Delito en la Piel
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Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
–Inspector Martín -dijo él, elevando la voz para que resultara audible por encima del ruido del tráfico. Me tendió la mano, un gesto que me sorprendió. Los polis no son muy propensos a ello. Se la estreché y él prosiguió-: John Burton, inspector Burton. Lamento mucho todo esto.
–Me reclaman a todas horas -dije, encogiéndome de hombros-. A veces se aviene con mis planes y otras no. No hay nada que lamentar.
Burton parecía perplejo.
–¿Nadie le ha informado?
–Lo único que recibí fue la orden de presentarme aquí -dije-. ¿Por qué?
¿Hay algo más?
Los ojos de Burton no paraban de recorrer el lugar. No podía centrarlos en mí, o en Stella, o en nada concreto.
–Dios -dijo en voz baja.
Me cogió del brazo e intentó apartarme del lugar.
Me solté con una sacudida.
–Diga lo que tenga que decir delante de la doctora Marino -dije-. Si el cadáver pertenece a uno de los míos, será ella quien haga la autopsia.
Burton se humedeció los labios.
–Siento mucho todo esto -repitió.
–¿Podemos ir al grano? – Intervino Stella-. Acabo de regresar de Estados Unidos y me gustaría echar un vistazo antes de desfallecer por falta de sueño.
Burton asintió y carraspeó.
–Conocemos la identidad de la víctima -dijo, sin mirarme a los ojos.
No tuve la menor intuición del desastre que se avecinaba. Ninguna en absoluto. Eso dice mucho del instinto policial.
–¿Sí? – dije, en cierta medida irritado ya con tantos rodeos.
Burton respiró hondo.
–Es su ayudante, el sargento Wilson.
Fue como un puñetazo en la garganta. No podía respirar y las piernas me
temblaban como si hubiera corrido una maratón. Noté la mano de Stella en mi brazo. Eso fue lo que me mantuvo en pie.
–¿Ben? – pregunté, sin querer creerle.
–No cabe la menor duda. Lleva su identificación y uno de mis hombres estudió con él.
Me sentí enfermo. Quería arrojarme al suelo y hacerme un ovillo. Pero mis sentimientos tendrían que esperar. Se imponía averiguar qué había pasado en este agujero: se lo debía a Ben.
–Voy a echar un vistazo -dije, pasando por delante de Burton.
–No me parece una buena idea -dijo él.
–Mi ayudante, mi caso -repuse con aspereza-. Ahora es mío.
Avancé hasta donde sabía que se hallaba el cuerpo, en el centro de aquel círculo de figuras ataviadas de blanco. Percibía la presencia de Stella a mi espalda.
Cuando vi lo que quedaba de Ben comprendí por qué Burton había intentado mantenerme alejado. Incluso Stella, que ha sido testigo de las peores aberraciones que un ser humano puede hacerle a otro, soltó un gemido de horror.
Ben estaba sentado, apoyado en uno de los pilares, con las piernas abiertas para que se mantuviera erguido. Tenía la cabeza inclinada hacia un lado: su aspecto habría sido normal de no ser porque no había ni rastro de la cara. Se la habían arrancado, como quien arranca el cuero cabelludo pero al revés: el pelo intacto, de rostro nada. Su torso estaba desnudo y un tajo lo atravesaba desde la garganta hasta el ombligo. Resultaba obvio que estaba vivo cuando sucedió: las manos se aferraban a los órganos internos como si intentara detener su salida.
Nunca había llorado antes en la escena de un crimen, aunque Dios sabe que he presenciado una buena ración de horrores. Pero lloré por Ben: lágrimas grandes rodaron por mis mejillas. Ni siquiera me molesté en secarlas. No me daba ninguna vergüenza mostrar mis sentimientos.
Al final me alejé. Stella estaba a mi lado, su rostro convertido en una máscara rígida.
–Adelante -murmuré-, encuentra algo que me ayude a atrapar a este cabrón.
–Si hay algo, lo encontraré -dijo ella.
Burton estaba justo a su lado.
–¿Cómo quiere que llevemos esto? – preguntó.
–Quiero que todo pase por mi mesa. Que su jefe hable con el mío. No quiero que se nos escape detalle alguno. Disponemos de información que vosotros no tenéis, pero la compartiremos si es necesario. Lo único importante es atrapar a la bestia que hizo esto. Y me da igual lo que haya que hacer para conseguirlo. En este caso me paso las reglas por el forro.
Burton asintió.
–Y no le culpo. Me aseguraré de que esté al corriente de todo.
Di un par de pasos hacia el coche y luego me paré.
–¿Quién lo encontró? – pregunté.
–Los bomberos.
