Dzhan

Andrei Platónov · Capítulo 1 de 6

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Prólogo

Andrei Platónov

 

Dzhan

 

ePub r1.0

Primo 11.03.2017

Títulos originales: Fro, Vozvrashenie, Treti sin, Reka Potudan, Dzhan

Andrei Platónov, 1973

Traducción: Amaya Lacasa

Diseño de cubierta: Primo

Editor digital: Primo

ePub base r1.2

Prólogo

 

Andrei Platónov, que nos mira desde una de sus últimas fotografías, parece un

cansado obrero ruso. No tiene ni un rasgo de afectación, ni un indicio de lo que se

suele llamar «temperamento artístico», ni profundidad monumental, ni «brillo de

oráculo» en los ojos.

A los hombres con una cara como ésta no les gusta la elocuencia. Prefieren el

estudio minucioso del intrincado mecanismo de la vida y, antes de creerse algo,

necesitan palparlo con sus manos.

Es la cara de un obrero que piensa, la cara de un maestro.

La prosa que escribía Platónov tenía el mismo rostro.

Poco antes de empezar la Segunda Guerra Mundial, El tercer hijo, un cuento del

escritor ruso Andrei Platónov, casi desconocido en Europa, cayó en manos del ya

famoso Ernest Hemingway. En una reunión con periodistas soviéticos Hemingway

habló con admiración del vigor y la expresividad del estilo de Platónov (no sabía que

Platónov había escrito un brillante artículo sobre sus novelas Tener y no tener y Adiós

a la armas). Para su vergüenza, ninguno de los periodistas soviéticos que

participaban en la reunión conocía la obra de su compatriota. En vida, Platónov no

fue mimado por la fama ni en su país ni fuera de él. Pertenece al grupo de escritores

de efecto retardado, cuyo talento es como una mecha de quema lenta que tiene una

longitud de muchos años. Esta mecha arde invisible pero persistente, permaneciendo

seca incluso bajo la llovizna del tiempo, hasta que por fin una luz cegadora destruye

los puentes que parecían construidos para la eternidad.

Gorki se fijó en el talento de Platónov. Fadéyev y Shólojov, que gozaban de

reconocimiento crítico oficial y tenían un amplio círculo de lectores, admiraron su

talento a pesar de sus diferencias con la trayectoria de Platónov. Vieron claramente

que lejos del centro del escenario artístico, inundado de luz, ardía un candil sereno,

pero constante, de un maestro notable. Y los dos avanzaron, sombrero en mano, hacia

ese candil independiente, orgulloso, alejado de las luces de escena.

El destino de Platónov fue distinto al de ellos, y mientras estos escritores se

encontraban en el centro de la atención pública, Platónov no pasó de sus bordes.

 

La literatura de cualquier pueblo es como una gran ciudad. Solamente el

espectador superficial juzga una ciudad por sus famosas avenidas y plazas públicas,

amablemente anunciadas por las agencias turísticas. Para los antiguos moradores y

los visitantes curiosos la ciudad se descubre frecuentemente en los suburbios, donde

no llegan los autocares de turistas.

Allí, lejos del ruido y de la congestión del centro, se puede percibir la calidad

permanente de la ciudad. Las afueras revelan el verdadero sentido del centro mucho

más que el centro el de las afueras. La vida tosca y triste de los suburbios siempre es más abierta, más reveladora que los monumentos o los edificios altos de acero y

cristal.

Así era la calle de Andrei Platónov en la ciudad de la literatura rusa. Es como las

calles de su infancia.

