El abismo del miedo
Capítulo 2
Joanne recuerda que, casi dos meses atrás, el teléfono había estado sonando justo antes de que llegara Eve.
—¿Diga? —dijo Joanne al auricular. Era más una pregunta que un saludo —. ¿Diga, diga? —Se encogió de hombros y colgó el aparato—. Críos — murmuró sacudiendo la cabeza. Aún estaba consternada cuando hizo pasar a Eve minutos más tarde.
—¿Estás preparada? —le preguntó Eve.
—Sólo me falta encontrar la raqueta. —Joanne abrió el armario del vestíbulo principal—. Creo que la enterré aquí en el fondo, en alguna parte.
—Bueno, date prisa y encuéntrala. El profesor nuevo es encantador y no me gustaría perderme ni un minuto de clase.
—No sé por qué dejo que me enredes en estas cosas.
—Porque siempre dejas que te enrede en todo. Es parte de tu encanto.
Joanne dejó de buscar durante un minuto, acuclillada bajo los diversos abrigos primaverales de la familia, y se volvió hacia la que era su amiga desde hacía casi treinta años.
—¿Recuerdas lo que solía decir mi madre? —La expresión de curiosidad de Eve indicaba que no—. Solía preguntarme: «Si Eve te dijera que te tirases del puente de Brooklyn, ¿te tirarías?».
Eve se echó a reír.
—Al menos ella no llamaba a todos tus amigos a las dos de la madrugada para saber dónde estabas, ni bajaba a «arreglar las tuberías» cuando estabas coqueteando con un chico en la sala de juegos.
—Yo nunca coqueteaba con chicos en la sala de juegos —le recordó Joanne reanudando su búsqueda.
—Sí, lo sé. Eras siempre tan asquerosamente pura… —miró hacia la cocina—. Parece que la piscina va viento en popa. La controlo desde la ventana del dormitorio.
—Bueno, el hombre dijo de diez días a dos semanas como máximo, así que me da la impresión de que la terminarán según lo previsto. ¡La encontré! —exclamó rescatando, triunfante, la raqueta del fondo del armario—. Voy a decir a los hombres que me marcho.
—Date prisa, llegaremos tarde.
—Siempre tienes tanta prisa… —rió Joanne mientras regresaba corriendo a la cocina y abría la cristalera corredera para informar a los obreros de que estaría fuera varias horas.
—Y tú siempre eres tan lenta… —replicó Eve cuando Joanne regresó—. Se necesita un cartucho de dinamita para ponerte en movimiento.
—Por eso somos amigas desde hace tanto tiempo. Si ambas fuéramos como yo, nunca llegaríamos a ningún sitio. Si ambas fuéramos como tú, nos estrellaríamos.
Es cierto, pensó Joanne durante el trayecto en coche hasta Fresh Meadows Country Club. Reflexionaba sobre la duradera relación con su mejor y más antigua amiga. Se habían conocido en séptimo grado, a la fastidiosa edad de doce años. Ya entonces, Eve descollaba: alta, delgaducha y pelirroja, de risa contagiosa y un imperioso tono de voz.
—Necesito una compañera para ciencias —había anunciado Eve una mañana en clase indicando a Joanne que se trataba de ella.
Joanne no dijo nada, se le trabó la lengua y le abrumó que la chica más popular del curso la hubiera elegido a ella como compañera.
—¿Siempre eres tan callada? —le preguntó Eve más tarde mientras el profesor repartía ranas muertas para la disección.
—Estoy asustada —susurró Joanne con la esperanza de no desmayarse cuando dejaron caer ante ella, sobre la mesa, el cuerpo hinchado y sin vida de una rana.
—¿Asustada de una rana muerta? —Eve la cogió con dedos indiferentes.
—No creo que pueda hacerlo.
—No tienes que hacerlo —le garantizó Eve, obviamente encantada—. Yo lo haré. Me encantan estos asuntos. Sangre y tripas. Es fantástico. Si fuera chico, de mayor sería médico.
Eve enmudeció brevemente, estudiando a su nueva compañera con tanta detención como si fuera ella, y no la rana, el espécimen que debían diseccionar.
