Dispersión

Iain Reid · Capítulo 3 de 3 · parte 1/3

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Dispersión

Tercera parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

 

—Buenos días.

Abro los ojos y veo una mancha borrosa de colores sin forma. Intento enfocar la vista.

Jack está de pie junto a mi cama. Noto la cabeza embotada y no sé muy bien dónde estoy. Y de pronto me acuerdo: fiebre, Jack, la cocina. Lo vi en un estado muy alterado. No podía hablar. Él estaba llorando. Yo vi sus lágrimas.

¿Habrá formado parte de mi sueño? Estaba muy mareada. ¿Durante cuánto tiempo? ¿Días? ¿Una semana? No tengo ni idea.

Pero lo que sí recuerdo, vívidamente, es haberlo visto a él. Lo vi anoche. Estaba aquí. Sentado en mi sillón, pintando.

Miro a Jack, que tiene cara de estar fresco y descansado, no la que tenía en la oscuridad de la cocina.

—¿Qué ha pasado? —pregunto con voz rota y áspera.

—Has estado enferma —me dice—. Mala del estómago.

—¿Desde cuándo?

—Desde la cena de anoche. Algo te sentó mal. Yo he pasado aquí la noche entera, atendiéndote. ¿Cómo te sientes ahora?

—¿Has estado aquí conmigo? ¿Anoche? —digo.

Él asiente con la cabeza.

Me incorporo en la cama. Me siento vieja, pero… bien. Vuelvo a sentirme yo misma. Me siento igual que ayer, antes de que sucediera todo. La cama sigue siendo blanda, caliente. Jack está cuidando de mí.

—Ha sido horrible —digo—. Tengo la sensación de haber estado mala una semana.

—Una intoxicación alimentaria es algo brutal. Has tenido fiebre muy alta.

Bebo un sorbo de agua del vaso que tengo junto a la cama. Está fría y me suaviza la aspereza de la garganta.

—¿Se ha puesto malo alguien más? —pregunto llevándome una mano a la cabeza.

—Sí, todos —contesta Jack.

—¿Y Shelley y tú?

—¿Cómo te encuentras ahora? —me pregunta—. ¿Tienes algo de apetito?

Estudio la posibilidad de comer un plato de huevos y tostadas y, cosa sorprendente, el estómago me hace ruidos.

—Sí —respondo—. La verdad es que tengo hambre.

—Eso es buena señal.

Jack me entrega un objeto liso que encaja en mi mano con facilidad.

—Te he traído una cosa —susurra inclinándose hacia mí—. Pero no se lo digas a los otros.

Miro el objeto que me ha depositado en la mano.

—¿Qué es esto?

—Música —contesta—. Para tus auriculares. Es un iPod. No se me ha olvidado.

—No sé cómo se usa esto —digo.

—Mira, yo te enseño, es intuitivo —me dice él.

Dedica unos momentos a mostrarme cómo se usa el dispositivo. En efecto, tiene pinta de que voy a saber utilizarlo.

Da media vuelta para marcharse, pero lo llamo cuando llega a la puerta.

—¿Por qué has hecho esto por mí?

—Porque me caes bien. Me gusta la manera en que me hablas de las cosas. Lo abierta que eres.

Está a punto de irse.

—Jack, ¿qué es lo que ha pasado? Cuando te vi, estabas llorando. ¿Te encuentras bien?

—Todo está bien, Penny. Es un nuevo día. El desayuno está listo para cuando tú quieras.

Una vez que se ha marchado, dejo transcurrir uno o dos minutos sin moverme. Me quedo acostada en la cama, intentando aquietar mis pensamientos. Palpo la sábana encimera y la bajera. Están secas, no empapadas de sudor. La noche que he pasado enferma, ¿habrá sido la de ayer? En este momento, esta mañana, tengo la impresión de que ha sucedido mucho antes. Aún tengo la cabeza embotada, pero el estómago vuelve a hacerme ruidos para decirme que es hora de desayunar. Ya tengo mucha hambre. Saco los pies de la cama y me levanto.

Antes de ponerme las zapatillas, me doy cuenta de que tengo las uñas de los pies muy largas. Mi rodilla mala no está tan dolorida como de costumbre. Me la froto con la mano y muevo la pierna arriba y abajo. Ni siquiera la noto agarrotada.

Los efectos del malestar de anoche han desaparecido por completo. Qué bien se está cuando se está bien. Eso nunca lo decía en mi apartamento. Nunca lo pensaba. Y anoche estuve muy enferma. Esta mañana me siento mucho mejor. Mejor que nunca. Entra el sol en mi habitación y acentúa lo vacías que están las paredes. Ojalá estuvieran decoradas. Las de mi apartamento estaban llenísimas de cosas, fotografías, carteles, cuadros.

También echo de menos mis álbumes de fotos. Debía de tener seis o siete, todos llenos. Antes los sacaba cada cierto tiempo y los hojeaba. Me encantaba ver los antiguos rostros.

¿Qué habrá ocurrido con todos esos álbumes? Aquí no están.

Me cuesta trabajo recordar lo sucedido el día o los días anteriores a la mudanza. Mike se encargó de embalarlo todo. ¿Quitaría todas las cosas que había en las paredes? Sí que recuerdo que dije que quería los álbumes de fotos. Pero ¿por qué embaló en cambio mis cuadros? ¿Qué ha sido de todos los objetos que no echo de menos pero que utilizaba a diario, cubertería, cristalería, vajilla? Mi cama. Mi mesa de la cocina. Mi sillón. He pasado muchísimas horas en ese sillón.

