Dulce compañía
Capítulo I
A las nenas: Carmen, Villa, Titi, Cristina, Clara, Gloria Ceci, Diana y Helena.
…queda demostrada de nuevo la flaqueza natural de las mujeres y sus viciosas y adquiridas facilidades para caer bajo el asalto de cualquier ángel caído.
JOSÉ SARAMAGO
I
Orifiel, ángel de luz
No hubo presagios que anunciaran los hechos. O tal vez los hubo, pero no supe interpretarlos. Reconstruyendo la secuencia recuerdo ahora que días antes de que todo empezara, tres hombres violaron a una loca en la zona verde enfrente a mi edificio. También fue por ese tiempo que el perro de mi vecina se lanzó por una ventana del tercer piso, cayó a la calle y salió ileso, y que la lotera leprosa de la esquina de la 92 con 15 parió un hijo sano y bonito. Seguramente ésas fueron señales, ésas y tantas otras, pero sucede que esta ciudad desquiciada manda tantos preavisos de fin del mundo que uno ya no les presta atención. Y eso que aquí, donde vivo, viene siendo barrio clase media: nadie se imagina la de presagios que se dejan ver a diario por los tugurios.
La verdad escueta es que esta historia de ecos sobrenaturales, que de tan curiosa manera habría de trastornar mi vida, empezó a desenvolverse a las ocho de la mañana de un lunes muy terrenal y corriente, cuando entré de pésimo humor a la sala de redacción de la revista Somos, donde trabajaba como reportera. Tenía la certeza de que mi jefe me daría una orden que no quería oír, contra la cual me había indispuesto durante todo el fin de semana. Sabía que me mandarían a cubrir el reinado nacional de belleza, que estaba por empezar en la ciudad de Cartagena. Yo era más joven que
ahora, me sobraban bríos y me empeñaba en escribir cosas que valieran la pena, pero el destino, que me daba por la cabeza, me obligaba a ganarme la vida en uno de tantos semanarios de frivolidades.
De todas mis obligaciones en Somos, el reinado era por mucho la peor. Era una tarea desapacible entrevistar treinta muchachas con talles de avispa y cerebros del mismo animal. Reconozco que también me lastimaban el orgullo su mucha juventud y sus pocos kilos, pero lo más doloroso era tener que concederle importancia a la sonrisa Pepsodent de miss Boyacá, a la soltería cuestionada de miss Tolima, a la preocupación por los niños pobres de miss Arauca. Para colmo las remas se esforzaban por fomentar una imagen simpática y descomplicada, a todo el mundo trataban de tú, repartían besos, derrochaban contoneos y jovialidad. Se familiarizaban con los reporteros a los que veníamos de Somos nos decían "Somitos": Somitos, mientras me entrevistas sostenme el espejo y yo me voy maquillando, escribe, Somitos, que mi personaje predilecto es la madre Teresa de Calcuta, y yo ahí parada, ante sus uno con ochenta de espléndida figura, anotando en una libreta la ristra de boberas.
No. Este año no iría al reinado así tuviera que dejar mi puesto. Prefería comerme un tarro de lombrices a soportar que me llamaran "Somitos", o a hacerle el favor a miss Cundinamarca de recogerle los aretes que dejó olvidados en el comedor. Entré, pues, a la redacción murmurando maldiciones, porque sabía demasiado bien que sería imposible conseguir otro trabajo estable, así que de ninguna manera podría renunciar.
Al fondo, de espaldas, vi un muy conocido saco de pana color verde botella, y pensé, ahora este saco se voltea, y adentro aparece el jefe con su pescuezo de pavo y sin saludarme me cacarea que empaque para Cartagena, y aquí va otra vez Somitos, a comerse sus lombrices con sal y pimienta. El saco se volteó, el pavo me miró, pero contra mis pronósticos se dignó darme los buenos días y no mencionó nada de Cartagena. Me ordenó en cambio otra cosa, que tampoco me gustó:
–Salga para el barrio Galilea, que allá se apareció un ángel.
–¿Qué ángel?
–El que sea. Necesito un artículo sobre ángeles.
Colombia es el país del mundo donde más milagros se dan por metro cuadrado. Bajan del cielo todas las vírgenes, derraman lágrimas los Cristos, hay médicos invisibles que operan de apendicitis a sus devotos y videntes que predicen los números ganadores de la lotería. Es lo común: mantenemos una línea directa con el más allá, y la nacionalidad no sobrevive sin altas dosis diarias de superstición. Gozamos desde siempre del monopolio internacional del suceso irracional y paranormal, y sin embargo, si era justamente ahora -y no un mes antes ni un mes después- que el jefe de redacción quería un artículo sobre aparición de ángel, era sólo porque el tema acababa de pasar de moda en Estados Unidos.
Unos meses atrás, el fin de milenio y los vientos New Age habían desatado entre los norteamericanos un verdadero frenesí angelical. Cientos de personas atestiguaron haber tenido contacto en algún momento con algún ángel. Hubo incluso científicos de prestigio que dieron fe de su presencia, y hasta la first lady, arrastrada por el entusiasmo general, llevó en las solapas un broche en forma de alas de querubín. Como siempre, los gringos se azotaron con el tema hasta quedar saturados. La first lady se deshizo de las alas y volvió a joyas más clásicas, los científicos aterrizaron, las camisetas estampadas con ángeles regordetes de Rafael se remataron a mitad de precio. Quería decir que nos había llegado el momento a nosotros, los colombianos. Algo nos pasa, que no recibimos sino lo que nos llega retardado vía Miami. Es sorprendente: los periodistas nos la pasamos recalentando temas ya quemados allá.
A pesar de todo no protesté.
–¿Por qué al barrio Galilea? – quise saber.
–Una tía de mi señora tiene una mujer de allá que va por días a lavarle la ropa. Esa mujer le contó del ángel. Así que salga ya y consiga la historia como sea, aunque se la tenga que inventar. Y saque fotos, muchas fotos. La
semana entrante mandamos el tema en carátula nosotros también.
–¿Me puede dar algún nombre, o dirección? ¿Alguna referencia menos vaga?
–Ninguna. Arrégleselas, yo que sé; cuando vea uno con alas, ése es el ángel.
Galilea. Debía ser una de las incontables barriadas del sur de la ciudad, atestada de vecinos, miserable, devastada por las bandas juveniles. Pero se llamaba Galilea, y desde chiquita a mí los nombres bíblicos me conmocionaban. Todas las noches al acostarme, hasta que tuve doce o trece años, mi abuelo me leyó algún trozo del Antiguo Testamento o de los Evangelios. Yo lo oía hipnotizada, sin entender mayor cosa, más bien dejándome llevar por el runrún de sus erres de belga viejo que nunca pudo con el español.
El abuelo se quedaba dormido en medio de la lectura y entonces yo, sonámbula, repetía en voz baja retazos de su trabalenguas todopoderoso.
Samaría, Galilea, Jacob, Raquel, Bodas de Cana, lago Tiberíades, María de Magdala, Esaú, Getsemaní, retahíla de nombres sonoros que rodaban bienhechores por mi alcoba a oscuras, cargados de siglos y de misterios.
Los había también pavorosos, como las palabras "mane tesel fares", que aún no sé qué significan pero que presagian la destrucción, o como éstas oirás, "noli me tangere", durísimas, dichas por.Jesús resucitado a Magdalena.
Aún hoy, los nombres bíblicos siguen siendo talismanes para mí. Aunque aclaro que a pesar de las lecturas del abuelo, y de que recibí el bautismo y la formación cristiana, en realidad nunca fui practicante, y tal vez ni siquiera creyente. Y sigo sin serlo: lo recalco desde ya para que nadie se prevenga -o se entusiasme- pensando que ésta es la historia de una conversión.
