El abismo del miedo
Capítulo 1
Suena el teléfono.
Joanne Hunter lo contempla desde su asiento junto a la mesa de la cocina. No hace el menor movimiento para descolgarlo; ya sabe quién es y qué va a decirle. No desea volver a oírlo.
El teléfono sigue sonando y Joanne, sentada sola a la mesa de la cocina, cierra los ojos intentando conjurar imágenes de tiempos felices.
—Mamá…
Joanne oye la voz de su hija menor como a través de un túnel. Abre los ojos despacio y sonríe a la niña que aparece en el umbral.
—Mamá —repite su hija—, el teléfono está sonando.
La niña mira hacia el teléfono blanco de la pared.
—¿Contesto? —pregunta, claramente desconcertada por el estado sonámbulo de su madre.
—No —le dice Joanne.
—Debe de ser papá.
—Lulu, por favor…
Pero es demasiado tarde. La mano de Lulu ya se está llevando el auricular al oído.
—¿Diga? ¿Diga? —Hace una mueca—. ¿Hay alguien ahí?
—Cuelga, Lulu —le ordena bruscamente su madre, pero al instante cambia de tono—. Cuelga, cariño.
—¿Para qué llama si no va a decir nada? —pregunta la chiquilla con un mohín.
Joanne sonríe a su hija, Lana según el certificado de nacimiento, pero a quien todos llaman Lulu, salvo su profesor de sexto grado. La niña posee la notable capacidad de aparentar a veces menos y a veces más edad que sus once años.
—¿Te encuentras bien? —pregunta Lulu.
—Perfectamente —responde Joanne con una sonrisa en los labios y voz firme y segura.
—¿Por qué hace alguien eso?
—No lo sé —dice Joanne con sinceridad; luego, miente—: Tal vez se ha equivocado de número.
¿Qué otra cosa puede decirle a su hija? ¿Que la muerte está al otro lado de la línea? ¿Que está al acecho?
—¿Estás preparada? —le pregunta cambiando de tema.
—Odio este estúpido uniforme —proclama Lulu mirándose de arriba abajo—. ¿Por qué no pueden elegir uno más bonito?
Joanne inspecciona la robusta figura de su hija. Lulu es de una constitución parecida a la de su padre; Robin, en cambio, ha salido a ella, aunque ambas niñas tienen la cara de él. Los pantalones cortos de color caqui y la camiseta amarilla limón le parecen favorecedores y cree que sientan bien a la tez blanca y al cabello largo y castaño de su hija.
—Los uniformes de campamento siempre son estrambóticos —le dice a la niña, sabiendo que sería inútil intentar convencerla de lo contrario—. Estás muy mona —añade, incapaz de contenerse.
—¡Me hace gorda! —replica Lulu, idea que Robin acaba de meterle en la cabeza.
—No te hace gorda. —La inflexión en la voz de Joanne indica el fin de ese tema de conversación—. ¿Está lista Robin?
Lulu asiente.
—¿Aún está enfadada?
—Robin siempre está enfadada.
Joanne se ríe, pues sabe que es cierto, aunque desearía que no fuera así.
—¿A qué hora viene papá a buscarnos?
Joanne mira el reloj.
—Pronto —dice en voz alta—. Será mejor que me arregle.
—¿Por qué? —pregunta Lulu mientras su madre se pone en pie—. ¿Vas a venir con nosotros?
—No —admite Joanne, recordando que ya habían decidido que era mejor que fuese Paul quien acompañara a las niñas al autobús—. Sólo pensaba que tengo que cambiarme…
—¿Para qué?
Joanne recorre con mano nerviosa su camiseta anaranjada y sus pantalones cortos de color blanco. Recuerda de pronto que el naranja es el color que menos le gusta a Paul; los pantalones están viejos; hay una mancha en la que no se había fijado antes… Le gustaría ponerse guapa para Paul. Se mira los pies descalzos. Las uñas de los dedos gordos se le han puesto cárdenas de jugar a tenis con unas zapatillas demasiado pequeñas. Pensaba ponerse unas sandalias, pero decide seguir descalza para que Paul le vea los dedos y, así, tendrán tema de conversación. Hace varias semanas que no hablan de nada que no sean las niñas.