—¿Por qué nunca dices nada en clase? Nadie sabe que estás aquí.
—¿Por qué me elegiste como compañera? —le preguntó Joanne en lugar de responder.
—Porque nunca dices nada en clase y nadie sabe que estás aquí. —Eve sonrió arteramente—. Me gusta ser el centro de atención.
Se hicieron amigas inseparables; rara vez se veía a la una sin la otra. Uña y carne, solía llamarlas la madre de Joanne, no sin afecto. Si Eve te pidiera que te tirases del puente de Brooklyn, ¿lo harías?
Probablemente, pensó Joanne al entrar en el repleto aparcamiento.
—Hay un sitio allí. A tu derecha.
Eve giró automáticamente a la izquierda.
Joanne se echó a reír recordando que su amiga había aprobado el carnet de conducir a la tercera.
—¿No es ésa Karen Palmer?
—¿Dónde? —Eve casi rozó un coche estacionado al hacer marcha atrás para aparcar en un sitio libre. Chocó contra el guardabarros trasero de un Mercedes nuevo.
—Allí. Entrando. Parece ella, pero tiene algo distinto.
—¡Dios mío, se ha hecho las tetas!
—¿Qué?
—Se ha operado las tetas y se ha estirado la cara. ¿Desde cuándo Karen Palmer tiene senos saltarines?
—¿Por qué se habrá hecho una cosa así? —preguntó Joanne mientras las dos mujeres se dirigían hacia el club.
—Su marido es un hombre de tetas —le confió Eve—. ¿No has notado que siempre te mira el pecho cuando habla contigo?
Dejaron las bolsas en sus taquillas y se encaminaron directamente hacia las pistas.
—¿Tan importantes son? —se preguntó Joanne en voz alta.
Eve se encogió de hombros.
—Para algunos hombres. Brian, por ejemplo, es un hombre de culos. ¿Te he contado lo que hizo la otra noche?
—Ahórramelo —la interrumpió Joanne—. No quiero saberlo.
—Eres una sosa. Nunca me dejas contarte nada.
—Es que me azoraría mirar a Brian a la cara si supiera demasiados detalles de vuestra vida sexual.
—Confía en mí. La cara no es su mejor rasgo.
—¡Eve!
—¡Joanne! —la imitó Eve.
—¿Eve y Joanne? —preguntó el rubio alto y musculoso—. Soy Steve Henry, el nuevo profesor de tenis.
—Realmente, Dios existe —susurró Eve mientras ella y Joanne ocupaban posiciones delante de la red.
—¿Qué piensas?
—Parece un buen monitor.
—No me refería exactamente a eso —aclaró Eve a su amiga con un malévolo guiño.
—Yo no miro así a los hombres —respondió Joanne con una expresión mitad mueca, mitad sonrisa.
—Bien, no cabe duda de que él sí te miraba a ti —la hostigó Eve.
—Miraba mi penoso revés, querrás decir. Si oigo las palabras «no la pierdas de vista» una vez más, me pondré a gritar.
—Era tu trasero, no tu revés, lo que él miraba, y tú lo sabes.
—Es un auténtico ligón, eso es todo. Además, él cree que tentar a las mujeres de mediana edad forma parte de su trabajo.
—A mí no me ha tentado.
—Tu trasero no está lo bastante caído.
—No, es que yo no tengo tus piernas.
—Y yo no tengo tu boca. Cállate, me estás abochornando.
—¿Por qué siempre te infravaloras? —planteó Eve en un tono repentinamente serio.
—Yo no me infravaloro.
—Sí, sí te infravaloras. Llevas haciéndolo desde que te conozco.
—Es que tengo una noción realista de mis propias limitaciones.
—¿Qué sentido se supone que tiene eso? Mírate. No hay absolutamente nada defectuoso en ti, salvo esa poca confianza en tu persona y unas pocas mechas rubias que no te haces.
Joanne se pasó una tímida mano por el cabello marrón claro.
—Y perder tres kilos y librarme de las bolsas en los ojos y arreglarme los dientes.
