El astrónomo
Capítulo 4
4
Welfos y gibelinos
1
Cartagena era la puerta de Castilla al mar. Pertenecía al Protectorado de Murcia, antiguo reino moro, y el rey Alfonso tenía intención de beneficiar a la villa con la dispensa del impuesto del ancoraje a los mercaderes, para desarrollar su impulso mercantil e incrementar la intervención cristiana en los asuntos internos del Protectorado. Desde esa ciudad, cristianos, moros y judíos traficaban con toda clase de productos: aceite, especias, trigo, harina, fruta, cuerdas y esparto.
Las instalaciones del puerto eran sencillas, constaban de un muelle para el atraque de las embarcaciones y varios almacenes para depósito de mercancías. Se estaba construyendo un castillo en el punto más alto de la ciudad, donde antes se asentaba la alcazaba mora.
Nos despidieron tres funcionarios reales, el clavario, a cuyo cargo estaba la custodia y defensa del puerto, un escribano y un corredor, intermediario que cobraba una comisión por cada transacción mercantil para el rey. Subh, que había insistido en acompañarme, porque, según ella, hubiera muerto de hambre y suciedad por el camino sin una cocinera que preparase potajes y una atenta esclava que lavara y remendase la ropa, se despidió con gritos y lloros, y juró mil veces por Alá que cuidaría de la casa hasta mi regreso. También dijo que no sabía nada de la vida ni de las mujeres, porque pensaba como un niño, y que intentaría suavizar las relaciones con los Aboacar.
Me sentía cohibido por aquella mujer, que se atrevió a besarme en la boca para guasa de marineros y estibadores del puerto.
El viaje por mar fue tranquilo, y solo una vez se preparó para el combate a las tripulaciones de la flotilla, al divisar velas triangulares en el horizonte.
—No temáis, excelencias —dijo el capitán—. Los piratas tunecinos jamás atacan a las galeras, más pesadas que sus navíos ligeros y maniobreros.
Las dos galeras aragonesas que nos protegían eran embarcaciones de combate birremes y alargadas, impulsadas por remeros, esclavos, prisioneros musulmanes y una vela cuadrada. Tenían capacidad para transportar una notable cantidad de tropas y desembarcarlas con facilidad en cualquier parte de la costa que no fuera rocosa.
Navegábamos en una de las ocho carracas genovesas de la flotilla alquiladas por el rey, navíos sólidos y fiables, de gran calado, grueso mástil y vela rectangular, que se empleaban para el transporte de mercaderías, aunque tenían la desventaja del elevado coste de construcción, pobre maniobrabilidad, lentitud y discutible comportamiento ante un temporal. Viajaba con Ben Fazzam, su sirviente, el achacoso Batani, y Manfred, el capitán de la guardia que nos había recibido en el Alcázar, cuya misión era que la embajada llegase sin contratiempos a Roma.
Cuando el capitán de navío supo que éramos astrónomos, se dirigió a nosotros y nos pidió ayuda para determinar, en el tiempo brumoso que nos acompañó durante el viaje, la posición correcta de la Polar, la estrella fija que seguía uno de los meridianos terrestres, para, una vez calculada, trazar el rumbo correcto. Disponía de un astrolabio anticuado y sabía medir la altitud y el acimut de una estrella sobre el horizonte, pero era incapaz de fijar el tiempo y la hora solar, y era ignorante sobre las características principales del instrumento. El capitán tenía un conocimiento simple y práctico, nada más. Le enseñé a utilizarlo y me estuvo muy agradecido. También le inicié en el conocimiento de la azafea, un instrumento que permite el cómputo y la observación astronómica en cualquier latitud terrestre, y se maravilló de que el hombre pudiera fabricar tales cosas. El gran maestre de Alcántara, García Fernández de Barrantes, también viajaba con la embajada; tenía buenas relaciones con el Papa, y el rey necesitaba que suavizase las conversaciones diplomáticas iniciales.
—Alfonso me ha pedido que convenza a Su Santidad de sus buenas intenciones con el fecho del Imperio —me dijo.
