Delito en la Piel
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Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
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Val McDermid
Delito en la Piel
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Capítulo 1
La muerte de un niño siempre provoca dolor: a familiares, amigos e incluso a extraños. Si esa muerte es un asesinato, al dolor se le añade la ira.
La única diferencia es que hay más extraños implicados: los médicos deben discernir cómo sucedió; la policía tiene que averiguar quién lo hizo; los periodistas se lanzan sobre el caso como abejas sobre la miel. Todo el mundo se lo toma a pecho.
Así sucedió cuando murió Katie Farrell. Desde el principio fue evidente que el fuego que acabó con su vida no había sido accidental. Los bomberos olieron a gasolina en cuanto llegaron. Además, el incendio se había originado justo en la puerta de su habitación, un lugar donde la gasolina no pintaba nada. El resto de los ocupantes de la casa (su padre, su madre y la joven española que se encargaba de las comidas y del cuidado de Katie en ausencia de éstos) consiguieron escapar con relativa facilidad. Pero la niña no. Katie no tuvo ninguna oportunidad.
Me llamo Andy Martin y soy policía. Me enteré de la muerte de Katie Farrell por una llamada telefónica que me despertó alrededor de las dos de la madrugada. No suelo ocuparme de esa clase de delitos. Mi campo de actuación es el crimen organizado y mi equipo trabaja en casos contra grandes criminales: gángsteres, extorsionadores, traficantes de drogas, ladrones a gran escala. Basura, sí, pero no precisamente la clase de basura que quema a una niña de nueve años en su propio cuarto.
Requirieron mis servicios porque Katie Farrell no era una niña cualquiera.
Era la hija de Jack Farrell, y yo era el experto mundial en Jack Farrell.
Siempre que su nombre aparecía en cualquier ordenador de la policía,
saltaba un aviso que decía: «Llamar al inspector jefe Andy Martin». Farrell no tenía antecedentes, pero eso no significaba que fuera un hombre inocente. La gente de Farrell estaba involucrada en casi cualquier actividad delictiva que se os ocurra: drogas, armas, putas, porno. Podéis nombrar cualquier delito y seguro que ellos tienen algo que ver. Compraban y vendían vidas humanas como si fueran gangas de eBay. Llevábamos años detrás de Jack Farrell, pero nunca habíamos conseguido echarle el guante.
Seguía siendo lo que conocemos como un tipo limpio: alguien sin antecedentes criminales, lo que significa que posee todos los derechos y libertades de que disfrutan los ciudadanos decentes. Pero yo sabía la verdad.
Y le tenía tantas ganas a Jack Farrell que casi podía masticarlas.
De modo que me llamaron, claro. Porque Katie Farrell estaba muerta.
Muerta de una manera que indicaba que alguien había decidido herir a su padre donde más le doliera.
Cuando llegué a Hampshire, Jack Farrell estaba descalzo en la puerta de una casa cuyas dimensiones eran casi la mitad del estadio de Wembley. A excepción de los pantalones cortos y una manta que alguien le había echado sobre los hombros, iba desnudo. Parecía que el muerto era él.
Aquella noche vi dos cosas que no había visto antes. Vi a un hombre cuya hermosa vida había quedado destrozada de un solo golpe. También vi los tatuajes de Jack Farrell.
Me los habían descrito: colores vivos, dibujos dramáticos, los mejores ejemplos de la habilidad de un artista del tatuaje. Un dragón le cubría el torso: la cola desaparecía en la cinturilla del pantalón corto sólo para resurgir cruzando el muslo izquierdo. Cada escama verde estaba limpiamente grabada. Una lengua de fuego escarlata lamía el lado derecho de su pecho, ascendiendo hacia el hombro. En un brazo distinguí a un guerrero samurai, con la espada en alto como si se dispusiera a atacar al dragón. En el otro brazo, una hermosa mujer cubría su desnudez con las manos y una larga mata de cabello rojo. Era una historia sin palabras, escrita sobre el cuerpo de Jack Farrell.
También era una historia que solía mantener oculta. Durante todo el tiempo que llevaba vigilando a Farrell, nunca le había visto en manga corta. A diferencia de muchos criminales, que exhiben los tatuajes como si fueran una prueba visible de su dureza, el arte del cuerpo de Farrell quedaba reservado para la intimidad. Había oído que se quitaba la camisa cuando estaba a punto de matar a alguien a sangre fría. Por la calle corría la leyenda de que los tatuajes de Jack Farrell eran lo último que habían visto en este mundo algunos chicos malos. Era otra forma de asegurarse de generar temor en sus oponentes.
