaco Pteor será derribado de sus altares y sus estatuas serán destruidas…!
Inclinándose hacia adelante, ordenó con voz imperiosa:
–¡Levántate, mujer, y contempla a tu dios!
Así lo hizo ella, y no pudo menos que sentir temor ante aquella impresionante mirada algo nublada de los ojos de Akhirom, que parecía ver a la mujer por primera vez.
–Tus pecados te son perdonados -dijo el rey Akhirom solemnemente-. Y puesto que has sido la primera en adorarme, de ahora en adelante me servirás entre glorias y esplendores.
Rufia se prosternó y besó la alfombra ante los pies del rey. Éste dio unas palmadas e inmediatamente entró un eunuco, que se inclinó con gran respeto.
–Ve rápidamente a casa de Abdashtarth, el gran sacerdote de Pteor
-ordenó Akhirom, mirando por encima de la cabeza del esclavo-, y dile esto: He aquí las palabras de Akhirom, dios verdadero de los pelishtios, que pronto será el dios de todos los pueblos del orbe. Mañana será el principio de los principios. Todos los ídolos del falso dios serán destruidos y en su lugar se erigirán imágenes del dios verdadero. Se proclamará la religión única y verdadera, y serán sacrificados cien niños de las familias más nobles de Pelishtia para celebrarlo…
Mattenbaal, sacerdote ayudante de Abdashtarth, se encontraba delante del templo de Pteor. El venerable Abdashtarth estaba quieto, con las manos atadas, mientras dos fornidos soldados anakios lo tenían sujeto por los brazos. Su larga barba blanca se movía mientras oraba.
Detrás de él, otros soldados avivaban el fuego encendido al pie de una enorme imagen de Pteor con cabeza de toro y unos órganos sexuales masculinos obscenamente exagerados. Al fondo se alzaba el gran
ziggurat de Asgalun, construcción de siete pisos desde la cual los sacerdotes leían la voluntad de los dioses en las estrellas.
Cuando las paredes del ídolo relucieron con el fuego que había en su interior, Mattenbaal dio un paso adelante y, tras desplegar un papiro, leyó lo siguiente:
–¡Puesto que nuestro divino rey, Akhirom, descendiente de la simiente de YakinYa, fue hijo de los dioses cuando éstos bajaron a la tierra, es un dios entre todos nosotros! ¡Y ahora yo os ordeno, fieles pelishtios, que reconozcáis y veneréis y adoréis al más grande de todos los dioses, al Dios de Dioses, Creador del Universo, a la Encarnación de la Divina Sabiduría, al rey de reyes que es Akhirom, hijo de Azumelek, rey de Pelishtia! ¡Y puesto que el malvado y perverso Abdashtarth, de corazón duro, ha rechazado esta revelación y se ha negado a venerar al verdadero dios, arrojémoslo al ruego del falso dios que es Pteor!
Un soldado abrió la pequeña puerta bronceada que había en el vientre de la estatua, y en ese momento Abdashtarth gritó:
–¡Miente! ¡El rey no es un dios, sino un mortal lunático! ¡Matad a los sacrílegos, si no queréis que el auténtico dios de los pelishtios, el poderoso Pteor, vuelva la espalda a su pueblo…!
En ese preciso instante, cuatro soldados anakios cogieron al sacerdote Abdashtarth y lo arrojaron con los pies hacia adelante por la abertura, como si fuese un leño. Sus alaridos dejaron de oírse cuando se cerró la puerta con estrépito metálico. A través de aquella misma abertura los soldados habían arrojado en el pasado a cientos de niños pelishtios, en situaciones críticas, por orden del mismo Abdashtarth.
Un humo acre salió por las orejas de la estatua, mientras el semblante de Mattenbaal reflejaba una sonrisa de satisfacción.
Un estremecimiento recorrió a los presentes. En ese momento, el silencio fue roto por el grito frenético de un pastor semidesnudo y con el pelo revuelto.
–¡Blasfemo! – chilló, al tiempo que arrojaba una piedra.
La piedra golpeó al nuevo sumo sacerdote en la boca y le rompió algunos dientes. Mattenbaal se tambaleó y su barba se cubrió de sangre. La multitud rugió y avanzó lentamente. Impuestos abusivos, hambre, tiranía, rapiña y masacres… Todo lo habían soportado los pelishtios, pero aquella injerencia en su religión era la gota que desbordaba el vaso. Los apacibles mercaderes se convirtieron en locos
furiosos y los humildes mendigos se transformaron en demonios de mirada extraviada.
Las piedras caían como el granizo y el rugido de la multitud se volvió más ensordecedor aún. Manos como garras se aferraban a las ropas del aterrado Mattenbaal, pero los soldados anakios lo rodearon, rechazaron a la turbamulta con sus lanzas y sacaron de allí al sacerdote.
Entre el sonido metálico de las armas, apareció un grupo de jinetes kushitas, resplandecientes con sus tocados adornados con plumas de avestruz, cabelleras de león y corazas de escamas de plata; venían al galope sobre sus corceles por una de las calles que conducían a la gran plaza de Pteor. Sus dientes blancos resaltaban en sus rostros oscuros.
Las piedras lanzadas por la muchedumbre rebotaban contra sus escudos de piel de rinoceronte. Arremetieron con sus caballos contra la gente propinando sablazos y atravesando los cuerpos de los asgalunim con sus lanzas. Muchos hombres cayeron bajo los cascos de los caballos. Los revoltosos terminaron por ceder y huyeron aterrados hacia las callejuelas vecinas, dejando la plaza llena de cuerpos que se retorcían en el suelo.
Los jinetes negros saltaron de sus caballos y comenzaron a forzar las puertas de tiendas y moradas, de donde salían cargados de botín.
Del interior de las casas llegaban los gritos de espanto de las mujeres.
Se rompió la celosía de una ventana y una figura vestida de blanco cayó en medio de la calle con ruido de huesos rotos. Uno de los jinetes, sin dejar de reír, traspasó el cuerpo con su lanza.
