Cuentos románticos
La novela de un colegial
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
A Alfredo Torroella
ERA una de esas tristes noches del colegio, en que la atmósfera se conserva tibia y
pesada, efecto de esa ardiente caricia del Sol que se llama el día; paseábame solo en
el corredor más sombrío del claustro que corría a lo largo de las ventanas del General
grande y de la antigua Capilla. La candileja de trementina, que ardía en un extremo
del corredor dentro de su farola de vidrio sucio, hacía resaltar más la obscuridad y
proyectaba en torno uno de esos reflejos lívidos dentro de los que todo color es pálido
y todo perfil fantástico.
Poco cuidaba, a decir verdad, de aquel cuadro siniestro, y mis meditaciones,
aunque melancólicas y negras, dejaban percibir, como esos destellos sobrenaturales
que surgen en un claro-oscuro de Rembrandt, algunos recuerdos de esas sensaciones
limpias y sanas que tiene el don de resentir la juventud, la juventud nada más.
Lejos de los seres más caros de mi niñez que acababan apenas de decirme adiós,
arrojado de improviso desde una apacible ciudad de provincia a una capital que me
parecía una Babilonia y a una sociedad que no acertaba ni a comprender ni a querer,
todo lo veía con desconfianza, en todo hallaba cierta amargura y no recuerdo haber
detenido mi espíritu en la copa de miel del ensueño, no recuerdo haberme perdido en
eso que los estudiantes llamamos jardines, sin haber vuelto en mí con los ojos llenos
de lágrimas.
Con todo, me bastaba haber oído el domingo último (nuestro único día de salida)
una palabra dulce o haber paseado algunas horas por el campo, para que mis
amarguras de la semana se atenuasen rápidamente y se secasen pronto mis lagrimas.
Volvamos a aquella tarde; iba y volvía solitario y engolfado en mis pensamientos,
cuando desde un arco del piso superior del patio de pasantes una voz que me era
fraternalmente querida pronunció mi nombre. El joven dueño de aquella voz
simpática y sonora estuvo pronto a mi lado y apretando nerviosamente mi brazo me
dijo…
Pero antes, lectores míos, os lo presentaré. Era Manuel un poeta dulcísimo, un
ruiseñor, el ruiseñor de esa enorme jaula de piedra que se llamaba San Ildefonso. A
fuerza de golpear con sus alas aquella jaula su alma se había enfermado de soledad y
de aspiración, si me fuera lícito decirlo así. Padecía un mal terrible cuyo diagnóstico
es éste:
1.º periodo: melancolía que se condensa, que se ennegrece hasta volverse hastío.
2.º: sufrimiento indeterminado, pero por eso infinito… Crisis; en ella se pierde la
vida o el corazón.
Manuel, como veis, era un soñador que continuamente fijaba sus ojos brilladores en el vacío… Aquella noche estaba radiante como si hubiese tenido una visión
celeste. Nunca olvidaré el fulgor intenso de sus ojos que parecían reflejar los
destellos de un Sol espléndido oculto en las tinieblas. Un griego habríalo creído
poseído por el Dios. Y era cierto; el Dios que transfigura, que hace un tabor del
corazón, había visitado a mi amigo: amaba.
Cuando en la enfermedad cuyo diagnóstico acabamos de hacer, aparece este
elemento: el amor, vosotros cuantos tenéis afecto por el doliente, arrodillaos y orad
por él.
He aquí lo que Manuel me contó; estábamos sentados, bien lo recuerdo, en el
brocal de la fuente que ocupaba el centro del gran patio del colegio: la oscuridad de la
noche no nos dejaba vernos casi, sino cuando el fulgor del cigarrillo hacía una
efímera mancha de luz en la tiniebla.
—Figúrate que vengo de San Ángel. ¿Has estado en San Ángel? ¿Lo has visto
desde una altura, desde una torre? ¿No es cierto que es un Edén? En sus huertas, en
sus jardines, sobre las fuentecillas sonoras, sobre la red de caños de aguas cristalinas
voluptuosamente se pliega un manto de flores, de todas las tintas, de todos los
matices, como un chal multicolor de punto arrojado sobre su espejo. ¿Has visto su
caserío y sus campanarios asomados al balcón sobre el valle de Méjico,[22] por entre
los árboles? Y allá en el fondo del panorama donde se esfuma y se pierde en la lejanía
láctea del horizonte la doble cadena de montañas que forman en torno del valle el
anillo en cuyo engarce brillan el Popocatépetl y la Mujer blanca, como dos
diamantes; allá muy lejos sobre un fondo rayado por la azul transparencia de los
lagos, ¿has visto dibujarse el contorno amarillento de la ciudad que el adulador
Alejandro de Humboldt llamó de los palacios? Perdona estas descripciones, ¡tengo
tan presente el espectáculo, lo vi todo tan bello…! De la ciudad parten las calzadas
bordadas de árboles y entre las varillas de este regio abanico tienden los potreros sus
húmedos y verdes lienzos, que o se pierden y se quiebran en los dobleces de la
llanura, en los lomeríos que el maguey eriza o renace en planicies suaves en donde el
maíz amarillea y que los grupos de árboles frutales manchan de oasis oscuros y
perfumados. Y a la espalda del pueblo se descubre el marco basáltico del Pedregal
que se convierte en serranía que la luz vetea de verde o cuaja de índigo puro en la
altísima falda del Ajusco. Y todo esto, que mejor traduciría el pincel de Landesio, que
la palabra de un poeta, todo esto encerrado bajo el capelo de zafiro de un cielo limpio
o lleno de contrastes imposibles, ¿no es verdad que es el cuadro más espléndido que
puede soñar el alma para despertar al amor?
Yo estaba extasiado, sentía la naturaleza, se me revelaba en toda su maravillosa
verdad compuesta de apariencias. Se aproximaba el mediodía; el Sol convertía en
topacios las gotas de rocío cuando se miraba en ellas y cada globo de agua parecía un
átomo de Sol, una molécula de oro en fusión. ¡Cuánta luz, cuánta vida! Las cascadas
de trinos de los pájaros se confundían con los trinos de las cascadas, que formaban a
cada instante las corrientes de aguas como si marcharan entre la hierba a grandes saltos de espuma. Parvadas de muchachas de faldas claras y ligeras revoloteaban en
torno de los setos de flores.
Amalia, la blanca y seria y deliciosa Amalia, me había colocado en un sitio
sombrío, fresco y dulce; era una copa de perfume. Árboles, flores, césped, un toldo de
madreselvas, un arroyuelo cantador a mis pies, ecos de risas que se alejaban, que se
acercaban desgranando perlas de oro y de cristal en el ambiente, la ondulación
azulosa de los montes entrevista al través de las ramas nerviosas de los fresnos, ¡ah,
qué bello era eso, qué bien estaba yo allí!