—El pronóstico revela la indisposición de la Iglesia con el rey. No creo que persuadáis a un hombre que quiere preservar, por encima de todo, el poder de Dios sobre la tierra.
—La Iglesia siempre estará en contra del Imperio. No pueden coexistir el poder terrenal y el poder del cielo.
—¿A qué habéis venido, mi señor?
—Mi orden tiene litigios con los templarios. Espero solucionarlos con ayuda del Papa.
—Estoy seguro de que tendréis su apoyo, mi señor.
—¿Es un augurio? —preguntó, sorprendido.
—No, mi señor, utilizo el cerebro.
—Tened cuidado, a los astrónomos inteligentes la Iglesia suele encerrarlos en una mazmorra —profetizó.
Llegamos a Civitavecchia. El puerto estaba dominado por dos torreones y en la entrada había un enorme edificio que databa de la época romana. Apenas había media docena de embarcaciones menores y varias de pesca. Los peones se afanaban en cargar el trigo, que se exportaba a otras partes de Italia, y en descargar vino, pescado y madera, que se enviaban hacia el interior.
El infante don Manuel y García Fernández supervisaron el desembarco de víveres, caballos y soldados. Un cardenal alto y delgado, vestido con una capa de seda pesada y decorada, báculo adornado de oro y piedras preciosas y un sombrero rojo de ala ancha y cordones terminados en borlas que quedaban sobre el pecho, en un lujoso carruaje, y otros cargos eclesiásticos en andas — una cubierta ligera con toldilla sostenida por varas— esperaban al arzobispo de Sevilla. También había un numeroso grupo de hombres de armas como escolta.
—Esos hombres no son soldados. —Los señaló Manfred—. Observo una falta de orden y disciplina en esa tropa —lanzó un juramento—. Creo que son mercenarios. Hemos de ir con cuidado.
—Pero algunos de ellos llevan arreos papales —observé.
—Estarán a su servicio.
El infante y el gran maestre se acercaron al cardenal, y Manfred les gritó que no se alejaran y que el país era muy traidor. Sus excelencias esbozaron una mueca y entablaron conversación con los representantes de la Iglesia.
—¿Habéis estado en Italia?
El hombretón me observó y sopesó darme una respuesta. Y contestó que de joven había estado al servicio del emperador Federico, que había combatido en el norte de Italia y comandado una banda de mercenarios alemanes en el reino de Sicilia.
—¿Sois alemán?
—Sí.
—¿De familia noble?
Soltó una carcajada interminable.
Su padre era curtidor. Un oficio duro. Trabajó con él hasta los doce años, después se escapó de casa y escogió el oficio de las armas.
—¿En qué batallas habéis luchado?
Dijo que parecía un niño, haciendo esas preguntas. Que nunca había empuñado una espada y que había combatido en Parma, Bolonia y en la batalla de Fossalta, una carnicería donde le habían hecho la cicatriz.
—Debió de ser horrible.
—Traté de salvar al hijo del emperador. Fracasé. —El hombre suspiró—. A él lo capturaron y a mí me dieron por muerto. Fue por pura suerte que pude salvar la vida.
Miró hacia el carruaje y refunfuñó:
—Y ahora me gano la paga protegiendo a esos faisanes dorados.
—¿De quién tenéis que protegerlos?
—De ellos mismos, pero aún no lo saben. —Rio y fue hacia ellos a grandes pasos, haciendo tintinear las espuelas.
Mi maestro y Batani bajaron por la escalerilla de la galera. El anciano sirviente iba encorvado, cargado con varios bultos y un baúl. Remugaba como una mula.
—¡Que un viejo tenga que ir cargado con todo! ¡Mi señor Solomon quiere matar a su fiel esclavo! ¡Se me van a romper los huesos! ¿Cómo voy a entrar en el Paraíso con los huesos molidos? ¡Ninguna de las vírgenes que me están esperando querrá yacer conmigo!
—¡Silencio! ¡Tus frágiles huesos no me interesan en absoluto! ¡Harás lo que se te mande y nada más! —rugió Ben Fazzam.
Pero Batani siguió protestando en voz baja:
—¡A mis años tener que callar, cuando mi señor es lo que es gracias a mi trabajo!