–¿Los bomberos? ¿De qué va esto? – No podía ocultar mi sorpresa.
Burton señaló una zona con maleza quemada, a unos sesenta metros del cuerpo de Ben. Ni siquiera lo había visto. En ese lamentable estado estaba
mi habilidad policial en ese momento.
–Alguien había encendido un fuego -dijo él-. Una hoguera o algo semejante. Un vigilante del tren vio el humo cuando volvía a casa desde Paddington y llamó a los bomberos. Cuando llegaron, encontraron al sargento Wilson. – Burton desvió la mirada-. Suponen que no llevaba mucho tiempo muerto.
Intenté no pensar en ello. Conduje hacia mi oficina, aún dándole vueltas a lo del fuego. ¿Qué sentido tenía asegurarse de que se descubriera enseguida el cuerpo de Ben? ¿Por qué proclamar ese asesinato a los cuatro vientos? La mayoría de los asesinos prefiere que los cadáveres no salgan a la luz para así disponer de más tiempo para cubrir sus huellas.
Quien había matado a Ben quería que lo supiéramos. Nos enviaba un mensaje y quería que lo recibiéramos. Cuanto antes.
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Capítulo 14
Dicen que si un caso no empieza a estallar en las primeras veinticuatro horas, jamás lo hará. Nunca he trabajado en función de ese presupuesto. De haberlo hecho, no habría resuelto ni la mitad de los crímenes que he investigado. Si sigues insistiendo, algo aparece en el noventa por ciento de los casos. Pero tras cinco días sin obtener nada, empezaba a temer que el asesinato de Ben podría ser precisamente la excepción: el diez por ciento en el que no se abre grieta alguna.
No se debía a la falta de trabajo. Sabía que todos los agentes de mi equipo estaban haciendo horas extra, sin importarles si se las pagaban o no. Y de lo que decía John Burton se deducía que lo mismo podía aplicarse a su unidad.
Así son las cosas cuando cae un poli. Joey Scardino y Brian Cooper no habían pasado sólo a un segundo plano: no estaban ni en el mapa.
Apenas había visto a Stella desde la mañana de su regreso. Yo trabajaba desde la madrugada hasta la noche, y más aún. Sólo iba a casa para dormir unas cuantas horas cuando mi cuerpo y mi cerebro decían basta. Stella había realizado un informe de la autopsia de Ben: el más detallado que yo había visto nunca. Pero, aparte de eso, no tenía la menor idea de dónde estaba o qué hacía. Había demasiado en juego para preocuparse ahora de cómo cambiar las cosas entre nosotros. Eso tendría que esperar hasta que el asesino de Ben estuviera entre rejas.
Seis días después de que empezáramos la cacería del monstruo que había acuchillado a Ben, Stella se dejó caer en mi oficina con semblante serio.
–Tengo que hablar contigo, Andy -dijo ella, ocupando la silla que había frente a mí mesa.
No parecía haber dormido mucho más que yo en esos días.
–Siempre me alegra saber de ti, Stella. – No estaba flirteando, y ella lo sabía.
–Me he pasado los últimos días en una especie de limbo -dijo ella-. Sé que debería confiar en que mis compañeros cumplen con su labor correctamente, pero no puedo evitarlo. Acúsame de ser una controladora obsesiva, pero a menos que haya hecho la autopsia en persona siempre creo que podría encontrarse algo más.
Parecía algo avergonzada, pero no sé por qué. Yo soy igual.
–Y probablemente tengas razón. Al fin y al cabo, eres la mejor.
Me miró de reojo, como si no estuviera segura de que hablara en serio.
Después sonrió y se encogió de hombros.
–Lo que sea. En fin, una vez terminé con el cadáver de Ben, se me ocurrió que podía echar un vistazo al resto de los cuerpos que habían aparecido durante mi ausencia.
Abrió una de las carpetas que había traído consigo y me miró con ansiedad mal disimulada. Sentí un pellizco de temor.
–Quiero ser clara en este punto, Andy -dijo ella-. ¿Estás abordando la muerte de Ben en relación con estos recientes asesinatos o como un caso aislado?
Fruncí el ceño.
–¿Por qué iba a conectarlo con Joey Scardino y Brian Cooper? Los mataron porque alguien pretende apropiarse del imperio de Jack Farrell.
–No sé por qué -dijo Stella con aquella voz serena que suele usar cuando cree que debo calmarme-. Tal vez Ben se acercara demasiado y estuviera a punto de descubrir quién es el nuevo rey de la montaña y tuvieron que
hacerle callar.
Negué con la cabeza.
–Me habría informado de su descubrimiento. Ben y yo formábamos un equipo. No se habría guardado algo tan importante para él. Pero ¿a qué viene esta pregunta, Stella? ¿Qué quieres decir?