Reparo en que todavía tengo en la mano el pequeño dispositivo que me ha traído Jack. Cojo los auriculares de la mesilla de noche y me los pongo. Pulso el botón de reproducir e, inmediatamente, los oídos se me llenan de música. Duke Ellington.

Miro por la ventana, hacia los árboles. Miro las paredes vacías. Miro el techo, que es de color blanco, como las paredes. Es como si estuviera empezando de nuevo. Empezando de cero para lo que me quede de vida, dure lo que dure.

Me quito las zapatillas y empiezo a deslizarme descalza por la habitación, moviéndome de una manera que hace que me sorprenda del hecho de que aún puedo, de una manera en que hacía mucho tiempo que no me movía.

Me cuesta creerlo. Estoy bailando.

Es Shelley, y no Jack, quien sirve hoy el desayuno. Representa una novedad. Tenía la impresión de que hacía mucho tiempo que no la veía. No me pregunta qué tal estoy ni me ofrece ninguna palabra de consuelo por la noche que he pasado enferma. Esta mañana, hay en ella una cierta intensidad en su actitud, cierta sequedad.

Estoy muerta de hambre. Empiezo con una tostada. Ya tiene mantequilla, pero yo le pongo más, la extiendo por todos los bordes hasta que el pan queda brillante. También tenemos fruta, yogur y huevos duros. Cojo dos huevos de la fuente.

Comemos. Todos nos alimentamos cuidadosamente; es una necesidad humana muy fundamental.

Levanto la vista de mi plato y miro a Hilbert. Yo diría que es mayor que yo. Pero no me interesa saber cuántos años tiene. Existen otras maneras de calcular el tiempo y la experiencia.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —le pregunto—. En Seis Cedros.

—No lo sé —me responde. Esta mañana, sus ojos están distintos. No tan brillantes y penetrantes como ayer.

Espolvorea su huevo con un poco de sal y pimienta.

—¿Estuviste indispuesto anoche? Yo estuve muy enferma —digo.

—¿Estuviste indispuesta? ¿Anoche? Lo siento mucho. Espero que vayas acostumbrándote.

—¿Que vaya acostumbrándome?

—Sí, a que los días se mezclen unos con otros —me dice, y da un mordisco al huevo—. Es lo que ocurre aquí.

Ruth y Pete están ocupados comiendo. Pete, como de costumbre, está derrumbado en la silla y totalmente concentrado en el plato. Sin embargo, me doy cuenta de que Ruth no nos quita ojo.

—Aquí me siento bien —susurro—. Pero todavía soy nueva. Todavía me estoy acostumbrando.

—Esto. Todos los días —dice él—. Lo que hacemos aquí no cambia. Trabajamos.

Algo se agita en mi interior cuando dice eso.

—Todos tenemos nuestro trabajo, pero los días son iguales. El espacio y el tiempo son engañosos. Piensa en las fracciones equivalentes. Las fracciones que tienen numeradores y denominadores distintos pero el mismo valor. Tres sextos y cuatro octavos equivalen ambos a un medio. Son todos lo mismo.

Se introduce en la boca la otra mitad del huevo.

—A lo mejor hay algo que podamos hacer para cambiar eso —digo—. Para que las cosas no se mezclen unas con otras.

—Lo dudo. Me parece que aquí siempre ha sido así —afirma—. Me parece que así quiere ella que sea.

Muerdo la tostada. Mastico, trago.

—¿Posarías para mí? —le pregunto.

Tarda unos momentos en entender lo que le he preguntado. Se limpia la boca con la servilleta y parece animarse un poco.

—No estoy seguro de que ella apruebe eso —contesta.

—Yo tampoco estoy segura —replico.

—En fin —dice, y mientras piensa hace un leve chasquido con la lengua —. Sí.

Por la forma en que lo dice, casi da la impresión de que me está formulando una pregunta. Pero me da igual. Ha dicho que sí.

La última persona que posó para mí fue una mujer de nuestro edificio. Debió de ser hace una década. No conocía el arte, el retrato ni el surrealismo. Era madre soltera y trabajaba de camarera en una cafetería que había dos calles más allá. Tenía un rostro realmente extraordinario: de una redondez perfecta, lleno de arrugas y con una expresión de serenidad. Quise que lo viera tal como yo lo veía. La belleza, la rudeza, la elegancia, la experiencia. Estaba todo allí. Pero, al igual que ocurrió con el resto de mis obras, nunca llegué a considerar que su retrato ya estuviera terminado, de modo que jamás se lo mostré.

Una oleada de emoción en el vientre, un cosquilleo.

Asiento con la cabeza y reanudo mi desayuno sirviéndome un tercer huevo.

—Es hora de tener una reunión —dice Shelley abruptamente al tiempo que retira nuestros platos vacíos.

No decimos nada, nos levantamos y echamos a andar hacia la sala común. Estoy intentando cruzar la mirada con Hilbert, pero él no mira en mi dirección, como si considerase que no debe. Su gesto es inexpresivo y difícil de interpretar, con la vista al frente.

Caminamos en fila india por el pasillo. Lo único que se oye son nuestras pisadas y a Shelley, que va tarareando detrás de nosotros.