Confieso que cuando mi jefe dijo "Galilea ", en ese primer momento la palabra no me transmitió nada. Hubiera debido obrar en mí como una premonición, como una señal de alarma. Pero no fue así, tal vez porque la voz fastidiosa que la pronunció le había apagado la fuerza. Simplemente se
daba el hecho peculiar de que a los barrios más pobres les endilgaban nombres bíblicos -Belencito, Siloé, Nazaret- y yo no le di al asunto más vueltas que ésa.
Veinte minutos más tarde tomaba un taxi y le pedía que me llevara hasta allá. El taxista ni siquiera había oído hablar del sitio y tuvo que averiguar por el radioteléfono.
De los ángeles yo no sabía más que una oración que rezaba de niña, "Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día", y mi único contacto con ellos se había dado durante una procesión de 13 de mayo, día de la Virgen, en la escuela primaria, y no en buenos términos.
Sucedió que mi íntima amiga, Mari Cris Cortés, por buena estudiante había sido escogida para formar parte de la Legión Celestial y por tanto iba disfrazada de ángel, con unas alas muy realistas que su mamá le había fabricado con plumas. Cuando la vi me dio risa, y le dije que no parecía ángel sino gallina, lo cual era cierto. Según la tradición, ese día cada niña debía escribir, en un papelito secreto, el deseo más profundo que le quisiera pedir a la Inmaculada, y esos papelitos, que uno no podía dejar que nadie leyera porque perdían su efecto, se quemaban después en unas canecas para que el humo llegara hasta el cielo. Esa vez sucedió que Mari Cris Cortés, ofendida por lo de la gallina, me rapó mi papel secreto y lo leyó en voz alta, y así todo el colegio supo que mi petición era que, por favor, algún día pudiera ver la cabeza tusa de la madre superiora. Por algún motivo eso produjo en la aludida una indignación sublime, que no guardaba, a mi juicio, proporción con la ofensa, y como castigo me llevó a su recinto privado, que ya de por sí tenía fucú, y cuando estábamos las dos solas se quitó el manto, me mostró la cabeza, que no era rapada sino de pelo cano muy corto, me obligó a tocársela y me hizo pedirle perdón. Todavía recuerdo la escena con auténtico terror, tal vez inclusive como la más terrorífica de toda mi vida, aunque viéndolo bien, la cosa no era para tanto.
Alas bien al contrario, durante algún tiempo me dio prestigio porque me convirtió en la única niña del colegio que había no sólo visto, sino además tocado, la cabeza tusa de una monja, y no de cualquier monja, sino de la superiora. Que en realidad no era tusa, como ya dije, pero yo mentí. Para no destruir el mito juré que era pelada como una bola de billar, y la verdad me
la guardé para mí hasta este momento, en el cual la revelo.
Volviendo a Somos y al artículo: los motivos para escoger el tema de los ángeles me parecían deplorables. Pero a pesar de todo se me había compuesto el humor. Al fin de cuentas, cualquier cosa era mejor que preguntarle a miss Antioquia qué opinaba de las relaciones extramatrimoniales.
Nos metimos al mar intoxicado y lento de buses, carros y mendigos y nos tomó hora y media recorrer, de norte a sur, las calles irregulares de esta ciudad desbaratada. Después subimos por entre los barrios populares de la montaña hasta que se borraron las calles, había empezado a llover, y el taxista me dijo:
–Hasta aquí la puedo traer, tiene que seguir a pie.
–Está bien.
–¿Seguro quiere que la deje? Se va a mojar.
–¿Hacia dónde camino?
Me respondió con un gesto vago de la mano, como señalando la punta invisible de la montaña:
–Hacia arriba.
Con razón hay ángeles allá, pensé. Eso queda llegando al cielo.
Un buen rato trepé cerro bajo la lluvia. Llegué cuando ya no quería dar un paso más, untada de barro y con las piernas temblando de trío bajo los bluyines mojados que el viento me pegaba a la piel. La tal Galilea era una barriada de vértigo. Hacia arriba el barranco se elevaba como un muro, hacia los lados se encrespaba la maraña de matas de monte, y hacia abajo llenaba el abismo un aire esponjoso y sin transparencia que impedía ver el fondo.
Las casas de Galilea se encaramaban con promiscuidad unas sobre otras, agarrándose con las uñas de la falda erosionada y jabonosa. Por los callejones empinados se dejaba venir el agualluvia formando arroyitos. El corazón del barrio era un baldío empantanado con dos arcos a los costados que indicaban que, cuando no llovía, ahí se jugaba fútbol. Pensé que cada vez que se escapara la pelota debía rodar y rodar hasta la Plaza de Bolívar.
Por la calle no había ni ladrones. No se oía una voz detrás de las puertas cerradas. La sola y grande presencia era la lluvia, una infame lluvia helada que me caía encima con ronroneo indiferente y parejo de motor. ¿Qué se había hecho, pues, la gente? Se habría largado para partes menos peores. ¿Y
el ángel? Ni hablar. Si bajó a la tierra y cayó en este sitio debió devolverse enseguida.
Sentí unas ganas horribles de ir al baño, de llegar a mi casa, pegarme un duchazo con agua caliente, tomarme una taza de té, llamar a la revista y renunciar. Mejor dicho, me había entrado la desazón.
Pero cómo devolverme, en qué taxi o bus inimaginables, si había traspasado las fronteras del mundo y me encontraba encaramada en un peladero del más allá…
Caminé hasta la iglesia, meticulosa y recientemente pintada de color amarillo banano, con filos, puertas y detalles resaltados en marrón brillante, sobredimensionada y cachuda con su par de torres en aguja, como ponqué gótico recién horneado. También estaba cerrada, así que timbré al lado, en la casa cural. Nada. Timbré de nuevo, más largo, golpeé con el puño, y esperé hasta que una voz de viejo me gritó desde el otro lado de la puerta:
–¡No hay! ¡No hay!
Me habían confundido con un mendigo. Volvía golpear, con más empeño, y otra vez sonó el de adentro:
–
¡Váyase que no hay!
–
¡Sólo quiero información! – Información tampoco hay.
–¡Cómo así, pero por favor!-yo estaba indignada y hubiera pateado la puerta, pero ésta se abrió, y la voz tomó cuerpo en un sacerdote de galas, viejo poro no tanto, con dentadura nicotínica, barba de tres o cuatro días y un plato de sopa en la mano. Su cabeza no era redonda sino cortada en teclas, como un polígono, y yo pensé que de ella debían salir ideas obtusas.
El interior de la casa despedía un olor a guarida de fumador empedernido.
–Padre, vengo porque me hablaron de un ángel… -dijo tratando de escampar bajo el alero.
Masculló con fastidio que no sabía de ningún ángel. En su sopa flotaban pedazos de zanahoria y, a través de los lentes, sus ojos impacientes me hicieron saber que se le enfriaba el almuerzo. Pero yo insistí:
–Es que me contaron que un ángel…
–¡Que no! ¡Que no! ¡Qué ángel ni qué ángel! ¡Le digo que no hay ángel! –
el viejo me metió un regaño y terminó diciendo que si de verdad quería alabar al Señor y escuchar su verdadera palabra, volviera para la misa de cinco.
Pensé, este avechucho está demente, pero como ya no aguantaba más me tocó pedirle:
–Perdone, padre. ¿No me permite usar su baño?
Se demoró pensando, tal vez en busca de un pretexto para negarse, pero después, haciéndose a un lado, me dejó pasar.
–Por el corredor del patio, al fondo -rezongó.
Entré. La vivienda consistía en una habitación despojada, con una puerta a la calle y otra al patio. No había nadie más allí. O mejor dicho: parecía que durante años no hubiera habido nadie más allí. Sólo unas flores plásticas entre un frasco, casi tapadas de polvo, podrían indicar la huella ya lejana de una mano femenina.
–Está empapada, niña, quítese el abrigo. – No se preocupe, padre, así está bien.
–No, no está bien. Me está mojando el piso.
Pedí perdón, traté de secar el charco con un kleenex que encontré en el bolsillo, me quité la gabardina, la colgué de un clavo que me indicó en la pared.
