Cuentos para gente impaciente
El Genio
El hijo de Silvia y Carlos nació un martes y trece a las doce de la mañana. “El parto ha sido muy sencillo”, comentó el doctor Bienvenido, “parece que el crío tenía ganas de salir”.
El doctor y su enfermera abandonaron la habitación, para que los neófitos padres pudieran conocer a su hijo. Repentinamente el niño salió disparado de los brazos de Silvia, y dando un triple salto mortal, aterrizó en el frío suelo de la habitación. Manteniéndose erguido sin aparente dificultad, comenzó a hablar sin darse importancia:
—¡Hola! Soy El genio. Y he venido para concederos tres deseos.
—Nosotros habíamos pensado ponerte Eugenio.—murmuró Carlos.
—¡Concedido! Soy Eugenio, pues.
—¡Qué majo el chaval! Nos ha salido listo —comentó Silvia, todavía tumbada en su camilla en postura de piernas abiertas.—Ojalá estuviera aquí la abuela para verte.
—¡Concedido!
Y la abuela apareció en una esquina de la habitación, pero no tardó en caerse al suelo con ataúd y todo.
—¡Ay, qué me da algo! —dijo Silvia entre suspiros—Necesito un médico.
—¡Concedido! Ya tienes tus tres deseos, pero que conste que en el último te has precipitado, porque el doctor Bienvenido ya venía hacia aquí.
Y dicho esto el pequeño Eugenio juntó sus manitas, como si se fuera a tirar a una piscina, y empezó a introducirse en la vagina de su madre. En un abrir y cerrar de ojos desapareció, y la barriga de Silvia recuperó el volumen perdido.
Los dos se quedaron mudos, hasta que Carlos dijo:
–Un poco cabroncete el Eugenio este, ¿no crees?