Lo ayudé con el baúl y dije que le consideraba imprescindible para nuestra misión y que, en verdad, sin él éramos como niños perdidos en la noche. El anciano se irguió y mostró una ancha sonrisa.
—¿Qué misión es esa, mi joven amo? Quizá podría ayudaros a cumplirla.
—Lo que debes hacer es buscar un carro —le reprendió Ben Fazzam—. La ciudad está lejos para ir a pie con los fardos y baúles que llevamos. Pide prestado un caballo a los de Alcántara y encuentra una posada decente.
Civitavecchia estaba a dos días de camino de Roma, la gran urbe de la cristiandad. Las calles eran estrechas y malolientes. Las casas eran bajas, cuadradas, de paredes blancas y agrietadas, donde yacían colgados cuerdas y aparejos marineros. Las viejas, sentadas en pequeñas sillas de madera, vestían de negro y nos miraban con desdén mientras remendaban velas o zurcían, y algún anciano de ojos hundidos y rostro resecado por el sol escupía a nuestro paso. Porque para las gentes sencillas los hombres armados siempre traen problemas. Bandadas de chiquillos sucios y bulliciosos nos perseguían, gritando y suplicando a los soldados que les dejasen tocar espuelas, arneses y espadas. Varias prostitutas nos señalaron, se rieron de nosotros cuando pasamos junto a su bordello —un sencillo edificio de dos plantas donde ejercían su antigua profesión—, enseñaron los pechos y gritaron a los soldados, en una mezcolanza de lenguas, que estaban limpias y costaban poco dinero. Unas cuantas ovejas indolentes no nos dejaron pasar y fueron aplastadas por los cascos de los caballos para consternación del pastor.
Batani no encontró ninguna posada donde pudiéramos hospedarnos, pero, al saber que íbamos con un cardenal, el dueño de una taberna nos ofreció su casa por una suma razonable. Su esposa, una mujerona gorda y bajita que vestía un enorme delantal, encantada de tener huéspedes de categoría, cocinó una cena magnífica y nos ofreció dormir en cómodos camastros.
Iniciamos la marcha a la hora prima, después de que el cardenal declamara el ángelus matutino. La embajada, protegida por los mercenarios, siguió el camino de la costa, la via Aurelia romana, que aún se hallaba en buen estado. Los caballeros castellanoleoneses, con sus respectivos escuderos, pajes y auxiliares, enfilaron el camino de Pisa para cumplir la promesa que Alfonso había hecho a su embajador. Manfred, con algunos de Alcántara, seguía la carroza del infante. Marchaba con los mulos que transportaban nuestro equipaje, detrás de los soldados.
Nos contaron que los Estados Pontificios se debatían en la confusión más absoluta; que algunas villas y posesiones de la Iglesia habían sido saqueadas, y los caminos estaban tan infestados de ladrones que ningún peregrino podía pasar, a menos que fueran muchos juntos, estuvieran custodiados o pagaran un peaje en oro. A pesar de todo, la región era hermosa. La costa, baja, con playas arenosas, y el interior, llano, invitaban al hombre a echar raíces. La mayor parte estaba cultivada o era tierra de pastos, pero el sur era un territorio salpicado de pantanos insalubres, donde las enfermedades se propagaban con rapidez. La variedad de condiciones climáticas, suelo y altitud permitían el cultivo de diferentes productos, como la uva y el aceite, y la huerta también estaba muy desarrollada. En cuanto a la ganadería, vacas, ovejas y cabras, se contaban por millares, al igual que los caballos, criados para la guerra. El trigo ya había sido segado. Los campos resplandecían con los primeros rayos y el ganado yacía por pastos y praderas. Los campesinos se dedicaban a la recogida de frutos en árboles y huertas, y se preparaban para la labranza de los cultivos de invierno. No eran mezquinos. Nos vendían a buen precio los productos de la tierra que cultivaban y los animales que cazaban en los bosques. Nos ofrecían su hospitalidad y abrigo en casas y establos. Sus pozos contenían agua fresca y el aire puro de sus campos llenaba nuestros pulmones. Eran gentes de almas puras y corazones contentos. El arzobispo de Sevilla afirmó que muchos eran valdenses, una secta establecida en algunos pueblos del Lacio, la Toscana y el Piamonte, pero sobre todo en el Trentino y la Lombardía, al norte; la Iglesia los llamaba «los pobres de Lyon», porque su fundador había empezado a predicar por las calles de aquella ciudad francesa. Se consideraban como un remanente fiel de la verdadera Iglesia cristiana, y eran perseguidos por predicar doctrinas heréticas e ir en contra de las enseñanzas de Dios.
