Dulce compañía
Capítulo V
y fue a prepararle una maizena con canela, por si le apetecía comérsela.
El tal M.A.F.A. era una razón de más para actuar inmediatamente, así que tenía que moverme, y ya. Lo primero que necesitaba era un teléfono.
V
La venganza de Izrafel
Por el teléfono de la panadería llamé a Ofelia Mondragón, amiga mía del alma y compañera de colegio, graduada en psicología, quien por las mañanas, en su consultorio privado, ayudaba a niños ricos a alejarse de la droga y a acercarse a sus padres, y por las tardes trabajaba como voluntaria en un hospital de beneficencia para enfermas mentales, comúnmente conocido como el Asilo de Locas. Las locas más furiosas, más pobres y desamparadas de la ciudad iban a parar allá y, en medio del abandono y el despojo de las instalaciones, eran atendidas con una abnegación de santos que, si no las curaba, al menos las consolaba.
El teléfono repiqueteaba una y otra vez con tono desahuciado y yo me cocinaba de impaciencia, hasta que alguien tuvo la caridad de contestar v decirme que me comunicaría con la doctora Mondragón. Pasaban los minutos, por la bocina me llegaban ecos distorsionados que se me antojaban gritos sordos, la ranura se tragaba una moneda tras otra…
Me sentía inquieta así conectada al oscuro mundo de la demencia, como si ésta fuera un virus contagioso que pudiera viajar por el cable y penetrar en mi cerebro a través del oído. Tal vez ese miedo irracional que siempre le he tenido a la locura me viene de la certeza de que tarde o temprano me espera a la vuelta de la esquina. No es sino caminar unas cuadras más, golpear a su
puerta y entrar de lleno en ella para no volver a salir, tal como hicieron mi abuela y mis tías maternas, y al final de sus días, por fatalidad hereditaria, también mi madre, víctima de una arteriosclerosis delirante que llenó su cama y su imaginación de enanitos verdes, saltarines y entrometidos como una legión de ranas.
Nadie levantaba la bocina al otro lado de la línea. ¿Y si me había contestado una loca que se había olvidado enseguida de mi petición? ¿Y si la doctora Mondragón nunca pasaba y no había quién salvara a mi ángel de la burbuja que lo enclaustraba? ¿Y si la doctora Mondragón pasaba y curaba a mi ángel y lo despojaba de su poder y de su magia? Me debatía entre colgar y seguir esperando, cuando por fin escuché su voz.
–Ofelia, estoy con una persona que necesita tu ayuda. Es una emergencia –
le dijo.
–¿Puedes traerla? Aquí te espero.
–¿Ya mismo? – Ya misino. A Ofelia la llamaban "la Bella Ofelia". Su frente, su piel, su nariz, su boca y el
óvalo de su cara estaban diseñados según parámetros clásicos de medallón antiguo, pero sus ojos, inmensos y propensos al llanto, parecían mas bien sacados de los muñequitos animados japoneses. Más que en su título de la Pontificia Universidad Javeriana, obtenido con una tesis sobre la influencia de la luna en los estados depresivos, Ofelia confiaba en su intuición, tan aguda que le permitía hacer cosas fuera de lo común, como la vez que, estando ella y yo con otras amigas de vacaciones en una playa, perdió un anillo en el mar y lo recuperó, ante mis ojos, después de buscarlo un rato.
Ni Freud ni Jung habían logrado disuadirla de que el azar, lo inexplicable y lo sobrenatural juegan un papel decisivo en la vida de cualquiera. Tal creencia la llevaba a invertir parte de su sueldo en billetes de lotería, a tomar determinaciones trascendentales de acuerdo con los consejos del I Ching y del Tarot, a prestar atención a las señales que le enviaba la naturaleza -en particular la aparición de pájaros, que podían ser buen o mal
augurio-y a interpretar después del desayuno los trazos que marcaba el cuncho del café en su taza.
No cabía duda, la Bella Ofelia era el ser al cual acudir en este caso estrambótico y acuciante que me ocupaba.
Se organizó en Galilea una comitiva de doce mujeres, entre las que no estaba Crucifica, para trasladar al ángel hasta el hospital. Trece personas en total, contando a Orlando, que vendría con nosotras, pero que poco participaba. Andaba cabecigacho y regañado, porque, según me enteré, la noche anterior se había volado para mi casa sin avisarle a nadie y pegándole a Ara el susto de su vida, y en cadena con esa pilatuna había cometido una segunda, al capar colegio esa mañana.
Yo quería que saliéramos enseguida, porque me rondaba el presentimiento de que llegar hasta el asilo no iba a ser fácil. Podía suceder que Ara se arrepintiera, que se interpusiera Crucifija, que le repitiera el ataque al ángel y no lo pudiéramos mover. No más cargarlo en vilo iba a ser toda una epopeya, que nos hubiéramos evitado con el Mitsubishi de Harry, pero ni modo, para qué especular, si el Mitsubishi de Harry no lo teníamos.
Nada que lográbamos arrancar: cuando la demora no era por una cosa era por la otra. Que había que esperar a que Marujita de Peláez le echara comida a sus animales, que mejor darle agua al ángel antes de partir, que fulana tenía que cambiarse los zapatos, que mengana iba a pedir plata prestada y ya volvía. Desde su quietud soberana y arcaica, mi ángel nos contemplaba en nuestros ires y venires como si fuéramos hormigas desquiciadas, y asomaban a su rostro hermoso la perplejidad y dificultad de discernimiento de quien presencia un partido de fútbol en el cual ambos equipos juegan con idéntica camiseta.
Por fin pusimos en marcha la caravana, con el ángel cargado entre cuatro en una parihuela y oculto bajo un toldo de lona, pero no habíamos dado cincuenta pasos, cuando sucedió. Tal como imaginé, nos cayó encima el problema, Que no fue el arrepentimiento de Ara, ni la oposición de Crucifija, ni siquiera otro ataque del ángel. Sino la arremetida del padre
Benito, que subía armado de crucifijo y botija de agua bendita, expeliendo por boca y narices un olor mefítico a treinta cigarrillos diarios que le empañaba los lentes y le despelucaba las cejas. Venía en decidido son de guerra, seguido por un monaguillo y por tres de esos muchachos del M.A.F.A. que yo había visto en la iglesia.
–Alto -gritó el cura, atravesándose en nuestro camino y blandiendo el crucifijo-. ¿A dónde creen que van?
–No es problema suyo, padre -le dijo Ara.
–¡Sí que es problema mío! A punta de herejías estás desencadenando el castigo do Dios sobre este barrio, ¿y me dices que no es problema mío? ¿No escarmientas con el diluvio y el derrumbe de las casas? ¿Cuántos desastres más quieres causar? – el padre Benito le hablaba sólo a Ara, poniéndole gran patetismo al reproche. A pesar de la aspereza, el diálogo deleitaba esa familiaridad indeleble que persiste entre dos personas que alguna vez han compartido el mismo catre.
–Déjenos pasar, padre -le pidió Ara, con voz demasiado mansa para mi gusto.
–El muchacho no sale de aquí sin que se le haga un exorcismo -dictaminó el padre Benito, dirigiéndose ahora a toda la comitiva-. ¡Atrás, vuelvan a la casa! Tiene el demonio adentro y se lo vamos a sacar, ¡les guste o no les guste!
Yo no aguantaba más esa mezcla insufrible de oscurantismo, prepotencia y aliento a nicotina. Como una mala sombra pasó por mi imaginación la figura obscena del cura forzando a Ara en un rincón de la iglesia, después persiguiendo a sus hijos para sacarlos del medio y fomentando el odio contra ellos desde el pulpito. Me invadieron el asco y la indignación y empecé a gritarle que si no entendía que no se trataba de ningún poseso, sólo de un muchacho enfermo, le advertí que nada nos detendría, y lo acusé de cavernario y otros adjetivos que ya no recuerdo. Iba apenas por la mitad de mi arenga cuando me di cuenta, por la sorpresa con que todos me
miraban, de que yo ni llevaba velas en ese entierro, ni tenía asignado parlamento en ese guión. Era obvio que a nadie le interesaban mis aportes en ese momento.
El padre Benito sólo tenía ojos y anteojos para Ara, y la reprendía paternalmente, pidiéndolo que no siguiera armando problema, y recordándole que él estaba ahí para ayudarla. Hasta llegó a suplicarle que no fuera testaruda y llevada de su parecer.
¿Qué estaba pasando? ¡Lenta de mí! ¡Cuánto me cuesta entender los motivos de la gente! Aquél no era un sacerdote imponiendo obediencia a una feligresa, ni tampoco un hombre odiando a la mujer que lo abandonó, sino un enamorado implorando una gota de atención.
–Hágase a un lado, padre -nuevamente Ara- o salgo de aquí derecho para donde el obispo, a contarle un par de cosas sobre usted.
Tampoco en la voz de ella había verdadero fastidio, más bien rencor, y yo diría que hasta una pizca de coquetería. Pero no importó, las que sosteníamos al ángel de todas maneras sentimos que con esa amenaza ganábamos terreno y que podíamos dar un paso adelante.
–No, Ara. No vas a hacerlo -dijo el cura con acento contundente, y nosotras, las del ángel, dimos un paso atrás.
–Sí, padre, sí lo voy a hacer -otra vez nosotras para adelante.
–Sólo te pido que me dejes exorcizarlo. ¿Qué pierdes con eso? Si tiene el demonio adentro, se lo sacamos, y quedarnos todos más tranquilos, empezando por él mismo… -el tono del Benito era conciliador, y las de la parihuela no echamos ni para adelante ni para atrás.