Pero aquella noche Jack Farrell no habría asustado a nadie. El fuego le había robado algo más que a su Katie. Era una cáscara vacía, todo su fuego interno se había desvanecido. Acompañé al policía que se ocupaba oficialmente del caso cuando fue a hablar con él, y era como hablar con alguien que ya se ha ido para siempre.
Procedimos a formular las preguntas de rutina a las que Farrell contestó como si fuera un robot.
–¿Advirtió la presencia de algún extraño, de alguien que no debía estar aquí? – preguntó el policía.
Los ojos de Farrell perdieron su expresión vacua y su cuerpo se tensó.
–Si hubiera notado algo, me habría encargado de ello -espetó.
–¿Qué quiere decir con que «se hubiera encargado de ello»? – pregunté.
La mirada de Farrell me recorrió desde la cabeza hasta los pies. Parecía a punto de recuperar sus fuerzas, como si acabara de percatarse de que quizá la muerte de Katie no fuera lo único malo que podía sucederle esa noche.
–Habría llamado a la policía -dijo él-. ¿Qué creía que quería decir?
No contesté y me limité a sostenerle la mirada. Al final fui yo quien rompió el silencio.
–¿Y algún enemigo? – dije-. ¿Hay alguien que pueda tener algo en su contra? ¿Alguien a quien pueda haber provocado?
Mantuve la voz firme y tranquila, actuando como si no tuviera la menor idea de la clase de vida que llevaba Farrell.
–¿Está intentando decirme que es culpa mía? – El robot se había esfumado y de la sombra había surgido un hombre que sufría. La emoción contrajo su rostro-. Esto no es normal. Esto no es lo que sucede cuando cabreas a alguien. Esto tiene que ser obra de algún tarado.
Se dio la vuelta, ajustándose la manta como si de repente hubiera caído en la cuenta del frío que hacía.
–Dejen que llore a mi hija en paz -dijo, en voz tan baja que casi no llegué a oírle.
Se alejó. Me dispuse a seguirle, pero el policía local me agarró del brazo.
–Por el amor de Dios -dijo éste, mirándome como si yo no fuera humano-.
Ese hombre acaba de perder a su hija.
Me desasí de su mano.
–No tienes ni idea de con quién estás tratando, ¿verdad? Deja que te cuente algo sobre Jack Farrell: si creyera que matar al crío de alguien era la mejor manera de llamar su atención, lo haría sin pensárselo dos veces. La única sorpresa es que alguien tuvo los huevos de hacérselo primero.
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Capítulo 2
Cuatro horas más tarde nos unimos al equipo local. Mi jefe habló con quien estaba al mando y dejó claro quién dirigía el cotarro: nosotros. No les hizo mucha gracia, sobre todo porque seguirían ocupándose del trabajo pesado mientras nosotros nos sentábamos a la sombra y nos apuntábamos el tanto.
Repartí las tareas durante la reunión matutina. Envié a un equipo a ver a la mujer de Farrell, Martina, que estaba encerrada en su piso de Chelsea. La niñera española había sido ingresada en el hospital, intoxicada por la inhalación de humo, de modo que envié a otro grupo para que la interrogara tan pronto como se hubiera recuperado.
Por supuesto, no tenían ni idea de dónde se había metido Jack Farrell. Poco después de hablar con él, había aparecido un Jeep Cherokee conducido por un individuo rapado al que identifiqué como uno de los hombres de confianza de Farrell. Éste había subido al vehículo y se habían largado.
Supuse que los polis locales habían exigido saber adonde se dirigían. Pero no. Le habían dejado partir Dios sabe dónde sin anotar nada más que el número de teléfono de su abogado.
Sin embargo, eso no me preocupaba. Aunque ellos no supieran dónde estaba Jack Farrell, yo me lo imaginaba. Sabía que era un hombre de costumbres fijas. Le habíamos seguido de cerca hacía unos meses y su rutina diaria no se alteraba nunca. No necesitamos muchos días para comprender cómo había conseguido mantenerse limpio durante tanto tiempo. Sabía exactamente cómo llevarnos un paso de ventaja. Vigilarlo era absurdo: Jack Farrell nunca daba un paso en falso. Llevo en este trabajo media docena de años y nunca me he cruzado con nadie que se tomara tantas molestias para asegurarse de seguir intocable.
Cité a los dos detectives de la policía local que estimé menos imbéciles.
–Espero que a estas alturas os hayáis dado cuenta de que Jack Farrell es un mal bicho. Ahora quiero que volváis a hablar con él -dije-. No insistáis demasiado: limitaos a repasar los acontecimientos de anoche una vez más.
Pero presionad un poco en el tema de por qué alguien querría atentar contra su encantadora hijita.
Intercambiaron miradas cargadas de incomodidad.