Atravesé un patio interior de chiflones encontrados y mientras recorría un corredor con materas que no contenían matas, sino tierra reseca y colillas, pensé que las barbas hirsutas de ese cura debían rasguñar como papel de lija. Por un instante traté de imaginar cómo me defendería si intentaba tocarme.
Nunca un desconocido me había hecho daño físico, y sin embargo en mi cabeza rondaba a veces, paranoica, la prevención. Me dio rabia la irracionalidad de la cosa: que se me ocurriera semejante disparate, cuando era obvio que el pobre sólo tenía interés en que lo dejara tomar su sopa en paz.
Salvo un montoncito de calcetines a medio lavar en la tina, el baño estaba bastante limpio. Pero no me senté en la taza, según la costumbre que me inculcaron desde niña, porque a las mujeres nos entronan en la maroma de hacer pipí de pie si estamos en casa ajena, sin rozar el excusado ni mojarnos los calzones. La puerta no tenía cerrojo así que la tranqué con el brazo extendido, por si alguien (¿pero quién, por Dios?) trataba de abrirla. Por eso
digo que la psicología femenina es a ralos retorcida: nos han creado la convicción de que todas las cosas malas del inundo se mantienen al acecho, bregando a colársenos por entre las piernas.
En el baño no había espejo: lo eché de menos, porque me reconforta inspeccionar mi propia imagen en los espejos y encontrar todo en orden.
Había una repisa con un único objeto, un cepillo de dientes con las cerdas amarillas y floreadas por el uso, que me conectó sin quererlo a la intimidad desolada de ese hombre arisco que vivía allí.
Cuando regresé a la habitación, lo encontré sentado en el catre y entregado con devoción a la sopa, con la cara tan pegada al plato que el vapor le empañaba los lentes.
–Entonces no hay ángel -le hice el último intento al tema.
–El ángel, el ángel, dele con el ángel, y acaso no se les ocurre pensar que sea un enviado de abajo, ¿ah? ¿Y si es aquél que prefiero no nombrar el que está utilizando su argucia para arrastrar a la multitud ignorante a su perdición? ¿No se le ocurrió pensar?
–¿Usted cree que ese ángel es más bien un demonio?
–Ya se lo dije, ¡venga a la misa de cinco! Hoy es el día. Voy a desenmascarar públicamente a los herejes de este barrio, que son de la misma calaña de los de antes, de Dionisio el seudo Aeropagita, de Adalberto el Ermitaño -la vehemencia hacia temblar al sacerdote-, más pecadores aún, éstos de Galilea, que Simón Mago, quien afirmó falsamente que el mundo está hecho de la misma sustancia de los ángeles. ¡Que se estremezcan ante el anatema estos apóstatas de hoy! Que no jueguen con candela, ¿eh? ¡Porque se van a quemar! Pero no me haga hablar más. ¡No, no más, que no quiero anticiparme a los hechos! – aquí hizo una pausa para recuperar el aliento y limpiarse la boca con un pañuelo-. Venga a la misa de las cinco si quiere entender.
–Bueno, padre, allá estaré. Adiós y gracias por el baño.
–¡Ah, no! Ya que entró, no puede salir sin tomar un poco de sopa. Porque está visto que el que come solo muere solo, y yo no quiero morir solo. Ya tengo suficiente con haber vivido sin compañía.
–No padre, no se moleste -traté de disuadirlo, sintiéndome fatal por quitarle parte de su único deleite, y también por tener que probar ese naufragio de zanahorias en caldo gris. Pero no hubo caso: se acercó a la olla y me sirvió un plato hasta los bordes, después sacó un paquete aplastado de Lucky Strikes del bolsillo de su sotana y encendió uno en la llama del fogón.
–¿Por qué vive tan solo, padre? ¿No lo acompañan sus feligreses?
–No me quieren. Será porque llegué a estas lomas ya viejo y amargo, y no tuve arrestos para hacerme querer. Pero no me haga hablar después de almuerzo, es nocivo para la digestión y no ayuda a que los pensamientos salgan en orden.
En silencio, pues, yo comí y él fumó, si es que se puede llamar silencio a la colección de ruidajos y chasquidos que el viejo producía al saborear el humo de su chicote. Mi sopa sabía menos mal de lo que pintaba, mi estómago le dio la bienvenida al líquido caliente y yo agradecí la tosca generosidad de mi anfitrión. Este se había quedado dormido, sentado en el catre, con el pucho encendido entre los dedos amarillos y el polígono de la cabeza descolgado en un ángulo imposible. Le quite el Lucky, lo apagué en una de las materas, lavé su plato y el mío en el aguamanil del baño, dejé una nota que decía, "Dios se lo pague, a las cinco voy a su misa", y salí otra vez a la lluvia y al vendaval. Pero ya no me importaron, ahora estaba segura de que tenía historia para contar. Aún no sabía cuál, pero me habían picado las ganas de averiguar qué clase de criatura era el ángel de Galilea. Además, en la misa de cinco podía haber excomuniones, y hasta amenazas de muerte en la hoguera. No me la iba a perder por nada del mundo.
Caminé hasta una tienda que se llamaba La Estrella y entré. Pedí un café con leche, una mogolla y un bocadillo de guayaba.
La Estrella apretaba en treinta metros cuadrados todos los objetos indispensables para la supervivencia del barrio. Había bombillos, cortes de tela, manteca y juguetes de plástico, arroz, salchichón y esmalte de uñas, navajas, aspirinas, chancletas y porcelanas, todo prodigiosamente organizado y dispuesto en estanterías de madera que llegaban hasta el techo.
Había además algunas mesas con bancos, y se servían cervezas y almuerzos, según aclaraba un letrero escrito a lápiz.
–¿Ustedes saben del ángel que se apareció por aquí?
Les pregunté al viejo y a la vieja que atendían detrás del mostrador. Ellos se miraron. Debían ser casados, pero eran tan iguales que parecían hermanos.
O tal vez eran hermanos. Espantaban las moscas con gestos fastuosos de la mano, como obispos repartiendo bendiciones.
–Perdone la impertinencia -dijo el viejo, e inclinó mucho la cabeza, como si honestamente estuviera pidiendo perdón-. ¿Usted acaba de preguntarle eso mismo al padre Benito?
Me fijé que desde La Estrella podía verse la puerta de la casa cural. Me habían estado espiando, desde luego, pero era comprensible, no debían subir muchos extraños a Galilea.
–¿El párroco se llama Benito? – quise saber.
–El párroco se llama padre Benito -me corrigieren con amabilidad.
–Pues sí, señor, sí se lo pregunté.
–¿Y el padre Benito qué le dijo, si se puede saber? – el viejo tenía un acento muy cachaco.
–Que no había ninguno.
Volvieron a intercambiar entre ellos miradas entendidas, y dijo la vieja:
–No le haga caso, es un cura de derechas.
Yo pensé, esta anciana con jerga de maoísta debe saber mucha cosa, y la iba a interrogar, pero ella se me adelantó:
–¿Usted es periodista, señorita?
–Sí señora.
–Se le nota por la máquina de tomar fotografías. ¿Se puede saber de qué medio de comunicación?
–De la revista Somos. ¿Me da un poco de azúcar?
–La felicito-me dijo el viejo mientras me pasaba la azucarera-, Es una revista muy famosa. ¿Supongo que la señorita tiene su carné?
–¿El de periodista? – me sorprendió la pregunta-. Sí, sí lo tengo.
–¿Me lo prestaría un momento, si no le molesta?
Era inverosímil, en este país militarizado, los cabos, los tenientes, las patrullas exigen documentos a cada minuto, pero hasta ahora nunca me había tenido que identificar ante un vendedor de miscelánea. Sin embargo, calculé que nada malo podía venir de alguien que inclinara la cabeza con tanta educación, así que saqué mi carné profesional de la billetera y se lo entregué, Era, por supuesto, un acto irracional: el primero de una larga serie.
