Dispersión

Iain Reid · Capítulo 2 de 3 · parte 1/3

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Dispersión

Segunda parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Voy con el cinturón de seguridad puesto en el coche de Mike, que huele a rayos, procurando no moverme ni tocar nada. Circulamos por entre el tráfico saltando de un carril a otro, arrancamos, paramos. El movimiento de bamboleo me está mareando. En el borde de mi asiento hay unas manchas que parecen de grasa. La nieve de mis botas se ha fundido en la alfombrilla del suelo.

Observo la calle llena de gente, la ciudad en la que he vivido siempre, mi vida entera. Me llevo una mano a la frente y me toco la costra que me ha quedado de la caída. Todavía está sensible.

He pasado varias décadas en mi apartamento, y solo han hecho falta unos pocos días para echarme de él. Días. Mike ha dicho que la mayor parte de mis cosas se han guardado en un trastero. Él quería que me quedara todo el tiempo acostada en la cama, descansando tras la caída, para así poder recoger mis cosas y almacenarlas todas de forma más eficiente. Contrató a una empresa de mudanzas para que vinieran a ayudar. Entre un sueño agitado y otro, alcancé a oír lo que estaban haciendo, pero carecía de energías para impedirlo. Llenaban bolsas de basura, hablaban, reían, cortaban cinta adhesiva, pasaban la aspiradora, amontonaban platos.

En un momento dado, entraron dos desconocidos a examinarme la herida de la cabeza. Uno de ellos dijo que ya tenía mejor aspecto y retiró el vendaje.

Esta mañana metieron en un bolso de viaje unas cuantas cosas que se consideraron esenciales. Desde que me caí, no me he dado un baño.

—¿Qué es lo que pasa? —pregunto—. ¿Adónde vamos?

—Venga, Penny. Ya hemos hablado de eso. Ha llegado el momento.

—¿De qué me hablas?

—Sabes que no puedes quedarte ahí sola para siempre —dice él—. Es demasiado peligroso que vivas sola.

—Estoy bien —replico—. Me gusta estar sola.

—No estás bien —me dice—. Si yo no te hubiera encontrado, podrías haber…

Con una mano, coge una carpeta llena de papeles que descansa en el asiento, entre él y yo. Aparta la vista de la carretera para mirar la carpeta y luego vuelve a mirar la carretera. Saca un papel de la carpeta y me lo pone en las rodillas. Es una foto de una casa vieja rodeada de árboles.

—Has tenido suerte. La mayoría de las personas que están en tu situación no tienen dónde escoger. Él me entregó todo el papeleo antes de morir. Es una suerte que preparase esto. Que lo preparaseis los dos.

—¿A qué te refieres?

—Que planificarais adónde ibas a ir. Dijo que elegiste este sitio porque está en medio de la naturaleza. Quería que te quedases todo el tiempo posible en el apartamento, pero que cuando ya fuera demasiado…

—¿Demasiado?

—Cuando fuera demasiado para ti enfrentarte a todo tú sola, ese sería el momento de traerte aquí. ¿No te acuerdas? Lo decidisteis los dos, hace unos años.

—¿Adónde? —pregunto mirando de nuevo la foto. No reconozco este sitio. Y no recuerdo haber decidido nada—. ¿Una casa? ¿Una residencia para la tercera edad? No lo necesito. Puedo valerme sola. No estoy enferma.

—No es una residencia para la tercera edad. Es una residencia de cuidados a largo plazo. Por lo visto, es muy agradable. Muy pequeña. Y tranquila. Te cuidarán bien.

—Él nunca me mencionó nada de esto. Ni una palabra. Me acordaría. Y tú tampoco me mencionaste nada. ¿Por qué no me lo has dicho antes? Deberías haberme advertido. No quiero marcharme de mi apartamento. Es mi hogar. ¿Por qué él no me habló de esto?

—Me dijo que lo habías elegido tú, Penny.

De pronto me asalta un dolor agudo en el lugar de la cabeza en que me golpeé contra la encimera.

—La verdad es que es una residencia muy agradable, y si no lo hubieras planificado y no hubieras hecho una reserva, ahora tendrías problemas. Lo más probable es que estuvieras en alguna lista de espera.

—No quiero que me cuide nadie. Quiero que me dejen en paz. Deberías habérmelo dicho, haberme dado tiempo para que me preparase.

—Penny, te lo dije. Lo he mencionado varias veces.

Miro hacia otro lado.

Observo el asiento trasero por el espejo lateral. Hay dos bolsos de viaje, varias cajas, mis lienzos: lo esencial. Años y años, todos reducidos a eso. Tengo calor. Intento bajar la ventanilla, pero el botón no funciona. Miro hacia mi izquierda, hacia el perfil de Mike, pero él no quiere establecer contacto visual. Sigue con la vista al frente, fija en la carretera.

