El abrazo de Fatma
Capítulo 4
Avergonzado y necesitando borrar de su mente aquel endemoniado viaje, a su regreso a R’Dra Alpha buscó refugio en la adormecedora rutina del pueblo y aceptó de buen grado la censura que el marabou le hizo en tono amigable:
—Si los adultos se equivocan a menudo, ¿cómo no va a hacerlo un jovenzuelo inexperto como tú?
El orgullo de Alpha quedaba así disculpado. Por otra parte, Babú, disipada su cólera inicial, pareció olvidar con rapidez la rebeldía de su hijo, y ahora disfrutaba de un buen humor inhabitual.
Alpha agradeció aquella tregua.
Una mañana fresca y azul regresó con M’Barka a la pequeña playa junto al río. Los dos adolescentes jugaron con sus cuerpos con una lasitud melancólica, sin prisa, casi sin excitación. Alpha sentía sus miembros entumecidos, como si despertara de un acceso febril. M’Barka enseguida percibió la falta de nervio en la cintura del muchacho y aprovechó feliz aquella renuencia.
—Hazte el dormido o, mejor, el muerto —le dijo con ojos transparentes.
Viendo que Alpha dudaba, con una sonrisa torcida añadió: —Como no obedezcas, te envío al otro mundo de un tirón de orejas.
Entonces, con la punta de sus dedos de hormiga comenzó a explorar centímetro a centímetro la piel bronceada del muchacho. Le pellizcaba el pecho y le hacía cosquillas que, cuando él protestaba, apagaba con sus labios. Alpha se estremecía al notar su boca recorrerle el cuerpo, rebuscar en los rincones. Pero no la rechazaba como otras veces. Aquella vez, no.
Tenía que hacerse el muerto, le había dicho la deliciosa M’Barka. Y él obedecía. Con la cara vuelta hacia el sol y los ojos cerrados, veía pasar reflejos y sombras imprecisas, y pensaba si aquello no sería lo que perciben los difuntos antes de ser envueltos con la mortaja. Se sentía dulcemente embriagado. El calor del sol encendía sus mejillas y él ardía al imaginar su sudor mezclarse con la saliva de la muchacha. Un estremecimiento de
placer le sacudió el cuerpo. Hizo ademán de apartarla, pero ella prosiguió sembrándole la piel de mordiscos de ardilla. Alpha notó entonces que su cuerpo se deshacía sin urgencia, como un río que se vacía. El vientre le tembló como un tambor mientras M’Barka, abrazada a su cintura, le acariciaba la espalda.
La muchacha alzó la cabeza y examinó el cuerpo del adolescente con ojos brillantes. El labio superior, todavía húmedo, le temblaba.
—Eres mío —dijo.
Alpha hizo como si nada hubiera oído; ni siquiera abrió los ojos.
—Te he dicho que eres mío. Sordo, más que sordo…
M’Barka no había formulado pregunta alguna, pero contemplaba al muchacho buscando una respuesta en sus párpados cerrados.
Pero él permaneció callado.
M’Barka frunció un instante el ceño y, chasqueando los dedos en el aire, añadió en tono de burla:
—Eres un antipático, y tienes una nariz enorme, y tus pies son negros y sucios… pero eres mío —le dijo, rodeándole la cara con las manos.
Alpha ignoró aquella carantoña. Cuando por fin abrió los ojos, su mirada se perdió en el horizonte. Sus pensamientos parecían estar más allá de la línea lejana donde comenzaba el cielo. M’Barka le tiró cariñosamente del pelo y dejó escapar las palabras que había querido evitar:
—¿Y tú, cola de ratón? ¿Quieres que sea tuya?
Alpha tardó un largo instante en responder.
—No lo sé.
—¿No lo sabes? ¿No sabes si me quieres?
—No estoy seguro de qué significa querer.
—¿Ves como eres un tonto? Es muy fácil; queremos aquello que nos hace feliz.
A M’Barka le había temblado la voz al decir aquellas palabras. A pesar de su tono decidido, no intentaba convencer al muchacho. Sólo mendigaba una mirada tierna.
Alpha contempló su cuerpo de gacela. A él le hacían feliz las mañanas de cielo transparente, las batidas entre la espesura, el pellizco del aire frío en los mofletes, el rumor adormecedor del río susurrándole en el oído cuando se tumbaba en la hierba de la orilla. Por M’Barka sentía algo muy distinto.
El muchacho se preguntó si aquello sería amor, pero no supo responderse.