Platónov escribió sobre sí mismo:

 

Nací en 1899 en un poblado que se llamaba Yamskaya. Hace diez años había poca diferencia entre

Yamskaya y una aldea. Me gustaba el campo hasta llorar, aunque no lo había vuelto a ver desde que tuve

doce años. En Yamskaya había empalizadas de ramas, huertos y espacios libres cubiertos de bardana,

chozas en lugar de casas, gallinas, zapateros y gran cantidad de campesinos avanzando por el camino de

Zadonsk. La campana de la iglesia era la única música del pueblo; por las tardes los viejos, los mendigos y

yo la escuchábamos con un profundo sentimiento. Los días de fiesta, hasta los menos importantes, se

organizaban batallas encarnizadas con Chizhevka o Tróitskaya, también arrabales alejados. En una especie

de éxtasis de violencia los hombres se batían a muerte hasta que alguien gritaba: «¡Aire!». Esto significaba

que alguien había recibido un golpe en el corazón o en el hígado y que estaría temblando de pies a cabeza,

blanco y moribundo, hasta que el tumulto no dejara sitio a su alrededor, dando paso al viento y al fresco.

Entonces continuaba la batalla.

… Aprendí a leer en la escuela. Después empecé a trabajar. Trabajé en muchos lugares y para muchos

jefes. En una época en casa éramos diez y yo era el hijo mayor: el único que trabajaba además de mi padre.

Mi padre era obrero metalista y no podía alimentar una horda semejante. He olvidado decir que, además de

los campos, mi madre y el sonido de las campanas, también amaba —y cuánto más vivo más amo— las

máquinas de vapor, los coches, los silbidos agudos y el trabajo duro. Entonces creía que todo estaba hecho

por el hombre y que nada venía por sí mismo; durante mucho tiempo pensé que los niños se hacían en

alguna parte en una fábrica, en lugar de nacer de los vientres de sus madres.

Hay algún tipo de vínculo, una especie de parentesco entre la bardana y los mendigos cantando en el

campo, la electricidad, la locomotora y su silbido y los terremotos; en todo esto y en algunas otras cosas

existe la misma marca de nacimiento. Qué es en realidad, todavía no lo sé, pero sí estoy seguro de que si

un hombre, que no es más que un campesino pobre, se subiera mañana a una gran locomotora a manejar

sus mandos, la dominaría tan bien que sería imposible reconocerlo. Hacer crecer la hierba y hacer

funcionar una máquina de vapor exige el mismo tipo de mecánica…

 

Esto lo escribió Platónov en una carta a uno de los editores de su primer libro de

poesía, Azul profundidad, que se publicó en Krasnodar en 1922 en una edición de 800

ejemplares. Era una colección francamente mediocre, y el talento poético de Platónov

se veía con mucha más claridad en los pequeños fragmentos de prosa, citados en la

introducción, que en los propios poemas.

Es evidente que él mismo lo comprendió y abandonó la prosa con ritmo poético

para escribir una prosa que era una especie de poesía sin ritmo. Algunos escritores no

prestan bastante atención a la palabra; para ellos lo más importante es exponer su

propósito sin ocuparse de lo torpe y descuidada que resulte esta exposición. Otros

miman cada línea, la retocan una y otra vez. Solamente para pocos escritores, y entre

ellos está Platónov, existe una confluencia orgánica entre la poesía de las palabras y

el desarrollo psicológico de la narración.

No creía en el valor de la palabra en sí, pero al mismo tiempo era consciente de

que un mensaje se transmite no solamente a través de la manipulación del tema, sino

que también por medio de la manipulación de las palabras. De la misma manera que

nos puede atraer la irregularidad característica del rostro de alguien a quien amamos,

nos cautivan los errores admirablemente plásticos que cometía Platónov, violando las leyes del lenguaje refinado. No hay duda de que Platónov haya creado un vocabulario

propio, inspirado en el arte popular y la lengua viva de la gente sencilla.

«La madre no aguantó vivir mucho tiempo», así habla Platónov de la muerte de

una mujer.

«¿Para qué quieres arándano agrio si luego no puedes arrugar la cara?», dice una

gitana furiosa a un hombre que la ha rechazado. «El viento que empujó a Pujov era

como los brazos vivos de un cuerpo grande y extraño que abría su inocencia al

vagabundo, pero no la entregaba, y Pujov gritó con toda su alma de tanta felicidad».