Stella sacó un puñado de fotos y las colocó encima de la mesa.
–Fue el mismo cuchillo el que acabó con Brian Cooper y con Ben, Andy. –
Señaló las fotos, mostrándome los puntos en que los cortes coincidían unos con otros-. Aquí, aquí y allí. Los mismos. Es un cuchillo poco corriente, por eso puedo afirmarlo casi con rotundidad. Creo que es uno de esos que se usan para cortar queso. ¿Sabes a cuáles me refiero? Tienen una hoja fina y curvada, con hendiduras para atravesar los quesos más duros. También terminan en dos puntas gemelas.
Señaló un par de fotos ampliadas.
–¿Ves? Marcas como éstas, una junto a otra. Creo que el asesino usó uno de esos cuchillos tanto en Ben como en Cooper.
Debía hacer un esfuerzo mental para aceptar el razonamiento de Stella.
–Es una locura. No se me ocurre ninguna razón por la que la persona que mató a Brian Cooper tenga a su vez algún motivo para acabar con Ben.
Stella parecía incómoda.
–¿Puedes escucharme un momento más, Andy? Todavía tengo algo que decirte. Algo que quizá nos ayude a desentrañar esto.
–De acuerdo -dije-. Cualquier cosa siempre y cuando consiga sacarme de la impresión de que me hallo en la ventana equivocada.
–Se me ocurrió que podía retroceder aún más y echar un vistazo al cadáver de Jack Farrell.
–¿Crees que alguien lo mató e intentó simular un suicidio? – pregunté-. Eso no se sostendrá, Stella. Su abogado autentificó la nota de suicidio. No leyó el contenido, pero sí vio cómo la firmaba.
Stella esbozó una sonrisa dura.
–No era eso lo que iba a decir, Andy.
–Lo siento. – Hice una mueca-. No debí anticiparme. Sigue. Dime por qué querías revisar el cuerpo de Jack.
–Por ninguna razón en concreto. Sólo que él está al principio de todo. Y me alegro de haberlo hecho, la verdad.
Abrió la segunda carpeta que traía. Desde donde me hallaba, pude ver diagramas de barras y fotos en color de una parte seccionada del cuerpo humano.
–Lo he comprobado tres veces para asegurarme de que tenía razón -dijo ella, mirándome directamente a los ojos-. Andy, no sé a quién tenéis en el depósito, pero lo que sí sé es que no se trata de Jack Farrell.
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Capítulo 15
Me quedé sin palabras.
–¿Qué quieres decir con que no es Jack Farrell? – dije-. Yo mismo realicé la identificación.
–Lo sé, consta en el informe. ¿Puedo preguntarte por qué la hiciste tú?
–La esposa estaba drogada hasta las cejas, no había forma humana de que lo hiciera. Y sabía que era él.
–¿Cómo lo sabías?
Stella me lanzó aquella mirada cautelosa, una que me dedica cuando cree que no me va a gustar lo que piensa decirme.
–Por los tatuajes -dije.
–Me lo imaginé -replicó ella, con una sonrisa amarga-. Pero te equivocaste, Andy.
–Oh, vamos, Stella -protesté-. No irás a decirme que hay dos tíos que van por el mundo con los mismos tatuajes. No me lo trago.
–Ya sé que resulta difícil de creer, pero si viste estos tatuajes cuando Jack Farrell estaba vivito y coleando, entonces éste no es su cadáver.
Me negaba a aceptarlo.
–¿Cómo puedes decir eso?
–Te voy a explicar algo sobre los tatuajes. Cuando te los haces, la tinta se filtra bajo la piel y penetra en tu sistema inmunológico. Es absorbida por la glándula linfática más próxima y allí se queda, almacenada durante lo que te queda de vida. Si abro las glándulas linfáticas una vez estás muerto, puedo ver manchas que me indican en qué parte del cuerpo tenías el tatuaje y de qué color era. De hecho, si el tatuaje es antiguo, los colores de la glándula linfática serán con toda probabilidad más vivos que los que se ven en la piel.
Estaba boquiabierto.
–Estás bromeando -dije, recordando cerrar la boca después de hablar.
–En absoluto: hablo totalmente en serio -dijo Stella-. La primera vez que me encontré con algo así fue en un torso que apareció entre el barro de la isla de los Perros. Fui capaz de concluir que aquel cuerpo había tenido un tatuaje rojo y azul en el brazo izquierdo y otro verde y azul en el derecho, un dato suficiente para deducir su identidad de entre la lista de personas desaparecidas.
–De acuerdo, de acuerdo. Pero todavía no veo qué relación tiene esto con Jack Farrell -dije.