* * *
Alpha regresó pronto a la rutina. Durante unos días se había sentido obligado a hacer bien visible su arrepentimiento, y para ello adoptó la actitud de un asno recién uncido. Pero las buenas intenciones se disiparon con la prontitud de una niebla matinal. Al cabo de poco, el muchacho había recuperado su hábito de no escuchar.
Llegó el día en que Diop estaba libre de servicio. Alpha fue a buscarlo a su casa y juntos partieron a correr por el campo. Era una mañana luminosa, sin atisbo de polvo en la atmósfera. Tomaron la ruta de Bogué y vagaron sin rumbo fijo, rastreando el arenal en busca de distracción.
Al cabo de un rato descubrieron dos cabras en un pequeño valle entre dunas. Una era macho y tenía en la barbilla el pelluzgón de los animales que logran sobrevivir tres años al cuchillo del matarife; la otra, un lechal, era rubia y barbilampiña. Alpha arrancó a la carrera duna abajo. De un salto, agarró por el pescuezo al animal de mayor tamaño y le hizo hincar el hocico en el suelo. La cabeza del chivo se enterró en la arena sin que su garganta de cartón dejara escapar un solo mugido. A un palmo de distancia, la cabra joven, inmóvil, berreaba tímidamente, alargando la barbilla hacia el macho sin comprender lo que sucedía. Con su brazo libre, Alpha la agarró de la pata y tiró de ella. El animal se derrumbó con la fragilidad de un castillo de naipes.
El muchacho aulló victorioso en dirección a Diop. Éste se aproximó entre risas.
—¿Tienes una cuerda? —preguntó Alpha, sin soltar su presa alrededor del gollete del chivo. La sotabarba del animal se restregaba con desespero en el brazo del muchacho.
—¿Una cuerda? ¿De dónde quieres que saque una cuerda?
—El cordón de tus zapatos. Date prisa.
—Ten —respondió Diop, deshaciéndose el lazo de una de las botas.
Alpha tomó un extremo del largo cordón y ligó la pata delantera del macho con la trasera del cabrito. Luego, pasó el cabo entre el cuerpo de los dos animales y repitió la operación, pero esta vez uniendo la extremidad trasera del chivo con la delantera del lechal. Los dos rumiantes quedaron así capitulados, con sus hocicos apuntando en direcciones opuestas.
—A ver cómo se las arreglan ahora —declaró, el muchacho, con sorna.
Alpha y Diop se apartaron unos metros y tomaron asiento en la arena,
dispuestos a contemplar el espectáculo.
El lechal permaneció inmóvil, volviendo su cabeza a un lado y a otro como si no acabara de decidirse acerca de qué partido debía tomar. El macho, en cambio, berreó al aire con fuerza, escarbó con la pezuña en el suelo y arrancó con ímpetu hacia el horizonte. Al adelantar su huesuda pata abrió el anca del cabrito, arrastrándolo y haciéndolo caer. El lechal, esparrancado y visiblemente perplejo, peleó sin éxito por levantarse. El macho, sintiéndose preso, pateaba con enfado, pero sus coces se perdían en el vacío o se hundían en la arena, hasta que una de ellas fue a dar contra el costado de su compañera. Ésta reaccionó dando un brinco que no hizo sino colocarla debajo mismo del iracundo macho. En unos instantes los dos animales rodaban por el suelo, inmersos en una nube de polvo y enzarzados en un pataleo nervioso e improductivo.
Alpha se desternillaba de risa. Unas semanas antes, al mediodía, cuando las calles se hallaban desiertas, había saltado la valla de una corraliza y había gastado la misma broma a tres gallinas de cuello largo y ojos glaucos. El jaleo había sido memorable; la nube de plumas bien había valido la pena el agrio pescozón que le había propinado la dueña de las gallinas.
Pero aquel día no se divisaba en el horizonte persona alguna y, viendo que las cabras respondían al juego con la misma bobería que las gallinas, Alpha se permitió dar rienda suelta a su regocijo sin prisa alguna.
Sentado a su lado, Diop contemplaba sonriente la escena. Pero prestaba mayor atención a la electrizante vitalidad de su amigo que al cocear de las cabras. A Diop le fascinaba Alpha. El muchacho era capaz de retener el aliento ante el vuelo de una mosca. El juego más trivial cobraba en sus manos la tensión de una cuerda de guitarra. Bastaba pulsarla para verse arrastrado por su vibración. Diop tenía muchos amigos, pero sólo Alpha contaba.
* * *
Los días siguientes transcurrieron alegres y despreocupados. Babú seguía de un talante excelente y en contadas ocasiones parecía acordarse de la existencia de Alpha. Mamadou que, muy al contrario de Babú, estaba de un humor de perros, había tenido que viajar a Rosso para extraerse una muela, y Alpha aprovechó aquella tranquilidad para perderse por el bosque, encontrarse con M’Barka en la ribera del río, o hurtar panojas en el maizalde la Coopération que, luego, emboscado entre los arbustos de eyzen, asaba en el fuego.