Pero los resultados más sorprendentes los consiguió Platónov cuando mostró con

arte la invasión loca de frases políticas y de palabras neoburocráticas en el habla de

los campesinos.

 

Chepurny leyó que las Autoridades Soviéticas habían cedido a la burguesía todo el cielo interminable,

equipado con estrellas y otros cuerpos celestes, necesarios para organizar la gloria eterna; en lo referente a

la tierra, a sus estructuras fundamentales y lo esencial para vivir, todo esto tenía que quedarse abajo, a

cambio del cielo, totalmente en manos del proletariado y el campesinado trabajador. Al final de la

proclama se establecía la fecha del Segundo Advenimiento, que llevaría a la burguesía, de una manera

organizada y fácil, al mundo venidero.

 

Platónov no era un inventor de trucos verbales. Simplemente poseía un oído

extraordinario y reunió en su prosa el lenguaje de la época: tosco, variopinto y exento

de humor. Realmente, en aquella época había cosas que oír. Desde 1923 hasta 1927

trabajó como especialista en reclamaciones de tierra en varias provincias de la parte

central de Rusia, donde pudo ver la terrible devastación y pobreza de una época

cuando las cosas habían llegado a tal extremo que los hombres se comían unos a

otros.

Platónov recibió la revolución con el corazón abierto, pero observó que en la

práctica la construcción del socialismo no resultaba nada fácil. En algunos lugares el

poder había caído en manos de personas que no sabían qué hacer con él. Por una

parte, la Escila de la anarquía asustaba a Platónov, por otra, estaba la Caribdis de la

burocracia.

El futuro había que construirlo, pero ¿a qué precio?

No es casual que en aquella época Platónov escribiera Las esclusas de Epifanía,

donde admiraba el genio organizador de Pedro el Grande y, al mismo tiempo, estaba

horrorizado por sus métodos sangrientos. En Chevengur, novela de la cual se ha

publicado solamente una parte: Los orígenes del maestro, Platónov describió

simbólicamente el intento de construir el comunismo por unos campesinos pobres y

casi analfabetos. Los campesinos echan a los terratenientes y, como consideran que

ya han organizado una sociedad sin clases, esperan que el futuro venga solo. Pero el

futuro no aparece y las casas empiezan a derrumbarse. «En aquellos días oscuros el

comunismo de Chevengur en las estepas era indefenso, porque los hombres vencían

el cansancio de la vida diaria con el poder del sueño y por un tiempo olvidaron

aquello en que creían».

El idealista Chepurny y su compañero Kopenkin, soñando en la lejana

revolucionaria Rosa Luxemburgo como en una Dulcinea del Toboso, están sumidos

en la desesperación porque no saben cómo vivir. Pero las mentes de los hombres son

poderosas, no pueden estar restringidas ni siquiera por los límites de las más

hermosas ilusiones sociales, y resulta que los hombres son incapaces de sobrellevar

una abnegación ascética, impuesta en nombre de una idea. Los hombres no se

someten fácilmente a la nivelación. Y surge la pregunta: ¿será necesario

despersonalizar a los hombres? ¿Y si la fuerza del hombre reside precisamente en

esto, en que son diferentes? Naturalmente, si todos ellos se mantienen apartados,

nunca podrán hacer nada, pero ¿y si fuera posible una sociedad donde los hombres

son diferentes y al mismo tiempo se mantienen juntos?

 

El hombre avanza medio dormido, sin ver que por encima de él las estrellas brillan desde un cielo denso,

desde un futuro eterno, pero ya accesible, desde aquel orden tranquilo donde las estrellas se mueven como

camaradas: no tan alejadas como para olvidarse unas de otras y no lo bastante cerca para mezclarse y

perder sus diferencias…

 

Probablemente esta frase, más que ninguna, exprese las esperanzas de Platónov

acerca del futuro. Aunque tenía mucho cuidado de no establecer ninguna regla sobre

el futuro. Platónov creía en el movimiento.

