Dulce compañía

Laura Restrepo · Capítulo 2 de 7

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Dulce compañía

Capítulo II

Nos llamarnos Orifiel, Trono de Dios, reposo de sus intensas fatigas. Nos llamamos, Orifiel, Rueda de Dios, vehículo de sus interminables viajes. Nos llamamos Orifiel y somos benditos entre todos los ángeles, porque sólo a nosotros es dado asfixiarnos de dicha bajo las nalgas rosadas de Dios.

II

El ángel sin nombre

Doña Ara, joven madona de los dolores, se había ido después de prometerme que esa noche me abriría el baúl. Yo quedé conmovida con su historia, y dudando cuál era más fascinante como personaje, si el ángel o su madre.

Ojeé por encima el cuaderno que me dejó, y le tomé vanas fotos. Sólo alcancé a leer completas las páginas de ese día, dictadas unas horas antes por un ser celestial que decía llamarse Orifiel, y que se catalogaba a sí mismo como trono, o rueda.

La lectura me desconcertó por completo. ¿De dónde saldrían, en realidad de verdad, estos cuadernos increíbles, demasiado simples para ser dictados por un ángel, pero absolutamente improbables para ser escritos por gente pobre de barrio analfabeta? Repasé una y otra vez cada renglón del texto, perpleja, hipnotizada por esa criatura alada que a través de un Norma cuadriculado de cincuenta páginas confesaba cargar ni más ni menos que a Dios sobre su lomo.

¿Quién habría escrito de verdad aquello? Si la autora era Ara, había que admitir una de tres posibilidades, o recibía la inspiración de otro ser u otro

lado, o poseía una personalidad más compleja de la que cabía suponer, o simplemente copiaba la cosa de alguna parte. Aunque, por supuesto, la hipótesis más seductora era la planteada por ella misma, según la cual se trataría de la voz secreta de su hijo, el ángel, que ella captaba mediante alguna suerte de telepatía, y transcribía. Era la hipótesis más seductora, pero la menos convincente, si se tiene en cuenta lo delirante que resulta que un muchacho que no habla el español dicte fragmentos que no sería capaz de producir yo, que soy periodista y vivo del oficio. Fueran lo que fueran, de procedencia humana o divina, originales o apócrifos, estos cuadernos significaban una revelación y un auténtico misterio.

Orlando atisbaba las páginas por encima de mi hombro.

–Mira que sí sabe su nombre -le dije, señalándole un renglón del último texto-. Aquí dice que está hablando el ángel Orifiel…

–Eso dice hoy, pero mañana dice otra cosa.

Hubiera dado un dedo de la mano a cambio de seguir leyendo, me apasionaba sobremanera aquello, y además me encontraba a gusto al calor bienhechor de la estufa. Alguien, en un gesto de acogida, había puesto mis bluyines y mis tenis a secar al fuego. Pero tenía que interrumpir la lectura y salir otra vez al frío, porque se acercaban las cinco de la tarde y debía estar presente en la misa del padre Benito.

Afuera seguía lloviendo y el lodazal espesaba. Aunque Orlando y yo rodamos, más que bajamos, hasta la iglesia, llegamos tarde y aterrizamos sobre el final del sermón. Adentro la multitud de ruana se apiñaba despidiendo olor a animal mojado. Al fondo, clavado en su cruz, padecía un Cristo enorme, espantosamente aporreado y sangrante.

Al padre Benito yo no alcanzaba a verlo, pero escuchaba demasiado fuerte su ira santa que retumbaba, distorsionada, a través de los parlantes:

–…Esa mujer, que se atreve a decirnos que tuvo un sueño cuando estaba embarazada. Esa mujer soñó, según dice, que paría un ternero, y así supo

que su hijo sería bendito. ¡Blasfemia! ¡Esto huele a blasfemia! Yo les pregunto: ¿No es demasiado parecido el ternero al cordero? ¿Y quién es el cordero? ¡Pues ni más ni menos que Jesús! ¡Digo que aquí, en esta parroquia, hay quien intenta suplantar a Jesús!