Todo cambió la oscura tarde en que Babú, con la cabeza hundida entre los hombros, le rogó, más que ordenó, que lo acompañara a ver a Sidi Musa, el marido beidán de su prima Salkha.
Una vez en casa del beidán, en la pequeña sala que hacía las veces de despacho, después de una tensa conversación, Babú, con los ojos enrojecidos y en tono tembloroso, ordenaba a Alpha:
—Hijo, calla de una vez.
—¿Por qué? ¿Es que no ves que nos están robando las tierras? —¡Calla, te he dicho! —repitió Babú elevando la voz hasta casi convertirla en un grito. Sidi Musa contemplaba impasible la discusión que libraban padre e hijo.
—¿No dijiste que debíamos confiar en la prima Salkha? —insistió Alpha haciendo caso omiso de la orden de su padre.
El beidán permaneció indiferente también ante la mención de su esposa. Por toda respuesta se encogió de hombros con la expresión de quien ve llover pero sabe que no ha de salir de casa.
—A tu tía no la metas en esto—ordenó Babú—. Es de la familia.
—¿Ah, sí? Y si es de la familia, ¿por qué no está hoy aquí? ¿No afecta esto a su familia? —exclamó Alpha, sonrojándose de rabia al tiempo que dirigía una furibunda mirada a Sidi Musa—. Padre, por Salkha cediste tus tierras a la cooperativa. Por ella renunciaste a exigir un compromiso escrito que reconociese tu propiedad, y por ella no te atreviste a alzar la voz cuando descubriste que hombres extraños trabajaban tus campos. ¿Por qué, ahora, ya no significa nada que Salkha sea nuestra prima?
—Alpha, por última vez, te ordeno que te calles —atajó Babú, esta vez con voz tenue, casi rogando. Agitó la mano en el aire con desmayada determinación. Su rostro había palidecido profundamente. El anciano sentía que las venas se le habían vaciado y que su pecho, falto de vigor, no podía ya casi inspirar el aire que necesitaba. Como una res que avanza hacia su verdugo, fijó los ojos en Sidi Musa. Éste le devolvió la mirada, imperturbable.
—Firma aquí y te pagaré lo convenido —dijo el beidán.
—No firmes, padre —insistió Alpha de nuevo—. Es una cantidad
miserable. Si Mamadou estuviera aquí no lo permitiría.
La mención de su hijo mayor hizo que el anciano frunciera el entrecejo.
—Mamadou… —murmuró con un suspiro—. Mamadou…— repitió maquinalmente. En el fondo no sabía si alegrarse o lamentarse de que todo aquello sucediera mientras su primogénito se hallaba en Rosso.
Dejando escapar un ronco soplido, puso su nombre al pie del documento que le tendía Sidi Musa. Babú no sabía leer aquel documento escrito en árabe. Aun así, adivinaba que firmarlo le abría las puertas de la pobreza, pero rehusar sólo le iba a servir para perder lo poco que aún se le ofrecía.
Padre e hijo abandonaron la casa sin prestar atención a las afectadas palabras de despedida del beidán. En el pequeño patio que hacía las veces de vestíbulo jugaban las hijas de éste. Al verlos pasar, las niñas les saludaron cariñosas. Ellos, sintiendo un peso en el estómago, alzaron la mirada al cielo y apretaron el paso.
La tarde había comenzado a caer. Caminaban calle abajo. Babú se mantenía obstinadamente callado, en apariencia sordo a los reproches de Alpha. Al fin atajó sus imprecaciones con mal disimulada cólera:
—¡Basta ya de monsergas! Es la ley. La nueva ley, y hay que acatarla.
—¿La ley? Es una ley hecha por los beidanes y que sólo a ellos beneficia.
—Hijo, la vida te enseñará… —musitó entre dientes Babú, reprimiéndose la rabia.
—Quizás sí —respondió con acidez el muchacho—. Pero, de momento, sólo tengo quince años.
—Ya lo hará. La vida siempre lo hace. Tarde o temprano. Y, entonces, o te resignarás o te romperás el espinazo.
—Padre, yo nunca permitiré que me humillen. Ni cuando sea anciano.
—¿Ah, no? —exclamó, dirigiéndole una mirada encolerizada—. ¿Eres mejor que yo?
—Yo no he dicho eso —respondió Alpha en tono de disculpa—. Pero no pienso arrastrarme mientras me roban las tierras.
