El anillo de luz

Geronimo Stilton · Capítulo 16 de 30

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El anillo de luz

Parte tercera. Una nueva alianza

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EL PLAN

 

ÁS allá de la niebla que Brujaxa había creado alrededor de la muralla y el foso, el castillo se erguía imponente con su silueta oscura y sus torres en forma de garra. Cada mañana a aquella hora, desde su refugio al pie de las

montañas, Sombrío lo veía surgir entre los vapores de la tierra de las brujas, amenazándolos a ellos y a todas las regiones del Reino de la Fantasía.

Los esclavos rebeldes habían levantado su campamento en la falda de las Montañas Muertas. Estaban delgados, débiles y desesperados, pero precisamente a causa de aquella desesperación eran más fuertes: luchaban por la libertad y por nada del mundo renunciarían a ella. Y la llegada de aquel elfo montado en un dragón les había devuelto la esperanza en un futuro mejor. Un futuro en el que cada uno de los pueblos del Reino de la Fantasía pudiera vivir en libertad y paz.

De todos modos, Sombrío estaba convencido de que lo peor estaba aún por llegar. Él y Colamocha no habían participado en los últimos asaltos al castillo organizados por Brazofort, pero habían patrullado por las inmediaciones del campamento para cubrir la huida de los prisioneros y asegurarse de que los dragones negros no les cayeran encima de improviso. Entre tanto, Stellarius había lanzado un encantamiento reflectante que camuflaba el lugar y lo ocultaba incluso a los ojos de los crepusculares. Las escamas de dragón negro que él y Pavesa habían recogido le habían permitido no sólo hacer más duradero el encantamiento, sino también aumentar su efecto y extenderlo así a toda la zona circundante y a todas las personas que se movían en ella, algo que, de otro modo, habría requerido un esfuerzo excesivo del mago y lo habría debilitado demasiado de cara al enfrentamiento con Brujaxa.

Los rebeldes se afanaban en los preparativos para la batalla: bajo la experta batuta de Corazón Tenaz y Brazofort, se estaban levantando empalizadas y abriendo fosos que, como mínimo, estorbarían el asalto del Ejército Oscuro.

Sí, los rebeldes habían formado un equipo unido, organizado y solidario, pero Sombrío sentía que se acercaba el momento en que debería enfrentarse a Brujaxa él solo. A todas horas, día y noche, percibía una especie de llamada procedente del castillo. El cetro que quería destruir se hallaba allí. Y también Spica.

Pensativo, aferró su espada, aquella Veneno capaz de matar incluso a los

caballeros sin corazón, y agitó la empuñadura. El trino de las hadas dejó oír su sonido mudo en el aire.

Colamocha acercó el morro, como si quisiera

ofrecerle consuelo. Sombrío apoyó la mano en sus relucientes escamas azules y lo acarició.

De la silla del dragón colgaban unos guantes

acorazados un poco gastados, pero todavía enteros que habían sido de Brazofort.

—Eh, Sombrío —dijo Régulus tímidamente,

acercándose a su amigo e interrumpiendo el curso de sus pensamientos—, ¿va todo bien?

Sombrío esbozó una sonrisa.

—Sí, nadie a la vista por ahora. ¿Por qué?

Del campamento a sus espaldas llegaban el

débil sonido de las hachas con que los rebeldes cortaban la madera para hacer flechas y arcos que luego Stellarius encantaba para volverlos más seguros y potentes; otros, por su parte, tenían encomendada la tarea de recoger y seleccionar las piedras más grandes, que la magia del mago transformaba en piedras explosivas.

—En realidad —siguió diciendo Régulus—, Robinia y yo estamos un poco preocupados por ti. Siempre estás aquí solo, con esta bestia… A propósito, ¿crees que puedo acercarme sin peligro? —preguntó, echándole una ojeada a Colamocha.

—Sí. Empieza a acostumbrarse a la gente, pero por seguridad no hagas movimientos demasiado bruscos —le dijo Sombrío, invitándolo a sentarse a su lado.

Régulus suspiró y miró a lo lejos, hacia el castillo.

—¿Cuántas semanas van ya…, tres? —le preguntó Sombrío.

Régulus lo captó al vuelo. Su amigo quería decir tres semanas desde que se habían llevado a Spica.

—Sí, más o menos —respondió. También su expresión se volvió taciturna y triste —. Seguro que nos está esperando en alguna de esas torres. Mirará fuera y pensará en nosotros. Y no dudo de que está bien.

Sombrío asintió, serio.

—Yo también lo creo. —Luego le preguntó a su amigo—: ¿Cómo van con el adiestramiento y las pociones?

Porque, mientras no estuviera todo listo, hasta en los menores detalles, él no podría partir. Como en respuesta a la pregunta, la voz de Robinia los llamó desde más abajo:

—¡Venid, chicos! ¡Stellarius nos llama!