Después del argumento del ternero, que me imagine iría contra doña Ara, citó fragmentos de uno de los dictados del ángel, uno auténtico, doy fe, porque era justamente el que yo acababa de leer en casa de ella. La labor de inteligencia del cura sobre sus enemigos, los seguidores del ángel, era sin duda rápida y eficaz. Más que nada, al padre Benito lo había impactado la mención a las nalgas de Dios:

–¡Boca inmunda de demonio, ésa que profana la dignidad divina! –

vibraban los parlantes viejos, añadiéndole a las palabras dramáticos efectos electrónicos-. ¡Sólo la bestia libidinosa se atreve a mencionar las inmaculadas intimidades del Castísimo!

Resolví sacarle fotos al padre Benito, quien a todas luces se perfilaba como el malo de mi reportaje. (Imaginé el pie de foto que pondría mi jefe:

"¡Inquisición desde el pulpito!"). Me adelanté hasta el altar y empecé a trabajar, buscando captar las muecas más elocuentes de mi sujeto, que las hacía muchas, y resaltadas por el hecho de que espetaba su sermón echando humo, con el pucho de Lucky Strike colgándole del labio inferior.

Creo que el error estuvo en apartarme de la concurrencia y pisar las gradas del altar, o en acercarme demasiado a éste, o en no arrodillarme cuando había que hacerlo, en cualquier caso en actuar de manera que debió parecer irrespetuosa con el culto.

Lo que sucedió fue que de ahí en adelante el sacerdote dejó caer sobre mí su catarata de imprecaciones, sin mencionarme, pero mirándome fieramente como si yo tuviera la culpa de algo, y señalándome con el dedo, sobre todo cuando decía: el mundo moderno, las perversiones del mundo moderno.

Una vez dijo: el demonio, el mundo y la carne, y me apuntó con el índice tres veces, una por cada palabra.

Me fijé en un señor que no me quitaba los ojos de encima. Era desconocido para mí, y sin embargo había auténtica furia en su cara: sentí nítido su odio contra mí, contra el ángel que consideraba impostor, contra los forasteros, contra las mujeres provocadoras, contra los que se burlaban de su Dios.

Hasta ese momento mi aventura en el barrio Galilea había sido sorprendente, y básicamente divertida. Pero la expresión de ese hombre me hizo comprender que nadaba en mar de fondo. Ese asunto del ángel tocaba fibras muy sensibles. Observé la multitud a mi alrededor y la vi sombría, tensa de fanatismo religioso.

Como me sentía incómoda, y a la vez avergonzada de haber molestado, me refundí en la penumbra de una nave lateral y me escabullí antes de que terminara la misa. Al salir de la iglesia oí por los parlantes el último bramido del cura:

–¡Que revele el falso ángel su verdadero nombre, para que sepamos a qué atenernos!

Invité a Orlando a comer a La Estrella, que era territorio aliado. Casi no reconozco la tienda en su aspecto nocturno, con luces rojas y aire rancio, hombres taciturnos tomando cerveza, botellas amontonadas sobre las mesas y un trío de tiple, guitarra y maracas que entonaba un pasillo espantosamente triste. Orlando y yo devorábamos unas empanadas de papa rociadas con ají, cuando alguien anunció:

–¡Estan llegando los del Paraíso!

–Son los peregrinos del barrio El Paraíso, que vienen a visitar al ángel -me explicó Orlando, mientras se metía al bolsillo lo que le quedaba de empanada, se bajaba de un sorbo la gaseosa y salía corriendo.

–¿Vende pantalones de hombre? – le pregunté al pomposo dueño de la tienda, quien, haciendo más venias que un japonés, y consultando cada paso con la señora, me mostró unos de dril, de varias tallas. Escogí la que me pareció apropiada, y también una camisa, una linterna con pilas y unas naranjas dulces. Pagué todo, y cuando salí a la calle, Orlando se había

refundido entre el gentío.

Los del Paraíso eran cientos, hombres, mujeres y niños bajo la lluvia que ya amainaba. Venían a pie, en jeeps repletos y en burros, y hasta una parihuela con paralítico traían, y camillas con enfermos. Una auténtica corte de los milagros, arropada con la pobreza deforme y sin atenuantes de la tierra fría.

No era fácil sumarse a ella, y al mismo tiempo me gustaba estar allí: siempre he sentido que la vida vibra más donde es más dura.