Tras dejar atrás la ciudad, apoyo la cabeza en la ventanilla a modo de protesta silenciosa y contemplo la autopista de ocho carriles, que se convierten en cuatro y después en dos. Por aquí el terreno es más abrupto, montañoso. La carretera está flanqueada a ambos lados por árboles de gran altura. Colinas, cielo y nubes. Sobre todo, me fijo en los árboles. Hay muchos. Son distintos de los del parque que está cerca de mi apartamento. Qué altos son. Y mucho más viejos que yo. Tendría que talarlos y contar los anillos para confirmar lo viejos que son.

No sé cuánto dura el silencio entre nosotros, pero al final es interrumpido por el teléfono de Mike, que le da indicaciones: «Su destino está a la derecha».

Entramos y nos detenemos al principio del sendero. A mí no me parece que sea un destino. Parece un camino sin asfaltar que conduce a un denso bosque. Mike baja la ventanilla. Lo primero que oigo es el suave silbido del canto de un pájaro que me resulta desconocido y un silencio natural que no creo haber experimentado nunca en la ciudad, ni siquiera en un parque.

Mike mete la marcha y continúa por el camino sin asfaltar. Más árboles a un lado y al otro. Hay árboles por todas partes. El sendero lleva hasta una casa de piedra que se ve allá delante. Es grande y más vieja de lo que parecía en la foto, pero sencilla, nada llamativa, con gruesos setos alrededor de un costado. Delante hay un letrero de color verde y ajado por la intemperie que no alcanzo a leer desde aquí.

Mike se mete en un espacio de aparcamiento y apaga el motor.

—Vamos —dice.

No quiero apearme del coche. Quiero volver a la ciudad, a mi apartamento. No me importan mis maletas, que las tire a la basura si quiere. Quiero sentarme en mi sillón. Quiero acostarme en la misma cama llena de bultos que ya conozco. Me froto la rodilla mala con la mano. Me duele la cabeza.

Mike viene hasta mi puerta, me ayuda a levantarme y me toma del brazo mientras echamos a andar hacia la puerta principal. Cuadro los hombros lo mejor que puedo. El camino que lleva hasta la puerta es desigual, y tengo que mirarme los pies para no tropezar. Ahora ya estamos lo bastante cerca como para poder leer el letrero verde:

 

RESIDENCIA SEIS CEDROS

Me sudan las manos. Se oye un chasquido cuando se descorre el cerrojo de la puerta. Mike la abre y se vuelve hacia mí. Yo titubeo.

—Ya estamos —me dice.

Mike me ayuda a entrar por la puerta hasta un vestíbulo. Paso del sendero de piedra a un suelo de madera. Por dentro, la casa es más nueva de lo que parece por fuera. Hay una mesa de centro alargada con un ramo de rosas frescas, y dos sillones de cuero. Mike avanza un paso más.

Oigo música: el sonido amortiguado de un violín.

—¿Hola? —llama Mike.

Se inclina y tamborilea con los nudillos en la mesa de centro.

Estoy haciendo un esfuerzo para asimilarlo todo, para procesar este lugar, cuando de pronto oigo el ruido de unos tacones que bajan por una escalera de madera que hay a la izquierda de la puerta. Aparece una mujer vestida de rojo. Es alta y delgada. Con la melena retirada del rostro. Diría que es de la misma edad que Mike, tal vez tenga los cincuenta. O puede que se acerque más a los sesenta. Cuesta trabajo distinguirlo.

Se detiene frente a mí sonriendo de oreja a oreja.

—Tú debes de ser Penny —me dice.

Es muy guapa. Tiene una voz cálida, sincera, acogedora. Extiende una mano hacia mí. Yo, instintivamente, se la acepto. Lleva unas uñas de manicura perfecta, pintadas del mismo color que el pintalabios y el vestido.

—Encantada de conocerte —me dice.

Nos estrechamos la mano y, durante un momento, no sé muy bien qué debo hacer o decir.

—Me llamo Shelley —dice la mujer—. Te estábamos esperando.

Mike suelta el bolso que traía.

—En el coche hay más cosas —dice.

La mujer alta, Shelley, se gira hacia él.

—Mike, ¿verdad? Muchísimas gracias por haberlo organizado todo.

Un gato de gran tamaño está dando vueltas alrededor de los pies de Mike. Él lo ahuyenta.

—Le he enviado todo el papeleo. Ya está todo, ¿no?

—Sí, sí, ya está todo.

—¿Necesita algo más de mí?

—No, ya nos arreglamos nosotros.

Cuando está diciendo esto, aparece un hombre joven bajando sin hacer ruido por la misma escalera por la que ha descendido ella. Está muy flaco, casi demacrado, es de estatura más baja y va vestido de blanco como los auxiliares de un hospital.

—Jack sacará el resto de las cosas del coche —dice Shelley.

Jack, con un imperceptible gesto de la cabeza, teclea un código en un panel de la puerta y, sin cerrar, sale en dirección al coche. Mike baja la voz para decirle algo a la mujer, pero le oigo.