Fósforo saltó del hombro de la elfa forestal y corrió por la pendiente rocosa, con lo que atrajo la atención del enorme dragón azul. El dragoncito plumado llegó hasta los chicos y, con aire irreverente, le rugió en la cara a Colamocha, escupiendo sus chispas verdosas.

El gran dragón movió su escamoso cuerpo para mirarlo mejor, bufó y Fósforo le saltó al cuello en un simulacro de ataque.

Robinia gritó algo e hizo ademán de acercarse, pero Sombrío la detuvo con un gesto. En ese instante, Colamocha rugió afablemente y se dejó caer de espaldas en el suelo, como si se rindiera ante el ataque de Fósforo.

—¡Si no lo veo, no lo creo! —Manifestó un pasmado Régulus.

—Están jugando —sonrió Sombrío, que ya los había visto hacerlo otra vez.

Colamocha se incorporó gimiendo, y Fósforo le saltó al lomo y luego trepó hasta la cabeza. Sombrío se echó a reír y añadió:

—Stellarius dice que Colamocha es poco más que un cachorro. Todavía tiene que crecer unos veinte metros, y para eso aún le faltan muchos años.

—¿Veinte metros? —se asombró Robinia.

—¿Y cuánto tardará? —preguntó Régulus.

—Unos cuatrocientos años, creo. Los dragones azules pueden llegar a medir noventa o cien metros, incluida la cola, evidentemente —explicó Sombrío. Luego se levantó y dijo—: Ahora, vamos. Si Stellarius quiere vemos, es mejor no hacerle esperar.

 

Los fuegos mágicos encendidos por el mago en el campamento formaban, vistos desde la lejanía, una gran nube de puntitos luminosos que destacaba en la oscuridad violácea del Reino de las Brujas, pero gracias al encantamiento reflectante nadie salvo ellos podía ver qué había tras ellos.

También Pavesa miraba admirada aquellas luces. No recordaba haber visto en su vida nada más bonito que la esperanza que animaba aquel campamento de refugiados y guerreros. Tal vez de verdad fuera posible que todos ellos recuperaran la libertad. Quizá había realmente un futuro para ella.

Robinia se le acercó por la espalda y la llamó:

—Stellarius quiere vemos.

Con ella estaban ya Sombrío y Régulus. Cuánto valor habían demostrado aquellos jóvenes elfos procedentes de mundos tan lejanos, yendo hasta allí para combatir a las brujas y sus pérfidos servidores. ¿Por qué lo hacían? A fin de cuentas, ellos provenían de un reino en paz. ¿Cuántas semillas de libertad y justicia habrían plantado ya en su camino sin darse cuenta?

Pues bien, ella debía encontrar el valor de hacer lo mismo. Porque, lo sabía bien, el momento de la verdad se acercaba minuto a minuto. El momento que la conduciría de nuevo al interior del castillo de Brujaxa, aquel mismo castillo donde el terror la había aplastado y oprimido durante gran parte de su vida.

Pero esta vez lucharía contra el miedo. Porque ahora no estaba sola. Había otros que, como ella, habían conocido la esclavitud y que le infundían el coraje para rebelarse contra las injusticias y luchar por lo que creía mejor: ¡un mundo libre del Mal y de la oscuridad!

Suspiró mientras pasaban entre los grupos de elfos y gnomos que construían catapultas para lanzar las piedras explosivas contra las tropas enemigas; algunos cortaban gruesos troncos, otros anudaban sogas, otros más forjaban clavos y tomillos. Cada uno de ellos había rescatado del fondo de su memoria la habilidad y los conocimientos que años de inactividad sólo habían empañado y que el deseo de libertad había vuelto a sacar ahora a la luz.

El grupo de amigos llegó por fin hasta el mago, que estaba sentado en compañía de los dos caballeros. Frente a ellos estaba desplegado el mapa del Reino de las Brujas, en él no sólo estaban representados los emplazamientos de los campamentos enemigos, sino también la disposición de las fuerzas oscuras alrededor del castillo, los depósitos de armas, los pasos seguros para cruzar el pantano y los caminos del desierto.

—Muy bien, ya estamos todos. —Los recibió Stellarius, levantando los ojos hacia ellos—. Estábamos poniendo a punto la estrategia. Mirad este mapa con atención.

El castillo de Brujaxa aparecía como un gran punto oscuro en el lado derecho del mismo. A sus pies, delimitados al norte por las Tierras Desoladas, al oeste por el Pantano Negro y al sur por el Desierto Despiadado, se encontraban los Campos de las Brujas y los Huertos de la Reina, donde antes trabajaban los esclavos ahora liberados.