–Ni muerta pondría un hijo mío en sus manos, padre, porque el único demonio que hay por aquí es usted -varios pasos triunfales hacia adelante por
parte nuestra.
El sacerdote se había acercado mucho a Ara y ahora le hablaba casi al oído:
–Un demonio no, Ara, un hombre solo. Un hombre destruido por la soledad
-yo también me acerqué para alcanzar a oír, porque no me quería perder palabra- , y la culpa es tuya, Ara, por no querer hacer las cosas como Dios manda…
–No miente su nombre en vano…
Lo que se desenvolvía allí, detrás del conflicto religioso, era una simple y llana pelea de pareja, una pelotera entre las dos partes de un matrimonio roto, una de las cuales persigue con ahínco el arreglo, utilizando la autoridad donde le falla la seducción.
Los tres del M.A.F.A. hicieron amago de posesionarse de la parihuela para alzar con el ángel, pero Sweet Baby Killer los dejó tiesos de un rugido, y les hizo saber con su actitud que les rompería la crisma.
–¡Usted no se meta, señora! – le gritó el cura a Sweet Baby.
–Sí, Sweet Baby -lo respaldó Ara-. Deja, que esto lo resuelvo yo.
–Por la fuerza no, muchachos. No vamos a recurrir a la violencia -ahora era el padre Benito quien calmaba a los suyos.
La pareja de enemigos, incómoda con la presencia ajena, empezaba a dar muestras de que hubiera preferido seguir con su disputa en la intimidad.
–Manda a tu hijo para la casa, Ara, y ven a la iglesia a confesarte. Hay maneras de arreglar las cosas.
–No. Ni tengo de qué confesarme, ni hay nada qué arreglar.
–Después no digas que no te tendí una mano…
–Déjeme pasar, padre. Voy a llevar a mi muchacho al hospital.
–De aquí no me muevo.
–Se lo digo al obispo…
El cura la agarró por la muñeca, y ahora sí, detrás de sus lentes, se vio brillar la impaciencia en sus ojitos de miope.
–No me amenaces, Ara. Dile al obispo lo que quieras, no te va a creer.
Además, yo estaba en mi derecho al tener a mi servicio una criada tridentina. La iglesia lo permite.
–¿Así lo llama, padre? ¿Criada tridentina? – Ara soltó su brazo de un jalón.
–Estás llevando las cosas demasiado lejos. Te vas a arrepentir, Ara, ¿me oyes?
–A un lado, padre -la voz de Ara vibraba.
–Me callo la boca sólo porque esta gente se encuentra delante. Pero la cosas no se quedan así, Ara. No, Araceli, créeme que no.
El cura dejó libre el camino, y le hizo señas a sus matones para que hicieran lo mismo.
Les pasamos por el lado, orgullosas y despectivas, con nuestro ángel invicto en su parihuela. Seguimos por la loma hacia abajo, y durante la primera parte del trayecto, o sea la más resbalosa, hasta la parada del bus, Sweet Baby Killer se lo echó ella sola a la espalda, con devoción rendida, agradeciendo a cada paso el privilegio de cargarlo.
–¿No fue tan terrible, verdad, señora Ara? – no aguanté las ganas de decírselo.
–¿Qué no fue tan terrible, señorita Mona?
–Su convivencia con el padre Benito.
Ella se lo pensó un rato.
–No. No tanto. Si no hubiera sido por mis hijos, a lo mejor seguía con él.
En el bus el ángel se sentó solo, aparentemente divertido mirando por la ventana, y la etapa final, desde donde nos bajamos hasta el asilo, o sea unas quince cuadras por territorio de raponeros e indigentes, lo llevamos, por turnos, en la parihuela. Sobra decir que el esfuerzo era brutal: mi ángel parecía hecho de sustancia etérea, poro pesaba más que un bulto de piedras.
El Asilo de Locas era -ya no existe- un sitio tradicional de la ciudad y, a falta de mejor plan dominguero, durante años la gente había armado paseo hasta allá para ver a las locas, como quien visita los camellos del zoológico.
La falta de respeto con las internas motivó que el director mandara colocar un célebre letrero tallado en piedra sobre la puerta de entrada: "Está usted en los predios de las enfermas mentales. Esperamos que su conducta sea tan razonable como la de ellas."
Ahora habían prohibido los paseos y las visitas sin previa autorización, pero el letrero seguía empotrado en el dintel, y nosotras, las de la comitiva de Galilea, le pasamos por debajo con nuestro ángel encubierto por el toldo.
Doña Ara parecía segura y no daba muestras de querer dar marcha atrás; yo, en cambio, me deshacía en dudas. Sentía que estaba enrulando arbitrariamente el destino del ángel por mis propios cauces y apartándolo de los suyos, y temía los resultados. Tal vez mi afán de organizar todo según mi racionalidad era el alfiler que podía estar a punto de pinchar el gran globo de un sueño, quizá el único sueño de mucha gente.
Me detuve un instante para pedirle su opinión a Orlando, en cuyo criterio había aprendido a confiar.
–¿Crees que hacemos bien trayéndolo aquí?
–No sé.
–¿Cómo, no sabes? Será la primera vez que no sepas algo.
–No sé -repitió Orlando, quien, una vez fuera de los confines de Galilea, no dominaba ya las situaciones.
Delante de nosotros se abrió un corredor de baldosín, de esos baldosines pequeños, de seis lados, que cada tanto se vuelven oscuros y forman una como flor, tan comunes en mi infancia y que ya no se ven. La casa de mi abuela tenía patios con baldosines idénticos. Me refiero a mi abuela materna, de quien ya conté que acabó loca. ¿Habría alguna relación?
¿Serían esas florecitas de hexágonos, repetidas al infinito, el patrón que escondía la clave de la locura?
Una asistenta social, a quien le preguntamos por la doctora Mondragón, nos invitó a sentarnos en un banco de iglesia que había a un costado y a esperar.
Nos acomodamos en fila sobre el banco indicado, apretadas, con las manos sobre las rodillas, como huérfanas que van a hacer la Primera Comunión, y así esperamos largo rato.
El ángel dormía, yo me dejaba llevar por recuerdos agridulces, y Orlando, con una navaja, se había dado a la tarea inútil de sacarle punta a uno de los palos de la parihuela.
Como nos quedamos lelos mirando a una señora que con despropósito de gestos limpiaba el piso, dotada de trapero y balde de agua jabonosa, la trabajadora social nos explicó:
–Ella es una de las internas. Cuando muestran buena conducta las ponemos a trabajar, para que se mantengan ocupadas.
Esperamos otro rato. Mi ángel había medio despertado y sonreía confiado, sumido en los vapores de su duermevela. ¡No sabía que yo, como Judas, estaba a punto de entregarlo!
"Es por su bien", me repetía a mí misma, "por su bien y por el mío "
A pesar de que nunca he creído demasiado en la medicina, y menos aún en la psiquiatría, en el fondo de mi alma tenía el convencimiento de que esta vez ocurriría el milagro, que la cortina se iba a descorrer ante la mente turbada del ángel, y que veríamos brillar su inteligencia. Al mismo tiempo me espantaba constatar mi propia mezquindad, mi mentalidad tan clase media: prefería que mi amor se convirtiera en un hombre común y corriente, a que siguiera siendo un ángel espléndido.
Detrás de un escritorio, la trabajadora social se ocupaba de anotar cosas en una agenda, cuando la sacudió el grito de Orlando:
–¡Oiga! ¡Señorita! ¡La señora de la buena conducta se está tomando el agua del balde!
Era verdad. La trabajadora social se le acercó y la regañó, repitiéndole, con menos poder de persuasión que una mamá que quiere que su hijo se coma las verduras:
–Imelda, no se tome esa agüita sucia, mire que la última vez lo hizo daño y se enfermó,¿ se acuerda? Deme el balde, Imelda…
Imelda se mostró descontenta de que le interrumpieran el refrigerio y se lanzó sobre la trabajadora social. Mínimo le hubiera sacado los ojos si Sweet Baby Killer no la sujeta, hasta que llegaron un par de enfermeros y se la llevaron. La pobre trabajadora social quedó muy alterada, lo mismo que nosotros, aunque sólo habíamos presenciado la escena.
Todavía no nos reponíamos cuando apareció en el fondo del corredor la Bella Ofelia, un tanto despeinada, con la bata blanca de doctora manchada de alguna medicina amarilla, vistosas y aristocráticas en el lóbulo de sus orejas un par de amatistas heredadas de la bisabuela.
–Esto aquí es agitado -me dijo a manera de disculpa por su demora,
mientras se sacudía la bata y trataba de componerse el pelo.
–¿Dónde está? – me preguntó, después de darme un abrazo.
Yo le señalé el toldo, que habíamos cerrado cuando lo del balde para evitarle al ángel el sobresalto, y Ofelia levantó la lona. Con el torso erguido y apoyado sobre un codo, como un rey etrusco sobre su catafalco, apareció mi moreno: macizo, suntuoso, expuesto en todo su esplendor.
La Bella Ofelia lo contempló un momento en silencio y dijo con un suspiro:
–¿¡Quién es esto tan divino…!?
Después, mirándome, añadió con la voz de quien no sabe si sueña:
–Parece un ángel…
–Bueno… Es que es un ángel.
–¿Es peligroso? – me preguntó pasito, para que no oyeran los demás.
–No creo. Sólo desencadena las fuerzas de la naturaleza…
–¿De dónde lo sacaste?
–Del barrio Galilea. Estoy escribiendo un artículo sobre él -quise sonar impersonal.
–Hola -le dijo Ofelia al ángel, pero él la miró desconcertado y no contestó.
–No habla-le aclaré.