—Habla con Karen Palmer. Su marido es dentista. Y, ya que estás en ello, pregúntale quién le hizo las tetas.
—Pregúntaselo tú; está justo detrás de ti.
—Hola —saludó una mujer con una permanente expresión de sorpresa—. ¿Habéis oído lo del último asesinato macabro en Great Neck?
—El tercero en lo que va de año —detalló Eve—. El mismo M. O., como diría mi marido; eso quiere decir modus operandi. ¡Creo que tendremos que mudarnos a Long Island para estar seguras!
—Esa pobre mujer: ¡estrangulada y luego cortada en pedacitos! —Karen Palmer siguió adornándolo, adoptando un deje misterioso a medida que entraba en materia—. ¿Os podéis imaginar lo que habrá pasado por su mente durante esos últimos momentos de horror? ¿El terror que habrá sentido? — Los ojos de Karen Palmer se abrieron aún más, como si estuviera contemplando mentalmente la escena—. Una vez, Jim alquiló una película de porno duro. Se suponía que era una de esas películas «reales»… ya sabéis, de ésas en las que matan de verdad a alguna pobre chica ante la cámara, y os juro que podías mascar el miedo de la chica…
—¿Tenemos que hablar de ello? —interrumpió Joanne.
—Es una sosa. —Eve sonrió a la obviamente contrariada Karen Palmer—. Nunca permite que le hables de nada picante.
Karen Palmer se encogió de hombros.
—¿Habéis tenido clase? —preguntó, en busca de terreno seguro.
—El profesor de tenis bebe los vientos por Joanne —se rió Eve sacando el bolso de su taquilla y cerrándola de un portazo.
—Oh, si yo fuera tú, a ése no lo perdería de vista —le aconsejó Karen con manifiesto entusiasmo.
—Ése es exactamente el problema —declaró Eve—. Que a ella no le importa «perderlo de vista»…
—Muy graciosas —les dijo Joanne notando cómo se arrebolaba.
—Se está sonrojando —dijo Eve triunfante, casi complacida por haberle sacado los colores a su amiga—. Cuando el río suena…
—Si ese chico apenas ha salido de la adolescencia…
—Está en su punto.
—Tiene veintinueve años —les dijo Karen.
—Ya ha pasado su punto —se lamentó Eve—. Pero, de todos modos, no está mal.
—Estáis locas —les riñó Joanne en broma mientras salían del club y se dirigían al aparcamiento—. Las dos tenéis unos maridos perfectamente guapos.
—Guapos, sí —corrigió Eve—. Pero no perfectos —miró fijamente a Karen, quien pareció sorprenderse de verla—. ¿A qué peluquería vas ahora? —le preguntó, intentando, con poco éxito, apartar la vista del recién agrandado torso superior de la mujer.
Karen Palmer sonrió.
—A Rudolph. Hace años que voy.
—Tengo que buscarme otro peluquero —dijo Eve con el semblante impasible—. Estoy harta de los peluqueros homosexuales. Les dices que quieres estar sexy y te dejan como un chico —todos los ojos se movieron inmediatamente hacia el pecho de Karen.
—Bueno, me alegro de volverte a ver.
Observaron a la mujer meterse en su Corvette y darse con los senos en la puerta al agacharse para entrar.
—Aún no me he acostumbrado a ellas —sonrió algo cohibida—. Pero vale la pena —añadió encendiendo el motor— sólo por ver la sonrisa en el rostro de Jim cada mañana.
—Déjame decirte lo que le hace sonreír a Brian —empezó Eve al llegar al coche.
—¡Disculpe, señora Hunter! —gritó una voz masculina desde el otro confín del aparcamiento.
Joanne levantó la mirada para ver al nuevo profesor de tenis corriendo hacia ellas a largas y desmañadas zancadas.
—Una visión vestida de blanco —bromeó Eve.
—Se dejó esto en la pista —dijo al alcanzar a las dos mujeres, sacando del bolsillo trasero un manojo de llaves que colgaban de una cadena.
—Oh, Dios mío, gracias. Siempre me las olvido en todas partes.