Todos ocupamos nuestros asientos. Aquí dentro hace más calor que en el comedor o en el pasillo. Siento en el brazo el calor del sol que entra por la ventana. Nadie habla. Ni Hilbert ni Ruth. Por supuesto, Pete tampoco. Ni siquiera Shelley. Se limita a permanecer sentada, sonriendo, mirándonos a todos.

¿Qué es esto? ¿Qué está pasando?

El silencio es tan intenso que me llevo una mano al oído para ver si llevo puestos los auriculares que anulan todo sonido, pero no.

Sigue sin hablar nadie. Incluida yo. Podría decir algo. Podría ser la que hablara, la que rompiera el hielo, pero no.

Hoy hace más viento. Veo que se mueven las ramas de los árboles. Es bonito. Los árboles no tienen hojas, tan solo ramas desnudas. Deben de ser árboles muy viejos. Llevan aquí mucho más tiempo que esta casa.

—¿Jack? —dice Shelley rompiendo el silencio.

Aparto la vista de la ventana y la fijo en ella. No sabía que Jack estuviera en el pasillo. ¿Por qué no ha estado en el desayuno? ¿Por qué está esperando ahí fuera?

—Jack, por favor, ya puedes pasar.

Yo soy la única que se gira hacia la puerta. Jack entra, pero no dice nada.

—Acércate —dice Shelley.

Él obedece y se acerca, pasa por mi lado y va hacia Shelley. Nuestras miradas se cruzan un instante. Shelley se yergue en toda su estatura. Mide varios centímetros más que Jack. La diferencia de altura parece mayor de lo que yo creía que era. Shelley coge una silla y la lleva hasta el centro del semicírculo.

—Toma asiento.

Jack, vestido con la ropa blanca de hospital, titubea, pero luego se sienta, nervioso, moviendo una pierna. Miro a Hilbert y a Pete, y después a Ruth. Todos están mirando fijamente a Jack. Parecen estar decepcionados. Es como si todos hubieran adoptado la actitud de Shelley.

—Nunca tienes ocasión de participar en nuestras conversaciones —dice Shelley—. Lamento que te hayas quedado al margen.

Él mira el suelo y emite un carraspeo.

—¿Por qué no compartes algo con nosotros?

Está nervioso. No es capaz de permanecer quieto.

—¿Como qué? —pregunta estableciendo contacto visual con ella—. ¿Qué es lo que tienes en mente?

—Oh, no sé. Como lo que hacías antes de trabajar aquí.

¿Qué habrá hecho para molestarla tanto? ¿Por qué Shelley lo confronta de esta manera, delante de nosotros? ¿Es posible que lo haya visto como lo vi yo? Alterado, asustado, hundido, bebiendo vino. ¿Estará intentando enfatizar algo?

—Estaba en el paro —dice Jack.

—¿Vivías con alguien?

—No.

No me gusta cómo le habla Shelley. Está siendo agresiva. Me siento incómoda por Jack. Por todos nosotros.

—¿Cómo era la casa?

—¿La casa en la que vivía?

—Sí.

—Pequeña.

—¿Acogedora?

Ruth está a punto de decir algo cuando de pronto Shelley levanta una mano.

—Ruth, deja que por el momento hable Jack.

—No —prosigue él—. Era muy cutre.

Shelley se levanta y va hacia la ventana. Se queda ahí, al sol, contemplando el bosque.

—¿Te gusta estar aquí? ¿Con nosotros?

—Sí.

—¿Qué es lo que te gusta de este sitio?

—Que puedo trabajar y vivir y formar parte del grupo.

—Aquí puedes trabajar. Ganarte la vida de verdad. Eso es un privilegio. Todo el mundo necesita tener un objetivo. Con el trabajo nos sentimos realizados.

—Soy afortunado por tener este empleo —dice Jack.

Shelley se vuelve con una sonrisa radiante en la cara. Le brillan los ojos. Nunca la he visto sonreír de esa manera.

—Me alegra mucho que opines así. Y nosotros nos sentimos afortunados por tenerte.

Jack se pone de pie. Sin mirar a Shelley, ni a ninguno de nosotros, se apresura a salir. Yo estoy perpleja.

Una vez que se ha marchado, Ruth se levanta de su asiento.

—Jack sigue siendo uno de nosotros, ¿verdad? —pregunta a Shelley.

—Claro que es uno de nosotros —responde ella—. Todos necesitamos un poco de estímulo de tanto en tanto. Eso es todo. Para que recordemos cuáles son las prioridades y qué es lo más importante.

 

¿Qué ha sido eso? ¿Qué es lo que ha pasado?

¿Shelley estaba enfadada con Jack?

¿Intentaba ponerlo en una situación violenta? ¿Hacer hincapié en que la jefa es ella, que siempre está al mando, que él necesita este empleo, que no es imprescindible, que sin nosotros, sin esta casa, no tiene nada?

No conozco a Shelley. En absoluto. Vivo con ella. Me baña y me lava la cabeza. Cuida de nosotros. Pero lleva tiempo conocer a una persona, comprender sus motivaciones y sus creencias.

Continúo reproduciendo mentalmente lo que le ha dicho a Jack. Estoy en mi dormitorio, sentada en el sillón, con la cama a mi derecha, cuando de repente caigo en la cuenta: esta no es mi habitación. Es la de otra persona.

Después de la reunión, he venido directamente aquí. He venido caminando sola, he entrado en el cuarto de baño, me he sentado, y solo ahora estoy comprendiendo mi error.

Esta habitación debe de ser la de Ruth.

