Dzhan

Andrei Platónov · Capítulo 6 de 6 · parte 1/4

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Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

Dzhan [5]

 

En el patio del Instituto de Economía de Moscú apareció un joven no ruso, Nazar

Chagatayev. Miró con sorpresa a su alrededor. Había estado recorriendo este patio

durante varios años; en él había pasado su primera juventud; pero no sentía lástima

porque hubiera terminado, había subido muy alto, a la cima de su inteligencia, desde

donde se veía todo ese mundo veraniego, caldeado por el sol poniente de la tarde.

En el patio crecía una hierba casual, en un rincón había una caja para la basura,

más allá se encontraba un viejo cobertizo de madera y junto a él vivía un manzano

antiguo y solitario, sin cuidado alguno del hombre. Junto al árbol había una enorme

piedra natural, de unos cien puds, traída no se sabía de dónde, y más allá, hincada en

la tierra, una rueda de hierro de un locomóvil del siglo XIX.

El patio estaba desierto. El joven se sentó en un escalón del cobertizo y se

concentró. En la oficina del instituto había recibido un certificado de haber finalizado

sus estudios, el título se lo mandarían por correo más tarde. Ya no volvería más aquí.

Recorrió todos los objetos inútiles del patio y los tocó con la mano; no sabía por qué,

pero le apetecía que los objetos le recordaran y le quisieran. Aunque él mismo no

creía en eso. Por sus recuerdos infantiles sabía que después de una larga separación

resultaba triste y extraño ver un lugar conocido: estás todavía ligado a él con tu

corazón, pero los objetos inmóviles ya se han olvidado de ti y no te reconocen, como

si hubieran tenido sin ti una vida feliz llena de actividad, y tú, convertido en un

extraño, estuvieras delante de ellos como un ser mísero y desconocido.

Detrás del cobertizo crecía un viejo jardín. Ahora estaban colocando allí las

mesas, hacían una instalación de luz provisional y lo decoraban. El director del

instituto había fijado para aquella noche la fiesta de la segunda promoción de

economistas e ingenieros soviéticos. Desde el patio del instituto, Nazar Chagatayev

fue a la residencia para descansar y cambiarse de ropa antes de la fiesta. Se tumbó en

la cama y se durmió sin querer, con esa sensación de felicidad corporal que existe

sólo en la juventud.

Más tarde, hacia la noche, Chagatayev fue de nuevo al jardín del Instituto de

Economía. Se puso su traje gris, el bueno, guardado en los largos años de estudio, y

sé afeitó delante de un espejo de señora. Todos sus bienes estaban debajo de la

almohada y en la mesilla de noche, junto a la cama. Al marcharse a la fiesta,

Chagatayev miró con pena en la oscuridad de su armario; pronto le olvidaría, y el

olor de la ropa y el cuerpo de Chagatayev desaparecerían para siempre de aquel cajón

de madera.

En la residencia vivían estudiantes de otros institutos, por eso Chagatayev fue a la

fiesta solo. En el jardín tocaba una orquesta, invitada expresamente de un cine; habían colocado las mesas en una larga fila, y por encima estaban encendidas

lámparas reflectoras, colgadas entre los árboles por los electricistas. La noche dé

verano elevaba una cúpula oscura por encima de las cabezas de los asistentes a la

fiesta, reunidos para su último encuentro, y todo el encanto de aquella noche estaba

en el espacio cálido y abierto, en el silencio del cielo y de las plantas.

Tocaba la música. Los jóvenes que habían terminado el Instituto se sentaban junto

a las mesas, dispuestos a desperdigarse por la tierra que les rodeaba para organizar

allí su felicidad. El violín del músico se desvanecía de vez en cuando, como una voz

alejada y languideciente.

A Chagatayev le parecía que era un hombre que lloraba más allá del horizonte, a

lo mejor en aquel país, desconocido para todos, donde él había nacido hacía tiempo y

donde vivía o había muerto su madre.

—¡Gulchatai! —dijo en voz alta.

—¿Qué es eso? —preguntó su vecina tecnólogo.

—No significa nada —explicó Chagatayev—. Gulchatai es mi madre, una flor de

montaña. Así en mi tierra llaman a las personas cuando son pequeñas y se parecen a

todo lo bueno…

El violín volvió a tocar, su voz no sólo se quejaba, sino llamaba a marcharse y no

volver, porque la música siempre toca a la victoria, hasta cuando es triste.

Pronto empezó el baile y los juegos, la fiesta normal de la juventud, Chagatayev

observaba la gente y la naturaleza nocturna; tenía mucho tiempo para estar allí, para

trabajar y ser feliz.

Enfrente a Chagatayev se sentaba una mujer joven y desconocida, sus ojos

brillaban con una luz negra, el vestido azul, cerrado hasta la barbilla, como el de una

vieja, le daba un aspecto incómodo y enternecedor. No bailaba, acaso le daba

vergüenza o no sabría, y miraba a Chagatayev con arrebato. Le gustaba el rostro

moreno de Chagatayev con sus ojos negros y estrechos, que la miraban fijamente,

bondadosos y taciturnos; su ancho pecho que ocultaba un corazón con sentimientos

secretos y la boca blanda y débil, capaz de llorar y reírse. Ella no ocultaba su simpatía

y le sonrió; Chagatayev no le respondió. La alegría general aumentaba a cada

momento. Los estudiantes —economistas, planificadores e ingenieros— cogían las

flores de la mesa, arrancaban la hierba del jardín y hacían regalos a sus amigas o

directamente tiraban las plantas sobre sus cabellos espesos. La mujer que había

estado enfrente de Chagatayev había desaparecido: estaba bailando en un camino del

jardín cubierta de papelitos color rosa, y parecía contenta.

Las otras mujeres que quedaban alrededor de la mesa también estaban felices por

la atención de sus amigos, por la naturaleza que les rodeaba y por el presentimiento

de su futuro, igual a la inmortalidad por la duración y la esperanza. Solamente una de

ellas no tenía flores ni confetis en la cabeza; nadie se inclinaba sobre ella para decirle

palabras graciosas y ella sonreía tristemente, tratando de demostrar que también

tomaba parte en la animación general y que se sentía bien y estaba contenta. Tenía unos ojos melancólicos y pacientes, como los de un niño grande ofendido. A veces

miraba atentamente a su alrededor y, convencida de que nadie la necesitaba, recogía

rápidamente de las sillas de sus vecinos las flores caídas y los papelitos de colores y

los guardaba sin que la vieran. Chagatayev se dio cuenta de lo que hacía, pero no

podía comprenderlo; ya estaba cansado del largo festejo y quería marcharse. La mujer

que recogía las flores que los demás dejaban caer también se había marchado; la tarde

estaba terminando, las estrellas se hicieron grandes, empezaba la noche. Chagatayev

se levantó y se despidió de los compañeros más próximos; tardaría mucho en volver a

verlos.