–Ignoramos dónde está Farrell, señor Martin -dijo el más joven, con el cuello rojo de vergüenza.
–Ya lo sé. Y tampoco es que pueda afirmar con seguridad dónde se encuentra en este mismo instante. Pero creo que sé dónde podemos pillarle.
Así es como solían ser todas las mañanas antes de hoy. A las siete y media un BMW negro cuatro por cuatro se acerca a las puertas de la mansión de Jack Farrell. Al volante va Francis Riley, más conocido como Fancy, el número tres del equipo de Farrell. El asiento del copiloto lo ocupa Danny Chu, el número dos de Farrell.
»El coche asciende hasta la casa y Farrell sale vestido con pantalón corto y camiseta de jogging. Chu, ataviado de la misma guisa, se apea del todo terreno y recoge un porta trajes de manos de la niñera española, que le espera en la puerta. Mete el porta trajes en el coche, y luego Chu y Farrell empiezan a correr a ritmo no demasiado rápido. ¿Me seguís?
Los dos hombres asintieron como si fueran un par de marionetas.
–Tras correr casi cinco kilómetros campo a través, los dos entran en el aparcamiento de Smithson, que, según tengo entendido, es el club de ocio más selecto de Hampshire. Allí les aguarda Fancy Riley con el porta trajes.
Los tres entran juntos. Chu se dirige al baño de vapor mientras Riley y Farrell nadan veinte largos y luego pasan diez minutos en la bulliciosa sauna del club.
»Después se sientan a desayunar. A la misma mesa todos los días. Hablan de deportes, de sus familias y de los mercados bursátiles.
Lo sabía porque habíamos instalado micrófonos en la mesa. Pero no hay forma de pinchar una piscina o una sauna. Y aunque los polis de la tele hagan cualquier cosa, lo cierto es que en la vida real resulta casi imposible captar una conversación entre dos hombres que corren por el campo.
Un par de días siendo la sombra de Jack Farrell fueron suficientes para enterarnos de cómo funcionaba su imperio. Chu y Riley informaban a Farrell durante los ejercicios matutinos y Farrell dictaba sus órdenes a esa misma hora. Nunca hablaban de negocios ilegales en coches, oficinas, hogares o restaurantes a los que acudían habitualmente. En cualquier lugar donde pudiera ser escuchado electrónicamente, Jack Farrell aparecía como Don Limpio. La rutina era una fuerza. Pero también podía convertirse en una debilidad.
Sonreí a los dos polis rurales.
–Y es ahí donde vais a encontrar a Jack Farrell: en pantalón corto en el aparcamiento de Smithson. Teniendo eso en cuenta, sólo vais a estropearle el desayuno, ¿está claro?
Parecían algo dubitativos. El más joven, un chaval pelirrojo con pecas que parecían un sarpullido, dijo:
–Su hija acaba de morir. ¿Cree que estará nadando en la piscina del club? –
Su voz fue convirtiéndose en una especie de quejido al final de la frase.
El sargento Ben Wilson, mi hombre de confianza en todas las operaciones a gran escala, se inmiscuyó en la conversación.
–Bueno, ahora ya no tendrá que preocuparse de quién va a buscarla al colegio, ¿no?
Los dos agentes se quedaron como si hubieran recibido una bofetada. Lancé una mirada dura a Ben. Los polis locales de bajo rango nos odian por meternos en su camino. No hace falta darles más motivos para su falta de aprecio.
–No le hagáis caso -dije, intentando imprimir a mi voz un tono de colegas-.
Lo criaron los lobos. Y sí, creo que Farrell estará en el gimnasio y voy a explicaros por qué.
»Quienquiera que hizo esto, pretendía la caída de Jack Farrell. Ya fuera por venganza o por arrebatarle los negocios, ha sido un golpe bajo. Llevo mucho tiempo vigilando a Farrell y creo que se han equivocado. La muerte de Katie no hará que Farrell tire la toalla. Aun al contrario, hará que clave los talones en su Terreno: no sólo seguirá al mando, sino que aplastará a cualquiera de quien sospeche que ha tenido algo que ver con lo que le ha sucedido a su hija. Así que hoy tiene órdenes que dar. Y ésa, chicos, es la razón por la que estará en el gimnasio en un día como hoy.
Los envié hacia allí, con el convencimiento de que tenía razón.
Dicen que el orgullo precede a la caída. De modo que debería haber estado preparado para el hecho de que, a la hora del almuerzo, todo estuviera cabeza abajo.
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Capítulo 3
El primer equipo en regresar fue el que había enviado a hablar con Martina al blanco y mullido apartamento con vistas al río. Tan pronto como entraron supe que las cosas no habían ido bien. Cabizbajos, con los hombros hundidos, habían perdido el aire resuelto con que habían abandonado la oficina unas horas antes.