Qué equivocación más tonta. Pero qué tonta soy.

Quisiera saber qué pensaría Ruth si me viera aquí así, sentada en su sillón. No le gustaría. Se alteraría mucho. Este cuarto es casi idéntico al mío. La diferencia más obvia es que en la mesa escritorio ella tiene un diccionario de francés mientras que yo tengo el estuche de pinceles.

Ya sé que no debería, pero no puedo resistir la tentación. Seré rápida. Me siento en su cama. Es blanda y anatómica, como la mía. No sé distinguir la diferencia. Me reclino hacia atrás, me giro de costado y olfateo el edredón.

Me levanto y voy hasta la cómoda. En vez de una fotografía enmarcada y una escultura, ella tiene un frasco de cristal. Lo cojo, abro el tapón y lo huelo. Reconozco el olor de inmediato. Es un perfume que antes me encantaba. Yo tenía el mismo. Lo compré solo en una ocasión y me lo ponía muy de vez en cuando. Me duró años y años.

Recuerdo que a él nunca le gustó. Por esa razón dejé de usarlo. Estoy segura de que era este.

Él nunca me dijo específicamente que lo tirase a la basura, pero yo sabía que no debía usarlo en el apartamento cuando él estuviera en casa. No merecía la pena de los comentarios que me granjeaba con ello. Lo usaba solo cuando iba a salir sin él. Se ponía muy teatrero al respecto. Me parece estar viendo la expresión de sus ojos, los hombros hundidos, el modo en que suspiraba, su gesto de exasperación, como si el hecho de que yo usara perfume fuese para él una ofensa.

Lo huelo de nuevo. El aroma no ha cambiado en todos estos años. Resulta asombroso.

Al aspirar este perfume profundamente, me viene un recuerdo a la memoria. Recuerdo haber estado hablando con él de este lugar, Seis Cedros. Sí que estuvimos hablando al respecto. Estuvimos comentando lo hermosa que parecía la casa. Lo agradable que sería vivir tan cerca de un bosque grande. Hablamos de que yo siempre había querido vivir cerca de un bosque. Se me había olvidado por completo, hasta este momento. Yo quería vivir aquí.

Huelo el perfume otra vez.

Aguzo el oído para cerciorarme de que no se acerca nadie por el corredor. Me echo un poco de perfume en el dedo, detrás de la oreja, en la muñeca. Me froto ambas muñecas. No puedo contenerme. Vuelvo a poner el tapón, dejo el perfume en su sitio y salgo a buscar a Hilbert.

—¿Sabías que en matemáticas n hace referencia a un número indeterminado? —dice Hilbert.

—No —respondo.

—Una cosa tan pequeña, una simple letra, y, en cambio, es necesaria.

—Tu forma de ver las cosas es muy diferente de la mía —digo.

—Eso es justo lo mismo que opino yo de ti —replica.

—Hay cosas que tú entiendes y yo no.

—Y viceversa —dice Hilbert—. Cada vez que conversamos, me quedo pensando en las cosas que me has dicho.

Siento un calor que se me extiende por el pecho.

—¿Cuántos días hace que nos conocemos?

—No lo sé bien. ¿Importa la suma?

—Estaba pensando que tal vez podríamos probar algo —le digo.

—¿Cuándo? —pregunta.

—Hoy. Ahora.

—¿Ahora mismo?

—Sí.

—¿Qué es lo que quieres probar?

—Quiero que sea un secreto. Entre tú y yo.

—De acuerdo, Penny —acepta Hilbert.

—Ven conmigo —le digo al tiempo que agarro su mano, larga y fuerte.

Caminamos por el pasillo arrastrando las zapatillas, cogidos de la mano, en dirección a mi dormitorio. Solos los dos. Aquí dentro podemos estar a solas. Hay silencio. Le pido que se siente en el sillón mientras preparo las pinturas. Él juguetea nervioso con el puño de su chaqueta.

—Puedes relajarte —le digo.

—Nunca he hecho esto —contesta.

—Eso es bueno.

Mientras lo preparo todo, observo a Hilbert, veo cómo está sentado, el ligero temblor de sus manos, cómo recorre la habitación con la mirada. A su edad continúa siendo una persona curiosa y reflexiva.

—¿Has estado casado, Hilbert, antes de venir aquí?

—He estado casado. Ahora soy viudo.

—Lo siento —digo.

—Estuvimos juntos mucho tiempo —dice.

Ya se ha calmado y yo empiezo a pintar.

—¿Cómo era ella?

—Inteligente —contesta—. Intensamente lógica. Eso fue lo primero que me cautivó de ella. ¿Tú has estado casada?

—No, pero he tenido un compañero durante muchos años. Vivíamos juntos. Era artista.

—¿Has estudiado para hacer eso? —pregunta Hilbert.

—¿Pintar?

—Sí.

—Formalmente, no, he aprendido sola. Leyendo libros, probando cosas, yendo a galerías de arte. No me gusta decir que he sido autodidacta, porque hay muchas cosas que me han influido.

—Seguro que eso ha sido para mejor. Yo estudié mucho tiempo, muchos años, durante casi toda la primera parte de mi vida de adulto, enseñanza formalizada, académica. Nunca pensé que iba a disfrutar siendo profesor, pero disfruté.

—¿Enseñabas matemáticas en la universidad?

