El abrazo de Fatma
Capítulo 7
Aquel viernes, un sol calcinante abrasaba las resecas calles de R’Dra. Aun así, en el pueblo reinaba una agitación inusual. Hacía ya siete días que una hoguera ardía frente a la casa de Mohammed Rabba, el herrero, indicando que su mujer, Malado, había dado a luz. Una vez sobrevivida la primera semana, el niño ya podía ser aceptado por la comunidad y debía recibir un nombre. Malado tenía la misma edad que Alpha y M’Barka, y había compartido con ellos escuela, trabajo y juegos, pero a los doce años había abandonado todo aquello para convertirse en la segunda esposa de Rabba, y desde entonces los caminos de los tres muchachos raramente habían coincidido. La familia del herrero había sido discreta acerca del embarazo para evitar que los malos espíritus se fijaran en la criatura concebida, y por aquel motivo pocos sabían de su existencia. Alpha, que vivía más preocupado por sus asuntos que por lo que sucedía en el pueblo, no se enteró de la noticia hasta que vio arder la hoguera. Aquel día podría ver de nuevo a Malado y todos conocerían el nombre que la familia del herrero habría decidido ponerle a la niña recién nacida.
Frente a la casa de Rabba se abría una pequeña plaza, en el centro de la cual crecía una robusta acacia. A su alrededor, cobijados bajo la sombra, se habían congregado los invitados al bautizo, muchos de ellos venidos, a pesar de lo delicado de la situación y venciendo mil temores, de los vecinos pueblos de la ribera senegalesa. Sus vestidos recién estrenados aún no tenían los colores amortecidos por el sol y se agitaban movidos por una ligera brisa, inundando de alegría la plazoleta. Al fondo, apostados como si no tuvieran nada mejor que hacer, dos gendarmes contemplaban la celebración pistola al cinto y apoyados en sendos garrotes que les llegaban a la cintura. Los invitados se mantenían a distancia de ellos; alrededor de la pareja de policías se había formado un anillo de tierra vacía, como si apestaran o uno fuera a mancharse con sólo aproximarse.
La ceremonia comenzó a las diez. Bajo la acacia, mientras la abuela materna afeitaba con una cuchilla el escaso pelo que poblaba la cabeza de la
criatura, el marabou, de pie y en actitud solemne, pronunció un largo y silencioso rezo. Nadie oía lo que decía, pero todos veían sus labios agitarse de un modo casi furtivo. Era momento de invocar a Dios, y lo que el marabou dijera poco importaba a los humanos. Cuando hubo acabado se acuclilló y, aproximando su rostro al oído de la niña, susurró el nombre elegido. Luego se incorporó e hizo un gesto con la cabeza al griot. Éste, alzando la voz, por fin desveló el secreto hasta entonces celosamente guardado:
—¡Zeinabou! ¡Su padre ha decidido que se llame Zeinabou, como la difunta madre de su abuela y, también, como su cariñosa abuela!— dijo, señalando a la anciana que, sentada en el suelo, recogía minúsculos bucles de cabello.
Al sentirse aludida, la abuela alzó el rostro y sonrió a los reunidos que, en perfecto corro a su alrededor, guardaban silencio. Mientras esto sucedía, a escasos metros, tras una improvisada empalizada, los tíos de la recién nacida concluían el sacrificio de un cordero. Un último y lánguido berrido de la bestia indicó que el ritual había por fin acabado. El corro se deshizo en medio de risas y murmullos festivos.