 

«¿A dónde vais?», preguntó el loco Shumilin.

«¿Quién? ¿Nosotros?», contestó un viejo que había empezado a encogerse por la desesperanza de su

vida. «Vamos adonde sea, hasta que no nos paremos. Puedes darnos la vuelta y entonces regresaremos».

«No, es mejor ir hacia delante», les dijo Shumilin. Recordaba haber leído en la oficina un libro

científico que explicaba que la fuerza de gravedad, el peso del cuerpo y la vida misma se iban haciendo

más pequeños con la velocidad. Debe de ser por eso que la gente que es desgraciada procura moverse lo

más posible. Los vagabundos y los peregrinos rusos caminaban incesantemente porque el peso del espíritu

apenado disminuía en la marcha.

 

Sin embargo, Platónov no creía en el movimiento gratuito. Desconfiaba de los

reformadores poco inteligentes, para quienes el prurito de cambiar la realidad es más

importante que lo más valioso en el mundo: el ser humano como individuo. Platónov

sabía que detrás de la charla abstracta sobre el amor a la humanidad puede esconderse

la indiferencia hacia el hombre en lo concreto. Y para él la humanidad siempre era

concreta.

 

El rostro del hombre dormido no era especialmente bello; solamente los latidos del corazón que se

percibían en las venas de su cuello encogido hacían pensar que era un hombre bueno, pobre y desdichado.

Frosia… cogió las manos del niño entre las suyas y se puso a admirar al músico: seguramente este

hombre era aquella humanidad de la que Fedor le hablaba con palabras amorosas.

 

Es por esto que Platónov prevenía contra el apresuramiento en una época de ruptura

social, cuando es posible no sólo destruir las barreras sociales, sino también las

cabezas de hombres inocentes.

Como una especie de respuesta al reto de las izquierdas, que llamaban a una revolución inmediata a escala mundial, Platónov sacó a relucir una cita de un libro

imaginario, Gente secundaria, escrito por Nikolái Arsanov, que debía publicarse en

un futuro lejano:

 

Arsanov escribió que sólo la gente secundaria producía beneficios lentos, pero reales. La gente importante

mete prisas a la vida y la agota, y la vida pierde lo que tenía antes. Los hombres empiezan a actuar

demasiado temprano, sin entender muchas cosas. En la medida de lo posible hay que reducir los actos de

uno hasta el mínimo para poder liberar la parte contemplativa del espíritu. Contemplación significa

educación de uno mismo por medio de los acontecimientos desconocidos del entorno. Los hombres deben

estudiar las realidades de la naturaleza el mayor tiempo posible, para que puedan empezar a actuar tarde,

pero sin errores, sólidamente, teniendo en las manos los instrumentos de una experiencia madura. Es

preciso acordarse de que todas las desgracias de la sociedad provienen de jóvenes brillantes que irrumpen

en ella. Si la historia se dejara sola durante unos cincuenta años, todos podrían llegar, sin esfuerzo alguno,

a un bienestar maravilloso.

 

Es evidente que esta concepción contemporizadora y pasiva en ningún modo se

puede identificar con la línea de Platónov, sin embargo, hay que recordar que él

prefería la contemporización al sacrificio desprovisto de sentido. No concedía mucho

valor a su propia persona, pero valoraba a cada hombre por separado. Tenía fe en el

hombre como dueño de sí mismo por naturaleza y de hecho, y consideraba que la

belleza del hombre residía precisamente en esto.

«Conocía las máquinas y todas las cosas complicadas y poderosas que hacían, y

medía la nobleza del hombre por ellas y no por la desgracia accidental que el hombre

pudiera causar». Al mismo tiempo, Platónov se daba cuenta de que el hombre que

había conquistado las maravillas de la técnica a veces podía encontrarse desarmado

ante la vida.