—Sí, y además tenía trabajo propio suficiente para mantenerme ocupado. Había presión para publicar. A medida que fui haciéndome mayor sentí cada vez menos esa presión, pero continué trabajando. Con el paso de los años, he llenado montones de páginas de papel azul cuadriculado.

—Es como si hubieras regresado a lo que te hizo empezar al principio de todo.

—La que me hizo empezar fue mi madre. Me enseñó aritmética básica en la mesa de la cocina.

Me imagino a Hilbert de joven; de hecho, lo veo así, encorvado sobre un pupitre y con un lápiz en la mano.

—Qué bonito. ¿Y eso fue lo que te enganchó?

—Supongo —contesta—. A partir de ahí, ya no paré. Siempre había algo más que aprender.

—Sí, a mí me ocurre lo mismo, pero por razones distintas. Siempre he pensado que pintar era una especie de patio de recreo, una pasión. Y no solo la mía. Tenía que ver con las fronteras, las fronteras físicas. Siempre he tenido la impresión de que el arte que me gustaba me había encontrado a mí, y no al revés.

—Sí, sí, entiendo lo que quieres decir —contesta Hilbert.

Está manteniendo la postura extraordinariamente bien, sentado en el sillón, con los hombros rectos.

—Lo único que lamento de no haber mostrado nunca mis obras es que me he perdido la oportunidad de vivir ese proceso en el que otra persona reacciona a su modo particular. Lo importante no es entender una obra, sino reaccionar a ella. Reaccionar de cualquier manera.

—¿Así que nunca has mostrado tus obras? ¿Nunca has organizado una exposición?

—No —respondo—. Nunca.

Hilbert descruza las piernas y me mira directamente. Me doy cuenta de que está sopesando si está bien que cambie de postura. Yo afirmo con la cabeza.

—No es necesario que permanezcas todo el tiempo en una misma postura —le digo—. Adopta la que te resulte cómoda.

Exhala, deja caer los hombros ligeramente, y modifica la forma de sentarse.

—¿Conoces la hipótesis de Riemann?

—No —digo—. ¿Qué es?

—Tendríamos que empezar por los números primos y remontarnos a Euclides, que fue el primero en demostrar que existen infinitos números primos. ¡Infinitos! La hipótesis de Riemann nunca ha sido demostrada, pero… —Se interrumpe y deja la frase sin terminar—. Es curioso, estoy haciendo un esfuerzo por ordenar mis ideas.

Dedica unos momentos a pensar.

—Antes me sabía todo esto de memoria y sabía cómo describirlo. Me temo que ahora no me está saliendo nada bien. Perdona.

Baja la vista y se sonroja.

—No pasa nada. Yo creía que entendía perfectamente para qué servía pintar, pero a medida que fui cumpliendo años empecé a pensar que el arte consiste en diferentes maneras de ver las cosas. Nunca me sentí inspirada por un todo. Siempre fue un fragmento, una pizca, un instante, una impresión medio olvidada, una faceta de una persona. Nunca formada del todo, porque esa podría ser solamente mi visión de una cosa, no la visión de otro.

—¿Como yo, en este momento?

—Sí. Como tú. En este momento.

Hilbert sonríe, se pasa los dedos por su cabello canoso.

—Todo cambia —dice.

—Yo, en estos últimos días, tengo la sensación de haber cambiado —digo —. Sé que he cambiado. Drásticamente. Como más, duermo mejor. También me ha cambiado el hecho de conocerte a ti.

—Aquí cuidan de nosotros. Para que podamos vivir.

Paso unos instantes pintando en silencio.

—Cuando llegué, me sentí muy cómoda —digo—. Pero hay una cosa que me preocupa.

—¿De este lugar?

—Sí. ¿Shelley le ha hablado más veces a Jack de ese modo?

—¿Shelley?

—Sí. Lo humilló delante de nosotros. Fue algo raro.

—Lo… siento —responde Hilbert con gesto de desconcierto—. No recuerdo si ha hecho algo así otras veces.

—No pasa nada. No importa.

—Está claro que ya no tengo la cabeza tan bien como antes. Mi memoria va y viene.

—Ya —digo—. La mía también. Hay cosas que se van olvidando.

—Supongo que cuando se vive como vivimos nosotros, el momento actual pasa a ser el más importante. Uno vive el momento de ahora, hasta el siguiente.

—¿Eso te da miedo? —le pregunto.

—¿El qué?

—Vivir momento a momento. No poder recordar.

—Sí —contesta—. Me da miedo.

—A mí también.

Hago una pausa mientras Hilbert tose en la mano y luego carraspea para eliminar una molestia de la garganta.

—Pero puede que eso no sea tan malo —dice—. Lo de tener miedo.

—De verdad que aprecio mucho esto —le digo—. El tenerte aquí.

—Me alegra que me hayas pedido que pose para ti. Me pone nervioso, pero me emociona que me lo hayas pedido.

—Nunca he hablado con nadie más de mi memoria.

—Por lo menos, que tú recuerdes —replica sonriendo.

Hasta ahora no había tenido ocasión de examinarlo tan de cerca, con tanto detalle. Su rostro, sus manos. Sus ojos. El hoyuelo de la barbilla.

—Deberíamos seguir ayudándonos el uno al otro cuando podamos —le digo.

—Cuidar el uno del otro —dice él.

—Cuanto más hablamos juntos… —digo yo.

—Más entendemos —dice él terminando mi frase.

En el pasillo se cierra una puerta. Hago una pausa esperando oír pasos, pero no oigo ninguno. Solo hay silencio.