Se acercaron a la mesa que yo había invadido.
–¿Y bien? – pregunté, enarcando las cejas.
–No, nada ha ido bien -dijo la agente de policía-. Está en el limbo.
–Está en otro planeta -convino su compañero-. Sedada. Y no hablo de la clase de drogas que uno toma cuando sale de fiesta el fin de semana. Más bien de la clase que te administran los médicos cuando quieren que dejes de pensar en que tu hija ha muerto.
–El médico la ha dopado hasta las cejas -dijo la mujer-. No vamos a sacar nada de ella. Al menos no en esta vida.
–¿Creéis que el médico obedece órdenes de Farrell? – pregunté.
Me interesaba qué opinaban personas que hasta ahora no habían tenido nada que ver con Farrell.
La mujer se encogió de hombros.
–Perder así a un hijo debe de darte ganas de escapar de todo. Creo que el médico le está dando lo que ella quiere.
–Sí, y cuando vuelva de su paseo espacial quién sabe qué recordará -añadió su compañero con aire taciturno.
Tuve que darle la razón. Martina no iba a sernos de mucha utilidad. En ese estado no podía decirnos nada sensato sobre quién podía querer prenderle fuego a su hija ni por qué. Y algo más importante, en lo que respecta a su marido tampoco podría decirnos dónde estaba o en qué andaba metido.
Las cosas empeoraron cuando regresó la segunda unidad, a la hora del almuerzo. Habían salido con aspecto decidido y diligente, el aire que adoptan los jóvenes policías cuando tienen una tarea que cumplir. Ahora se les veía deprimidos, más avergonzados que enfadados a diferencia de la pareja anterior. El corazón me dio un vuelco. «Eso es lo que se consigue cuando se envía a chicos a hacer un trabajo de hombres -pensé para mis adentros-. Los han vencido.»
En realidad era aún peor.
–Se ha largado -dijo el más bajito y delgado de aquel par que recordaba a Laurel y Hardy. Aunque no había mucho de lo que reírse.
Hardy asintió con semblante desgraciado.
–Ni idea de su paradero. El hospital la trató por los efectos del humo y luego le dio el alta. Teníamos a un par de chicos esperando para hablar con ella, peto dijo que estaba demasiado afectada. Dijo que Farrell le había ordenado que se instalara en un hotel de la zona, de modo que nuestros chicos la llevaron hasta allí. Pero no se registró.
Se miró los zapatos. Parecía tan impresionado como sus colegas como yo.
–Fantástico -dije en tono amargo-. Supongo que no se os ocurriría comprobar si había ido a cualquier otro hotel, ¿verdad? ¿Sólo por casualidad?
–Por eso hemos tardado tanto -señaló el más delgado-. No se ha registrado en ningún hotel de por aquí.
Suspiré y moví la cabeza.
–De acuerdo. Supongo que ya es demasiado tarde, pero comprobad los aeropuertos y las líneas aéreas. Veamos si Manuela se ha largado ya a España. Y, de no ser así, controlad todos los puntos de salida.
Los despedí con un gesto y me giré para enfrentarme a Ben Wilson.
–Empiezo a dudar de si tenía razón en lo de que Farrell se atendría a su rutina diaria -dije.
Ben masticó con fuerza el chicle de nicotina mientras su cara de bulldog dejaba traslucir una mueca de disgusto.
–No tardaremos en enterarnos -dijo, señalando la puerta-. Ya están aquí. Y
parece que vienen con las manos vacías.
Seguí la dirección de su mirada. Los dos chicos que había enviado en busca de Jack Farrell acababan de entrar. Entre ambos, donde debía haber estado Farrell, había un espacio vacío.
–No se presentó, jefe -dijo el pelirrojo tan pronto se hubo acercado lo bastante para no tener que gritar.
–No soy tu jefe -corté tajante-. De lo cual me alegro, la verdad. ¿Estáis diciéndome que Jack Farrell no se ha acercado hoy al Smithson?
Ambos asintieron.
–¿Qué hay de Danny Chu y Fancy Riley? ¿Se dejaron caer por allí?
El pelirrojo lanzó una mirada rápida a su colega. Una mirada que decía:
«Oh, mierda». Ambos se movieron, incómodos.
–No importa -dije, con un suspiro-. De acuerdo, esto es lo que vais a hacer.
Llamad al abogado de Farrell y concertad una reunión aquí. Decidle que necesitamos tomarle declaración a Farrell sobre el incendio. Decidle que tiene que ser cuanto antes.
Se largaron, dejándome a solas con Ben.
–¿Qué opinas? – pregunté.
Ben escupió el chicle en la papelera y se encogió de hombros.