–Las glándulas linfáticas del cadáver están limpias -explicó Stella, señalando algunas de las fotos.
–No capto.
–La tinta sólo es absorbida por las glándulas linfáticas si el sujeto está vivo.
Estos tatuajes se hicieron después de que el individuo muriera. No antes. –
Stella se inclinó hacia delante, con una intensa mirada en sus ojos-. Este cuerpo no puede ser Jack Farrell.
Cerré los ojos. Todo esto parecía una pesadilla. Respiré hondo y miré a Stella. No era culpa suya, pero la tenía delante.
–Si estás en lo cierto, eso significa que Jack Farrell mató a este tipo…
–O bien ordenó que lo mataran -intervino Stella.
–O bien ordenó que lo mataran. Después consiguió que tatuaran este cuerpo con una copia exacta de las obras de arte que adornaban el suyo, le destrozó la cara e hizo que pareciera que los cangrejos se le habían comido los dedos. – Me pasé la mano por la cara. El cansancio que adivinaba en mi rostro encajaba a la perfección con mi estado de ánimo-. Son pasos muy extremos para hacernos creer que está muerto.
–Por todo lo que me has contado sobre Jack Farrell, los extremos son un rasgo inherente a su persona -dijo Stella.
–Pero ¿por qué? ¿Qué sentido tiene? – hablaba en voz alta, pero lo hacía para mí mismo.
–¿Tal vez se asustó tras la muerte de su hija? ¿Tal vez creyó que él sería el siguiente? ¿O quizá se había hartado de vivir? – sugirió Stella.
–O quizá quería vengarse libre y alegremente -dije-. Con Farrell muerto, el asesino de Katie podría relajarse. Y eso facilitaría mucho las cosas a la hora de matarlo. – Apoyé la cabeza en mis manos-. Dios, esto le da la vuelta a todo.
De repente se me ocurrió algo. No era una idea agradable; el estómago me dio un vuelco y levanté la mirada.
–Antes hiciste un comentario acerca de que esto ayudaría a esclarecer los otros casos. La muerte de Ben. ¿Qué querías decir con eso? – Tenía una ligera idea, pero quería oírla de labios de Stella.
Ella negó con la cabeza.
–Ya sabes a qué me refiero, Andy. No pretendas que lo diga en voz alta por ti. No quiero que me culpes por ser la persona que ha dado voz a la idea. –
Recogió las carpetas y se puso de pie-. Lo siento, Andy. De verdad.
–Espera -dije-. Siéntate, por favor.
Tragué saliva. No se me da bien pedir favores, ni siquiera a alguien tan íntimo como Stella, así que debí de sonar muy brusco.
Stella hizo un gesto de negación y luego se paró. Supongo que leyó en mi cara que necesitaba algo de ella. Volvió a sentarse.
–Dime.
–Si Jack Farrell sigue vivo, sabemos quién mató a Joey Scardino y a Brian Cooper.
Hablé despacio, como sí demorarme en decirlo lo convirtiera en algo menos doloroso.
–Y también sabemos por qué -dijo Stella.
Asentí.
–Jack creyó que ellos eran los responsables de la muerte de Katie, o bien que sabían quién lo había hecho. – Tendí una mano y, sin tener que pedirlo, Stella me entregó la primera carpeta. La abrí-. Y la lógica nos dice que si el mismo cuchillo mató a Brian Cooper y a Ben, el arma fue usada por una misma persona.
–Diría que tiene sentido -accedió Stella.
–Lo que significa que Jack Farrell mató a Ben -dije, con voz inexpresiva.
–Y la lógica indicaría también que el motivo es el mismo -murmuró Stella.
De nuevo sentí ganas de llorar. Pero esta vez por una razón muy distinta.
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Capítulo 16
Después de que Stella se fuera, me quedé mirando a la pared durante un buen rato. Era como un buque a la deriva. En más de una ocasión había puesto mi vida en manos de Ben, y en otras tantas le había cubierto las espaldas. Habíamos formado equipo durante años, colaborando estrechamente en temas importantes. Le había expuesto mis ideas y él era muy hábil en descubrir las fortalezas y los puntos débiles de mi razonamiento. Juntos habíamos resuelto casos contra algunos de los peores canallas del país. Juntos los habíamos metido entre rejas durante mucho tiempo.
También habíamos sufrido fracasos, por supuesto. Jack Farrell no era el único «tipo limpio» que campo tranquilamente por la calle. Pero siempre creí que habíamos fracasado a pesar de poner todo nuestro empeño. Ahora daba la impresión de que la razón por la que algunos casos no habían progresado era la que más teme un policía: si el caso se había jodido no se debía a que hubiéramos metido la pata, sino porque mi hombre de confianza me la había jugado.