—El hecho de que hablemos juntos, aunque no vayamos a ninguna parte, constituye nuestra pequeña revolución —digo.

—Nuestra insurrección particular —dice él, y los dos nos echamos a reír.

Pasado un rato, dejo de trabajar y suelto el pincel.

—Estaba pensando que a lo mejor…

—¿Qué?

—No, es una tontería.

Me mira con gesto alentador.

—A lo mejor —repito—, podrías quitarte la camisa.

No tenía pensado pedirle esto. No se me ha ocurrido la idea hasta este preciso momento. Hilbert no dice nada. Su expresión es ambigua. No debería habérselo sugerido.

—No —responde tras una larga pausa—. No creo que te apetezca ver a un viejo sin camisa.

—Sí que me apetece. Un cuerpo se vuelve más fascinante con la edad. Más sincero.

Para mi sorpresa, hace un gesto afirmativo.

Me pongo de pie y me acerco a él hasta quedar aproximadamente a medio metro de distancia. Empiezo a quitarle la corbata, pero antes de poder sacársela me lío unos instantes con el nudo. Le quito la chaqueta. Empiezo por arriba y voy desabrochando lentamente los botones de la camisa. Mis manos van calmándose de nuevo. Noto un calor que me sube a las mejillas cuando llego al último botón. Veo el mismo rubor en el rostro de Hilbert.

—Me palpita el corazón —dice.

Me coge la mano y la apoya sobre su pecho desnudo. Tiene una piel suave y libre de vello. Me doy cuenta de que está sudando, solo un poco.

—Gracias —me dice.

—Gracias a ti —respondo yo.

Yo también siento calor, siento que me palpita el corazón de igual modo que el de Hilbert.

—¿Te importa ponerte de pie? —le pido.

Se levanta, y por un instante nos miramos el uno al otro. Nos empapamos el uno del otro. Él tiene la piel arrugada y flácida. El torso imperfecto de un viejo. Se aprecian los años vividos en esa piel flácida: momentos de orgullo y de vergüenza, de emoción y de miedo, de alegría, culpabilidad, deseo, felicidad, pérdida, amor. Lo veo todo. Todo eso y más. Lo mismo que en mí.

No decimos nada más, y yo continúo con mi trabajo.

No sabría decir cuánto tiempo pasa Hilbert así de pie, con los hombros rectos, las manos a los costados, la camisa quitada. Tiene la mirada fija en el suelo o en la ventana. En determinados momentos parece estar absorto en sus pensamientos, en otros esboza una sonrisa sin motivo aparente. Es impresionante que logre permanecer tanto tiempo de pie. Debe de haber transcurrido una hora. Puede que más.

En un momento dado, me dice:

—7 ÷ 2/3 = 7 × 3/2. Si se divide por una fracción, es posible invertir dicha fracción y multiplicar.

Le pregunto si está cansado, si tiene frío, si quiere hacer un descanso. Todas las veces me responde que no. Me dice que continúe trabajando.

Le obedezco. Continúo pintando y me sumerjo en el retrato. He ido añadiendo detalles a la barbilla y a los labios, hasta que de pronto noto un cambio en la habitación. No me había percatado hasta el momento, pero ahora ya resulta inconfundible: la sensación de que aquí hay otra persona. Otra presencia.

—Deberíamos hacer un descanso —digo.

Me echo la chaqueta de punto sobre los hombros y ayudo a Hilbert a ponerse la camisa.

—¿Qué es eso? —pregunto al reparar en un detalle, un bultito que tiene en la nuca.

Alzo una mano para tocarlo con el dedo. ¿Qué será? ¿Un lunar? ¿Un grano? Parece una protuberancia extraña, como un grupito de champiñones minúsculos. Se estremece cuando se lo toco.

Shelley entra en la habitación sin llamar. Nos mira, nos ve de pie juntos, Hilbert con la camisa a medio abrochar, yo con una mano en su nuca. Me entra el deseo irrefrenable de esconder mi pincel, la pintura. De tapar el retrato. Esto iba a ser un secreto entre él y yo. Frente a ella. Frente a los otros.

—¿Qué está haciendo aquí dentro? —le pregunta a Hilbert—. Le he estado buscando. Es la hora de su siesta.

—¿Ya? ¿Qué hora es?

Ignora mi pregunta.

—Venga, Hilbert. Vámonos.

—Pero es que tiene unas marcas —digo— en la nuca. Unos bultos.

Esto hace que Shelley frene en seco.

—¿Unas marcas? —dice.

—Sí, con pinta de dolerle.

Hilbert se lleva una mano a la nuca y se toca el sitio en cuestión.

—Ya basta, Penny. No molestes a Hilbert.

—No lo estoy molestando.

—Sí lo molestas. Tienes una imaginación demasiado activa, lo cual es bueno para tu trabajo, pero no quiero que eso se apodere de ti.

Hilbert se inclina hacia mí y me habla en voz baja para que no lo oiga Shelley:

—Quiero que pintes esas marcas en mi retrato, si eso es lo que ves — susurra—. Pinta aquello que veas.

—Vamos —dice Shelley, y lo hace salir de la habitación.

Solo cuando ya se han marchado caigo en la cuenta de que oigo a Pete tocando su violín.

Ahora estoy a solas. Sola. Solitaria. Sin compañía. Una ermitaña. Sola en mi habitación, como si hubiera regresado a mi apartamento. Sin Hilbert. Sin nadie con quien hablar. Sin nadie a quien tocar. Sin nadie a quien pintar.

