Cuentos goticos

Mary Shelley · Capítulo 9 de 9

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Cuentos goticos

Valerio: El romano reanimado

VALERIO

El Romano Reanimado

Alrededor de las once de la mañana, en el mes de septiembre, dos extraños desembarcaron en la pequeña bahía formada por el punto extremo del cabo Miseno y el promontorio de Bauli. El cielo era de un intenso y sereno azul, y el mar reflejaba su profundidad con una tonalidad más oscura. A través de las claras aguas se veían las algas de diversos y hermosos colores que crecían entre los restos de los palacios de los romanos ahora sumergidos bajo las aguas. El sol brillaba con fuerza, provocando un calor intolerable. Al desembarcar, los extraños fueron de inmediato en busca de un lugar a la sombra donde pudieran refrescarse y permanecer hasta que el sol comenzara su descenso hacia el horizonte. Se dirigieron hacia los campos elíseos y, caminando entre los álamos y las moreras festoneadas con las vides que colgaban en ricos y maduros racimos, se sentaron a la sombra de las tumbas junto al Mare Morto.

Uno de los extraños era un inglés de buena posición social, como fácilmente se percibía por su noble porte y modales llenos de dignidad y libertad. Su compañero —no puedo compararlo con nada que ahora exista

— tenía una apariencia que semejaba la de la estatua de Marco Aurelio en la plaza del Capitolio de Roma. Sosegadas e imponentes, sus facciones eran romanas. Salvo por su atuendo, se le habría considerado la estatua de un romano animada con vida. Lucía las ropas ahora corrientes en toda Europa; sin embargo, parecían inadecuadas para él e incluso como si no estuviera

acostumbrado a ellas. Tan pronto como se hubieron sentado, empezó a hablar de esta manera:

—He prometido contarte, amigo mío, cuáles fueron mis sensaciones al revivir y qué me pareció el aspecto de este mundo (caído de lo que una vez fue) cuando la luz del sol volvió a visitar mis ojos después de haberlos abandonado durante muchos cientos de años. Y cómo podría escoger un lugar mejor para esta narración. Éste es el sitio elegido por nuestra antigua y venerable religión, el que mejor representaba la idea que habían dado los oráculos, o que los adivinos recibían de los sitiales de los felices después de la muerte. Éstas son las tumbas de los romanos. Este lugar ha cambiado mucho por la sacrílega mano del hombre desde aquellos tiempos; no obstante, aún lleva el nombre de los campos elíseos. El Averno sólo se encuentra a una breve distancia de nosotros, y este mar que percibimos es el azul mediterráneo, inmutable mientras todo lo demás luce la marca de la esclavitud y la degradación.

«Perdóname… tú eres inglés, y dicen que sois libres en vuestro país…

país desconocido cuando yo vivía, pero los desgraciados italianos, que usurpan la tierra una vez hollada por héroes, me llenan de amargo desdén.

¿Se atreven a usurpar el nombre de romanos… se atreven a imaginar que descienden de los Señores y Gobernadores del mundo? Olvidan que, cuando la república murió, cada antigua familia romana se fue extinguiendo poco a poco y que sus seguidores podían usurpar el nombre, pero no eran ni son romanos.

»Yo vivía en la época de Cicerón y de Catón. Mi posición no era ni la más alta ni la más baja de Roma: yo era un caballero romano. No viví para ver a mi país esclavizado por César, quien, durante mi vida, sólo se distinguió por la corrupción de sus maneras. Morí cuando contaba casi cuarenta y cinco años, defendiendo a mi país centra Catilina. En aquella época, los buenos hombres de Roma lamentaban amargamente el declive de la moral en la ciudad… Mario y Sulla ya nos habían enseñado algunas de las miserias de la tiranía, y yo estaba acostumbrado a lamentar el día en que el Senado apareció como una asamblea de semidioses. Pero ¿qué hombres vivían entonces? La república se puso gloriosamente como el sol de un brillante día de verano. ¿Cómo podía yo desesperar de mi país mientras

hombres como Cicerón, Catón y Lúculo, y muchos otros a quienes sabía llenos de virtud y sabiduría, que eran mis amigos más queridos e íntimos, todavía existían?

»No necesito atribularte con la historia de mi vida… en los tiempos modernos, las circunstancias domésticas parecen ser esa parte de la historia de un hombre más valiosa de interrogar. En Roma, la historia de un individuo era la de su país. Vivíamos en el Foro y en la Casa del Senado.

Mi familia había sufrido por las guerras civiles: mí padre fue muerto por Mario; y mi tío, que cuidó de mí durante mi infancia, fue proscrito por Sulla y asesinado por sus emisarios. Mi fortuna se vio considerablemente disminuida por estas desgracias domésticas, pero vivía con frugalidad y llené con honor algunos de los puestos más altos de Estado… en una ocasión fui cónsul.