El gigante Imbalayo, ataviado de seda roja y coraza de acero, gritaba a sus hombres y los golpeaba con un bastón de puño de plomo para imponer orden. Los negros montaron al fin en sus caballos, dando muestras de disgusto, y se alejaron en fila tras él. Bajaron calle abajo a galope corto con cabezas humanas ensartadas en sus lanzas, como advertencia para los enloquecidos asgalunim, que los miraban desfilar con expresión de intenso odio.
Al jadeante eunuco que llevó al rey Akhirom la noticia del levantamiento, sucedió en seguida otro, que se prosternó ante el soberano y dijo:
–¡Oh, divino rey, el general Othbaal ha muerto! Sus sirvientes lo encontraron asesinado en su palacio y a su lado hallaron el anillo de Keluka el Espadachín. Los anakios aseguran que fue eliminado por orden del general Imbalayo. ¡Están buscando a Keluya en el barrio de los Kushitas, a los que en estos momentos se están enfrentando!
Rufia, que escuchaba detrás de una cortina, lanzó un grito ahogado.
Akhirom no se alteró, manifestando con expresión distante e inmutable:
–Dejad que los hirkanios los separen. ¿Acaso unas rencillas personales pueden interferir en el destino de un dios? Othbaal está muerto, pero Akhirom vivirá eternamente. Cualquier otro hombre podrá dirigir a mis anakios. Dejad que los kushitas dominen a la turbamulta, hasta que esa gentuza se dé cuenta del pecado que hay en el paganismo. ¡Mi destino es revelarme al mundo mediante la sangre y el fuego, hasta que todos los pueblos de la tierra me reconozcan y se inclinen ante mi divina presencia! Puedes irte.
La noche caía sobre la tensa y agitada ciudad cuando Conan, cuya herida de la cabeza ya estaba curada, avanzó a pie por las calles que bordeaban el barrio de los kushitas. En aquel sector, ocupado en su mayor parte por soldados, brillaban las luces, y estaban abiertos los comercios por acuerdo tácito de los que allí vivían. Durante todo el día habían resonado los gritos de rebelión en esa zona. La multitud era como una serpiente de cien cabezas, que caía en un lugar y reaparecía en otro. Los cascos de los caballos de los kushitas iban de un extremo a otro de la ciudad derramando sangre.
Sólo hombres armados deambulaban por las calles. Las grandes puertas de madera reforzadas con herrajes que protegían los distintos barrios fueron aseguradas con cerrojos, como en tiempos de guerra. A través del arco de la gran puerta de Simura pasaron las tropas de jinetes negros, en cuyas cimitarras se reflejaba la luz de las antorchas.
Sus capas de seda flotaban al viento y sus brazos desnudos brillaban como el ébano pulido.
Conan entró en una taberna en la que los soldados comían ávidamente y bebían a hurtadillas el vino prohibido. En lugar de sentarse en algún sitio libre, el cimmerio levantó la cabeza y observó el lugar con mirada fogosa. Sus ojos descubrieron un rincón apartado en
el que había un hombre vestido con una sencilla túnica y con una kefia cubriéndole el rostro. Estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas y delante de él había una mesa baja con varios platos de comida.
El cimmerio avanzó entre las mesas, colocó un cojín cerca del hombre y se sentó sobre él con las piernas cruzadas, igual que el otro.
Luego dijo:
–¡Te saludo, Faruz! ¿O debo llamarte general Mazdak? El hirkanio se estremeció.
–¿Eh, cómo dices? – simuló.
–Vamos, me di cuenta de quién eras en cuanto entramos a la casa de Othbaal -dijo Conan con sonrisa de lobo-. Sólo el dueño de la casa podía conocer tan bien sus secretos, y aquella mansión había pertenecido a Mazdak el hirkanio.
–¡No hables tan alto, amigo! Pero ¿cómo me reconociste, si ni siquiera mis soldados me reconocen con este turbante zuagir?
–Sé usar mis ojos. Bien, puesto que nuestra primera aventura nos ha dado tan buen resultado, ¿qué vamos a hacer ahora?
–No sé. Podría hacer algo interesante valiéndome de tu valor y de tu fuerza, pero ya sabes lo que pasa con los perros hermanos.
–Sí -repuso Conan con un gruñido-. Traté de conseguir un puesto como mercenario, pero vuestros tres ejércitos rivales se odian hasta tal punto y luchan tan ferozmente por el poder que ninguno me acepta.
Cada uno de ellos cree que soy un espía de los otros dos.
Conan se interrumpió para pedir carne asada al mesonero.
–¡Qué mozo más inquieto eres! – dijo Mazdak-. Entonces
¿regresarás a Akkharia?
El cimmerio escupió con disgusto y dijo:
–No. Es un lugar pequeño, incluso comparado con estas diminutas ciudades-estado shemitas, y no posee grandes riquezas. Además, la gente es tan ridículamente orgullosa acerca de, su raza y de sus costumbres como lo sois aquí, de modo que no podría aspirar a llegar muy alto. Quizá tenga mejor suerte con alguno de los gobernantes hiborios del norte, si necesitan un hombre con aptitudes para la lucha.
Pero me pregunto una cosa, Mazdak, ¿por qué no te apoderas tú del gobierno de este estado? Ahora que Othbaal ha desaparecido, no tienes
más que buscar una excusa para atravesar el vientre de Imbalayo con la espada y…
–¡Por Tarim! ¡Soy tan ambicioso como el que más, pero no imprudente! Debes saber que Imbalayo cuenta con la confianza de nuestro rey loco y por ello vive en el Gran Palacio, rodeado de sus guardias negros. Es cierto que se le puede dar muerte de un sablazo durante algún acto público… Pero en ese caso uno debe estar preparado para que lo corten en pedazos inmediatamente después. Y si ocurriera eso, ¿de qué habría servido la ambición?
–Tenemos que encontrar algún medio -dijo Conan, al tiempo que entrecerraba sus ojos.