 

… de repente Zajar Pávlovich se sintió aburrido y avergonzado por el trabajo preciso de los relojes y

trenes… La dulce nube de su amor por las máquinas, en la que Zajar Pávlovich había vivido tranquilo y

protegido, se había disipado por un golpe de viento puro, y delante de Zajar Pávlovich se descubrió la vida

indefensa y solitaria de los hombres que viven desnudos, sin posibilidad de engañarse con la esperanza de

una ayuda que viniera de las máquinas…

 

El desarrollo de la tecnología, comparado con el atraso de nuestra ética, le parecía a

Platónov de una inmoralidad desalentadora. Apreciaba al hombre por su dominio de

la naturaleza, pero también por sí mismo.

La complejidad de los problemas del mundo circundante convirtió a Platónov,

que por naturaleza era un fino poeta lírico, en un escritor agudo, sumergido en la vida

real. Nunca fue un defensor militante de la propiedad privada, pero la expansión

brutal de la colectivización forzosa, de cuyos peligros ya había hablado Lenin en su

tiempo, no pudo dejar de movilizar a Platónov en defensa del hombre como creador

de la tierra y de sus riquezas. Ya le habían criticado por el cuento La duda de Makar

cuando escribió otro, Provecho, siguiendo la misma línea. Provecho se publicó en la

revista Krasnaya Nov en 1931. Stalin era un lector atento de todas las revistas y su

ojo observador no permitió que el cuento de Platónov pasara sin castigo. Más tarde el

propio Stalin hablaría de las «exageraciones» en el trabajo del campo, sin embargo, se reservaba celosamente el derecho de mencionar aquellos errores. Encima del

cuento de Platónov Stalin escribió con lápiz rojo: «¡Basura!».

La vida literaria de Platónov se hizo más difícil. Su prosa se publicaba muy rara

vez, y vivía de pequeños artículos críticos. Intentó publicarlos en una edición

separada, pero no lo consiguió. Gracias a la denuncia metódica de Platónov a cargo

del crítico Yermilov (el mismo del que dijo Mayakovski en la carta que escribió antes

de morir: «Siento no haberme peleado con Yermilov»), la edición ya preparada se

perdió y los artículos desaparecieron.

Es sorprendente que Platónov no fuera detenido; quizá le ayudará su amistad

personal con Fadéyev y Shólojov. Pero en 1938 su hijo Platón, de quince años, fue

acusado de participar en una conspiración pretendidamente contrarrevolucionaria.

Además, el niño escribía poesía y, según parece, lo hacía con gran habilidad. Fue

condenado a diez años y le enviaron al Extremo Norte, a Norilsk. Platónov se

consumió llamando en todas las puertas donde se podía llamar, pero no consiguió

nada. Entonces escribió una carta a Stalin. Aquellos días llegó a Moscú Shólojov para

interceder por unos parientes detenidos. Stalin le recibió, y, según se dice, Shólojov

también le habló del hijo de Platónov. El chico volvió a casa en 1940, agotado y

enfermo de tuberculosis, y al poco tiempo murió. Es admirable que Platónov no se

replegara en sí mismo y no se convirtiera en un hombre amargado; por el contrario,

siguió escribiendo y creó algunos de sus escritos más bellos, llenos de fe en la bondad

humana, como Pro, El tercer hijo y otros.

¡Y ese era el hombre que llamaron «¡Basura!»!

El apartamento de Tverskoi Bulvar, donde vivía Platónov, se encontraba al lado

de la casa de Herzen. Cuando empezó la guerra Platónov recibió un encargo de la

Unión de Escritores: «Cuida la casa de Herzen». Platónov cumplió la orden con la

escrupulosidad que le caracterizaba, y durante los bombardeos fascistas apagó

dieciséis fuegos en el tejado de la casa. Después marchó a Ufa, y en el barullo de la

evacuación el manuscrito de Viaje en la Humanidad se perdió irrecuperablemente.