–¿Y tampoco camina? ¿Por qué lo traen en esa camilla?
–Sí, sí camina, pero acaba de sufrir un ataque epiléptico, creo, y viene extenuado. Mira, Ofelia, ella es su madre, la señora Ara; éste es su hermano
Orlando; éstas son personas del barrio que lo acompañan y lo cuidan…
–Mucho gusto, encantada, mucho gusto -saludó a todo el mundo-. ¿Qué quieren que hagamos?
–Queremos que nos digas qué tiene…
–Habría que internarlo unos días.
–Estamos dispuestas a dejártelo -me adelanté yo, sin saber qué opinaría la señora Ara.
–Lo que pasa-me dijo Ofelia- es que este hospital no es para hombres…
–Es verdad. Bueno, se dice que los ángeles no tienen sexo, ¿no?
No fue difícil convencerla de que por esta vez se saltara el reglamento y se hiciera cargo de mi ángel. Se cerró la lona que lo ocultaba y la parihuela fue alzada por los enfermeros de antes, que se lo llevaron hacia las profundidades del corredor. Cerrando el cortejo, los demás fuimos penetrando, flor a flor por el baldosín, en ese mundo tan conocido para mí y a la vez tan temido, de las personas devoradas por angustias que no pueden descifrar ni pueden compartir.
Del recorrido que hicimos recuerdo con particular intensidad un huerto que atravesamos en cierto momento, donde experimenté la sensación clarísima de estar en el limbo. Unas mechas verdes, tal vez cebollas, crecían irregulares en cinco o seis surcos de tierra negra rodeada de muros altos.
Estábamos dentro de un rectángulo recortado en el espacio, cuyo techo era un pedazo de cielo blanco, espantosamente cercano. Dentro de ese rectángulo de tiempo detenido vagaban unas mujeres de movimientos lentos, desprovistos de propósito, que sostenían en la mano una pala de plástico que enterraban una y otra vez en la tierra, con minuta paciencia, con resignación absoluta, sin enterarse de las cebollas, sin saber para qué ni por qué.
Ofelia me explicó que eran pacientes que sufrían crisis frecuentes de agresividad, que generalmente llegaban frenéticas al asilo después de pegarle a medio mundo por la calle con un palo, que la policía las traía de las mechas y las tiraba en la puerta, y que era necesario mantenerlas sedadas con altas dosis de calmante.
Siempre había creído que la locura debía tener un olor intenso, una emanación inconfundible, pero no es así. El asilo desconcertaba porque no olía a nada, absolutamente a nada, ni siquiera a mugre. Yo caminaba como sin pisar el suelo por entre ese universo lento e inodoro, y le iba contando a Ofelia lo que sabía de la historia del ángel, omitiendo, desde luego, la parte que tenía que ver conmigo, y haciéndole mi diagnóstico irresponsable de lega en psicología.
–Creo que tiene epilepsia -le dije-y que anda hundido en alguna forma de autismo, o de incomunicación profunda, que le ahoga una inteligencia sobrenatural. Habla varias lenguas, de eso estoy segura, y cuando estás con él tienes la impresión de que comprende más profundamente que tú.
–¿De veras crees que es un ángel? – soltó de pronto.
–Si te digo que sí, ¿me internas a mí también?
–Te pregunto en serio -Ofelia se reía.
–Juzga por ti misma.
Me pidió que se lo dejara unos quince días. Lo tendrían aislado para hacerle un electroencefalograma y otros exámenes, lo observaría atentamente ella misma y le pediría la opinión a los psiquiatras.
–¿Qué quieres, que te lo deje aquí, solo?
–Es lo mejor.
Doña Ara se opuso, muy afectada, porque era la primera vez que se
apartaba de su hijo desde el reencuentro, y terminó accediendo sólo por cuatro días, después de que Ofelia le juró por Dios que le daría una atención especial y que el domingo, al cumplirse el plazo, se lo devolvería, fuera lo que fuera. Ara me miró, como exigiendo que yo corroborara el compromiso, y yo le estreché las manos, asegurándole que podía estar tranquila.
Abandonamos al ángel en el corazón del laberinto. Se cerraron las rejas, se alargaron los corredores, y en la puerta nos despedimos. Doña Ara se quedaría un rato más en el asilo, por solicitud de Ofelia, que necesitaba conversar con ella. La otra gente de Galilea tomó su rumbo, y yo el mío. Ya sin él, no teníamos un lugar común a donde ir.
Recuerdo, y mi recuerdo es ira. Quien despierte mi memoria, desatará mi venganza.
Si revive los ríos oscuros que ha navegado, este joven celestial que duerme inofensivo a tus pies se convertirá en el Rey Horripilante, y en su garganta bramará el rencor.
Si me rozan la frente las alas del pasado, perderé la calma de mis párpados, la transparencia de mi sueño, la quietud del alma.
No debo recomponer el acertijo de lo que fue. Corno la alimaña que enloquece con el olor de la sangre, los recuerdos harían estallar mis venas.
Deja que la nada blanquecina y espesa cubra como una sábana el paisaje ya cancelado de lo vivido. Que toda sombra, todo perfil, todo claroscuro se desdibuje bajo la intensidad encandilada del mediodía.
Déjame olvidar, que con el olvido vendrá la ceguera, y también el perdón.
Que no despierte en mí Izrafel, el temible, Ángel de Venganza; que el aborrecimiento no le haga desenvainar su espada.
Que no extienda yo, Izrafel, mi mano punitiva sobre la ciudad culpable,
porque no sobreviviría ninguno de sus habitantes, ni los hijos de éstos, ni los hijos de los hijos, y ni siquiera sus perros.
No desconozcas el filo de mi espada, porque para ella la vindicta es un deber sagrado, y ha descendido por tres veces sobre la noche de la humanidad. La primera noche desoló la ciudad de Jerusalem, decapitando sesenta mil hombres del pueblo de Israel, desde Dan hasta Bersabée. La segunda noche cayó sobre el campamento dormido del rey asirio y mató ciento ochenta y cinco mil de sus hombres, dejando sus cadáveres expuestos a las brumas del amanecer. La tercera y última noche degolló a los primogénitos de los egipcios. La cuarta noche, viendo esparcido el horror por el universo, el Señor mi Dios, comandante en jefe de los ejércitos celestiales, se apiadó de sus siervos, y ésta fue la orden que recibí de su voz cansada: "Basta, Izrafel, Ángel de Exterminio, retira ya tu mano, envaina tu espada. La ira de tu Señor está saciada."
¿Si llegada la quinta noche reconociese yo la nueva hora del castigo, y desenvainase, quién podría soportar el despertar de la gran cólera? Todo el fuego, el granizo, el pedrisco, las ratas, los dientes de las fieras, el veneno de escorpiones y serpientes, todos los incendios, las llagas de mi lepra, las sogas del ahorcado, todo castigo descenderá, y por mí será ejecutado.
Soy Izrafel y he olvidado mi cometido y mi nombre: No quieras que los recuerde.
Le cobraría a la ciudad homicida una lluvia de sangre por cada injuria recibida. Sería tal mi desenfreno, que los descendientes de los hombres preferirían morir, y perseguirían a la muerte, y ella huiría de su alcance.
Soy Izrafel, atesoro ofensas y estoy lleno de dolor. Fui el de la herida abierta, y teñí de rojo las aguas cuando me bañé en los ríos. Mi tristeza fue más vasta que el cielo.
No despiertes aquello que reposa debajo de mi piel. Déjame ser ciego, y sordo, y mudo; déjame ser inocente, ignorante e ingenuo. De lo contrario seré un asesino.
Soy Izrafel, y he perdido el recuerdo. No me alientes a buscarlo, porque el tumulto del pasado anegaría la paz del presente, reduciendo a cenizas la ciudad que abajo se extiende.
No hagas sonar la campana que alerte mis sentidos, deja que siga invernando la bestia herida que hay en mí.
Me siento en el último rincón del cielo, encogido sobre mí mismo, con el alma cancelada y los ojos apretados para ignorar lo que pasó. Huyo de mí mismo y de mi propia historia, escondiéndome dentro de mí.
Soy Izrafel: No me convoques, no me exacerbes, que encontrarás en mí al implacable.
Así, quieto y ausente, estoy bien. En el color blanco encuentro el reposo.
Déjame dormir. Déjame flotar. Sólo quiero navegar en las aguas insípidas del olvido.
Buscando el pasado de mi ángel, creí encontrar el cielo, y fui a parar al infierno. EI recorrido hacia atrás en el tiempo empezó al amanecer del día jueves, estando yo dormida. Me andaba soñando el más fastidioso de mis sueños recurrentes: que iba a comer a casa de mi madre -muerta hace años en la vida real- y que ella ponía delante de mí muchos platos y bandejas que no contenían alimentos. Yo trataba de explicarle, sin que se ofendiera, que no podía comer, porque ahí no había nada, cuando me despertó el timbre del teléfono. Era la Bella Ofelia.
–¿Sucedió algo? – le pregunté sobresaltada, y todavía medio enredada con las bandejas vacías de mi madre.
–Todo está bien. Tu ángel pasó la noche tranquilo, y esta tarde lo llevamos a un centro médico a hacerle los exámenes. Te llamaba para comentarte una cosa. Un detalle. Puede ser verdad o mentira, no sé. Tal vez te interese.
–Claro que me interesa. Dime.
–Se trata de una interna del asilo. Se llama, o se hace llamar, Matilde viuda de Limón. Me gustaría que hablaras con ella. Ayer me aseguró que había visto antes a tu ángel.
–Habrá sido en el barrio Galilea.
–Eso es lo raro, que no fue allá.
–¿Donde, entonces?