Suena el timbre de la puerta. La mano de Joanne vuela inquieta hasta su cabello. Aún no se ha peinado. Quizá podría subir la escalera en un santiamén mientras Lulu abre la puerta, pasarse un cepillo por el pelo, ponerse el vestido turquesa que a Paul tanto le gustaba y aparecer en el vestíbulo exactamente cuando Paul y las niñas se estén marchando a fin de permitirle sólo la más fugaz de las miradas, lo justo para abrirle el apetito: a ver si así piensa dos veces en lo que ha hecho.
Pero ya es demasiado tarde. Lulu está en la puerta principal, sin permitir a Joanne la más mínima posibilidad de huida. Con la mano en el picaporte, Lulu se vuelve hacia su madre, cuyos labios dibujan automáticamente una sonrisa.
—Estás guapa, mamá —la tranquiliza Lulu; y abre la puerta de la calle.
El extraño que las saluda es Paul Hunter, marido de Joanne desde hace casi veinte años. Es de estatura y complexión normales, aunque Joanne percibe que se le empiezan a marcar músculos bajo su camiseta azul de manga corta, sin duda resultado de sus recientes sesiones de culturismo. En ese instante, Joanne piensa que prefiere sus brazos tal como los conocía: finos, no tan marcados. Joanne siempre ha tenido muchas dificultades para adaptarse a los cambios. Ésa, probablemente, debe de ser una de las cosas que en principio alejaron a Paul.
—Hola, Joanne —dice Paul cordialmente, con el brazo alrededor de su hija pequeña—. Tienes buen aspecto.
Joanne intenta hablar pero no le sale la voz. Nota que le fallan las rodillas, teme caerse o estallar en lágrimas, o ambas cosas. No quiere que eso ocurra. Paul se sentiría incómodo, lo cual es lo último que desea. Sobre todo, quiere que el hombre que ha sido su marido desde hace casi veinte años se sienta cómodo en su propia casa, porque aún conserva la esperanza de que decida regresar. Al fin y al cabo, todavía no se ha decidido nada. Sólo han sido dos meses. Paul aún «continúa pensando en el asunto». Ella sigue en el limbo; en última instancia, su futuro tomará el rumbo que las cavilaciones de Paul tracen para ambos.
—¿Qué tal lo has pasado? —pregunta Paul, quien llena el recibidor con su presencia.
—Bien —miente Joanne a sabiendas de que él la creerá porque eso es lo que quiere creer.
Paul no verá el anhelo en sus ojos, ni oirá el temblor en su voz; y no es que sea un hombre cruel: es que está asustado. Teme ser arrastrado otra vez a una vida que ya no desea. Y está asustado porque no sabe por cuál la quiere cambiar.
—¿Qué te ha pasado en los dedos de los pies? —pregunta Paul.
—Mamá ha jugado al tenis con unas zapatillas demasiado pequeñas — Lulu responde por ella.
—Deben de dolerte mucho —observa Paul. Entretanto, Joanne se da cuenta por primera vez de lo bronceado que está y lo descansado que parece.
—En realidad no me duelen —le dice Joanne con toda sinceridad—. Me dolían antes de que se me amorataran —añade—, pero ahora creo que los tengo como dormidos.
Joanne piensa que, probablemente, éste es un buen modo de describir su vida, pero no lo dice; en lugar de ello, sonríe preguntándose si debería invitarlo a sentarse en el salón.
Paul mira el reloj.
—En seguida nos vamos —dice con voz indiferente, como si en realidad no tuviera ganas de irse—. ¿Dónde está Robin?
