Cuentos románticos
La fiebre amarilla
A José María Peón
REGISTRANDO un cuaderno pomposamente intitulado Album de viaje, y que yacía
sobre ese polvo simpático que el tiempo aglomera en una caja de papeles largo
tiempo olvidados, me encontré lo que verán mis amables lectoras.
❖ ❖ ❖
Veníamos en la diligencia de Veracruz, un joven alemán, Wilhelm S., de cabellos de
oro gris, ojos azules, grandes y sin expresión, y yo. No bien habíamos encumbrado el
Chiquihuite cuando se desató la tormenta. El carruaje se detuvo para no exponerse a
los peligros del descenso por aquellas pendientes convertidas en ríos. Asomé la
cabeza por la portezuela, levantando la pesada cortinilla de cuero que el viento
azotaba contra el marco; parecía de noche. Sobre nosotros la tempestad con sus mil
alas negras golpeaba el espacio; sus gritos eléctricos rodaban por las cuestas hasta el
mar, y el rayo, abriendo como espada fulmínea el seno de las nubes, nos mostraba las
lívidas entrañas de la borrasca.
Estábamos, literalmente, en el centro de una cascada que deseeñándose de las
nubes rebotaba en la cumbre de la montaña y corría por las pendientes con un furor
torrencial.
—Estoy sudando a mares —me decía en francés mi compañero de viaje—, y
tengo un horno en el vientre.
—Duerma usted —le contesté—, así le pasará todo.
Y uniendo al consejo el ejemplo me arrebujé a mi capa y cerré los ojos.
Dos horas después la tempestad había pasado, huyendo hacia el oeste por entre la
verde serranía. Eran las cinco de la tarde y el Sol marchaba por el camino en que se
perdían los últimos jirones de las nubes. Penetraba la luz por entre aquella vegetación
exhuberante, tiñéndolo todo con una maravillosa multiplicidad de tintas que se
fundían en un tono cálido de oro y esmeralda. Por oriente un tapiz infinito de verdura
bajaba plegándose en todas las quiebras y dobleces de la serranía, manchado aquí y
allí por el tierno y brillante verdor de los platanares, y ondulando por aquella gradería
de titanes, hasta convertirse en azul por la distancia y bañar su ancho fleco de arena
en la costa de Veracruz. El camino que habíamos seguido al subir la cuesta, serpeaba
por entre árboles, que apenas destacaban sus copas entre la tupida cortina de las
lianas, pasaba sobre altísimo puente, bajaba en curvas abiertas a una pequeña
población de madera e iba, abajo, por entre espesos y bullentes matorrales a confundirse con el fragmento de vía-férrea que, del pie de la montaña, lleva al puerto.
En el fondo del cuadro, allí donde se adivinaba el mar, se levantaban soberbios
grupos de nubes, sobre cuyo gris azuloso se destacaban negros e inmóviles los stratus
que parecían una bandada de pájaros marinos abriendo al viento, que tardaba en
soplar, sus larguísimas alas.
Dormía el alemán como una persona muy fatigada y de su pecho jadeante salían
sollozos opacos; parecía presa de intenso malestar; una sospecha cruzó por mi mente:
«¡Si tendrá!…».
Las ramas de un árbol cercano se introducían por una ventanilla de la diligencia
que esperaba inmóvil que los torrentes disminuyeran un poco su ímpetu. Sobre una
hoja amarillenta temblaba una gota de agua, lágrima postrera de la tormenta; yo
preocupado por el funesto temor que me infundía el estado de mi compañero, me
puse a mirar atentamente aquella perla de cristal líquido. He aquí lo que vi:
Era la gota de agua el Golfo de Méjico, bordado por la curva inmensa de sus
calientes costas y entrecerrado al oriente por esos dos muelles bajos y cuajados de
flores y de palmas, la Florida y Yucatán, entre los que parece emprender el vuelo la
larguísima banda de aves acuáticas de las Antillas, guiada por la garza real, la
esplendida Cuba, la esclava servida por esclavos.