–Prefiero que lo sepas por boca de ella. Ve al asilo, y pídele que te cuente.
–¿Me estás sugiriendo que me entreviste con una loca?
–Padece una esquizofrenia paranoide.
–¿Y si me inventa una historia delirante?
–Se corre el riesgo. Pero quién quita que te dé una pista. Sería muy útil conocer algo del pasado de ese muchacho.
Mientras hablaba con Ofelia, estuve varias veces al borde de preguntarle, como quien no quiere la cosa, si ya que iba hasta el asilo, podía, de paso, hacerle una visita al ángel. Pero me mordí la lengua para no hacerlo, primero, o sea segundo, porque estaba segura de que me iba a responder que mejor no, y primero, porque me moría de vergüenza de que sospechara siquiera que lo mío por él era amor perdido, y no caridad, ni solidaridad humana, ni siquiera interés profesional.
Una hora más tarde, salía rumbo al manicomio en el jeep de Harry Puentes, quien, motivo viaje, me lo había prestado por una semana, a cambio de que durante su ausencia regara las matas de su apartamento y le echara alpiste a un canario poco canoro que mantenía en la cocina. ¿Contarle mis cuitas a doña Matilde viuda de Limón, la esquizofrénica paranoica? Y por qué no.
Al fin y al cabo, hacía más de setenta y dos horas que yo habitaba de planta
en el reino de la insensatez.
Esta vez sí estaba presente el olor. Una mezcla de habas hervidas con vitamina B y orines rancios, persistente a pesar de la creolina, que trataba de taparlo y no podía. Entrar al manicomio me golpeó aún más que el día anterior; quizá saber que el niño de mis ojos estaba enclaustrado en este lugar, y no campeando como un paladín por su monte verde, hizo que lo viera en toda su sordidez.
Fui a buscar a Matilde al patio de las crónicas. Era un escenario extravagante, con ropa tendida, materas, gallinas y otros remedos de cotidianidad, donde cada mujer representaba por su cuenta su propio drama desquiciado, y al mismo tiempo todas contribuían a un solo climax sostenido, de tensión extrema.
De la corte fellinesca del patio no puedo borrar de mi memoria a una anciana con los pechos afuera que apretaba en la mano un ratón vivo, a otra mujer, muy ejecutiva, que me informó que era la representante legal de los frutos cítricos para América Latina, y sobre todo a una joven esbelta, envuelta en una cobija, que decía ser, no se me olvida, santa Tomasa Melaza del Niño Jesús de Praga. La trabajadora social me condujo donde Matilde viuda de Limón, una señora de cincuenta, o sesenta años, que andaba vestida como para carnavales, con pañuelos v trapos de colores amarrados a la cintura, a la cabeza y al cuello. Al principio se mostró entradora y dicharachera.
–¡Qué vestido más bonito! – le gustó una chaqueta de gamuza que traía yo puesta-. Me lo debía regalar. Yo tengo uno igual, pero aquí no, en mi casa.
Es que yo no vivo aquí, ¿sabe? Yo tengo una casa decampo. Inmensa, lujosa. No como esto. Mañana me voy para mi casa, y ya no vuelvo más por aquí.
–Qué bueno, me alegro mucho.
–¿Usted es doctora?
–No señora, sólo vengo a conversar con usted.
–Eso dicen todos, que es a conversar con uno, y lo están espiando, para dejarlo aquí encerrado de por vida -el tono de su voz se empezó a agriar.
–Antes de venirse para acá, Matilde, ¿usted vivía en su casa de campo?
–Yo no me vine, a mí me trajeron. Y ahora me quiero ir.
–Pero aquí hay una gente muy buena, que la cuida…
–No crea, es que se hacen, pero no me dejan estar con mi paloma. Yo tengo una palomita muerta, que murió cuando se derrumbaron todos esos muros de allá , y me hicieron enterrarla, los hijueputas. ¿Se imagina? Dizque enterrarla. Por eso me quiero ir.
–No tiene amigos en este sitio? – yo buscaba por dónde entrarle al tema que me atañía, antes de que a Matilde la agarrara de lleno la persecuta.
–¿Amigos? Cómo quiere que tenga amigos, si aquí todos están locos.
–Me cuentan que ayer vio a un muchacho que ya conocía.
–Es mi novio. Yo me arreglo así, con todas estas joyas -Matilde me mostró, orgullosa, sus trapos-y los hombres se enamoran de mí. Pero el sacerdote ese que viene no me deja tener novio, me lo prohibió terminantemente, porque dice que es pecado mortal, y lo que pasa es que él tiene envidia de mí, porque yo sí soy mujer, y él sólo es modoso, si lo viera, tratando de acariciarle las manitas a los hombres, ay, sí, cómo no, ésa es la pura verdad, pero a mí me castigan si la digo.
–¿Se acuerda cómo se llama el muchacho que vio ayer?
–¿No tiene una peinilla que me regale? Ese es el problema, que como no me dejan tener peinilla, ni cepillo, ando toda despeinada, mire estas greñas, no
hay derecho de que lo tengan a uno así.
Busqué un peine que cargaba entre la cartera y se lo di. Durante un buen rato estuve tratando de hacerla hablar de lo que me interesaba, pero cada vez volábamos más lejos, y la expresión de su cara era más amarga, y su angustia mayor. Hasta que Matilde viuda de Limón se soltó a llorar a mares, y yo no sabía qué hacer para consolarla, cada cosa que le decía era para peor. Afortunadamente llegó a socorrerme uno de los estudiantes de psicología de la Universidad Nacional que hacían sus prácticas allí, le quitó con suavidad el peine, que ella retorcía agónicamente entre las manos, a mí me dijo que era mejor suspender por hoy la visita, y para alivio mío se la llevó.
La otra trabajadora social, la del escritorio de la entrada, me prestó su teléfono, y llamé a la Bella Ofelia a su consultorio. Contra su costumbre, contestó en horas de trabajo.
–Doña Matilde viuda de Limón no quiso decirme nada -le conté.
–¿No te habló de tu ángel?
–Ni media palabra.
–Y ayer era su tema favorito. Si tienes una hora libre, almorzamos juntas.
Quedamos de encontrarnos en Oma del norte, a la una y media. En el jeep del bueno de Harry salí disparada para Somos.
Como tema para mi próximo artículo, me endilgaron la dieta de los triglicéridos, en boga por esos días, que consistía en comer sólo proteínas, nada de azúcares ni harinas. Al respecto -ordenó mi jefe- debía entrevistar, entre otros, a Ray Martínez, galán de la miniserie Noches de tormenta, quien decía haber perdido trece kilos con ese método. Eran las diez y media, así que alcanzaba a despachar a mi ex gordo antes de la cita con Ofelia.
Ray Martínez me recibió en toalla, al lado de su tina de burbujas, mientras una masajista le aplicaba un frote japonés en los omoplatos. Era increíble que ese señor hubiera logrado una figura tan atlética repletándose de chinchulines, fritanga y tocineta. Le soltó a mi grabadora un rollo fluido sobre la problemática de los alimentos, el budismo zen y los kilos, y mientras tanto yo pensaba en otra cosa. Trataba de adivinar qué sabría Matilde de Limón sobre mi ángel.
Ofelia y yo llegamos al tiempo a Oma, que estaba lleno de gente, y tuvimos que esperar a que nos adjudicaran mesa. Además nos enchufaron música ambiental, así que había que conversar a gritos.
–Me voy a comer estas bolas de mantequilla -amenacé, ensartándolas en el tenedor.
–
¡Qué haces! – ¿Sabes a quién conocí hoy? A Ray Martínez. Se adelgazó comiendo grasa. – La dieta de los triglicéridos. Dicen que funciona. – Mejor la de mi mamá, que consiste en comer de unos platos vacíos.
–
¿Te has vuelto a soñar la pesadilla esa? – Anoche otra vez. ¿Crees que signifique algo? ¿Que me quedó faltando
afecto materno, algo así?
–Debe ser más bien que te estás acostando con hambre.
Nos trajeron dos sopas hirvientes de cebolla, y mientras peleábamos contra el queso derretido, que se estiraba de un modo inmanejable, Ofelia se animó a ir al grano.
–En el frenocomio de la cárcel de La Picote. Allá dice Matilde que conoció a tu ángel.
–Qué cosa es un frenocomio -pregunté, sintiendo agujas clavadas por dentro, pero tratando de dar a entender que el tema me afectaba, aunque no mucho.
–Una cárcel para locos, El de la Picote es un lugar aterrador.
–Barájamela despacio. Dime qué fue exactamente lo que te dijo Matilde, y qué tanto se le puede creer.
–Como te dije, ella tiene ratos de lucidez, y por lo que ha ido contando conocemos algo de su historia. Parece ser que su marido estuvo preso, si es que no lo está todavía, en ese frenocomio.
–El señor Limón.
–Sí. Matilde fue a visitarlo todas las semanas durante años, hasta que se le zafaron las tuercas a ella también. Apenas vio a tu ángel empezó a gritar que lo conocía, que ese muchacho era compañero de patio de su marido.
–¿Mencionó su nombre?
–El Mudo. Dijo que le decían El Mudo.
Ofelia salió para su asilo, y yo llamé a una secretaria buena persona de Somos y le pedí dos cosas para el día siguiente: una cita con una experta nutricionista famosa por hablar mal de la dieta de las grasas, y un permiso para visitar el frenocomio de La Picota.
Aprovechando el jeep de Harry, arranqué para Galilea. Orlando ya debía estar de vuelta del colegio.
–Orlando- le rogué, mientras lo invitaba a gaseosa y Frunas en La Estrella-, dime todo lo que sepas de tu hermano. Tenemos que reconstruir el rompecabezas de su vida, ¿entiendes?