»Ni tampoco relataré ahora lo que tanto te interesaría… todo lo que sé sobre aquellos grandes hombres de cuyos actos, incluso a esta distancia temporal, tienes un conocimiento tan íntimo. Estos temas han formado y formarán una inagotable fuente de conversación durante el tiempo que permanezcamos juntos, pero ahora he prometido contarte qué sentí y vi cuando retorné, pues se cumplen tres años ya, a esta decadente Italia.

»Al acercarme a Roma me sentí agitado por mil emociones. Me negué a ver nada o a hablar con nadie. Mudo en un rincón del carruaje, guardé celosamente mis pensamientos: a veces creyendo a mi acompañante no merecedor de mi atención; otras, aferrándome todavía con obstinación, como una madre, al recuerdo de su perdido hijo, a mi amado país y dudando de todo lo que había oído, de todo lo que esos sacerdotes me habían dicho. Creía que se había formado una conspiración contra mí. Me negué a hablar con aquellos que nos encontramos en el camino, en caso de que su dialecto alterado aplastara mi última esperanza. No visitaría ningún paisaje. La ciudad eterna sobrevivía en toda su gloria. No podía morir, y, aunque estuviera muerta, yo permanecería en silencio hasta que en las ruinas de su Foro expresara mi último lamento… y mis palabras despertarían a los muertos para que me escucharan. “Cicerón, Catón, Pompeyo —si de verdad estabais muertos—, si todo rastro de vuestro

camino estaba desgastado, aún flotáis sobre el Foro… despertad, levantaos… ¡dadme la bienvenida!”

»El sacerdote en vano se afanó por sacarme de mi ensoñacion. Mi semblante tenía las marcas del dolor, mas no le contesté. Al final exclamó:

“¡Mirad, el Tíber!” ¡Hermoso río! Todavía, y para siempre lo harás, empujas tus eternas aguas; tu nombre actuó como un hechizo. Las lágrimas cayeron veloces de mis ojos. Me bajé del carruaje. Corrí a la orilla y, arrodillándome, te ofrecí, sagrados nombres de Júpiter y Pallas, juramentos que hicieron temblar mis labios y que la luz casi abandonara mis ojos:

“¡Oh, Júpiter, Júpiter del Capitolio, tú que has contemplado tantos triunfos, que tu templo todavía exista, que las víctimas aún sean conducidas a tus altares! Minerva, protege a tu Roma”. En ese momento de agónica plegaria, el destino de mi país aún parecía no decidido… la espada todavía seguía suspendida. Ay, no podía creer que todo lo que es grande y bueno se hubiera marchado.

»En vano mi acompañante trató de sacarme de las riberas del divino río.

Me quedé sentado, inamovible, junto a él. Mis ojos no recorrieron el paisaje circundante que había cambiado, sino que quedaron fijos en las aguas o se elevaron al cielo azul y brillante. “¡Estos… éstos, al menos, son los mismos… siempre, siempre los mismos!”, fueron las únicas palabras que musité cuando la caída de mi patria bajo la feroz agonía del fuego se agolpaba en mi mente. El sacerdote intentó tranquilizarme… yo guardé silencio. Al final, la fuerza de la pasión me conquistó, y después de muchas horas de loca contienda dejé que me condujeran al carruaje y, cerrando las cortinas, me abandoné a la meditación cuya amargura sólo se vio disminuida por mi pérdida de fuerza.

»Era de noche cuando entramos en Roma. “Mañana”, dijo mi acompañante, visitaremos el Foro”. Yo asentí. No deseaba que viniera conmigo, y, por lo tanto, me retiré temprano sin expresarle cuáles eran mis intenciones. Pero tan pronto me vi libre de importunio, requerí la presencia de un guía y fui rápidamente a visitar la escena de toda la grandeza humana.

