El anillo de luz

Geronimo Stilton · Capítulo 22 de 30

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El anillo de luz

Parte cuarta. La guerra por el cetro

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RABIA Y ORGULLO

 

ESPUÉS de dejar a Sombrío y Pavesa al borde del valle de las Fuentes Rabiosas, Corazón Tenaz había vuelto al campamento de los prisioneros rebeldes y se había acercado al fuego para comer algo.

—¿Todo ha ido bien? —le preguntó Régulus.

El caballero asintió, serio.

Aquella mañana, la niebla que rodeaba el castillo se había extendido enormemente, engullendo las zonas circundantes. De vez en cuando, los rebeldes alzaban los ojos a la sombra amenazadora que despuntaba por encima de aquella barrera lechosa y sentían escalofríos de terror.

También Régulus, aunque trataba de mostrarse valiente, se sentía encogido por el miedo.

Corazón Tenaz le dirigió una mirada preocupada.

—Tranquilo, los he dejado donde debía. Los rayos de Colamocha deben de haber despejado la zona de la mayor parte de cucarachas gigantes.

—Tal como lo dices, parece fácil… —saltó Robinia, que estaba sentada junto a su amigo—. ¡No comprendo cómo puedes estar aquí, mano sobre mano, cuando Sombrío y Pavesa probablemente dentro de poco tengan que enfrentarse solos a Brujaxa en persona!

Aquel elfo nunca le había gustado. Quizá porque, cuando lo había visto por primera vez, en su reino, estaba en compañía de caballeros sin corazón y se hacía pasar por un aliado del Ejército Oscuro. También ahora que había revelado ser uno de los desaparecidos caballeros de la rosa y se había ganado la confianza de todos, Robinia seguía suspicaz. No se fiaba del todo de él, aunque Régulus y Sombrío, en cambio, fueran menos desconfiados que ella.

—Por desgracia, por ahora sólo podemos esperar y preparamos para la batalla — respondió el caballero—. Créeme, también yo estoy preocupado por Sombrío.

—Sí, ya imagino lo preocupado que estás… —comentó la chica irónicamente.

Antes de que Robinia pudiera terminar la frase, Régulus le rozó un hombro para tratar de calmarla.

—Robinia, no me parece el momento…

—¿El momento de qué? —estalló ella de pronto—. ¿De decir lo que pienso?

—Muchacha —dijo con seriedad Corazón

Tenaz sin alzar la voz—, tu valor y tu ímpetu pueden ser cualidades positivas, pero si no aprendes a controlarlas, no te traerán nada bueno. Actuar impulsivamente no sirve de nada, ni en tiempos de paz ni de guerra. Si actúas guiándote solamente por el deseo de desahogar tu rabia y tu sensación de impotencia, sin pensar estratégicamente, nos llevarás a todos al fracaso. A Régulus, Sombrío, Spica, Stellarius…, a todos. Si te digo esto no es para herir tus sentimientos, sino para salvarte la vida. Y no sólo la tuya. Recuerda que de tus acciones depende también la vida de los demás. Y tienes mayores responsabilidades respecto a los otros que a ti misma. Piensa en ello y demuestra ser digna de esta misión, porque no tendremos una segunda oportunidad. Ninguno de nosotros.

Luego se levantó y se fue.

Robinia se quedó sentada en silencio, con la mirada fija en el suelo y los puños apretados por la rabia y la vergüenza de saber que estaba equivocada. Fósforo saltó a sus rodillas y le lamió una mejilla.

Al poco. Régulus suspiró y dijo:

—Bueno, tú te lo has buscado. ¿Se puede saber qué te ha dado? ¡Lo has atacado como si fuera un enemigo!

—No lo sé —murmuró ella apoyando la cabeza en el lomo de Fósforo—. Estoy cansada y quedarme sin hacer nada me pone nerviosa.

Régulus la miró y, al cabo de un instante de duda, la abrazó cariñosamente.