Los recién llegados se fueron congregando en la calle, endenté a la iglesia, y a su vez los que salían de la misa se agolpaban en el atrio, y ahí iban quedando, frente a frente, las dos huestes enemigas, la del párroco acá y la del ángel allá, en guerra fría de miradas agrias y en contradicción de himnos. Los de la iglesia entonaban uno muy emotivo que yo me sabía del colegio, "cuando triste / llorando te llame / tu mano derrame / feliz bendición", mientras los de la plaza recibían la llovizna encima y machacaban la cantinela seráfica, "santo, santo, santo, santo es el Señor".

Subí las escalinatas del atrio para ubicar a Orlando desde lo alto, y sin saber a qué horas me fui sumando al mejor canto, el de "tu mano derrame", que me llevó arrullada hasta la luz violeta que se filtraba por los vitrales de la capilla de mi escuela primaria. Estaba rememorando con envidia a Ana Carlina Gamo, preferida de las monjas por ser la única niña del coro capaz de hacer el solo en el Ave María de Schubert, cuando sentí un tirón en la gabardina.

–|Vamos, Monita!

Era Orlando, que me apartaba del bando enemigo y me llevaba donde los nuestros, quienes se habían dado a encender antorchas aprovechando que ya casi no llovía. Y en el momento en que moría la tarde arrancó a subir loma la procesión, conmigo y Orlando entre la vanguardia. Los del párroco se quedaron abajo, y se fueron dispersando. Pobres como eran, despreciaban a los de Barrio Bajo y demás fanáticos del ángel, por considerarlos aún más pobres.

Fuimos entre los primeros en llegar frente a la casa de doña Ara. Se había

diluido el olor acre de la lluvia, o impregnaba el aire el vaho aromático de los eucaliptos recién lavados, Volteó a mirar hacia atrás y contemplé el prodigio: una noche intensa había despejado el cielo con su negrura afilada, abriendo a mis pies el panorama sobrecogedor de los cuatro horizontes.

Supe que contemplaba el mundo desde su cumbre más alta. Al fondo, muy abajo, se extendía, en un océano inmenso de puntos titilantes, el plano completo de las luces de la ciudad, de todas sus ventanas iluminadas, de cada uno de sus faroles, de las linternas de sus automóviles, de los fogones prendidos, los ojos verdes y rojos de sus semáforos, el neón de sus anuncios repelido en los charcos de la calle, las ascuas de todos los cigarrillos. Hacia nosotros zigzagueaba el río de antorchas de los peregrinos del Paraíso, que subía como culebra luminosa, y en la bóveda de arriba, al alcance de la mano, respiraba mansamente la Vía Láctea. El universo se mostraba cargado de signos, y yo sentí que podía descifrarlos.

La romería estaba ya congregada en el lugar santo, y esperaba la aparición del ángel. Le habían traído sus enfermos para que los curara y sus recién nacidos para que los bautizara. Sus ancianos venían por consuelo, sus niños por noveleros, sus tristes por esperanza, sus sin techo por amparo, sus mujeres por amor, sus desventurados venían por la bendición.

Para mí no era fácil entender cómo la aparición de un ángel -un invento traído de los cabellos, genuina cosa de locos- se convertía en algo decisivo para una comunidad. Pero era evidente que para esa gente, un ángel era un poder más concreto, accesible y confiable que un juez, un policía o un senador, ni qué hablar de un presidente de la república.

El ventisquero de Barrio Bajo se detenía y se volvía aire tibio con tanta gente, tanto aliento y anhelo y tanto fuego de antorcha. La masa de romeros rezaba y lloraba, con las patas hundidas en el barro y el corazón abierto a lo sublime. Era tal su fervor tan contagiosa su fe, que por un instante yo, que no creo, a través de ellos creí.

El ángel nada que salía, y la expectativa iba creciendo. Aunque mis motivos fueran terrenales, también yo lo esperaba con ansiedad: la verdad es que me

moría por verlo. ¿Sería, de verdad, tan espléndido como me pareció en la oscuridad de la cueva? Quería cerciorarme. Además, para mi artículo era indispensable que su protagonista, el Ángel de Galilea, hiciera algo, un milagro chiquito siquiera, cualquier cosa digna de ser contada.