–Katie era su única hija. Tal vez esté destrozado por la pena de verdad.
Yo no estaba tan convencido por ese argumento.
Y menos aún cuando el gordo al que había puesto tras la pista de Manuela vino a verme al cabo de un rato.
–Viajaba en el primer avión que salió de Heathrow en dirección a Málaga.
Aterrizó hace tres horas, pero no ha aparecido por casa de su familia -dijo él-. La policía española lo ha comprobado. Sus padres viven a una hora del aeropuerto y afirman que no tenían la menor idea de que su hija fuera de camino. Y tampoco tienen ni idea de dónde puede haberse metido.
Como la mayoría de los gángsteres ingleses, Farrell tenía contactos en España. Es de suponer que fue así como consiguió los servicios de Manuela. Todavía resulta fácil desaparecer allí: demasiados turistas, demasiados trabajadores temporales. Recuerdo que una vez hablé con un poli español que me dijo que había algunas partes de su país donde la población era casi toda extranjera. Un lugar así sería el refugio perfecto para esconder a una jovencita española a la que se quiere apartar de la circulación durante un cierto tiempo. Por la razón que sea.
Miré a Ben.
–Farrell ha tenido cordura suficiente para quitar de en medio a la niñera -
dije, con una mueca-. ¿Todavía crees que el dolor le ha hecho perder la cabeza?
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Capítulo 4
El abogado nos devolvió la llamada a última hora de la tarde. Su nombre era Max Cárter y su voz me sacaba de quicio, dijera lo que dijera. Hacía que el príncipe Carlos sonara vulgar como un ratero. La buena noticia era que Jack Farrell deseaba reunirse con nosotros en el despacho del abogado a la mañana siguiente.
–Preferiría que el señor Farrell se desplazara hasta la comisaría de policía -
repuse-. Tengo muchas cosas que hacer mañana y me gustaría que hiciera una declaración formal.
–Todos somos hombres ocupados -dijo Cárter en un tono tan altivo que me dieron ganas de abofetearle-. Sin embargo, ninguno de nosotros ha perdido un hijo en las últimas veinticuatro horas. El señor Farrell merece nuestra compasión y consideración, y una comisaría no está preparada para proporcionar ninguna de las dos cosas, inspector jefe. ¿Quedamos a las diez treinta en mi despacho?
No tenía elección, así que accedí. Tras colgar el teléfono, me giré hacia Ben y le expliqué lo de la reunión.
–El despacho de Cárter está en una de las torres de Canary Wharf. Quiero a una pareja de agentes en todas las salidas de la planta baja y dos coches que controlen el aparcamiento subterráneo. Intenta conseguir los planos del ayuntamiento, sólo para ir sobre seguro. Farrell no saldrá de allí sin una unidad que le siga.
–De acuerdo, jefe -asintió Ben-. ¿Quieres que pinché el teléfono del abogado?
–Debe de suponer que ya está pinchado. Además, no tiene sentido. Todos
nuestros movimientos sólo nos demuestran lo astuto que es Farrell. Incluso ahora que ese capullo se ha apartado del mundo, los muros siguen firmes.
Tal vez prefieras pinchar a algunas de nuestras fuentes habituales y ver si podemos seguirles la pista a Danny y a Fancy.
Me callé de repente cuando una mujer alta se detuvo frente a mi mesa. Su espeso cabello negro tenía una distintiva mecha plateada que le caía sobre una de las orejas. Sonreí al verla.
–Estás un poco fuera de sitio, ¿no? – dije.
–Podría decirte lo mismo -replicó ella.
Señaló hacia la silla de Ben y él se levantó con una sonrisilla retorcida. Ella se instaló en el asiento y apoyó los pies en la papelera con un suspiro de placer.
Siempre he admirado a las mujeres que saben defenderse solas. La doctora Stella Marino tenía valor suficiente para representar a todo su sexo. Durante los últimos cinco años ha estado diseccionando cuerpos para mí. A diferencia de los que acuchillaba Farrell, aquellos con los que Stella trabajaba ya estaban muertos.
–Ya sabes que no soy vuestra forense particular -dijo ella-. No sois la única unidad de policía que necesita los mejores servicios.
–¿Estás aquí por Katie Farrell?
Ya conocía la respuesta, pero hay que seguir todos los pasos, incluso cuando se trabaja tan cerca de alguien como lo hacemos Stella y yo.
Stella asintió.
–Aunque sospecho que sólo debido al interés que sientes por su padre. No había nada en el cadáver que sugiriera algo distinto a lo que supusisteis a primera vista. Estaba en la cama. La causa de la muerte se debió a la
inhalación de humo. El cuerpo presentaba quemaduras graves, pero todas fueron post mortem. Presumo que eso puede servir de consuelo a los padres.