—Lamento lo de la caída, pero no es mi responsabilidad cuidar de ella las veinticuatro horas del día. Tengo mucho que hacer. El plan era traerla aquí cuando ya fuera demasiado. Y eso es lo que he hecho. Me alegro de que no haya ocurrido algo peor.

La mujer vuelve a sonreír.

—Ha hecho lo correcto —responde—. Penny se encuentra en el mejor sitio para ella en este momento. Puede venir a verla todas las veces que quiera.

Shelley, sin perder la sonrisa, se acerca a Mike y le estrecha la mano. Tiene unas manos elegantes, fuertes. Son las manos de una mujer mucho más joven que yo. Son preciosas. No puedo evitar quedarme mirándolas. Mike se gira hacia mí desde la puerta abierta.

—De acuerdo. Pues, entonces, hasta luego, Penny.

—¿Adónde te vas? —le pregunto.

—Tengo que volver al trabajo. Tú te quedas aquí.

—¿Por qué haces esto?

No me responde, y percibo que siente alivio por haberse librado de una molestia.

Shelley espera hasta que Mike vuelve a subirse al coche y arranca el motor, luego se gira hacia mí y me ofrece el brazo.

—Vamos, querida —dice—. Voy a enseñarte tu habitación.

Shelley me conduce por el estrecho corredor de suelo de madera. El violín gime, ligeramente más audible que desde el vestíbulo.

—Ese es Pete —dice—. Ya lo conocerás. Es que el que lleva aquí más tiempo. Ya no habla mucho, pero le sigue encantando tocar.

Pasamos junto a un ancho ventanal. Doy un paso hacia él.

Lo único que veo son árboles y cielo. Árboles hasta donde alcanza la vista. Las ramas desnudas se mecen suavemente en el viento como si saludaran.

—Es precioso, ¿a que sí? —dice Shelley—. A mí siempre me ha encantado la naturaleza. Aquí, en mitad del bosque, hay mucha tranquilidad. —Se acerca un poco más—. Debido al terreno que nos rodea —sigue diciendo—, las colinas y los precipicios, no permitimos que los residentes salgan al exterior sin ir acompañados. Es demasiado peligroso. Pero las vistas desde dentro son espectaculares.

Seguimos andando y pasamos por una acogedora zona de descanso en la que hay un banco y dos butacas provistas de mullidos cojines.

—Tienes acceso a toda la casa, Penny. Hay una sala común y contamos con una pequeña peluquería propia, y servimos todas las comidas en el comedor original de la casa. Lo hemos renovado completamente, pero fue construido en 1843.

Caminamos despacio, con cuidado, yo con la mano en el brazo de ella para apoyarme.

—Dentro de nada te sentirás como en casa. Te lo prometo —me dice.

Un cuadro colgado en la pared me llama la atención. Me detengo un momento para mirarlo. Lo conozco.

—Tenemos muchas obras de arte por toda la casa —comenta Shelley—. Ya me he imaginado que apreciarías ese detalle.

Un bodegón, una mesa repleta de alimentos: ostras, limones a medio pelar, uvas.

—El autor es De Heem —digo.

—¿Lo conoces? —pregunta Shelley—. Supongo que no debería sorprenderme. Resulta muy agradable tener viviendo entre nosotros a una artista.

Me vuelvo hacia ella. ¿Sabe que yo pinto?

—No te emociones mucho —me dice—. No es más que una lámina. No es el cuadro auténtico.

—Todo esto me resulta precipitado. No esperaba verme aquí —digo—. Tengo mi propio apartamento. Quisiera irme a mi casa.

—Vas a necesitar adaptarte. Pero llegarás a conocernos. Y, para serte sincera, ya sé que parece absurdo, pero yo me siento como si ya te conociera.

—No me digas.

—Sí, tenemos muchos datos en nuestro archivo, y estaba deseando conocerte y ayudarte a que te instalaras. Es maravilloso tenerte aquí por fin.

Ahora recuerdo lo que dijo Mike. Que habíamos planificado este día, que él había hecho una reserva para asegurarme una plaza en este sitio. Que lo habíamos elegido porque se encontraba en un lugar tranquilo, fuera de la ciudad, en medio de la naturaleza. Me pregunto si él, antes de morir, le envió a Shelley información acerca de mí y de mi vida. Desde luego, yo no. ¿O la habrá enviado Mike? ¿Qué es lo que Shelley cree saber de mí? Continuamos hasta que llegamos a una puerta de color rojo.

—Pues ya estamos.

Entra ella primero; yo, en cambio, dudo en el umbral.

—No pasa nada —dice—. No tengas prisa, Penny.

Entro en la habitación. Está limpia, es luminosa. Caldeada. La cama es enorme. Tiene un grueso edredón que me hace comprender lo modesta que era mi cama de matrimonio, la que compartí con él durante tanto tiempo y después tuve para mí sola. Hay un sillón reclinable en un rincón, una lámpara, una cómoda y una mesa escritorio. Y un grandioso ventanal en la pared del fondo que da al interminable bosque.