Se abrió la puerta de la casa y la gente se agolpó en estampida para poder estar cerca. Quedé atrapada en medio de tal apretuje humano que apenas podía respirar, y peor Orlando, que era bajito, yo al menos sacaba la nariz por encima. La montonera nos empujaba y nos estrujaba, y pensé que cuando él saliera nos iban a pisotear con tal de tocarlo.

Pero no fue él quien salió. Sólo sor María Crucifija y las mujeres de la junta, para esparcir con totuma agua bendita sobre las cabezas, rezar letanías e implorar paciencia. Juraron que al ángel lo veríamos, pero más tarde.

Las necesidades de los del Paraíso se empezaban a sentir, y se iban abriendo las puertas de Barrio Bajo para atenderlas. Aquí calentaban un tetero, allí prestaban el baño, los de allá sacaban a la calle sillas para las señoras, los de enfrente traían amoniaco para espabilar a un desmayado.

Con la ayuda de Orlando, yo tomaba fotos y hacía entrevistas, maravillada ante la naturalidad pasmosa con que los pobres se enfrentan al misterio.

Le pregunté a una señora que venía en camilla, con las piernas envueltas en vendajes:

–¿Por qué vino, señora?

–Vine a que el ángel me cure estas llagas, mire, no me dejan caminar.

–¿No cree que un médico la cura mejor?

–¿Un médico? La última vez que vi un medico fue en 1973. Había venido a estos barrios a ayudar por una epidemia de cólera, pero la peste no hizo excepción con él y lo sacamos de aquí desaguándose en vómito y diarrea.

Después de él, no recuerdo que haya subido otro.

–¿Sí cree que el ángel la cure?

–Pues como no sea él, no veo quién…

A un señor de corbatica oscura y peinado a la antigua:

–Perdone, señor, ¿usted sí cree que sea un ángel?

–lista comprobado.

–¿Cómo?

–Por mi casa se aparece. No como aquí, en carne y hueso, sino en su apariencia espiritual. La primera que lo vio fue mi mama, que en paz descanse, mientras planchaba camisas en la cocina. Esa tarde mi esposa la notó conversando sola, muy suavecito, y le preguntó si necesitaba algo. Ella le dijo, estoy atendiendo a este ángel del Señor, que vino a anunciarme que mi hora es llegada. Como mi mamá señalaba hacia el rincón del tanque de gas, mi esposa miró hacia allá y también lo vio. Era un esplendor muy hermoso, y emanaba calor. La brillantez permaneció largo rato, y ellas lo acompañaron hasta el final, para no hacerle el desaire. A los tres días mi madre murió. Desde entonces el ángel nos visita con frecuencia.

Siempre le gusta llegar al mismo rincón, y ahí refulge, y nos acompaña hasta que se va.

A un muchacho de chaqueta negra de cuero:

–¿Tú si crees en todo esto?

–Es mejor creer que no creer.

Me confesó una señora de cartera habana y zapatos altos del mismo color:

–Yo sí vengo es a pedirle casa propia.

–¿Y cree que se la dé?

–Se la concedió a mi vecina, ¿por qué no a mí?

A una mujer con niño en brazos:

–¿Esta segura de que el Ángel de Galilea es un ángel, y no un ser humano?

–¡Cómo cree que va a ser humano alguien que domina tantísimos idiomas!

Una quinceañera: -Vengo a pedirle novio. Bueno, yo la verdad novio ya tengo, pero a

escondidas de mi casa.

–¿Entonces qué viniste a pedirle?

–Vine a pedirle que mi padrastro me dé permiso de tener novio.

Un anciano de ojos descoloridos:

–Vengo a pedirle justicia y venganza contra los asesinos de mi hijo, que andan sueltos por ahí.

–¿Y qué puede hacer el ángel?

–¡Atravesarlos con su espada de fuego!

Dijo un hombre de unos treinta años:

–Yo creo que son patrañas.

–¿Entonces a qué vino?

–Por curiosidad.

Un señor de ruana, cachucha y bufanda:

–No será san Miguel Arcángel, pero es nuestro ángel.

A una joven arrodillada en el fango, tan devota que parecía a punto de levitar:

–¿Cómo se llama el ángel?

–El día que se sepa su nombre, ese día será el fin del mundo.