–Eso está todo en los cuadernos de mi mamá.
–Quiero saber otro tipo de cosas. Por dónde anduvo de niño, por ejemplo.
–Es un misterio, como el pasado de Cristo, que nadie sabe cuál fue.
–Trata de entender. Tú eres muy inteligente. ¿No crees que debe ser horrible no tener un pasado?
–Uy, sí, sumamente horrible. Yo vi por la tele una película de un señor que quedaba con amnesia después de un accidente, y ya no reconocía ni a su esposa ni a sus hijos, y entonces ese señor…
–Otro día me la cuentas. Ahora piensa. Tiene que haber alguien que sepa algo y nos pueda ayudar.
–Y entonces ese señor agarró a caminar como loco por esas calles, y su esposa creyendo que…
–Orlando…
–Esta bien, pues. A ver… A ver… Bueno, pues serán las Muñís.
–¿Las Muñís?
¡Lógico! Ellas saben todo, pero todo lo que pasa en este barrio, ¿no ve que son adivinas.
–Para eso no tienen que ser adivinas, basta con que sean chismosas.
–¡No, que va! ¡Óigala! – Orlando estiraba la trompa, a la manera bogotana, para expresar su fastidio ante mi falta de sentido común-. ¿No ve que también saben lo que va a pasar mañana? ¿Y el año entrante? ¡Eh!
–Está bien. Llévame donde las Muñís.
–¿Tiene billete, Mona?
–Algo, ¿por qué?
–Así les decimos que usted va es a comprarles mermelada, con eso no sospechan…
Las Muñís, Chofa y Rufa, no vivían en Barrio Bajo, sino en lo fino de Galilea, a dos cuadras de la iglesia.
–¡Señorita Chofa! ¡Señorita Rufa! ¡Que si tienen mermelada para la venta!
– les gritó Orlando, y se les fue colando a la casa.
Yo me quedé esperando en la calle, dejándome ganar por la borrachera de la altura y disfrutando de un espléndido gran angular de la ciudad, apenas enturbiado por los jirones de calima.
A mis narices fueron llegando por tandas diferentes olores a comida, uno tras otro como la lista de platos en un menú, tan precisos que me permitían adivinar qué cocinaban para la cena en cada una de las casas de la cuadra.
En la azul de la esquina, por ejemplo, era seguro que guisaban plátano, en la del rosal junto a la puerta fritaban carne, en la del frente habían puesto a hervir algún caldo con cilantro.
Pasó frente a mí un burro cargando leña, y otro cargando lavaza. Después un par de muchachos que le echaron miradas ganosas a mi chaqueta de gamuza, o tal vez a mi persona, no me quedaba claro. Me dijeron mamacita linda y siguieron de largo, y por fin vi a Orlando que volvía por mí.
Las Muñís estaban entregadas a la fabricación masiva de cascos de limón en almíbar, entre pailas de cobre, sobre la estufa de carbón. Era toda una industria la que tenían montada en su cocina, en medio de hervores y olores, con fruta fresca almacenada, frascos de segunda a los que había que rasparle la etiqueta del producto original, frascos ya hervidos y listos para envasar, kilos de azúcar, cuchillos, cucharones y coladeras, las dos Muñís que rebullían y revolaban, retirando una amargura aquí y echando una pizca
de bicarbonato allá, y por último las hileras de productos ya terminados: mermelada de mamey, dulce de papayuela, jalea de guayaba, tomate de árbol en conserva, y hasta icacos en almíbar. Cristo Jesús, no veía yo icacos desde la casa de Mamá Noa, mi abuela, donde a cada nieto le servían su ración en una coca de porcelana inglesa, cinco o seis icacos, algodonudos, redondos, lilas. Les chupábamos la pulpa y se desataba la guerra por los corredores (ésos de baldosines que ya mencioné) y por las escaleras, con las semillas peladas, ¡zas!, al que se descuidaba le encajaban su pepazo en la cabeza, y mientras tanto en la habitación la abuela viajaba por el tormento de esa arteriosclerosis que irrigaba su cerebro con gotas de sangre demasiado espesas, y la hacía arder de ansiedad por el regreso del abuelo ya muerto y la obligaba a sacudir con fastidio tantas y tantas hojas secas que no cesaban de caer sobre su cama.
Las Muñís, que se percataron de mi estado de trance ante los icacos, me preguntaron si quería probarlos, y antes de llevarme el primero a la boca volvió neto a mi memoria ese dulzor suyo, medio desteñido, que resumía toda mi niñez.
Las Muñís resultaron un par de brujas estupendas, ambas de delantal con bolsillos grandes, como el de Mamá Noa. Rufa guardaba silencio y escuchaba, y en cambio Chofa, descolgada de cadera por defecto de nacimiento, era parlanchina como una cotorra. Después de los icacos nos sirvieron brevas, y moras, y albaricoques, y una cucharadita de arequipe casero, mientras ellas, paradas al lado con los brazos en jarras, esperaban que Orlando y yo les alabáramos sus manjares. Les compré de todo: cargué en el jeep de Harry una caja llena.
Mientras tanto conversamos. Para que Chofa contara lo que sabía de la historia de mi amor el ángel, no hizo falta sino preguntárselo. Pero primero quiso que se fuera Orlando, y le dio una propina para que le trajera un mandado de la tienda.
–Es mejor que el niño no oiga -me dijo cuando él salió, muy a regañadientes.
Lo primero que me aclaró Chola Muñís es que el padre de doña Ara, Nicanor Jiménez, había sido alcohólico.
–Mandaba mucho y hacía poco; era una bestia sin sentimientos y repleta de aguardiente, de ésas que se dan silvestres en este país. La única solución que tenía para cualquier problema era sacarse el cinturón y darle rejo a alguien, al que fuera, empezando por su mujer, Ella, la pobre, se llamaba Lutrudis, y no era mala, pero tenía el espíritu de un animalito asustado.
–Nicanor Jiménez fue el abuelo que lo regaló el ángel a los gitanos -dije yo .
–Eso es leyenda, nunca se lo regaló a ningunos gitanos. Era una manera de decir: cada vez que un niño se perdía, la gente decía que se lo habían llevado los gitanos. Lo que hizo fue entregárselo a una querida que mantenía en el barrio La Merced, para que lo criara. Esa mujer, que era una perdida, levantó al niño sin amor, casi sin hablarle, a duras penas cumpliendo con la comida para mantenerlo vivo. Pero el niño iba creciendo y era muy hermoso, muy dulce a pesar de todo, y jugaba en su rincón con un tarro, o un palito, cualquier cosa era suficiente para él. Así pasaba horas y horas sin poner pereque, dicen que jamás se lo oyó llorar. Tal vez fue cuando el abuelo lo vio tan lindo que se le ocurrió el negocio.
–Entonces sí lo vendió…
–Pero no a los gitanos. No sé cómo se enteró de que un par de extranjeros ricos, gente ya de edad, querían un niño colombiano en adopción. Agarró a su nieto, le compró ropa y se lo llevó unos días para su casa, a que la abuela Lutrudis lo bañara y lo alimentara, porque la criatura andaba sucia, pelilarga y desnutrida.
–Y si el niño fue a la casa, ¿cómo no se enteró Ara?
–Don Nicanor hizo coincidir el asunto con una semana de retiros espirituales que Ara tenía todos los años en un convento de Boyacá, a los que no podía faltar. Cuando volvió ya encontró el rastro frío, y nunca supo siquiera que su hijo había pasado por ahí.
–¿Cómo es que nadie se lo contó? Perdóneme que le pregunte, doña Chofa, y a usted también, doña Rufa, ¿pero si ustedes supieron, cómo no le contaron a esa pobre mujer, que andaba loca buscando a su hijo?
–Por esa época nosotras vivíamos muy lejos de aquí -intervino Rufa por primera y última vez-. Ni conocíamos tan siquiera a nadie de esas personas.
Todo esto que oye son los cuentos que mi hermana se vino a inventar después, de oídas, porque a nosotras nada de eso nos consta.
–Bien organizadito y bien lindo – Chofa siguió como si nada-, Nicanor le llevó el niño a los extranjeros, y les pidió un precio muy alto. El sabía que los podía chantajear, porque ellos no eran casados, sino que eran hermano y hermana, y así no podían hacer una adopción legal. Sin embargo debieron regatearle, y tuvo que hacerles una rebaja, por lo que el niño no hablaba. Lo de la rebaja se supo porque don Nica anduvo un tiempo furioso, diciéndole al que quisiera oírle que los malditos extranjeros eran gente tacaña.
–¿La madre de Ara, esa señora Lutrudis, no tuvo compasión con su propia hija y con su nieto? No lo puedo creer.
–Ya le digo, la única aspiración de Lutrudis era que el marido no la desollara a correazos. Pero sigamos con el cuento.
–Un momento, doña Chofa. De dónde era esa gente, esos extranjeros,
¿usted sabe?
–Extranjeros, de Europa. Quién sabe, eso es muy grande por allá. Ya una vez con el niño en su poder, abandonaron este país, que no les había gustado ni poquito. Por allá viajaron mucho, y lo pusieron a estudiar, y el niño aprendió a hablar, dicen que no uno, sino varios idiomas.
–Por fin fue un niño feliz…
–Pero por poco tiempo. En Europa murió la hermana, que era la que de veras lo quería, y el hermano se volvió para Colombia, donde según
cuentan había dejado negocios, y se trajo al muchacho, que ya estaba grande. Pero ése era un señor de malas pulgas, con un genio de los mil demonios, y va estaba más viejo de lo que se aconseja para andar criando a un muchacho. Que además era un muchachote, porque ya desde entonces, once o doce años que tendría, ya desde entonces era un jayán.