La luna había salido y proyectaba una brillante luz sobre la ciudad de Roma… si puedo llamar a eso Roma, que en nada se parecía a la Reina de las Naciones tal como yo la recordaba. Pasamos delante del Corso y vi

varios obeliscos magníficos, que parecían decirme que la gloria de mi país no se había desvanecido. Me detuve junto a la Columna de Antonino, que se hundía profunda en la tierra y, rodeada por los restos de cuarenta columnas, proyectó en mi mente la noción de la decadencia. Mi corazón palpitaba con temor e indignación mientras me acercaba al Foro por caminos desconocidos para mí. Y el hechizo se quebró al contemplar las columnas rotas y los templos en ruinas del Campo Vaccino… por ese oprobioso nombre ahora debe designarse el Foro Romano. Miré a mi alrededor, pero no había nada como antes: vi ruinas de templos construidos después de mi tiempo. El Coliseo me era desconocido, y parecía como si el estado alterado de esas magníficas ruinas apagara de repente el entusiasmo de la indignación que antes había poseído mi corazón. Jamás me había atrevido a imaginarme el Foro Romano degradado y envilecido; sin embargo, en mi mente flotaba una vaga idea de columnas rotas, como las que recordaba de las imágenes caídas de los dioses abandonados a la descomposición en un lugar donde en el pasado yo los había adorado. Pero todo había cambiado, e incluso las columnas que quedan del templo erigido por Camilo perdían su identidad rodeadas por nuevos candidatos a la inmortalidad. Con calma me volví hacia mi guía y le pregunté:

»—Éstas son las ruinas del Foro Romano, ¿y qué es ese edificio inmenso que veo en el extremo de la avenida de árboles, cuya sombra bajo la luz de la luna parece hablar de algo magnífico y maravilloso?

»—Es el Coliseo.

»—¿Y qué es el Coliseo?

»—¿No lo sabes? Es el afamado Circo construido por Vespasiano, emperador de Roma.

»—¿Fue emperador de Roma? Bien, visitémoslo.

»Entramos en el Coliseo, esa noble reliquia de grandeza imperial… es verdad, imperial, pero romana. Y ese entusiasmo que las columnas rotas del Foro había extinguido, esa extraordinaria construcción volvió a despertar.

La luna brillaba a través de los rotos arcos y proyectaba gloria en torno a los muros derruidos, coronados como estaban por arbustos y zarzas. Eché un vistazo y un temor reverencial se apoderó de mí. Sentí como si habiendo abandonado el Campo Vaccino, esto se hubiera convertido en la aparición

de mis nobles compatriotas. El sello de la Eternidad estaba sobre ese edificio, y mi corazón se agitaba con las abrumadoras sensaciones bajo las cuales se esforzaba por latir. No pronuncié ni una sola palabra.

»¡Ay! ¡Ay! Así es la imagen de la Roma caída, rota, degradada por una odiosa superstición, pero aún invocando amor… honor; y despertando todavía en las imaginaciones de los hombres todo lo que puede purificar y ennoblecer la mente. El Coliseo es el Emblema de Roma. Sus arcos, sus mármoles, su noble aspecto, que a todos debe inspirar miedo sagrado, que, en la mente del hombre, es afín a la adoración… es maravilloso, inexpresablemente hermoso… todo habla de su grandeza. Sus muros derruidos, sus contrafuertes cubiertos de arbustos, y más que nada, las insultantes imágenes con las que está lleno cuentan su caída.

»Despedí a mi guía. Nunca me iría del Coliseo. Sería mi morada durante mi segunda residencia en la tierra. Visité todos sus rincones. Desde lo más alto, observé a Roma durmiendo bajo los fríos rayos de la luna, la cúpula de San Pedro y las diversas otras cúpulas y capiteles que crean una segunda ciudad, las estancias de los dioses sobre las de los hombres; el arco de Constantino a mis pies; el Tíber y el gran cambio en la situación de la ciudad de los tiempos modernos: todo llamó mi atención, pero sólo despertó un interés vago y transitorio. Desde ese momento, el Coliseo era para mí el mundo, mi morada eterna. Es verdad que la curiosidad y la inoportunidad me han sacado de allí ahora… pero mi ausencia será corta, y mi corazón aún sigue allí. Regresaré. Y en aquel recinto sagrado, lanzaré, antes de morir, mi última llamada a los romanos y a la Libertad.

»Es cierto que ya estaba convencido de que Roma había caído, que sus cónsules y triunfos habían terminado, los templos de su Capitolio destruidos. Sin embargo, el Coliseo había suavizado esos sentimientos cuya energía, de lo contrario, me habría aniquilado. La ira, la desesperanza, toda la pasión humana murieron en mi interior. Me dediqué, un peregrino durante algunos años, a un mundo en cuyas exhibiciones soy un indiferente espectador. Si Roma está muerta, huyo de sus restos, espantosos como los de la vida humana. Es solo en el Coliseo donde reconozco la grandeza de mi país: es el único asilo que tiene valor para un antiguo romano.

»Pero, de repente, la sensación tan terrible para la mente humana de absoluta soledad operó un cambio nuevo en mi corazón. Recordé como si fuera ayer todos los espectáculos que me había presentado la antigua Roma.

