Conan el pirata
El coloso negro (Robert E. Howard).
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
El coloso negro
El interés de Conan por Rufia parece haber durado lo mismo que el
botín que se llevaron de Asgalun, tal vez cambió a la mujer por un caballo
mejor antes deponerse al servicio de Amaine de Nemedia, un general
mercenario de la reina regente Yasmela, soberana del pequeño reino
fronterizo de Khoraja. Allí el cimmerio alcanza pronto el grado de
capitán. El joven rey de Khoraja, hermano de Yasmela, se halla
prisionero en Oflr y las fronteras de su reino se ven hostigadas por unas
tropas nómadas, reunidas por un misterioso y maligno hechicero velado
llamado Natohk.
«Era la noche del Poder, cuando el destino avanza por los corredores del mundo como un coloso recién resucitado de un antiquísimo trono de granito.»
E. hoffman price (La muchacha de Samarcanda)
Tan sólo el silencio del pasado reinaba en las misteriosas ruinas de Kuthchemes, pero el miedo estaba allí, agazapado. El temor aleteó en la mente de Shevatas, el ladrón, acelerando su respiración a través de sus dientes apretados.
Estaba de pie como un átomo de vida en medio de la desolación y las ruinas que había entre los colosales monumentos de piedra. Ni siquiera los buitres batían sus alas negras en la inmensa bóveda azul del cielo en el que brillaba un sol ardiente. A ambos lados se alzaban las lúgubres reliquias de una era olvidada: enormes columnas rotas levantando sus truncados muñones hacia las alturas; larguísimas filas ondulantes de murallas derruidas; caídos bloques de piedra de dimensiones ciclópeas; estatuas destrozadas, cuyos contornos monstruosos habían sido erosionados por los vientos y las tormentas de arena. No había señales de vida en todo el espacio que se extendía de horizonte a horizonte. Sólo el imponente desierto desnudo, dividido en dos por la sinuosa línea de un río seco hacía mucho tiempo. Aquella vastedad de colmillos relucientes que constituían las ruinas, de columnas erguidas como rotos mástiles de naves hundidas, la dominaba la elevada cúpula de marfil ante la que temblaba Shevatas.
La base de aquella cúpula era un gigantesco pedestal de mármol que se elevaba desde lo que había sido alguna vez una especie de mirador sobre el antiguo río. Amplios escalones conducían a la gran
puerta de bronce, apoyada sobre su base como la mitad de un huevo gigantesco. Aquella cúpula de marfil puro brillaba como si unas manos misteriosas la estuvieran puliendo continuamente. El gran domo arrojaba destellos dorados, a través de los cuales se divisaban los brillantes jeroglíficos que circundaban el ábside. Ningún hombre en el mundo era capaz de leer esas inscripciones, pero Shevatas sintió un escalofrío ante las sombrías sensaciones que suscitaban en él, pues pertenecía a una raza muy antigua cuyos mitos se remontaban a la noche de los tiempos.
Shevatas era un hombre delgado y ágil, como corresponde a un maestro de ladrones de Zamora. Tenía la cabeza rapada y vestía tan sólo un taparrabo de seda de color escarlata. Como todos los de su raza, era de piel muy oscura y rostro de buitre, del que destacaban unos ojos negros y vivaces. Sus dedos, largos y finos, eran rápidos y nerviosos como las alas de una mariposa nocturna. De su cinturón de escamas doradas colgaba una espada corta y estrecha con una empuñadura enjoyada y una vaina de cuero ornamentado. Shevatas parecía manejar su arma con un cuidado exagerado; incluso daba la impresión de querer mantener la vaina apartada de su cuerpo, a fin de que no entrase en contacto con la piel desnuda del muslo. Y sus cuidados no estaban desprovistos de fundamento.
Shevatas era ladrón entre ladrones y su nombre se pronunciaba con temor en los tugurios del Maul y a la sombra de los templos de Bel; de él hablaban las canciones y leyendas de aquellas tierras. Sin embargo, el miedo encogió el ánimo de Shevatas cuando se encontró de pie ante la cúpula de marfil de Kuthchemes. Cualquier persona, por poco entendida que fuera, podía darse cuenta de que había algo sobrenatural en aquel edificio. El viento y el sol lo habían azotado durante tres mil años, y a pesar de ello el marfil y el oro se alzaban claros y relucientes como el día en que fuera erigido por manos desconocidas a orillas del anónimo río.
Esta sensación misteriosa y sobrenatural que transmitía el edificio estaba en consonancia con el aura que emanaba de las ruinas encantadas. El desierto era una enigmática faja de tierra que se extendía hacia el sudeste de Shem. Unos pocos días a lomo de camello en esa dirección, como bien sabía Shevatas, llevarían al viejo hasta el
gran río Styx, donde éste trazaba un ángulo y seguía hacia el oeste para desembocar finalmente en el lejano mar. Justamente en el punto en el que se desviaba comenzaba Estigia, la oscura tierra del sur, cuyos dominios, bañados por el gran río, contrastaban con los yermos circundantes.
Hacia el este, el desierto se prolongaba en las estepas que llegaban hasta el reino hirkanio de Turan, que alzaba su esplendor bárbaro a orillas del gran mar interior. A una semana de viaje a caballo hacia el norte, el desierto concluía en una serie de montes áridos, detrás de los cuales se hallaban las fértiles llanuras de Koth, el reino más meridional de Hiboria. Al oeste, las arenas del desierto se fundían con las praderas de Shem, que llegaban hasta el océano.
Shevatas sabía todo esto sin ser consciente de ello, del mismo modo que una persona conoce las calles de su ciudad. Era un avezado viajero y había saqueado los tesoros de muchos reinos. Pero ahora vacilaba y se estremecía ante lo que constituía su mayor aventura, y ante el tesoro más cuantioso de cuantos conociera.