Chagatayev pasó junto a los árboles y vio escondida en la sombra a la mujer de

cara triste; ella no le veía, estaba colocándose en el pelo flores y cintas, luego salió de

nuevo hacia la mesa iluminada. Chagatayev quiso volver; tenía ganas de poner patas

arriba todas las mesas, de tirar los árboles y hacer que terminara la alegría que

provocaba esas pobres lágrimas, pero la mujer ya estaba feliz con una rosa en el

cabello oscuro, aunque tenía los ojos llorosos. Chagatayev se quedó en el jardín, se

acercó a ella y él mismo se presentó; ella resultó ser de la promoción de la Facultad

de Química. La invitó a bailar, aunque él no sabía, pero ella bailaba muy bien y le

llevaba siguiendo el ritmo. Pronto se le secaron los ojos, parecía más hermosa, y el

cuerpo, acostumbrado a una timidez huraña, se arrimaba a él confiado, lleno de

virginidad tardía, oliendo a un calor bondadoso como el pan. Chagatayev se

abandonó junto a ella; el sueño y la felicidad emanaban de esa mujer extraña que

seguramente nunca volvería a ver; así a menudo vive a nuestro lado una dicha

invisible.

La fiesta y la animación duraron hasta que clareó el cielo; luego el jardín quedó

desierto, quedaron sólo los objetos muertos; todos se fueron. Chagatayev y su nueva

amiga Vera echaron a andar por Moscú, iluminada por el amanecer. El forastero

Chagatayev amaba esta ciudad como si fuera suya y estaba agradecido por haber

vivido allí, por haber conocido la ciencia y haber comido mucho pan sin que se lo

reprocharan. Miró a su acompañante; su cara parecía más hermosa a la luz del sol que

se levantaba a lo lejos.

Pasó el tiempo, el cielo se hizo alto y limpio, el intenso sol mandaba sin cesar a la

tierra su riqueza: la luz. Vera estaba callada. Chagatayev la miraba de vez en cuando

y se extrañaba de que todos la encontraran fea, cuando incluso su silencio modesto

recordaba la calma de la hierba, la fidelidad de un amigo de siempre. Ahora veía de

cerca las arrugas de cansancio en sus mejillas, los ojos guardados por los párpados,

los labios hinchados, toda la inspiración misteriosa de esa mujer, todo lo bueno y

fuerte oculto en aquel ser vivo. La ternura que le inspiraba le hizo sentirse tímido, no

podía hacer nada para evitarlo y le daba vergüenza pensar si era guapa o no.

—Estoy cansada, no hemos dormido nada —dijo Vera—, vamos a despedirnos.

—No importa —contestó Chagatayev—. Pronto me voy a marchar de aquí,

vamos a estar juntos un poco más.

Anduvieron juntos un rato, atravesaron largas calles y se detuvieron.

—Aquí vivo —Vera señaló una casa nueva y grande.

—Vamos a su casa. Usted se acostará a descansar y yo me quedaré un rato a su

lado y luego me marcharé.

Vera estaba azorada.

—Bueno —dijo ella y condujo al invitado.

Tenía una habitación grande, con muebles corrientes, pero esta habitación era

triste, con las cortinas echadas, deprimente y casi vacía.

Vera se quitó el abrigo de verano y Chagatayev vio que era más gruesa de lo que

parecía. Luego Vera se puso a revolver en los rincones caseros para darle algo al

invitado, y Chagatayev se quedó mirando un antiguo cuadro doble que colgaba

encima de la cama de la chica. El cuadro representaba el sueño de que la tierra era

plana y el cielo cercano. Un hombre grande se había puesto de pie en la tierra, había

atravesado con la cabeza la cúpula celeste y se había asomado hasta los hombros por

encima del cielo infinito extraño de aquel tiempo, y se había quedado mirándolo.

Llevaba tanto tiempo estudiando el espacio desconocido y ajeno que había olvidado

el resto de su cuerpo, que estaba más abajo del cielo corriente. La segunda mitad del

cuadro representaba la misma escena, pero en otro estado. El cuerpo del hombre

estaba demacrado, agotado y seguramente muerto, y la cabeza seca había rodado al

otro mundo por la superficie superior del cielo, que parecía una palangana de

hojalata. Era la cabeza del buscador de un infinito nuevo, donde realmente no hay fin

y de donde no hay regreso a la tierra pobre y plana.

Chagatayev perdió el interés por todo y se sintió mal. Con el corazón encogido

abrazó a Vera, que estaba inclinada junto a él en sus tareas domésticas, y la atrajo

hacia él con fuerza y cuidado, como queriendo arrimarse a ella lo más cerca posible

para entrar en calor y calmarse. Vera lo comprendió en seguida y no se apartó. Se

enderezó, apoyó la cabeza de Chagatayev más abajo de la suya y se puso a acariciar

su cabello negro y duro, mirando a otro lado, apartando la cara, pero sus lágrimas

caían de vez en cuando en la cabeza de Chagatayev y allí se secaban. Vera lloraba sin

un sonido, procurando no cambiar la expresión de la cara para no sollozar.

—Estoy embarazada —dijo.

—No importa —contestó Chagatayev, perdonándole todo, valiente en su corazón

como un condenado a muerte.

—No —decía Vera con tristeza, tapándose con la manga para secar las lágrimas y

ocultar su cara llorosa—. No. No puedo hacer nada.

Chagatayev la soltó. Le bastaba estar cerca de ella, sujetarla de la mano y

preguntarle por qué lloraba, de pena o por una ofensa.

—Hace poco se murió mi marido —dijo Vera—. Usted sabe lo difícil que es

olvidar a un muerto. Cuando nazca el niño no verá a su padre y una madre sola no es

suficiente, ¿verdad?

—Es verdad, no es suficiente —contestó Chagatayev—. Yo seré el padre.

La abrazó y se durmieron a la luz clara del día, y el ruido de Moscú en

construcción, la perforación de las profundidades, las peleas de la población en el

transporte callejero, todo había callado en sus oídos; estaban cogidos de las manos y

cada uno oía en sueños la respiración suave y tranquila del otro.

Por la tarde, un poco antes de que terminara el trabajo en las oficinas, se casaron

en el registro civil más cercano. Estaban de pie entre dos ramos de flores; el jefe del

registro pronunció un breve discurso de enhorabuena, les propuso que se dieran un

beso como señal de fidelidad eterna y les aconsejó que tuvieran muchos hijos para

que la generación revolucionaria se extendiera hasta la eternidad. Chagatayev besó a

Vera dos veces y se despidió amistosamente del jefe del registro, pensando que no

estaría mal que el jefe también diera un beso a Vera y no se limitara a lo oficialmente

imprescindible.