Platónov no se quedó escondido en la retaguardia. Empezó a trabajar como

corresponsal de guerra en el periódico Estrella Roja, el más popular en el frente,

escribiendo artículos y cuentos, ayudando con todas sus fuerzas a la victoria de su

patria. Para Platónov esto no era una cuestión únicamente de patriotismo geográfico.

Siempre odió el fascismo y antes de la guerra lo expuso a la vergüenza

despiadadamente en los cuentos Un ángel voló en el aire de medianoche y El viento

polvoriento.

La guerra terminó. Podría parecer que Platónov había demostrado su amor a la

patria, aunque, evidentemente, no tenía que probarlo. Sin duda alguna, esperaba que

en su vida se produjeran grandes cambios. En aquella época ya se había publicado

una colección de cuentos populares rusos, preparada por Platónov y bajo la

protección del nombre de Shólojov, que era el editor. Desde 1929 hasta 1941

Platónov vio publicado solamente un pequeño libro suyo, en 1937.

Pero en 1946, después de la publicación de El regreso, la crítica de nuevo atacó a

Platónov, y su nombre desapareció de las páginas de las revistas y periódicos. Cuando

ahora releemos este cuento, cuesta trabajo comprender por qué fue atacado, siendo

uno de los más irreprochables. Parece ser que fue por su tenebrosidad, por saborear

morbosamente los aspectos más oscuros de la retaguardia en tiempos de guerra.

Platónov murió en 1951 como consecuencia de las heridas recibidas en las

batallas por la liberación de Checoslovaquia. Dejó dos novelas sin publicar:

Chevengur y Kotlovan, nueve obras de teatro sin estrenar, nueve guiones de cine que

nunca se filmaron, y gran cantidad de cuentos, artículos y ensayos que nunca vieron

la luz ni fueron recogidos en un libro.

Poco a poco la justicia ha empezado a rehabilitar públicamente su talento.

Primero una revista y luego otra descubrieron y siguen descubriendo para los lectores

escritos desconocidos de Platónov. Se han publicado cien mil ejemplares de una de

sus ediciones. Fro ha servido de base para una película y se han escrito innumerables

artículos entusiastas sobre Platónov. Puedo asegurar que en la U. R. S. S. no existe

lector educado que no conozca a Platónov, y ni un escritor vivo que no pague el

tributo debido a su talento. Es cierto que hasta ahora no se ha conocido en el

extranjero porque no ha habido ningún escándalo ruidoso alrededor de su nombre, y

cierto tipo de críticos que se llaman «especialistas en literatura soviética», tienen

debilidad precisamente por esta clase de autores.

Pero, repito, Platónov es un escritor de acción retardada, y es posible que la llama

del cordón de seguridad haya llegado sólo a medio camino de la explosión. ¿Por qué

ha sido relegado a segundo término durante toda su vida?

Porque toda la línea de su creatividad, que sigue la gran tradición rusa de «la

defensa del hombre pequeño» y de «la culpa por todos», contradecía

fundamentalmente la teoría staliniana, tan de moda entonces, del hombre como

«tornillo en la máquina del Gobierno» y el proverbio que lo justifica todo: «Cuando

se corta el bosque, vuelan las astillas». Platónov amaba las locomotoras y sabía cómo

había que tratar cada tornillo para que la máquina funcionara bien. Le interesaban los

tornillos y los humanizaba; pero tratar a los hombres como tornillos le resultaba

intolerable. Amaba los árboles y comprendía que cada una de las pequeñas astillas

que nace del hacha despiadada forma parte de la grandeza murmuradora del verde.

Era consciente de que la teoría de sacrificar las astillas podía terminar con la

destrucción de todo un bosque. Y aunque Platónov estaba dispuesto, como todos los

hombres de buen carácter, a perdonar los tiempos por los golpes contra él, era incapaz

de perdonar los golpes contra otros hombres, contra la humanidad que tanto amó y

por la cual vivió y escribió.