Debajo de aquella cúpula de marfil yacían los huesos de Thugra Khotan, el sombrío hechicero que había reinado en Kuthchemes tres mil años antes, cuando los reinos de Estigia y Aquerón llegaban hasta las mesetas que había al norte del río, pasando por las praderas de Shem. Luego, las grandes invasiones hiborias llegaron hasta el sur desde la cuna de su raza, que se encontraba cerca del polo norte.
Fueron migraciones masivas, que se prolongaron a lo largo de siglos y eras. Pero bajo el reinado de Thugra Khotan, el último brujo de Kuthchemes, unos bárbaros de ojos grises y cabello leonado, vestidos con pieles de lobo y cotas de malla, llegaron desde el norte para sojuzgar al opulento reino de Koth con sus espadas de hierro. Se abatieron sobre Kuthchemes como las oleadas de una marea y bañaron en sangre las torres de mármol. El reino de Aquerón fue sometido por el fuego y la violencia.
Pero mientras asolaban las calles de la ciudad y mataban a sus arqueros como si estuvieran talando árboles, Thugra Khotan tomó un extraño y terrible veneno. Sus sacerdotes lo sepultaron en la tumba que él mismo se había hecho construir. Allí murieron, en un sangriento holocausto, todos sus adeptos, pero los bárbaros no pudieron abrir la
puerta y ni siquiera la violencia y el fuego lograron dañar el edificio.
En consecuencia, se alejaron de allí dejando la gran ciudad en ruinas.
De este modo, Thugra Khotan pudo descansar en paz en su sepulcro de marfil, mientras el gusano de la destrucción comenzaba a roer las columnas y el río que regaba sus tierras se iba hundiendo en las arenas hasta secarse por completo.
Muchos ladrones trataron de hacerse con el tesoro que, según la leyenda, se hallaba entre los viejos huesos blanquecinos que yacían bajo la cúpula. Muchos de ellos perecieron en la puerta del sepulcro, mientras que otros fueron acosados desde entonces por sueños espantosos, hasta que al fin murieron con la espuma de la locura en los labios.
Por todo ello, Shevatas se estremeció al encontrarse ante la tumba, y no por la leyenda según la cual una serpiente cuidaba el esqueleto del hechicero. Sobre todos los mitos de Thugra Khotan se cernían el horror y la muerte como un velo tenebroso. Desde donde se encontraba, el ladrón podía ver las ruinas de la gran sala en la que se habían arrodillado cientos de prisioneros encadenados durante las celebraciones, para ser decapitados por el rey-sacerdote en honor de Set, la serpiente divina de los estigios. Cerca de allí debía estar el pozo oscuro y terrible junto al cual se encadenaba a las aterradas víctimas que servirían de alimento a un monstruo temible que salía de las profundidades de una caverna infernal. La leyenda había convertido a Thugra Khotan en algo más que un ser humano. Su culto había entrado en decadencia, aunque sus devotos acuñaban todavía monedas con la imagen del monarca, que servían para pagar el paso de sus muertos por el gran río de sombras cuya representación material era el Styx. Aquella imagen quedó grabada en forma indeleble en la mente de Shevatas, que solía sacar las monedas de la boca de los cadáveres.
El ladrón dejó finalmente de lado sus temores y subió hasta la gran puerta de bronce en cuya suave y lisa superficie no se veía ningún cerrojo ni pestillo. Shevatas había tenido acceso a cultos tenebrosos, había escuchado los sobrecogedores susurros de los adoradores de Skelos a medianoche bajo los árboles y había leído los libros prohibidos de Vathelos el Ciego.
De rodillas en el suelo, buscó a tientas en el umbral de la puerta y logró dar con unos salientes demasiado pequeños para ser percibidos por el ojo humano o por dedos menos sensibles. Presionó con sus dedos de una manera especial, al tiempo que pronunciaba en voz baja las palabras de un olvidado encantamiento. Cuando hubo presionado el último saliente, saltó con gran agilidad y dio un golpe seco en el centro exacto de la puerta con la mano abierta.
La enorme puerta se abrió hacia dentro sin chirrido alguno. El aire escapó con un fuerte silbido entre los apretados dientes de Shevatas.
Quedó a la vista un corredor corto y estrecho cuyo suelo, paredes y cielorraso eran de marfil. De repente, de una abertura que había a un lado del pasillo salió reptando en silencio un monstruo espantoso que miró al intruso con ojos brillantes: era una serpiente de unos seis metros de longitud, cuyo cuerpo brillante estaba cubierto de escamas tornasoladas.
El ladrón no perdió tiempo en pensar de qué modo habría sobrevivido el monstruo en aquellas sombrías profundidades.
Desenvainó cautelosamente la espada, de la que goteaba un líquido verdoso idéntico al que manaba de los afilados colmillos del reptil. La hoja estaba empapada en un veneno igual que el de la serpiente, y el solo hecho de obtener ese veneno de los pantanos de Zíngara había constituido de por sí toda una hazaña.
Shevatas avanzó sigilosamente, con las piernas algo flexionadas, dispuesto a saltar con la velocidad del rayo. Y necesitó de toda su coordinación y agilidad cuando la serpiente arqueó su cuello y atacó con una rapidez vertiginosa. A pesar de sus rápidos reflejos, Shevatas habría muerto de no haber sido por una casualidad. Sus planes de saltar a un lado y asestar un mandoble contra el cuello extendido quedaron anulados por la cegadora velocidad del ataque del reptil. El ladrón sólo tuvo tiempo para extender la espada hacia adelante, mientras cerraba los ojos y lanzaba un grito. Shevatas sintió que le arrebataban la espada de la mano, y luego resonaron en el corredor los ecos de unos terribles chasquidos.