Nadie me veía; saqué mi cartera, y… ya te figuras… empecé a tararear unas
coplas… Alcé los ojos; tú sabes, a ti te sucede lo mismo, que la rima y el ritmo de los
versos toman forma en el cielo, y que es preciso evocarlos viendo fijamente el
espacio… Así hice yo. Abrióse la puerta del palacio de los ensueños… y quedé
arrobado, sentí la fruición divina del desprendimiento del alma, las lágrimas del
éxtasis asomaban en mis ojos… El azul de la atmósfera, respondiendo a una
evocación inconsciente, tomó dentro de no sé qué vagos lineamientos una intensidad
mayor; luego, el espacio encerrado en aquel contorno se hizo blanco y después
rosado; vi claramente una figura de mujer velada por una túnica casta y flotante. Vi la
boca los ojos, ¡ah, Dios mío!, en esos ojos se había concentrado todo el zafir de la
visión primera; mi corazón tenía las vibraciones del arpa que el viento pulsa y besa…
Yo traducía esos arpegios en verso… Pero la figura celeste se movía, venía a mí… Y
lo comprendí todo, comprendí la realidad; aquella mujer divina que se me acercaba
andando de un modo tan musical, tan suave, era el ideal de mi vida, de mis sueños, de
mis arrobamientos de poeta, él era, ella era…
Vi que iba a pasar, que iba a perderse entre las flores, que se iba a alejar de mí
para siempre, que era mi felicidad que partía, mi visión juvenil que volvía al cielo y
casi sollozando, casi loco, pegué mis dedos a mis labios y le mandé un beso de
despedida eterna porque pensé que iba a morir… Volvióse sorprendida cubriéndome
con su inmensa mirada azul y candorosa y… Por fortuna en esta crítica situación
llegó Amalia y, entre risueña e irónica, me presentó a su amiga Carmen que me
saludó curiosa y ruborizada.
Pasé el resto del día contemplándola; sus amigas reían de aquella adoración
muda, bien lo conocía yo; Amalia estaba seria, pero tan amable. Ella parecía
mortificada, mas de cuando en cuando hablaban sus ojos con un destello ¡qué
horizontes, Dios mío!, ¡cuánto puede iluminar una mirada de mujer! ¿Llegará a
amarme? Y si no me amara ¿qué haría yo?
Tal fue, poco más o menos, la relación de Manuel.
—Se reducía todo —como me dijo Ivarius ¡pobre Ivarius! [23]— a esto: ayer
conocí en San Ángel a una linda niña de quien he decidido enamorarme. Sobre este
tema simplísimo Manuel bordará ¡tanto, tanto!
Lectores, voy a contaros en íntima confidencia la historia de ese amor; voy a
explicaros por qué.
Hace dos años (estamos en abril de 1868) que murió Manuel. Mucho tiempo
antes de muerte habíamos dejado de verle sus amigos íntimos Lauro Suárez, Manuel
Díaz Mimiaga, Jesús Labastida, Pancho Alegre y yo. Una mañana un practicante de
medicina, que vive, pero cuyo nombre conocidísimo hoy, no puedo revelar, me hizo
una visita.
—Vengo —me dijo— del hospital de J… En él falleció ha pocos días un amigo
nuestro y antes de morir me encargó que diese a usted esta cartera de apuntes que él
llamaba su Libro de memorias, esta cajita cerrada y esta carta.
Estaba aún en la cama, dejé que mi visitante partiera y hundí mi rostro en las
almohadas. Dos horas lloré, lo quería como si fuera mi hermano.[24] Ya más sereno
leí la carta que decía así:
Hermano mío: después de la dolorosa historia que conocerás por el libro de recuerdos que te acompaño, he
venido al hospital a prepararme para marchar a otra región en busca del ideal que era (lo conocí muy tarde)
imposible de encontrar entre los hombres.
Muero casi con serenidad, porque tal es mi anhelo de descanso, que acaso preferiría la destrucción
completa de cuanto vive en mí a cualquiera especie de actividad de más allá de la tumba. ¡Si lo que he
deseado aquí con todo el esfuerzo de mi corazón, no lo encontrase yo en el cielo, para qué me serviría!
Adiós; mi último voto sería que juzgases posible la publicación de algunas de mis notas, para que se
formasen en derredor de mi nombre una pequeña aureola que atrajese, aunque fuera por un instante, las
miradas de Carmen; en la que fijase sus divinos ojos.
Adiós para siempre o hasta la vista.
Manuel
Para comprender la inmensidad de dolor que velaban las frases de mi amigo era
preciso haber vivido con él. Entre el colegial y el moribundo había un abismo.
¡Cuántos golpes fueron necesarios para abrirlo! Su vida había sido un acto continuo
de adoración; ¡y moría escéptico!
Al leer el último párrafo de su carta recordé aquel joven héroe de la revolución de
París en 1830, que al morir acribillado por las balas de los defensores de Carlos X,
decía a sus compañeros: «No olvidéis que me llamo D’Arcole».
Tú también luchaste sin descanso contra esa tiranía terrible y ciega cuyo origen y
objeto ignoramos, pero que se enrosca sobre nuestro corazón del que extrae
lentamente la sangre. Ese aborto de todo lo tenebroso y lo cruel que el gran maestro
llama ananké, fatalidad, fue tu verdugo. Prometeo de veinte años cuyas entrañas
devoraron buitres empollados por la sociedad, tú, en la hora suprema, sentiste que se
apagaba el taro que brilló siempre en la noche de tu vida y moriste de hambre y de
angustia en un hospital, sin proferir una queja, sin lanzar una maldición a la mujer
que mezcló tanto veneno en la copa de tu juventud.
Ya comprenderéis y excusaréis la publicación de este Libro de memorias en
donde a través de la fantasía del poeta están apuntadas, no sin fidelidad, algunas
peripecias de un episodio del drama eterno.
Vosotras, niñas acostumbradas al sonido acariciador de la música del baile y de la
adulación del mundo, ¿veréis con ojeriza este libro? Bueno es, sin embargo, que sepáis, por boca de quien amó a una de vosotras hasta en la agonía, todo lo que puede
producir en un alma sentimental (las hay todavía) un amor provocado primero y
pisoteado después. Tal vez alguna de vosotras ría pensando lo mismo que el feroz
estudiante de Salamanca:
… Admiro vuestro candor
Que no se mueren de amor
Los jóvenes de hoy en día.