Alpha y M’Barka, que habían permanecido a una cierta distancia por no ser parte de la familia cercana de Malado, decidieron que había llegado el momento de aproximarse. Cogieron al vuelo unas nueces de cola que la hermana de Rabba repartía entre los asistentes y se dirigieron hacia la acacia. La abuela acababa de hacer un agujero en el suelo, y en él enterró un bucle de pelo. La anciana era de origen sereer, y por ello el resto de cabello lo reservó para tejer con él gris-gris que la criatura llevaría ceñidos en su cintura hasta que comenzara a caminar. Junto a ella estaba Malado. Todavía con el vientre dilatado por el reciente embarazo, la muchacha se mostraba impasible; por su expresión, cualquiera hubiera dicho que todo aquello nada tenía que ver con ella. Alpha tuvo dudas acerca de si sería conveniente hablarle entonces o era mejor esperar a la caída de la tarde, cuando los tambores comenzaran a retumbar y los invitados se distrajeran cantando y bailando. Su marido, Rabba, estaba cerca. Alpha siempre se había mantenido a una prudente distancia de él. Era un hombre ya adulto, fornido, y las pobladas cejas le conferían una expresión invariablemente dura.
Además, era herrero, y eso era de temer. El fuego, uno de los tres elementos mágicos, era su herramienta de trabajo y su familiaridad con él a todos les resultaba temible pues se sabía que le llevaba a frecuentar círculos peligrosamente cercanos al mal. Muchos creían que por ello, como
cualquier herrero, tenía poderes sobrenaturales. Sin embargo, o quizás precisamente por eso, Rabba era también el encargado de realizar las circuncisiones de los muchachos adolescentes. Todos los varones del pueblo le guardaban, fuera por prevención o por memoria, un aprensivo respeto.
A pesar de todo eso, y a pesar de no pertenecer a la misma casta que Rabba, Babú era de los pocos que confraternizaba con él. Pese a la diferencia de edad, pues Babú era casi quince años mayor, entre los dos hombres reinaba una estrecha confianza. Alpha andaba aún cavilando si sería el momento adecuado para hablarle a Malado, cuando Babú se abrió paso entre los invitados y abrazó a Rabba. Éste le correspondió con una sonrisa que entreabrió sus espesas cejas disipando por unos instantes la dureza de su mirada.
Rabba se dirigió entonces al griot y le dio una orden. Éste, como si en su interior se hubiera disparado un resorte, comenzó a agitar sus largos brazos y a recitar. Todos se aprestaron a escucharle y, uno a uno, los espectadores fueron sentándose en el suelo excepto los que temían ensuciar sus túnicas nuevas, que permanecieron de pie impertérritos bajo el ardiente sol. El griot comenzó cantando una canción que hablaba de un río de aguas cristalinas, de campos verdes y generosos, y de un labriego holgazán e inepto al que se le arruinaban las cosechas una tras otra; cuando los pájaros no le devoraban las semillas, los gusanos se comían el fruto; los años en que plantaba niembé, una semilla que, como todos sabían, necesita tierras secas, invariablemente llovía a mares, mientras que cuando se decidía a plantar tomates la sequía le mustiaba las matas. Los asistentes celebraban a carcajadas los infortunios del labriego, y su entusiasmo no hizo sino aumentar cuando, en la segunda parte del relato, el torpe labriego, perdida toda esperanza, se dirigía a la ciudad y allí proseguían sus desdichas, esta vez urbanas pero perfectamente en sintonía con las anteriores.
Cuando acabó todos aplaudieron y las mujeres ulularon festivamente.
Varios espectadores le dieron monedas, y un hombre dejó a sus pies una bolsa de plástico llena de mangos. Ignorando los donativos, el griot continuó hablando imparable. Comenzó entonces a recitar la crónica familiar de Rabba. Describió el día en que éste nació, habló de su padre, de su abuelo, de su bisabuelo y de su tatarabuelo, todos ellos de la casta de los herreros, mencionó que uno de ellos había sido contratado para forjar piezas de recambio para una famosa compañía de aviación que hacía la línea París-Dakar, y recitó uno a uno los nombres de sus hermanos y hermanas. Ahora
el público guardaba un considerado silencio. Alpha no se perdía palabra y pensó que aquel era un excelente griot. Nuevamente, cuando acabó le llovieron los regalos, esta vez mayoritariamente donados por la familia de Rabba. A continuación inició una pantomima. Era la actuación preferida del público, y todos la esperaban ansiosos por ver quién iba ser objeto de burla.