Shevatas abrió los ojos, asombrado de estar aún con vida, y vio que el monstruo se retorcía con fantásticas contorsiones, con la espada hundida en sus gigantescas fauces. El azar había hecho que el reptil
cayera sobre la hoja que él había tendido a ciegas. Poco después, la serpiente se había convertido en un conjunto de temblorosos anillos que se retorcían débilmente. El poderoso veneno había hecho efecto.
Después de pasar por encima del ondulante cuerpo del reptil, el ladrón empujó una puerta lateral que dejó ver el interior del recinto coronado por la cúpula. El intruso lanzó un grito de asombro. En lugar de la penumbra que dejaba atrás, se halló ante una luz de color carmesí que palpitaba con una intensidad superior a la que podrían soportar ojos mortales. Procedía de una gigantesca piedra roja situada en lo alto de la cúpula. Shevatas se quedó atónito, a pesar de lo acostumbrado que estaba a contemplar riquezas. El tesoro estaba allí, amontonado descuidadamente, en pilas de diamantes, zafiros, rubíes, turquesas, ópalos y esmeraldas; había, además, ziggurats de jade, azabache y lapislázuli; pirámides de monedas de oro y de lingotes de plata; espadas adornadas con piedras preciosas y empuñaduras de oro, cascos de metales preciosos con crestas de caballo de todos los colores, armaduras de escamas de plata; arneses incrustados de gemas pertenecientes a antiguos reyes guerreros; copas talladas en piedras preciosas de gran tamaño; cráneos con incrustaciones de oro y adularía en lugar de ojos, así como collares hechos de dientes humanos con pequeñas piedras engastadas. El suelo de marfil estaba cubierto por varios palmos de polvo de oro que reflejaba el fulgor carmesí del enorme rubí con millones de luces titilantes. El ladrón se encontraba ante un mundo de magia y esplendor, y las sandalias de sus pies parecían pisar estrellas.
Pero los ojos de Shevatas estaban fijos tan sólo en la gran urna de cristal que se alzaba en medio del deslumbrante conjunto, exactamente debajo de la enorme piedra roja donde debían estar los huesos del rey, seguramente convertidos en polvo después de tantos siglos. Y mientras miraba, su oscuro rostro palideció y se le heló la sangre en las venas, en tanto que su piel se erizaba de horror y sus labios se movían sin poder pronunciar una sola palabra. Pero de repente su boca lanzó un grito espantoso que resonó aterradoramente bajo la cúpula. Después, el silencio de los siglos volvió a reinar entre las ruinas de la misteriosa Kuthchemes.
El rumor se difundió por las praderas hasta llegar a las ciudades de los hiborios; viajó con las caravanas que cruzaban los desiertos
conducidas por hombres delgados y con ojos de halcón, vestidos con caftanes blancos; pasó de boca en boca, entre los pastores de nariz aguileña de las sabanas, entre los nómadas que vivían en tiendas de campaña y hasta las grandes ciudades construidas de piedra, donde los reyes de rizadas barbas negras adoraban a dioses de vientres prominentes con ritos extraños. Los rumores también se extendieron por las laderas de las montañas hasta llegar a los fértiles valles, donde prósperos pueblos levantaban sus casas a orillas de azules lagos y ríos, y por los blancos caminos que recorrían apacibles rebaños, ricos mercaderes, caballeros armados, arqueros y sacerdotes.
Las noticias llegaron desde el desierto que se extendía entre Estigia y el sur de las montañas de Koth. Decían que había nacido un nuevo profeta entre los nómadas. Se hablaba de una guerra tribal, de una reunión de hombres rapaces en el sudeste y de un terrible jefe que había conducido a sus crecientes hordas a la victoria. Los estigios, que constituían una amenaza perpetua para las naciones del norte, no parecían estar relacionados con aquel movimiento, ya que tenían a sus tropas acampadas en las fronteras orientales y sus sacerdotes formulaban conjuros contra el hechicero, a quien llamaban Natohk el Velado, pues llevaba el rostro siempre oculto.
Pero la oleada invasora se dirigió hacia el noroeste, y los reyes de barbas azuladas murieron ante los altares de sus dioses y sus ciudades amuralladas quedaron empapadas en sangre. Se dijo que el objetivo de Natohk y sus seguidores eran las mesetas de los hiborios.
Las incursiones procedentes del desierto era habituales por aquella época, pero esta última parecía prometer algo más que una simple incursión. Los rumores también decían que Natohk había logrado reunir a treinta tribus nómadas y a quince ciudades bajo su mando, y que cierto príncipe estigio rebelde se había unido a él. Esto último dio al movimiento un cariz de verdadera guerra.
Como era habitual, la mayor parte de las naciones hiborias decidió ignorar la creciente amenaza. Pero en Khoraja, que había sido arrebatada a los shemitas con la ayuda de las espadas de los aventureros kothios, se dio crédito al rumor. Por hallarse al sudeste de Koth, Khoraja debía soportar el mayor peso de la invasión. Su joven rey permanecía prisionero del monarca traidor de Ofir, que dudaba
entre devolverlo a cambio de un cuantioso rescate o entregarlo al enemigo del joven soberano, el rey de Koth, que en lugar de oro le proponía un ventajoso tratado. Mientras tanto, el gobierno de Khoraja se hallaba en las blancas manos de la joven princesa Yasmela, hermana del rey cautivo.
Los trovadores cantaban por todo el mundo occidental la belleza de Yasmela, que pertenecía a una de las dinastías reales más importantes de la zona. Pero, aquella noche, su orgullo sufrió un duro golpe.