Ya veréis si me leéis que hay una cosa peor aún, de origen idéntico, y que fatalmente
lleva a la muerte.
Carmen, a quien suelo ver pasar a mi lado, seguida de su futuro, ¿se dignará dejar
caer una mirada sobre las páginas que van a seguir?
Dentro de la caja había dos fotografías, y unas tiras de periódicos con versos
lánguidamente amorosos y dulces del poeta Gonzaga Ortiz.[25]
La historia del pensamiento humano puede resumirse en tres interrogaciones:
¿Qué es el amor? ¡Oh, dulces y perfumados instantes de la juventud que respondéis
con besos, con flores, con miradas al cielo! ¿Qué es la sociedad? He aquí la segunda
interrogación, la de la edad viril; la respuesta se busca en la lucha y en el odio.
Cuando la cabeza ya blanquea nos hacemos la tercera pregunta: ¿qué es la vida? Y
entramos al sepulcro en busca de la contestación.
Dichosos quienes en la primera hoja del libro de la existencia pueden escribir
palabras impregnadas de amorosa ilusión, ecos de deliquios y de éxtasis; porque eso
debe dejar en las olas del sufrimiento una estela luminosa que alumbre y purifique la
vida. Ya veréis esa huella celeste serpear en estas memorias, que bien podrían
llamarse «memorias de un mártir», si supiésemos dónde estuvo el verdugo. La
primera página tiene este epígrafe:
«Es la mujer más amarga que la muerte y sus manos son cadenas». Eclesiastés,
capítulo VII, verso 27.
LIBRO DE MEMORIAS
Primera vez que permanecemos solos. Me invitó a sentarme junto al piano y se puso
a tocar… La música es una promesa del cielo. Hay en ella lo que puede consolarlo
todo, el bálsamo de todo dolor del alma, es la panacea momentánea del sufrimiento
humano. Las notas de la música son las alas que nos arrebatan a regiones que sólo
son realidad en sueños; en esos edenes incesantemente descubiertos e incesantemente
perdidos nuestro espíritu vibra al unisón de la inmensidad. El corazón tiene también
sus cuerdas sonoras, como un arpa; es un arpa eólica de donde arrancan sonidos
misteriosos los soplos del sentimiento; la música, el canto, resuelven los acordes iniciados en lo íntimo de nuestro ser.
Al son de la música, el cobarde corre a los combates, el incrédulo llora en los
templos, el misántropo ama. Pulsad la lira y tendréis a Safo, tocad el órgano y os
explicaréis a Teresa de Jesús. Tomad un alma de veinte años y divididla entre un
hombre y una mujer; dejadlos buscarse instintivamente por el mundo y cuando
tiendan irresistiblemente a confundirse en un solo ser, sentad a la muchacha al piano,
dejadla que preludie, dejad que cante… Entonces…
Carmen después de un lujosísimo registro cantó la serenata de Schubert, la eterna
melodía de los que suspiran de amor. Sentía en ese instante por aquella mujer un
afecto supremo, pero tranquilo y melancólico, casi filial. Había en su canto suspiros
más dulces, más suaves que los de la brisa que agoniza entre las palmas con susurros
inefables; de toda ella se exhalaba un divino perfume de flor humana. Desde mi lugar
podía, por el balcón, ver el cielo. Vi o creí ver grandes enjambres de ángeles azules
con su misteriosa estrella en la frente; ponían los codos en lo impalpable y
escuchaban, escuchaban… Yo había querido decir a Carmen: «Señorita, no sé si
seréis para mí buena o mala, pero todo lo acepto, porque es mi destino, porque, feliz
o desgraciado, cuando os veo, el corazón me dice: para siempre…».
No le dije nada.
Aún la conservo retratada en mi corazón. Era más blanca que el listón de seda
inmaculada que rodeaba su cuello, y alta, y hechiceramente formada, como debió de
ser la Venus Anadiomena de Praxiteles o como es la Fornarina de Rafael.
Llegó el día en que pude poner ramos de fucsias rojas entre sus cabellos dorados
y oscuros a un tiempo, de esos que hacen la desesperación de un pintor; llegó un
tiempo en que pude embriagarme en la llama húmeda de sus grandes ojos cuyas
pestañas tocaban sus purísimas cejas de Madonna; llegó un tiempo en que aquella
boca, aquella frente… todo era mío, en todo podía poner quemantes labios y…
Canova la hubiera copiado de rodillas.
Durante algunos meses no supe hacer otra cosa que mirarla; saboreaba aquella
belleza ideal y sensual a un tiempo; aspiraba las emanaciones perfumadas que se
desprendían de su tez limpia, sana, joven. Carmen creía que yo sabía leer los versos
de un modo expresivo y solíamos pasar una o dos horas leyendo versos comúnmente,
alguna vez prosa de poetas. Una ocasión me presentó un libro de Fernández y
González.
—Deje usted que la contemple —la dije—, me parece que esta usted en un cáliz y
que la vacío lentamente en mi corazón.
—Mañana nos veremos toda la noche en el baile del ministro del Perú; me ofreció
papá que me acompañaría.
Ebrio de dicha pensando en el día siguiente, comencé a leer un capítulo del
novelista español, del que ha levantado a la historia de su patria tan espléndido, tan
abigarrado y tan frágil monumento. El libro se llamaba La Alhambra, palabra mágica
con alicatados de recuerdos, retretes de preciosas leyendas de filigrana y búcaros orientales colmados de deliciosas cantilenas que el descendiente de los cristianos
conquistadores ha levantado sobre las ruinas de la España musulmana en los
cármenes donde en otro tiempo llovieron flores sobre el rey Nazhar. Mas todo ello
está desgraciadamente bordado sobre una trama de pasiones y crímenes de una
deformidad imposible; un libro de Fernández y Gonzáles es una copa
maravillosamente cincelada, pero una verdadera copa de abominaciones. Sus héroes
son monstruos que causan pesadillas y sus mujeres bayaderas impuras con enormes
ojos andaluces.
—No lea usted[26] estos libros —dije a Carmen.
—Quiero —me contestó— tratarlo a usted de tú, desde mañana.
Salí loco.
Notas. Lo que sigue no está en el Libro de memorias; son paréntesis míos que
completan esta narración consignando informes fidedignos.