Próximo también al palacio real se veía un valle rocoso salpicado de fuentes, denominadas en el mapa Fuentes Rabiosas; allí nacía el río de la Melancolía, que bañaba las tierras de las brujas. Más al sur, se extendía el Bosque de las Pesadillas, la floresta que habían atravesado Stellarius y Pavesa a su llegada a aquel reino, mientras que, hacia la costa, podían reconocerse canteras y minas.

—Brazofort —dijo el mago—, ¿quieres explicarles a todos cuáles son nuestros objetivos?

—Con mucho gusto —respondió el anciano caballero, que parecía haber recobrado su antiguo vigor. Se aclaró la voz y dijo—: En primer lugar, como sabéis mejor que yo, nuestro objetivo es destruir el cetro oscuro, porque sólo así tendremos alguna esperanza de vencer a las tropas enemigas y derrotar a Brujaxa —explicó, mirando a su compañero de armas.

Corazón Tenaz asintió y dijo:

—Fue precisamente el cetro lo que devastó la isla de los Caballeros, donde eran adiestrados los antiguos caballeros de la rosa; todos los que vivían en ella acabaron convertidos en piedra o muertos. Stellarius no se equivoca al sospechar que el desmedido poder de esa arma está generado por uno de los perdidos anillos de luz. Se trata, casi con toda seguridad, del que la reina Floridiana había confiado a nuestro general supremo. Y su traición se debe al imprevisto e irreductible poder de Brujaxa.

—¿Cómo sabes todo eso? —preguntó Robinia.

—¿Para qué creéis que serví a los hombres lobo en el Reino de los Bosques, haciéndome pasar por un cazador de dragones? Para salvar a cuantos elfos pudiera, pero también, y sobre todo, para descubrir qué había causado la derrota de los caballeros de la rosa… Sospechaba que en el origen de todo había una traición, y no me equivocaba. Stellarius me lo ha confirmado al exponerme sus suposiciones sobre el anillo de luz. Solamente pudo ser Altomar quien se lo entregara a Brujaxa; él, como general supremo, se encargaba de custodiarlo. Precisamente para encontrarlo he venido aquí. Y ése será mi cometido: enfrentarme a Altomar y derrotarlo.

—Entre tanto —prosiguió Brazofort—, nosotros tendremos que intentar entrar en el castillo para destruir el cetro.

—Sí, y tenemos que hacerlo en secreto —añadió Stellarius.

—Yo conozco un pasadizo, si así se lo puede llamar… —dijo Pavesa titubeando, mientras todos se volvían para mirarla—. Lo descubrí cuando huía del castillo. Estaba escondida en un carro de provisiones y oí al orco que lo conducía contar que aquel día lo habían llamado para reparar una pérdida de agua en los sótanos. Así me enteré de que existe una red de conductos y un complejo sistema de tuberías que recogen el agua de algunos manantiales para llevarla al interior del castillo.

—¡Es justo lo que necesitamos! —celebró Régulus.

—Espera —continuó diciendo Pavesa—, no he terminado de contaros lo del orco. A uno de sus compañeros lo habían mandado a comprobar los daños y no había vuelto. Y no sólo eso, de vez en cuando, se oían resonar chillidos desgarradores entre aquellas paredes de piedra. Ninguno de ellos había tenido el valor de aventurarse por aquellos pasillos oscuros para localizar la avería y habían tenido que llamar a las brujas para resolver el problema. Sólo más tarde, el orco supo que la red de tuberías pasaba por encima de los Hondos Fosos.

—¿No son a los que tiraron a tus compañeras aprendices cuando estabas en el castillo? —recordó Robinia temblando de horror.

Pavesa tragó saliva para contener las lágrimas que acudían a sus ojos ante aquellos tristes recuerdos y asintió:

—Sí, ahí es donde terminan las brujas que se oponen a Brujaxa. Por algo los llaman los Pozos de las Brujas. Y es imposible salir con vida de ellos.

En el silencio que siguió a esas palabras, la voz de Stellarius sonó más dura que nunca:

—Pero son nuestra única posibilidad. Tenemos que intentarlo.

La muchacha abrió mucho los ojos, aterrorizada sólo de pensarlo. Iba a replicar, pero se contuvo, sabía que el mago tenía razón. Suspiró pues y trató de recordar toda la información que pudiera serles útil en aquella misión que a ella le parecía tan imposible.

—Aún hay otro problema. El agua que es conducida dentro del castillo procede de las Fuentes Rabiosas. Eso significa que allí se encuentra la entrada a la red de tuberías. Pero allí están también los nidos de las cucarachas gigantes.

—¿Las qué…? —exclamó Robinia con un escalofrío.

—Son criaturas acorazadas extremadamente sensibles a las vibraciones del suelo. Advertirían enseguida nuestros pasos y nos atacarían, nos devorarían —explicó Pavesa meneando la cabeza.

—Hum, en ese caso, necesitamos fuego… —reflexionó Stellarius.