Yasmela se encontraba en su aposento, cuyo cielorraso era una cúpula de lapislázuli y cuyo suelo de mármol estaba cubierto de pieles rarísimas. En aquella habitación con frisos dorados, diez muchachas, hijas de nobles y cubiertas de joyas, dormían sobre divanes de terciopelo alrededor del lecho de la princesa, adornado con un baldaquín de seda. Pero la princesa Yasmela no estaba en aquel tibio lecho, sino que yacía desnuda, boca abajo, sobre el frío mármol, con la cascada de sus negros cabellos extendida sobre la espalda y con los finos dedos entrelazados, como una humilde suplicante. El horror le había helado la sangre en las venas y tenía los hermosos ojos desorbitados y el esbelto cuerpo bañado en un sudor frío.
Por encima de ella, en el rincón más oscuro de la alcoba de mármol, se cernía una enorme sombra informe. No era una cosa viva; ni siquiera era un ser de carne y hueso, sino sólo una mancha oscura, un borrón en los ojos, un monstruoso íncubo de la noche, que hubiera parecido la pesadilla de un cerebro enfermo de no ser por dos puntos luminosos, como un fuego amarillo, que brillaban como ojos en la oscuridad.
Además, de aquella sombra surgía una voz; era un sonido suave y sibilante que no podía emanar de una garganta humana, sino de una serpiente. Aquel sonido llenaba a Yasmela de un espanto tan intolerable, que la hacía retorcerse como si su blanco cuerpo estuviera sometido al castigo de un látigo.
–Eres mía, princesa; estás marcada -decía aquella cosa aterradora en un susurro-. Antes de que me despertara de este largo sueño, te había marcado y te tenía predestinada para mí. Yo soy el alma de Natohk el Velado. ¡Mírame bien, princesa! ¡Pronto me verás en mi envoltura carnal y entonces me amarás!
El murmullo fantasmagórico se convirtió en un libidinoso chasquido de lengua que arrancó a Yasmela un gemido, al tiempo que ésta golpeaba las losas de mármol con sus pequeños puños en un paroxismo de terror.
–Yo duermo ahora en una habitación del palacio de Akbitana -
prosiguió la sombra-. Allí está mi cuerpo en su materialización carnal.
Y sin embargo en este momento no es más que un cascarón vacío del que ha huido el espíritu por unos segundos. Si pudieras mirar desde las ventanas de este palacio, te darías cuenta de la inutilidad de tu resistencia. El desierto es como un jardín de rosas bajo la luna, donde florecen las hogueras de mis cien mil guerreros. Así como avanza un alud creciendo en volumen y velocidad, de la misma manera invadiré las tierras de mis antiguos enemigos. Sus reyes me proporcionarán los cráneos para hacerme copas, sus mujeres y niños serán los esclavos de mis esclavos. Me hice muy fuerte durante los años en que estuve dormido… ¡Tú serás pronto mi reina y yo te enseñaré las antiguas formas del placer, ya olvidadas! Nosotros…
Ante el raudal de obscenidades cósmicas que comenzó a proferir aquella sombra gigantesca, Yasmela se retorció como si un flagelo lacerase sus delicadas carnes.
–¡Recuérdalo! – dijo el monstruo en voz baja-. ¡No pasarán muchos días antes de que yo te reclame como mía!
Yasmela tenía el rostro pegado a las losas y se apretaba los frágiles oídos con las manos, pero a pesar de ello le pareció oír un extraño ruido, semejante al batir de las alas de un murciélago. Entonces, al mirar temerosa hacia arriba, vio sólo un rayo de luna que brillaba a través de la ventana, como si una espada de plata hubiera tomado el lugar de la sombra. Temblando de pies a cabeza, se puso en pie y se dirigió vacilante hacia un diván de satén, encima del cual se arrojó, llorando desesperadamente. Las otras muchachas seguían durmiendo, pero una se despertó y, después de bostezar y de estirar su esbelto cuerpo, miró a su alrededor. En seguida se acercó al lecho de la princesa y se puso de rodillas a su lado, rodeando con sus brazos la fina cintura de Yasmela.
–¿Qué ha ocurrido? ¿Era…? – preguntó la joven, con los ojos negros abiertos de espanto.
Yasmela le cogió las manos y se las apretó convulsivamente.
–¡Oh, Vateesa, ha vuelto! ¡Lo vi…, le he oído hablar! ¡Me dijo su nombre… se llama Natohk! ¡Es Natohk! No es una pesadilla; estaba allí arriba mientras vosotras dormíais como narcotizadas. ¿Qué puedo hacer? Oh, ¿qué he de hacer?
Vateesa hizo girar una de sus pulseras de oro alrededor de su nívea muñeca, mientras meditaba.
–¡Oh, princesa! – dijo la joven-. Es evidente que ningún poder mortal puede vencer a ese ser y que tampoco vale de nada el amuleto que los sacerdotes de Ishtar te han dado. Por lo tanto, deberías acudir al olvidado oráculo de Mitra.
Yasmela se estremeció. Los dioses de ayer se convierten a veces en los demonios del mañana. Los kothios habían abandonado hacía mucho tiempo el culto de Mitra, hasta el punto de olvidar los atributos del dios universal de los hiborios. Yasmela tenía la vaga idea de que, si Ishtar era de temer, aquel otro dios, por ser antiquísimo, lo debería ser aún más. La cultura kothia, así como su religión, habían sufrido la poderosa influencia de shemitas y estigios. De ese modo, los sencillos usos de los hiborios se habían modificado y corrompido en gran medida al entrar en contacto con las sensuales, lujuriosas y despóticas costumbres orientales.
–¿Tú crees que Mitra me ayudará? – preguntó Yasmela, aferrando las dos muñecas de Vateesa-. Hemos venerado a Ishtar desde hace tanto tiempo…
–¡Claro que te ayudará! – repuso la joven, que era hija de un sacerdote de Ofir que había traído consigo las costumbres de su país cuando llegó a Khoraja huyendo de sus enemigos políticos-. ¡Ve al santuario! – agregó la joven-. Yo iré contigo.