Desde entonces Chagatayev iba todas las tardes a casa de Vera cuando ella le

estaba esperando y se alegraba de su llegada. Se abrazaban en seguida y Chagatayev

la trataba con muchísimo cuidado, guardando al hijo del que había muerto. Luego

iban a pasear por las calles cogidos del brazo, estudiaban todos los escaparates como

si pensaran comprar muchas cosas, miraban al cielo donde ocurrían diversos

acontecimientos y no olvidaban nada de lo que pasaba todos los días a su alrededor,

como si en época de amor el corazón tuviera tanto peso que había que distraerlo con

pequeñeces continuamente para que no sintiera su trabajo.

Pero Chagatayev todavía no era el marido auténtico de Vera; con miedo y ternura

ella le rechazaba siempre, para no ofenderle y no entregarse a él. Parecía que tenía

miedo de que la pasión matara a su pobre consuelo, que había aparecido inesperada y

extrañamente; o simplemente era una picardía, calculada y prudente, para que la

ternura de su marido no se enfriara nunca y ella la disfrutara con seguridad y durante

mucho tiempo. Pero Chagatayev no podía soportar que su sentimiento hacia Vera

fuera solamente un cariño espiritual, y un día se echó a llorar encima de ella, cuando

Vera estaba acostada, aparentemente débil pero sonriente e invencible.

 

2.

 

El verano seguía. Los pantanos de turba de los alrededores de Moscú se consumían

del calor y por las tardes el aire olía a quemado y al vapor caliente de los koljos y

campos alejados, como si toda la naturaleza estuviera preparando comida para cenar.

Chagatayev pasaba con Vera los últimos días; le habían destinado a trabajar, tenía que

ir a su patria, al centro del desierto asiático donde su madre vivía o había muerto

hacía tiempo. Chagatayev se había marchado de allí de niño, hacía quince años. Su

vieja madre, la turcomana Gulchatai, le puso un gorro de piel de cordero, metió en su

bolsa un pedazo de [6] churek viejo y añadió una torta hecha de raíces de junco

machacadas, [7] katran y yarmalik, luego le dio un palo para que la planta fuera a su lado en lugar de un amigo mayor, y le dijo que se pusiera en marcha.

—Vete, Nazar —dijo ella no queriendo verle muerto a su lado—. Si conoces a tu

padre, no te acerques a él. Verás la riqueza y los bazares en Kunia-Urgench, Tashuaz

y Jiva: no vayas allí, pasa de largo, vete con los extraños, lejos. Que tu padre sea para

ti un desconocido.

El pequeño Nazar no quería separarse de su madre. Le decía que ya se había

acostumbrado a estar muriendo y que ya no tenía miedo de comer poco. Pero la

madre le echó.

—No —decía—, estoy tan débil que ya no puedo quererte, vive solo. Te olvidaré.

Nazar se echó a llorar junto a su madre. Abrazó su delgada pierna y se quedó

largo rato pegado al cuerpo débil y conocido; su pequeño corazón entonces enfermó,

se cansó pronto y latía pesadamente, como si estuviera mojado. El niño se sentó en el

polvo de la tierra y dijo a la madre:

—Yo también te olvidaré, tampoco te quiero. No podéis dar de comer a una

persona pequeña y al morir no tendréis a nadie.

Se tumbó boca abajo y se durmió en la humedad de las lágrimas y de su

respiración. Nazar se despertó en un lugar vacío. La madre se había marchado, desde

el desierto venía un viento fútil y extraño, sin olor alguno ni sonido vivo. Durante un

rato el chico estuvo quieto, comiendo el churek de su madre y pensando una idea que

olvidó con los años. Delante de él estaba la tierra donde había nacido y quería vivir.

Aquel país infantil se encontraba en la sombra negra donde acababa el desierto; allí el

desierto baja su tierra en una profunda hondonada, como preparándose el entierro, y

las planas montañas, carcomidas por el viento seco, le quitan a ese sitio hundido la

luz del cielo, cubriendo la tierra de Chagatayev con oscuridad y silencio. Solamente

la luz tardía llega hasta allí e ilumina con una tiniebla triste la hierba escasa en la

tierra salada, como si se le hubieran secado las lágrimas, pero la pena no hubiera

pasado.

Nazar estaba en el borde de la tierra oscura que caía hacia abajo; más allá

empezaba el desierto de arena, más feliz y claro, y entre los tranquilos montes de

arena, también a la hora más apacible de aquel desaparecido día infantil, se albergaba

un viento menudo, vagabundo y lloroso, desterrado de lugares lejanos. El chico

escuchó el viento y lo siguió con los ojos, para verlo y ya ser dos, pero no vio nada y

gritó. El viento había desaparecido, nadie le contestó. A lo lejos anochecía; la tierra

oscura y baja, de donde le había sacado su madre, ya estaba cubierta por la sombra, y

solamente de las [8] kibitkas y casas de tierra, donde había vivido el chico, subía un

humo blanquecino. Nazar, confundido, tocó sus piernas y su cuerpo: ¿existiría aún si

nadie le recordaba ni le quería? No tenía nada que pensar, como si hubiera vivido de

la fuerza y el deseo de otra gente, próxima a él, y ahora no estaban, le habían

echado… Un arbusto áspero y vagabundo, un cardo corredor, se deslizaba sin viento

y rodaba por la arena alejándose de él. El arbusto estaba cansado, polvoriento, medio

muerto por la dificultad de su vida y el movimiento; no tenía a nadie, ni parientes ni amigos, y siempre se estaba alejando. Nazar lo tocó con la palma de la mano y le

dijo: «Iré contigo, me aburro solo, piensa algo de mí y yo pensaré en ti. No quiero

vivir con ellos, no me han dejado, que se mueran». Y con el bastón de junco amenazó

a alguien, seguramente a su madre que le había olvidado.

Nazar echó a andar detrás del cardo corredor y anduvo hasta que se hizo de

noche. Se tumbó en la oscuridad y se durmió de agotamiento, tocando con la mano el

cardo para que se quedara con él. Por la mañana se despertó y en seguida se asustó de

no tener al cardo a su lado: se había ido rodando solo. Nazar quiso llorar, pero vio

que el cardo se estaba moviendo encima de la loma arenosa más cercana, y el chico lo

alcanzó.

La patria y la madre habían desaparecido hacía tiempo, ¡que su corazón se

olvidara de ellos mientras crecía! Aquel día el arbusto vagabundo llevó a Nazar hasta

un pastor de ovejas; el pastor le dio de comer y de beber y al cardo lo ató a su palo

para que descansara también. Durante mucho tiempo Nazar anduvo con el pastor y

vivió con él hasta que nevó; entonces el dueño permitió al pastor que se marchara a

Chardzhui, porque empezaba a quedarse ciego, y el pastor se fue junto con el chico y

en la ciudad lo entregó a las autoridades soviéticas porque nadie lo reclamaba.