—Iré a buscarla. —Lulu se ofrece voluntaria y desaparece escaleras arriba, dejando a sus padres, que andan sobre una invisible cuerda floja, sin la red de seguridad que proporciona su presencia.
—¿Quieres una taza de café? —pregunta Joanne mientras sigue a Paul por el pasillo central hasta la ancha y luminosa cocina.
—Será mejor que no.
Paul se encamina directamente hacia la puerta corredera de cristales que se abre en la pared sur de la cocina y contempla el patio trasero.
—Qué desastre —comenta sacudiendo la cabeza.
—Te acostumbrarías —le dice Joanne. Piensa que ella ya se ha acostumbrado.
El desastre al que se refiere, y al que Joanne se ha acostumbrado, es un agujero grande, vacío, remozado de cemento y en forma de bumerán que iba a ser su piscina nueva. La había diseñado Paul (aunque es abogado de profesión) con objeto de aprovechar al máximo el espacio para nadar. En un principio pretendía ser el equivalente de unas vacaciones estivales o, como el hombre de Piscinas Rogers dijo pocos días antes de que su empresa se fuera al traste, su «casita en el campo, fuera del tráfico».
—Estoy haciendo todo lo posible por volver a ponerla en marcha —le dice Paul.
—Seguro que sí. —Joanne sonríe para demostrarle que comprende que no es culpa suya—. ¿Qué le vas a hacer? —añade encogiéndose de hombros.
—Fue idea mía.
—De todos modos, yo no sé nadar —le recuerda ella.
Paul se da media vuelta.
—¿Cómo está tu abuelo?
—Igual.
—¿Y Eve?
—Igual. —Ambos ríen.
—¿Más llamadas telefónicas? —continúa él tras una ligera pausa.
—No —miente Joanne, considerando que decir lo contrario sería inquietarle.
Y él se vería obligado a repetirle lo que ya le ha dicho: que todo el mundo recibe llamadas de chiflados, que no corre peligro, que si realmente está preocupada debería volver a llamar a la policía o, mejor aún, llamar a Brian, el esposo de Eve, ya que es sargento de policía y vive en el vecindario. Esto es lo que ya le ha dicho. También le ha dicho —con toda la amabilidad que ha podido— que le parece que está reaccionando con desmesura y probablemente exagera, aunque no sea aposta, que es su modo de mantenerlo atado a ella, haciéndole sentir responsable de ella cuando Paul ha renunciado a tal responsabilidad, al menos por un tiempo. No le ha sugerido, como ha hecho su amiga Eve, que las llamadas pueden ser producto de su imaginación, su manera de enfrentarse a su actual circunstancia. Joanne no comprende esta teoría de Eve, pero Eve es psicóloga, además de su mejor amiga. ¿Y Joanne qué es? Joanne es una mujer separada.
Separada, repite Joanne en silencio siguiendo a Paul por el pasillo. Una definición especialmente ajustada. Casi esquizofrénica. Separada, piensa, como un huevo.
Las chicas los esperan al pie de la escalera.
—¿Lo tenéis todo? —pregunta su padre.
Joanne contempla inquisitiva a sus hijas, buscando los rastros de las niñas que una vez fueron en las jóvenes que ahora son. Lulu ha cambiado lo mínimo desde la infancia —piensa Joanne—: los enormes ojos marrones, un regalo de su padre, siguen siendo el centro de su rostro; los demás rasgos existen como mero fondo. Si los carrillos infantiles se han adelgazado y afinado al aproximarse a la adolescencia, si los labios han adquirido un mohín casi sensual y la nariz es ahora claramente una nariz y no sólo un fino pedazo de carne respingona en mitad de la cara, los ojos siguen siendo los mismos. Lulu ha crecido en torno a ellos.