–¡Sí, lo haré! – exclamó Yasmela poniéndose en pie. Sin embargo, cuando Vateesa quiso vestirla, la princesa se negó diciendo:
–No me parece apropiado ir vestida de seda al templo. Será mejor que vaya desnuda y de rodillas, como las suplicantes; así, Mitra advertirá mi humildad.
–¡Nada de eso! – repuso Vateesa, que no sentía mucho respeto por lo que ella consideraba una falsa manifestación religiosa-. Mitra desea que sus fieles caminen erguidos en lugar de arrastrarse como gusanos,
y tampoco quiere que se derrame sangre de animales sacrificados ante su altar.
Convencida con estos argumentos, Yasmela consintió en que la otra muchacha la vistiese con una ligera blusa sin mangas, encima de la cual le puso una túnica de seda que ató a su talle con un ancho cinturón de terciopelo. Le colocó unas zapatillas de raso en los pies, y finalmente los diestros dedos de Vateesa peinaron su oscura cabellera. Después, la princesa siguió a la muchacha, que apartó un pesado tapiz y descorrió el cerrojo dorado de una puerta que había oculta detrás. Salieron a un sinuoso pasillo que las dos muchachas recorrieron rápidamente, hasta llegar a otra puerta que daba a un amplio salón. Allí había un centinela con casco, coraza plateada y grebas cinceladas, que sostenía una gran hacha de combate entre las manos.
Yasmela correspondió al saludo del soldado con un leve gesto; aquél, después de haber presentado el arma, siguió con su guardia, inmóvil como una estatua. Los dos jóvenes atravesaron el enorme salón iluminado a medias por las antorchas que había en las paredes y luego descendieron por una escalera, donde Yasmela se estremeció al ver las sombras que parecían acurrucarse en los rincones. Tres pisos más abajo se detuvieron ante un estrecho corredor, cuyo techo abovedado estaba constelado de piedras preciosas y cuyo suelo estaba hecho de bloques de cristal, en tanto que frisos dorados decoraban las paredes.
Por allí avanzaron cogidas de la mano hasta llegar a una puerta de oro.
Vateesa la abrió y pudieron ver un altar olvidado desde hacía mucho tiempo por todos, salvo por unos pocos fieles y nobles visitantes de la corte de Khoraja, para cuyo beneficio se mantenía aquel santuario. Yasmela jamás había entrado allí, a pesar de que había nacido en el palacio. Sobrio y sin adornos en comparación con el despliegue barroco de los santuarios de Ishtar, este imponía por su dignidad y sencilla belleza, características propias de la religión de Mitra.
El cielorraso era bastante alto, pero no tenía forma de cúpula. Las paredes, al igual que el suelo y el techo, eran de mármol blanco. Detrás de un altar de jade de color verde claro se hallaba el pedestal sobre el cual se alzaba la representación material del dios. Yasmela contempló sobrecogida los amplios hombros, las facciones definidas, la mirada
serena, la barba patriarcal y la cabellera rizada que caracterizaban al dios Mitra. Aquello, aunque ella no lo supiera, era el arte en forma más elevada; era la manifestación de una raza de gran sentido estético, no inhibido por el simbolismo convencional.
La princesa cayó de rodillas y se prosternó sin importarle las críticas de Vateesa. Ésta, para no desentonar, siguió su ejemplo, pues ella era al fin y al cabo sólo una adolescente y el santuario de Mitra era muy imponente. Cuando estuvieron de rodillas, no pudo contenerse y le susurró a la princesa Yasmela:
–Ésta no es más que una imagen del dios. Nadie pretende saber cuál es el aspecto real de Mitra. Aquí está representado con una forma de hombre idealizada, tan perfecto como puede concebirlo la mente humana. Pero no vive en esta fría piedra, como te enseñan de Ishtar sus sacerdotes, sino que está en todas partes, por encima de nosotros y a nuestro alrededor, y sueña en lo alto, entre las estrellas. Pero aquí es donde su ser se concentra. Ahora puedes invocarlo.
–¿Qué debo decir? – inquirió Yasmela con un balbuceo, presa del pánico.
–Antes de que empieces a hablar, Mitra ya sabe lo que pasa por tu mente… -comenzó a decir Vateesa.
En ese momento, una voz que llegaba desde lo alto hizo temblar a las dos muchachas. La voz, de tono profundo y sereno, no procedía de la imagen ni de ningún lugar especial del santuario. Un nuevo escalofrío recorrió el cuerpo de Yasmela, pero ahora no era de horror ni de repulsión.
–No necesitas hablar, hija mía, pues sé muy bien lo que te sucede -
dijo la voz con la entonación musical que parecía latir rítmicamente-.
Hay una forma de salvar tu reino y de que, al hacerlo, salves también a todo el mundo de los colmillos de una serpiente que ha salido reptando de la noche de los siglos. Vete sola a la calle y pon tu reino en manos del primer hombre que encuentres.
La voz etérea se extinguió y las muchachas se miraron. Luego se pusieron en pie y no volvieron a hablar hasta que se hallaron de nuevo en la alcoba de Yasmela. La princesa miró afuera a través de los barrotes dorados de las ventanas. Era bastante más de medianoche y la luna se había puesto. Ya se habían apagado todos los ruidos de la
ciudad. Khoraja dormía bajo las estrellas, que se reflejaban en los jardines, en las calles y techos de las casas.
–¿Qué vas a hacer? – preguntó Vateesa en voz baja, sin poder dominar aún su turbación.
–Dame mi capa -dijo Yasmela con decisión.
–Pero sola por las calles, a esta hora… -objetó la otra joven.
–Mitra ha hablado -replicó la princesa-. Es posible que haya sido la voz del dios o el truco de un sacerdote. De todas formas, estoy decidida a ir.