En ese punto entró Orlando, que volvía corriendo con el mandado para no perderse la historia. Doña Rufa ofreció doblarle la propina si le traía del mercado unos ramitos de perejil crespo. Orlando se lo pensó primero y después aceptó el negocio, pero imponiendo sus condiciones: antes, que le dieran un vaso de agua, porque traía mucha sed. Hacia largas pausas entre sorbo y sorbo, esperando que Chofa arrancara a hablar, pero ella cambió de tema, y se puso a contar su fórmula secreta para quitarle el acíbar a la cáscara del limón. Apenas Orlando salió por el perejil, Chofa siguió adelante.
–El muchacho había sido tímido y retraído, pero al llegar a la adolescencia le dio por hacer las perrerías propias de su edad. Probó la droga y se volvió marihuano, y dizque le robaba plata al padre adoptivo para comprar sus vicios. Eso lo contaba una amiga mía, parienta de la amante que don Nica mantenía en La Merced. El caso es que don Nica, ya viejo cacreco, llegaba a la casa de su moza a quejarse de que los extranjeros no fueran gente de palabra. Parece ser que tantos años después, el que adoptó al niño le estaba exigiendo que le devolviera el dinero, porque el muchacho le había salido vicioso. Don Nicanor, que era más amarrado que un triquitraque, no le soltó ni un centavo, y su nieto fue a parar a un centro de rehabilitación. Y hasta ese día me llega a mí la pista, de ahí para adelante se me pierde el hilo de la información.
–Hasta que el muchacho vuelve a aparecer, hace dos años, en la casa de su madre.
–Digamos que un muchacho apareció, hace dos años, en la casa de la señora Ara. Si de verdad ése es su hijo, es algo que nadie puede saber.
Esperé el regreso del niño y me despedí con abrazos de las Muñís, que antes
de dejarme ir me encimaron de regalo otro par de conservas. Orlando y yo nos montamos al jeep en silencio.
El posible pasado de mi ángel se iba recomponiendo ante mis ojos como una colcha de retazos, zurcida con los hilos del dolor.
–Cuénteme, Mona. Es mi hermano y tengo derecho a saber.
–Está bien.
Los peores diálogos son siempre entre los automóviles, y éste no fue la excepción. De la manera menos brusca, matizando las palabras, le fui contando a Orlando lo que había oído, pero a medida que hablaba una sombra desconfiada iba oscureciendo sus ojos. Quise con todo el corazón no haber preguntado nunca, para no tener que repetir ahora. Pero era tarde.
Cada vez que intentaba omitir algo, Orlando se daba cuenta, y así me fue llevando, hasta el final.
–No hay que decirle ni una palabra de esto a mi mamá. Ni a nadie.
El niño se bajó del jeep sin decirme adiós.
Pasé la noche del jueves entre desvelos y pesadillas, muerta del calor si me tapaba y del frío si me destapaba, soñando, despierta y dormida, con un ángel niño, abandonado y silencioso, que jugaba en un rincón. Ya viernes amanecí decidida a no ir al frenocomio y a no averiguar nada más.
Mi intervención en los acontecimientos celestiales de Galilea los había dejado reducidos a miseria humana. ¿Qué sentido tenía someter al ángel a terapias que lo obligaran a recordar, si sus recuerdos eran vidrios afilados que le romperían el corazón a él, a su madre, a su hermano, a mí misma y quién sabe a cuántos más? Estúpida de mí, que quemaba el mito de un ángel, sabiendo que de sus cenizas sólo surgiría una cruel realidad de hombre.
No tenía ánimos ni para levantarme, cuando sonó el teléfono y era Ofelia.
–Te tengo una buena noticia. Ayer se le hizo un electroencefalograma y una punción lumbar. Tu ángel sí tiene epilepsia, pero una controlable. Es posible que con unas pastillas diarias no le vuelvan a repetir los ataques. Eso le va a hacer la existencia más tolerable.
Al colgar, me había vuelto el alma al cuerpo y nuevamente había cambiado de opinión. ¿Qué tal que no le hubieran hecho el electroencefalograma? Se habrían prolongado indefinidamente los ataques, cada vez peores, deteriorándolo día a día. Al fin y al cabo, no se pueden desdeñar los remedios que los hombres tratan de inventar para sus propios males. Doña Ara y Orlando tendrían que entender que aunque la realidad tuviera una cara horrible, peor era la máscara distorsionada de la irrealidad. El propio ángel debía someterse a una terapia que descorriera el velo ante sus ojos.
Sólo enfrentando su propio pasado, por inhumano que fuera, recuperaría su presente y su porvenir. Y yo sí iría al frenocomio, sí trataría de seguir averiguando la verdad.
Me habían advertido que el frenocomio de La Picota era uno de los huecos más infames de la tierra, un cementerio para vivos donde se tiraban desechos humanos y se dejaban podrir.
–No creo que la señorita quiera entrar hasta adentro -me aconsejó el guardián que custodiaba la reja.
–Sí, sí quiero.
–Pues poder puede, aquí veo la autorización, pero no se lo recomiendo. Lo menos que le pasa es que se le prenden los piojos.
–De todos modos quiero entrar.
–Sola no está permitido. Tiene que esperar al guardia que la va a acompañar.
–Aquí estuvo preso hace unos años un muchacho, usted se tiene que
acordar, piense en el preso más alto que haya visto…
–Yo soy nuevo por aquí, y además ya solicité traslado. Esto no es sitio para gente. Hasta se impregna uno del olor, y no vale lavar la ropa, ni restregarse el cuerpo, porque ese olor no quita con nada. Esto no es vida, trabajar aquí no es vida, no señor.
–Tal vez haya archivos donde pueda consultar. ¿No guardan el registro de los presos que pasan por aquí?
–Pregunte en la administración, tal vez allá.
–¿Usted no sabe los nombres de las personas que están ahí encerradas?
–Los nombres no los saben ni ellos mismos, ¿no ve que además de ser criminales son locos? Como nadie los llama, se les olvida hasta el nombre.
Yo cerraba los ojos, los oídos y la boca para no estar allí; trataba de no rozar la pared inmunda, ni la reja pringosa, y hubiera querido no pisar ese suelo ni respirar ese aire, recargado de desgracias. Al otro lado de los barrotes sólo se veía humedad y oscuridad, v no se distinguían voces, solo toses y ruidos apagados, como de animales agonizando en sus cuevas. Desde el fondo del ¿intro me llegaban los efluvios pegachentos de la descomposición y la desesperanza, y sentí unas ganas horribles de vomitar. Estaba parada a las puertas del último sótano de la existencia, donde al ser humano se lo reduce a inmundicia, y me abandonaban las Fuerzas.
De este lado de la reja apareció un hombrecito tuerto que lavaba pisos y paredes con una manguera.
–Favor retirarse de ahí. Voy a echar agua y la mojo -me advirtió, y aunque me retiré, me mojó los zapatos.
–¿Tiene algún pariente adentro? – me preguntó.
–Afortunadamente no. ¿Usted hace mucho trabaja aquí?
–Ya va para toda la vida.
–Entonces me va a ayudar. ¿Se acuerda de un muchacho exageradamente alto que estuvo aquí hace un tiempo?
–Muy altos, que yo recuerde, por aquí han pasado dos, o tres…
–Este era moreno…
–Todos son morenos.
–De éste no se olvida, porque era muy bello, trate de acordarse…
–Bello allá adentro no hay nadie. Entre todos no se hace un caldo.
–Haga de cuenta un gigante. Creo que le decían El Mudo.
–La mayoría son mudos. Mudos, y sordos, y estúpidos. Aullan y gruñen, pero no hablan. Aquí se vuelven así.
–Una fábrica de ángeles… -dije para mí, pero el hombrecito oyó.
–¿Una fábrica de ángeles, dijo? ¡Ja! Eso si está bueno. ¡Una fábrica de ángeles! Oíste, González -le gritó al guardia-. ¡Ella dice que esto es una fábrica de ángeles!
–A ver si dice lo mismo después de estar allá -contestó González.
–El muchacho que le digo estuvo preso unos años y después logró salir –
insistí yo.-De aquí no sale nadie.
–Este sí…
–Sería un milagro. Claro que a veces, cuando ya no caben, ordenan hacer limpieza y echan para afuera a los más inútiles.
Vi que se acercaba el guardia que me iba a acompañar y sentí terronera. No puedo, no puedo, no puedo, me gritaba el corazón, queriendo estallarse.
–Ella es -le indicó González al recién llegado.
–Camine -me dijo el nuevo, sacó un manojo de llaves y empezó a abrir la reja.
–¡No! Discúlpeme, no puedo, me tengo que ir. ¿Por dónde es la salida?
Gracias, pero no. No puedo entrar ahí.
Cuando me di cuenta estaba corriendo. No sé cómo recuperé mis documentos, encontré el jeep de Harry me encerré en él, para protegerme del horror. Empecé a manejar sin fijarme por dónde, sin saber cómo. Iba física y mentalmente trastornada, fustigándome a mí misma con una acusación que volvía y volvía, como un estribillo enloquecedor: ¿Así que usted es la que dice que la realidad hay que mirarla a la cara? Y no puede, cobarde, mil veces cobarde, quiere forzar a un muchacho enfermo a recordar todos los años que pasó en el infierno, y usted no es capaz de estar ahí un minuto. ¿Así que la realidad hay que mirarla a la cara? Atrévase, fanfarrona, hablamierda, atrévase si es capaz.