No hay desorden. Ni polvo. Ni cachivaches. Todas las superficies están inmaculadas. No como en mi apartamento. De hecho, es todo lo contrario.

—Bonita, ¿a que sí?

Tiene razón. Es bonita. Casi tengo la sensación de que se me ha quitado un peso de los hombros al no tener que pensar en objetos. En trastos. Todas esas cosas conllevan obligaciones y deberes. Me doy cuenta de que aquí la responsable no voy a ser yo. Nada de trabajos de mantenimiento ni de limpieza. Nada de poner lavadoras. Ni de hacer la compra. Ni facturas, ni bombillas que cambiar. Nada de tomar decisiones.

Shelley me conduce hasta el sillón y me ayuda a que me siente. Es como si pensara que no puedo andar sola, que soy tan delicada que podría volver a caerme. Es posible que tenga una rodilla con artritis y un golpe en la cabeza, pero no necesito esta clase de atenciones. No estoy decrépita.

Este sillón no es como el mío. Debe de ser nuevecito. Puede que yo sea la primera persona que se sienta aquí. Me hundo en él. Tengo la sensación de ser abrazada. El joven flaco y vestido de blanco, Jack, entra en la habitación con una caja llena de cosas mías.

Contemplo cómo empieza a sacar prendas de ropa y va metiéndolas en el armario y en la cómoda. ¿Cómo han acabado en esa caja? ¿Las metió Mike? No fui yo. No recuerdo haber guardado nada. Sin embargo, aquí está mi ropa. Vuelvo a recorrer la habitación con la vista. Nunca he vivido en un sitio tan bonito. En toda mi vida.

Jack se marcha y de nuevo me quedo a solas con Shelley.

—Yo no he pedido esto —le digo—. Puedo cuidarme sola.

—Ya lo sé —responde ella.

—Entonces, ¿por qué estoy aquí?

—Tú nos escogiste, Penny. Junto con tu marido —dice.

—No llegamos a casarnos.

—Viviste con un hombre.

—Sí, en efecto, durante muchos años.

—Fue el último regalo que te hizo. Se puso en contacto con nosotros y lo organizó todo. Quería estar seguro de que tú no tuvieras nada de que preocuparte. Ambos tuvisteis una previsión que no tienen muchas personas.

—¿Pagó él todo esto?

—No tienes que preocuparte por eso. Seis Cedros no es una de esas residencias que buscan hacer negocio. Hacemos esto porque nos encanta cuidar de nuestros mayores. Es un privilegio.

—¿Y por qué no me lo recordó Mike?

—Mike nos ha tenido informados de cómo estabas.

—¿Por qué escogimos este sitio? ¿Por qué no otro que estuviera más cerca de la ciudad?

—Porque nuestra residencia es pequeña y tranquila. A ti te encanta la naturaleza, ¿no es verdad?

—Sí. Antes paseaba por el parque que hay cerca de mi apartamento.

—En ese caso, has escogido bien. Te encantará esto. Yo también vivo aquí, en la planta de arriba. Y Jack también. Estamos todos juntos.

Entra Jack de nuevo trayendo mis dos bolsos de viaje.

—Gracias, Jack —le dice Shelley—. Si te encargas de terminar aquí con Penny, yo voy a juntar a los demás para la reunión.

Él asiente con la cabeza y ella sale de la habitación.

—Hasta pronto, Penny —se despide.

Me lo quedo mirando mientras trae más cosas en brazos, entre ellas la caja que contiene mis lienzos. Las guarda en el armario. Se detiene un momento a mirar algunos cuadros, y hace un alto en dos en particular.

—Estos son muy buenos. Da gusto poder ver parte de tus obras — comenta—. Si necesitas algo, lo que sea, llámame.

Me encuentro en una habitación nueva, con muebles nuevos y olores nuevos, en compañía de un joven al que no conocía hasta hace diez minutos. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Qué se supone que debo decir?

—No recuerdo haber elegido este sitio —digo.

Jack se detiene al oírme hablar.

—No pasa nada —contesta—. Nos alegramos de tenerte aquí.

—Últimamente no duermo bien —digo—. Llevo mucho tiempo así.

—Aquí dormirás bien —me dice Jack—. Creo que dormirás muy bien. Les ocurre a todos. Shelley quiere que todo sea lo más cómodo posible.

Tiene una voz atiplada, fina, como su cuerpo.

—Esos cuadros que has mirado no están terminados —le digo.

En eso, oímos una carcajada proveniente de alguna parte. Es estruendosa, una risa en tono agudo seguida de aplausos y vítores.

—Parece que los demás están deseando conocerte —dice Jack.

Jack me ayuda a caminar agarrándome del brazo, igual que Shelley antes. Acabamos de conocernos, pero me siento cómoda caminando así con él. Me siento segura. Sujeta. Noto que la cabeza me da vueltas, que gira adelante y atrás, arriba y abajo, en el intento de asimilarlo todo: el suelo, las paredes, el techo, las ventanas, el mobiliario.