Los dos viejos inquisidores desaparecieron detrás del mostrador y oí que cuchicheaban. Después se asomó el señor a la puerta de la calle y llamó a gritos y chiflidos a Orlando, que llegó al rato a La Estrella y resultó ser un niño de diez años, tal vez mayor a juzgar por su mirada de profesional en la vida, tal vez menor a juzgar por lo flaquito y chirringo. Este tal Orlando tenía ojos de ternero, sólo iris negro y pestañas chuzudas, y le faltaba un diente, que quien sabe si todavía no había salido o si ya se había caído.
El viejo le entregó mi carné, la vieja le dio un pedazo de cartón para que se protegiera de la lluvia, y Orlando salió otra vez. Yo miré cómo se alejaba con mi única identificación, cómo se escurría por las esquinas con mi carné entre el bolsillo y con ese caminadito apretado y de paso menudo que adoptan los bogotanos cuando llueve y que nadie es capaz de igualar. El viejo debió verme la cara de desconcierto, porque me sirvió otro café y me dijo:
–No se preocupe, que es un muchacho muy responsable.
Yo no entendía nada de nada, pero era tranquilizador saber que Orlando era responsable. Mientras esperaba a que volviera, entró a la tienda una señora de botas de caucho y pidió dos aspirinas, cuatro clavos de acero y una docena de fósforos. Los viejos abrieron los respectivos frascos, contaron las unidades, las empacaron en tres paqueticos separados de papel marrón, y devolvieron los frascos a su lugar en las repisas. La señora pagó con unas monedas y se fue.
Orlando hizo honor a su reputación de niño responsable y al cuarto de hora volvió con mi carné, me lo entregó, y desde el centro de La Estrella anunció con voz heráldica:
–¡Dice la señora Crucifija que todo en orden, que bien pueda subir la Monita!
La Monita: ésa era yo. No falla, los pobres siempre me han llamado así. Es más, nunca me han preguntado mi nombre, no les interesa, y mi apellido menos. Para ellos siempre he sido, de entrada, la Monita, y ya. Es por mi pelo, esta maraña de pelo amarillo que desde niña uso largo, y que entre los ricos no se nota tanto, pero entre los pobres causa sensación. Exótico para estas tierras, mi pelo es -junto con veinte centímetros por encima de la estatura promedio- la herencia que recibí de mi abuelo el belga. Y eso que para trabajar me lo aprieto en una trenza, menos incómoda y aparatosa que la melena suelta. Así lo tenía ese día que subí por primera vez a Galilea.
Pero no importó, nunca importa: el niño me llamó la Monita, y así me
quedé hasta el final.
Orlando traía consigo una parranda de muchachitos de distintos tamaños, todos muy mojados.
–Bien pueda, ellos la llevan -me indicó el viejo, señalándolos-. ¿Cierto, mija?
–Así es -asintió la vieja-. Pierda cuidado, que ellos la llevan.
–Ah, bueno -dije, pero no pregunte a dónde, porque va había entendido que la cosa tenía su burocracia y su misterio. AI ver que también los niños traían puestas botas Croydon de caucho, comprendí que era la moda que se imponía en los barrizales de Galilea, y le pregunté a los viejos si no me podían vender un par.
–¿Qué número usa la señorita?
–Cuarenta -contesté, sabiendo de antemano que no había de ese tamaño. En efecto, el par más grande era un treinta v ocho, así que me resigné a los tenis que traía. Me puse la gabardina, le agradecí a la vieja el pedazo de cartón protector que me ofreció, y salí detrás de mis baquianos.
El aguacero había arreciado notablemente, el viento soplaba histérico v el suelo era puro barro. Pensé que si seguía lloviendo de esa manera toda Galilea iba a rodar hasta la Plaza de Bolívar, y antes de decidirme a hundir los zapatos entre el diluvio, hice una invocación nostálgica: ¡Quién pudiera estar en este momento bajo lecho y preguntándote, oh miss Cauca, si la mascarilla de pepino es ideal para tu cutis!
Ya iba al trole bajo el aguacero con mi procesión de niños ensopados, cuando quise averiguarle a Orlando a dónde me llevaban. El me contestó alzándose de cejas y hombros, como si fuera muy obvio:
–Pues a ver el ángel, ¿no?
–¿Se aparece a estas horas?
–Siempre está ahí.
–¡Ah! ¿Debe ser entonces una estatua, o una pintura?
Me miró con sus ojos redondos que no podían creer tanta estupidez.
–No es ninguna pintura, es un a-n-g-e-1 -dijo pronunciando letra por letra, como si yo tuviera dificultades con el español-. Un ángel de carne y hueso.
No me lo esperaba. Imaginaba que si corría con suerte podría entrevistar a un testigo de sus milagros, o a algún fanático de su culto, o en el mejor de los casos hasta a un enfermo curado por el, y que podría fotografiar la piedra donde se paró, el nicho donde le prenden velas, el monte donde lo vieron por primera vez, y toda esa basura de rutina que satisfacía las exigencias del jefe de redacción porque permitía montar, en un par de horas, una historia traída de los pelos pero que justificara un titular de este estilo en la carátula: "¡En Colombia también hay ángeles!", y el subtítulo: "Casos verídicos de apariciones."
Pero no. Lo que Orlando me prometía era la visión del ángel, de cuerpo presente.
–¿Y dónde vive el ángel? – quise precisar.
–fin la casa de su mamá.
–¿Tiene mamá?
–Como todo el mundo.
–Ah, pues sí. ¿Y la mamá es esa señora Crucifija que me autorizó a subir?
–No. La mamá se llama señora Ara.
Supuse que la siguiente pregunta también exasperaría a mi guía, pero la hice de todos modos:
–¿Me puedes contar de qué ángel se trata?
–Ese es el problema, que todavía no sabemos.
–¿Cómo?
–No sabemos. El no ha querido revelar su nombre -dijo Orlando, y otro niño confirmó:
–Es cierto, no ha querido.
Llegamos hasta el pie de la última calle. Subía larga y vertical, apretada entre dos hileras de casas chatas que se sostenían las unas en las otras, como si fueran de naipes. No se veía gente, sólo el agua que bajaba brincando. En eso era una calle igual a las demás. Pero más vistosa, porque el monte verdísimo se le comía los tejados con sus ramas y sus musgos, y porque estaba adornada por un zigzag colorinche de festones de plástico, rezago no biodegradable de las fiestas de algún santo patrón.
Orlando señaló hacia arriba:
–Ese es Barrio Bajo. El ángel vive allá, en la casa rosada…
–¿Cuál es Barrio Bajo?
–Esta calle.
–¿Y por qué la llaman así, si está más alta que las demás?
–Porque ahí viven los más pobres.
–Bueno, subamos.
Me agaché para arremangarme los bluyines, resignada a hundirme hasta las pantorrillas en esa agua color chocolate que arrastraba basuras a su paso.
–No, espere debajo de este alero -me dijo una nena de saco rojo que venía en la comitiva, y como por arte de magia desapareció en un instante junto con los demás niños, incluyendo a Orlando. Me paré donde me ordenaron, pegando la espalda a la pared para esquivar los chorros que escurrían del tejado.
Empezó a pasar el tiempo.
–¡Orlando! ¡Orlaaandoo! – mis gritos sin esperanza se apagaban recién nacidos, como velitas al viento.
Por el callejón sólo pasaban los minutos, y yo seguía esperando, parqueada en mi rincón, con el temor creciente de que los niños estuvieran escampando en sus casas, tomando tazas de leche caliente y por completo olvidados de mí. Ya me amilanaba esta situación sin futuro, cuando los vi regresar de a dos, de a tres, trayendo tablas en las manos.