Intentaba no parecer aburrida, pero no lo consiguió. La pobre Stella se aburre mortalmente si el cadáver no ofrece alguna sorpresa.
–¿Estás diciendo que la persona que lo hizo no quería que sufriera? –
intervino Ben.
Stella se apartó un mechón de la cara en un gesto que me resultaba familiar.
–El motivo es asunto vuestro, Ben. Yo me limito a leer lo que está escrito en el cadáver. – Bostezó y se puso de pie-. Recibiréis el informe oficial dentro de un par de días.
–Te acompaño -dije, y fui hacia la salida detrás de ella. Cuando estuvimos fuera del alcance de los oídos de Ben, me dirigí a ella-: Ya sé que ha pasado bastante tiempo, pero creo que esta noche podría tener un rato libre. ¿Te apetece que lleve algo de comer y cenemos en tu casa?
Stella se mordió el labio.
–Es una buena idea, Andy; el problema es que me marcho a Estados Unidos a finales de semana y tengo un millón de cosas que hacer antes de irme.
–¿Estados Unidos? – Intenté no parecer decepcionado, pero debo reconocer que me costó. Lo admito, Stella y yo no somos lo que se conoce como pareja, pero tres o cuatro cenas al mes y alguna sesión entre las sábanas tampoco es que no sea nada-. Primera noticia.
Ya estábamos en el vestíbulo, codo con codo en el estrecho pasillo. Stella no aminoró el paso; siguió hacia los ascensores a la velocidad acostumbrada.
–Conseguí la oportunidad de pasar un mes en la Granja de Cuerpos -
explicó-. Ya sabes, donde…
–Sé lo que hacen allí -atajé-. Es difícil resistirse. Un mes viendo pudrirse cadáveres. El sueño erótico de cualquier forense. – Moví la cabeza y dejé que mi boca esbozara una sonrisa amarga-. Ni comparación con una velada conmigo tomando comida china.
Stella presionó el botón de llamada y dio media vuelta para verme cara a cara.
–Deberías oírte. Hay niños de cinco años que parecen más adultos. – Stella se rió y me plantó un suave beso en la mejilla. Olía, como siempre al final de una jornada de trabajo, al jabón de lavanda con que se frotaba la cara y las manos-. Bobo -añadió, acariciándome el brazo mientras se abrían las puertas del ascensor-. Nos vemos cuando vuelva. Y pobre de ti que encuentres algún cadáver interesante mientras tanto.
Fingí una sonrisa.
–Ya veré qué hago. Sólo por fastidiarte.
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Capítulo 5
El despliegue de efectivos llevaba ya una hora en sus puestos cuando empezó la reunión en el despacho de Max Cárter. Aunque se trata de algo que hacemos a todas horas, creo que aquella mañana estábamos un poco nerviosos. De algún modo, el juego se había alterado y daba la impresión de que aún no sabíamos cuáles eran las nuevas reglas.
Vimos a Farrell en cuanto Fancy Riley le dejó a las puertas del edificio, un poco antes de las diez. El cambio que se había operado en él era palpable.
Recorrió la corta distancia que le separaba de la puerta principal como un anciano, con los hombros hundidos y el paso vacilante. Iba cabizbajo, con los ojos clavados en la acera. Para ser sincero, de no haber estado esperándole habría podido pasar por su lado en la calle sin reconocerlo.
–Está hecho mierda -dijo Ben.
–No me extraña.
–¿Crees que es de verdad? – preguntó él.
–Tú eres el que tiene hijos -dije-. ¿Cómo te sentirías si en el depósito estuvieran Owen o Bethan?
Ben se tomó un momento para pensar.
–Furioso -dijo por fin, frotándose la pelusa rubia que cubría su cabeza calva-. Me sentiría furioso. Estaría ardiendo por echarle el guante a la persona que había matado a mi hijo. Estaría en guardia, con los puños en alto. Pero a Farrell se le ve derrotado: parece un hombre que ha tirado la toalla. La verdad es que nunca puedes saber cuál es el golpe que parte a alguien por la mitad. Antes nunca habría creído que Jack Farrell se tomara
esto agachando la cabeza.
Como sucedía a menudo, Ben había puesto el dedo en la llaga que me preocupaba. Jack Farrell era un hombre de acción. Lo habíamos comprobado muchas veces. Si alguien intentaba infligir un daño a su imperio, Farrell entraba en acción: se celebraba una de esas habituales reuniones matutinas, y Danny Chu y Fancy Riley se pasaban el día corriendo como si alguien les hubiera prendido una hoguera en el culo. En cuestión de días, Farrell volvía a estar en la cumbre, y con frecuencia más fuerte que antes. Y aquel que había sido lo bastante tonto para intentar ganarle nunca levantaba la cabeza de nuevo.