¿Habría elegido a uno de los miembros de la familia? ¿Quizás al dueño del colmado, que todos pensaban era el más rico de la aldea?
El griot desveló el misterio poco a poco. Tomó una pieza de percal azulado, rasgó de él una tira de varios palmos y, al pedazo que quedaba, le hizo un agujero en el centro y pasó por él la cabeza, de modo que el tejido quedó colgando sobre sus hombros a modo de un simulado daraa. Luego se enrolló la tira en la cabeza como si fuera un turbante. Todos celebraron la elección con aplausos y risotadas. ¿Quién mejor que un beidán para reírse de él? Un anciano al que le faltaba un ojo lanzó un grito de asentimiento y palmeó con energía vitoreando al griot; pocos sabían que su hijo había estado entre las primeras víctimas en Nouakchott. Lo había guardado en secreto para evitar represalias, pero la burla del griot sería para él una pequeña y clandestina venganza. El griot hizo entonces salir del corro a una mujer y la envolvió con otro pedazo de percal, esta vez de vivos colores, de tal modo que ella parecía embutida en una mahlefa mora. Luego le tocó el turno a un hombre negro y espigado, al que de nuevo caracterizó rudimentariamente de beidán. Una vez completado el terceto, el griot inició la pantomima. El argumento discurría en torno a la enemistad entre un recién casado y el padre de su novia. Alpha conocía bien aquella absurda costumbre por haberla observado en la familia de su tía Salkha. En las familias de los beidanes, el yerno nunca es aceptado por el suegro, pues supuestamente siempre pesa el hecho de que el primero se acuesta con la hija del segundo. Entre los dos hombres está prohibido hasta el contacto de la mirada, y esto es así aunque el suegro haya aceptado la boda o, incluso, aunque, como sucede casi siempre, él mismo la hubiera decidido. El griot caricaturizaba aquella absurda relación hasta volverla ridícula y risible. Al avanzar la historia, sucedía que el suegro quedaba viudo y se enamoraba de una joven descomunalmente gorda —el griot había pedido a la mujer de la mahlefa que bajo la pieza de tela se embutiera una manta en la tripa—. Al intimar, la mujer le confesaba que aquella apetitosa plenitud no era únicamente el producto de la leche de camella con la que le alimentaba su solícito padre sino que, para hacerse aún más golosa a los ojos de los
hombres, había echado mano de unos comprimidos para engordar camellos.
Alpha se desternilló de risa cuando el griot acercó a la boca de la mujer un plato —simulando una gigantesca pastilla— y trató de convencerla para que la engullera con el fin de acentuar todavía más sus encantos. Al fondo de la plaza, los dos gendarmes se revolvieron inquietos. El griot sacó entonces a bailar a la mujer y la obligó a moverse con desmaña, como si sus tobillos no pudieran con su propio peso. En la historia, el beidán hallaba en la torpeza de su rolliza enamorada tal poder de seducción que, ciego de amor y de deseo, la raptaba y desposaba sin el consentimiento de su futuro suegro.
Luego vino la parte final del relato. El antiguo viudo, ahora recién casado, de repente descubría que su oronda amante no era sino la hija de un primer matrimonio de su yerno. Entonces se establecía entre los dos hombres un irresoluble problema pues, ambos casados con la hija del otro, no sabían quién debía hacerse el ofendido y quien debía disculparse como ofensor. La historia finalizaba cuando los dos hombres, arruinado su amor por aquel irresoluble problema con el que resultaba imposible convivir, se divorciaban de sus respectivas esposas.
Los espectadores estallaron en vítores y rabiosas carcajadas. Babú, inusualmente risueño, se abrazó de nuevo a Rabba y, sin deshacer el abrazo, le alargó unos billetes al griot.