Empezaron a revolar, y siguiendo indicaciones de Orlando, que dirigía la maniobra, fueron colocando las tablas transversalmente por el callejón hacia arriba, apoyando los extremos sobre piedras, y organizando una suerte de escalera de cinco o seis peldaños, por debajo de los cuales rodaba el agua. La niña del saco rojo me tomó de la mano y me hizo subir, de escalón en escalón. Los demás permanecían a la espera, y cada vez que yo apartaba el pie de una tabla, dejándola atrás, la quitaban inmediatamente para instalarla de nuevo más arriba, de primera, de tal manera que a medida que yo subía, el tramo de escalera se iba prolongando delante de mí.
Me sentí bendita como Jacob ascendiendo al cielo por la escala de ángeles.
Esas criaturas sonrientes que se afanaban bajo el aguacero para que yo pasara con comodidad despertaron en mí un palpito que habría de sobrevenirme, muy nítido a veces, durante los días que permanecí en Galilea: la intuición de que había entrado a un reino que no era de este mundo.
–Usted no es la primera periodista que viene -me aclaró Orlando.
–¿Han pasado muchos por aquí?
–Bastantes. Uno trajo cámaras de televisión. También gentes de otros barrios. De Loma Linda, de La Esmeralda… Desde Fontibón han viajado para ver…
–Será muy importante el ángel que tienen aquí.
–Así es. Es un ángel magnífico.
Me hizo gracia ese adjetivo, "magnífico", en boca del niño, y le pregunté si él también lo había visto.
–Lógico, todos lo hemos visto, porque él se deja ver.
–¿Y has hablado con él?
–No, eso no. No habla con nadie.
–¿Por qué no habla?
–Hablar sí habla, pero más que todo solo. Lo que pasa es que no le entendemos lo que dice.
–¿Por qué no?
–Por que no conocemos sus lenguas.
–¿Cuantas habla, acaso?
–Yo diría que veinte, o veinticinco. No sé.
–Me parece que el señor cura no cree en el ángel…
–Sí cree, pero dice que no. Lo que pasa es que le tiene celos
–¿Celos del ángel? ¿Y por qué?
–Porque se ha vuelto un ángel muy popular. Y además le tiene miedo, sobre todo debe ser eso, que le tiene miedo,
–¿Miedo? ¿Cómo, miedo?
–Es que a veces es un ángel terrible.
La última frase me golpeó. Pero no pude preguntar nada más, habíamos llegado a la casa rosada y los niños se arremolinaban en algarabía. Era un rancho de pobres, de ésos que se querían para siempre en obra negra y que sus habitantes terminan improvisadamente con maderas y cartones, tantos con flores, alambrado pirata para la luz eléctrica, jadió a lodo volumen y poderosa antena de televisión.
Orlando golpeó a la puerta, y a mí me invadió un desasosiego raro. ¿Qué clase de criatura me irían a mostrar? Cualquier engendro era posible.
Respiré hondo, y traté de prepararme para lo que pudiera venir.
Adentro la casa estaba oscura y pesada de humaredas y sahumerios. Seis o siete mujeres que rezaban de rodillas me clavaron los ojos, como alfileres de vudú en una muñeca de trapo. Después parecieron desentenderse, ocupadas en sus oraciones, pero de tanto en tanto volvía a sentir el chuzón de su mirada averiguadora.
Orlando, el único de los niños que entró conmigo, me tiró del pantalón para que me arrodillara, y eso hice. Entonces me señaló a la mujer que llevaba la voz cantante, armada de una camándula, Esa señora, que era flaca hasta la angustia, iba vestida de negro v tenía una cara escalofriante en la que algo fallaba. De soslayo me la fui detallando: los ojos estaban en su lugar, y también la nariz, la boca, el mentón… En realidad lo único que le faltaba era expresión, pero eso era suficiente para hacerla inhumana, como quien
dice ver a Nicki Lauda, el corredor de carros que se iba quemando vivo en un accidente.
–Es sor María Crucifija, la presidenta de la junta -me dijo pasito Orlando.
–¿De qué junta?
–De la junta que administra al ángel.
–¿Y la mamá del ángel?
–No está aquí.
–Y la de la capa azul -le pregunté por una señora chiquita envuelta en una capa inverosímil de terciopelo azul rey-, ¿también es de la junta?
–Sí, también. Se llama Marujita de Peláez.
–La capa que lleva, ¿es para ceremonias?
–No, es para cuando llueve.
–La giganta esa -le señalé con disimulo a una mujer corpulenta que rezaba con una entrega y una mansedumbre incompatibles con su tamaño-. ¿Quién es ésa?
–Esa es Sweet Baby Killer, ex campeona de lucha libre, muy famosa aquí en Galilea. Suplente de la junta. Antes era atravesada, muy verrionda, sobre todo cuando le gritábamos Hombra, que es el apodo de ella. Pero desde que anda con lo del ángel se pacificó. Hasta se le puede decir Hombra y no revira. Y es que, ¿entiende? No todos pueden pronunciar Sweet Baby Killer.
Evidentemente Orlando sí podía. Es más, tenía un acento chicludo como el de Tom Hanks en Forrest Gump.
–Entiendo. ¿Hay hombres en la junta?
–Ni uno, sólo mujeres.
–¿Entonces la que manda es la monja?
–Cuál monja…
–Pues sor María Cruciíija, ¿no?
–No es monja, es civil. Ella le va a decir a usted cuándo puede subir a verlo.
–¿Al ángel? ¿Dónde está?
–Se mantiene perdido por lo que llaman las Grutas de Bethel, en la montaña.
Gente nueva fue llegando, media docena de hombres y mujeres que se acomodaron dócilmente por los rincones sin estorbar, sin hacer bulto. Eran peregrinos, según me aclaró Orlando, y algunos traían ofrendas en la mano.
Noté que la casa por dentro no se parecía al característico rancho de pobre, que en cinco metros cuadrados organiza armónicamente ocho niños, tres camas, dos mecedoras, un comedor con escaparate y seis sillas, nevera, mesitas, perros y pollos, taburetes, almanaques, ollas y porcelanas. Esta casa era distinta, más espaciosa, más vacía, y los objetos y las personas parecían flotar sueltos en su interior.
Corría el tiempo y yo esperaba que algo pasara, pero nada, sólo un Ave María tras otro. Sor María Crucifija los recitaba con trinos altos, los demás le hacíamos la segunda, y así iba el canturreo, que pintaba para eterno. Mis rodillas ya no aguantaban más penitencia.
–Orlando -pregunté-, ¿no podré hablar un minuto con la señora Crucifija?
–Esta prohibido interrumpir.
–No quiero rezar más.
–De todas maneras hay que esperar a que pare de llover.
Pasaron otros cuatro misterios de rosario hasta que por fin escampó, y en la casa hubo ciertos movimientos indicativos de que había llegado el momento. Sor María Crucifija desapareció, luego volvió a aparecer y empezó a dar órdenes:
–¡Las mujeres con mantilla, los hombres descubiertos!
Con su carita de santa incinerada se nos iba acercando a cada uno, nos agarraba del brazo y nos colocaba en fila india cerca a la puerta. A veces no quedaba satisfecha con la posición de alguno y lo pasaba más adelante, o más atrás -sabe Dios con qué criterio, porque no era por orden de estatura- y así formados, como los enanos de Blanca Nieves, nos sacó a la calle. Yo miré descorazonada hacia la montaña, como si allá me esperara un encuentro indeseable.
–¿Usted también viene a conocer al ángel? – le pregunté al señor de sombrero que tenía detrás.
–Ya lo conozco, vengo a dejarle esta ofrenda por gratitud, porque salvo a mi nieta de la muerte segura -me dijo, y me mostró una gallina amarrada por las patas que me pareció más despistada que yo.
Quise asegurarme la reconfortante compañía de Orlando, pero sor María Crucifija anunció que el niño no podía subir, porque no se admitían menores los lunes ni los jueves. Pregunté por qué, pero la señora estaba ahí para dar órdenes y no explicaciones.