En medio del Golfo, rodeada por amarilla corona que doraba el mar en torno,
como un enorme girasol que se abriera a flor de agua, se levantaba un islote de
impuro color de oro, en donde depositaban las corrientes sus algas semejantes a las
bandillas con que envolvían a sus momias los egipcios. Sobre aquel peñón el Sol
brilla con un tono cobrizo, la Luna pasa fugaz velada por lívidos vapores y en los días
de tempestad las procelarias describen un amplísimo círculo en torno suyo lanzando
graznidos pavorosos. Una voz infinitamente triste, como la voz del mar, sonaba en
aquella isla perdida: «Oye, me dijo»:
El mismo año que los hijos del Sol llegaron a las islas vivía en Cuba una mujer de
trece años a quien llamaban Starei (estrella). Era muy bella: negros eran sus ojos y
embriagadoramente dulces como los de las aztecas; su cutis terso y dorado como el
de las que se bañan en el Meschacebé; celestial su voz como la del shkok que canta
sus serenatas en los zapotales de Mayapán y sus dos piececitos combados y finos
como los de las princesas antillanas que pasan su vida mecidas en hamacas que
parecen tejidas por las hadas. Cuando Starei apareció una mañana en la playa sentada
sobre la concha de carey rubio de una tortuga marina, parecía una perla viva y todos
la adoraron como una hija de Dios, de Dimivancaracol. Mas el profeta de la tribu oró
toda la noche junto al fuego sagrado en que ardían las hojas inebriantes del tabaco y
oyó la voz divina que resonaba dentro del corazón del gran fetiche de piedra que le
decía: «No la matéis, guardadla y amparadla; es la hija del Golfo y el Golfo fue su
cuna; haga Dios que vuelva a ella».
Starei cumplió trece años y los ancianos y los jóvenes, los profetas y los
guerreros, los caciques y los esclavos, abandonaban pueblos, templos y hogares para correr en pos de ella por las orillas del mar. Todos estaban locos de amor, pero si
alguno se acercaba a ella el Golfo rugía sordamente y el pájaro de las tempestades
cruzaba el espacio.
Starei cantaba como el zenzontli mejicano y su canto acariciaba como el terral
que besa las palmeras en las tardes calientes, y reía de todo abriendo su boca roja
como las alas del ipiri y su seno levantaba y dejaba caer en dobles pliegues
provocadores la finísima tela de algodón blanco que lo cubría. Los hombres al
escucharla lloraban de rodillas y las mujeres lloraban también viendo sus casas de
palma vacías y las cunas de junco inmóviles y heladas hacía mucho tiempo.
❖ ❖ ❖
Una noche de tempestad, la divina Starei regresó al pueblo, después de una de sus
correrías por la orilla del mar en que pasaba horas enteras contemplando las olas
como si esperase algo; los que la seguían decidieron hacer alto y enterrar a sus
muertos: a los ancianos que habían muerto de cansancio en pos de la hija del Golfo, a
los jóvenes que se habían arrancado el corazón a sus pies, a las madres que habían
muerto de dolor, a las esposas que habían sucumbido desesperadas.
Era una noche de tempestad; reinaba con furia jamás vista Hurakan, el dios de las
Antillas. Los sacerdotes hablaban de un nuevo diluvio y de la calabaza alegórica en
donde estaban los océanos y los monstruos del agua y que se había roto un día e
inundado la Tierra y se encaramaban azorados a la cima de sus cues y se refugiaban
en la sombra de sus dioses de piedra, que temblaban sobre sus bases. Los habitantes
de la isla, transidos de pavor, olvidaron a Starei. Toda la noche pasó en oración y en
sacrificios; mas al despuntar la aurora corrieron delirantes adonde el canto de la
virgen los llamaba.
Starei estaba en la playa sentada sobre un tronco de palma de los millares que el
viento había arrancado y regado por la arena; sobre sus rodillas descansaba la cabeza
de un hombre blanco que parecía un cadáver. La hermosura de aquel rostro era dulce
y varonil a la vez y la barba apenas naciente indicaba la corta edad del joven que
Starei devoraba con los ojos arrasados en lágrimas.
—Quien lo salve —exclamaba—, será mi compañero, será el esposo de toda mi
vida.
—Está muerto —dijo con voz profunda un viejo sacerdote.
—Está vivo —gritó un hombre abriéndose paso entre la multitud.