Me dolía, como hombre y como poli. Siempre me he considerado un buen juez del carácter de las personas. Siempre había creído que, en el fondo de mi corazón, notaría la presencia de un elemento corrupto en mi equipo.
Nunca se me había ocurrido dudar de Ben. Habría puesto la mano en el fuego por su honestidad. Y lo que era más importante, era mi amigo.
Nos habíamos emborrachado juntos, caído juntos, recuperado juntos.
Habíamos hallado las palabras y la confianza para abordar esos temas de los que tanto nos cuesta hablar a los hombres: amor, miedo, necesidades. Le había proporcionado excusas para su mujer, Karen. Había comido los domingos en su casa. Era el padrino de su hijo Owen. Y nunca había tenido motivo alguno para dudar de su sinceridad.
Incluso ante el argumento irrefutable que Stella había planteado ante mí, seguía costándome pensar lo peor de él. Seguí intentando buscar otra forma de explicar los hallazgos de Stella. Lo único que se me ocurría era que Farrell le había matado porque sabía que la muerte de un poli honesto como Ben desembocaría en un estado de caos tal que nos haría desviar la atención de los otros asesinatos.
Debo admitir que era un razonamiento débil. Farrell no tenía ninguna razón para sospechar que dudábamos de su muerte, de modo que no había ninguna necesidad de recurrir a golpes de efecto. Y matar a un poli era todo un golpe de efecto. Él tenía que saber que el asesinato de un policía conllevaría una búsqueda frenética por parte de las fuerzas del orden. Matar a Ben para desviar nuestra atención era pasarse de la raya.
No. Por duro que me resultara aceptarlo, el razonamiento de Stella sonaba a cierto. También explicaba por qué se había encendido un fuego. En parte, aseguraba que el cadáver se descubriera sin tardanza, pero también era un guiño, un modo de vincular la muerte de Ben con Katie Farrell.
A medida que esa idea penetraba en mi cerebro, sentí un escalofrío helado en las entrañas. ¿Y si el vínculo era aún más fuerte? ¿Y si el fuego pretendía transmitir un mensaje más claro? ¿Y si había sido el propio Ben quien había provocado el incendio que acabó con la vida de Katie?
Se me revolvía el estómago con sólo pensarlo. Ser buen padre formaba parte de la personalidad de Ben. Por supuesto, eso también implicaba que comprendía a la perfección la devastación que provocaría la muerte de la niña en Jack Farrell. No podía deducir la razón. De acuerdo, Ben siempre había sido un poli ambicioso: quería ascender y quería hacerlo rápido. No había motivo para pensar que podía actuar de otra forma en el lado contrario de la ley. Tal vez creyó que había llegado la hora de mover pieza.
Pero no se hallaba en posición de dirigir un imperio criminal como el de Farrell. Sólo se me ocurría que él podía haber sido un topo a las órdenes de Farrell. Y, por alguna razón, había acabado por traicionarlo y éste había
amenazado a su esposa e hijos. Tal vez se tratara sólo de una simple advertencia del estilo: «Sé dónde vives». Pero habría bastado para que Ben perdiera la cabeza por defender a sus hijos.
Gruñí en voz alta. Ésta era una de las ocasiones en que habría recurrido a Ben para exponerle mis ideas. Pero ahora no había nadie. No era que dudara del resto del equipo, aunque si Ben se había cambiado de lado, ya no sabía qué pensar de nadie. No, era simplemente que, con Ben fuera de juego, no había ninguna otra persona que supiera cómo trabajaba mi cerebro.
Nadie aparte de Stella, claro. Pero Stella no es policía. Es la mejor en su trabajo, pero nunca ha fingido saber cómo funciona el mío. No, en este caso estaba solo. Tenía que resolverlo por mis propios medios.
El tiempo supondría una forma de poner a prueba toda esta locura. Si seguían muriendo delincuentes significaría que estábamos en una guerra de bandas, en la que el pez grande engullía al chico. Pero si la cosa se detenía aquí, por fuerza nos enfrentábamos a algo distinto.
Sin embargo, «esperar a ver qué pasa» no es la mejor estrategia para luchar contra el crimen. Si bien es cierto que pueden resolverse cosas mientras estás sentado mano sobre mano, no obstante te arriesgas a que pasen un montón de desgracias antes de que llegues a dar con la respuesta. Y ya había tenido que tragar bastante mierda durante estas últimas semanas.