Pasaron muchos años, pero de nada se había olvidado, quería de la misma manera

a la madre perdida y su recuerdo siempre sería una alegría para el corazón, como si la

infancia no hubiera terminado. Chagatayev no conocía a su padre. Iván Chagatayev,

un soldado ruso del ejército de expedición en Jiva había desaparecido antes de que

diera a luz Gulchatai, que era entonces la joven mujer de Kochmat, con quien había

tenido dos hijos; pero los hijos de Kochmat murieron cuando Nazar era muy pequeño

y la madre le contó más tarde que habían existido. Kochmat era pobre y mucho

mayor que su mujer, vivía del trabajo de las tierras del bai, procurando que su familia

pudiera comer pan aunque fuera en verano. Durante el invierno dormía casi siempre

en una cueva hecha en la falda del Ust-Urt. Trataba de conservar su escasa fuerza y

Gulchatai se tumbaba junto a él, tapándose con la misma manta de fieltro; ella

también intentaba conservar el calor y dormitaba durante los largos inviernos para

comer menos. Los niños, mientras vivieron, se acostaban entre ellos dos. De tarde en

tarde Gulchatai salía, buscaba yerbas para comer o se iba a servir a Jiva. Una vez no

encontró trabajo en Jiva; era invierno, los ricos bebían té y comían cordero y los

pobres esperaban que llegara el buen tiempo y empezaran a crecer las plantas.

Gulchatai vivía en el bazar, comía lo que dejaban en el suelo los vendedores, pero no

se atrevía a pedir a la gente. En ese bazar de Jiva se fijó en ella el soldado Iván

Chagatayev y empezó a traerle todos los días una marmita llena de comida del

rancho. En el bazar desierto Gulchatai comía la sopa del rancho y el soldado la tocaba

poco a poco y luego la abrazaba. A Gulchatai le daba vergüenza rechazar a un

hombre que le traía comida y ella callaba y no se resistía. Pensaba, ¿cómo agradecer

al ruso?, y no tenía nada aparte de lo que le había dado la naturaleza.

—¿Por qué tienes lágrimas en los ojos? —preguntó Vera a Chagatayev el día que se marchaba a su tierra.

—Me he acordado de mi madre, de cómo me sonreía cuando yo era pequeño.

—¿Y cómo era?

Chagatayev no sabía qué decir.

—No me acuerdo… Se alegraba de verme y me lloraba al mismo tiempo, ahora la

gente ya no sonríe así. Tenía una cara feliz cubierta de lágrimas.

La madre le contó a Nazar que cuando su marido, Kochmat, se enteró de que

Nazar no era hijo suyo sino de un soldado ruso, no la pegó ni se enfureció, sino que

se volvió triste y ajeno a todos. Se marchó solo, se apartó de todos, y allí se recuperó

de su pena; luego volvió y siguió queriendo a Gulchatai como antes.

Nazar Chagatayev fue a pasear con Vera por última vez. Por la noche el tren se lo

llevaría a Asia. Vera había preparado todo para el largo viaje: había zurcido los

calcetines, había cosido los botones que faltaban, había planchado la ropa y varias

veces había repasado y tocado todas las cosas, acariciándolas con envidia de que ellas

iban a ir con su marido.

En la calle Vera le pidió a Chagatayev que la acompañara a casa de unos amigos.

Quizá dentro de media hora dejaría para siempre de quererla.

Entraron en un piso grande. Vera presentó a Chagatayev a una mujer mayor y le

preguntó:

—¿Está Xenia?

—Sí, acaba de llegar —contestó la dueña de la casa.

En una habitación espaciosa y desordenada estaba sentada una chica morena de

unos trece o quince años. Estaba leyendo y enrollaba en un dedo la punta de su

trenza.

—¡Mamá! —se alegró la chica al ver a su madre.

—¡Hola, Xenia! —dijo Vera—. Esta es mi hija —y presentó a Chagatayev a la

niña.

Chagatayev estrechó una mano extraña, infantil y femenina; la mano estaba

pegajosa y sucia, porque los niños tardan en acostumbrarse a ser limpios.

Xenia sonrió. No se parecía a la madre; tenía los rasgos correctos de un

adolescente, un poco triste y pálida del cansancio del crecimiento. Sus ojos eran de

colores diferentes, uno era negro y otro era azul, lo que daba a la cara una expresión

dócil, como si Chagatayev viera una deformación penosa y dulce. Solamente la boca

afeaba a Xenia: estaba creciendo, los labios se llenaban, como si tuviera sed

continuamente, y parecía que a través del silencio inocente de la piel salía a la

superficie una vigorosa planta destructora.

Todos callaban por lo confuso de la situación, aunque Xenia estaba adivinándolo

todo.

—¿Vive usted aquí? —preguntó Chagatayev a la niña.

—Sí, con la madre de mi papá —contestó Xenia.

—¿Y dónde está su padre, ha muerto?

Vera se había apartado, miraba por la ventana.

Xenia se echó a reír.

—No, ¡cómo va a estar muerto! Mi padre es joven, vive en el Lejano Oriente y

construye puentes. ¡Ya ha hecho dos!

—¿Grandes? —preguntó Chagatayev.

—Muy grandes… Uno colgante, el otro con dos pilares de apoyo y cámaras

cubiertas. Se han sumergido para siempre, ¡se han perdido! —dijo Xenia animada—.

Tengo fotos de los periódicos.

—¿La quiere su padre?

—No, quiere a desconocidos, no quiere ni a mi madre ni a mí.

Continuaron hablando; Chagatayev sentía una pena confusa, tenía una sensación

vaga y triste como en un sueño o durante un viaje. Olvidándose de la vida corriente

tomó a Xenia de la mano y la retuvo sin separarse de ella.

Xenia estaba asustada y sorprendida, sus ojos de diferentes colores miraban

angustiados, como dos personas próximas pero que no se conocen. Su madre, Vera,

estaba alejada, sonriendo a su hija y a su marido.

—¿No es hora de que vayas a la estación? —preguntó Vera.

—No, hoy no pienso ir —dijo Chagatayev. Sentía cariño hacia Xenia, lleno de

solidaridad humana y preocupación por una suerte mejor. Le hubiera gustado ser su

fuerza protectora, un padre y un recuerdo imborrable en su alma.

Chagatayev se disculpó y salió para media hora, compró varias cosas en Moscú y

se las llevó a Xenia de regalo: si no lo hubiera hecho se habría arrepentido durante

muchos días.

Al ver los regalos, Xenia se alegró, pero su madre no.

—Tiene solo dos vestidos y los últimos zapatos están casi destrozados —dijo

Vera—. Su padre no manda nada y yo acabo de ponerme a trabajar… ¿Para qué has

comprado todas estas tonterías? ¿De qué le sirven a una niña un perfume caro, un

bolso de ante y un mantón de colorines?

—Mamá, ¡pero qué importa! —decía Xenia—. En el teatro infantil me darán un

vestido gratis, soy allí de las más activas, y en el colegio pronto nos darán botas de

montaña, no necesito más calzado. Prefiero tener un bolso y el mantón.