Se presentaron luego otros inconvenientes logísticos que fue necesario superar, como que yo no tenía mantilla. Habían dicho que los hombres descubiertos, y mi vecino llevaba sombrero, así que se lo pedí prestado y me lo puse. Pero aún no estaba lista.
–Usted no puede entrar de pantalones -me dijo la Crucifija. Mi gabardina era una trinchera larga, de botones hasta abajo y cinturón, así que la cerré bien, y ahí mismo me quité los bluyines.
–Ahora estoy de faldas -dije.
–Pero la cámara no la puede llevar.
–Necesito tomar aunque sea una foto…
–No es posible. El se asusta con el flash.
Expliqué, supliqué, pero no sirvió de nada: tuve que entregarle la cámara a Marujita de Peláez, la señora de la capa azul. Eso era una calamidad para mí. Se estaba haciendo tarde y aún no tenía historia, no había visto nada concreto que fuera de interés para Somos, y ahora ni siquiera habría fotos.
El artículo podía decir hasta misa cantada, que si no tenía fotos mi jefe lo rechazaría.
Arrancamos por fin, pero no avanzamos ni veinte pasos porque surgió otro obstáculo, el más insólito de todos.
Frenando la fila, sor Crucifija me aplicó otra vez la garra al brazo, me llevó aparte y me soltó la siguiente pregunta:
–¿Me puede decir si está con la visita?
–¿Con la visita? ¿Con qué visita?
–Quiero decir si está con la menstruación…
Imaginé que se trataría de alguna creencia atávica, como que en presencia de la sangre menstrual se pone amargo el vino y se corroe el hierro, y quién sabe qué le sucede a los ángeles, así que temí que me fuera a impedir la entrada a la gruta.
–No, señora, estoy limpia -le contesté la verdad, en un lenguaje que me pareció a tono con su pregunta.
–¿Me puede decir exactamente hace cuánto le vino la última menstruación?
Era el colmo. La tal Crucifija ya no sólo hablaba como misógino bíblico sino además como ginecólogo en chequeo semestral, y estuve a punto de mandarla al infierno, a ella, al ángel y de paso a Somos. Pero me contuve.
¿Qué perdía con contestar? De ninguna manera recordaba bien la lecha -
nunca le he llevado la contabilidad a mis menstruaciones- así que le dije cualquier cosa:
–Hace quince días exactos.
Supongo que acerté con la respuesta, porque me dejó volver a la fila con los demás, y empezamos a meternos en la montaña por una trocha amarilla abierta entre el retamo mojado y las acacias mimosas.
–Estas pepitas son muy venenosas, no se las vaya a comer -me aconsejó mi vecino, señalándome unas verdes que abundaban por ahí.
Yo en ningún momento había pensado comérmelas, pero en todo caso agradecí la advertencia.
No caminamos mucho, apenas diez minutos, y llegamos a un hueco en la roca tapado a medias por una piedra grande, listábamos en la boca de las grutas.
Se me había ido el entusiasmo de un par de horas antes y ahora sentía hastío, resistencia a entrar, como si el ángel me hubiera decepcionado de antemano, tan segura estaba de que se trataba de una patraña montada por algún vivo, o peor aún, una patraña montada por gente honesta. Mientras esperábamos me crecía adentro el rechazo. ¿A quién tendrían encerrado allí? ¿Aun hermafrodita? ¿Aun leproso? ¿Al hombre-elefante o a Kaspar Hauser? ¿A qué pobre víctima de la superstición y la ignorancia?
Sor María Crucifija volvió a hacer advertencias, esta vez para todo el grupo:
–Ahora van a entrar en las Grutas de Bethel, la morada del ángel. Los zapatos se los tienen que quitar, y dejarlos a la entrada, porque van a pisar Tierra Santa. Cuando estén adentro deben cantar el trisagio, o himno seráfico, que es el único lenguaje que entiende un ángel. No digan nada distinto, porque los demás sonidos humanos le fastidian. Por si no lo saben, el trisagio dice así: Santo, santo, santo. Santo es el Señor.
–Santo, santo, santo. Santo es el Señor…
–Los que traen animales deben dejarlos aquí. Lo mismo cualquier ofrenda o regalo. Al ángel no deben darle comida, ni asustarlo con gritos, ni tratar de tocarlo. Que nadie se quede atrás, porque se pierde, y todos deben salir de las grutas al tiempo con el resto del grupo.
Crucifija decía de memoria su retahíla de indicaciones, como una azafata que empezando el vuelo enumera las medidas de seguridad. Yo cerré los ojos para no ver cómo mi vecino le torcía el pescuezo a su gallina antes de dejarla, pero no lo hizo, sino que la puso viva donde le dijeron, al lado de una bolsa plástica con unos higos.
Con un envión de su hombro poderoso, Sweet Baby Killer corrió la piedra que bloqueaba el acceso. Cuando me llegó el turno en la fila me agaché para entrar por el hueco, y me golpeó la nariz un olor desapacible a humedad. A centro de la tierra, pensé, y también, quizá por sugestión: olor a eternidad. ¿O a tumba? Sí, tal voz olía más bien a tumba.
El espacio adentro se iba haciendo más oscuro y menos estrecho, a cada paso enderezábamos un poco la espalda. íbamos siguiendo a sor Crucifija, quien llevaba en la mano una linterna de pilas debilitadas. Santo, santo, santo, penetramos en las tinieblas, sosteniéndonos los unos de los otros porque no veíamos casi nada, santo es El Señor, y las plantas de los pies resentían la greda del piso, resbaladiza y helada.
Caminábamos midiendo cada paso, como si delante se abriera un
precipicio. El techo de la caverna se hizo alto, hasta que no pudimos tocarlo con la mano. Sentí viento en la cara y tuve la sensación de haber llegado a un espacio grande y vacío. Todo era terriblemente absurdo, santo, santo, santo, yo parada en las entrañas del planeta, de gabardina y descalza, con el sombrero de un extraño en la cabeza, repitiendo la palabra santo y temblando, no sé si de frío, de emoción o de miedo.
–Hay que aguardar aquí -ordenó Crucifija, mientras el foco anémico de su linterna bailaba errático y nos mostraba retazos de la concavidad de piedra.
No es agradable esperar en la oscuridad a que aparezca un desconocido, y menos si se supone que tiene alas y puede llegar revoloteando. Nuestro grupo, nervioso, se hizo más compacto y cantó más alto el trisagio, única vía de enlace con lo sobrenatural. Empecé a dudar si el soplo que sentía era en realidad viento, o más bien murciélagos que volaban rozando. ¿Correrían ratas por el suelo? imposible calcular el paso del tiempo, todo estaba detenido, el mundo real había quedado al otro lado, la claustrofobia -¿o era ansiedad?– me apretaba la garganta.
De cuando en cuando alguno tosía, y le contestaba el eco, santo, santo, santo. Santo es el Señor…
Escuchaba sonidos: un como crepitar de fuego, o correr de aguas subterráneas. O tal vez era sólo el rumor de la oscuridad retinta. De pronto mi vecino me susurró al oído:
–Lo siento cerca…
–¿Al ángel? – mi voz también era un suspiro.
–Sí.
–¿Cómo sabe?
–¿No se da cuenta? ¿No siente que el aire se llenó de su presencia?
Yo sólo sentía mayor opresión en la garganta, y veía a Crucifija haciendo una maniobra rara, que consistía en reflejar el foco de su linterna en el espejito de una polvera para lanzar algo así como rápidas señales intermitentes de luz. De todas maneras contesté que sí, que sí me daba cuenta, y tal vez no estaba mintiendo. Entonces lo vi.
Sin producir ruido que lo anunciara, había satirio de no sé dónde y se acercaba a nosotros un muchacho. Muy alto. Estaba casi desnudo, y era moreno. Y aterradoramente hermoso. Eso era todo. Y era demasiado. El corazón me pegó un golpe en el pecho y después se paralizó, sobrecogido ante la visión. No era sino un muchacho, y sin embargo tuve la certeza de que era además otra cosa, una criatura de otra esfera de la realidad.