Me obligué a enderezarme y a tomar notas. Mi primera idea fue sacar de la calle a Fancy Riley y a Danny Chu, y apretarles las tuercas, pero la desestimé enseguida. Si ellos estaban en contacto con el nuevo Jack, no quería que llegara a sus oídos que sabíamos que estaba vivito y campando a sus anchas. Podía citarlos en la comisaría e interrogarlos en relación con los asesinatos; sin embargo, sabía que eran tipos duros de roer y que no sacaría nada de ellos.
Me levanté y abrí la puerta de mi despacho.
–Kirsty -grité.
La agente Blythe levantó la vista del ordenador, sobresaltada.
–¿Señor? – dijo ella, poniéndose en pie.
–Encuentre a quien hizo los tatuajes de Jack Farrell y hágalo venir.
Dar un solo paso me hizo sentir mejor. El tatuador podía ser un callejón sin salida, pero al menos me movía en alguna dirección.
El siguiente paso estaba delante de mis narices. Un poli novato en su primer día de trabajo lo habría deducido. Pero no me apetecía darlo. No quería entrar en casa de una viuda desconsolada y echar por tierra todo su mundo.
Pero alguien tendría que hacerlo. Y, como suele decirse, más vale malo conocido.
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Capítulo 17
Karen seguía dando la impresión de alguien a quien le han arrancado el corazón para servírselo en una bandeja. Como si el hecho de seguir respirando fuera un error, porque ¿cómo podía dar un solo paso si estaba muerta por dentro? Es una mirada que he visto antes en los ojos de quienes han sufrido la muerte violenta de un familiar. Pero en este caso me conmovió más que nunca, porque apreciaba a Karen y había apreciado a la persona por la que sufría.
Cuando Karen abrió la puerta, distinguí un centelleo de esperanza en sus ojos, como si mi presencia allí pudiera deberse a la posibilidad de que se hubiera producido algún error y su Ben todavía estuviera vivo, pero con sólo verme la cara comprendió que nada iba a despertarla de esta pesadilla.
Se dejó caer en mis brazos, temblando, como si conmigo hubiera entrado una corriente de aire frío. La abracé con fuerza.
–Yo también estoy destrozado -dije, dándole palmaditas en la espalda.
Pero mientras hacía esto, mis ojos recorrían el interior de la casa observándola desde una perspectiva distinta. En el pasado, cuando había elogiado algo relativo a la casa o a su contenido, Ben siempre se había esforzado en resaltar lo buena administradora que era Karen. Y yo me lo había creído. Nunca me había parado a preguntarme cómo podían permitirse vivir con tanto estilo con un sueldo de sargento.
Ahora, mirándolo con frialdad, y no a través de una mirada confiada, todo aquello parecía obedecer a algo más que lo que proporciona el gusto y el buen sentido comercial. Sin mencionar el hecho de que ni la mejor administración podía estirar su sueldo hasta permitirle comprar una casa de cuatro habitaciones en la mejor zona de Ealing. Cuando la compró, me
tragué su historia sobre el legado de la hermana de su madre. ¡Como si eso fuera posible! La gente como nosotros no tiene parientes ricos. Pero me dijo que la buena señora se había enriquecido con las quinielas y le creí.
Supongo que porque quería hacerlo.
–Todavía no puedo aceptarlo, Andy -dijo ella. Su voz era ronca, como si hubiera estado gritando durante mucho tiempo-. Cuando estás casada con un poli, es algo que temes a todas horas. Pero pasan los años y no sucede nunca, y empiezas a convencerte de que quizá no suceda.
–Lo sé. También a mí me parece irreal. – La conduje hasta el salón y la ayudé a sentarse-. ¿Dónde están los niños? – pregunté, tomando asiento a su lado.
–En casa de mi madre. No quiero que me vean así. – Suspiró-. ¿Qué le pasó en realidad, Andy? Nadie me lo cuenta y eso me lleva a sospechar lo peor.
No sabía qué decirle. La verdad no entraba en consideración.
–Le apuñalaron, Karen. Ni siquiera estamos seguros de qué hacía en Paddington Basin. Tal vez seguía alguna pista o iba al encuentro de algún informador. Algo que surgió en el último minuto, porque no me había informado de ello.
–¿Sufrió?
Siempre quieren saberlo. Yo nunca he creído que sea un detalle importante.
Está muerto, eso es lo que cuenta.
–No durante mucho tiempo, cariño. – La miré a los ojos-. Karen, sé que Ben te habrá comentado alguna vez que la mejor fuente de información de un crimen es la víctima. Así que por favor, no me consideres un cabrón despiadado si te digo que tengo que inspeccionar las cosas de Ben.
Karen frunció el ceño.
–¿A qué cosas te refieres? ¿Qué tiene eso que ver con que esté muerto?