Sentado bajo uno de los arcos del edificio, con la cara oculta entre las manos, reviví en mi imaginación el recuerdo de lo que había dejado cuando por última vez perdí la visión de la luz del día. Había dejado a los cónsules en pleno disfrute de poder. Unos años antes, el Imperio, desgarrado por Mario y Sulla y careciendo del apoyo de la virtud de una mano protectora, parecía al borde mismo de ser sojuzgado. Pero durante mi vida se había levantado un nuevo espíritu: los hombres otra vez se sentían vivificados por la llama sagrada que ardía en las almas de Camilo y Fabricio, y me llenó de gozo ser amigo de Cicerón, Catón y Lúculo. Los más jóvenes, los hijos de mis amigos, Bruto, Casio, se alzaban con la promesa de igual virtud.

Cuando morí, estaba poseído por la fuerte convicción de que, como la filosofía y las letras se hallaban unidas a una virtud sin igual en la tierra, Roma se acercaba a la perfección desde la cual no existía la caída; que, aunque los hombres aún experimentaban miedo, se trataba de un temor sano que les despertaba a la acción y al triunfo mejor garantizado del Bien.

»Cuando desperté, Roma ya no existía. Aquella luz que yo había saludado como heraldo de la perfección se convirtió en la antorcha que le añadió esplendor a su funeral… y aquellos hombres cuyas almas eran como templos de perfección, fueron las víctimas sacrificadas ante su pira fúnebre.

Oh, jamás una nación tuvo tal muerte y sus asesinos celebraron semejantes juegos alrededor de su tumba como los que casi destruyen a medio mundo.

No se trataba de los combates de gladiadores y bestias, sino la feroz contienda de las pasiones encontradas, la guerra de millones.

»Pero todo eso ya ha acabado. La exultación del tirano se ha desvanecido. El monumento de Roma, tan espléndido a través de las edades y adornado por los saqueos de reinos, ahora se halla degradado en el polvo.

Algunas columnas y arcos dispersos viven para contar cuál fue su emplazamiento, pero su pueblo está muerto. Los extraños que la poseen han perdido todas las características de los romanos: han abandonado su sagrada religión. La Roma moderna es la Capital del Cristianismo, y ese título es la corona que se yergue sobre toda mi desesperación.

»Sin embargo, la lengua humana fracasa en los intentos por describir el tremendo cambio operado en el mundo, es verdad, por el lento transcurrir de muchas edades, que apareció ante mí debido a mi singular situación como el trabajo de unos pocos días. No puedo recordar la agonía de esos momentos sin temblar. No fue un curso de pensamientos amargos, no fue la desesperanza lo que carcomió mis nervios sin mostrar ningún signo exterior, no fue el primer aguijonazo de dolor por la pérdida de los que amamos. Fue un fuego feroz que envuelve a bosques y ciudades en sus llamas, fue una tremenda avalancha que arrastra árboles y rocas y cambia el curso de los ríos, fue un terremoto que sacude el mar y derriba montañas y amenaza con mostrar a los ojos humanos los misterios interiores de la tierra.

¡Oh, fue más que todo eso! ¡Más de lo que las palabras pueden expresar o un cuadro retratar!»

El extraño detuvo su narración y reinó un prolongado silencio. Tenía los ojos clavados en las aguas muertas que había ante él, y su acompañante le miró con expresión maravillada y emocionada. Una ligera brisa pasó sobre el mar y lo agitó; su crujiente presencia se oyó entre los árboles. Un cambio ínfimo se produjo en el romano, que despertó de su ensoñación y continuó:

«Ha transcurrido un año desde que me plantara por primera vez dentro del Coliseo. Los oscuros arbustos parecían más negros bajo los rayos de la luna, y los arcos caídos se alzaban en quietud y belleza. El aire estaba en silencio: era plena noche y ningún sonido llegaba hasta mí desde la ciudad… aunque poco a poco la luna descendió y la luz del día comenzó a aparecer. Los ruidos de la vida humana empezaron a oírse, y mis propios pensamientos, que durante la noche sólo habían hablado con los recuerdos, se volvieron hacia la mezquina y degradada realidad. Analicé mi situación actual, pues deseaba formar algún plan para mi vida futura. Me desagradaba mucho el sacerdote, mi compañero. Durante mi breve residencia desde mi retorno a la tierra, había concebido una gran aversión hacia la clase de hombres a la que él pertenecía. Me desagradaba la superstición católica y no deseaba tener contacto alguno con sus ministros y sirvientes. Las joyas y el dinero que poseía eran suficientes para mi sustento, y deseaba desterrar la sumisión en la que su presencia parecía colocarme. Pero, aunque me hallaba en mi Roma natal, era para mí una ciudad extraña con costumbres

desconocidas. Apenas entendía su lenguaje, y el recuerdo de mi vida anterior sólo me lanzaría a ridículos errores. Fue entonces cuando intervino una especie de deidad y, enviando a mi buen genio a cuidar de mí, me sacó de mis dificultades.