Entonces los gendarmes avanzaron hacia el centro de la plazoleta. Las risotadas se apagaron al instante. Los espectadores se incorporaron, y al paso de los policías se fue abriendo un pasillo. Rabba, callado, contempló desafiante a los intrusos. Babú, aún con su brazo cogido al de Rabba, les dirigió una mirada igualmente altiva. Los gendarmes continuaron avanzando. Cuando llegaron a la altura del anciano al que le faltaba un ojo, éste no pudo contenerse. Escupió a sus pies y comenzó a insultarlos. Uno de los policías, de modo casi reflejo, lanzó un bastonazo que dio en las costillas del hombre produciendo un ruido sordo. A continuación, alzó de nuevo el brazo dispuesto a dar un segundo golpe, pero antes de que pudiera hacerlo resonó un grito de advertencia de Babú. El policía se detuvo y alzó la mirada hacia él, interrogante. ¿Se ponía Babú de parte del viejo loco? Los dos hombres se contemplaron fijamente. El desafío mutuo duró un largo minuto, durante el cual ninguno de los dos supo muy bien cómo reaccionar.
Entonces, abriéndose paso entre los invitados, intervino el marabou. Se aproximó a los policías y, sin despegar los labios, les hizo un gesto brusco con la barbilla. Luego, les señaló en dirección al extremo de la plaza donde
hasta entonces habían permanecido apostados. Los dos uniformados se miraron y, después de dudar un instante, se retiraron deshaciendo el camino andado. Todos se volvieron entonces hacia el anciano golpeado. Éste aseguró que estaba bien, que no le pasaba nada pero, al cabo de unos segundos, rompió en apagados sollozos. Nadie pudo consolarle.
Todo aquello no había durado más que unos minutos, pero la atmósfera festiva que hasta entonces había reinado en la celebración se desvaneció. El griot prosiguió con sus recitaciones, las pantomimas y las crónicas familiares, luego vino el banquete en el que se dio buena cuenta del cordero recién sacrificado, la música con timbaleros especialmente venidos desde Gorée para la ocasión, y finalmente los bailes, pero ya nada fue como antes.
Aunque todos se empeñaban con tozudez en mantener risueños sus rostros, la jornada se desenvolvió en una atmósfera cargada de tensión.
A Alpha, la intervención de los gendarmes le hizo revivir las horas pasadas en el calabozo de Mederdra. Una violenta opresión se aposentó en sus vísceras y a partir de aquel momento permaneció taciturno. Se olvidó por completo de Malado y de su hija.
Cuando el almuerzo hubo acabado, una mano se apoyó en su espalda. El muchacho se volvió y se encontró con los ojos de M’Barka. No hizo falta que ninguno dijera palabra. Abandonaron la plaza y comenzaron a caminar entre las callejas, desiertas por la celebración. Al llegar a los últimos edificios del pueblo sobrepasaron un murete derruido y se sentaron a contemplar el desierto. Hasta donde la vista alcanzaba, no se veía alma alguna. A unas decenas de metros, yacía un asno muerto. Tenía el vientre hinchado y las narices cubiertas de moscardones, y los insectos chupaban con sus infectas bocas el líquido que manaba del hocico.
—¡Malditos bichos! ¡Están en todas partes! —exclamó Alpha, con indignación.
—Vamos, no te pongas así por cuatro moscas. Estás de mal humor.
—No me gusta que las personas mayores lloren.
—¿Las jóvenes sí? —inquirió M’Barka mordaz.
—Es distinto. Cuando te haces mayor acabas llorando sólo por lo que es importante. Algo grave debe de haberle pasado a aquel anciano.
—No creas. Mamá llora por cualquier cosa. Dice que las lágrimas se llevan el dolor y que, como mueren al evaporarse, con ellas muere el dolor.
—El llanto de ese hombre no era sólo de dolor. Había algo más.
M’Barka se encogió de hombros y negó con la cabeza. Después de titubear
unos instantes, se aproximó a Alpha y, después de pedirle permiso con la mirada, se arrebujó entre sus brazos. El muchacho acarició con ternura el cabello crespo.
Permanecieron en aquella posición un largo rato, al cabo del cual Alpha propuso:
—¿Por qué no vamos al río?
—No se puede. Hay policías en todos los senderos que llevan a la orilla.
—Bueno, pues vayamos al bosque.