–Tenemos, ¿eh? Supongo que esperas algunas recompensa por tu colaboración.
–Por supuesto. ¿Me habías tomado por un tonto?
–Tienes razón, pero no veo perspectivas demasiado halagüeñas para tal empresa; a pesar de ello, tendré en cuenta tus palabras. Y no temas, que serás bien recompensado. Ahora me despido de ti, pues tengo que volver a mis asuntos.
El plato solicitado por Conan llegó cuando Mazdak se marchaba. El cimmerio hincó el diente en la carne con más fruición que de costumbre, pues el placer de la venganza le había abierto el apetito.
Aunque devoraba con la energía de un león, no dejaba de escuchar lo que se decía a su alrededor.
–¿Dónde están los anakios? – preguntó un hirkanio bigotudo, con la boca llena de comida.
–Están en sus cuarteles -respondió otro-. Juran que los kushitas mataron a Othbaal y enseñan el anillo de Keluka para demostrarlo.
Keluka ha desaparecido e Imbalayo afirma que no sabe nada acerca de todo esto. Pero ahí está el anillo, y ya habían muerto una docena de hombres peleando cuando el rey nos ordenó que nos separáramos. ¡Por Asura, qué día hemos tenido!
–La locura de Akhirom ha sido la causa de todo -dijo el otro, bajando la voz-. ¿Cuánto tardará este lunático en arruinarnos a todos con sus payasadas?
–Calma, amigo, ten cuidado -dijo el primero-. Nuestras espadas están a su servicio mientras lo ordene Mazdak. Pero si vuelve a estallar
la revuelta, los anakios preferirán luchar contra los kushitas, no a su lado. La gente dice que Akhirom se ha llevado a Rufia, la concubina de Othbaal, a su harén. Esto irrita a los anakios aún más, pues sospechan que Othbaal fue asesinado por orden del rey, o al menos con su consentimiento. Pero su ira no es nada comparada con la de Zeriti, la antigua concubina del rey, a quien éste ha dejado ahora de lado. La rabia de la hechicera, dicen, hace que la furiosa tormenta del desierto parezca una suave brisa de primavera.
Los ojos de Conan brillaron cuando se enteró de aquellas noticias.
El recuerdo de la pelirroja no se había apartado de su mente en aquellos últimos días. La idea de raptarla ante las mismas narices del rey loco y de mantenerla oculta de su antiguo dueño, Mazdak, añadía un nuevo incentivo a la vida del cimmerio. Y si tenía que abandonar Asgalun, ella sería una grata compañía durante el largo viaje hasta Koth. En Asgalun había una persona muy indicada para ayudarlo en su proyecto: Zeriti, la estigia. Y si entendía algo acerca de la naturaleza de los seres humanos, ella estaría encantada con la idea.
El bárbaro abandonó la taberna y se encaminó hacia la muralla de la Ciudad Interior. Sabía que la casa de Zeriti se encontraba en aquella parte de Asgalun. Para llegar hasta ella, tendría que cruzar la gran muralla, y la única forma de hacerlo sin ser descubierto consistía en pasar por el túnel que le había enseñado Mazdak.
Por consiguiente, se acercó al canal y avanzó hasta el palmar.
Tanteando en la oscuridad, entre las ruinas, halló la losa y la levantó.
Se internó nuevamente por las húmedas tinieblas del pasadizo hasta que fue a dar a la segunda escalera, por la que subió. Al cabo de un momento, salía al corredor de la mansión, que estaba a oscuras. En la casa reinaba un silencio absoluto, pero un tenue reflejo de luz le indicó a Conan que todavía estaba ocupada, seguramente por las mujeres y por la servidumbre del general muerto.
Sin saber qué camino tomar, el cimmerio se decidió al azar y cruzó una puerta cubierta por una cortina. Allí se encontró frente a seis esclavos negros que se pusieron en pie y lo miraron fijamente. Antes de que pudiera retroceder, oyó un grito y un rumor de pasos a sus espaldas. Maldiciendo su suerte, se abalanzó sobre los negros. Conan pasó entre ellos como un remolino de acero, y dejó un cuerpo
retorciéndose en el suelo; luego corrió hacia la puerta que había al otro lado de la habitación. Las hojas curvas de las cimitarras buscaron su espalda cuando cerró precipitadamente la puerta tras de sí. Las hojas de acero golpearon la madera y varias puntas de lanza se asomaron a través de los paneles. Conan echó el cerrojo, se dio media vuelta y empezó a buscar una salida. En ese momento vio una ventana con rejas doradas.
Tomó impulso y arremetió con fuerza contra la ventana. Las rejas cedieron bajo el impacto, llevándose trozos de revoque y de pared.
Conan cayó al vacío en el momento en que la puerta cedía con estrépito y la habitación se llenaba de hombres que gritaban.
En el Gran Palacio del Este, donde las esclavas y los eunucos deambulaban descalzos, reinaba un profundo silencio que contrastaba con el infierno que se había desatado fuera de las murallas. En una habitación cuyo techo abovedado estaba adornado por delicadas filigranas de marfil y oro, el rey Akhirom, ataviado con una blanca túnica de seda que le daba un aspecto más fantasmal todavía, contemplaba a Rufia desde el lujoso diván en el que se hallaba sentado con las piernas cruzadas.
Rufia, que estaba arrodillada frente a él, vestía una túnica de seda de color carmesí con un cinturón de raso recamado de perlas. En medio de todo aquel esplendor, los ojos de la ofirea estaban ensombrecidos.
Rufia había inspirado la última locura de Akhirom, pero no lograba dominarlo. Ahora el soberano parecía abstraído, con una expresión en sus ojos fríos que la hizo temblar. De repente, Akhirom dijo:
–No es lógico que un dios tenga por compañera a una mortal. Rufia sintió un escalofrío; abrió la boca para decir algo, pero tuvo miedo de hablar.
–El amor es una debilidad humana -prosiguió el rey-. Yo me libraré de ella, pues los dioses están por encima del amor. Me siento débil cuando estoy en tus brazos.