Yasmela se envolvió en una amplia capa de seda y se tocó con un gorro de terciopelo del que colgaba un fino velo. Luego recorrió apresuradamente los pasillos hasta llegar a una puerta de bronce, donde una docena de alabarderos se quedaron mirándola llenos de asombro cuando pasó a su lado. Aquel ala del palacio conducía directamente a la calle, mientras que en los demás sectores había amplios jardines rodeados por una alta muralla. Yasmela salió a la calle, iluminada por farolas emplazadas a intervalos regulares.
La joven vaciló, pero antes que su resolución flaquease, cerró la puerta detrás de ella. Un ligero temblor la sacudió al lanzar una mirada hacia la calle desierta, sumida en el más absoluto silencio. Esta hija de casta real jamás se había aventurado sin compañía fuera de su antiguo palacio. Finalmente, se decidió y avanzó rápidamente calle arriba. Sus pies, calzados con finas zapatillas de raso, pisaron suavemente el empedrado, pero incluso aquel imperceptible sonido le encogía el corazón. La parecía que el tenue eco de sus pasos resonaba estruendosamente en toda la ciudad, despertando a los monstruos ratiformes que corrían por las cloacas. Todas las sombras le parecían ocultar a un asesino; en todos los vanos de las puertas creía ver agazapados a los sabuesos de las tinieblas.
En ese momento, volvió a sentir un profundo estremecimiento.
Delante de ella, por la oscura callejuela, apareció una misteriosa figura.
Yasmela se escondió rápidamente en un lugar poco iluminado, que ahora le parecía un refugio acogedor. Su pulso latía aceleradamente. El desconocido no avanzaba furtivamente, como un ladrón, ni con timidez, como un viajero temeroso. Por el contrario, su caminar era el de una persona que no tiene necesidad ni deseo de andar con sigilo. Sus
pasos resonaban en el empedrado con la fuerza que da la confianza en sí mismo. Cuando pasó junto a la farola, Yasmela lo vio claramente. Se trataba de un hombre alto, cubierto con la cota de malla de los mercenarios. La princesa sacó fuerzas de flaqueza y salió de las sombras, oprimiendo la capa contra su cuerpo.
El hombre desenvainó su espada a medias, pero se detuvo al ver que se trataba de una mujer. No obstante, la mirada del desconocido escrutó más allá de la figura femenina, para ver si traía acompañantes.
El desconocido se quedó inmóvil, mirando a la mujer con la mano en la empuñadura, la cual sobresalía por debajo de su capa escarlata.
La luz de las farolas se reflejaba en el bruñido acero de su casco, pero otro fuego más intenso brillaba en el azul de sus ojos. Yasmela se dio cuenta inmediatamente de que aquel hombre no era un nativo de Koth y, cuando habló, pudo advertir que tampoco era hiborio. Iba vestido como un capitán de mercenarios, cargo que desempeñaban hombres de muy diversos países, tanto bárbaros como civilizados. Pero en aquel guerrero había algo que indicaba claramente que era bárbaro. Los ojos de un hombre civilizado, fuese un criminal o un desesperado, no brillaban de aquel modo. Por otro lado, aunque exhalaba un ligero olor a vino, en modo alguno se tambaleaba y tampoco vaciló al hablar.
–Vaya, ¿te han dejado en la calle, muchacha? – preguntó él en lengua kothia, con fuerte acento bárbaro.
Los dedos des desconocido aferraron con delicadeza la muñeca de Yasmela, pero ella sintió que él le podía destrozar los huesos sin ningún esfuerzo.
–Vengo de la última taberna que encontré abierta -agregó él-.
¡Ishtar maldiga a esos condenados puritanos que cierran las casas de bebida! «Dejad que los hombres duerman, en lugar de que beban», afirman. ¡Sí, así pueden trabajar y luchar mejor para sus amos!
Eunucos despreciables, los llamo yo. Cuando servía en las tropas mercenarias de Corinthia, nos emborrachábamos y pasábamos todas las noches con mujeres, sin que eso nos impidiera combatir durante el día. Sí, la sangre chorreaba de la hoja de nuestras espadas… Pero ¿qué me dices tú, muchacha? Vamos, quítate ese condenado velo…
Ella eludió con agilidad el ademán del bárbaro, para que no pareciera que lo rechazaba. Se daba cuenta del peligro que corría
estando sola con un hombre que, seguramente, había bebido demasiado. Si ella le revelaba su identidad, el desconocido podría reírse de ella abiertamente o bien marcharse. Ni siquiera estaba segura de que aquel hombre no fuera a cortarle el cuello. Los bárbaros hacían cosas extrañas e inexplicables. Luchó contra su creciente temor y le dijo con una sonrisa:
–No, aquí no. Ven conmigo…
–¿Adonde? – preguntó el mercenario con la sangre alterada, pero alerta como un lobo-. ¿Me llevas acaso a alguna cueva de ladrones?
–¡No, no, te lo juro! – contestó Yasmela, tratando de evitar una vez más la mano que él tendía hacia su velo.
–¡El diablo te confunda! – dijo él con un gruñido-. Eres tan necia como todas las hirkanias, con sus malditos velos. ¡Vamos, enséñame tu cara de una vez!
Antes que ella pudiera evitarlo, el desconocido le arrancó la tapa y dejó su rostro al descubierto. Luego se quedó mirándola, como si su rico atuendo le hubiese impresionado hasta el punto de disipar los efectos de la bebida. Yasmela vio un fulgor receloso en sus ojos.
_¿Quién demonios eres? – musitó él-. No eres una mujer de la calle… a menos que tu protector haya robado el guardarropa del harén del rey.
–No importa -respondió Yasmela, apoyando su mano en el fornido brazo cubierto de malla de acero-. Ven conmigo a otra calle.
