El abrazo de Fatma
Dedication
A Max, que entonces también tenía quince años. A mi padre porque, además, fotografió mi infancia.
Prólogo
Cuando se sobrevuela en avioneta el curso bajo del río Senegal, las dos orillas se ven tan diferentes que parecen parte de distintos continentes. La ribera meridional pertenece a la República del Senegal y está cubierta de vegetación; en ella abundan las cabañas de hojas de palma rodeadas de huertos agradecidos frente a las que varan piraguas de colores. La orilla septentrional es territorio mauritano; allí los árboles crecen ralos en calveros de agostada tierra marrón; sus habitantes duermen en cabañas de adobe y bosta de vaca y se pasean por caminos polvorientos que mueren al norte, en el desierto que comienza.
Mucho se ha especulado acerca de este cruel contraste. Algunos mantienen que la causa es el harmatán, el viento del nordeste que, después de atravesar el inmenso arenal mauritano del Hodh, llega sediento a la orilla del río. Al cruzar, el aire ardiente se carga de agua y, cuando alcanza la ribera opuesta, fertiliza la tierra con una humedad benéfica. Otros, en cambio, no creen en el capricho del viento; sostienen que la culpa es de los moradores de cada lado. Los senegaleses, agricultores milenarios, miman la tierra con riegos y abonos. Los mauritanos, pastores nómadas, arrancan con su ganado hasta la más insignificante brizna de hierba y expolian el agua de los pozos, destruyendo así los ciclos naturales; en un territorio tan esclavo del clima, la tierra acaba agotada.
Es posible que ambas explicaciones encierren una parte de verdad. Pero, en un continente en el que conviven con violenta fraternidad el horror y la armonía, el hambre y la lujuria, la honestidad y la locura, éste es un interrogante que no preocupa a nadie, ni en las universidades ni en los despachos.
No obstante, algo más importante separa ambas orillas: al norte rigen los beidanes, los llamados “moros blancos”; el sur es la tierra de las tribus negras.
Alpha sentía el palpitar de la herida abierta. Por primera vez bajó los ojos y se contempló la pierna. La oscura piel, reventada, se abría mostrando la
carne fresca. Le recordó la tierra húmeda que el surco del arado expone al sol. Con los dedos intentó cerrar la hendidura, pero una punzada le hizo apartar la mano. Dejó escapar un quejido inarticulado y dirigió de nuevo su mirada hacia el río.