Carmen era hija de uno de esos hombres que por no sé qué aire indefinible, pero
inconfundible, indican que no son mexicanos, sino de España o de La Habana o de la
América del Sur. Llamábase don Germán N. (Debo respetar su nombre que muchos
de mis lectores habrán adivinado ya). Cuando a fines de 1825 capituló Coppinger,
don Germán logró venirse a tierra y por influencia del que era entonces cura de
Veracruz, entró al servicio de Santa Anna; su viveza, y cierto aire de bribón que
gustaba mucho a ese jefe, le dieron gran valimiento desde Veracruz a Jalapa pasando
por Manga de Clavo. Había acumulado no poco dinero cuando se estableció en
Méjico, tomó parte en el pronunciamiento de la Acordada y después del saqueo del
Parian, ¡oh, misteriosa coincidencia!, el señor don Germán sentó plaza de rico
hombre. Poco después se estableció en Cuba en donde en calidad de armador se
dedicó al tráfico del ébano africano (negros). Volvió a Méjico riquísimo, cargado de
objetos de arte comprados en sus viajes por Europa, fue considerado y respetado,
engrosó todavía su fortuna con el agio en compañía de casi todos los próceres ricos
de la sociedad mejicana y fue un agente activo del partido conservador; se decía que
él había decidido a Santa Anna por el centralismo clericalista.
Durante la guerra americana don Germán contrajo matrimonio en Guadalajara
con una rica joven, mujer pálida y simpática que parecía consumida por un amor
oculto. Calvé pintó un retrato suyo que conserva Carmen en su retrete,[27] en su
boudoir, como dicen ella y vos, lectora mía. La señora murió pronto y don Germán,
que practicaba el vicio sotto voce, pero con una destreza de disimulo admirable, dejó
que educasen a Carmen unas monjas primero y unas criadas de confianza después. Le
puso, por supuesto, los mejores maestros; para la música Sauvinet, para la pintura
Rebull.
Cuando la vio grande y bella, pensó en casarla; no quería un riquillo devoto y
casquivano; quería pura marido de su hija, un abogado inteligente, joven, que
perteneciese al bando contrario al suyo, es decir, que fuese liberal, y que tuviera dotes
para la política; y no importaba que fuese pobre, no, mejor, que fuese pobre para que
todo se lo debiese a su hija.
Don Germán olfateaba el porvenir como buen sabueso y se orientaba bien. Por
supuesto, el viejo devoto sibarita subordinaba todo esto a la voluntad de Carmen, a la
que no era capaz de resistir formalmente.
En Manuel creyó encontrar su hombre; la enfermedad de la poesía se curaría con
la juventud ¡y era tan inteligente y su carácter débil lo hacía tan apto para malearse si
así lo exigía su amor! Esto y los buenos consejos que el estudiante le había dado en
algunas pequeñas complicaciones que eran como hilos subterráneos que provenían
del gran estanque negro de su pasado y que surgían delante de él encharcando su
camino, lo decidieron a dejar correr la naciente pasión de aquellos jóvenes, que podía
serle útil para conservar y acrecentar su reputación, no de hombre religioso y
caritativo, porque ésta la tenía bien consolidada, sino de hombre bien, porque a don
Germán se le figuraba que en ésta no creía nadie.
Libro de memorias.— Hay en el libro de la vida páginas fulgurantes; en el prólogo se
balbucean palabras dulces, suenan los besos maternales: el idilio de la infancia.
Después vienen hojas donde la pluma corre sonora, alada, se estampan frases
entrecortadas, se esbozan perfiles fantásticos, se dibujan palacios encantados… Este
capítulo se llama juventud.
El hombre viene de un mundo mejor y lucha y sufre por realizarlo aquí o por
volver allá. Por eso la juventud está impregnada de recuerdos del cielo; ésa es la
fuente de tanto luminoso ensueño, de tanta aspiración imposible; de allí esa adoración
febril de la estrella, de la mujer, de la flor, las curvas supremas de la naturaleza. Llega
un instante en que se detiene esa dispersión de fuerzas vitales, se concentra todo en
un foco: ese párrafo del libro de la vida se llama amor, es cantable. Hay en él una
fusión de fulgores de astros; las letras, las notas están rayadas con rayos del Sol.
Luego, dicen los realistas, la estrella se apaga, la mujer se afea, la flor se marchita…
Señor, Señor, que no llegue para mí esa edad; éste es mi miserere.
¡Qué bella, qué inefablemente bella estaba! El vestido de baile dejaba admirar
todo su busto, el corpiño rígido de crujiente seda blanca, obligado a seguir las curvas
suaves, pero marcadas del seno, dejaba brotar de entre blondas y encajes, el cuello
redondo, largo, soberbiamente modelado, vagamente azuloso, como el alabastro, por
la irradación de la sangre a través de las venas. Una cinta de oro lo rodeaba; parecía
un dogal de amor. Sus brazos lácteos, carnosos y finos, como los de una limeña,
terminaban en aros de perlas cerrados sobre la cabritilla inmaculada de Jouvin. Una
cadena riquísima y flexible como la seda, subrayaba la pequeñez de la cintura que vibraba como a impulsos de un ritmo interior. ¡Oh, divina, divina! Bajo los pliegues
de su falda de moaré, recogida con botones de flor de oro purísimos, se veía el pie
arqueado bajo el raso.
En mí se operaba una transformación; olvidaba mi virgen ideal, para arrodillarme
ante la soberana realidad que se erguía ante mis ojos ebrios de deleite; aquélla era la
mujer en una de sus más perfectas encarnaciones; aquella mujer sonrosada, láctea, de
cuyas puras y espléndidas formas emanaba la vida, había cambiado el rayo idílico y
primaveral de mi felicidad íntima de poeta, en la llama ardiente y calcinadora de la
pasión de un hombre. Hasta entonces había visto a Carmen rodeada de la aureola de
una madonna; para ella el tabernáculo, el altar, el templo; mi pecho un incensario en
que mi amor ardería eternamente ante ella. En mi amor había algo del ascetismo
religioso de los monjes de la Tebaida; era la religión de la belleza expresado por un
corazón colmado de juventud y de ensueños; era el culto del alma por el alma.
Aquello tenía algo de eucarístico.
Cuando, por primera vez, fijó sobre mí su mirada hecha de luz, creí ver en ella no
sé qué blancura de hostia emitiendo una claridad celeste. Comulgué aquel fulgor albo
con profunda unción, mientras mi corazón cantaba no sé qué hosanna. Al contemplar
el abismo azul de sus ojos, hubo en mi espíritu como un derrumbamiento; vino a
tierra todo un muro de sombras. Fiat lux… y el amor fue. Mis visiones de colegial no
eran sino el preludio de aquel sufrimiento espléndido y radioso…
Y, de pie sobre el débil esquife de la vida, exclamé al sorprender aquella mirada:
amor, amor, como Colón al descubrir un nuevo mundo había gritado: ¡tierra!