–¿Qué quieres decir, mi señor? – se aventuró a decir la muchacha ofira.
–Aun los dioses deben sacrificarse. Por consiguiente, renuncio a ti para que mi divinidad no se debilite.
El rey dio unas palmadas y apareció un eunuco andando a cuatro patas.
–Que venga el general Imbalayo -ordenó Akhirom.
El eunuco dio con la cabeza en el suelo y se retiró caminando hacia atrás. Aquélla era la más reciente de las costumbres instituidas en la corte.
–¡No! – exclamó Rufia, poniéndose en pie de un salto-. ¡No puedes entregarme a esa bestia…!
Rufia se volvió a arrodillar ante el rey, cogiéndole la túnica con una mano. Éste se apresuró a desasirse de las manos de la mujer.
–¿Estás loca? – gritó furioso y altivo Akhirom-. ¿Así manoseas a un dios?
Imbalayo entró en la habitación con aire inseguro. Era un guerrero bárbaro de Darfar y había alcanzado su posición actual gracias a su experiencia en la lucha y a su capacidad de intriga. Pero por muy astuto y valiente que fuese el negro, jamás podría estar seguro de las intenciones del loco de Akhirom.
El rey señaló a la mujer acurrucada a sus pies y dijo:
–¡Llévatela!
Imbalayo sonrió y levantó a Rufia, que se retorció y gritó desesperadamente, tendiéndole los brazos a Akhirom mientras el negro se la llevaba de la habitación. El rey no dijo una palabra y siguió sentado con las manos cruzadas y con aire ausente.
Pero había otra persona escuchando. Agazapada en una habitación contigua, una mujer delgada y de piel bronceada vio cómo el kushita se llevaba a su cautiva a través del vestíbulo. Apenas había desaparecido el negro con su carga, cuando ella salió corriendo en dirección contraria.
Imbalayo, el favorito del rey, era el único general que vivía en el Gran Palacio. La mansión era en realidad un conglomerado de edificios que albergaban a los tres mil sirvientes de Akhirom. Después de avanzar por sinuosos corredores y de cruzar un patio recubierto de mosaicos, llegaron a las habitaciones del general, situadas en el ala sur del palacio. Pero cuando se acercaban a la puerta de teca adornada con arabescos de cobre, una esbelta silueta les cerró el paso.
–iZeriti! – exclamó Imbalayo, retrocediendo espantado ante las manos de la hermosa mujer, que se abrían y cerraban como garras con una furia controlada.
–Una esclava me contó que Akhirom se ha deshecho de la ramera pelirroja -dijo la estigia-. ¡Véndemela! Tengo una deuda con ella que quiero pagarle.
–¿Por qué habría de vendértela? – repuso el kushita, impaciente-.
El rey me la ha dado a mí. Apártate, si no quieres que te haga daño.
–¿Has oído lo que gritan los anakios por las calles?
–¿Y a mí qué me importa?
–Piden la cabeza de Imbalayo a causa del asesinato de Othbaal. ¿Y
si yo les contara que sus sospechas son fundadas?
–¡Yo no tengo nada que ver con eso! – gritó el negro.
–Tengo algunos hombres que están dispuestos a jurar que te vieron ayudar a Keluka cuando mataba a Othbaal.
–¡Te voy a matar, bruja! Zeriti se echó a reír y dijo:
–¡No te atreverás a hacerlo! Y ahora, ¿me venderás a esa pelirroja, o prefieres enfrentarte con los anakios?
–¡Tómala ya y vete de una vez! – gruñó Imbalayo al tiempo que dejaba a Rufia en el suelo.
–¡Aquí está tu paga! – exclamó la estigia, arrojando a la cara del general negro un puñado de monedas.
Imbalayo apretó los puños con una sensación de callada impotencia y sus ojos furiosos lanzaron destellos.
Haciendo caso omiso del hombre, Zeriti se inclinó sobre Rufia, que sabía que contra aquella nueva dueña no le servirían de nada las tretas que había puesto en juego con los hombres. Zeriti cogió a la ofirea por su roja melena, la obligó a levantar la cabeza y la miró fieramente a los ojos. Luego dio unas palmadas y entraron cuatro eunucos.
–Llevadla a mi casa -ordenó Zeriti, y los cuatro negros levantaron a Rufia y se alejaron. La estigia los siguió con los dientes apretados y una expresión de satisfacción en el rostro.
Cuando Conan se arrojó por la ventana, no tenía la menor idea de lo que podía haber del otro lado. Cayó sobre una mata de arbustos, que crecían densamente en aquel lugar y amortiguaron su caída. El cimmerio se puso en pie de un salto y vio a sus perseguidores asomados
a la ventana que había roto. Se encontraba en un jardín, un lugar umbrío lleno de árboles y plantas. El bárbaro corrió hasta la pared más próxima, tomó impulso y, aferrándose al borde, saltó al otro lado.
El cimmerio se detuvo un momento para orientarse. Aunque nunca había estado en la Ciudad Interior, la había oído describir tan a menudo que le resultaba familiar. Se encontraba en el Barrio de los Oficiales. Delante de él, destacando por encima de algunos techos bajos, se divisaba un edificio que debía ser el Palacio Menor del Oeste, una enorme casa de recreo y placer cercana al famoso parque de Abibaal.
Seguro del terreno que pisaba, Conan avanzó deprisa por la calle en la que había caído y no tardó en llegar a la amplia avenida que atravesaba la Ciudad Interior de norte a sur.
A pesar de lo avanzado de la hora, había bastante movimiento allí.
El cimmerio vio pasar a varios grupos de hirkanios armados. Al llegar a la gran plaza situada entre los dos palacios, el relincho de unos caballos inquietos le hizo volver los ojos sobre un escuadrón de jinetes kushitas que avanzaban con antorchas. Existía un motivo para aquella inquietud. A lo lejos se oía el redoble de tambores, que traía el viento junto con un rumor de gritos lejanos y de salvajes cánticos de guerra.