Robin es distinta, aunque también ella tiene la nariz respingona y la mandíbula cuadrada de su padre. A los quince años, no ha hecho más que empezar a salir del desgarbado cascarón que impone la pubertad, cascarón en el que Lulu aún no ha entrado. Por ese motivo, nada acaba de concordar: las piernas son demasiado largas, el cuerpo demasiado corto, la cabeza demasiado grande. Dentro de un año o dos —piensa Joanne—, Robin será el hermoso y elegante cisne en el que se transformará el patito feo. Sin embargo, lo que es sorprendente, y a diferencia de Joanne a su edad, el aspecto de Robin es muy «moderno». Se viste en consecuencia. Incluso ahora, que ha desafiado la rígida imposición del uniforme del campamento anudándose un pañuelo de gasa rosa chillón al cabello corto, demasiado rizado. Sus ojos — corrientes ojos castaños como los de su madre— miran al suelo con determinación.
—Esperaré en el coche —les dice Paul abriendo la puerta principal y saliendo a la brillante luz del sol.
Joanne sonríe a sus hijas y se nota el corazón latiéndole en el pecho. Es la primera vez que es consciente de que estará completamente sola. Se ha pasado la vida viviendo con —viviendo para— otros. Sin embargo, durante los próximos dos meses no tendrá que cuidar más que de sí misma.
—No te preocupes, mamá —empieza Lulu antes de que Robin pueda decir nada—. Me sé el discurso de memoria: tendré cuidado, no correré riesgos estúpidos, escribiré al menos una vez a la semana y no me olvidaré de comer. ¿Me dejo algo?
—¿Qué te parece «lo pasaré bien»? —pregunta Joanne.
—Lo pasaré bien —asiente Lulu, y echa los brazos al cuello de su madre —. ¿Tú estarás bien?
—¿Yo? —pregunta Joanne apartando unos mechones de los ojos de su hija—. Como unas pascuas.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
—Las cosas se resuelven solas —entona Lulu con tanta seriedad que Joanne tiene que llevarse la mano a la boca para ocultar un amago de sonrisa.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Tú —le informa Lulu—. Constantemente.
Esta vez la sonrisa de Joanne se le escapa más allá de los dedos, hasta los confines de su rostro.
—¿Quieres decir que de veras escuchas lo que digo? No imaginaba que fueras tan lista.
Besa a Lulu tanto como la niña lo permite; luego la observa bajar los escalones hasta el coche de Paul. Al momento, Robin está en la puerta, detrás de ella.
—¿Al menos lo intentarás, pasártelo bien? —pregunta Joanne.
—Claro, como unas pascuas —responde Robin cortante, empleando las palabras de Joanne.
—Pensé que comprendías que se había decidido lo mejor…
—Vosotros tomasteis la decisión —le corrige Robin—. No yo.
—Te refieres a tu padre y a mí —prosigue Joanne, consciente de que en toda su vida no ha tomado una decisión importante ella sola—. Todos necesitamos tiempo para que las cosas se enfríen y pensar en ellas…
—¿Tal como hacéis papá y tú? —sugiere Robin en un tono lo bastante educado para que Joanne se pregunte si la crueldad implícita en el comentario es o no intencionada.
—Eso espero. En cualquier caso —vacila—, intenta sacarle partido. Puede que incluso acabes disfrutando del verano —a tu pesar, piensa Joanne.
—Sí, claro —gruñe Robin.
—¿Puedo darte un beso de despedida?
Joanne aguarda el permiso de su hija e interpreta su silencioso encogimiento de hombros como un «adelante», abraza a la joven y la besa en las mejillas salpicadas de colorete. Robin se arregla con la mano el maquillaje que su madre ha alterado. ¿O se borra mi beso?, se pregunta Joanne viendo a Robin, de niña, limpiándose obstinadamente los besos no deseados.
—Cuídate —dice a su hija mayor mientras la observa bajar los escalones a saltitos y desaparecer en el asiento trasero del coche de su padre.
Paul, desde el asiento del conductor, mira hacia la casa.
—Te llamaré.