Entro en el cuarto de baño, abro el agua caliente y me echo un poco por la cara, el cuello y las muñecas.

¿Qué era lo que he visto en la piel de Hilbert? ¿Estaba allí mientras pintaba? En ese caso, no me di cuenta. A lo mejor me lo estoy imaginando. A lo mejor fue solo una sombra. No siempre podemos fiarnos de nuestros sentidos.

Me giro lentamente en redondo, contemplando las paredes de mi habitación, y luego me miro los brazos y las manos. Experimento una fuerte reacción instintiva de meterme en la cama, taparme con la manta, cerrar la puerta con llave. Jugueteo con el picaporte.

Mi puerta no tiene cerradura. No puedo cerrarla con llave.

Vuelvo a entrar en el cuarto de baño y examino la puerta y el marco. Aquí tampoco hay cerradura. Inspecciono la zona que rodea el lavabo y el espejo. Abro la cortina de la ducha. Regreso a la habitación y voy hasta la ventana. La luz diurna ya está menguando.

Desde que llegué aquí, no he salido al exterior. Ni una sola vez. Quiero respirar el aire fresco, sentirlo en la cara.

Ha pasado demasiado tiempo. Aquí dentro todos respiramos el mismo aire. Antes, salía a la calle, iba al parque, me sentaba en el banco que había cerca del sendero. El aire fresco es esencial para los seres humanos, para los animales, las plantas y los árboles.

Voy hasta la mesa escritorio y la mesilla de noche, enciendo la lámpara, la apago de nuevo. Encender. Apagar. Encender. Apagar. Ese chasquido me tranquiliza. El retrato inacabado de Hilbert me devuelve la mirada.

Me siento en la cama. En el silencio. Oigo un leve zumbido, casi como el de un insecto, una abeja. Ladeo la cabeza en el intento de captarlo mejor. Resulta casi imposible de distinguir del silencio.

Me levanto otra vez y vuelvo a la mesa escritorio. El zumbido aumenta conforme me voy acercando, hasta que me quedo de pie junto a la mesa. Por encima de mí hay una bombilla de la luz. Igual que en mi apartamento. Cuando me caí. Me di un golpe en la cabeza. Había alguien en el apartamento conmigo. Me desperté con sangre en la cabeza, sangre en el suelo.

Giro la silla y, con cierta dificultad, consigo subir primero una rodilla y después la otra. Desde la silla, paso a la mesa. Noto el esfuerzo que hacen mis viejas articulaciones. Esta vez no me he caído. Mi habitación se ve diferente desde aquí arriba, más pequeña. Me afianzo y, acto seguido, apoyándome en la pared, me pongo de puntillas para acercarme lo más posible a la bombilla. Está claro que es de ahí de donde proviene ese zumbido. Ya estoy muy cerca. Cierro los ojos… y escucho.

«Las pequeñas y queridas abejas… lo cierto es que son lo suficientemente inteligentes como para emplear las matemáticas».

¿Quién dijo eso? ¿Quién me lo ha dicho? ¿Cuándo lo he oído?

Abro los ojos.

Estoy subida a la mesa escritorio. Recorro la habitación con la mirada. Estoy sola. Todavía oigo el zumbido, pero ya no resulta indescifrable. Es conocido. Voces. Personas hablando todas a la vez. Voces que se superponen, ninguna se percibe con nitidez. Estoy haciendo un esfuerzo desesperado por entender lo que dicen.

Cierro los ojos.

Veo caras. Las caras de los otros. De nosotros. Somos nosotros. Pete, Ruth, Hilbert. Los veo muy de cerca, cada rostro. Labios y dientes, mordiendo, masticando, tragando, comiendo. Pete, Ruth, Hilbert. Pete con su violín. Ruth conjugando verbos franceses. Hilbert encorvado sobre su papel cuadriculado, lápiz en mano.

Pete, Ruth, Hilbert. Espantosamente viejos. Grotescos. Es repulsivo ser tan viejo. Despreciable. Todos nosotros caminando en círculo todos juntos, para protegernos.

Al otro lado de la ventana está totalmente oscuro. ¿Cuánto tiempo llevaré de pie en lo alto de mi mesa? Tengo los pies doloridos.

Levanto una mano y, extendiendo el brazo del todo, toco la bombilla con la punta del dedo índice.

Lanzo un chillido, retiro la mano inmediatamente, a punto estoy de caerme de la mesa.

La bombilla me ha quemado el dedo. Me bajo de la mesa. Tengo los pies firmemente apoyados en el suelo. Me sujeto el dedo quemado con la otra mano. Lo aprieto con fuerza. Camino de un lado para otro. Jack debe haberme oído chillar. Entra corriendo en mi habitación.

—¿Qué ha pasado, Penny? ¿Te encuentras bien?

Lo miro. Desea ayudarme. Pero no me atrevo a decirle la verdad de lo que ha sucedido. Podría enfadarse conmigo. Podría contarle a Shelley que me he subido a la mesa.

—Me he hecho daño en un dedo —contesto.

—Oh, no. Déjame ver. ¿Qué ha pasado?

—Me… lo he pillado con la puerta.

Jack me mira el dedo y ve que está rojo. Seguidamente, me mira a los ojos.

—¿Todavía te duele?

—Está bien. Estoy bien.