El interior de esta casa resulta engañoso. No tiene lógica. Vista desde fuera, parecía vieja, grandiosa, palaciega, intimidatoria. En cambio, ahora, desde dentro, mientras voy caminando por el pasillo, me resulta íntima, encantadora, acogedora.

—¿Quién es la mujer alta? —pregunto.

—¿Shelley?

—Sí. ¿Es la casera?

Jack sonríe, y veo que le falta una muela casi al fondo de la boca.

—Es la gerente. Esto era una antigua casa familiar, pero ella la transformó en Seis Cedros. Es la obra de su vida. Se le da muy bien cuidar de las personas mayores, es su pasión. En realidad, está licenciada en química orgánica, o en biología, algo así. Tiene muchas teorías acerca de la asistencia a largo plazo y de vivir lo mejor posible durante todo el tiempo que se pueda. Estamos en buenas manos.

Llegamos a la entrada de una sala de estar luminosa y espaciosa. Cuando veo las butacas y las demás personas, me quedo paralizada. Nunca me ha gustado hablar en público. Nunca me ha gustado presentarme, hablar de mí misma, explicar a otros quién soy.

—Vamos —me dice Jack. Luego se inclina hacia mí y me susurra—: están emocionados de conocerte.

Tres personas, todas mayores, como yo, sentadas en un amplio semicírculo en torno a Shelley. Hay una butaca vacía esperándome a mí. Shelley me hace una seña para que me acerque.

—Penny, llegas justo a tiempo. Por favor, pasa, pasa.

Me agarro del brazo de Jack, que me conduce hacia el círculo. Me alegro de tenerlo conmigo.

Solo uno de los otros residentes, una mujer que lleva una media melena, el mismo peinado que llevaba yo cuando tenía veintipocos años, se vuelve hacia mí. Los demás no se mueven. Eso me produce alivio. No quiero agasajos ni alboroto. Odio ser el centro de atención.

La mujer de la media melena se acerca una mano al ojo formando un tubo como si estuviera mirando por un telescopio, y con la otra me saluda.

Aunque me preocupa lo que vaya a suceder a continuación, cómo será vivir aquí, qué se esperará de mí, me calma ver a otras personas que son como yo, que tienen mi edad, que son contemporáneas mías.

Jack me lleva hasta la única butaca libre que hay en el círculo y me ayuda a sentarme.

—Gracias —le dice Shelley.

Él asiente con la cabeza y sale de la sala.

Observo los otros rostros viejos que me rodean. Además de la mujer de la media melena, hay dos más, ambos varones: el uno calvo y regordete y el otro un atractivo caballero que luce corbata y americana de paño. Lleva el cabello blanco perfectamente peinado. Aunque está sentado, me doy cuenta de que es alto. Tiene una cara alargada, con arrugas y de expresión alicaída.

—Deseo que todos conozcáis a Penny.

Saludo con la mano sin dirigirme a nadie en particular.

—Bonjour, madame —me dice la mujer de la media melena—. Es un placer verla, conocerla. Es usted encantadora. Muy guapa. ¿Qué edad tiene? No es necesario que me responda a eso, ya sé que es una pregunta de mala educación. No está bien preguntar eso tan pronto. Ignórelo; ignóreme si quiere. Ahora es una de nosotros. Eso es lo importante. Una de nosotros.

Ninguno de los hombres dice nada, tal vez porque no quieren competir con la parlanchina, pero el caballero de pelo blanco y corbata asiente con la cabeza y sonríe.

—Ruth es nuestra experta en idiomas —dice Shelley—. Sabe francés, latín y otros cuantos más.

—Y un poco de griego —añade Ruth—. Pero, sobre todo, francés. Hay mucho que aprender con todos los idiomas. Todos son muy interesantes. En todo el mundo hay lenguas que están muriendo, es una tragedia. Pero el francés tiene algo.

—Los idiomas son buenos para el cerebro —dice Shelley—. Y hablar es bueno.

—Como comer pescado —dice Ruth, y luego se toca la sien—. Es bueno para el cerebro. —Seguidamente, me mira a mí—. Penny. Suena a penique, dinero caído del cielo. Estábamos esperándote.

—Y ese es Hilbert —dice Shelley interrumpiendo y señalando al hombre de la corbata—. Y este es Pete.

El calvo. Le resbala un poco de saliva por un lado de la boca. Pete da la impresión de ser el más viejo de todos nosotros. Con una diferencia de varios años. Ni siquiera establece contacto visual conmigo; en cambio, Hilbert vuelve a sonreír y a asentir con la cabeza, lo cual me relaja.

—Nos gusta reunirnos así muchos días, Penny, para charlar y comunicarnos.

—Nos encanta charlar —dice Ruth.

—A algunos más que a otros —puntualiza Shelley enarcando las cejas—. Es una oportunidad para establecer contacto, comentar cosas, cantar una canción, reír, narrar una historia, hablar de algo nuevo.