—Piensa en cuando todo esto haya acabado: volveremos a casa y entonces te llevaré conmigo a visitar el Reino de las Estrellas, te lo prometo. Verás la Atalaya y bailaremos en la Fiesta de Mediados del Invierno, visitaremos el mercado real y la corte de Estrelláurea. Contemplarás los campos cultivados que se extienden hasta donde se pierde la vista, bajo un cielo tan azul como no has visto nunca…, y podrás ver las estrellas bailar alegremente sobre los bosques de arces.

Robinia estaba tan fascinada que no pudo decir nada. Lo miró tímidamente y luego apoyó la cabeza en su hombro, con la mirada fija en el débil fuego de la hoguera.

—Sí, debe de ser bonito —murmuró por fin—. Me gustaría ver todas esas cosas.

—Las verás —dijo él, y sus palabras tenían la fuerza de una promesa—. Piensa en ello cuando tengas miedo. Yo también lo haré. Y así lo lograremos.

La noche cayó enseguida y Stellarius, Brazofort, Corazón Tenaz, Régulus y Robinia se reunieron frente al fuego para repasar por última vez el plan que habían ideado.

 

Cada uno de ellos guiaría un escuadrón de exesclavos bien armados. Su propósito era mantener ocupadas a las tropas de Brujaxa, distrayéndolas para facilitar que Sombrío y Pavesa pudieran entrar en el castillo y buscar el cetro oscuro. Sería duro, ni mucho menos había que dar por descontada la victoria, pero era fundamental poder resistir el mayor tiempo posible, y todos eran conscientes de ello.

Los rostros se veían ensombrecidos mientras Stellarius resumía el cometido de cada cual. Cuando empezó a hablar, tenían el mapa extendido delante, lleno de signos mágicos. De repente, pareció cobrar vida y empezó a colorearse ante sus ojos.

—Como todos sabéis bien, no podemos permitimos librar una batalla en campo abierto —empezó a explicar Stellarius—. Somos pocos, mientras que las tropas de Brujaxa son muchas y bien entrenadas. La niebla detrás de la que se esconde nos dice que está preparando la ofensiva y que no quiere ser descubierta. No tenemos muchas armas. Y en cuanto a los caballeros sin corazón, sin la espada de Sombrío ninguno de nosotros tiene posibilidad alguna de derrotarlos. De todas formas, tendremos que ser capaces de mantener a raya al Ejército Oscuro durante un tiempo. Gracias a la magia y a las pociones que hemos preparado, disponemos de flechas incendiarias, flechas de juncos mágicos y piedras explosivas. Y también tenemos un dragón azul, enorme, ágil y muy enfadado con las criaturas que lo torturaron durante tanto tiempo, antes de que Sombrío lo liberara. Además, haré aparecer falsos caballos y caballeros que engañarán a Brujaxa haciéndole creer que somos más numerosos de lo que en realidad somos. Hizo una breve pausa para tomar un poco de aire y, apoyando la mano en el mapa, continuó:

—Así daremos tiempo a Sombrío y Pavesa para hacer vulnerable a la reina. Pero debemos tener cuidado de no asustarla más de la cuenta, o recurrirá a su cetro demasiado pronto y eso haría vano el esfuerzo de nuestros amigos. Mañana por la mañana, antes de que amanezca, dispondré mis formaciones de falsos jinetes frente a los Campos de las Brujas, en la explanada de las Tierras Desoladas. Tú, Brazofort, estarás con tus hombres en las estribaciones de las orillas del Pantano Negro y tú, amigo mío —le dijo a Corazón Tenaz— te situarás en el lado opuesto, en las laderas de las Montañas Muertas.