»Estaba sentado bajo los ruinosos arcos del lado sur cuando la vi acercarse, conduciendo a su hijo de la mano. Se sentó junto a mí y, después de una pausa de unos pocos segundos, me habló en italiano: «—Perdone si le interrumpo. He visto al padre Giuseppe y sé quién es usted. No es feliz y ha sido arrojado a nuestro mundo moderno sin amigos ni conocidos.

¿Permitirá que le ofrezca mi amistad?

»Me quedé confuso por esas palabras dirigidas a mí por una hermosa joven que era una perfecta extraña, y me detuve antes de poder contestar a un ofrecimiento tan amable pero tan inusual; entonces ella prosiguió:

»—Considéreme, se lo suplico, como una vieja conocida… no una italiana moderna, que no lo soy, por cierto, sino como una de tantas extranjeras que su ciudad atraía. Vengo de un país lejano y no estoy, por lo tanto, versada en su idioma y leyes. Usted tendrá que enseñarme todo lo que fue grande y valioso en sus días, y yo le enseñaré los hábitos y costumbres de los nuestros.

»Así me habló, y con sus dulces sonrisas y suave elocuencia me conquistó para que confiara por completo en ella.

»—Me considerará su hija —me dijo—, si una mujer escocesa puede pretender tal honor. Vengo de la Última Thule descubierta por César, pero desconocida en sus días. Estoy casada con un inglés bastante mayor que yo, pero que siente placer en cultivar mi mente. Venga conmigo a nuestra casa; allí será cuidado y honrado, y trataremos de mitigar los aguijonazos que debe infligirle el caído estado de su país.

»La seguí hasta su casa, y desde aquel día comenzó la amistad que representa la única esperanza y comodidad de mi vida. Si a mi regreso a la tierra mis afectos jamás hubieran sido despertados, no habría vivido mucho.

Pero Isabel ha suavizado mi desesperación y cuidado con angelical amor todas las heridas de mi corazón. No puedo decirle todo lo que la amo…

cuán querido es para mí el sonido de su voz. Cicerón no amó a su Tullia como yo amo a esta criatura. Usted no puede conocer ni la mitad de sus

virtudes ni la mitad de su sabiduría. Es de corazón tan franco y tan tierno que conquista mi alma y la une a la suya de una forma que jamás había experimentado en mi vida anterior. Ella representa Patria, Amigos… todo, todo lo que he perdido es ella para mí.

»Y ahora he cumplido mi promesa de contarle mis primeras sensaciones al despertar a la vida. No necesito realizar una narración formal de lo que he aprendido desde entonces. En nuestro planeado viaje dispondremos de frecuentes oportunidades de conversar y discutir. Usted ha creado en mí el deseo de ver su país, y mañana embarcaremos. Dejo Roma —el Coliseo y a Isabel—, tal es mi inquieta naturaleza. Quiero, antes de volver a morir, examinar las alardeadas mejoras de los tiempos modernos y juzgar si, después de la gran fluctuación en los asuntos humanos, el hombre se encuentra más próximo a la perfección que en mis días».

El sol había descendido mucho cuando estos amigos se incorporaron y regresaron al bote. Mientras remaban de vuelta a Nápoles, el sol se puso, dejando un rico tinte anaranjado en el cielo que ardía sobre las aguas, mientras el cabo Miseno y las islas se veían marcadas con una silueta negra en el horizonte. La luna salió del otro lado de la bahía y su luz plateada contrastó con los resplandecientes colores del crepúsculo italiano. La noche avanzó, y las luces de los botes pesqueros titilaron en el mar, mientras uno o dos barcos grandes pasaron como enormes sombras entre los paseantes y la luna. El brillante espectáculo de la puesta del sol y la pálida luz de la luna invitaban a la contemplación y prohibían a las palabras perturbar la magia del escenario. Quizá el viejo romano pensó en los días que pasara en Baiae, cuando el eterno sol se había puesto como lo hacía ahora y él vivía en otros días con otros hombres.

[La historia termina en este punto, pero otra versión fragmentada, narrada desde el punto de vista de Isabel Harley, sigue en el manuscrito.]