Joanne notó difuminársele el rubor por las mejillas y el cuero cabelludo al coger las llaves de la mano que le tendía el instructor de tenis.
—Hasta la semana que viene —sonrió y se fue.
—La señora Hunter está roja como un tomate —rió Eve al entrar en el coche.
—La señora Hunter se va a casa a darse una ducha.
—¿Crees que podrás lavarte la vergüenza? —bromeó Eve.
—Disfrutas abochornándome ¿verdad? —preguntó Joanne de buen humor.
—Sí —admitió Eve, y ambas mujeres se echaron a reír—. La verdad es que sí.
Cuando Joanne salía de la ducha, estaba sonando el teléfono.
—Maldición —murmuró, envolviéndose el cuerpo mojado en una toalla y dirigiéndose hacia el teléfono de la mesilla de noche—. ¿Diga? —No hubo respuesta—. Diga… ¿Diga?
Observó el reguero que las gotas de agua formaban en su pierna izquierda y desaparecía en la alfombra beige claro extendida bajo sus pies.
—Una última oportunidad… ¿Diga? —Devolvió con fastidio el auricular a su sitio—. Adiós.
Al decir esto sorprendió en el patio trasero a uno de los obreros que pasaba bajo su ventana para consultar algo con un compañero. El hombre levantó la vista y la miró a los ojos, aunque no dio muestras de notar su presencia. En seguida, Joanne se agazapó debajo del alféizar. ¿La había visto? Creía que no y gateó hasta el cuarto de baño. Ella podía verlo a él, pero él no podía verla a ella.
La idea de observar a alguien que no es consciente de ser observado produjo a Joanne un estremecimiento momentáneo. Llegó al baño, se aseguró de que las cortinas de la ventana estuvieran bien corridas y sólo entonces se puso en pie. La toalla resbaló desde su cuerpo hasta las baldosas del suelo.
Vio su imagen desnuda en el espejo de cuerpo entero e instintivamente volvió la cabeza. Nunca le había gustado enfrentarse a su cuerpo desnudo, ni siquiera antes de que el tiempo y el embarazo de las niñas pusieran algunos kilos aquí y quitara otros allá, según lo que se mirase. Pensó en Karen Palmer. Era unos años más joven que ella y ya había sometido su cuerpo y su psique a las repetidas acciones del bisturí. ¿Para qué? ¿Para su marido? ¿Para su propia vanidad? ¿Cómo se siente una mujer que se sorprende ante el espejo a diario sacando cada año un nuevo modelo de sí misma, como si fueran nuevas líneas de coches?
Joanne se sintió atraída hacia el espejo de cuerpo entero del cuarto de baño y centró la mirada en su rostro. ¡Envejecer es un proceso tan sorprendente!, pensó. Alisó con los dedos las pequeñas arrugas que nacían alrededor de sus ojos.
¿Cuándo habían aparecido? Acarició los contornos de su cara, moviendo las manos a lo largo del cuello, estudiando los estragos naturales del tiempo. Qué modo más patente de envejecer, pensó, y, sin embargo, qué invisible. Sus ojos, si bien no reflejaban gran sabiduría, ciertamente reflejaban el paso de los años. Eran más astutos, menos confiados. Las bolsas que se formaban bajo ellos, y que antes solían desaparecer tras una buena noche de sueño, constituían ahora parte permanente de sus rasgos. ¿Cuánto hacía que nadie la miraba a los ojos y le decía lo bonita que era? Mucho tiempo, pensó.
Su mirada bajó con reticencia hasta los senos, senos que en su juventud habían sido prominentes y firmes pero ahora habían perdido definición. Se hundían ligeramente justo antes de los pezones, cobrando la apariencia exótica de las babuchas de Aladino. El estómago, en otro tiempo cóncavo, se había redondeado un poco y la cintura se deslizaba inexorablemente hacia la zona de sus todavía delgadas caderas. Sólo sus piernas, el atributo del que siempre se había sentido más orgullosa, no amenazaban con traicionarla, no presentaban venillas moradas que germinaran detrás de las rodillas como aquellas de las que Eve empezaba a quejarse. A los cuarenta y un años aún no le preocupaban las «pistoleras» ni la celulitis y, si su trasero estaba ahora unos milímetros más bajo, bueno, al menos Paul nunca se había quejado. Quizá no es hombre de culos, pensó al recordar el comentario de Eve. Espero que sea un hombre de piernas, decidió, percatándose de que Paul nunca había expresado ninguna preferencia en particular, mientras buscaba el secador en el armarito de debajo del lavabo.