–Probablemente nada. Pero no avanzamos tanto como me gustaría. Y, como ya te he dicho, no sabemos qué andaba haciendo allí o con quién debía encontrarse. No hay nada en su mesa que nos sirva de pista. De modo que me iría bien echar un vistazo a su estudio, a ver si hay algo allí.
Karen cruzó los brazos sobre el pecho, apartándose de mí.
–¿Por qué iba a tenerlo en casa? Todo lo relativo al trabajo estaba en la comisaría.
Abrí los brazos en un gesto de indefensión.
–Ya sabes cómo era. Quería destacar. No desdeñaría la posibilidad de que se hubiera guardado un as en la manga para poder sorprenderme. No habría sido la primera vez.
Era la verdad, aunque ahora la veía con ojos distintos.
–Además -añadí-, toda la unidad está un poco paranoica. La clase de criminales contra los que luchamos pueden permitirse el lujo de comprar a un agente de la ley. No de nuestro equipo, claro, no hace falta decirlo. Pero de vez en cuando tememos que algún espía intente escudriñar nuestras cosas, de modo que todos tendemos a ser muy cuidadosos con todo aquello que consideremos relevante. – Le lancé esa mirada que decía a gritos:
«Confía en mí»-. Lo único que quiero es atrapar al cerdo que lo hizo.
Ella mantenía las distancias, pero parecía menos molesta. Me sentí fatal por tener que mentirle así. Pero debía saber. Karen apoyó la cara sobre las manos y negó con la cabeza.
–Lo siento, Andy. Soy incapaz de pensar con claridad. Sé que no descansarás hasta que lo pilles. Mira lo que quieras. – Hizo un gesto en dirección al pasillo.
Me incliné para darle un torpe abrazo y luego me dirigí al estudio, que estaba junto al garaje. Era un espacio pequeño y acogedor, de unos tres metros por dos y medio, con una ventana baja y deslustrada que ocupaba la parte alta de la pared exterior. Ben lo había amueblado con un escritorio de madera negra, una silla de piel, un ordenador último modelo, un televisor y una Play Station. Los cajones del escritorio no estaban cerrados con llave.
Proclamaban a gritos: «Mirad, soy un hombre que no tiene secretos».
Y parecían decir la verdad. Revisé todos los papeles y no encontré nada sospechoso. Documentos relativos a la casa, el coche, los bienes caros que llenaban aquellas cuatro paredes. Estados de cuentas bancarios en los que no se apreciaba irregularidad alguna.
Empezaba a impacientarme. Sabía que tenía que haber algo más en algún sitio. Todo mi instinto estaba ahora en alerta roja. El estudio era como un decorado. Demasiado perfecto, demasiado inocente. Sentía cómo Ben se burlaba de mí.
El cajón de abajo contenía todo el material de índole personal. Pasaporte, certificado de nacimiento, cartilla de la seguridad social, testamento. Más por frustración que por otra cosa, saqué este último documento y lo abrí.
Empecé a leerlo sin presagiar grandes sorpresas. A media lectura apareció una frase breve que me hizo detener en seco. El corazón se me congeló en ese instante. Bingo.
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Capítulo 18
El ceño de Karen se hizo más profundo cuando leyó el testamento.
–¿Qué significa esto? – dijo.
Sus irritados ojos no podían ocultar su perplejidad.
–Eres la heredera universal. El testamento recoge una lista de los bienes principales, pero también estipula que te quedas con todo lo que poseía Ben, aunque no esté especificado con palabras.
–Sí, eso me ha quedado claro -dijo Karen-. Pero ¿por qué incluye el contenido de su taquilla del club deportivo? Ben no pertenecía a ningún club. Entrenaba en el gimnasio de la policía. Decía que los clubes eran para tontos que querían fingir estar en forma.
–Eso mismo me estaba preguntando. – Conocía a la perfección la opinión que tenía Ben de esa clase de sitios. Además, no se trataba de un club cualquiera: era Smithson's, el mismo al que acudía todas las mañanas Jack Farrell con Danny Chu y Fancy Riley. Y donde, al parecer, Ben Wilson tenía alquilada una taquilla. Suspiré-: Tengo que investigar esto, Karen.
Ella volvió a fruncir el ceño.
–¿Crees que es ahí donde guardaba las cosas que quería poner a salvo?
–Es posible. Necesitaré una autorización firmada por ti para abrir la taquilla.
Me aferré a una esperanza: que estuviera lo bastante confundida para aceptar. Sabía que no disponía de datos para pedir una orden judicial. Tuve
suerte.
–Cuenta conmigo.
Karen se levantó y buscó algo donde escribir. Al final, redacté unas frases en el ordenador de Ben e hice que lo firmara.
Una hora después me hallaba en el despacho del director del Smithson's.