Es triste, claro está, que haya muerto tan pronto. Si hubiera vivido, hubiera visto

que mucho ha cambiado para mejor en la vida de nuestro pueblo, aunque todavía

estamos lejos de la perfección. Se habría alegrado de que nuestro pueblo ha vuelto a

encontrarse con muchos nombres, injustamente calumniados.

Se habría alegrado de los vuelos rusos en el cosmos, aunque, es probable que nos

habría recordado que todavía no todo está en orden en nuestra pecaminosa tierra;

después de todo, era principalmente un organizador de la buena explotación de los

bienes terrestres.

Se habría alegrado del éxito de El maestro y Margarita, de Bulgákov, y habría

celebrado la aparición en nuestra literatura de nombres como el de Aksionov,

Kazakov, Solzhenitsin, Ajmadúlina, Voznesenski, Okudzhava, Chujontsev, Brodski y

muchos otros, de la misma manera que se alegró al ver la primera novela de

V. Nekrásov En las trincheras de Stalingrado. Algunas cosas también le habrían

disgustado y lo habría dicho abiertamente en sus escritos, igual que lo hizo siempre.

Pero ya no está con nosotros, y es nuestra generación de escritores la que tiene

que decir aquello que él dejó en silencio.

 

Una declaración de Platónov, hecha de joven, puede servir de respuesta final a

todos sus críticos:

 

Habláis de una gran belleza llena de virtud y de sus hijos puros que la conocen, la ven y la exaltan. Me

colocáis en el grupo de sus detractores y difamadores, de hombres inadecuados e incapaces de verla, como

si yo tuviera que abandonar el edificio de las Bellas Artes y no ensuciar las ropas blancas de la belleza.

Allí no hay sitio para alguien tan sucio como yo. Muy bien. Llevo veinte años recorriendo esta tierra y no

he encontrado la persona de la que habláis: La Belleza. Puede que esto haya ocurrido porque vive fuera de

la tierra y solamente algunos elegidos la han visto, pero no yo. Aunque creo que no es así; la razón de no

haber encontrado la Belleza es que no existe como algo aparte, por sí sola. Es la propiedad de todos

nosotros y también la mía. La Belleza es todos los días y las cosas que existen, y no algo elevado,

intangible y orgulloso. Me he encontrado con la Belleza y no he pensado en ella porque estoy

acostumbrado a ella como a mi madre, a quien recordaré muy bien cuando se muera, pero olvido ahora

porque siempre está en mi corazón. Vivo y no pienso, mientras que vosotros, razonando siempre, no vivís

ni veis nada, ni siquiera la belleza, que es tan inseparable del hombre y tan fiel, como una novia. Amáis

muy poco y veis poco. Yo soy un hombre. He nacido en esta maravillosa tierra viviente. ¿Sobre qué me

preguntáis? ¿Sobre qué Belleza? Sólo un muerto puede preguntar por ella, para el vivo no existe fealdad.

Sé que soy una de las personas más insignificantes. Sin duda, ya os habéis dado cuenta; pero también sé

otra cosa: cuanto más insignificante es una criatura, más contenta está de la vida, porque se la merece

menos que otros. Un mosquito minúsculo es un espíritu de lo más feliz. No seríais capaces de notarlo. Sois

gente legal y de provecho, mientras que yo solamente quiero vivir como un hombre. Para vosotros ser un

hombre es nada más que una costumbre, para mí es una alegría, una fiesta…

Estoy convencido de que cuando llegue el arte proletario, será desaforado. Salimos de la tierra, de toda

la suciedad que tiene, y todo lo que haya en la tierra está en nosotros. Pero no os asustéis: nos

purificaremos porque odiamos nuestra inmundicia y salimos del fango obstinadamente. Esta es nuestra

idea principal. De nuestra fealdad saldrá el corazón del mundo…

 

Uno de los personajes de Platónov dice: «Sin mí el país no está completo».

Andrei Platónov tenía derecho a decirlo de sí mismo.

Evgueni Evtuchenko