Sin saber a qué horas llegué al asilo. Tenía que verlo, o me moría. Le mentía las enfermeras, les dije que estaba autorizada por la doctora Mondragón. Ahora lo tenía a él ante mis ojos, tendido en una cama en la cual no cabía, más ausente que nunca, envuelto en una nube de lejanía. Le habían puesto un camisón blanco con un número escrito con marcador, y parecía que ahora sí, sin remedio, el alma le hubiera abandonado el cuerpo.
–¿Por qué está así, tan demacrado? – le pregunte a la enfermera.
–Así los deja la punción lumbar. Los agota y les produce mucho dolor de cabeza. Es mejor que le haga una visita corta, para que pueda dormir.
Le toqué las manos, ásperas y resecas, y también los pies, sus pies
perfectos, que estaban fríos y mustios como animales muertos. Le pedí crema a la enfermera pero dijo que no había.
Salía la calle y en la única farmacia de los alrededores pregunté por suero fisiológico, y por una crema para humectar el cuerpo.
–Le recomiendo ésta -me dijo la vendedora, y me entregó un frasco que decía "Nella", y debajo, "con extracto de nardo".
–¿Nella? – leí-. Nunca había visto esta marca.
–La están promocionando por radio. Se pronuncia Nela. Nela, con una sola ele.
–Ah, bueno. ¿Puedo abrirla?
–Cómo no.
Era una sustancia espesa, aceitosa, con un perfume muy penetrante.
–Esto huele demasiado fuerte -comenté-. ¿No tiene más bien Nivea, o aunque sea C de Ponds? ¿O Johnsons para niños?
–Sólo ésta. Es excelente, la llevan mucho.
Regresé al lado de su cama, y le humedecí los labios con el suero. El se incorporó un poco, para tomar un par de sorbos. Me miró y en el fondo de sus ojos vi un asomo de reconocimiento, que se apagó enseguida. Se volvió a desplomar sobre la espalda, y yo le fui untando la crema muy despacio, muy profundo, empezando por los pies, por la marca reciente del tobillo, como si ésta indicara el punto de partida en el mapa secreto de su cuerpo.
Puse todo mi amor y mi empeño en la tarea, como queriendo desprender de su piel la costra de soledad.
–Perdónanos -le susurraba- por lo que has tenido que sufrir en esta tierra.
Perdón, perdón por todo el mal que te hemos hecho…
–¡Qué maravilla! ¿Quién trajo nardos? – la jefa de enfermeras irrumpió en la sala como un vendaval-. ¡Aquí huele a nardos!
–Es esto -le señalé el frasco de crema.
–Este muchacho es una hermosura -dijo, tomándole la mano a mi ángel-.
Aquí estamos todas enamoradas de él.
–No me extraña.
–Pero él no nos para bolas -se rio, y volvió a salir.
Lo dejé dormido, y al salir del asilo tuve por primera vez la certeza de que por más que intentara acercarme a él, siempre estaríamos a universos de distancia, y de que aunque le hicieran mil terapias y tratamientos, seguiría siendo un extraño en este planeta.
De camino hacia mi casa, atrapada en los trancones del tráfico, me puse a pensar en Paulina Piedrahita, mi profesora de semántica en la universidad.
Ella contaba que la palabra nostalgia había sido inventada cuando los soldados suizos hacían de mercenarios lejos de su tierra, y eran repentinamente atacados por una urgencia desesperada de regresar, que les producía grandes sufrimientos. Por eso-decía Paulina-nostalgia viene del griego nostos, regreso, y algos, sufrimiento, y es el momento en que el pensamiento retorna a un lugar anterior, donde se sentía mejor.
Dijeran lo que dijeran los médicos, yo sabía que la postración de mi ángel no era otra cosa que nostalgia del cielo.
Habíamos quedado con la Bella Ofelia en que comeríamos juntas esa noche en el restaurante Salinas, para conversar largo y tendido sobre el ángel.
Estábamos dispuestas a entregar media quincena a cambio de unos cuantos dry martinis y un par de platos de langostinos a la plancha. Pero el transcurso del día me había dejado de cama, con el alma y el estómago descompuestos, y un langostino bien podía ser la única cosa que faltaba
pata mi colapso definitivo. Así que llamé a Ofelia y le pedí que nos viéramos más bien en mi casa.
Llegó a las ocho en punto, con un pan francés y un termo de consomé de pollo, asegurando que me caería bien. Prendió el televisor, porque no se perdía Aroma de mujer; la telenovela de esa hora, y tuve que esperar a que acabara de verla para empezar a preguntarle.
–Ahora sí, dimo qué es lo que tiene.
–Imposible saber. Anda perdido en alguna parte entre el retraso mental, el autismo y la esquizofrenia. Pero muy, muy perdido.
–¿Pero cómo vas a decir que está perdido un ser que produce semejantes escritos? Es que tú sólo has leído apartes de los cuadernos, pero si te tomaras el trabajo de…
–Un momento, un momento. Así nos vamos montando en una lógica disparatada y después no hay quién nos baje. Empecemos con que los cuadernos no los escribe el ángel, los escribe Ara. Si quieres hablar de los cuadernos, entonces hablemos de Ara. Esa sí que le atina al cuadro esquizofrénico completo, oye voces y todo.
–Mejor no sigamos hablando, porque no llegamos a ninguna parte. Si quieres entender algo de esto, tienes que olvidarte de tu lógica, porque no nos sirve.
Caímos en un silencio incómodo y hasta hostil. Después de un lapso prudente, Ofelia buscó ablandar la situación preguntándome por qué yo me tomaba el asunto tan a pecho.
–Pues sucede que estoy enamorada de ese retrasado, autista y esquizofrénico -le dije de mala manera.
–Muy propio de ti. He debido imaginármelo. Espera -dijo cortada-, voy a echarle un chorrito de jerez a este consomé.
Nos quedamos calladas otro rato. Después ella dijo:
–Vamos a ver, empecemos por el principio. Por ese pasado que estás tratando de recomponer.
Yo no quería hablar más. De pronto todo el cuento me parecía espantosamente absurdo, y me sentía avergonzada y arrepentida de haberle contado a Ofelia la verdad. Menos mal no le había confesado que además había hecho el amor con él. Mínimo se desmaya.
–Hasta ahora -ella siguió sola, tratando de romper el hielo- sólo tienes hipótesis, y no todas coherentes. Un abuelo borrachín y cruel que se deshace del nieto, una mujer que lo cría como a un animal, una adopción que fracasa porque el muchacho se vuelve drogadicto. En consecuencia, un centro de rehabilitación, que debe haber sido otra pesadilla, y después posiblemente algún crimen, no sabemos cuál, o una injusticia atroz, que lo lleva a la cárcel. Como es epiléptico, y drogadicto, y seguramente ya anda mal de la cabeza, lo encierran en el frenocomio, donde acaba de enloquecer, y de donde logra salir quién sabe cómo. Ahí pegamos otro salto y el muchacho, que jamás ha estado en su casa, ni ha visto a su madre salvo en el momento de nacer, regresa donde ella. Ante la gente del barrio aparece como caído del cielo, y como además es hermoso, y extraño, y habla lenguas y convulsiona, lo toman por un ángel, y lo convierten en el centro de un culto. ¿Voy bien?
–Sí, salvo por un detalle. El muchacho sí conoce la casa materna, cuando el abuelo lo lleva para que la abuela lo bañe y lo vista, antes de entregárselo a los extranjeros y aunque sólo pasa ahí unos días, ése es quizá el único lugar en el país del que guarda buenos recuerdos, el único donde lo han tratado bien. Así que al salir del frenocomio, se las arregla para volver allá. liso es posible.
–Es posible, pero no probable.
–En fin. Si su vida no fue exactamente así, en todo caso debió ser muy
parecida. Da igual.
–¿Sabes lo que suele suceder con los ángeles que tienen ese tipo de pasado?
Que cuando finalmente lo enfrentan, les sale de adentro el odio a borbotones. Un odio, una tristeza y una sed de venganza tan monstruosos, que para mantenerlos a raya habían tenido que anular su conciencia. A esos ángeles la terapia los lleva a volverse demonios. Sociópatas. Esa es la señal de que van camino a la recuperación.
–No me sigas pronosticando desastres. Pareces el chulo del diluvio.
–Chulo no, ni menciones ese bicho. Bueno, sigamos. Sigamos adelante con el hilo de la historia. Habíamos llegado a un punto en la vida del ángel en el cual apareces tú, y le enamoras de él, y me lo llevas al asilo, para que lo cure. ¿Qué sigue de ahí?
–Dime tú qué sigue de ahí. ¿Crees que se puede hacer algo? ¿Hay algún tratamiento posible que no pase por volverlo un diablo?
–Pues para ser honesta contigo, yo me temo que ni siquiera ése funcionaría en su caso. Es que estamos hablando de un ser que no habla, no establece contacto con el mundo exterior, no mira a la gente, no demuestra afecto por nadie. Es un caso perdido, qué quieres que te diga…
–¡No, Ofelia! ¡No es así! – me agarró una vehemencia de izquierdista en manifestación-. Yo te aseguro que no es así. Tú no lo conoces. No tienes idea de los sentimientos tan profundos que transmite. Y no sólo a mí, a miles de personas que hacen viaje para verlo. No me vayas a decir, como mi jefe, que son supersticiones de pobre. Te estoy hablando de algo que no es racional. El irradia luz, Ofelia, y me extraña que tú, entre toda la gente, no te hayas dado cuenta. Irradia un amor desbordante, como nadie que yo haya conocido antes. Esa es su forma de establecer contacto…
–Espera, espera, todavía no hagamos poesía. Primero atengámonos a los hechos. No silbemos bien de quién estamos hablando, pero suponemos que
se trata de un ser que vivió bajo unas condiciones extremas de privación física y social que le causaron lesiones irreversibles. Esa epilepsia, sin control durante tanto tiempo, también contribuyó al deterioro. No quisiera hablarte así, pero se trata de un ser humano que ni siquiera alcanza el nivel de conciencia de un animal…
–Ese es el problema, Ofelia, que tal vez no se trate de un ser humano.