—De todos modos me parece una tontería —se lamentaba Vera—. Además, él

necesita dinero, va a hacer un viaje muy largo.

—Tengo bastante —dijo Chagatayev. Sacó cuatrocientos rublos y los dejó para la

alimentación de Xenia.

La niña se le acercó. Le dio las gracias alargándole la mano y le dijo:

—Pronto yo también le haré regalos. ¡Pronto llegará la riqueza para todos!

Chagatayev le dio un beso y se despidió.

—Nazar, ¿ya no me quieres? —preguntó Vera en la calle—. Vamos a divorciarnos

mientras estás aquí… Has visto, Xenia es mi hija, eres el tercero y tengo treinta y

cuatro años.

Vera se calló. Nazar Chagatayev estaba sorprendido.

—¿Por qué no voy a quererte más? ¿Quisiste a tus otros maridos?

—Sí, los quise. El segundo murió, y sigo llorando cuando estoy sola y me

acuerdo de él. El primero me dejó con la niña, yo también le quise y le fui fiel… He

estado mucho tiempo viviendo sola, yendo a fiestas divertidas y poniéndome yo

misma flores de papel en el pelo.

—¿Y por qué no te voy a querer?

—Porque quieres a Xenia, ya lo sé… Cuando ella tenga dieciocho años tú

cumplirás treinta o algo más. Entonces os casaréis. Solo te pido que no me engañes y

no te preocupes, ya estoy acostumbrada a perder a la gente.

Sin entender nada, Chagatayev se paró delante de la mujer. No le extrañaba su

pena, sino la fe que tenía en que estaba condenada a la soledad, aunque él se hubiera

casado con ella y hubiera compartido su suerte. Trataba de conservar su desgracia y

no tenía prisa en agotarla. Eso significaba que en el fondo de la razón y en el corazón

del hombre se encontraba una fuerza hostil que podía hacer que se apagaran unos

ojos vivos y luminosos en pleno verano de la vida, en un abrazo abnegado, hasta bajo

los besos de sus hijos.

—¿Por eso no has querido vivir conmigo? —preguntó Chagatayev.

—Sí, era por eso. No sabías que tenía una hija tan mayor, pensabas que era más

joven y más pura…

—¿Y eso qué importa? Me da lo mismo…

En silencio llegaron hasta la casa de Vera. Se paró en su habitación sin quitarse el

abrigo, indiferente y ajena a todo, a la gente y a los objetos que la rodeaban. Le

hubiera gustado regalar todas sus cosas a la vecina; esta buena acción la habría

consolado un poco y habría disminuido su sufrimiento.

—¿Qué voy a hacer ahora? —preguntó Vera, pronunciando las palabras para sí

misma.

Chagatayev comprendía a Vera. La abrazó y la tuvo largo rato junto a su pecho,

para calmarla aunque fuera solo con su calor, porque el sufrimiento inventado es el

más inconsolable y el más insensible a las palabras.

Poco a poco Vera empezó a recobrarse de su pena.

—Xenia también te querrá… La educaré, le inculcaré el recuerdo, haré de ti un

héroe. Ten esperanza, Nazar, los años pasan de prisa, y yo me acostumbraré a la

separación.

—¿Para qué acostumbrarse a lo malo? —dijo Chagatayev; no podía comprender

por qué la felicidad parecía imposible y las personas trataban de atraer a los demás

solo con la tristeza.

Desde niño Chagatayev estaba harto de infelicidad, y ahora, después de haber

estudiado, cuando los hombres y los libros le habían enseñado a luchar por la

felicidad de la gente, la desgracia le parecía vulgar, y había decidido construir en su

tierra un mundo feliz. Si no fuera por eso, no sabría qué se podía hacer y para que vivir.

—No te preocupes —dijo Chagatayev, y acarició el vientre abultado de Vera

donde estaba el niño, el habitante de la felicidad futura—. Que nazca cuanto antes,

será feliz.

—A lo mejor no lo es —dudaba Vera—. A lo mejor va a sufrir toda la vida.

—No permitiremos que haya más sufrimiento —contestó Chagatayev.

—¿No permitiréis? ¿Quién?

—Nosotros —afirmó Chagatayev vagamente y en voz baja. No sabía por qué,

pero le azaraba hablar con claridad; y se puso muy colorado como si su idea secreta

fuera vergonzosa.

Vera le abrazó para despedirse; no apartaba la vista del reloj, la separación estaba

próxima.

—Sé que vas a ser feliz, tienes un corazón puro. Entonces llévate a mi Xenia.

Se echó a llorar de amor y de inseguridad en el futuro; al principio pareció más

fea todavía, pero luego las lágrimas le lavaron el rostro y adquirió un aspecto

desconocido, como si Vera mirara desde lejos con unos ojos extraños.

 

3.

 

Hacía tiempo que el tren había abandonado Moscú; habían transcurrido varios días de

viaje. Chagatayev, de pie junto a la ventana, reconocía aquellos lugares donde había

andado de niño, o serían otros, pero parecían exactamente iguales. Era la misma

tierra, desierta y vieja, soplaba el mismo viento que revolvía las hierbas

quejumbrosas, y el espacio era grande y monótono, como un alma extraña y aburrida;

a veces a Chagatayev le apetecía bajarse del tren y echar a andar como un niño

abandonado por todos. Pero la infancia y los tiempos antiguos habían pasado hacía

tiempo. En las pequeñas estaciones de la estepa veía los retratos de los líderes; a

menudo los retratos estaban hechos a mano y pegados a una valla. Seguramente se

parecían poco a los que trataban de representar, pero a lo mejor estaban dibujados por

una mano infantil de pionero y el sentimiento de lealtad: Lenin parecía un viejo, el

padre bondadoso de todos los niños huérfanos de la tierra; sin embargo, el artista sin

querer había procurado que su cara se pareciera a la suya, para que se viera que ahora

no vivía solo en el mundo y que tenía padre y parientes; por eso el arte se hacía más

fuerte que la torpeza. Pasada la estación se podía ver cómo la gente cavaba la tierra,

plantaba algo o construía, para preparar un lugar para la vida y un albergue para los

desamparados. Chagatayev no vio estaciones vacías y desiertas, donde se podía vivir

solamente en el destierro; por todas partes trabajaba el hombre, recuperándose de la

desesperación secular, de la orfandad y de la miseria.

Chagatayev recordó las palabras de su madre: «Vete lejos, con gente extraña, y

que un hombre desconocido sea tu padre». Se había marchado lejos y ahora regresaba, había encontrado un padre en un hombre desconocido, que le había

educado, había ampliado su corazón y ahora, después de enseñarle a comprender a la

gente, le enviaba otra vez a su tierra, para encontrar y salvar a su madre si estaba

viva, o enterrarla si estaba muerta y abandonada en la faz de la tierra.