Y saluda a su esposa con la mano antes de partir.
Cuando Joanne entra de nuevo en la casa, el teléfono está sonando. Lo ignora al pasar por la cocina, se agacha para desbloquear la barra de seguridad situada en la base de la cristalera corredera, abre la cerradura lateral y corre la puerta de par en par. Sale al recién levantado porche trasero, que aún espera una última capa de barniz, y baja los escalones recién construidos que conducen a la piscina. El teléfono aún suena a su espalda. Baja despacio hasta una de las losetas rosadas que rodean el agujero revestido de cemento y suspende el pie sobre lo que se suponía iba a ser el lado hondo de la piscina. Es difícil sentir lástima por una mujer con piscina, piensa. Levanta la vista hacia la casa vecina y ve a su mejor amiga, Eve, quien la observa desde la ventana del dormitorio.
Joanne levanta la mano y saluda, pero la figura borrosa de la ventana retrocede inopinadamente y se marcha. Joanne se lleva la mano a los ojos y los protege del sol intentando volver a localizar a su amiga. Pero Eve ya no está allí y Joanne se pregunta si en realidad ha estado alguna vez. En los últimos tiempos su mente le ha jugado malas pasadas…
—No digo que no te esté llamando alguien por teléfono —oye decir a Eve.
—¿Pues qué insinúas?
—A veces la mente juega malas pasadas…
—¿Has hablado con Brian?
—Claro —le dice de repente Eve a la defensiva—. Tú me lo pediste ¿no? Dice que todo el mundo recibe llamadas obscenas y que lo que debes hacer es colgarle el teléfono a ese tipo.
—Ni siquiera estoy segura de que sea un hombre. Es una voz tan extraña… No sé si es joven o viejo, hombre o mujer…
—Claro que es un hombre. —Eve la mira de plano—. Las mujeres no hacen llamadas telefónicas obscenas a otras mujeres.
—Son más que llamadas obscenas —le corrige Joanne—. Dice que va a matarme. Dice que yo soy la próxima. ¿Por qué me miras así?
Eve está a punto de protestar, pero cambia de idea.
—Me preguntaba —admite, tratando de ablandar la dureza de sus sospechas con una sonrisa comprensiva— si las llamadas telefónicas empezaron antes o después de que Paul se fuera.
Joanne se pregunta lo mismo, intentando con todas sus fuerzas ordenar los acontecimientos de los últimos meses. Pero, como un niño atrapado en la eterna adivinanza del huevo y la gallina, es incapaz de determinar con exactitud qué fue primero.
Sólo sabe que en los últimos meses su vida entera se ha vuelto del revés, que está colgada del techo por los talones observando cómo los objetos familiares se alejan de ella y, de pronto, los percibe distorsionados y extraños. No hay donde agarrarse, ni brazos que la lleven a lugar seguro. Las cosas se resuelven solas, oye repetir a Lulu, que utiliza a propósito la misma frase que Joanne ha empleado tantas veces en el pasado, las mismas palabras que su madre le repetía a ella.
Joanne se pone en pie, consciente de que el teléfono ha dejado de sonar. Camina alrededor del lado poco profundo de la piscina abortada y desciende los tres escalones que van a dar al hoyo vacío. Tal vez estoy loca, piensa; y decide que ésa es, probablemente, la solución más fácil a sus problemas.
Joanne Hunter observa al mundo alejarse mientras se interna en lo hondo del agujero de cemento vacío. Apoya la espalda contra el burdo cemento, allí donde se dobla el bumerán, y resbala despacio por la rugosa superficie hasta el fondo. Sentada con las rodillas dobladas contra el pecho, oye el teléfono de pared de la cocina comenzar una vez más su persistente llamada. Ahora sólo estamos tú y yo, parece decirle. Joanne asiente con la cabeza en mudo reconocimiento del hecho tácito. E intenta conjurar imágenes de tiempos mejores.