A estas palabras del mago, dos cruces parpadeantes aparecieron en el mapa en los puntos indicados. Stellarius prosiguió entonces:

—Aclararé la niebla con mi bastón encantado y, en cuanto el Ejército Oscuro venga al encuentro de mis tropas fantasma, empezará la batalla propiamente dicha. Provocaré una lluvia de hielo ardiente que bastará para que los batallones sufran las primeras pérdidas, luego empezaré a retirarme hacia las montañas. Y aquí vuestra

intervención será decisiva: en cuanto los enemigos superen la cerca de los Huertos de la Reina y los Campos de las Brujas, vosotros dos —dijo, volviéndose hacia Brazofort y Corazón Tenaz— dispararéis las flechas de juncos mágicos. Pero ojo, no debéis herir a los enemigos, sino clavar las flechas detrás de ellos. De ese modo, murallas de plantas crecerán en el acto tras las tropas y entonces será el momento de emplear las flechas de fuego que, al incendiar los juncos, levantarán barreras de fuego entre el Ejército Oscuro y el castillo, enturbiando el aire con su humo. En ese momento, las tropas de Brujaxa, sin posibilidad de volver atrás, se verán obligadas a avanzar hacia las montañas y se meterán en esta garganta —de nuevo se iluminó un punto en el mapa—, donde las esperan las cuatro

catapultas cargadas con piedras explosivas. Aquí serán blanco del fuego cruzado de flechas y lanzas explosivas de Robinia y su grupo, que se colocarán en esta parte, poco más arriba que las tropas del caballero, y de Régulus y los suyos en el lado opuesto. En ese momento, al no poder enviar ayuda por tierra, Brujaxa probablemente mandará a sus dragones.

—Las tropas aladas serán cosa mía, de Stellarius y de tiradores elegidos, emplazados en las cimas más altas de las montañas —intervino Corazón Tenaz—. Los otros seguirán atacando a los enemigos de tierra.

El mago asintió.

—¿Cómo sabremos si Sombrío y Pavesa lo han conseguido? —preguntó Régulus.

—¿Y se puede saber cuándo intentaremos tomar el castillo? —añadió Robinia—. Nunca ganaremos la guerra si permanecemos en las montañas.

—En cuanto Sombrío y Pavesa hayan destruido el cetro —explicó Stellarius—, las nubes que envuelven estas tierras desaparecerán, así como también la sensación de opresión que todos nosotros experimentamos. Y si Pavesa consigue llevar a cabo el plan que le he sugerido, no habrá necesidad de tomar el castillo, ¡porque él solo se derrumbará bajo la presión de la hiedra negra!

—Sí, pero… —objetó Régulus—, si el castillo se derrumba, ¿qué será de nuestros amigos y de Spica?

—Ellos ya estarán fuera —dijo Corazón Tenaz— y, si no lo estuvieran, yo volaría a recogerlos aunque tuviese que atravesar una formación entera de dragones negros.

El chico lo miró y asintió. Era lo que quería oír.

Luego, todos se levantaron para llevar a cabo los últimos preparativos antes de la batalla.

—A todos, buena suerte —dijo Corazón Tenaz antes de ir a reunirse con sus soldados y el dragón—. Juntos recuperaremos la libertad para nosotros, las tierras ocupadas y Floridiana.

—¡Por Floridiana! —repitieron todos alzando los puños en un último saludo.

Pocas horas más tarde, antes de que saliera el sol, sin necesidad de decirse nada más, cada uno de ellos se apresuró a partir hacia su posición.

Stellarius, a lomos de un corcel negro obra de un encantamiento, levantó su bastón y murmuró unas oscuras y poderosas palabras: piedras y granos de arena se alzaron de la tierra como en un torbellino y, guiados por su magia, se agolparon para formar mil guerreros armados hasta los dientes, vigorosos y relucientes en sus armaduras.

 

Todos se quedaron mudos de asombro ante aquel maravilloso hechizo.

Colamocha rugió débilmente y abrió sus alas con un movimiento lento, como si él también quisiera rendir homenaje al mago.

Luego, cada uno corrió al encuentro de su destino.