❖ ❖ ❖
La sala de baile parecía tapizada de luz. El reflejo de las esteáricas encendidas
profusamente en las arañas y candelabros, multiplicado por los espejos, arrancaba
destellos deslumbradores de la pedrería de los tocados y después de serpear en la seda
joyante se recogía en un beso luminoso sobre el rostro de las mujeres. Las notas de la
música enloquecedora parecían saturadas de perfume de mujer y de flores.
Carmen, al presentarse, produjo un murmullo de admiración. Acercóse a ella
mariposeando un enjambre de dandys. Disputábanse donosamente todos aquellos
insectos dorados el honor de una inclinación de cabeza, de una sonrisa, de un apretón
de manos, de un nombre inscrito en la cartulina crema de la etiqueta de baile. Íbame
separando cada vez más de ella, como el marinero que se queda en la playa viendo
alejarse, rompiendo las olas en irisada espuma, a la barquita coqueta cuyo timón ha
llevado; quedé al fin, rezagado en un rincón, donde sobre un pedestal estucado se
erguía negro y rojo un vaso greco-etrusco traído de Italia y coronado por una
pirámide de violetas que reflejaban su veste morada en los prismas de cristal de un
candelabro. Allí me apoyé contemplando a mi amada largamente como quien paladea
un licor dulcísimo; ella reía y charlaba con sus amigas. Uno de aquellos dandys, un verdadero querubín por lo bonito y relamido, se le acercó, la recordó que era suya la
danza que preludiaba la orquesta y ella se levantó apoyándose en el brazo del joven
con una gracia que a mí, que buscaba sus ojos con avidez, me pareció infernal a
fuerza de ser seductora.
Comenzó a bailar. La danza cubana es un baile de bayaderas; Venus, la celeste
impura, inventó su ritmo de una voluptuosidad simple e infinita, que acaba por
descomponer en curvas serpeantes los contornos de la mujer y entreabrir los labios
sedientos de deleite, y encender en los ojos una llama que brota de la sangre caldeada
por el deseo y que parece consumirse en la fiebre lasciva que deslíe a la pareja en un
atmósfera de placer, como una gota de esencia en un vaso de agua. Legado del África
a la América del trópico, aquí la hemos vestido de seda y de diamantes, pero es un
baile desnudo.
En aquel instante y, sin hacer todas las reflexiones que acabo de apuntar, cedí a mi
repugnancia instintiva por la danza habanera; se lo dije a Carmen al pasar junto de
mí, mientras se componía el locado ante un espejo; se sentó en seguida. Pocos
minutos después volábamos como wilis alemanas al compás de un vals de Strauss.
Sentía en mis brazos la oscilación rítmica de su cintura, en mi pecho el latido de su
corazón, en mi rostro su aliento tibio y acariciador, y embriagado, demente de amor,
murmuraba en sus oídos la canción voluptuosa que me dictaban los sentidos.
Ella sonreía de placer; cuando terminó el vals el reflejo de la llama de mis ojos la
bañó de púrpura y la estremeció como si fuera a desmayarse. —Dirigíme al corredor
y me senté en frente de una botella de licor; quería apagar con kirch la hoguera de mi
sangre, quería dormirme ebrio. No hay cosa más espiritual en la materia. Bebemos y
comienzan a huir en bandadas los recuerdos por las ventanas del alma; el pavimento
del cerebro tendido de negro, se cubre con maravilloso mosaico, cuelgan de la bóveda
inmensos lustros de cristal y de luz que rueda en cascadas de oro sobre los prismas
irisados. Y toda amargura se olvida. Bebemos más y cada una de las cuerdas, de los
filamentos, de las fibras de la masa cerebral se cubren de fosfórico brillo como en las
tempestades tropicales el cordaje y las aristas del buque brillan azules de electricidad.
Más, bebemos más, y la cabeza se ensancha, se ensancha, sus paredes se pegan a las
del globo celeste y giran mundos dentro de ella y fulguran diamantes y se encienden
constelaciones; el roce de los gases alcohólicos levanta en aquellos cielos una gran
polvoreda de astros.
Y cuando la embriaguez ha llegado a su colmo, un sopor extraño narcotiza
nuestra conciencia y nuestro sentimiento, a esto sucede un desvanecimiento en la
inmensidad y el alma se duerme como mecida en una hamaca tramada de oro y
colgada de las estrellas. Pero no duerme sola; llega el ideal, la pálida desposada del
ensueño y coronamos sus sienes de ópalos, damos besos mudos sobre los pétalos de
sus labios, desceñimos su túnica nupcial… Mi ideal se llamaba Carmen.
Soñé que la había encontrado en el salón de baile rodeada de jóvenes; que a una
señal mía había abandonado la fiesta y que nos habíamos reunido en un gabinete henchido de plantas de invernadero. Sentóse en el sofá; un naranjo en flor suspendía
sobre su cabeza sus guirnaldas de azahar, como corona de desposada. Largo tiempo la
contemplé sin decir nada; después pedíle una trinitaria, un pensamiento que abría sus
alillas de mariposa negra sobre su pecho nevado… luego le tomé la cara entre mis
dos manos y con profunda adoración cerré mi boca entre sus labios.
¡Sueño radiante de amores! Al levantarme al día siguiente guardaba en la mano
crispada un pensamiento estrujado y marchito.
❖ ❖ ❖
El dormitorio de Carmen era blanco; blancas las cortinas, tapizados de blanco los
muebles, las paredes; blanco y vaporoso el lecho bajo su velo de punto; sobre el lecho
una rosada Purísima de Ramírez sonreía divinamente dentro de su marco de oro. En
medio de la pieza, bajo la lámpara de cristal que parecía una enorme magnolia
diáfana, en una coqueta mesita de mármol, un gran ramo de rosas parecía abrirse bajo
el lampo de las miradas de la deidad de aquel santuario.
Tenía el aposento algo de inmaterial; un incienso que el alma aspiraba con delicia,
se desprendía de ese tabernáculo en donde anidaba la creación mas poética de la
naturaleza: la mujer virgen. Era un nido, sí, el nido que un rayo de sol de aurora, se
construye en las nubes blancas; para el alma de un poeta, aquel lugar decía: «Ama,
pero ama de rodillas, porque no es voluptuoso el lecho de la doncella pura, es
místico». En ese retrete como en un vaso Inmaculado, vivía y soñaba Carmen, esa
azucena.