—No.
—¿No? ¿Por qué no?
La muchacha tardó en responder.
—No quiero.
—¿Por qué? ¿Por los gendarmes?
—No. Tengo miedo por lo que pasó el otro día.
Alpha no respondió. El rubor se le agolpó en las mejillas. No sabía si avergonzarse más de su violencia primera o de su temeraria impetuosidad final. Tampoco sabía a cual de las dos M’Barka le temía más. Quizás a ambas.
La besó en la mejilla con ternura. No sabía pedir perdón.
* * *
Al regresar Alpha a casa, lo primero que oyó fue la voz del marabou. En el interior se celebraba una reunión. Cuando el muchacho entró se produjo un instante de silencio pero, al aclarar Babú que se trataba de su hijo, los asistentes reanudaron enseguida la conversación.Alpha se sentó en un rincón de la sala y examinó el grupo con curiosidad.
Al lado de Babú, que mostraba expresión de cansancio, estaba sentado el marabou y, muy cerca de él, su vecino Ahmedé. Eran los únicos conocidos.
El resto, una docena de hombres, no eran de R’Dra. Al principio pensó que se trataba de asistentes al bautizo de la hija de Malado, pero pronto cambió de opinión. Varios de ellos lucían túnicas deslucidas y polvorientas, como si hubieran hecho un largo viaje, y uno vestía de color verde oliva, al estilo militar, aunque Alpha no pudo descubrir insignias que permitiesen identificar a qué cuerpo pertenecía. La mirada del muchacho recayó finalmente en un hombre de edad avanzada, cuya boca había perdido la mayor parte de sus dientes. Sus ojos alumbraban una mirada serena, y tenía
el gesto de quien se sabe respetado. Alpha pensó que debía de ser un marabou de otra aldea.
Estaba hablando uno de los que vestían ropas polvorientas. —Salí de Nouakchott hace dos días. Allí las cosas están muy mal. Comenzaron asaltando los restaurantes, las sastrerías, los estudios de fotografía. Luego se apropiaron de los coches y saquearon las casas, pero al final corrían por la ciudad como una banda de perros sedientos de sangre. Dicen que en el hospital de Nouakchott se apilan cientos de cadáveres y que, por añadidura, las autoridades no permiten que la gente acuda a identificarlos. Muchos no saben dónde están sus familiares, o si están vivos o muertos.
El hombre hizo una pausa para encender un cigarrillo. Cerró la pitillera con un golpe seco, y prosiguió su relato:
—Sí, es cierto que la mayor parte de los muertos son senegaleses, pero también han sido asesinados muchos mauritanos halpulaars, wolofs y soninkés. Incluso mataron gente de Malí y de Guinea. Lo que comenzó como una venganza contra los senegaleses ha acabado convertido en una masacre indiscriminada.
—¡Hijos de perra! —saltó Ahmedé, con voz nerviosa. Alpha nunca había isto al amigo de su padre tan alterado—. En Nouakchott nos roban y nos matan, en el río deportan a nuestros amigos y familiares, ¿y nadie hace nada? ¿Y nuestros amigos franceses, que dicen querernos tanto? ¿Dónde están ahora?
—Miran a otro lado y aceptan sin más las mentiras del gobierno. Y eso aunque la prensa francesa lo está explicando todo bien claro —dijo el hombre vestido de militar, alargando un arrugado recorte de periódico—.
Mirad. Es una página de Le Monde del miércoles pasado. Lleva una entrevista a Ould Werzeg, el secretario de la embajada de Mauritania en Dakar. Le Monde es un periódico serio, no como los de aquí —aseveró.
Todos se quedaron mirándolo interrogantes y, como nadie hacía gesto de tomar el pedazo de papel de sus manos, el militar se lo acercó a los ojos y leyó con dificultad—: “Ould Werzeg dijo que Mauritania sólo está expulsando ciudadanos senegaleses. Ante el comentario del periodista de que muchos deportados habían mostrado documentación mauritana, el diplomático añadió: No importa qué tarjeta de identidad o pasaporte tienen.