Claro que a nadie se le había ocurrido la posibilidad de hacerle algo tan personal. Y sin embargo, la idea de que Farrell reaccionara así era algo difícil de tragar.
Pero cuando entramos en el despacho de Max Cárter nos dimos cuenta de que era eso lo que íbamos a encontrar. Farrell ni siquiera levantó la cabeza al vernos. Estaba hundido en una silla, con el pelo grasiento y lacio, el traje arrugado y los ojos sin vida, como piedras. Resultaba difícil conjugar esta cáscara seca con el hombre que dirigía uno de los imperios del crimen más duros del país.
Cuando nos presentamos, aparentando ser miembros de las fuerzas de Hampshire, Farrell no hizo señal alguna de reconocerme de la noche del incendio. Cárter mantuvo una charla intrascendente mientras nos acomodaba alrededor de la mesita baja, pero no podía retrasar nuestras preguntas para siempre.
Llevé a Farrell a revisar los acontecimientos previos al incendio.
–No estaba en casa cuando se acostó Katie -dijo él, con voz lenta e inexpresiva-. Llegué muy tarde de una reunión en Londres. Pero entré en su cuarto cuando llegué a casa.
–¿Qué hora era? – preguntó Ben.
–Sobre las nueve y media -dijo Farrell-. Luego entré a darle un beso antes de acostarme. Como hacía siempre.
Y así prosiguió. Conectó la alarma. O al menos casi tenía la certeza de haberla conectado como solía hacer. Había grabado un partido de fútbol que se había jugado esa tarde así que se había ido a la cama para verlo allí.
Martina se había reunido con él en algún momento de la segunda parte, antes del gol del Arsenal. Justo antes de medianoche habían apagado la luz para dormir.
El olor a humo había despertado primero a Martina. Fue ella quien le alertó y él saltó de la cama.
–No, no miré el reloj -dijo con voz débil y triste-. Salí corriendo del dormitorio y vi humo en el pasillo.
Le interrumpí en ese momento y Ben sacó un plano de la casa. Esta estaba dispuesta como las tres caras de un cuadrado. La sección media incluía las habitaciones, del tamaño de salas de baile de un hotel. El ala derecha contenía el despacho de Farrell, la salita de Martina y el dormitorio de ambos. A la izquierda quedaba la sala de juegos de Katie, su habitación y las dos habitaciones de Manuela.
–Muéstreme dónde vio el fuego -dije.
Señaló el pasillo que conducía de su dormitorio a la zona del salón. Parecía distraído, aburrido, como si tuviera la mente en otro sitio.
–Corrí hacia el fuego. Para cuando llegué al pasillo principal, el humo era tan denso que no me dejaba respirar. No se veían llamas, el humo era demasiado denso. Pero sentí el calor.
Farrell había regresado como pudo a su habitación, tosiendo y con náuseas.
Martina ya había llamado a los bomberos. Juntos habían salido del edificio por la puerta del jardín. Farrell se había dirigido corriendo a la parte de la
casa donde dormía Katie. A unos metros de distancia se había dado cuenta de que era demasiado tarde. La ventana del cuarto de la niña era una pared de llamas. Cayó de rodillas, de cara a ella, con las lágrimas surcándole la cara, y no se movió de allí hasta que lo encontraron los bomberos.
Los bomberos también habían encontrado a Manuela desmayada en el suelo, junto a la silla que había usado para romper el cristal de su ventana.
Como todas las demás habitaciones de aquella ala de la casa, su cuarto había quedado devastado por el fuego. Según el jefe de bomberos, tenía suerte de estar viva.
–¿Es eso lo que cree? – dije a Farrell.
Por primera vez en toda la mañana, sus ojos recuperaron parte de su antigua chispa.
–¿Qué quiere decir?
–¿Cree que tiene suerte de estar viva? ¿O cree que está viva porque así lo planeó?
Movió la muñeca, como quien ahuyenta a una mosca.
–No sea estúpido -dijo-. Manuela adoraba a Katie. Eran como hermanas.
–Pero no eran hermanas. E incluso las hermanas tienen sus más y sus menos. Algo así resulta más fácil si se hace desde dentro. ¿Alguien podría haber convencido a Manuela?
Durante un momento vi cómo Farrell consideraba la posibilidad. Después negó con la cabeza.
–De ningún modo.
Le creí. Y pensé que comprendía la razón de su fe. El hecho de sacarla con
tanta prisa del país no había sido sólo para protegerla. También había sido para protegerse a sí mismo. Sabía que Manuela no había matado a su hija porque también sabía que la chica estaba enamorada de él. Yo no tenía forma de saber si él la amaba, pero me habría apostado la pensión a que apreciaba mucho los sentimientos de Manuela.