ParaAra, para Orlando, para toda una comunidad, él es un ángel. El Ángel de Galilea. ¿Es que no puedes entender la diferencia?
–No, no puedo entender. Honestamente, no entiendo nada. ¿Sabes qué me gustaría? Me gustaría saber, de verdad, qué significa ese muchacho para ti.
Me demoré pensando.
–Él es los dos amores, Ofelia, el humano y el divino, que siempre antes me habían llegado por separado.
–Y tal vez es más sano que así sea, quiero decir, que una cosa sea una cosa y otra cosa sea otra cosa. O si no más sano, por lo menos más llevadero, niña, menos abrumador… Es que me preocupa, porque te veo metida en un embrollo tremendo… Yo no sé, todo esto es demasiado enredado, y al fin de cuentas no tiene nada qué ver con la psicología. Por qué no se lo consultas más bien a un sacerdote…
–Ni muerta. No se conoce el sacerdote que se interese por lo que pasa dentro de la cabeza de una mujer. Se contentan con vigilar que no cometa pecados con su cuerpo.
–Pero hay uno que otro inteligente, y progresista…
–En ese tema, todos están perdidos.
–Entonces un sacerdote experto en ángeles.
–¿Como cuál? ¿Monseñor Oquendo, el arzobispo de Bogotá? ¿Sabes lo que
hacen los arzobispos con los ángeles que bajan a la tierra a enamorar mujeres? Los despluman y los cocinan en la olla del sancocho. Eso hacen.
–No sé cómo decírtelo sin que te ofendas. Me parece que ese ángel tuyo es demasiado, y al mismo tiempo no es nada.
–También los hombres son un poco así. ¿Qué me dices de tu intelectual francés, ése que cuando no estaba entre un avión estaba hablando por teléfono? ¿O de Ramírez, que me tuvo loca de amor dos años, y que siempre andaba tan cansado de trabajar que casi no lo conocí sino dormido?
O cualquiera, pasemos lista y verás. ¿Qué tal el famoso Juanca, que iba a mi casa a decirme que me adoraba, y de ahí salía para la tuya a decirte lo mismo? A ver, quién más. Ahí está Enrique, un niño chiquito con ínfulas de redentor del mundo, y sin ir más lejos tu Santiago, tan buena persona, que porque tiene mucha plata y muchos empleados vive convencido de que lo que hace es decisivo… ¿Alguno de ellos te parece más consistente que mi ángel?
–Eso habla mal de ellos, pero no bien de tu ángel. A ver, facilitemos las cosas -dijo ella, para ponerle fin a la discusión-. No tratemos de llegar a conclusiones todavía. Voy a observarlo unos días más. Tal vez el cambio de ambiente, o la separación de su gente, lo tienen hundido en una crisis más profunda que la habitual, y que no me permite…
La incapacidad de Ofelia para intuir de qué se trataba me derrotó. Ella se dio cuenta, y cortó la última frase por la mitad. Otra vez nos quedamos calladas.
–¿Sabes qué voy a hacer? – dije por fin, y había algo de desquite en mi voz-. Me lo voy a llevar de vuelta a su barrio. Allá arriba es un ángel, mientras que aquí abajo no es más que un pobre loco.
Esta conversación fue el viernes por la noche. Al día siguiente, sábado, Ofelia comprendió.
Yo había pasado la mañana en el gimnasio, ahogando mis pensamientos en
el pedaleo de la bicicleta estática y en el agite embrutecedor de los aeróbicos, y hacia las seis de la tarde, después de terminar el bendito artículo de la dieta, me encontraba viendo noticias nacionales por televisión: un hincha de fútbol que le pegó una puñalada mortal a un arbitro vendido, un fiscal que mató con un fusil a sus dos cuñados porque hacían ruido con la motocicleta, unos guerrilleros que masacraron población civil acusándola de paramilitar, unos soldados que masacraron población civil acusándola de complicidad con la guerrilla, en fin, lo de rutina, el mismo carrusel de la muerte al que estábamos acostumbrados. Iba a apagar el aparato cuando llegó Ofelia, sin previo aviso. Tan pronto le abrí la puerta, me di cuenta de que algo había pasado.
–Tienes razón -me dijo, de entrada-. No es un ser común y corriente. No te imaginas lo que sucedió hoy en el asilo.
Me contó que primero se había cruzado con el padre Juan, un sacerdote asturiano que todos los sábados, desde hacía años, visitaba el asilo para confesar a las internas, y acompañarlas un rato. El padre Juan había estado con el ángel y venía maravillado, dando fe de que ese muchacho hablaba bellamente el latín y el griego.
–¿Y qué le dijo, padre? – le había preguntado Ofelia.
–¿Sí, que le dijo? – quise saber también yo.
–El padre Juan, que es un jodido, me dijo que no podía repetirlo, por ser secreto de confesión. Pero me aseguró que no eran disparates.
Más tarde Ofelia había creído percibir un silencio inusitado que se extendía por el asilo.
–¿Que pasa? – le preguntó a uno de los psiquiatras-. ¿Por qué tanta paz?
Pero el psiquiatra no notaba nada raro, entonces Ofelia empezó a recorrer el lugar, segura de que algo nuevo flotaba en el aire, hasta que llegó al patio de las enfermas crónicas.
–Tu ángel estaba en medio del patio, y las internas lo rodeaban con una expresión de placidez que nunca antes les había visto. Como si les hubieran apaciguado el alma. El parecía llenar el espacio con su tamaño, y yo lo vi radiante, haz de cuenta que sus venas fueran filamentos de luz. Se movía entre las enfermas con una gran calma, casi en cámara lenta, poniéndole a cada una la mano sobre la cabeza, sin mirarlas pero con un afecto conmovedor, como si de verdad significaran algo para él. Ellas simplemente se le arrimaban, calladas, con la actitud serena de quien se siente bien y no espera nada. En realidad no era más lo que estaba sucediendo, sólo un estado de ánimo imperceptible para los desprevenidos, tanto que unos estudiantes que estaban presentes seguían conversando entre ellos, como si tal. En cambio para las enfermas era clarísimo, aunque la diferencia estuviera sólo en un matiz, en una mínima vuelta de tuerca que convertía ese patio de pesadilla en un lugar entrañable, como bañado en luz cálida, y envuelto en ese silencio, tan armonioso. Si uno miraba al ángel, se daba cuenta de que toda la paz salía de él.
Serví un par de whiskies dobles, uno para Ofelia y otro para mí, y brindamos emocionadas por nuestro ángel, porque ya no era sólo mío sino de las dos. A diferencia de la noche anterior, ahora ambas sintonizábamos en el mismo sinsentido, y pudimos instalarnos cómodas en una larga conversación, absurda, sin pies ni cabeza, en voz baja para no despertar a mi tía la de Armero, pero que nos permitía entendernos a pesar de ser el tema tan escurridizo e impermeable a la razón.
El trago iba aportando lo suyo, y curiosamente a ella, que mantenía una desviación metafísica, le sacó a flote más bien el lado samaritano de la personalidad.
–Ahora sí sé que podemos ayudarlo -me decía, con entusiasmo de Florence Nightingale-. Tenemos que inventarnos algo, alguna manera de llegar a él, de hacer contacto. Quién quita que ese ángel sea un enviado, que haya venido a Colombia para acabar con tanta porquería y tanta matanza, quién quita que podamos ayudarle a cumplir su destino… O a lo mejor es un profeta, o un gran caudillo. Yo hasta votaría por él para presidente, me gusta
más que cualquiera de esos aspirantes… Claro que como marido tuyo sí no lo veo, francamente…
–Pues hace el amor como los dioses.
–¡No lo puedo creer! Bueno, tú sabrás por qué lo dices. ¡Ahí está! ¡Esa puede ser la clave, una terapia sexual!
–Hasta eso. Cualquier cosa menos tu psicología. Ya quedó demostrado que aquí no vale.
–De acuerdo, descartada la psicología, no funciona ni en este caso ni en ninguno. Pero podemos ensayar otras cosas, el espiritismo, la hipnosis… El ayuno, la meditación…
–Solamente el trisagio, créeme. Eso ya está inventado: sólo tienes que repetir santo, santo, santo, santo es el Señor, y funciona. ¿No ves que es un ángel, Ofelia? Un ángel, repite conmigo, un ÁNGEL.
–Aunque sea un ángel, de todos modos habita en esta tierra, en esta ciudad de Santafé de Bogotá, y tiene que aprender a hablar el español. A sobrevivir por sus propios medios, a leer…
–¿Me quieres decir que si a un ser que habla fluidamente el latín y el griego le enseñamos a deletrear "mi-ma-niá-me-a-ma", es que lo estamos sacando al otro lado? Por favor, Ofelia, no nos vanagloriemos,
–Además, de ninguna manera te sirve como novio -dijo ella, sacándose de la manga un último argumento de disuasión- porque es por lo menos doce o trece años menor que tú… Debe tener a lo sumo dieciocho, o tal vez diecisiete.
–¿Y quién te dice que no es cuatro, o cinco mil años mayor que yo? ¿Quién puede calcular la edad de un ángel?
–No hay caso -suspiró Ofelia, y ya nos despedíamos en la puerta, hacia las