«Cuando hube sacado a mi singular amigo de la soledad del Coliseo, yo, con el consentimiento de lord Harley, le instalé en un cuarto de nuestra casa. Al principio se cerró a la sociedad y sufrió una gran depresión del

espíritu, hasta el punto de que su salud se vio afectada. Descubrí que debía emprender la tarea de interesar sus sentimientos y esforzarme por cualquier medio para arrancarle de la apatía en la que estaba sumido. Daba la impresión de que observaba todo lo que le rodeaba como un espectáculo que no le concernía. Ciertamente, era un ser aislado de nuestro mundo. Los lazos que lo unían a él habían sido rotos muchas edades atrás y, a menos que yo tuviera éxito en atar uno de ellos de nuevo, pronto perecería. Quise ocuparle para que visitara algunas de esas magníficas ruinas que hablan de la antigua grandeza de Roma. Titubeé durante cierto tiempo en la elección; las construcciones más majestuosas habían sido erigidas después de su época, pero pensé que al estar situadas en lugares familiares a su recuerdo le proporcionarían ese interés que por serle desconocidas requerirían. Yo misma disfruté visitando los baños de Antonino, cuyos vastos montículos de muros y torres destrozados, recubiertos con hiedra y los más hermosos arbustos, parecen más el paisaje natural de una montaña que cualquier otra cosa formada por manos humanas. Me decidí a llevarle hasta esas nobles ruinas.

»Por lo tanto, un día fui a verle, y llevando la conversación a su anterior vida y muerte, le dije:

»—Tuvo suerte al morir antes de la caída de su país y en no presenciar su degradación bajo los emperadores. Esos emperadores, que subieron al poder y la gloria de la república, disfrutaron de un dominio y unos ingresos desconocidos en tiempos anteriores o posteriores. Frenéticos y tremendos fueron los actos y errores de los hombres omnipotentes. Sus enemigos no podían huir de ellos. Aplastaban a voluntad los cuellos de millones. Pocos emplearon su poder para usos benéficos, pero muchos, incluso los más perversos, lo desperdiciaron en objetivos de magnificencia. Han dejado tras de sí monumentos maravillosos, y yo no puedo contemplar esas maravillas como actos de grandeza imperial. Son los efectos, aunque ejecutados por manos impropias, de la virtud y el poder de la república. Cuando las visito, las admiro como obras planeadas y modificadas por Camilo, Fabricio, por los Escipios, y considero a Caracalla y a Nerón, y hasta a los más virtuosos de la tribu, Tito y Adriano, como los simples trabajadores. Cuando visito el Coliseo, no pienso en Vespasiano, que lo construyó, o en la sangre de los

gladiadores y animales que lo contaminaron, sino que venero el espíritu de la antigua Roma y de aquellos nobles héroes, que liberaron a su país de los bárbaros y que han iluminado a todo el mundo con su milagrosa virtud. Le he oído expresar desagrado al contemplar las obras de los opresores de Roma, pero visítelas conmigo con este espíritu y descubrirá que le impactarán con ese temor reverencial que el poder, adquirido y acompañado de vicio, jamás puede brindar.

»Se dejó convencer y pasamos bajo el Capitolio y por la parte de atrás del Monte Palatino de camino hacia los baños. El principal emplazamiento de la antigua Roma está vacío y visitamos el Foro y las más populosas colinas de Roma a través de senderos herbosos por donde poca gente suele transitar. Esto es una suerte; las ruinas perderían la mitad de su belleza si estuvieran rodeadas por edificios modernos, y sólo tenemos que lamentar que el Capitolio no haya sido descuidado como el Monte Palatino y el Monte Caelius. No puedo decir cuáles eran los sentimientos de Valerio: sus emociones eran fuertes, pero seguía en silencio, alzando siempre los ojos al cielo, y en una ocasión dijo:

»—Me gusta mirar el cielo, sólo el cielo, pues es lo único que no ha cambiado.

»Entramos en los baños y, después de visitar todas las estancias, subimos por la agrietada escalera y pasamos por encima de los inmensos arcos y muros, que, cuando se está en ellos, parecen campos y valles y colinas. Nos hallábamos rodeados por arbustos fragantes, y su altura a ambos lados del sendero engaña y le añade aún una mayor extensión aparente a las ruinas por las que caminábamos. A veces, la parte superior de un contrafuerte se extiende hacia un campo adornado con las flores más hermosas. Luego, subiendo por un arduo sendero, llegamos a la cima de una torreta y vimos toda Roma con los recodos del Tíber a poca distancia de nosotros. De todos los lugares de Roma, éste es en el que más gozo: se suma a la belleza y fragancia de la Naturaleza con la idea más sublime del poder humano; y cuando así se unen, poseen un interés y sentimiento que penetra profundamente en mi corazón.

»Nos sentamos en la cima y yo busqué en los ojos de mi acompañante alguna expresión de maravilla y júbilo como las que me embargaban a mí.