Se movía con la ondulación lenta y sosegada de los seres acuáticos, o de tos mimos, y su actitud era a la vez humilde y majestuosa, como la de un ciervo. Permaneció delante nuestro sólo unos segundos, sin pronunciar sonido, sin hacer contacto y sin huir, como si no se percatara de que estábamos allí. No podíamos desprender de él nuestros ojos, y él en cambio nos miró a través, nos observó sin vernos, y yo comprendí la razón: en medio de la gruta oscura nosotros nos borrábamos, invisibles, manchas negras contra fondo negro, mientras él ardía a luego lento, resplandeciendo en una luz incandescente que parecía brotarle de la piel.
A la salida de la gruta me esperaba Orlando con la noticia de que doña Ara, la mamá del ángel, quería mostrarme sus cuadernos.
–¿Cuáles cuadernos?
–Ya los va a ver.
Empecé a bajar con Orlando hacia la casa rosada, aunque hubiera preferido estar sola un momento, y aclarar en mi cabeza las cosas. El Ángel de Galilea me había perturbado.
Era la criatura más inquietante que había visto jamás. Todo era inexplicable en ese muchacho, el misterio que lo rodeaba, su serenidad sobrecogedora,
su presencia luminosa. Y su belleza… su belleza de verdad irresistible.
Digámoslo de una vez: su belleza sobrenatural.
Por otro lado todo era atroz en su historia. ¿Qué hacía semejante ser encerrado a oscuras entre una cueva, desnudo en ese frío penetrante, por disposición de una loca como Crucifija? Mi primer impulso fue buscar un teléfono y llamar a pedir ayuda, no sé a quien, a un médico, a alguien de los derechos humanos, a la policía… No, ante todo a la policía no, seguro montaba un operativo de rescate que acababa en la muerte del ángel.
¿O sería que el propio muchacho también era cómplice del montaje? ¿Que se sometía voluntariamente al espectáculo? Pero no se veía a cambio de qué. De dinero no parecía ser, al menos hasta el momento yo no había visto que cobraran plata, salvo las ofrendas voluntarias, pero nadie se iba a prestar a semejante circo a cambio de una gallina vieja y una bolsa de higos.
Tal vez el muchacho estaba honestamente convencido de que era un ángel.
O tal vez era un ángel… ¿Por qué no? Después de verlo, uno se sentía inclinado a admitir la posibilidad.
Oía los cuchicheos de mis compañeros de visita, que venían decepcionados, y me sorprendió enterarme de las razones por las cuales no compartían mi excitación.
–Me parece que usted no salió de la gruta muy convencido -le dije al señor que me había prestado el sombrero.
–Esta vez nos falló el ángel -me dijo con resignación.
–¿Por qué, si se apareció, y estaba esplendoroso?
–Sí, pero no hizo nada.
Creí comprender su comentario. Para que un hombre se entusiasme es necesario que pasen cosas, mientras que a una mujer le basta con que las cosas sean.
Orlando me arrastraba de la mano, y yo me dejaba llevar. Al llegar a la casa rosada me metió a un cuarto pequeño donde una mujer echaba carbones a la estufa, dejando que la lumbre iluminara su cara hermosa. Noté que apenas tendría mi edad, y adiviné en ella las mismas facciones del ángel. Era su madre, de eso no cabía duda: no conozco dos seres más parecidos.
Sobre una mesa había un cuaderno Norma cuadriculado, abierto, garrapateado renglón por renglón en una letra compacta, cada palabra rematada caprichosamente hacia arriba con colita de ratón.
–Anoto lo que él me dicta-me dijo Ara, pasando con suavidad las páginas del cuaderno-. Este es el libro número 53. Ahí guardo los otros cincuenta y dos – me señaló un baúl de lata cerrado con candado.
–Vea, Monita, son cincuenta y dos cuadernos, cincuenta v tres con éste –
aportó Orlando, pero doña Ara siguió hablando sin oírlo.
–Llevo nueve años anotando. Mi hijo empezó a dictarme desde antes de volver.
Sin que yo se lo pidiera, ella me explicó. Había perdido a su hijo recién nacido y lo había recuperado sólo dos años atrás, diecisiete años después.
Yo no le preguntaba nada, ella sola iba contando, con una urgencia dolorosa de repasar la historia por milésima vez, corno un perro que se lame la herida que nunca sana.
“El padre de mi hijo fue sólo una sombra”, me dijo. “Salió una noche de la oscuridad, sin cara ni nombre, me tumbó al suelo y después se volvió humo.
Alcancé a saber que tenía una sortija en la mano derecha y que la ropa le olía a alcanfor.
"No me tuvo mucho tiempo, sólo el necesario pan» hacerme un hijo. Yo acababa de cumplir trece, y el padre mío me tenía arreglado matrimonio con un hombre rico, ya mayor, que era dueño de un camión. Por eso al padre mío la noticia no le gustó nada.
"Primero quiso que no tuviera el niño, y me llevó donde una mujer que me dio de beber aguas amargas y me chuzó por dentro con agujas de tejer.
Vomité y después solté sangre de las entrañas pero mi niño no quiso salir, y siguió creciendo sin hacerle caso a la ira tremenda y a las malas amenazas que profería el padre mío.
"El niño que crecía y empezaba a notarse y el padre mío que cabalgaba en cólera, convertido en tigre. Hasta que un día sin decir palabra me llevó al campo, y allá me dejó escondida para que no me viera el prometido, A él quién sabe qué le dijo, que yo estaba enferma, tal vez, o que sólo el día del matrimonio me llevaría con él.
"Cuando mi niño nació casi no pude verlo, tampoco. Así como no vi al padre, muy poco también vi al hijo, enseguida me lo quitaron pero me alcancé a percatar de su demasiada hermosura, del lustre luminoso de su piel. También vi que miraba profundo, hasta el fondo del alma podía ver, porque los ojos los tuvo bien abiertos desde el principio.
"Quise saber si olía a alcanfor porque me parecía que habría quedado impregnado, como su progenitor. Pero sólo me olió a mí misma, a mi propia sangre y a mi mismo olor.
"Me lo quitaron enseguida, pero antes alcancé a ponerle al cuello una medallita de oro de la Virgen del Viento, la que toda la vida había llevado yo. Después del parto yo a mi niño no lo volví a ver, todos los días y a todas horas preguntando por él, hasta que fue mi madre, compadecida, la que me hizo la confesión.
"Dijo que el padre mío se lo había vendido a unos gitanos que pasaron con el circo, y que así empezaron los días de su vida, sin regazo materno, corriendo el mundo y conociendo sus durezas. Como yo lloraba tanto, mi madre me consolaba y me decía 'para ya de lamentarte, que si no, no te puedes casar'.
"Entonces yo más lloraba porque a mí no me gustaba el prometido, yo sólo
quería a mi niño y soñaba con una gitana buena que le diera de chupar su dedo untado en azúcar y no dejara que lo asustaran las fieras del circo.
"Me secaron la leche del pecho y ya se llegó la hora de entregarme a ese señor. Pero el daño estaba hecho y él, aunque viejo, se iba a dar cuenta, porque yo ya había perdido la virginidad. Que se quería casar con una virgen que no conociera pecado, ésa había sido su condición. Así que el padre mío me volvió a llevar donde la misma mujer, y ella en media hora me obró el milagro de dejarme virgen aunque madre.
" El remiendo me lo hizo con telaraña y clara de huevo, y de su casa salí otra vez sin estrenar. Me vistieron con tul blanco y subí al altar con el emplasto entre las piernas. Pero el viejo no era bobo, apenas me llevó a la cama descubrió la patraña y esa misma noche me devolvió.