Él vaciló un momento y luego se encogió de hombros. La muchacha se dio cuenta de que él la había tomado por una noble dama que, cansada quizá de sus corteses amantes, buscaba un modo de divertirse por otro lado. Dejó que ella se cubriera de nuevo y luego la siguió. Por el rabillo del ojo Yasmela observó a su acompañante mientras avanzaban juntos calle abajo. Su cota de malla no llegaba a ocultar la reciedumbre del cuerpo de tigre de aquel hombre. Todo en él era felino, elemental, indómito. Le resultaba tan extraño como la selva, comparado con los delicados cortesanos a los que ella estaba acostumbrada. La princesa temía su ruda fuerza bruta y su innegable carácter de bárbaro; sin embargo, algo en él la atraía. Aquella cuerda primitiva que se oculta en el alma de toda mujer había resonado con fuerza. Cuando sintió la recia mano sobre su brazo, algo la hizo
estremecerse. Muchos hombres se habían arrodillado ante ella y allí había uno que, según ella presentía, jamás se había puesto de rodillas ante nadie. La muchacha estaba asustada y fascinada a un tiempo, como en presencia de un enorme tigre.
Yasmela se detuvo ante la puerta del palacio y luego la abrió. Miró furtivamente a su acompañante y no vio recelo en sus ojos.
–El palacio, ¿eh? – dijo él en voz baja-. De modo que eres dama de honor, ¿no es así?
La princesa se preguntó con un extraño sentimiento de envidia si alguna de sus damas lo habría llevado alguna vez a su palacio. Los soldados no se inmutaron cuando Yasmela hizo pasar al desconocido entre ellos, pero éste los miró con la fiereza de un perro de caza que observa una jauría extraña. Yasmela lo condujo por una puerta hasta una habitación. El hombre se quedó de pie, contemplando con aire algo tímido los tapices que colgaban de las paredes. Vio una jarra de vino sobre una mesa de ébano, la cogió y se la llevó a los labios con expresión de satisfacción. En este momento entró Vateesa, que los miro con inquietud y exclamó:
–¡Oh, mi princesa…!
-¿Princesa?
La jarra se estrelló contra el suelo. Con un movimiento demasiado rápido para que pudiera seguirlo con la vista, el mercenario arrancó el velo del rostro de Yasmela. Al reconocerla, retrocedió profiriendo una maldición, al tiempo que su espada trazaba un arco azul en el aire. Sus ojos centellearon como los de un tigre en una trampa. El aire estaba cargado de tensión, como la calma que precede a la tormenta. Vateesa se arrojó al suelo, presa de terror, pero Yasmela se enfrentó al bárbaro enfurecido sin vacilar. Se daba cuenta de que su vida dependía de lo que hiciese. Enloquecido por la sospecha y por un pánico irracional, el extranjero estaba dispuesto a matar a la menor provocación, pero ella se sentía extrañamente serena.
–No temas -le dijo la princesa-. Soy Yasmela, pero no hay razón alguna para que desconfíes de mí.
–¿Para qué me has traído a este lugar? – preguntó el mercenario con brusquedad, mientras sus ojos ardientes miraban en derredor-.
¿Qué clase de trampa es ésta?
–No hay trampa alguna -respondió ella-. Te he traído aquí porque puedes ayudarme. Consulté a Mitra y él me dijo que saliera a la calle y pidiera ayuda al primer hombre que encontrara.
Eso era algo que él podía entender. Los bárbaros también tenían sus oráculos. Entonces bajó la espada, aunque no la envainó.
–Si eres Yasmela, sin duda necesitas ayuda -dijo el mercenario con un gruñido-. Tu reino es un verdadero caos. Pero, ¿cómo puedo ayudarte? Si deseas cortarle el cuello a alguien, entonces…
–Toma asiento -le rogó la princesa-. Vateesa, trae más vino.
El hombre se sentó, pero tuvo cuidado de situarse junto a una pared, para poder vigilar bien toda la habitación. Luego colocó la espada desenvainada sobre sus rodillas, que cubría una malla de acero.
Ella contempló fascinada aquel brillo de color azulino que parecía reflejar saqueos y gestas sangrientas. También advirtió Yasmela el tamaño de las manos del bárbaro y pensó que no eran las toscas zarpas de un troglodita. Con un estremecimiento de culpabilidad, imaginó aquellos dedos acariciando sus oscuros cabellos.
Cuando la princesa tomó asiento en el diván frente al desconocido, éste pareció cobrar más confianza. Se quitó el casco y lo puso sobre una mesa. Luego se echó hacia atrás la malla que le cubría la cabeza, y los pliegues metálicos cayeron sobre sus enormes hombros. Yasmela comprobó entonces que el hombre no se parecía en absoluto a los de la raza hiboria. En su rostro oscuro cubierto de pequeñas cicatrices había cierta expresión taciturna, y aunque sus facciones no expresaban depravación ni maldad, había en ellas algo siniestro que subrayaban sus ardientes ojos azules. Enmarcaba su ancha frente una melena de corte cuadrado, negra como las alas de un cuervo.
–¿Quién eres? – le preguntó de improviso Yasmela.
–Soy Conan, un capitán de lanceros mercenarios -contestó él mientras vaciaba su jarra de vino de un trago y la tendía para que le sirviera más-. Nací en Cimmeria.
Aquel nombre significaba poco para la princesa, que sólo sabía que se trataba de un país salvaje, hosco y montañoso, situado en el norte, muy lejos, más allá de los últimos fortines hiborios y poblado por gente fiera y huraña. Yasmela jamás había visto a un cimmerio hasta ese momento.
La muchacha apoyó la barbilla en sus manos y observó a Conan con aquellos ojos oscuros y profundos cuya mirada había esclavizado a tantos corazones.
–Conan el cimmerio -dijo al fin-. Antes has dicho que yo necesitaba ayuda. ¿Por qué?