¡Qué pensaría al mirarse todos los días sola y bella como la inspiración de un
Fidias cristiano, en aquellos momentos en que el ángel de guarda de las niñas se
cubre los ojos con las manos y en que el pudor trémulo las cubre con su velo casto y
rosado! ¡Qué pensaría anoche después del baile!
Cuando la camarista me fue a anunciar a la sala que Carmen me esperaba en su
cuarto, me turbé y pisé temblando el umbral. A mi mente acudieron en tropel ideas
llenas de castidad y amor; ramos de nardos y violetas con que mi alma enfloraba las
puertas de aquel sagrario.
Entré; mi aire debió de ser muy compungido y tímido; Carmen sonrió con todas
sus perlas. Vestía un traje de fresca y clara muselina, y su tez, pálida por la desvelada,
hacía más honda y melancólica su mirada azul.
—¡Ah! —me dijo—, me devuelves el pensamiento que me robaste anoche.
—Sí, pero marchito.
No me respondió; mas fue indefinible su mirada.
—¿Qué recuerdo ha dejado en ti el baile de ayer, Manuel mío? —añadió
lentamente.
—Uno —le contesté—, que sobrevivirá escondido bajo el polvo de mis huesos,
como el carbón que arde bajo las cenizas del hogar.
—¿Sí?
Aquel monosílabo lenta y opacamente pronunciado, llegó a mí como envuelto en
una mirada que jamás olvidaré, semejante a la inmensa mirada de la noche al través
de sus miriadas de soles. Yo sentí el vértigo de la noche anterior; coloqué la florecilla
ajada dentro del ramillete de mi amada y…
—¿Me vas a magnetizar? —exclamó entre risueña y seria.
—No —repuse—, voy a adorarte.
Y me arrodillé delante de ella y besé con profunda devoción la orla de su vestido
de muselina.
Yo idolatro la muselina, la tela favorita de las costeñas; parece hija de la brisa de
estío y de una de esas blondas de espuma, que envuelven la ola un instante fugitivo.
La muselina me recuerda el perfume de los lirios, la canción del mar, las doradas
espaldas de las criollas de que se enamora el Sol del trópico.
Largo tiempo hacía que estaba arrodillado, en éxtasis, deseando que así me
sorprendiera la muerte, con el alma entera huyendo de mis ojos a los suyos y
comprendiendo el deleite infinito del faquir que se deja triturar por las ruedas del
carro de Shiva. Con los ojos húmedos y entrecerrados y la cabeza echada hacia atrás
y apoyada en sus manos de luida, me dijo de repente:
—¿Faltarán muchos años para que nos casemos?
—¿Por qué me lo preguntas?
—Porque sí, porque si es así, vamos a pasar una vida muy triste.
—¿Triste? ¿Pues qué deseas más que amarnos como nos amamos?
—Sí, amarte, amarnos, he aquí mi necesidad suprema, ésa es mi vida; pero sin
límites, ni…
Parecía que una cortina carmesí se reflejaba sobre ella; de pronto su pecho se
hinchó como empujado por una ola comprimida y se echó a llorar. Yo estaba loco; de
mis labios salían palabras entrecortadas, que la hacían estremecerse como si recibiera
en el corazón el choque de descargas eléctricas.
Bajaba yo a saltos la realidad de la vida; mas por fenómeno inexplicable, esa
realidad era más poética que mis ensueños de idealista. Cuanto yo le decía habría
podido resumirse en la eterna frase: «Yo te amo». Y esa frase se la decía, no como de
costumbre con los ojos fijos en el cielo, sino en los suyos que eran el cielo mío y
cuyo fulgor azul inmutaba mi líente. Conocí que empezaba a amar a Carmen. ¡Ay,
hasta entonces había amado el amor!
Hubo un momento en que, sofocado por el latido violento de mi corazón me
incorporé. La trinitaria marchita estaba otra vez lozana y fresca, cual si acabase de
abrir su broche. La tomé y torciendo su tallo en derredor del dedo cordial de Carmen,
le dije: el anillo nupcial. No, me contestó, el anillo de esponsales.
Al día siguiente recibí una esquela del padre de Carmen, invitándome a almorzar.
Fui. Después del almuerzo el hidalgo español (así le gustaba que le llamaran) se
instaló con nosotros en su despacho y fue al grano, como decía siempre.
—Carmen me ha dicho que iba usted a pedirme su mano, ¿es cierto?
—Sí, es cierto —repuse sorprendido.
—Pues dentro de pocos días tendrá usted su dispensa de exámenes, y el mismo
día que usted se reciba será la boda…
—¡Tan pronto! —murmuré casi aterrado.
Carmen y su padre me miraron con sorpresa a su vez.
—Es preciso —proseguí— que consulte con mi madre, que como ustedes saben,
vive lejos de aquí, y recabe su licencia…
Y la memoria de mi madre enferma se clavó intensamente en mi cerebro. Tal
influjo tuvo sobre mí este súbito recuerdo, que tuve valor de entrar en largas
explicaciones que parecían dirigirse más contra el matrimonio en general que a
demostrar lo indispensable del retardo exigido por mí. Esto contribuyó a dar a aquella
escena ese aire de serenidad fría y calculada que, por lo general, tienen en la sociedad
acomodada todas las de su especie. Carmen jugaba con una borla de su bata; tenía un
poco apretados los labios; estaba pálida. Don Germán estudiaba los complicados
dibujos de la alfombra. Por fin resolvimos que escribiese en el acto a mi madre, para
que pidiese en matrimonio a la señorita doña Carmen N. y B.
❖ ❖ ❖
Galopábamos por la llanura. Los campos nos daban la bienvenida con grandes
bocanadas de aroma. Un aire frío y vivaz azotaba nuestros rostros, y las cabalgaduras
espumaban respirando ruidosamente. Cuando salimos de Méjico era casi de noche
todavía. El cielo estaba aún claveteado de estrellas que brillaban serenas y sin temor a
esa gran sorpresa que se llama el día. Sólo distinguíamos las grandes manchas
oscuras de los potreros por entre los árboles de la calzada y cuando volvíamos los
ojos una faja de un violáceo claro en la que se desvanecían las ondulaciones de los
montes. Nadie hablaba, porque llevábamos medio rostro cubierto con nuestros
jorongos.