Sus ojos estaban inundados de lágrimas.

»—Me trae aquí —dijo— para contemplar las obras de los romanos, y sólo observo destrucción. Qué multitud de hermosos templos convertidos en polvo. Mis ojos vagan hacia las siete colinas y toda su gloria desvanecida está ahí. Cuando las columnas de su Foro se quiebren, ¿qué podrá sobrevivir en Roma? El Capitolio, menos feliz que el resto de las colinas que han retornado a la soledad de la Naturaleza se encuentra profanado por edificios modernos. Y estas ruinas son grandiosas, pero qué historia desgraciada cuentan. Estos baños no existían en mi época.

Existieron en toda su magnificencia unos cientos de años después de que yo hubiera olvidado el mundo. Sin embargo, ahora sus techos han caído, y sus suelos han desaparecido; están llenos de hierbas y de arbustos, destrozados pero todavía erguidos, y ésa es la inmortalidad de Roma. Los muros de Roma siguen en pie, y describen un círculo inmenso: la ciudad moderna se halla llena con las ruinas de la antigua. Los extraños la visitan y se maravillan ante la inmensidad de sus restos. Sin embargo, para mí todo parece vacío. Los templos antiguos donde yo veneré a Quirino y a los protectores de lo que entonces llamaba la ciudad inmortal… ¡ay, por qué despierto a la realidad!

»—Usted anima —contesté— las nociones más dolorosas. Roma ha caído, pero sigue siendo venerada. Para mí es una visión singular e incluso hermosa observar el cuidado y molestias con que sus degenerados hijos mantienen sus reliquias. Todo el mundo la visita con entusiasmo y la deja con amargo pesar. Todo parece consagrado dentro de sus muros. Cuando un extranjero reside dentro de sus límites, siente como si habitara en un templo sagrado… sagrado aunque profanado. Y la indignación y compasión se mezclan con la admiración y le hacen experimentar sensaciones que suavizan su corazón, y no puede, ni siquiera con la edad y la aflicción, olvidarla. Me da la impresión de que, si se apoderara de mí la desgracia más grande, el recuerdo de haber vivido en Roma me consolaría algo. Si un hombre de la era de Pericles hubiera de revivir en Atenas, ¿cuánto más motivo tendrá para lamentar su caída que usted por el envejecimiento y descomposición de Roma?

»Como deseaba interesar los sentimientos de Valerio, y no tanto mostrarle todas las ruinas de su país, para despertar con su visión una sensación de que en cierta medida aún se hallaba ligado al mundo, elegí en mi saber todo lo que fuera más perfecto y pintoresco. Aún no había visto el Panteón. No le llevaría aquel día, pues sabía que su conversión a la religión católica, aunque con toda probabilidad lo había preservado, le provocaría un gran disgusto. Seleccioné el momento en que la luna era creciente y brillaría desde su altura sobre el techo abierto del templo. Una noche, a eso de las siete, sin decirle adónde íbamos, lo llevé conmigo. Rodeamos el edificio hasta una puerta trasera que estaba abierta, donde un hombre nos iluminó una pareja de sucias y estrechas escaleras. Mientras bajábamos le dije:

»—Ahora va a ver un templo levantado poco después de su época y dedicado a todos los dioses.

»Probablemente, esperaba encontrar una ruina, pero entramos en el templo más hermoso que todavía existía en el mundo. La brillante luna resplandecía directamente sobre la abertura del techo e iluminaba la cúpula y el sendero… algunas estrellas centelleantes parpadeaban a su lado. Las columnas brillaban débilmente a nuestro alrededor. El espíritu de la belleza parecía proyectar sus rayos sobre sus vástagos favoritos y penetrar todo —

incluso la mente humana— con una gloria suave pero ardiente. Al contemplar esta escena, la admiración humana no se mezclaba con la profunda sensación que inspiraba: parecía disfrutar del dios actual. Si el trabajo era humano, la gloria procedía de la Naturaleza, y ésta lanzaba toda su hermosura sobre su templo divino. El cielo oscuro, la luna brillante y las estrellas parpadeantes lo cubrían por encima, y su luz y belleza lo penetraban. ¿Por qué la lengua humana no puede expresar pensamientos humanos? ¿Y cómo es que existe un sentimiento inspirado por el exceso de belleza que baña el corazón con una llama gentil pero ansiosa que puede inspirar virtud y amor, aunque el sentimiento es demasiado intenso para expresarse? Los dos guardamos silencio. Recorrimos el templo, y luego nos sentamos en los escalones de un altar y permanecimos largo tiempo en contemplación. Es en semejantes momentos cuando se siente la existencia del Amor Panteico con el que se ve penetrada la Naturaleza… y cuando una

fuerte simpatía con la belleza, si se permite tal expresión, es el único sentimiento que anima el alma. Por último, cuando nos incorporábamos para marcharnos, Valerio dijo:

»—¿Por qué me cuentan que todo ha cambiado? ¿Es que no existe este templo a nuestro dios?