—¿Te lo has pillado con la puerta de tu habitación?

—Sí —miento.

Jack me mira como si supiera que no es verdad. Es la primera vez que le digo una mentira.

—Mi puerta no tiene cerradura.

—¿Cómo?

—¿Por qué no puedo cerrar mi puerta con llave?

—¿No te acuerdas? Ya lo hemos explicado. Ven —me dice—, siéntate.

Me ayuda a sentarme en la silla de la mesa escritorio.

—No me había percatado hasta hoy mismo, antes de pillarme el dedo.

—Las cerraduras se quitaron cuando se hizo la reforma —dice Jack.

Las bombillas no deberían emitir esos zumbidos. Ni estar tan calientes. Las puertas deberían tener cerradura.

—Las personas necesitan intimidad —digo.

—Las personas de aquí necesitan ayuda. A ella no le gusta la idea de que haya cerraduras en este lugar.

—¿Por qué?

Jack mira un momento a su espalda, hacia el pasillo, y después se gira de nuevo hacia mí.

—Por muchas razones, Penny —responde irritado—. Las cerraduras pueden ser peligrosas en un sitio como este.

—¿Un sitio como este?

—En el que los residentes tienen ciertas… dificultades. En el que la memoria representa un problema.

—Mi memoria está perfecta —replico.

Jack se frota la frente con las manos, y luego los ojos.

—Aquí hay mucha confusión. Tener cerraduras sería una mala idea.

—¡Ni siquiera mi cuarto de baño tiene cerradura!

—Nadie va a molestarte mientras estés dentro.

—¿Y eso cómo lo sé?

Jack se acerca un poco más.

—¿Se te olvida que sufriste una caída cuando te subiste a tu escritorio?

—¿A mi escritorio? Me caí de una silla. En mi apartamento. En mi cocina.

Noto que, de manera instintiva, me llevo una mano a la frente, al lugar donde está la costra. No palpo nada. Me paso la mano por toda la frente. No hay costra. Ni cicatriz. Nada. Tan solo piel seca y arrugada. Eso no puede ser. Ayer todavía estaba la cicatriz. Solo llevo aquí unos pocos días.

—Jack, ¿hay alguna cosa que yo no sepa?

—¿A qué te refieres?

—A este lugar. A ella. A esta casa.

Jack sonríe y me apoya una mano en el hombro.

—Estás adaptándote muy bien.

—Estoy hablando de una sensación que tengo. Es cada vez más intensa. —Algo raro ocurre en esta casa. En mi habitación.

—No sé qué quieres decir.

—¿Me estás vigilando?

Jack pone los ojos en blanco.

—Venga, Penny. Tenemos que saber lo que sucede por aquí. Para cerciorarnos de que ninguno corréis peligro.

De nuevo oigo ese suave zumbido, proveniente de arriba. Intento mirar la bombilla sin que Jack me vea. No quiero que sepa lo que estoy mirando.

—Entonces, ¿en mi habitación no hay nada que yo desconozca? No me siento yo misma. Siento que hay algo… aquí conmigo, y no me gusta.

En mí. Dentro de mí. No lo digo, pero tengo la sensación de que está expandiéndose, creciendo, conectándonos, uniéndonos para siempre.

—¿Por qué aquí vivimos solo cuatro personas? —pregunto—. ¿Por qué hay solo cuatro residentes?

0,1666666666.

—Porque somos una residencia pequeña. Es bueno tener curiosidad, Penny. Pero no queremos que la curiosidad se transforme en paranoia.

—¡Yo no estoy paranoica!

—¿No pensabas también en tu antigua casa que te vigilaban?

Hago memoria de esos días en mi apartamento. La persona de pie en la calle que me miraba fijamente. Las voces en la vivienda de al lado. El hombre que vino a arreglar las boquillas de salida. Mike viniendo a ver si me encontraba bien, haciendo el equipaje, trayéndome aquí.

—Había una persona en la calle —digo.

Jack se agacha y se inclina hacia mí.

—¿Y dices que te estaba vigilando? ¿Alguna vez dijo algo, intentó abordarte o hacerte daño?

—En ningún momento habló conmigo, no. Pero estoy convencida de que esa persona sabía que yo estaba sola. Y de que me estaba vigilando. Pudo ser ella.

Observándome, seleccionándome, convirtiéndome en su presa porque soy vieja y vivo sola. A lo mejor este sitio no lo escogí yo. A lo mejor me escogieron. Me seleccionaron. Ahora que ya estoy aquí, ella tiene todos los días planificados para nosotros. Comidas y siestas. Ella decide cuándo nos levantamos y cuándo nos acostamos. No hay nadie que venga a ver si me encuentro bien, a visitarme, a preguntarme qué tal me va aquí. Ella sabía eso.

—Ya sé que antes de venir aquí lo estuviste pasando mal —dice Jack—. Pero debo recordarte que la mente puede jugarnos malas pasadas. Esta vieja casa está aquí para que todos estéis seguros y cómodos. Nada más.

—Puede que no me acuerde de todo —replico—, pero mi mente está perfecta.

Noto que le está entrando ansiedad por la manera en que se agarra las manos, restregándose los dedos. Lanza un suspiro de frustración.

—Penny, una lección que he aprendido trabajando aquí es la de que no siempre somos conscientes de los cambios mientras estos tienen lugar. La mayoría ocurren de manera gradual, no de la noche a la mañana. No tienes nada de que preocuparte.

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