Gracias a su apariencia de soldado, Conan pasó inadvertido entre los hombres cubiertos con cotas de malla. En determinado momento abordó a un hirkanio para preguntarle cómo se llegaba a la casa de Zeriti y el hombre le dio la información inmediatamente. Al igual que cualquier otra persona de Asgalun, Conan sabía que, si bien la estigia consideraba a Akhirom como algo de su propiedad, ella en modo alguno se sentía sólo suya. Había varios capitanes mercenarios tan familiarizados con su alcoba como el rey de Pelishtia.
La casa de Zeriti lindaba con un patio del Palacio del Este y ambas mansiones estaban comunicadas por un jardín. De esta manera, en los días de favor, Zeriti podía pasar desde su casa al palacio, sin violar la orden del monarca que prohibía a las mujeres andar por las calles.
Zeriti, hija de un jefe militar, había sido la amante de Akhirom, pero no su esclava.
Conan no esperaba encontrar dificultades para entrar en casa de la estigia. Esta manejaba a su antojo los hilos de la intriga política, por lo cual admitía en audiencia a hombres de todas las razas y condiciones
sociales. En su sala de espera había bailarinas que entretenían a los visitantes en medio de los vapores del loto negro. Aquella noche, sin embargo, no había bailarinas ni visitantes, a pesar de lo cual un zuagir de aspecto villano abrió la puerta y dejó pasar al cimmerio sin hacerle ninguna pregunta. Llevó a Conan a través de un pequeño patio, subieron por unas escaleras exteriores y, después de recorrer un largo corredor, llegaron a una amplia estancia bordeada por arcadas de las que colgaban cortinas de terciopelo de color carmesí.
La sala, tenuemente iluminada, estaba vacía, pero desde algún lugar de la casa se oyó el grito de dolor de una mujer. Luego se oyó una risa, también femenina, increíblemente maligna y vengativa.
Conan levantó la cabeza tratando de comprobar la dirección de la que provenían los ruidos. Luego comenzó a examinar las cortinas de las arcadas para ver cuál de ellas ocultaba alguna puerta secreta.
Zeriti se irguió y dejó caer el pesado látigo. La mujer desnuda que estaba atada al diván tenía el cuerpo cruzado por marcas rojas desde el cuello hasta los tobillos. Esto, sin embargo, no era más que el preludio de un destino peor aún.
La endemoniada mujer cogió un trozo de carbón con el que trazó una complicada figura en el suelo, añadiendo luego algunos misteriosos jeroglíficos de los adoradores de serpientes que gobernaban Estigia antes del Cataclismo. Colocó un pequeño candelabro dorado en cada una de las cinco esquinas de la figura y arrojó sobre las llamas de cada uno de ellos una pizca de polen de loto negro, que crece en los pantanos del sur de Estigia. Un olor extraño y nauseabundo invadió la habitación. Luego, Zeriti comenzó a entonar un cántico en una lengua más antigua que la ciudad de Pithón, erigida en el remoto imperio de Aquerón hacía tres mil años.
Poco a poco, se fue materializando una nube oscura. A Rufia, que estaba medio muerta de dolor y de espanto, aquello le pareció como una columna de humo. En lo alto de la oscura masa amorfa aparecieron dos puntos brillantes que bien podían ser unos ojos. Rufia sintió un frío terrible, como si aquella cosa absorbiera todo el calor de su cuerpo con su mera presencia. La nube negra daba la impresión de carecer de densidad. Rufia pudo ver la pared que había detrás de la columna de humo, que se iba espesando poco a poco.
Zeriti se inclinó sobre los candelabros y los fue apagando uno a uno.
La habitación, iluminada por el último candelabro, quedó casi a oscuras. La columna de humo apenas se veía, con excepción de los relucientes ojos.
Un ruido lejano hizo volverse a Zeriti. Se trataba de un rumor informe, confuso y distante como el aullido bestial de una muchedumbre furiosa.
La estigia continuó con sus encantamientos, pero se produjo otra interrupción. Se oyó un intercambio de palabras irritadas en lengua zuagir, luego un grito, después un golpe seco y finalmente el ruido de un cuerpo al caer desplomado. Imbalayo irrumpió en la habitación con los ojos desorbitados, una expresión salvaje en el rostro y la cimitarra chorreando sangre.
–¡Perro! – exclamó la hechicera estigia, retrocediendo como una víbora dispuesta a atacar-. ¿Qué haces aquí?
–¡Vengo en busca de la mujer que me has quitado! – bramó Imbalayo-. ¡La ciudad se ha sublevado y el demonio anda suelto!
¡Dame esa mujer, si no quieres que te mate!
Zeriti lanzó una mirada al general negro y, al tiempo que extraía una daga, gritó:
–¡Hotep! ¡Khafra! ¡Ayudadme!
Imbalayo lanzó un rugido y se abalanzó sobre la estigia. La felina rapidez de ésta resultó inútil, pues la ancha hoja de Imbalayo le atravesó el cuerpo de lado a lado. Zeriti profirió un grito ahogado y cayó al suelo. El kushita liberó su cimitarra a medida que ella caía. En ese momento apareció Conan en la puerta, con la espada en la mano.
Tomando al cimmerio por uno de los criados de la bruja estigia, Imbalayo se arrojó sobre él y, blandiendo la pesada arma, asestó un fuerte mandoble. Conan saltó hacia atrás y la hoja pasó a un dedo de su cuello, yendo a dar en el marco de la puerta. Al tiempo que saltaba, Conan devolvió el golpe. Parecía imposible que el gigantesco kushita se recuperase a tiempo para eludir el ataque de su enemigo, pero lo cierto es que Imbalayo logró echarse a un lado y parar la espada de Conan, que hubiera derribado a un hombre menos vigoroso.
Avanzaron y retrocedieron entre los golpes de sus espadas cruzadas.
De repente, Imbalayo pareció reconocer a su adversario. Gritó:
–¡Amra!