—Podemos narrar la historia que queramos —dice Ruth.

—Muy cierto, Ruth —le contesta Shelley—. Penny, antes de que llegaras, Hilbert nos estaba hablando de…

—Aproximación por fracciones —termina Hilbert.

Posee una voz tranquila, grave, firme. Me gusta cómo suena.

—A veces preferimos simplemente dormir —dice Ruth.

—Pete da unos conciertos de violín maravillosos —dice Shelley.

—¿Es que a nadie le interesan las fracciones? —dice Hilbert—. Son un número, pero representan la parte de un todo. Yo soy una fracción. Penny, tú también lo eres.

Shelley se echa a reír, pero permanece quieta. Mantiene una postura rígida. Ni se estira el vestido ni se toquetea las uñas. Tiene las manos frente a sí.

—No queremos ponernos excesivamente técnicos, Hilbert —dice Shelley mirando al aludido.

—Las fracciones y los segmentos son algo maravilloso —dice Ruth—. Charlar es maravilloso. Estar juntos es maravilloso.

—Así es. Charlar puede ser terapéutico —afirma Shelley—. Penny, dinos una cosa: ¿siempre has vivido en la ciudad?

—Sí, durante toda mi vida.

«Hasta hoy», pienso. «Hasta este mismo instante».

—Es emocionante pensar que todo esto va a ser una experiencia nueva para ti.

—¡Una aventura! —exclama Ruth.

Esa palabra me llena de ansiedad. No quiero estar viviendo una aventura. En absoluto. Quiero estar en mi casa. Quiero estar echándome una siesta. Estas personas se conocen unas a otras, están acostumbradas a vivir juntas, pero no me conocen a mí. Yo no las conozco a ellas.

Todas son personas desconocidas.

Me vuelvo hacia la puerta y veo pasar al gato. Tiene el mismo colorido que Gorky, la gata que tenía yo hace mucho tiempo. Es una bola de pelo color caramelo con cola.

—Aquí no solo vas a escapar de todo ese ajetreo de la ciudad —dice Shelley—, además estamos aquí para cuidarte, para acompañarte. Eso va a ser lo nuevo para ti, creo yo. Te malcriaremos y te mimaremos. Vas a adaptarte enseguida.

Ruth va a hablar, pero se tapa la boca. Es como si se hubiera percatado de que no debe decir lo que iba a decir.

—Y como ya tenemos todas las habitaciones llenas y estamos operando al máximo de nuestra capacidad, quiero deciros a todos que hemos pensado organizar una pequeña fiesta.

¿Que todas las habitaciones están llenas? Pero si somos solo cuatro. Seis, si contamos a Shelley y a Jack. Creo que jamás he oído hablar de un centro de cuidados a largo plazo solo para cuatro residentes. ¿Me estaban guardando la habitación?

—¿Somos solo seis en toda la residencia? —pregunto impulsivamente.

De nuevo todos los ojos se posan en mí. No debería haber dicho nada.

—Cada uno de nosotros es un sexto. Una fracción del total —dice Hilbert —. El 0,16666666…

—Yo soy solo una —digo.

—Me gusta todo a escala modesta —dice Shelley—. Mi idea ha sido siempre que este centro fuera pequeño, íntimo, para que pudiéramos conocernos de verdad unos a otros. Las residencias grandes resultan demasiado impersonales y parecen hospitales destartalados. Y huelen mal. Estuvimos encantados de esperarte a ti, Penny. Un centro de este tamaño es mucho más fácil de mantener de la manera que yo considero importante: humanamente. Nadie acaba viéndose desatendido. Somos una comunidad. Vamos saliendo, de uno en uno, otra vez al estrecho pasillo para dirigirnos al comedor, que no es tan grande como la sala común. Todo está sucediendo demasiado rápido. Estaba empezando a sentirme cómoda en la butaca, ligeramente a gusto, y ya estoy otra vez en pie, moviéndome.

—Bueno… Así que… ¿Una fiesta, dices? —pregunta Hilbert escéptico.

—¡Qué divertido! —exclama Ruth aplaudiendo—. En français: une fête!

—Sí, algo que nos haga ilusión —dice Shelley.

—Très bien.

Hilbert establece contacto visual y se inclina hacia mí.

—¿Te gustan las fiestas?

—Antes, sí —contesto—. Pero ya hace un tiempo que no asisto a ninguna. Mucho tiempo.

En la puerta aparece Jack asomando la cabeza.

—La cena está lista —anuncia.

—Qué bien —dice Shelley—. De acuerdo, pues vamos todos. Hora de cenar.

Los ventanales del comedor también dan a los árboles, al bosque. Desde aquí dentro no se ve nada más. Hay una mesa cuadrada en el centro, con un servicio dispuesto en cada silla. Jack me conduce a la mía. Los demás ya están sentándose.

—Penique, tú tienes la última silla —dice Ruth—. Ahora sí que somos una mesa completa.

No me molesto en corregirla. Me llamo Penny. No Penique.