Una noche el tren se paró en la oscura estepa. Chagatayev salió a la plataforma

del vagón. Todo estaba en silencio, a lo lejos resoplaba la locomotora, los pasajeros

dormían tranquilamente. De pronto en la oscuridad de la tierra gritó un pájaro: algo lo

había asustado. Chagatayev recordó esa voz después de muchos años, como si su

infancia gritara quejumbrosa en el silencio de la oscuridad. Escuchó con atención;

otro pájaro pronunció algo rápidamente y se calló; también recordaba su voz, pero

había olvidado su nombre, podía ser un cernícalo o un pájaro del desierto.

Chagatayev salió del vagón. A unos pasos del tren vio un arbusto, lo cogió de una

rama y le dijo:

«¡Hola, kuyan-suyuk!». El kuyan-suyuk se movió un poco por el contacto con el

hombre y se quedó como estaba, indiferente y dormido.

Chagatayev siguió apartándose del tren. Algo se movía y gritaba en la estepa, que

parecía silenciosa solamente a unos oídos desacostumbrados. La tierra empezó a

descender a una hondonada, apareció una hierba alta y azul. Chagatayev, recordando

con interés, entró en la hierba: las plantas temblaban a su alrededor, movidas desde

abajo, unos seres invisibles huían de él, algunos sobre el vientre, otros sobre las patas,

otros con un vuelo bajo, cada uno con lo que tenía. Seguramente que antes de su

aparición estaban agazapados en silencio, pero dormían solo algunos pocos. Cada uno

tenía tantas cosas que hacer que el día no le bastaba, o les daba pena malgastar una

vida tan corta en el sueño y solamente dormitaban, medio ojo cubierto con una

película, para ver aunque fuera media vida, para oír la oscuridad y no pensar en la

miseria del día.

Al poco rato Chagatayev sintió olor a humedad; por ahí cerca debía de haber un

lago o un pozo. Se dirigió hacia allí y pronto pisó una hierba mojada, parecida a un

bosque ruso. Los ojos de Chagatayev se habían acostumbrado a la oscuridad, ahora

veía claramente. Luego empezaron los juncos; en cuanto Chagatayev se encontró

entre los juncos, los que los habitaban empezaron a gritar, a volar y a revolverse. En

los juncos hacía calor. No todos los animales y los pájaros habían desaparecido,

asustados por el hombre; algunos de ellos, a juzgar por los ruidos y las voces, se

habían quedado donde estaban. Chagatayev conocía estos sonidos desde hacía mucho

tiempo, y ahora, oyendo esas voces débiles y angustiadas que salían de la hierba,

sentía compasión hacia esa vida pobre.

El tren echó a andar en silencio. Chagatayev podía haberlo alcanzado, pero no

tenía prisa; solo se había ido su maleta con la ropa, y podría recuperarla en Tashkent.

Pero Chagatayev decidió no recuperarla para no distraerse. Se durmió en la hierba,

rodeado de calma, arrimado a la tierra como hacía años.

Al cabo de siete días Chagatayev llegó a pie a Tashkent por el camino más corto.

Fue al Comité Central de partido donde llevaban tiempo esperándole. El secretario

del Comité le dijo que en la región de Sarí-Kamish, Ust-Urt y el delta del Amu-Daria

erraba en la miseria un pequeño pueblo nómada compuesto por gente de distintas

nacionalidades. Había entre ellos turcomanos, karakalpakos, algunos uzbecos,

kazajos, persas, kurdos, beludzhos y gente que había olvidado de dónde era. Antes

ese pueblo siempre había vivido en la hondonada de Sarí-Kamish, de donde salían

para trabajar en las [9] [10] josharas y chiguiri en el oasis de Jica, en Tashuaz,

Jodzheim, Kunia-Urgench y otros lugares alejados. La miseria y la desesperación de

estos pueblos eran tan grandes que pensaban en el trabajo en las josharas —el cual

duraba solamente unas semanas al año—, como en una enorme suerte, porque en este

tiempo les daban de comer tortas de pan y hasta arroz. En los chiguiri este pueblo

sustituía a los burros, moviendo con sus cuerpos una rueda de madera que hacía que

el agua subiera a los [11] arik. A los burros había que alimentarlos todo el año, en

cambio, el pueblo de Sarí-Kamish comía solamente mientras trabajaba y luego se iba.

No todos los hombres de ese pueblo morían, y al año siguiente muchos volvían a

trabajar, después de pasar el invierno en alguna parte al fondo del desierto.

—Conozco ese pueblo, he nacido allí —dijo Chagatayev.

—Por eso te mandan —explicó el secretario—. ¿No te acuerdas cómo se llama

ese pueblo?

—No se llama de ninguna manera —contestó Chagatayev—. Pero ellos mismos

se han dado un nombre.

—¿Cómo es?

—Dzhan. Significa el alma o la vida feliz. El pueblo no tenía nada aparte del alma

y la vida que les daban las mujeres-madres, porque les trajeron al mundo.

El secretario frunció el ceño y se puso triste.

—Entonces, todo lo que tienen es un corazón, y sólo cuando late.

—Sólo el corazón —confirmó Chagatayev—, sólo la vida; más allá del cuerpo no

les pertenece nada. Pero la vida tampoco era de ellos, les parecía que lo era.

—¿Te dijo tu madre quiénes eran los dzhan?

—Sí. Gente que había huido, huérfanos de todas partes y esclavos viejos y

enfermos, a los que habían echado. También había mujeres que habían engañado a

sus maridos y que se ocultaban allí por miedo, llegaban chicas enamoradas de alguien

que se había muerto de repente y que no querían casarse con otro. También vivían

hombres que no conocían a Dios, que se burlaban del mundo, criminales… Pero no

recuerdo a todos, era pequeño.

—Vete a buscarlos. Encuentra a ese pueblo perdido, la hondonada de Sarí-Kamish

está vacía.

—Muy bien, iré allí —dijo Chagatayev—. ¿Y qué voy a hacer? ¿El socialismo?

—¿Te parece poco? —contestó el secretario—. Tu pueblo ya ha estado en el

infierno, que viva ahora en el paraíso, le ayudaremos como sea… Serás nuestro

mandatario. Ya han enviado a alguien de la región, pero no creo que pueda hacer mucho: creo que no es de los nuestros…

Luego el secretario le dio a Chagatayev detalladas y cuidadosas instrucciones y

un certificado, y Chagatayev se despidió.

Decidió bajar a su tierra por el Amu-Daria, cogiendo una barca desde Chardzhui.

En la oficina de Correos de Tashkent recibió una carta de Vera. Escribía que

pronto el niño saldría al mundo, que ya pensaba algo dentro de su cuerpo, porque se

movía a menudo y protestaba.