Conan supo en ese momento que debía matar al kushita. Aunque no recordaba haberlo visto antes, Imbalayo seguramente lo reconoció como el jefe de un grupo de corsarios negros al frente del cual, con el nombre de Amra el León, había saqueado las costas de Kush, de Estigia y de Shem. Si Imbalayo llegaba a revelar la identidad de Conan a los pelishtios, esos vengativos shemitas lo descuartizarían con sus propias manos. Aunque pelearan duramente entre ellos, no había duda de que se unirían para aniquilar al bárbaro que había asolado sus costas.
Conan atacó y obligó a Imbalayo a dar un paso atrás; luego hizo una finta y le dio un golpe al kushita en la cabeza. La fuerza del impacto impulsó hacia abajo la cimitarra de Imbalayo y dio de lleno en el casco del general negro. La espada del cimmerio, debilitada ya por algunas profundas melladuras en la hoja, se partió cerca de la empuñadura.
Por el espacio de un segundo, los dos guerreros bárbaros se miraron en silencio. Los ojos de Imbalayo, inyectados en sangre, buscaban un punto vulnerable en la defensa de Conan. Los músculos del negro se tensaron para dar el golpe final.
El cimmerio arrojó la empuñadura de la espada a la cabeza de Imbalayo. Mientras el kushita eludía el proyectil, Conan se envolvió la capa alrededor del antebrazo izquierdo y sacó su puñal con la mano derecha. No se hacía demasiadas ilusiones respecto a sus posibilidades frente a Imbalayo en una lucha al estilo zingario. El kushita, que ahora avanzaba como un felino, no era una lenta montaña de músculos, como Keluka, sino que resultaba un espléndido luchador, casi tan rápido como el mismo cimmerio. La cimitarra silbó en el aire…
Entonces, una masa informe y nebulosa, que hasta ese momento había pasado desapercibida en la oscuridad, avanzó rápidamente y se abatió sobre la espalda de Imbalayo. Este gritó como un hombre al que estuvieran quemando vivo. Pataleó frenéticamente y se contorsionó, al tiempo que trataba de golpear hacia atrás con su espada. Pero los ojos luminosos brillaban encima de sus hombros y la sustancia humeante lo iba envolviendo a la vez que lo hacía retroceder.
Conan también se echó atrás. El miedo del bárbaro a lo sobrenatural le formó un nudo en la garganta.
En seguida cesaron los gritos de Imbalayo. El negro cayó al suelo con el sonido de una cosa blanca y gelatinosa. La nube negra había desaparecido.
Conan avanzó con cautela y vio que el cuerpo de Imbalayo presentaba un raro aspecto, pálido y fláccido, como si el extraño engendro le hubiera sorbido la sangre y los huesos, dejando tan sólo un pellejo en forma de hombre con unos pocos órganos en su interior. El cimmerio se estremeció.
Un sollozo que provenía del diván volvió su atención hacia Ruña.
En dos pasos, llegó hasta ella y cortó sus ligaduras. La ofirea se sentó en el lecho y se puso a llorar en silencio. En ese momento se oyó a alguien gritar con energía:
–¡Imbalayo! Por todos los demonios, ¿dónde estás? ¡Es hora de montar a caballo! ¡Te he visto entrar!
Un hombre que llevaba un casco y una cota de malla entró en la habitación. Era Mazdak que, retrocediendo a la vista de los cadáveres, gritó:
–¡ Ah, condenado salvaje! ¿Por qué tenías que matar a Imbalayo justamente ahora? La ciudad se ha sublevado, y los anakios luchan contra los kushitas. Yo voy a acudir con mis hombres en ayuda de estos últimos. ¡En cuanto a ti… sigo debiéndote la vida, pero para todo hay un límite! ¡Vete de esa ciudad y no vuelvas nunca más!
Conan sonrió y dijo:
–No fui yo quien lo mató, sino uno de los demonios de Zeriti, después de que Imbalayo la matara. Observa el cuerpo del kushita, si no me crees.
Mazdak se inclinó para mirar y Conan agregó:
–¿No saludas a tu vieja amiga Rufia?
Ésta se escudaba con el cuerpo del cimmerio.
–Muy bien -dijo Mazdak retorciéndose el bigote-. La llevaré de vuelta a mi casa. Tenemos que…
El rugido lejano de la multitud se hizo mucho más intenso.
–No -dijo Mazdak aturdido-. Antes he de acabar con la sedición.
Pero ¿cómo voy a dejar que ande desnuda por la calle?
–¿Por qué no te pones de parte de los anakios -preguntó Conan-, que estarán tan contentos como los asgalunim de librarse de ese rey loco? Una vez muertos Imbalayo y Othbaal, eres el único general que queda con vida en Asgalun. Encabeza la revuelta, destrona al loco de Akhirom y coloca en su lugar a alguno de sus primos o sobrinos que sea débil de carácter. ¡De este modo, serás el verdadero gobernante de Pelishtia!
Mazdak, que escuchaba al cimmerio como en sueños, lanzó de pronto una carcajada.
–¡Hecho! – exclamó-, ¡A los caballos! Lleva a Rufia a mi casa y luego únete a los hirkanios en la batalla. Mañana gobernaré en Pelishtia y podrás pedirme lo que desees. ¡Hasta luego!
Mazdak se alejó con su capa al viento y Conan se volvió hacia Rufia.
–Consigue algunos vestidos, muchacha -le dijo.
–¿Quién eres tú? – inquirió ella-. Oí que Imbalayo te llamaba Amra…
–¡No pronuncies ese nombre en Shem! Soy Conan el cimmerio.
–¿Conan? Oí hablar de ti cuando estaba con el rey. ¡Por favor, no me lleves a casa de Mazdak, te lo ruego!
–¿Por qué no? Él va a ser el verdadero gobernante de Pelishtia.
–Conozco demasiado bien a esa serpiente. ¡Llévame contigo!
Podemos llevarnos todo lo que hay en esta casa y huir de la ciudad. Con la agitación que reina en ella, nadie nos detendrá.