"'Que se quede a vestir santos', dijo el padre mío, resignado a medias a ya no ser suegro de un hombre rico. Mi madre le echó las cosas en cara, se atrevió a decirle 'por lo menos nos hubiéramos quedado con la criatura, tú la vendiste cegado por los destellos de un camión'. Descreídos de mi futuro, mis padres me llevaron donde el señor cura de entonces, me entregaron a él para que le hiciera los oficios de la casa y de la iglesia. Ese señor cura era muy anciano y de él no tengo queja, se portó bien conmigo hasta el día en que murió, me enseñó a leer las escrituras y a cantar los salmos y me dejaba salir más temprano aunque sabía que el capricho mío era alejarme del barrio para irme a rodar por la ciudad, buscando al hijo.
"Frente a todo niño mendigo me paré, traté de reconocerlo sin dejarme engañar por las veleidades de mis ojos, porque podía haber cambiado de aspecto, sino guiándome por la certeza de la nariz. Los olfateaba como sabueso, segura de que al mío lo reconocería por el olor. Busqué en los orfelinatos, en las carpas, en los mercados, cada día me alejé un poco más, hasta llegar a los bordes donde la ciudad se deshace en miseria. Cada noche vagué hasta más tarde, reconocí a los niños que venden su cuerpo y a los que amanecen en la acera, tapados con periódicos. Vi niños deformes, niños quemados, otros con cara de adultos. Vi trabajar a los niños payasos, a los lustrabotas, los gamines. Vi niños que tiran carritos, que venden ringletes,
que vocean diarios, que cantan rancheras a la salida del cine. A todos los olí, y en ninguno reconocí mi olor.
"Quién iba a creer los designios del destino, cuando por fin lo encontré, diecisiete años después de su nacimiento, estaba yo parada en la puerta de mi propia casa. Ni un solo día había dejado de buscarlo, salvo ése, que me agarró cansada y abatida, y me recosté a tomar aliento contra el quicio de la puerta. Ahí estaba yo cuando llegó hasta mí, caminando despacio, ya muchacho, con sombra de barba sobre su cara de niño, los mismos ojos miradores de almas que abrió el primer día. La hermosura la traía intacta, más aún, acrecentada, hasta el punto de que era imposible verlo sin desfallecer.
Llevaba puesta una dulzura inundadora y mansa, como lago muy extenso y de aguas quietas. Pero era silencioso. No habló en ese momento y no habló nunca después. Salían palabras de su boca pero no conformaban lenguaje, eran no mas un arrullo, un murmurar de letanías, aprendidas tal vez en otras tierras. Por eso no pudo contarme dónde había estado ni qué cosas había visto, cómo sobrevivió ni cómo me encontró.
Pero era él, lo supe por el olor, y él también supo sin lugar a dudas que yo era yo, que ya estaba a mi lado y que por fin había llegado donde tenía que llegar.
No lamenté que no hablara, su silencio era tan hondo y su presencia tan clara, que entendí que las palabras sobran v que las penas de ausencia tan larga era mejor no contarlas. Así fueron las cosas y así tenían que ser. Y él compensó mi paciencia y con el tiempo me dejó saber.
Había querido suceder que durante los siete años anteriores a su aparición, todas las noches, sin fallar una, yo entrara en trance, o también a veces por la mañana, o aun en la tarde, porque el rayo me fulminaba la cabeza sin respetar la hora ni el oficio, el sueño ni el descanso, y yo tenía que agarrar el cuaderno y empezar a escribir.
Las palabras que me salían de la mano eran voces de ángel, así lo reconoció
sor María Crucifija desde la primera vez que las leyó. No un ángel sino muchos: a cada rapto uno de distinta identidad. Y así fui acumulando cuadernos, siempre sin saber en realidad quién me los dictaba.
Al regreso de mi hijo el ajetreo de los dictados no se interrumpió, antes por el contrario, prosiguió con tantos bríos que empecé a perder peso y a agotarme en tan frenético escribir.
"Lo demás fue un simple atar de cabos, sumar dos más dos y comprender que sencillamente daban cuatro. Esta revelación me la hizo sor María Crucifija, porque fue ella quien primero lo entendió: Las palabras que mi hijo no decía por su propia boca, las revelaba a través de mi mano. El ángel de mis escritos era él."
Ayer todavía no era y mañana ya no seré, sólo durante este instante infinito soy el ángel Orifiel, Trono de Dios, asiento móvil del Padre, y es mi dicha perenne sostener el peso de sus potentes y extensísimas nalgas. Me llaman Trono porque en mí la majestad de Dios se sienta con suma tranquilidad y con extrema paz. Me llaman Rueda y me llaman Carro, porque en mí se transporta Yahvé.
Ni admito materia ni tolero forma, soy impacto puro, explosión de energía, arrebato cegador de luz. No tengo cuerpo pero tengo cientos de píes: veloces cascos de becerro, brillantes como bronce bruñido, centelleantes como el hierro al ser golpeado contra el yunque. Soy fuego y mi llama está viva, soy carro y devoro el espacio, soy rayo y retumbo en las crestas del tiempo. Empujo estrellas de abismo en abismo y cargo en vilo al divino jinete en sus desplazamientos por las esferas celestes. Es Dios en persona quien sobre mi lomo galopa, hunde sus espuelas en mis ijares mansos, deja a su paso chorros incandescentes de mi sangre ambarina, mi sangre obediente a sus santos caprichos.
Mi cabeza es una sola y llene cuatro rostros, uno mira al norte, otro al sur, el tercero a oriente, el cuarto a poniente, y cada uno de ellos camina hacia adelante. Cuatro pares de ojos y sólo veo a Dios, cuatro narices para oler su esencia, ocho oídos para escuchar sus ecos, cuatro bocas que sólo alaban su
nombre sin reposo ni desmayo, de noche y de día hasta la fatiga eterna:
¡Santo, santo, santo!
Santo es el Señor. Tan contundente es su presencia, tan absorbente el océano de su amor, que aturde, devora, destroza, aniquila con su excesivo despliegue de luz. ¡Demasiada luz! Empalidece y desaparece todo lo demás.
Ante mis ojos encandilados por El , el mundo de los hombres apenas espejea detrás de cortinas de vidrio líquido.
La palabra Dios me queda grande. ¿Quién soy yo, Orifiel, para pronunciarla? Soy nada disuelta en la nada, perro devoto, sirviente atónito que se postra en tierra sobre sus cuatro rostros.
A todas sus glorias y paraísos, a todas sus gracias y refulgencias me ha dado acceso el Creador, salvo una, fundamental: mi ciencia no alcanza para descifrarlo a Él . Tan lejos está su arcano de mi comprensión, que las pretensiones de captarlo me hundirían sin remedio en el pecado de la vanidad. Me basta y sobra con ver sus reflejos, con soportar sobre mí su peso monumental, con oír de su boca las órdenes que cumplo solícito antes de que Él alcance a contar hasta dos: ¡Coge con tu mano brasas de fuego, Orifiel, y arrójalas sobre aquella cuidad!, o bien, ¡Te llamarás Merkabah, Orifiel, y yo montaré en tu carro! O si no: ¡Tráeme un trozo de pan, Orifiel, que me dio la gana tener hambre! (Según sople su veleidad de gran creador de mundos e inventor de nombres, hoy me llama Orifiel, mañana Merkabah, ayer Metatrón, o cualquier otro de mis setenta y seis apodos.) Unidad no poseo, ni tampoco identidad: no soy uno, soy legión, soy y somos más de mil, una rueda dentro de la otra, y dentro de ésa, otra, y ésa dentro de otra, hasta contar las diez huestes que conforman el ejército concéntrico de las Ruedas y los Tronos. Que no traten de atajarnos, porque somos inasibles. Ardemos de fiebre en la espiral vertiginosa de la multiplicidad, y de nuestras manos salen columnas de humo.
Tan inmensos somos que abarcamos galaxias, y a la vez tan ínfimos que cabemos en la cabeza de un solo alfiler. ¡Qué sobrecogedora, qué atroz, es la cantidad inimaginable de ángeles que cabemos en la cabeza de un alfiler!