Yo andaba detrás de Orlando, borracha de incienso y de aleteo de serafines, feliz de refundirme entre esta multitud desahuciada que venía a buscar redención en la última casa del último barrio. ¿Pero dónde estaba mi ángel?

¿Qué hacía, que no venía a recibir tanto amor, a atender tanta súplica, a salvarnos para siempre o a matarnos de una buena vez con su recóndita presencia y sus dulcísimos ojos de mirar obnubilado?

Sor María Crucifija apareció otro par de veces, acompañada por Marujita de Peláez -siempre de capa azul- y por Sweet Baby Killer, parada detrás de las otras dos con aire de orangután bueno, como fiel guardaespaldas. Armada de megáfono, Crucifija desalentó a grandes voces a la genio y ordenó que cada cual para su casa, porque -anunció- no habría ángel por hoy.

Sin rencores, con sus antorchas ya apagadas, sus enfermos agolados y cargando en brazos sus niños dormidos, los del Paraíso emprendieron el regreso, resignados a la negativa del cielo, que no había querido enviarles a su mensajero. Ora bueno v ora malo, hoy dadivoso y mañana mezquino, el destino era así, caprichoso, y ellos no eran quién para venir a exigirle. Poco esperaban de esta vida, y tenían paciencia con la del más allá.

–¿Decepcionado? – le pregunté al de chompa de cuero.

-No problem -me dijo-. Si hoy no fue, mañana será.

Los del Paraíso regresaron a sus lares, y Orlando, que se caía de sueño, se fue a dormir a su casa. Yo ya no podría volver esa noche a la mía, primero porque era muy tarde y no había transporte, segundo porque al otro día debía presentarme a la redacción de Somos con un artículo y unas fotos que aún no tenía, tercero porque necesitaba leer los cuadernos de Ara. Y sobre todo, porque quería buscar la manera de ver de nuevo al ángel. Así que me dispuse a pasar la noche en su casa.

¿Dónde dormiría él? Doña Ara, que tanto lo quería, no iba a dejarlo aguantar frío por fuera. Si dormía en la cueva yo estaba perdida, porque no era capaz de irme sola hasta allá, y menos de entrar a buscarlo en la oscuridad, Eso si no me despescuezaba antes Sweet Baby Killer, que seguramente custodiaba la entrada para defenderlo de visitas inoportunas, como la mía.

Ara me esperaba despierta, mientras veía la última telenovela de la noche en un viejo aparato en blanco y negro.

–Los peregrinos se devolvieron tristes porque no pudieron verlo -le dije-.

Habían traído a sur niños, y a sus enfermos. ¿Por qué no salió él, doña Ara?

–Así es mi hijo. A veces quiere mostrarse, y a veces no.

Con ademanes pálidos y maternales echó carbones al fuego y lo atizó, sacó de la naftalina un chal de lana y me lo puso sobre los hombros, me acercó una silla a la estufa y me trajo un plato de comida, que no fui capaz de rechazar aunque no tenía hambre.

–Lea hasta cuando la venza el sueño, señorita Mona, v después, si quiere, se acuesta en mi cama. Yo puedo dormir en el catre de Crucifija, ella es tan magra que casi no ocupa lugar.

No me sorprendió su hospitalidad, a pesar de ser tanta. La acepté como algo natural, como si se tratara más bien de una complicidad nacida del alivio de compartir con alguien una carga de amor tan pesada. Ahora creo que ya desde entonces doña Ara adivinaba lo que estaba por venir… Yo todavía no,

pero ella sí.

–Dígame, doña Ara, ¿dónde pasa la noche su hijo?

–Nunca he logrado que duerma en una cama. No le gustan. Se tiende en un jergón, ahí en el suelo, junto a la estilla, y no cierra los ojos. Mi hijo es extraño, señorita Mona. Cuando está despierto parece dormido, cuando está dormido parece despierto.

–Vive en duermevela… ¿Serán así todos los ángeles?

–Así deben ser, con un ojo puesto en este mundo y el otro puesto en el misterio.

–¿Por qué no está aquí ahora?

–Por un problema con Crucifija. Ella no siempre sabe lidiarlo. El quedó inquieto y lo dejé dormir en el patio, al otro lado de esa puerta.