Y a que Martina ignoraba por completo aquella relación.
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Capítulo 6
Como era de esperar, Max Cárter nos echó de la oficina antes que a Farrell. No me habría extrañado que nos hubiera hecho seguir discretamente para asegurarse de que abandonábamos el edificio. Ben y yo cruzamos la calle y compramos unos carísimos cafés que tenían nombres más largos que la mayoría de las personas que conozco. Ben comprobó que todas las unidades siguieran alerta en sus puestos. Nos colocamos los auriculares para poder oír las radios y nos miramos apesadumbrados.
–¿Por qué tengo la sensación de que no vamos a ninguna parte? – dije.
–¿Tal vez porque eso es lo que Farrell quiere que sientas?
Di un sorbo. El café sabía a quemado. Me pregunté cómo tenían éxito esas carísimas cafeterías.
–Tal vez. O tal vez no. Esta mañana he recibido el informe preliminar del forense. No tienen ningún cabo del que tirar. La gasolina podía proceder de cualquiera de las tres mil gasolineras. Entraron por la puerta del jardín, al otro lado del pasillo, desactivando el sensor de la alarma de la puerta. No es que sea fácil, pero tampoco es física cuántica. No dejaron huellas, el cable que usaron para desactivar la alarma podía haber sido adquirido en cualquier parte. Cualquier otra prueba quedó destruida por el fuego.
–Es un cabrón, el fuego -dijo Ben.
Antes de que pudiera expresar mi asentimiento, el crujido de unas voces me llegó al oído.
–Se marcha -dije, escuchando con atención.
«Está en el ascensor número seis», oí. «Kirsty está con él. Bajando.»
Entró entonces la voz de la agente Kirsty Blythe: «Estamos en la zona más baja del aparcamiento. El sujeto se dirige a la izquierda». La energía estática resonó en mi oreja. Ya me había puesto de pie, había dejado el café y me dirigía a la puerta. Teníamos dos coches sin distintivo policial en el aparcamiento, uno en cada planta. «Mierda», oí decir a Kirsty. «Hay tres furgonetas blancas idénticas aparcadas una junto a otra. El objetivo está detrás de ellas. No veo en cuál se mete.»
Ahora ya corríamos, Ben y yo. No teníamos ningún plan claro de acción, excepto que no podíamos permanecer sentados sin hacer nada. Un taxi negro vino hacia nosotros y lo paré, sacando la placa del bolsillo y agitándola ante las narices del taxista cuando nos montamos en su vehículo.
–Da la vuelta para que podamos ver la salida del aparcamiento de aquel edificio -grité.
Hizo lo que le pedía, rezongando alguna ordinariez. Ya habíamos ocupado la posición cuando la primera de las tres furgonetas blancas salió del extremo de la rampa. La primera fue hacia la izquierda, la segunda y la tercera se dirigieron a la derecha. Nuestros coches sin identificación las siguieron de cerca, uno en cada dirección. Ordené al taxista que girara a la derecha.
Ben se comunicó por el móvil con el coche que nos precedía y le dio instrucciones de concentrarse en la primera furgoneta y dejar la segunda para nosotros. Pero yo sabía que nos habían jodido por completo. No es como en la tele, donde parece que seguir a un coche sin ser visto es pan comido. No se puede seguir a un vehículo sin que lo adviertan a menos de que dispongas de dos o más coches. Puede hacerse en las principales carreteras de la ciudad o en la autopista, pero en cuanto empiezas a circular por calles o carreteras secundarias, fin de la aventura. Tu objetivo sabe que estás ahí, así que o te pierde o te lleva en dirección errónea.
Nuestra furgoneta nos condujo hacia el norte, sin dejar de circular por vías
principales. Terminamos en la MII en dirección Cambridge. Después de una hora de estúpido viaje, la furgoneta salió de la autopista y se metió por caminos rurales, llevándonos por fin hasta el aparcamiento de un pub de pueblo. La furgoneta entró en él mientras nosotros aguardábamos, intentando aparentar que no había nada raro en un taxi londinense que estacionaba ante una posada de Essex.
El conductor de la furgoneta estaba al corriente, por supuesto. Se apeó, se dirigió a la parte trasera de la furgoneta, abrió las puertas y nos saludó.
–Gilipollas -masculló Ben.
–Ve a echar un vistazo de todos modos -dije.
Ben me lanzó una mirada resentida, pero hizo lo que le decía. Recorrió el sendero que nos separaba del aparcamiento, mirando de reojo la furgoneta abierta mientras se dirigía al pub. Entró. El móvil sonó un momento después.