En una vuelta del camino, el padre de Carmen paró y encendió un puro. Ya las
estrellas se iban apagando después de tomar el tinte pálido de la llama del alcohol; se
percibían un tanto las oscuras vertientes de la serranía que nos rodeaba y al
sudoriente la orla morada se transformaba en una gran zona de color de rosa
suavísimo en que se perfilaba la silhueta azul de los volcanes. La capital yacía detrás
de nosotros, dormida aún y rodeada por el espejeo aquí y allí entrevisto de la laguna
de Texcoco. Poco a poco una claridad blanca inundó el valle, principiaron a
distinguirse poblachos y caseríos debajo y encima de nosotros, las montañas
descubrían sus cortaduras y grietas descarnadas y amarillentas o una maravillosa
gradación de verdes con sus inmensas laderas. El llano como un enorme tablero de
sembradura desenvolvía en torno nuestro, su tapiz de esmeralda desgarrado sobre una
gran plancha de cristal. El rumor de las aves poblaba ya el aire. La noche había concluido.
Carmen me dijo: «Mira». Yo que iba distraído detuve mi caballo; estábamos en la
cresta del lomerío de Tacubaya. Había en nuestro derredor como un inmenso
anfiteatro compuesto de fragmentos gigantescos de panoramas. Parecía que en aquel
teatro se preparaba una función de gala. Sobre el fondo azul con veladuras plateadas
del cielo corrían nubecillas blancas en el cenit, rosadas más abajo y cerca del gran
baho de luz del oriente tramadas y franjadas de oro. Un murmullo en crescendo
monótono, mejor dicho, unísono, se levantaba desde la brizna de hierba, arrancada
del suelo por los pies de nuestros caballos, desde la copa trémula de los árboles,
desde los enormes labios de nieve de los volcanes, hasta el infinito zafir. Pronto la
creación se bañó de oro y púrpura; tendía su canto y cantaba su hosanna al sentir la
llegada del dios. El índigo de los montes que nos cercaban al sur y al poniente se
esmaltaba de oro rojo.
¿El himno universal cesó?, ¿cesamos de oírlo? En ese instante un arco de luz se
encendió bajo un celaje; de él parecieron desprenderse millones de dardos de fuego;
luego ascendió rápido, momentáneo, enorme un globo de oro en fusión; era el Sol.
Parecía una mirada: la mirada de Dios; nos decubrimos los dos hombres
instintivamente delante de aquella elevación y la naturaleza sobrecogida estalló en
una salva infinita de cantos y rumores. Volvíme hacia Carmen; vi dos lágrimas correr
hasta cerca de sus labios; ahí se secaron. Para ella había sido la primera caricia del
rey del día y ella se la pagó con perlas que los rayos luminosos besaban y bebían…
¡Dichosos ellos!
—¡Oh, cuánto amo yo al Sol! Siento que no sólo es la luz, sino que es la vida, me
decía alegre corriendo a mi lado sobre su yegua dorada. Yo no sé cómo decirlo,
agregaba, quisiera ser poeta como tú: pero siento que es muy bello vivir y muy bello
amar, con el corazón tranquilo como este riachuelo que huye debajo del puente que
vamos pasando, o como la flor que perfuma o el zenzontle que canta. ¿No es verdad
que así dicen ustedes los poetas?
Y poco después proseguía en palabras más sencillas, más íntimas, que yo
traduzco en mi inexpresiva retórica:
—Éste es el amor purísimo que crece en el seno de la naturaleza, es el amor
rebosando salud, fuerza y entusiasmo; ése vivifica al corazón con su ardor, no lo
reduce a cenizas. Todos los goces, todos los placeres de la criatura racional manan de
él que es la fuente de aguas vivas. ¿Así me amas? Así quiero que me ames. Ámame,
porque soy joven, porque soy bonita, porque te amo yo. ¡Qué triste me sería que me
vieses como uno de tus sueños de colegial poeta realizado en mármol! No, eso me da
tanto horror que sólo creo que me quieres cuando me das un beso.
Su papá iba muy lejos delante de nosotros y Carmen pudo convencerse cien veces
de que yo la quería mucho. En el pintoresco pueblecillo de Mixcoac nos
desayunamos con sendos vasos de leche que mi ídolo apuró con un apetito que habría
sonrojado a un poeta romántico. Yo era uno de ellos según el parecer de Carmen.
Era, pues, un amor suizo el amor que concebía mi novia. Había en él algo de
fresco, de campesino, de tísico, digamos la palabra, que desconcertaba todo mi
idealismo, pero que comenzaba a encantarme. Ejercía tal influjo sobre mí, que mí
corazón volaba tras ella como el buque por el rumbo que determina la brújula.
Empezaba a pensar con insistencia en la parte íntima de mi matrimonio: ¡oh, y lloraba
de contento a solas cuando me figuraba ver en mi derredor unos pimpollos, los hijos
de Carmen, mis hijos!
Pero ella era esbelta y tenía ojos negros y gustaba del lujo y de las novelas, y
todos ésos eran defectos desconocidos en la patria del amor suizo. ¿Qué era pues? Yo
he tenido con frecuencia supersticiones que me han hecho padecer mucho porque son
insensatas; Carmen, sin embargo, reía de tan dulce modo cuando reía, que no podía
ser Satanás; y luego… yo la habría amado de todos modos.
Terminado el desayuno seguimos hasta San Ángel. Nuestro primer cuidado fue ir
al sitio en que nos habíamos conocido. Estaba el semi-abandonado parque lleno de
flores silvestres; el sol penetrando por entre las hojas plateadas de los álamos teñía
aquella vegetación con algunos tonos calientes y exquisitos. Después de una oración
de Carmen a su santa patrona en la iglesia vecina, después de un rato delicioso de
charla y de besos, de lágrimas y risa, que por lo argentino y sonoro parecían
variaciones sobre el tema que cantaba la fuente en cuyo brocal estábamos sentados,
juramos amarnos eternamente y pasar ahí nuestra luna de miel.
—Lo más pronto posible —decía don Germán cuando en su coche de viaje
volvíamos a Tacubaya.
❖ ❖ ❖
Había vuelto al colegio. Poco tiempo podía dedicar a mis libros ocupado, como
estaba, en hojear con enfermiza impaciencia el libro de mi corazón. ¡Ay!, leía con
avidez las páginas de amor y de ventura que tenía entre las manos; algo me decía
(¿sería quizás el miedo a la felicidad?) que esas hojas eran las últimas, las únicas
luminosas del libro de mi vida. Volvía como después de una peregrinación inmensa a
encerrarme en aquella casa severa y tranquila, que amortigua en su gran masa de
piedra gris el himno fervoroso que la juventud levanta a todo lo bello, a todo lo alto.
Aquellos de mis hermanos que antes fueron los confidentes de mis ilusiones y de mis
esperanzas, se alejaban de mí, silenciosamente, como del lecho de una persona
dormida.