El corazón me latió fuerte cuando supe que no había sino una tabla de por medio entre esa criatura celestial y yo. Me atrevía preguntarle a la madre:

–¿Puedo abrir?

–Esperemos a que Crucifija se duerma del todo -me dijo bajando la voz.

–Bueno, esperemos.

Desde el otro cuarto llegaban, en murmullo de sílabas arrastradas, las oraciones de Crucifija.

–Siéntese y lea. Tome -doña Ara me entregó la llave del baúl-. Yo termino de ver mi novela.

–Doña Ara, una cosita antes… Dígame cómo se llama su hijo.

–Todavía no se llama. Cuando me lo quitaron no me dieron tiempo de ponerle un nombre. Mientras estuvo lejos lo invoqué hora tras hora, pero sólo diciéndole así, niño, niñito. El padre mío nunca lo llamó de ninguna manera, y mi madre tampoco, tal vez creyendo que si no lo mentaban yo lo iba a olvidar, y a perdonarlos a ellos. Cuando el niño regresó adulto se lo pregunté a él mismo muchas veces. No quería imponerle un nombre, sino respetar el que le hubiera deparado la vida. Pero aún no me lo ha dicho.

Yo pensaba en mi artículo. Si el ángel no tenía nombre no había más remedioque llamarlo "el Ángel de Galilea" a secas. No le iba a gustar a mi jefe, que hubiera preferido algo más brillante, como Luzbel, o Fulgor. O en el peor de los casos Orifiel.

–¿No se llamará Orifiel, doña Ara?

–Orifiel es sólo una de sus máscaras. Su verdadero nombre no lo revela.

Desconfíe siempre de los ángeles que dicen su nombre.

–La última pregunta: ¿Es cierto que usted soñó con un ternero?

–Sí, es cierto, pero no quise ofender a nadie, y menos que nadie al padre Benito.

Ella se sentó en un butaco frente al televisor, tan circunspecta y derecha que parecía en visita de pésame, y se puso a mirar las figuras grises que gesticulaban, mudas.

–Póngale volumen, doña Ara, que a mí no me molesta.

–¿Para qué? Ya se sabe lo que van a decir. Lea, no más, tranquila.

Metí la llave en el candado del baúl con la emoción de quien destapa el séptimo sello, y empecé a leer las Revelaciones de los Cincuenta y Tres Cuadernos, acariciando las hojas apergaminadas y descoloridas de tanto dedo untado en saliva que las había pasado y repasado.

Me solté la trenza para que el pelo, todavía húmedo, se acabara de secar al calor del fuego. No era tanto que leyera sino que trataba de leer, aturdida por el tum tum de tambores que me retumbaba adentro.

¿Qué tenía ese muchacho que me alteraba de tal modo? Era fieramente bello, enigmático y lejano: más de lo que una mujer puede asimilar con calma.

Miraba el reloj, esperaba una eternidad, lo volvía a mirar y no había pasado un cuarto de hora. La telenovela terminó con los amantes separados.

–Malo, este capítulo -sentenció doña Ara, apagando el aparato-. Las estrellas de televisión no hacen sino sufrir.

En ese momento dieron las doce de la medianoche. "Mi ángel se va a convertir en calabaza", pensé. Ya se habían aquietado los rezos ratoniles de Crucifija, y Ara la espió por la rendija de la puerta entreabierta.

–Esta más muerta que dormida -dijo-. Ahora sí, Mona, ya puede entrar al patio.

Yo mientras tanto había recuperado mi cámara fotográfica. Hubiera querido preguntarle a doña Ara si me permitía usarla, pero no lo hice, por temor a que me dijera que no. Así que la metí de contrabando entre el talego, junto con los pantalones y las naranjas que había comprado en La Estrella.

–¿Va a entrar conmigo, doña Ara?

–Es mejor que no. Me quedo esperándola aquí. Si la asusta, usted me llama.

–¿Acaso asusta?

–A veces, cuando está asustado.

La puerta no tenía cerradura, bastaba con empujarla para que cediera, y sin embargo mi mano no se animaba, desobediente a las órdenes que enviaba

mi cerebro. "Tengo que entrar. No es sino un muchacho lo que hay ahí", pensaba mi mente, pero mi corazón decía otra cosa, y mis pies permanecían clavados al piso. Al fin el impulso fue más fuerte hacia adelante que hacia atrás, y pude franquear la puerta.