No estaba en su lugar habitual.
—Oh, fantástico, ¿dónde lo habrá puesto Paul? —preguntó a su reflejo abriendo otro armario.
No estaba allí, pero en su lugar encontró otra cosa: una revista apretujada en el fondo del estante.
—Oh —exclamó.
La desplegó para descubrir a una sonriente joven de senos generosos mirándola como si fuera una vieja y querida amiga. Aunque se veía cierta inocencia en la expresión de la chica, nada de inocente había en su postura, que exhibía su cuerpo desnudo y de incuestionable voluptuosidad reclinado contra un aparato estéreo, grande e igualmente bien equipado, con un micrófono hundido sin demasiado pudor entre las piernas.
—¿Y qué vamos a cantar hoy? —preguntó Joanne, oyendo la voz de Eve filtrándose a través de sus palabras.
Empezó a hojear las páginas. Sus ojos se iban haciendo cada vez más grandes a cada nueva fotografía.
—Dios mío —exclamó intentado apartar la mirada, con los ojos clavados en las fotos de vistosos colores—. ¿Desde cuándo Paul sale con tías como tú?
Y recordó que, no hacía mucho, Paul parecía distraído, que su sonrisa normalmente fácil se había hecho más cara de ver, que a menudo parecía absorto, incluso deprimido. Joanne supuso que eso tenía relación con su trabajo —Paul siempre había preferido no traerse la oficina a casa— y decidió ignorar lo que suponía era un malestar pasajero. Había llegado a la conclusión de que todas las parejas, en especial aquellas que llevan tanto tiempo casados como llevaban ella y Paul, atraviesan períodos de declive de la pasión.
Cuando sus preocupaciones laborales disminuyeran, reflexionaba Joanne, regresaría a su carácter normalmente sociable y recuperaría el interés por ella. ¿Podía ser, se preguntaba ahora, que Paul hubiese dejado de encontrarla atractiva? ¿Se había vuelto su vida sexual tan rutinaria que él ya no requería su participación activa? ¿Había perdido su cuerpo ese encanto espontáneo que antes tenía para su marido?
—¿Por eso estás tú aquí? —preguntó a la sonriente fotografía—. ¿Qué es lo que ve cuando te mira? ¿Qué es lo que ve —rectificó la pregunta, estudiándose a sí misma en el espejo— cuando me mira a mí?
Lenta y tímidamente, Joanne adoptó una postura similar a la de las mujeres de las fotografías, con los brazos atrás, sacando pecho, las rodillas levantadas y las piernas muy abiertas.
—¿Cómo lo tienen tan rosado? —preguntó en voz alta, y se levantó bruscamente turbada, aunque estaba sola.
Jamás había sometido su cuerpo a tan intenso escrutinio, jamás había intentado verse a través de los ojos de Paul. De repente, se agachó y se cogió los dedos de los pies, evocando otra pose de la revista.
—Hermosa —dijo con sarcasmo, contemplándose la entrepierna de arriba abajo.
—¡Oh, mamá… qué grosería!
Joanne se apresuró a erguirse, arrojó la revista dentro del armario y cerró la puerta con el pie. Al mismo tiempo cogió una de las toallas del suelo y se envolvió en ella, notando cómo se le calentaba la piel húmeda a causa de la turbación.
—¿Qué estabas haciendo? —preguntó Lulu.
—Me estaba mirando los dedos de los pies.
—¿Te estabas mirando los dedos?
—Me hice daño jugando a tenis —repuso Joanne con voz notablemente estridente—. ¿Qué haces en casa tan pronto?