Los eclesiásticos fruncían el ceño cuando nos encontrábamos a algún supuesto valdense, y su molestia era una sincera sonrisa de bienvenida; otras, la manera de arar la tierra o la sencillez de sus hogares.
Poco más allá de vísperas, después de dejar una aldea donde habíamos descansado y repuesto víveres, observé al cardenal murmurar órdenes a los mercenarios; Batani dio un chillido y se refugió detrás de Ben Fazzam cuando un grupo de ellos ensilló los caballos y cabalgó hacia la aldea que habíamos dejado atrás. Anochecía cuando vimos, con la última luz, una columna de humo elevarse a nuestras espaldas. Los mercenarios regresaron cantando, riendo y pavoneándose por lo que habían hecho. El cardenal asintió con la cabeza.
—Si han acuchillado a unos compatriotas suyos, ¿qué no harán a un esclavo moro? —cloqueó Batani.
—Sitúate cerca de mi espada, perro infiel —siseó Manfred, agarrando la empuñadura—. Tu miserable vida se alargará lo suficiente para pagar tus pecados.
A Batani no le gustaron aquellas palabras, y aún menos las risas y comentarios despectivos de algunos de Alcántara. Masculló algo, alguna injuria, pero se acercó más al capitán alemán.
Paramos en una villa cerca de Roma. Tuvimos suerte y pasamos la noche en una excelente posada. Cuando estábamos cenando, varios mercenarios se acercaron y nos rogaron una predicción de futuro para sus carreras militares y fortuna. No eran tacaños porque pusieron una bolsa llena de monedas encima de la mesa, pero Ben Fazzam la rechazó y dijo que el vaticinio que les hiciera sería un regalo por la protección que habían dado a nuestras personas; muchos no sabían la fecha de su nacimiento, pero no importó, porque el sencillo horóscopo que elaboramos fue favorable para todos. A la mañana siguiente, la escolta nos recibió resplandeciente y en perfecta formación. Manfred se sorprendió de que los miembros de aquella banda de asesinos fuesen capaces de comportarse como soldados y pasó revista, observando a cada hombre; después se dirigió al frente de la columna y dio la orden de avanzar. Al poco, nos encontramos con varios cientos de peregrinos, muchos con el rostro cubierto y el torso desnudo, incluso mujeres. Clérigos, laicos, ancianos y niños se golpeaban con látigos de cuero y cantaban himnos de la Pasión de Cristo. Al frente, sacerdotes que andaban despacio con cruces de madera y estandartes religiosos, llamando a los fieles al arrepentimiento.
—¿Quiénes son? ¿Por qué se azotan de esta manera tan brutal?
Me llevé las manos a la cabeza.
—Es una procesión de penitentes —dijo Manfred—. Los curas parecen mendicantes, pero la gente que los sigue indica algo más. Observad las expresiones agrias del arzobispo y el cardenal.
—Son flagelantes —dijo un mercenario—. Algunos dicen que son discípulos de un misionero loco; otros, que el culpable es un eremita de Umbría y su hermandad de disciplinarios.
—No he oído hablar de esa hermandad —comentó Manfred.
—Es una secta de herejes que predican el azotamiento propio como reparación por los pecados del mundo.
—Pero ¡hay mujeres y niños entre ellos! —Me enfurecí.
—Cualquiera que se sienta pecador debe permanecer treinta y tres días y medio con los flagelantes, porque son los años que Jesucristo vivió en este mundo. —Rio—. Ni el calor ni el frío, ni la nieve ni el fango son un obstáculo para los flagelantes. Vienen a postrarse ante los altares de las iglesias de Roma para orar por el fin de la plaga que se ha extendido por todo el país.