Era un patio descubierto, de no más de tres metros por tres. Sentado sobre el lavadero, bañado por un fantástico chorro de luna, estaba él.

Tenía la cabeza inclinada hacia atrás y la mirada perdida en la noche iluminada, y se mecía suavemente, sumido en una ensoñación ultramundana, mientras su boca balbuceaba palabras ininteligibles.

Estaba allí y a la vez no estaba, y durante largo rato fui testigo de su trance autista. Sabiendo que no me registraba pude observarlo a mis anchas, cerciorándome de que fuera cierta su belleza inverosímil. El ala de cuervo de su pelo recio; los ojos soñadores del color y la viscosidad del petróleo; el aleteo melancólico de las pestañas negras; la nariz recta, los labios llenos y femeninos de los que manaban, como si fueran humo, las sílabas extrañas de su mantra hipnótico; su cuerpo sobredimensionado de David de Miguel Ángel, esculpido en mármol oscuro y plácidamente abandonado a la potente columna de luz, que lo conectaba al espacio sideral.

–¿Puedes verme? ¿Puedes oírme? – le pregunté alzando la voz, pero no logré romper su aislamiento.

Me senté cerca de él y permaneció impertérrito, del otro lado del cristal, divino e inaccesible como un santo en su nicho, como un actor de cine en la pantalla. Lo contemplaba, arrobada, en su perfección radiante, cuando de repente me pareció detectar un destello cruel en sus pupilas ausentes. Fue la sombra de un egoísmo absoluto la que cruzó por su cara y alcanzó a estremecerme, antes de despejarse dejando en sus facciones otra vez la pura luz, la pura paz.

Quise tocarlo. Estiré la mano lentamente, sin movimientos abruptos, como quien busca atrapar a un animal arisco, o acariciar a un perro receloso sin que muerda. Mis dedos lo rozaron y se quemaron. "Arde en fiebre", pensé.

Una a una fui descubriendo sus cicatrices. En el muslo, un surco largo y oscuro como una cordillera; una línea quebrada que dividía en dos la ceja derecha; otra transversal en el abdomen a la altura del apéndice; un pequeño mapa en relieve sobre el pecho; una estrella irregular en la mandíbula; en el antebrazo, la roseta inconfundible de una vacuna de viruela; en el tobillo un rasguño reciente, que aun no perdía la costra. Eran señales que delataban el paso del ángel por el dolor de esta tierra. ¿Quién le habría causado las heridas, quién desinfectado, quién cosido?

–¿A ti quién te ha odiado, ángel? ¿Quién te ha amado? – pregunté, pero su boca permaneció cerrada, como las cicatrices de su cuerpo.

No sé cómo hice para acordarme de Somos, del artículo, de las fotos. Tomé la cámara, enfoqué y disparé. Ante el fogonazo del flash el ángel se retorció en un gesto de sorpresa, como si lo hubiera lastimado. Lo vi cubrirse la cara con el brazo y lo sentí caer bruscamente a la realidad, como un pájaro herido en pleno vuelo, como un astronauta que amariza en las aguas heladas del océano. Después me miró sin entender, se paró y empezó a retroceder, torvo, cauteloso, como la fiera que escapa a la celada del cazador.

¿Qué hacer? El era enorme, mucho más alto que yo, y llenaba angustiosamente el patio, como un águila atrapada en una jaula de canarios.

Tuve miedo de su reacción, me sentí acorralada e indefensa, quise huir.

Después entendí que tenía mas miedo él de mí que yo de él, y recuperé el control.

Tenía que tranquilizarme, tranquilizarlo, comunicarme con él, ahora, cuando por fin había despertado y me veía.

A un animal espantado se lo acerca con un trozo de pan, y eso fue, en la torpeza de mi afán, lo único que se me ocurrió intentar. Agarré una de las naranjas que traía, y se la arrojé a las manos.

Funcionó. Despertaron sus reflejos y atrapó la fruta. Por un instante se olvidó de mí y se ocupó de ese objeto redondo y brillante que le había

caído. Lo examinó con cuidado y, ante mi incredulidad, sonrió. Fue una sonrisa cálida que derritió en un segundo años luz de distancia, un puente inesperado y mágico que permitió que se hiciera el contacto.