–Bueno, cualquiera puede darse cuenta de eso -respondió él-. Tu hermano, el rey, está prisionero en una cárcel de Ofir. Ahí tienes a las gentes de Koth, que planean esclavizaros. Hay un brujo shemita que esparce el fuego y la destrucción por donde pasa. Y lo que es peor, ahí están tus soldados, que desertan a diario.
La princesa no respondió en seguida. El hecho de que un hombre le hablase tan sinceramente, sin disfrazar las palabras con un velo de cortesía, era algo completamente nuevo para ella.
–¿Y por qué desertan mis soldados, Conan? – preguntó ella.
–Algunos son reclutados por Koth -repuso el cimmerio, mientras tomaba unos sorbos de vino, con aire satisfecho-. Muchos otros creen que Khoraja está destinado a desaparecer como estado independiente.
Otros se asustan ante lo que se cuenta de ese perro de Natohk.
–¿Y crees que los mercenarios resistirán? – inquirió Yasmela llena de ansiedad.
–Sí, mientras nos paguen bien -afirmó él con franqueza-. Tus motivos políticos no nos interesan. Para ello puedes confiar en nuestro general Amalric, pero los demás somos hombres simples a los que sólo nos preocupa obtener un buen botín. Si pagas a Ofir el rescate que pide, se dice que no tendrás con qué pagarnos. En ese caso, tal vez nos pasáramos a las filas del rey de Koth a pesar de que son pocos los que simpatizan con ese miserable. O quizá saqueemos esta ciudad. En una guerra civil, el botín suele ser cuantioso.
–¿Y no pensáis uniros a Natohk? – inquirió la princesa.
–¿Con qué iba a pagarnos? – repuso el cimmerio-. ¿Con los ídolos de latón robados a las ciudades shemitas? No; mientras sigas luchando contra Natohk, puedes confiar en nosotros.
–¿Te seguirán tus camaradas? – le preguntó ella, inesperadamente.
–¿Qué quieres decir?
–¡Digo que te voy a nombrar comandante de los ejércitos de Khoraja!
Conan se detuvo en seco, con la jarra en los labios, que se curvaron en seguida en una amplia sonrisa. Los ojos del cimmerio brillaron con una nueva luz.
–¿Comandante en jefe? ¡Por Crom! Pero ¿qué dirán a eso tus perfumados cortesanos?
–¡Tendrán que obedecerme!
La princesa golpeó las manos y al momento entró un esclavo, que se inclinó ante ella.
–Has que vengan inmediatamente el conde Thespides, el canciller Taurus, el general Amalric y Agha Shupras -dijo Yasmela.
Una vez que el esclavo se hubo retirado, la joven miró a Conan, que devoraba con gran apetito la comida que había colocado ante él la temblorosa Vateesa.
–Deposito mi confianza en Mitra -dijo la princesa-. Y ahora, dime,
¿has participado en muchos combates?
–Nací en medio de una batalla -respondió el cimmerio mientras daba grandes mordiscos a un trozo de carne con sus fuertes dientes-.
Lo primero que oyeron mis oídos fue el sonido metálico de las espadas y los lamentos de los moribundos. He peleado en luchas tribales, en guerras civiles y en campañas imperiales.
–Pero ¿eres capaz de dirigir ejércitos y de ordenar líneas de batalla?
–Bueno, puedo intentarlo -repuso él imperturbable-. No es más que una pelea a gran escala. Se trata de sorprender la guardia del adversario, y luego… ¡atacar! Entonces, o bien cae su cabeza o bien la nuestra.
El esclavo volvió a entrar para anunciar la llegada de los hombres convocados. Yasmela salió al salón adyacente y los nobles se inclinaron doblando una rodilla, evidentemente extrañados de que los hubiese llamado a esa hora.
–Os he reunido para haceros conocer mi decisión -dijo Yasmela-. El reino está en peligro…
–Es una gran verdad, mi princesa -manifestó el conde Thespides.
El noble era un hombre alto, de cabellera rizada y perfumada. Con una mano se atusaba la punta de los bigotes y en la otra sostenía un gorro de terciopelo adornado con una pluma de color escarlata
asegurada con un broche de oro. Llevaba zapatos de raso y un jubón de terciopelo bordado. Sus modales eran ligeramente afectados, pero debajo de las sedas se adivinaban unos músculos de hierro.
–Sería oportuno ofrecer a Ofir más oro por el rescate de vuestro real hermano -agregó el conde.
–Me opongo terminantemente -dijo Taurus, el canciller, que era un hombre anciano ataviado con una túnica ribeteada de armiño y en cuyas facciones se percibían las huellas de muchos años al servicio de su país-. Ya hemos ofrecido más de lo que puede pagar nuestro reino.
Dar más sería fomentar la codicia de los ofireos. Mi princesa, repito lo que ya he dicho: Ofir no hará nada mientras no detengamos a esa horda de invasores. Si perdemos, el rey Khossus será entregado a Koth, y si ganamos, nos devolverá a Su Majestad previo pago del rescate.
–Y mientras tanto -intervino Amalric-, los soldados desertan a diario y los mercenarios están inquietos, pues no saben por qué perdemos el tiempo y qué estamos planeando. Debemos actuar rápidamente, de lo contrario…
Amalric era nemedio, un hombre corpulento con una gran melena leonina.
–Mañana marcharemos hacia el sur -dijo Yasmela-. ¡Y ahí está el hombre que os conducirá!
Tras apartar la cortina de terciopelo, la princesa señaló con gesto dramático al cimmerio. Quizá aquél no era el momento más oportuno para hacer la presentación del nuevo comandante, pues Conan estaba repantigado en un sillón, con los pies encima de la mesa de ébano y muy ocupado en roer un hueso de venado, que sujetaba fuertemente con ambas manos. El comensal lanzó una mirada indiferente a los asombrados nobles, sonrió a Amaine y siguió masticando con indudable deleite.