«Pero yo le acaricio, paso la mano por el vientre, me inclino hacia él y le digo:

“¿Qué quieres? Estás calentito y tranquilo, procuro moverme poco para no

molestarte, ¿por qué me quieres dejar?” Estoy acostumbrada a él, vivo con él como

con un amigo, como quisiera vivir contigo, y me da miedo su nacimiento, no porque

me haga daño, sino porque sea el comienzo de la separación para siempre, y sus

patitas, que ahora me golpean, tendrán prisa por marcharse de su madre, y cada vez

se irán más lejos a medida que vaya creciendo, hasta que mi hijo desaparezca para

siempre, lejos de mí y de mis ojos llorosos… Xenia se acuerda de ti, te echa de

menos porque estás lejos y tardarás en volver, no sabemos nada de ti. ¿No te habrás

muerto?».

Chagatayev mandó a Vera una postal, con un beso para ella y para Xenia —en sus

ojos de distintos colores—, diciendo que faltaba poco tiempo para su regreso:

volvería en cuanto hiciera feliz a su pueblo dzhan.

 

4.

 

De Chardzhui a Nukus iban a salir cuatro barcas con mercancías de una cooperativa.

Chagatayev no quiso utilizar sus derechos de mandatario porque estos derechos se

reconocían tan sólo a medias, y se ofreció de ayudante de marinero. Prometió seguir

hasta el oasis de Jiva, allí se bajaría.

Empezaron los largos días de navegación. Por la mañana y por la tarde el río se

convertía en un torrente de oro gracias a la luz oblicua del sol que atravesaba el agua

y el limo vivo y raído. Esta tierra amarilla que viajaba en el agua recordaba el trigo,

las flores, el algodón y hasta el cuerpo del hombre. A veces en lo alto de un junco se

posaba un desconocido pajarito de colores, la emoción interna hacía que se moviera

sin parar, sus plumas brillaban a la luz del sol y el pájaro cantaba algo con una voz

luminosa y fina, como si ya hubiera llegado la felicidad de todos los seres vivos. El

pájaro le recordaba a Xenia, a la pequeña mujer de ojos diferentes que estaría

pensando en él.

Al cabo de catorce días, Chagatayev se bajó a la orilla del oasis de Jiva después

de recibir su sueldo y el agradecimiento del marinero jefe.

Chagatayev pasó varios días en Jiva y luego se dirigió a su tierra por el camino de

su infancia. Recordaba el camino por algunos vagos indicios: los montes de arena parecían más bajos; el canal, menos profundo, la distancia hasta el pozo más cercano,

más corta. El sol era el mismo, pero no estaba tan alto como cuando Chagatayev era

pequeño. Los túmulos, las kibitkas, los burros y camellos que se cruzaban, los árboles

junto a los arik, los insectos volando —todos eran los mismos que antes, inalterables,

pero indiferentes hacia él, como si se hubieran quedado ciegos sin Chagatayev. Se

sentía ofendido, le parecía que avanzaba por un mundo ajeno, mirando alrededor y

reconociendo lo olvidado, pero él mismo sin ser reconocido. Resultaba que cada

pequeño ser, cada objeto o planta era más orgulloso e independiente de un vínculo

anterior que el hombre.

Al llegar al río seco de Kunia-Daria, Chagatayev vio a un camello, sentado como

un hombre, apoyándose con las patas delanteras en un montón de arena. El camello

era escuálido, con las gibas caídas, y miraba tímidamente con unos ojos negros de

hombre inteligente y triste. Cuando Chagatayev se acercó a él, el camello no le hizo

caso, seguía con la mirada el movimiento de las hierbas muertas llevadas por el

viento, ¿se acercarían a él o pasarían de largo? Una hierba rodó por la arena hasta su

boca y el camello la masticó con los labios y la tragó. A lo lejos se arrastraba un

cardo corredor redondo; el camello siguió la hierba viva con los ojos, bondadosos por

la esperanza, pero el cardo se le escapaba; entonces el camello cerró los ojos, porque

no sabía cómo se lloraba.

Chagatayev miró al camello por todos los lados, el animal hacía tiempo que se

había quedado en los huesos, de hambre y enfermedad, había perdido casi todo pelo,

le quedaban unos pocos mechones, y el camello tiritaba de frío y de la falta de

costumbre. Seguramente alguna caravana lo había descargado y dejado allí por su

falta de fuerzas, o el propio dueño había muerto y el animal lo habría estado

esperando hasta gastar todas sus reservas vitales. Como ya no podía moverse, el

camello se apoyó con las patas delanteras y se incorporó para ver las hierbas que le

traía el viento y comérselas. Cuando no había viento, cerraba los ojos para no

malgastar la vista y dormitaba. No quería bajarse y tumbarse, entonces ya no podría

incorporarse de nuevo, y por eso se había quedado sentado, vigilante o dormido,

hasta que la muerte no le echara abajo o cualquier animal menudo del desierto no

acabara con él sólo con un golpe de su pequeña pata.

Chagatayev estuvo un rato sentado junto al camello, observándolo y

comprendiéndolo. Se apartó y cogió varios manojos de cardos y se los dio al camello.

No podía darle de beber porque él mismo tenía sólo dos cantimploras de agua, pero

sabía que siguiendo por el cauce del Kunia-Daria había lagos de agua dulce y

pequeños pozos. Pero era difícil cargar con un camello por la arena.

Llegó la noche. Chagatayev estuvo dando de comer al camello, buscando hierba

en los alrededores, hasta que el animal apoyó la cabeza en la tierra y se durmió con el

sueño de una nueva vida. Con la noche llegó el frío. Chagatayev se comió unas tortas

de su morral, se arrimó al camello para entrar en calor y empezó a dormitar. Sonreía;

todo le parecía extraño en ese mundo existente, hecho como para un juego breve y burlón. Pero este juego intencionado duraba ya mucho tiempo, una eternidad, y nadie

quería reírse ni podía hacerlo. La tierra yerma del desierto, el camello, hasta la mísera

hierba vagabunda, todo tenía que ser grande, serio y triunfante: en el interior de los

pobres existe el sentimiento de su otro destino, feliz, indispensable y acuciante, ¿por

qué entonces sufren tanto y esperan algo? Chagatayev se acurrucó junto al vientre del

camello y se durmió, sorprendido por la realidad extraordinaria.

 

5.

 

Al cabo de seis días de marcha por el Kunia-Daria, Chagatayev vio Sarí-Kamish.

Durante todo este tiempo no se separó del camello que había revivido; ya podía andar

solo, pero todavía no tenía fuerzas para llevar a un hombre.

Chagatayev se sentó al borde de la arena, allí donde acababa, donde la tierra

empezaba a descender hacia la hondonada que se extendía hasta el lejano Ust-Urt.

Abajo todo estaba oscuro, Chagatayev no vio humo ni kibitkas, solamente a lo lejos

brillaba un pequeño lago. Chagatayev tocó la arena: no había cambiado, todos estos

años el viento se la llevaba y la volvía a traer, y la arena ya era vieja por estar siempre

en el mismo sitio.