El muchacho repitió mi gesto: me devolvió por el aire la naranja, yo la agarré y me reí, y él también se reía, con una risa adolescente y cascabelera como la que sólo se les conoce a los ángeles alegres. Durante uno o dos siglos estuvimos entregados a ese peculiar deporte bajo la luz intemporal de la luna, hasta que escondí la naranja detrás de la espalda logrando que él se acercara, intrigado, a buscarla. Yo le fui quitando la cáscara y cuando estuvo pelada le dije "come", y quise entregársela, pero no hizo ademán de recibirla. Separé un gajo y me lo metí a la boca: él me miraba hacer. Separé otro y lo acerqué a su boca.

Esa noche comió de mi mano una fruta tras otra, gajo por gajo. Las yemas de mis dedos conocieron la temperatura de su lengua, y aún conservan viva la memoria de su saliva.

La ropa que le llevé, aunque extra large, le quedó absurda de corra y de estrecha. Cuando se cansó de naranjas volvió a canturrear sus sones extraños y se entretuvo jugando con mi pelo, mi aparatosa mata de pelo, dorado como moneda falsa y largo como manto de virgen, que lo fascinó v lo atrajo como a todos los pobres, que al fin y al cabo mi ángel, despojado y desnudo, también era uno de ellos.

La mañana amenazó con clarear en el hueco abierto al cielo, y yo de repente me acordé de Ara, que me esperaba despierta. ¡Por Dios! ¿Cómo era posible? Me había olvidado de ella, de mí misma, de todo lo demás.

Durante horas no había tenido corazón ni cabeza sitio para él, mi criatura mitológica, mi bello animal de galaxia. Mi arcángel de Galilea.

Como raptada, me había perdido con él en la irrealidad de su sueño, habíamos volado juntos lejos de ese patio, hacia el universo sin confines de su desconexión. Contra toda mi voluntad, ahora debía regresar.

Apenas abrí la puerta sentí el desgarrón. Con ese sólo gesto me había

apartado brutalmente de él, rompiendo un hilo finísimo que tal vez ya no podría tejer. Quise arrepentirme y volver, pero era tarde.

He un golpe, el ángel se había enclaustrado de nuevo en su hermetismo de estatua, y otra vez sus ojos, que me miraban, no me veían.

Mujer que te acercas a mí, no quieras saber cómo me llamo. Para ti soy el Ángel sin Nombre: ni puedo decírtelo, ni podrías pronunciarlo.

Sabía que vendrías de abajo, estaba escrito que la ciudad te enviaría a mí, y te esperaba. Con la ansiedad de la tierra, que en su palpito de tinieblas aguarda la claridad salvadora del sol, así te he esperado. Y ahora que estas aquí, no te conozco.

Busco acercarme a ti, estiro la mano para tocarte. Pero tu piel es llama y me quema, no sé resistir el dolor intensísimo del contacto. No me hables, no me mires. Tus palabras me aturden y tu mirada se clava, intolerable, en mis ojos.

Pero no te alejes. Mucha cercanía me asfixia, mucha distancia me mata. Veo tu pelo ondular al otro lado del cristal, la maraña de tu pelo que flota y que llena tu lado del espacio. Me aterra tu cuerpo incomprensible, huyo de tus manos que quieren agarrarme, pero la niebla rubia de tu pelo me llama, bondadosa, me invita a salir del frío y a hundirme en la música de su fiesta amarilla. No me asusta tu pelo porque es excrecencia, ya salió de ti y no te pertenece, me acompaña pero no me atrapa, me roza pero no me quema.

Toco tu pelo y no siento dolor.

No insistas en saber cómo me llamo. Tal vez no tengo nombre, y si lo tengo es múltiple, y mutante. Mi nombre, mis nombres: huidizos, equívocos, cargados de resonancias. No hay en tu mundo oídos que perciban su frecuencia, ni tímpanos que no revienten con su eco.

No quieras hablarme: tus palabras son ruido. Llegan a mí fragmentadas, son trozos afilados de un vidrio roto. Me lastiman haciéndome sangrar, y nada me dicen.