Es de dónde vienen lo que importa”. —¿Veis? —intervino de nuevo Ahmedé—. Es la policía quien decide de dónde vienes, y lo hace en función del color de la piel o de la ropa que llevas. Estamos en lo de siempre —
acabó, encogiéndose de hombros.
—Hay más —dijo entonces el anciano de mirada profunda. —¿Más?
—En Nouadhibou y en Kaédi, y es probable que en otras ciudades, las autoridades han convocado a muchos funcionarios, maestros, policías e incluso diplomáticos negroafricanos, les han exigido sus papeles y, al entregarlos, los han arrestado y transportado en camiones hasta Rosso, para embarcarlos en un trasbordador y expulsarlos al otro lado del río. Eso, los que han llegado vivos. Lam, un vecino de mi hermano que vive en Nouakchott, fue obligado a conducir uno de esos camiones. Transportaba treinta personas en un espacio en el que difícilmente habrían cabido más de veinte. Dos muchachos, que eran estudiantes de la universidad, murieron asfixiados.
Todos guardaron silencio. Hasta entonces sabían de las expulsiones en la zona del río, pero no que también se estuvieran realizando en el interior del país.
—Si lo que quieren son las tierras fértiles—se interrogó Ahmedé con voz ronca—, ¿por qué deportan a gente de Nouakchott que no son agricultores?
—Porque ellos podrían defendernos —dijo Babú, interviniendo en la discusión por primera vez—. La única fuerza que tenemos los agricultores son nuestros brazos. En cambio, los negroafricanos de Nouakchott son cultos. Entre ellos hay abogados, diplomáticos, en fin, gente con poder, y sabrían cómo pararles los pies a esos malnacidos.
—El objetivo de las deportaciones es debilitar la comunidad negroafricana.
Eso es lo que en realidad quieren los beidanes—concluyó el militar.
—Quieren más; quieren vaciar Mauritania de negroafricanos — replicó el marabou.
Alpha se revolvió en su rincón como una gallina en el fondo del corral. Con timidez preguntó:
—No entiendo cómo la gente no se resiste.
—¿Qué te crees, muchacho? —le respondió un hombre enjuto, con las sandalias y la túnica manchada de barro—. Claro que lo han hecho. Pero la policía ha enviado a los calabozos a todos los que les han llevado la contraria. Y lo que sucede en los calabozos, mejor no saberlo.
—Lo llaman el “jaguar” —apostilló el militar—. A la víctima se la cuelga de una barra de hierro con las manos atadas a los pies y se la hace girar en la barra mientras recibe azotes. Y, a los que no les hacen eso, les dejan durante días en celdas inmundas sin comida ni bebida. Y a las muchachas
las violan.
—Esto no va a ser más que el inicio. Ya veréis —concluyó Ahmedé en tono fúnebre.
* * *
Aquella fue una noche negra como un pozo. La mayoría de los reunidos pernoctó en la casa. Dormitaron recostados en los divanes o, los más jóvenes, yaciendo en el suelo de la sala o en los pasillos. Por suerte, el viento soplaba del interior y no se necesitó abrigo. De haberlo precisado, Babú se habría visto en serios apuros, más aún con el toque de queda todavía en vigor. Alpha no logró pegar ojo. Los sucesos de los últimos días le producían una extraña excitación. Su imaginación de adolescente no paraba de volar haciéndose mil preguntas para las que no hallaba respuesta.Para acabar de arreglarlo, los desconocidos parecían desconocer el cansancio. Se agrupaban en corros de dos o tres, para al cabo de un rato separarse y unirse a otros grupos, o buscar la soledad de algún rincón, del cual regresaban más tarde para reiniciar los conciliábulos. Alpha veía las lumbres de sus cigarrillos brillar en la oscuridad, desplazándose de un rincón al otro de la casa, apagándose y volviéndose a encender tozudamente, como si en aquella atmósfera sembrada de conversaciones musitadas mantener el cigarrillo encendido fuera tan imprescindible como respirar. De madrugada, el almuédano rompió por unos minutos la atmósfera de conspiración y, sólo entonces, cuando el sol comenzaba a entrar por las ventanas, el cansancio pudo por fin con ellos. Poco a poco, uno a uno fueron cayendo rendidos en un sopor silencioso que Alpha no supo adivinar si era de sueño o de duermevela.