Conan sonrió y dijo:
–Me tientas, Rufia, pero ahora me conviene apoyar a Mazdak.
Además, le dije que te llevaría a su casa y me gusta cumplir con mi palabra. Vamos, ponte algo encima, o te llevo tal como estás.
–Está bien -dijo la ofirea en tono contemporizador, pero en seguida se interrumpió.
Procedente del cuerpo tendido de Zeriti, se oyó una especie de borboteo. Mientras Conan la observaba con el cabello erizado por el horror, la hechicera se incorporó hasta quedar sentada, a pesar de su herida, sin duda mortal. La estigia se puso en pie con dificultad, tambaleándose y mirando a Conan y a Rufia sucesivamente. Tan sólo un pequeño hilillo de sangre manaba de la herida que tenía en la
espalda y en el pecho. Cuando habló, su voz pareció ahogarse por la sangre que le salía de la garganta.
–Hace falta… -dijo-, algo más que… una simple herida de espada…
para matar… a una hija de Set.
Se dirigió hacia la puerta y, una vez allí, se volvió y agregó:
–Los asgalunim… estarán muy interesados en saber… que Amra y su mujer… están en la ciudad.
Conan no sabía qué hacer, salvo que, por su propia seguridad, debía arrojarse sobre la bruja y cortarla en pedazos. Pero su bárbaro sentido de la caballerosidad le impedía hacerle eso a una mujer.
–¿Por qué nos molestas? – dijo el cimmerio-. ¡Más importante para ti es que defiendas a tu rey loco!
Zeriti movió negativamente la cabeza y contestó:
–Sé lo que… planea Mazdak. Y antes de que yo abandone…
definitivamente este cuerpo… me vengaré… de ese cerdo…
–Entonces… -dijo Conan con un gruñido y, tras recoger la cimitarra de Imbalayo, avanzó hacia la hechicera.
Pero Zeriti hizo un ademán y pronunció una palabra.
Inmediatamente apareció sobre el suelo una línea de fuego, que se extendía de pared a pared. Conan retrocedió con un brazo sobre el rostro para protegerse del intenso calor de las llamas. Zeriti desapareció al instante.
–¡Sigámosla! – gritó Rufia-. El fuego no es más que una de sus artimañas.
–Pero, si no se la puede matar…
–A pesar de todo, las cabezas no cuentan secretos una vez separadas de los cuerpos.
Con la mirada sombría, Conan saltó por encima de las llamas en dirección a la puerta. Sintió un poco de calor, y luego las llamas se desvanecieron en cuanto las hubo traspuesto.
–¡Espera aquí! – le gritó a Rufia, y salió corriendo detrás de Zeriti.
Pero cuando llegó a la calle, no vio rastro alguno de la bruja.
Corrió rápidamente hacia la callejuela más próxima y miró en todas direcciones, luego hizo lo mismo con la del lado opuesto, pero la estigia parecía haberse evaporado. Poco después, volvía a la casa de Zeriti.
–Creo que tenías razón -le dijo a Rufia-. Cojamos lo que podamos y vayámonos de aquí.
En la Gran Plaza de Adonis, las llamas de las antorchas iluminaban un torbellino de siluetas armadas, de caballos encabritados y de espadas en movimiento. Los hombres luchaban cara a cara. Kushitas y shemitas jadeaban, maldecían, mataban y morían. Los asgalunim atacaban como locos a los soldados negros, los derribaban de sus caballos y cortaban las riendas de los espantados animales. Las picas herrumbrosas chocaban con las lanzas. Aquí y allá surgían grandes llamaradas, que se elevaban al cielo haciendo abrir los ojos a los atónitos pastores de los montes de Libnum. Desde los suburbios de la ciudad, un torrente de personas convergía hacia la gran plaza. En ella se veían ya cientos de cuerpos tendidos e inertes, cubiertos con cotas de malla o con simples túnicas a rayas, que los caballos maltrataban con sus cascos, mientras que los vivos seguían peleando fieramente.
La plaza se encontraba en el barrio kushita, que los anakios habían ido a saquear mientras la mayor parte de los negros peleaban contra la turbamulta en otras partes. Ahora, retirados apresuradamente a otro sector, los guerreros de ébano abrumaban a la infantería anakia, a la que superaban en número, en tanto que el populacho amenazaba con aniquilar a ambos grupos. Bajo las órdenes de su capitán, Bombaata, los kushitas mantenían cierta apariencia de orden que les daba alguna ventaja sobre los desorganizados anakios y la caótica multitud. Sus escuadrones cargaban hacia uno y otro lado de la plaza, en su afán por abrirse paso entre la muchedumbre que atestaba el lugar, lo que les permitiría usar mejor sus caballos para aventajar al enemigo.
Mientras tanto, los enloquecidos asgalunim invadían y saqueaban las casas de los negros, sacando de ellas rudamente a las mujeres, que gritaban desesperadamente. El resplandor de los edificios en llamas teñía de rojo las piedras de la plaza. Los gritos de sus mujeres y niños despedazados por los shemitas hacían que los negros lucharan con más ferocidad aún.
De repente, se oyó el retumbar de los timbales hirkanios, acompañado del rumor de cascos de caballos.
–¡Los hirkanios, al fin! – dijo Bombaata jadeando-. Han tardado demasiado. Pero, por Derketa, ¿dónde está Imbalayo?
Hasta el centro de la plaza llegó a galope un frenético caballo cuya boca despedía espuma. El jinete tiró de las riendas con manos ensangrentadas y gritó:
–¡Bombaata! ¡Bombaata!
–¡Aquí, imbécil! – bramó el kushita, haciéndole una seña.
–¡Imbalayo ha muerto! – gritó el hombre por encima del rugido de las llamas y del trueno de los timbales-. ¡Los hirkanios se han vuelto contra nosotros y han dado muerte a nuestros hermanos en sus palacios! ¡Aquí vienen!