Hilbert levanta la vista. Me guiña un ojo con gesto de afecto, como si tuviera un chiste que solo quisiera contarme a mí. Me ponen delante un plato lleno de comida humeante. A continuación, van trayendo los demás platos, y todos contienen la porción exacta de carne, patatas asadas y verduras. No hay forma de que me coma todo eso. La carne está cubierta por una salsa de color oscuro. Hace años que no tomo una salsa de carne como Dios manda. No puedo evitarlo. Mojo el dedo meñique en el borde y me lo llevo a la boca. Está caliente y sedosa. Un sabor intenso, profundo, satisfactorio.

—¿Te gusta el pescado? —pregunta Ruth.

—Lo de esta noche es ternera, pero solemos tomar mucho pescado —dice Hilbert.

—A veces, pollo —tercia Ruth—. O chuletas de cerdo con salsa de manzana. O filete. O maíz cremoso. O ensalada griega. O empanada. O espaguetis.

—Pero el pescado supera a todas esas cosas —dice Hilbert.

—Últimamente no tengo mucho apetito —digo, pero noto que el estómago me hace ruidos pensando en la comida.

Pete coge los cubiertos y empieza a comer. Da la impresión de estar medio dormido. Así está desde que llegué. Con los ojos caídos y medio cerrados. No sonríe ni da ninguna señal de comprender nada. Ruth sostiene el tenedor en alto, pero está hablando demasiado para empezar a comer.

—Podemos tomar vino en la cena, si queremos —dice—. La norma es una sola copa al día.

—Y, tristemente —dice Hilbert—, yo ya he gastado la mía en el almuerzo.

Seguro que Hilbert es la típica persona que halla consuelo en las normas, el orden y la estructura. Me gustaría saber a qué se dedicaba antes de venir a la residencia. Me gustaría saber qué lo trajo aquí.

—Más vale que la dejéis comer —dice Jack desde el otro extremo de la sala—. Prefiere comerse la comida que hablar de ella.

Por fin Ruth pincha un trozo de carne y se lo mete en la boca. Yo aprovecho la oportunidad para hacer lo mismo.

Hilbert tenía razón: es ternera. Pero no se parece a ninguna ternera que yo haya probado. Está tierna y satisface como ninguna de las comidas que tomo en mi casa. La carne de ternera nunca ha sido mi favorita. Siempre me ha resultado difícil de masticar y me ha sabido a minerales. Pero esta está deliciosa. No puedo evitar cerrar los ojos. Estoy degustando una comida que no consiste en sopa roja ni en pan tostado con queso. Voy salivando a la vez que mastico y trago.

Cuando abro los ojos, miro a Hilbert. Está utilizando sus cubiertos con meticulosidad: deja el cuchillo cada vez que se acerca el tenedor a la boca. Se limpia un poco de salsa de la comisura de los labios con la servilleta. Lleva las uñas limpias y cuidadas.

Normas, orden y estructura. Y pulcritud.

A pesar de los nervios que tenía antes, me resulta tranquilizador ver a un grupo de personas mayores, mis iguales, comiendo juntas. Y no solo comiendo, sino, además, saboreando la comida. Hacía mucho tiempo que no compartía una comida con nadie. No recuerdo cuándo fue la última vez. Es como si todas mis cenas pertenecieran a otra vida. Comer con otras personas, hablar, establecer contacto visual; todo ello es una parte fundamental del hecho de ser persona. Un ritual cotidiano.

Lo he echado terriblemente de menos, y no me había dado cuenta.

—¿Una copa de vino? —me ofrece Jack.

—Ya no bebo mucho.

—Para mí sí, por favor —dice Ruth.

Jack hace un gesto negativo con la cabeza.

—No, Ruth. Tú, no. Ya te has tomado la tuya, en el almuerzo.

Ruth emite una risita. Hilbert no dice nada.

—Bueno, sí que podría probar un poco —digo yo—. ¿Por qué no?

—¿Blanco?

—Por supuesto.

Jack sale a buscar el vino.

—Es estupendo que estés aquí —dice Hilbert a la vez que se quita una diminuta miga de pan de la manga de la chaqueta—. Nuestra discrepancia respecto de los asientos por fin ha quedado resuelta. Nuestra pequeña mesa está completa. Hay elegancia en la proporción que existe ahora. En la simetría de cuatro personas sentadas a una mesa.

Voy recorriendo con la mirada cada uno de los rostros viejos y arrugados que me rodean. Solo puedo suponer que, como me ocurre a mí, sus manos y sus dentaduras ya no les funcionan tan bien como antes. Sin embargo, todos ellos mastican y tragan un bocado tras otro con alegría y buen apetito. No es una tarea rutinaria, sino un placer.

Regresa Jack con el vino. Deja la copa frente a mí y vuelve a entrar en la cocina. Un momento después de que se haya ido, olfateo el vino y bebo un sorbo pequeño. Tiene un sabor sutil, seco, exquisito. A continuación, le paso la copa a Hilbert.