Estaba mejor amueblado que los salones de la mayoría de los polis que conozco. Resultaba evidente que querían transmitir sensación de lujo, y no erraban el tiro. El director era un hombre con cara de halcón que estaba en la treintena. Le había visto antes, en las fotos que habíamos sacado de Jack Farrell mientras éste se pegaba la gran vida en el club. Pero no me sonreía del mismo modo que a Farrell.
–Todo esto parece un poco…
–¿Inusual? No podría estar más de acuerdo -le dije-. Pero ya sabe cómo funcionan las cosas cuando se asesina a un poli. Nos desesperamos por cubrir todas las bases. – Le dirigí aquella sonrisa rápida de serpiente que no iba más allá de mis ojos-. Espero que no desee crear problemas. Tengo en mis manos la autorización de la viuda y una copia del testamento donde se menciona el número de la taquilla.
–¿Podemos al menos mantener la discreción? – dijo, entrecerrando los ojos.
Puse mi mejor cara de inocencia.
–Por eso he venido solo. Podría haberme traído a toda la patrulla, ya me entiende.
–¿Sabe la combinación? – dijo con evidente mal humor.
Señalé el testamento.
–Está indicada aquí.
Me acompañó hasta la sala de taquillas, un anexo a los vestuarios con un banco situado entre dos hileras de puertas cerradas. Me mostró la taquilla de Ben y después se quedó a mi lado.
–Gracias -dije-. Puedo arreglármelas solo a partir de ahora.
No le hizo ninguna ilusión, pero captó la indirecta.
La taquilla estaba en la fila inferior. Medía ochenta centímetros por treinta y, cuando la abrí, comprobé que la mayor parte del espacio estaba ocupado por una bolsa de deporte. La saqué, gruñendo al notar lo que pesaba. La dejé sobre el banco y la abrí.
Si aún conservaba alguna duda sobre el razonamiento de Stella, murió en aquel mismo momento. Ben no se había vendido barato, eso seguro. La bolsa estaba llena de fajos de billetes de cincuenta libras. No tenía ni idea de cuánto había, pero no debía de quedar muy lejos de las seis cifras.
–Cabrón -exclamé.
La traición no acababa aquí. La taquilla también contenía un par de sobres.
Uno llevaba escrito: «Póliza de seguros». En él había un seguro de vida de la policía: una prima generosa que otorgaba pingues beneficios. Se lo había hecho hacía un par de años y significaba que medio millón de libras irían a parar a manos de Karen. No me podía creer el tiempo que hacía que duraba esto. Sólo dos años atrás Ben había dispuesto de cincuenta de los grandes para hacerse un seguro. Y mientras tanto no dejaba de quejarse de que no podía pagar el seguro obligatorio de su maldito coche.
Creía que eso era todo, pero todavía quedaba lo peor. El segundo sobre iba dirigido a Karen. No me lo pensé dos veces y lo abrí.
Mí querida Karen:
Si estás leyendo esto, significa que estoy muerto. Lamento dejaros solos a ti
y a los niños. Lo único que quería era que pasáramos juntos el resto de nuestras vidas. Pero al menos puedo asegurarme de que, aunque no me tienes a mí, sí tienes suficiente dinero para no tener que preocuparte de eso nunca más.
Sé que debes de estar preguntándote de dónde ha salido todo este dinero.
No estoy orgulloso de ello pero, hace un tiempo, Andy y yo atrapamos a un pez gordo de las Midlands. El tipo fue traicionado por uno de sus secuaces.
Siempre había guardado montones de dinero a mano. Supongo que deberíamos haberlo entregado, pero era un hecho que sólo conocíamos nosotros dos y nos pareció una pena desaprovechar la ocasión. Fue idea de Andy, pero no me esforcé demasiado en convencerle de lo contrario. Así que optamos por mantener la boca cerrada y dividirlo en partes iguales.
Pagué el seguro con parte de ese dinero; el resto sigue en la bolsa.
Sé que te sentirás tentada de cumplir con tu obligación y denunciarme. Te ruego que no lo hagas mientras Andy esté vivo. En su nombre, y en nombre de los niños, guarda silencio y saca provecho de lo que he podido ganar para vosotros. No quiero que mis hijos crezcan creyendo que soy un mal hombre, Karen. Me limité a ceder a la posibilidad de echar mano a un buen montón de pasta. No le hacía daño a nadie y no quiero que ahora perjudiques a Andy o a los niños sacando a la luz lo que hice.
Te he amado desde el día en que te conocí, Karen, y estaré a tu lado durante el resto de tu vida, observándote y manteniéndote a salvo. No ha habido otra mujer para mí.
Con todo mi amor,
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