Los indios se apartaron sobresaltados; jamás habían visto tan extraño personaje
entre ellos. Era alto y fuerte; sus cabellos del color del vellón del maíz, se levantaban
rígidos sobre su frente ancha y broncínea y dividiéndose en dos porciones, caían
espesos y lacios en derredor de su cuello atlético; sus cejas eran dos delgadas líneas
rojas que se juntaban en el arranque de su nariz aguileña; su boca del color violáceo
del palo de Campeche levantaba hacia arriba los extremos de su arco sensual e irónico. El óvalo de su rostro, no deformado ni por el vello más sutil, no llamaba
tanto la atención como sus ojos de color de dos monedas de oro finísimo, engastadas
en sendos círculos negros. Estaba desnudo y espléndidamente tatuado con dibujos
rojos; de la argolla de oro que rodeaba su cintura pendía una tela bordada
maravillosamente de plumas de huitzili el colibrí de Anáhuac.
Aquel hombre, que algunos creían venido de Haití, se acercó al que en apariencia
era un cadáver, sin hacer caso de la mirada profunda y preñada de cólera de Starei.
Puso una mano en aquella frente glacial y al llevar la otra al corazón del blanco,
la retiró con un movimiento brusco como si hubiese tocado una brasa; desgarró
rápidamente la camisa tosca de lino, empapado aún, que cubría el pecho del joven y
se apoderó de un objeto que llevaba pendiente del cuello; Starei se lo arrebató. ¿Era
un talismán? Cuando aquel hombre singular ya no tuvo bajo su mano aquello que le
era, sin duda, un obstáculo, la colocó sobre el corazón sin latidos del náufrago y dijo
a la niña: «Bésale la boca», y apenas había sido obedecido aquel mandato cuando el
presunto muerto se incorporó y tomando el pedazo de madera que Starei conservaba
en la mano, se arrodilló pegando a él sus labios y bañándole con sus lágrimas. Era
una cruz.
—Adiós, Starei —dijo el de los ojos de oro—; allí está entre los cocoteros la
cabaña de Zekom (quiere decir fiebre este nombre); allí está nuestro lecho nupcial; te
aguardo, porque lo has prometido.
Y se alejó y se perdió entre las palmas.
La hija del Golfo no pudo reprimir un grito de rabia al escuchar las palabras del
hijo del Calor; se acercó al cristiano, rodeóle el cuello con los brazos y le cubrió de
besos la boca y los ojos.
—No, no, dejadme por favor, ¡oh! adoradora de Luzbel —clamaba el joven
pugnando por desasirse de la hermosa.
Starei lo tomó de la mano, lo condujo a su cabaña y le dijo con expresiva
pantomima:
—Aquí viviremos los dos.
Entonces su compañero respondió en el idioma de los de Haití que en Cuba era
perfectamente comprendido:
—No puedo ser tu esposo; seré tu hermano.
—¿Por qué no? ¿Quién eres?
—Soy de muy lejos, de mucho más allá del mar, vengo de Castilla. Otros muchos
y yo llegamos hace algunos meses a Haití y sabiendo que esta región de tu isla no
había sido visitada por cristianos, quisimos descubrirla y naufragamos en la espantosa
tormenta de anoche y ya iba yo a parecer al arribar a la playa, cuando me asió tu
mano entre las olas y me salvaste.
—¿Y por qué no quieres ser mi esposo?
—Porque soy sacerdote y mi Dios, que es el único Dios, ordena a sus sacerdotes
que no se casen; nos ordena predicar el amor y vengo a predicarlo aquí, pero no el amor del mundo —añadió suspirando el español.
—Eso no puede ser, eso no es cierto —repuso con ímpetu la isleña—; quédate
conmigo en la cabaña y seremos los reyes de la isla y nuestros hijos serán los dueños
de todos.
—Seré tu hermano —respondió el misionero.
Y la india enamorada se alejó llorando. En la mitad de su camino se encontró a
Zekom, que fijaba sobre ella su terrible mirada amarilla.
—¿Vienes a mi cabaña, Starei? —la preguntó.
—Jamás —contestó ella, altanera y bravía.
—Seremos los reyes de todas las islas y de los mares y nuestros hijos serán dioses
sobre la Tierra, porque hijos de dioses somos; a ti te engendró el Golfo en una concha
perlera; a mí el Trópico ardiente en un arrecife se oro y coral.