Mi corazón, rodeado de aquella calma, era el buque que se incendia en la
superficie serena del océano. Impulsado por una fuerza irresistible, abandonaba mis
cielos de ilusión poblados de tantas visiones radiosas, de tantos encantos, y, llorando,
como cuando se deja el país natal, habría querido besar cada corona, arrodillarme
ante cada estrella. Y bajaba siempre. A veces mi voluntad rebelada pugnaba por
abandonar la fatídica pendiente, arrojándome a un lado de ella, por entre las flores que regara un día con las aguas más puras de mi corazón. Pero la fuerza misteriosa
me impelía y se desgarraban mis manos al querer detenerme en las aristas de mis
palacios encantados, y los ángeles de mis sueños huían deslizando entre mis dedos
los pliegues de su ropaje espectral. Comprendí entonces que en aquella descensión
iba dejando mi vida a jirones. Al fin, abajo, entrevi una lápida sobre la que no había
ni una flor, ni una sola de esas que Carmen deshojaba todos los días entre sus dedos
blancos. ¡Cómo habría reído ella de todo este lúgubre romanticismo!
❖ ❖ ❖
Carmen, mi madre me llama; dice que va a morir. Yo creo que esto es imposible.
¿Por qué morir? Mi madre es todos los rayos del Sol de mi mañana; mi madre
explica mi vida; sin ella sería un enigma para mí mismo. Pídele a Dios que viva.
¡Oh, Dios mío!, su carta está escrita por una mano temblorosa, sus letras están
borradas por las lágrimas. ¿Entiendes, Carmen, entiendes, vida mía? Es mi pobre
cuna blanca que se va, que se pierde en la sombra. Adiós, esposa mía, reza por mi
madre, reza por mí.
Manuel
Soy un criminal; mi madre se moría mientras yo me aletargaba en un amor que no era
el suyo. ¡Oh, no, madre mía, yo no te olvido un instante! ¡Que vaya a verte morir!
¿Quién piensa en eso? A hacerte revivir con todo el calor de mi sangre, con el deseo
infinito, inextinguible de que no te separes de mí. Aguárdame, aguárdame, no tardo;
necesito volar. Señor, Señor del cielo, concédeme que yo la abrace, que yo me muera
con ella. ¡Pobrecita! Enferma, sola, y nada me había dicho. Soy un criminal… ¡Ah,
Carmen!
❖ ❖ ❖
¡Qué largo viaje, Dios mío!
Bajé del coche, crucé una larga calle de árboles, y llegué a la puerta de mi casa.
Latía mi corazón violentamente a la vista de aquellos muros despintados, de aquellos
vetustos balcones de madera. Durante mi ausencia habían aumentado las placas de
verdín en las paredes bajas, y las canales obstruidas por la hierba indicaban que el
ama no podía cuidar de ellos.
Tenía dos pisos; en el bajo estaban las bodegas donde se depositaba la panela, el
azúcar, el aguardiente. En el alto había dos grandes piezas con sus balcones desde
donde se percibía la serranía lejana. En uno de esos cuartos mi padre arreglaba, en días mejores, las cuentas de nuestra pequeña heredad; en el otro mi madre,
teniéndome sobre sus rodillas, me adormecía cantándome canciones que a mí me
parecían celestiales, mientras la brisa que hacía sonar los cañaverales, atenuaba el
sofocante calor del día.
Allí me esperaba; entré; quería hacerlo poco a poco, quería evitarle la emoción,
pero fue imposible, corrí hacía ella, me arrojé sobre ella. Pasó una hora en aquella
caricia muda, después de una ausencia de diez años y a punto de separarnos de nuevo
¡ay, por tanto tiempo! Luego se empeñó trémula, fatigada, exánime, se empeñó en
ponerse de rodillas, sostenida por mí, y habló con Dios de gratitud, de amor. Me tomó
por la barba, en seguida, y cubriéndome de besos, murmuraba:
—Estás hecho un hombre, hijo, Manuel mío, pero ¿qué hiciste de tu risa de ángel,
de tus cabellos rubios? Este rizo es tuyo (me mostraba un relicario que tenía
pendiente del cuello). Lo corté de tu cabeza poco antes de que fueras a Méjico, ¿te
acuerdas cuando me preguntabas por qué lloraba tanto? ¿Cómo querías que no
llorase, añadía besándome de nuevo, si era para mí una necesidad ver tu carita, oír tu
voz, contemplar tus ojos que yo sabía leer como en un libro abierto y sentirte, sentirte
siempre en torno mío?
Y yo cubría de lágrimas sus dos manecitas blancas aún y delicadas.
—Eso es lo que me ha matado, hijo mío, poco a poco, pero de un modo seguro.
Yo no te lo escribí nunca, porque no quería distraerte en tus estudios, pero de repente
me entraban unas ganas locas de correr a Méjico, de instalarme allí contigo; mas
luego pensaba que si abandonaba estos pobres negocios nuestros, ¿cómo podrías vivir
allí? Y entonces prefería quedarme, me consolaban tus cartas y tus versos… ¡oh, tus
versos! ¡Ya verás como ahora sí voy a dormir bien!, no he dormido bien desde que te
fuiste; sí, voy a dormir, repetía con inefable tristeza.
Durmió en efecto; yo la velaba, cuidaba de ella y las horas pasaron largas,
eternas; yo sabía que no tenía remedio. Estaba yo en el corredor, sin saber qué hacer,
sin pensar, cuando me llamó. Me arrodillé junto de su lecho y puse una de mis manos
debajo de su boca crispada, angustiada, trémula; su voz estaba en fuga ya, venía de
lejísimos, apenas la oía yo.
—Manuel, Dios quiere que te deje, Dios quiere que parta cuando ibas a
necesitarme, cuando mi cariño iba a ser un refugio para ti. Hijo (aquí una pausa llena
de febril fatiga y de sollozos) recibí tu carta ¿mas cómo contestarla? Era preciso
verte. ¡Ya estás aquí, Dios te bendiga, y si ella te ama, Dios la bendiga! Ámala
mucho; dices que es buena, que es bella, pues reconcentra en ella todo tu cariño; ya
pronto no tendrás que dividirlo con tu pobre madre que se va. Si te quiere, si se
quieren, si es honrada, si es pura, entonces recogerás la cosecha en tus hijos, en la
alegría de tu casa, en la tranquilidad de tu alma. Mas si alguna vez (¡oh, eso no será,
porque yo se lo pediré a Dios desde la tumba!), si alguna vez llega a hacerte sufrir,
entonces (y me apretaba la mano convulsivamente), entonces trabaja hasta rendirte,