—Los profesores tenían una reunión o algo así. Ya sabes que siempre tienen reuniones los viernes por la tarde —levantó los ojos al techo—. ¿Puedo ir a casa de Susannah? Su padre le ha comprado una máquina del millón nueva.
—Claro, ve. Pero no llegues tarde a cenar —dijo cuando Lulu ya había bajado la mitad de la escalera—. ¡Santo Dios! —suspiró, con una mezcla de pesar y alivio al oír abrir y cerrar la puerta de la calle.
Sonó el teléfono.
Se apresuró a responder, evitando acercarse demasiado a la ventana.
—¿Diga? —Al igual que antes, no obtuvo respuesta—. Oh, otra vez no.
Aguardó un segundo, escuchó el amedrentador silencio al otro lado de la línea, notó unos ojos invisibles fijos en ella, como si el teléfono fuese una cámara, y dejó caer el auricular en su lugar igual que si acabara de recibir una súbita descarga eléctrica.
—Vete a molestar a otro —le advirtió desplomándose sobre la cama. Se sentía en peligro, aunque no sabía por qué.
Esa estúpida revista, pensó. Y la turbación volvió a recorrerle los brazos y las piernas desnudas mientras le parecía ver aún la expresión de perplejidad de su hija al sorprender a su madre con la cabeza entre los muslos. No es que fuera una puritana respecto a su cuerpo, pensó Joanne. Era sólo que, por principio, no desfilaba desnuda delante de sus hijas. Y cayó en la cuenta de que tampoco ella había visto a su madre desnuda hasta que ésta estuvo demasiado débil y enferma para vestirse sola. ¿Qué hacía Paul comprando revistas de ésas? Y ¿por qué?
—¿Hola? ¿No hay nadie en casa? —gritó una voz masculina. Joanne oyó abrir y cerrar, otra vez, la puerta de la calle.
—¿Paul? —Joanne se sentó, perpleja. Cogió rápidamente una bata del ropero y se la puso antes de que su marido apareciera por la puerta—. ¿Qué haces en casa a media mañana? ¿Te encuentras bien?
No tiene buen aspecto, pensó besándolo con ternura en la mejilla.
—Quería hablar con el señor Rogers —dijo mirando por la ventana—. ¿Ha estado aquí hoy?
—Sólo los obreros. Aunque quizá haya estado… Yo he salido unas horas. Eve y yo hemos ido al club a clase de tenis. Profesor nuevo. Le parece que tengo cierta habilidad natural, pero no lo sé. Hace tanto tiempo que no juego…
¿De qué estaba cotorreando? ¿Por qué estaba tan nerviosa?
Contempló la espalda de su marido mientras éste miraba por la ventana. Había algo en su postura, algo alrededor de su coronilla, la visible tensión en sus hombros, que la desasosegaba. Paul se volvió hacia ella y a Joanne no le gustó la expresión de su rostro.
—¿Qué sucede? —preguntó, deseando poder apartar la revista de su mente—. ¿Ocurre algo malo? ¿Es algo relacionado con la piscina? —Pero sabía instintivamente que no se trataba de la piscina.
Él negó con la cabeza.
—No; sólo pensé que si estaba Rogers podría hablar con él unos minutos. Pero no es eso —prosiguió casi sin respirar—. No he regresado a casa pronto por eso. No es la piscina. Soy yo.
—¿Tú? ¿Qué ocurre? —Empezaba a sentir pánico—. ¿Has tenido dolores en el pecho?
—No, no —la tranquilizó en seguida—. No, no es eso. —Hubo una larga y desagradable pausa—. Tengo que hablar contigo —dijo por fin.
Joanne se hundió en el sillón azul situado a los pies de la cama. Asintió como muestra de que se disponía a escuchar. Paul la miró con la misma trepidación que evidenciaba su rostro aquella tarde, tres años atrás, cuando llegó a casa en pleno día para decirle que su padre había sufrido un ataque al corazón y lo habían llevado al hospital. No sabía qué tenía que decirle. Sólo sabía que, dijera lo que dijera, no iba a gustarle.