—No me arrastro. Me resigno. Arrastrarse es una debilidad, resignarse una virtud.
—¿Una virtud?
—Sí. Una virtud —respondió Babú, haciendo un esfuerzo por sobreponerse a la ira sorda que le embargaba. Guardó un largo silencio mientras pasaban frente a un grupo de hombres reunidos bajo un farol. Nubes de insectos zumbaban alrededor de la lámpara—. La resignación es necesaria para
acomodarte al hueco que te deja la vida— dijo por fin.
Babú caminaba encorvado, más por costumbre que por edad. Sin embargo, algo dentro de él había cambiado. En el aliento de su hijo, en el nervio de sus palabras, reconocía la energía que él había perdido. Al cabo de unos pasos, se volvió hacia Alpha. Lo contempló con una apreciativa mirada que sorprendió al muchacho, y dijo:
—Alpha, hijo, vivimos en las puertas del desierto. Y, en el desierto, nadie espera que se le reconozca nada. Sólo se puede aspirar a sobrevivir. La serpiente se come a la rata, la rata devora la brizna de hierba que se aferra a la gota de humedad, y ésta se agarra al grano de arena para que el calor no la arrastre a la atmósfera.
—Padre, ha de haber una manera de resistirse a lo que sucede.
—No. No podemos torcer el destino.
—¿Por qué no? Las tierras son nuestras, y hemos de luchar por ellas. —Las decisiones se toman lejos de nuestro alcance. Además, tampoco es de buen creyente desear cambiar lo que Dios ha decidido.
—Pero, padre, ¿quién te quita tus tierras? ¿Las leyes de Dios, o las de los beidanes?
—Leyes… Las leyes son convenciones, instrumentos para decidir el destino. Y el destino está en manos de Dios.
—Los beidanes no piensan como tú. Y también ellos son musulmanes.
—Allá con su alma. La misma avaricia que les lleva a desoír la palabra de Dios los acabará condenando. La corrupción no es pecado menor que el robo.
—Hamdy, el frutero, dice que los beidanes encarnan el mal.
—El mal…
—¿No es cierto?
—No, no es cierto.
—¿No?
—Hijo, el mal no existe.
Un golpe de viento les llenó la cara de arena. Babú se restregó los ojos enrojecidos.
Alpha le dirigió una mirada cargada de perplejidad.
—¿Cómo que no existe? El Profeta dijo que nos guardáramos del mal y que nos apartáramos de aquellos que lo promueven.
—El mal no es más que la imagen que nos formamos del contrario. No se sustenta en nada que puedan tocar tus dedos. La maldad de nuestros
enemigos sólo la percibimos nosotros. Odias a los beidanes porque eres un halpulaar, y ellos te odian a ti precisamente por el mismo motivo. Cuando perteneces a un grupo, vives los odios del grupo.
Alpha tenía la mirada perdida en el vacío y los puños apretados.
—Padre, no puedo creer que odie algo que no existe.
—Odias, igual que amas, una imagen. Y una imagen es mucho más poderosa que una persona. Por eso continuamos odiando a una persona, o amándola, después de muerta.
—Muertos... ¡Ojalá estuvieran todos muertos! —replicó Alpha, alzando la voz.
—¡No digas eso, insensato! Aunque los beidanes desaparecieran de la faz de la tierra, tu odio perviviría. Nunca podrás matar algo que no existe más que en tu cabeza.
Babú, con el ceño fruncido con severidad, miró fijamente a Alpha.
Esperaba una respuesta. Pero el muchacho no profirió palabra alguna.
Seguía con la mirada abandonada en un horizonte que Babú no podía alcanzar.
En la lejanía resonó el motor de un vehículo. A Alpha le temblaron los labios. Detrás de ellos se oía el rumor del río, que descendía curso abajo cargado de peces muertos, árboles mutilados y lodo corrompido.
El muslo abierto le escocía de nuevo. ¿Quedaría como el hijo de Boubacar, que ya nunca sirvió para nada y todos le compadecían? No deseaba la piedad de las mujeres. Pero el hijo de Boubacar no había podido elegir.
¿Habría de sufrir él también la amargura del vencido? Se pasó la mano por el muslo. Ardía. Pero la piel alrededor de la herida estaba fría e insensible al contacto de la mano. Las yemas le quedaron impregnadas de una viscosa humedad. ¿Habitaba ya en su miembro la larva que devora la carne, el ser infecto que vive de la muerte? Alpha sabía que, si no desinfectaba la herida, sólo era cuestión de tiempo que la bestia acabara venciendo. Él había crecido mirando hacia el horizonte. Pero ahora sentía el gusano retorcerse en el miembro muerto.