—¡Colamocha! —exclamó entonces Sombrío.

—Exacto. —Estuvo de acuerdo el caballero—. Su soplo puede destruir en un instante uno o más nidos de cucarachas gigantes. Eso sin contar con que, volando, alcanzaríamos las Fuentes Rabiosas en pocas horas.

—Luego deberemos confiar en alguien que conoce muy bien el castillo y sus corredores —dijo Stellarius mirando a Pavesa a los ojos.

La joven del pueblo de los enanos grises dudó un instante y luego afirmó con la cabeza.

—Hay otra cosa —añadió serio el mago—. Es conveniente que en el castillo de Brujaxa entren solamente dos personas. Si fuesen más, correrían el riesgo de ser descubiertas.

Al oír esas palabras, Régulus se puso en pie de un salto y lo interrumpió.

—¿Nos estás diciendo que no podemos ir?

—¿Que tendremos que dejar solos a Sombrío y Pavesa? —añadió Robinia.

—Deben ir solamente ellos —ratificó el caballero, escueto, mirando fijamente a Sombrío.

—¡No! ¡Nosotros debemos ir con él! —gritó Régulus con rabia.

—Spica es mi amiga y está prisionera ahí dentro, y yo… no me quedaré aquí escuchando, de brazos cruzados, estas tonterías —protestó Robinia.

—¡Ya basta! —Los hizo callar Stellarius

levantando imperativo la mano—. ¿Es que

no confiáis en Sombrío?

Guardaron silencio, avergonzados.

—No es eso y tú lo sabes —murmuró

luego Régulus, mirando a su amigo.

Éste le devolvió la mirada y le puso una

mano en el hombro.

—Lo sé. Pero no tenemos otra opción.

También yo preferiría que fuésemos todos

juntos, pero es verdad que, cuantos más

seamos, más nos arriesgaremos a que nos

descubran.

—Bien dicho —asintió Brazofort—. Y,

además, os necesitamos aquí.

—Cada uno tendrá un cometido muy

preciso que desempeñar —explicó Stellarius

— y todos son fundamentales para el éxito del plan.

—Veamos pues: en primer lugar. Sombrío tendrá que ceder su silla de montar y las riendas de su dragón a nuestro amigo —empezó a decir Brazofort palmeándole la espalda a Corazón Tenaz, que estaba junto a él.

—¿Cómo dices, Brazofort? —preguntó muy preocupado el joven elfo—. Pero si Colamocha justamente acaba de aprender a fiarse de mí… Podría llegar a ser extremadamente peligroso.

El caballero cruzó los brazos y sonrió levemente.

—Correré el riesgo. Igual que tú, tus amigos y los esclavos libertados correréis riesgos; todos estaremos en peligro, pero vale la pena. —Luego añadió—: No podemos renunciar a tu dragón, muchacho. Es nuestro recurso más valioso. Pero tenemos que utilizarlo bien. Recuerda, además, que fui un caballero de la rosa y que, por tanto, sé muy bien lo que es cabalgar en un dragón azul. Tienes mi palabra de que lo trataré con el respeto que merece, pero necesitaré tu ayuda para ganarme su confianza. Ningún dragón que haya elegido a su caballero se dejaría montar por otro sin su permiso.

Sombrío asintió con un nudo en la garganta. Sí, sabía que el caballero estaba diciendo la verdad: en el poco tiempo que habían pasado juntos, le había revelado algunos secretos del vuelo y era evidente el respeto que sentía por Colamocha.

—Te lo confío —le dijo con decisión—. Así pues, serás tú quien nos acompañe a las Fuentes Rabiosas.

Corazón Tenaz asintió:

—Sí, os dejaré allí y traeré a Colamocha de vuelta al campamento.

—A partir de ese momento, os daremos un día de tiempo para entrar en el castillo —prosiguió Stellarius dirigiéndose a Sombrío y Pavesa.

—Luego —añadió Brazofort— entraremos en acción nosotros también. Atacaremos el castillo para cubriros y hacer creer a Brujaxa que nuestra intención es vencer a su ejército. Este mapa indica los puestos enemigos y nos permitirá golpearlos con eficacia. Nos dividiremos en grupos y nos situaremos aquí, aquí y aquí —dijo, indicando los lugares sobre el mapa.

—Mientras, nosotros nos encargaremos del cetro de la Reina Negra —comentó Sombrío, pensativo.

—Y yo tendré la oportunidad de saldar una cuenta pendiente con Altomar — masculló el caballero.

—Una vez destruido el cetro, acordaos de recuperar el anillo de luz, porque si quedara en manos de Brujaxa, todo sería inútil —dijo Stellarius—. En ese momento te tocará a ti, Pavesa, hacer ese pequeño encantamiento que te he enseñado.

—¿El crecimiento de semillas? —preguntó ella.

—Sí, semillas de hiedra negra.