Pero a él ya le había pasado su hora. Se calzó las sandalias y salió al fresco aire de la mañana.
A aquella hora tan temprana, las calles todavía permanecían desiertas. Y
más ahora, que nadie sabía si podía, o debía, dedicarse a sus obligaciones cotidianas, o bien era más prudente permanecer encastillado junto a los suyos, defendiéndolos y defendiéndose.
Se coló de un salto en la casa de Diop y lo despertó. Éste protestó unos minutos, pero pronto la insistencia del muchacho le convenció de que no había nada que hacer. Se puso los pantalones del uniforme, pues a las ocho debía incorporarse a la patrulla, y preparó un par de tazones de zrig. Alpha
negó con la cabeza y se sirvió un vaso de CocaCola mezclado con leche de camella.
—Diop, ¿qué sabes tú de las expulsiones?
—Se exagera mucho.
—Pero son ciertas, ¿no? Mucha gente tiene conocidos que no eran peligrosos y que han sido expulsados.
—Es cierto que han repatriado a Senegal a personas inofensivas. Pero, después de lo sucedido en Diawara y de los saqueos de los comerciantes mauritanos en Dakar, era lo más prudente. Tal como estaban las cosas, era imposible garantizar su propia seguridad. Cualquier persona irritada podía tomarla con ellos por el simple hecho de ser senegaleses.
—Expulsaron a los Diembele, y todos los apreciábamos.
—El padre había nacido y estudiado en Senegal. Y allí viven todos sus hermanos. Aunque en R’Dra los estimáramos, no por eso dejaban de ser senegaleses, como muchos otros en el río.
—También están deportando a gente del interior, que nada tiene que ver con el río.
—Puede haber algún caso aislado, pero nada más.
—No es cierto. Incluso cuentan que expulsan a negros mauritanos de Nouakchott y de Nouadhibou, que han nacido y vivido allí desde siempre.
—¿De dónde lo has sacado? Eso es una invención de un loco que únicamente busca exaltar los ánimos.
—Mucha gente lo dice.
—¿Gente? ¿Qué gente?
Por toda respuesta, Alpha se encogió de hombros. Al ver que no respondía, Diop le preguntó de nuevo:
—Y tú, ¿cómo te has enterado?
—Me lo han dicho.
—¿Te lo han dicho? ¿Y quién te lo ha dicho, si puede saberse? Alpha desvió la mirada.
Diop debió de advertir la vacilación en los ojos de Alpha, porque no volvió a insistir.
—Hay extraños en el pueblo —dijo, en tono de advertencia—, y con ellos han llegado muchas habladurías. Te han llenado la cabeza de malas ideas.
Mejor será que no les hagas caso.
Pero Alpha necesitaba más aclaraciones.
—Dicen que en Nouakchott la policía tortura a la gente que detiene, y que
en las comisarías violan a las muchachas.
Diop palideció y tragó saliva con dificultad. Alpha no supo si atribuir aquella reacción a que sus palabras eran ciertas o a que Diop, como miembro a la Gendarmerie Nationale, se había sentido insultado. Por toda respuesta, su primo dijo entre dientes:
—Babú debería ir con más cuidado.
La extremidad herida se estaba entumeciendo. No era una buena señal.
Como un golpe de aire helado, Alpha percibió la proximidad del peligro.
Con el dorso de la mano se secó una lágrima. Cualquier cosa era mejor que vivir con la cabeza hundida en el pozo. Aborrecía el hedor de la rabia contenida. Le resultaba imposible seguir respirando aquel odio manso. El amo podía exigir acatamiento del servidor, no humillación. Alpha arrugó la nariz y escupió con rabia hacia el río.