—Ya ha pasado mucho tiempo desde el almuerzo —le digo.

Él recibe la copa con gesto anonadado y toma un sorbo. Ruth abre mucho los ojos y la boca, fingiéndose escandalizada, y luego suelta otra risita entre dientes.

Pete, sin distraerse, sin percatarse, continúa comiendo.

Después de un postre que consiste en tarta de cereza templada, Jack me ayuda a regresar a mi habitación. Apaga la luz del techo y enciende la de la mesilla, que emite un resplandor suave y de color ámbar.

—Gracias —le digo.

—De nada, Penny —me responde—. ¿Necesitas algo más?

—No, creo que no.

—Buenas noches —dice él—. Que duermas bien.

Mientras me lavo los dientes y me pongo el camisón, siento algo que hacía mucho tiempo que no sentía. Me siento atendida, cuidada. Estoy dándome cuenta de todo lo que he perdido en estos últimos años. Cosas muy esenciales: sentirme plena, arropada, que formo parte de un grupo. Aunque todavía no conozca bien a estas personas, y, en efecto, no las conozco, no puedo evitar sentirme vigorizada por ello. Es una sensación muy extraña. Pensaba que no iba a experimentarla de nuevo.

Antes de meterme en la cama, me quedo unos instantes junto a la ventana contemplando la oscuridad. Estando aquí, de pie, me cuesta situar la entrada principal de la casa en relación con mi cuarto, la sala común y el comedor.

Mi bolso está colgado del respaldo del sillón, y saco de uno de los bolsillos interiores una escultura de cerámica que he traído de mi apartamento. La primera escultura que hice, la que tiene la cabeza inclinada hacia un lado. La deposito encima de la cómoda y yo también inclino la cabeza a un lado, a imitación de ella.

Apago la lámpara, me quito las zapatillas y me acuesto boca arriba. Me subo el grueso edredón hasta la barbilla. La almohada tiene justo el tamaño adecuado y es lo bastante firme para sujetarme la cabeza.

Hay silencio.

Levanto la vista hacia el vacío del techo, tal como hacía la mayoría de las noches en mi apartamento. Es posible que decidiéramos esto los dos juntos. A lo mejor él sí que me recordó que habíamos escogido este lugar, el plan que había trazado para mí, antes de morir. Supongo que puede habérseme olvidado. Debió de suceder hace mucho tiempo. Tal vez no debería sentirme tan irritada con esto. Debería disfrutarlo. Ahora estoy aquí. Estas personas son agradables. La comida está buena. La cama es cómoda.

Esa caída podría haberme matado. No tengo nada de que quejarme.

Es una aventura.

Me giro hacia un costado, exhalo, y a continuación me entrego a un sueño profundo y reparador.

Entra el sol por la ventana. Noto una mancha de humedad en la almohada, junto a la mejilla. Debe de ser baba mía. ¿Qué hora será? Me restriego los ojos. No recuerdo cuándo fue la última vez que dormí toda la noche de un tirón. Sin ir al cuarto de baño. Sin dar vueltas y más vueltas. Estoy exactamente en la misma postura en la que estaba cuando me acosté.

Unos golpes suaves en la puerta.

—Buenos días, Penny. Soy yo —dice Jack entrando en la habitación.

Va vestido igual que ayer. Camisa y pantalón blancos. Ropa de hospital. Lleva en los brazos una pila de toallas dobladas.

—Vengo a dejarte esto. —Entra en el cuarto de baño y vuelve a salir con las manos vacías—. Bueno, ¿qué tal has dormido?

—Bien —respondo. Saco las piernas fuera de la cama y me llevo una mano a la cabeza para rascarme—. Muy bien. Me cuesta creerlo. Justo acabo de despertarme.

—Eso está genial. Tienes cara de haber descansado —me dice.

Tengo el pelo grasiento y despeinado, parece un nido de pájaros.

—¿Cuándo fue la última vez que te cepillaron el pelo? —me pregunta Jack.

—No lo sé —contesto.

Debo de estar horrorosa. Necesito darme un baño.

—Voy a darte un cepillado rápido —dice.

Me encojo cuando me toca. Me siento reacia, pero cedo y cierro los ojos. Con cada pasada del cepillo, noto que me rindo otro poco más. Me rindo al hecho de que alguien me cepille el pelo. Me rindo a este lugar. A esta casa. A la comida. A las comodidades. Al silencio de la habitación y el calor de la cama.

—He dormido de un tirón —digo—. Eso no me ocurre nunca. Y no he soñado. Solo he dormido profundamente, un sueño reparador.

Jack tiene mano suave y cepilla con mucha delicadeza.

—Lamento lo de tu caída —me dice—. Debiste de pasar mucho miedo.

Cuando le oigo decir eso, vuelvo a acordarme de la herida que tengo en la cabeza. La costra. No había pensado en ella hasta este momento.

—No sé para qué sirve envejecer —comento.

Seguir: parte 2 de 3