Starei detuvo el paso; estaba en la cima de una roca desde donde de dominaba la
costa:
—Mira —prosiguió Zekom—, así será nuestro reino.
Y ante los ojos fascinados de la hija del Golfo, se presentó un panorama
sorprendente. En medio de una llanura de esmeralda levantaba un cu o teocali su
altísima pirámide de oro, que reflejaba su luz entorno hasta el lejano horizonte. En
derredor de aquella llanura fulgurante estaban posternados inumerables pueblos con
el miedo retratado en la frente. Genios revestidos de maravillosos ropajes disparaban
sobre aquellas naciones infinitas flechas de llama, cuyo contacto daba la muerte. Y en
la cima del cu, como sobre un pedestal espléndido estaba ella de pie, más bella que el
Sol de primavera. La hija del Golfo permaneció largo rato extática y muda.
—Anda, Starei —murmuró Zekom en su oído—; mañana te espero en mi cabaña.
Starei se fue pensando, soñando. Al despuntar el nuevo día vio al español oculto
en el bosque, arrodillado y con los ojos fijos en el cielo; al verlo sintió la india
renacer toda su pasión; arrojóse sobre él de nuevo y, aprisionándolo entre sus brazos,
repetía:
—Ámame, ámame, hombre de la tierra fría. Adoraré a tu Dios, que no puede
maldecirnos porque cumplimos con su ley, porque es la ley de la vida.
»Ven a mi cabaña nupcial, seré tu esclava, oraremos juntos y seré humilde y
cobarde como tú; pero ámame como yo te amo.
—Seré tu hermano —respondió pálido de emoción el misionero.
—Maldito seas —dijo Starei y huyó.
El sacerdote hizo un movimiento para seguirla, pero se contuvo lanzando al cielo
una mirada sublime de resignación y de dolor.
Toda la noche, tomó a rugir el Golfo de una manera espantosa. Al rayar el día
Zekom y Starei salieron de la cabaña nupcial, pero al recibir la niña el primer rayo del
Sol en sus lánguidos ojos, perdieron su negrura luminosa como la de la noche y se
tornaron amarillos, del color de oro que tenían los ojos de su amante. Éste arrojó una
piedra al mar y en el acto apareció en el occidente una piragua negra, que se acercó a la orilla impulsada por el hurakan que inflaba sus velas color de sangre.
—Ven a ser reina —dijo Zekom a la hija del Golfo; y entraron en la lancha que
instantáneamente ganó el horizonte.
Entonces el misionero apareció en la playa gritando:
—Ven, Starei, hermana mía, ven, yo te amo.
La silueta del bajel, como un ala negra, se perdió en la línea imperceptible en que
el mar se une al rielo. Starei se había desposado con el diablo.
❖ ❖ ❖
Y la voz que resonaba triste y melancólica en la roca, continuó: Éste es el centro de
imperio de Starei, desde aquí irradia su eterna venganza contra los blancos. Murió el
misionero, poco tiempo después, de una enfermedad extraña y su helado cadáver se
puso horriblemente amarillo como si sobre él se reflejaran los ojos de oro impuro de
Zekom. Desde entonces todos los años Starei lo llora, sin consuelo, y sus lágrimas
evaporadas por el calor del trópico se evaporan y envenenan la atmósfera del Golfo, y
¡ay de los hijos de las tierras frías!
La gota de agua rodó al suelo; la diligencia se puso en camino y yo volví a la vista a
mi amigo. Estaba inconocible; una lividez amarillenta había invadido su piel y sus
ojos parecían saltar de sus órbitas.
—Me muero, me muero, madre mía —decía el pobre muchacho.
Yo no sabía qué hacer; lo estrechaba en mis brazos procurando debilitar sus
sufrimientos dándole ánimo. Llegamos a Córdoba. El pobre febricitante decía:
—Miradla, la amarilla…
—¿Quién —le pregunté—, es Starei?
—Sí, ella es —me contestó.
Preciso me fue abandonarlo. Al llegar a Méjico leí este párrafo en un periódico de
Veracruz:
«El joven alemán Wilthelm S. de la casa Watermayer y C.ª, que salió de esta
ciudad bueno en apariencia, ha muerto en Córdoba de la fiebre amarilla. R.I.P.».