En tiempos su madre le había sacado de la mano a ese lugar y le había mandado a

vivir solo; ahora había vuelto.

Siguió andando con el camello, adentrándose en su tierra. Los arbustos salvajes se

erguían como pequeños viejos; no habían crecido nada desde que Chagatayev era

niño.

Varios días estuvo vagando Chagatayev por la tierra de su infancia para encontrar

a la gente. El camello le seguía por todas partes, temiendo quedarse solo y aburrirse;

a veces se quedaba mirando al hombre, tenso y atento, dispuesto a echarse a llorar o a

sonreír, y sufría al no poder hacerlo.

Durmiendo en el desierto y terminando los alimentos, Chagatayev pensaba en su

bienestar. Presuroso e inquieto se adentraba en la hondonada desierta por el fondo del

antiguo mar. Solo una vez se tumbó en pleno día y se apretó a la tierra. Le dolía el

corazón y ya no tenía fuerzas ni paciencia para luchar con él; se echó a llorar

pensando en Xenia, avergonzado de sus sentimientos y renegando de ellos. La veía

próxima en su mente y en el recuerdo; le sonreía con una sonrisa mísera de una

pequeña mujer que puede amar sólo en el alma, pero no quiere que la abracen y teme

que la besen como si la fueran a mutilar. Vera estaba sentada a lo lejos cosiendo ropa

de niño, acortando la separación con el marido y ya casi indiferente hacia él, porque

dentro de ella se movía y sufría otro, un ser más querido y débil. Le esperaba, quería

ver su cara y temía separarse de él. Pero la consolaba que durante largos años podría

besarle y abrazarle cuando quisiera, hasta que se hiciera mayor y le dijera: «Déjame

en paz, mamá, estoy harto».

Chagatayev levantó la cabeza. El camello masticaba una hierba fina y huesuda,

una pequeña tortuga miraba angustiada con unos ojos negros y dulces al hombre

tumbado. ¿Qué habría en su mente? A lo mejor, la idea mágica de la curiosidad hacia

un hombre enorme y misterioso, o la tristeza de la razón adormecida.

—No te vamos a dejar sola —dijo Chagatayev a la tortuga.

Se preocupaba por todo lo existente como si fuera sagrado, y tenía un corazón

demasiado ansioso para dejar pasar aquello que podía servir de consuelo.

Juntos siguieron andando hacia el Ust-Urt, donde al pie de un monte vivía un

viejo olvidado. Dormía en una cueva hecha en la ladera seca del monte, comía

pequeños animales y raíces de plantas, que había en las hendiduras de la meseta. La

vejez ancestral y la miseria le hicieron poco parecido a un hombre. Hacía tiempo que

había vivido los años humanos, todos sus sentimientos estaban satisfechos, y su

mente había estudiado y retenido la naturaleza que le rodeaba con la precisión de una

verdad agotada. Hasta las estrellas, muchos miles de estrellas, las conocía de

memoria y estaba harto de ellas.

Se llamaba Sufián; llevaba un viejo abrigo militar ruso de los tiempos de la guerra

de Jiva y una gorra, y se cubría los pies con trapos.

Al ver a Chagatayev, salió de su vivienda de tierra y se quedó mirando el espacio

con unos ojos descoloridos.

Se le acercaba un hombre con un camello. Sufián reconoció en seguida al que

pasaba y se disgustó secretamente porque no hubiera nada que él desconociera.

—Te conozco —le dijo a Chagatayev—, eras el niño Nazar.

—Pues yo no te conozco —contestó Chagatayev.

—No me conoces, vives igual que comes: lo que entra, luego sale. Yo me quedo

con todo.

El viejo arrugó la cara recordando la sonrisa de saludo, pero su cara, hasta cuando

estaba tranquilo, parecía la piel vacía de una tierra seca y muerta. Sorprendido,

Chagatayev tocó la mano y la frente de Sufián.

Chagatayev contó al viejo que había venido de muy lejos por su madre y su

pueblo, pero no sabía si existían todavía o si ya se habían acabado.

El viejo callaba.

—¿Has encontrado a tu padre en alguna parte? —preguntó.

—¡No! ¿Le conoces?

—No le conozco —contestó Sufián—. Oí una vez esa palabra de un viajero, decía

que era buena. Creo que no. Si es buena, que venga a Sarí-Kamish, aquí estuvo el

infierno de todo el mundo, vivo peor que ningún hombre.

—Por eso he venido —dijo Chagatayev.

El viejo arrugó la cara en una sonrisa desconfiada.

—Pronto te irás y moriré aquí solo. Eres joven, tu corazón late con fuerza, te

aburrirás.

Chagatayev se acercó al viejo y le dio un beso fuerte e incansable.

—Aquí morirás de pena y de los recuerdos. Aquí, decían los persas, era el

infierno de todo el mundo…

Entraron en la cueva donde Sufián dormía encima de un montón de juncos. Le

ofreció al invitado una torta hecha con raíces de las hierbas de la meseta. En el hueco

de la entrada se veía la sombra vespertina que corría al hoyo de Sarí-Kamish, donde

en la antigüedad estaba el infierno universal. Chagatayev había oído esta leyenda en

la infancia y ahora comprendía su significado. En el lejano Jorossan, tras las

montañas de Kopet-Dag, entre jardines y arados, vivía Ormuzd, el dios puro de la

felicidad de los frutos y las mujeres, protector de la agricultura y de la reproducción

de los hombres, amante del silencio en el Irán. Al norte del Irán, más allá de los

montes, había arenas desiertas; se extendían hacia el centro de la noche, donde

malvivía solamente una hierba escasa, pero el viento la arrancaba y la llevaba a

aquellos lugares negros del Turán donde sufría eternamente el alma del hombre. No

pudiendo soportar la desesperación y la muerte por hambre, los hombres oscuros

huían de allí al Irán. Irrumpían en los frondosos jardines, en los lugares donde vivían

mujeres, en las ciudades antiguas, y se apresuraban a hartarse de comer, de mirar, a

olvidarse de sí mismos, hasta que los mataban y a los supervivientes los perseguían

hasta las profundidades del desierto. Entonces se escondían en el extremo del

desierto, en la hondonada de Sarí-Kamish, y sufrían allí mucho tiempo hasta que la

miseria y el recuerdo de los jardines transparentes del Irán les ponían en pie… Y de

nuevo los negros jinetes del Turán aparecían en Jorossan, más allá de Atrek, en

Astrabad, en las propiedades del odiado hombre, grueso y sedentario, matando y

disfrutando. Quizá uno de los viejos habitantes de Sarí-Kamish se llamara Arimán,

que significa diablo, y este podre se enfureció de tanta pena. No era el más feroz,

Seguir: parte 2 de 4