El ruido de los cascos y de los timbales se hizo más ensordecedor aún, y los escuadrones de lanceros irrumpieron en la plaza atacando a amigos y enemigos. Bombaata divisó el rostro delgado y exultante de Mazdak tras el arco que trazaba su cimitarra. Acto seguido una espada golpeó al negro kushita, que se desplomó.
Desde los promontorios rocosos de Libnun, los pastores contemplaban la escena temblorosos. El estrépito metálico de las armas se oía a leguas de distancia río arriba, donde los pálidos nobles temblaban de miedo en sus jardines. Rodeados de hirkanios, anakios y asgalunim, los kushitas siguieron luchando hasta morir.
La turba fue la primera que dirigió su atención hacia el rey Akhirom. Cruzaron corriendo las puertas sin vigilancia que llevaban a la Ciudad Interior, y traspusieron la entrada del Palacio del Este.
Hordas de desarrapados irrumpieron aullando por los corredores hasta un gran salón en el que, al desgarrar las doradas cortinas, comprobaron que el trono estaba vacío. Arrancaron los tapices de seda de las paredes con sus manos manchadas de sangre y volcaron las mesas de finos mármoles entre un estruendo de vajillas y porcelanas rotas. Los eunucos de túnicas de color carmesí huían lanzando aullidos y las jóvenes esclavas se debatían gritando entre los brazos de los atacantes.
En el Gran Salón Esmeralda estaba el rey Akhirom de pie, como una estatua sobre un trono forrado de pieles. Sus manos se movían convulsivamente. A la entrada del salón se apiñaba un reducido grupo de sus servidores más fieles, que conseguían mantener a raya con sus espadas a la exaltada multitud. Una banda de anakios se abrió paso entre la turbamulta y logró romper la barrera de esclavos negros.
Mientras la vanguardia de guerreros shemitas irrumpía, incontenible, Akhirom pareció volver en sí de su abstracción y escapó por una salida que había en la parte posterior de la estancia. Anakios y pelishtios se mezclaron en la carrera, persiguiendo al fugitivo monarca. Detrás de ellos llegó otro grupo de hirkanios con Mazdak a la cabeza, que venía empapado en sangre.
Akhirom huyó por un pasillo y luego subió corriendo por una sinuosa escalera. Tras un ascenso que parecía interminable, ésta alcanzaba el techo del palacio. Pero no se detenía allí, sino que sus peldaños seguían por el interior de la estrecha torre que había en el techo y desde la cual el padre de Akhirom, el rey Azumelek, solía contemplar las estrellas.
El monarca siguió subiendo, seguido de cerca por sus perseguidores, hasta que la escalera se hizo tan angosta que sólo podía pasar un hombre a la vez.
El rey Akhirom llegó a una pequeña plataforma circular que había en la parte superior de la torre y que estaba rodeada por una pequeña pared. Una vez que hubo pasado, cerró la portezuela y echó el cerrojo.
Luego se inclinó sobre el parapeto. En la terraza había una gran cantidad de hombres. Abajo había otros que miraban hacia la torre desde el patio principal.
–¡Escuchad, mortales pecadores! – exclamó Akhirom-. ¡No creéis que soy un dios! ¡Pues os demostraré que no estoy atado a la tierra como un gusano, como vosotros, sino que puedo remontarme al cielo como los pájaros! ¡Lo veréis en seguida, y entonces tendréis que inclinaros ante mí y venerarme como corresponde! ¡Ahí voy!
Akhirom se encaramó al parapeto, se balanceó por un instante y luego saltó al vacío, extendiendo los brazos como si fueran alas. Su cuerpo describió una prolongada parábola hacia abajo, dejó atrás el techo del palacio mientras el viento henchía sus vestiduras y se estrelló, finalmente, contra las piedras del patio con el sonido de un melón aplastado por un mazo.
Ni siquiera el exterminio de los kushitas y la muerte de Akhirom trajeron paz a la alborotada Asgalun. Otros grupos turbulentos rondaban por la ciudad, incitados por un misterioso rumor, según el cual Amra, el jefe de los corsarios negros, se encontraba en Asgalun, y
se afirmaba que Rufia, la ofirea, estaba con él. Crecieron los rumores, que se transformaban al pasar de boca en boca. Se dijo también que Amra había enviado a Rufia a Asgalun como espía de los piratas y que una flota corsaria esperaba frente a la costa una orden suya para desembarcar y saquear la ciudad. Pero aunque buscaron por todos los escondites de la ciudad, no encontraron ni rastro de Amra y de la mujer.
Por la larga vía que conducía desde Asgalun a Koth a través de las praderas del oeste de Shem, iban Conan y Rufia al trote de sus caballos. El cimmerio iba en su propio corcel, en tanto que la ofirea lo hacía sobre un animal sin dueño, que Conan había encontrado en las calles de Asgalun esa noche. La pelirroja vestía ropas procedentes de los cofres de Zeriti. Aunque le iban un poco ajustadas, valían para el caso. En ese momento, Rufia dijo:
–Si te hubieras quedado en Asgalun, Conan, habrías llegado muy lejos, amparado en la amistad de Mazdak.
–¿Y quién me rogó que no me fiara de él?
–Lo sé. Para mí era un amo frío, que no parecía tener sentimientos.
Pero…
–Era una persona que me caía bien, pero, de haberme quedado allí, tarde o temprano uno de los dos habría tenido que matar al otro, y probablemente a causa de ti.
El cimmerio se rió en voz baja y dio golpecitos a una bolsa en la que llevaba el botín conseguido en la casa de Zeriti. Las monedas y los otros objetos de valor que había allí tintinearon con sonido metálico.
–Me las arreglaré igual en d norte -dijo-. ¡Vamos, espolea un poco a ese caballo!
–Todavía tengo el cuerpo dolorido a causa de los latigazos de Zeriti…
–Si no te apresuras, me temo que te dolerá mucho más. ¿Quieres que los hirkanios de Mazdak nos den alcance antes que hayamos desayunado?
La pelirroja ofirea agitó las riendas, y ambos corceles avanzaron a galope corto por el camino de Koth.
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