»No sé por qué —no debí haberlo hecho, pues con el acto envenené un momento de pura felicidad—, pero descuidadamente señalé una cruz que se levantaba sobre el altar ante la cual ardía una lámpara solitaria. La cruz no alteró mis sentimientos; sin embargo, los de mi acompañante se amargaron.

La manzana tan hermosa de contemplar se había convertido en polvo. La cruz le habló de un cambio tan grande, tan intolerable, que esa circunstancia destruyó todo lo que había surgido del amor y placer de su corazón. En vano traté de devolverle el profundo sentimiento de belleza y de temor sagrado con el que antes se había visto inspirado. El hechizo se había quebrado. La cúpula iluminada por la luna, el sendero resplandeciente, las débiles hileras de columnas y el oscuro cielo habían perdido la santidad para él. Se apresuró a abandonar el templo.

»Mi primer cuidado fue despertar en él el deseo de conocer todo lo grande y bueno que había existido en su país después de su muerte.

Desconocía a Virgilio, Horacio, Ovidio… a Livio, Tácito o Séneca. Tendrá usted frecuentes oportunidades de conversar con él, y podrá contarle mejor que yo qué sentimientos despertaron estas conferencias en su mente.

Solíamos visitar un rincón oscuro del Coliseo, donde había que trepar con dificultad y al que pocos se sentirían inclinados a seguirnos. O en los muros de los baños de Caracalla, o con más asiduidad al pie de la tumba de Cestio, ese hermoso lugar donde la muerte parece disfrutar del sol y de la azul profundidad del cielo… allí leíamos juntos y discutíamos lo que leíamos…

discusiones que eran eternas. El brillante sol de Roma brillaba sobre nosotros, y la atmósfera y toda la escena estaban investidas con felicidad y belleza. Mi corazón se hallaba alegre, y era mi constante esfuerzo despertar sentimientos similares en el pecho de mi acompañante. Ahí leíamos a los Geórgicos, y yo sentía un grado de júbilo al leerlos, como jamás creí que las palabras tuvieran poder de conferir. Se trataba de un placer intoxicante, que este bello clima y la soleada y jovial poesía que inspira puede dar, y que en

una atmósfera nubosa estoy convencida de que jamás habría sentido.

Después de leer, visitábamos algunas de las galerías de Roma… Las horas de estudio de lord Hashley por entonces habían finalizado y él siempre nos acompañaba. La visión en Roma de las exquisitas estatuas y pinturas continuaba y aumentaba esta sensación de júbilo. ¿Simpatizaba Valerio conmigo? ¡Ay!, no. Había un tinte de melancolía en todos sus pensamientos; había una tristeza en su semblante que el sol de Roma y los versos de Virgilio eran incapaces de disipar. Sentía con profundidad, pero poco placer se mezclaba con sus sentimientos. Mis pensamientos habían formado una sensación inexplicable de que mi acompañante no era un ser de la tierra. A menudo me detenía con ansiedad para ver si respiraba el aire, como lo hacía yo, o si su silueta proyectaba sombra a sus pies. Su aspecto era el de la vida, pero pertenecía a los muertos. Yo no experimentaba miedo o terror: le amaba y reverenciaba. Me hallaba cálidamente interesada en su felicidad, pero en estas sensaciones corrientes había una mezcla de pavor sobrenatural… no puedo llamarlo terror, aunque tenía algo ligeramente aliado con esa sensación repulsiva, un sentimiento para el cual no soy capaz de encontrar un nombre, que penetraba en mis pensamientos y, de manera extraña, caracterizaba toda mi charla con él. A menudo, cuando dejaba que mi discurso se viera llevado por mis pensamientos, encontraba la mirada de sus ojos brillantes pero plácidos; aunque sólo proyectaba simpatía, me frenaba. Si apoyaba su mano sobre la mía, no temblaba, pero mis pensamientos se detenían y mi corazón palpitaba con una especie de agitación involuntaria hasta que rompía el contacto. No obstante, todo era muy leve; apenas me daba cuenta de ello, y no podía reducir mi amor e interés por él. Quizá, si yo conociera toda la verdad, mi afecto se vería incrementado por ella, y sin esfuerzo, espontáneamente, me afanaría por devolver con interés y simpatía intelectual la barrera terrenal que parecía situada entre nosotros».

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