—¿La peste? —dijo Manfred.
—Es posible que así sea, aunque algunos profetas hablan del Anticristo y del fin del mundo. —Se santiguó.
—En Italia todos son ermitaños, profetas y elegidos de Dios. —Manfred soltó una risotada—. Y en cuanto al Anticristo, unos piensan que es el emperador, y otros el Papa.
—¿Por qué han de postrarse? —le pregunté al mercenario.
Y este contestó que, una vez llegaban a la iglesia, se quitaban el calzado, se desnudaban hasta la cintura y formaban un círculo ante los altares y plazas y, con sus posturas, querían indicar la naturaleza de sus pecados. Así pues, el asesino yacía sobre la espalda, el adúltero sobre su rostro y el perjuro se tumbaba de lado y levantaba tres dedos al cielo: un dedo por el Padre, otro por el Hijo y el último por el Espíritu Santo. El mercenario hizo un guiño de complicidad.
—¿Y después? ¿Qué pasa?
Contestó que aparecía un sacerdote, al que llamaban «el Maestro», que les ordenaba levantarse, permanecer en círculo y flagelarse unos a otros, y afirmaba que su sangre se unía a la de Cristo y que su penitencia preservaría al mundo de la destrucción.
—Lo que os he dicho, un elegido de Dios —se mofó Manfred.
—¡Un maldito hereje! —gritó el cardenal desde la carroza, escuchando la conversación—. Ese maestro lee la carta de un ángel que dice que Cristo está disgustado por la maldad de los hombres y ha amenazado con destruir el mundo, pero que la Virgen ha intercedido y ordenado, desde el Cielo, que los que se unan a los flagelantes durante treinta y tres días y medio se salvarán.
—¿Y no estáis contento con ello, mi señor? —ironizó el capitán alemán.
—¡Por supuesto que no! Esa supuesta carta angélica produce excitación en el pueblo. Y su penitencia provoca una profunda impresión. Marchan de ciudad en ciudad con cruces, antorchas y banderas en filas de a cuatro, hombro con hombro, fustigándose con látigos de nudos, entonando sus patéticos cánticos. Son sectarios y van en contra de la Santa Iglesia; ni los salteadores se atreven con estos malditos herejes.
—Y vais a hacer con ellos lo mismo que hicisteis con los valdenses.
El cardenal le lanzó una mirada furibunda, se arrebujó en su carruaje y graznó al cochero para que fuera más rápido. Y pensé que a ningún cura le gustaban las verdades de su propia Iglesia porque les hacían sonrojar.
—Guardaos de comer y beber sin que antes lo haya probado un sirviente, mi señor —dijo Batani—. Los cardenales romanos son especialistas en el envenenamiento.
—No tengo miedo de ningún cura, viejo perro infiel, pero ¡no me importaría morir con un buen vino de la Toscana en mis labios! —Rio.
2
A primera vista, Roma parecía una ciudad caótica. A pesar del hacinamiento, la suciedad y los frecuentes incendios, el romano es alegre y dinámico, huido en ocasiones del monótono medio rural, un individuo que goza del conflicto y del negocio turbio, oportunista y sediento de novedades, pero siempre orgulloso de su glorioso pasado.
Los filósofos italianos piensan que los estamentos sociales en Roma están divididos como el cuerpo humano: el clero es el corazón, rojo y pasional; los príncipes, la cabeza, siempre dispuestos a tomar partido por el vencedor; el patriciado urbano, el brazo y la espada, violento y poco avezado en el arte del engaño, y los otros, campesinos, artesanos, aprendices y mercaderes, el vientre y los otros miembros, adecuados para el sufrimiento y los duros trabajos. También existen los excluidos: judíos, leprosos, heréticos, vagabundos y locos; sobre todos ellos se proyectan los males que Dios envía, pero también sirven para que los romanos, siempre prácticos en cuestiones religiosas, puedan ejercer la caridad y crearse una buena conciencia para ganarse el Cielo.
Las diferencias sociales y económicas son muy elevadas entre la oligarquía de los mercaderes, el patriciado, que tiene el monopolio de los cargos políticos y administrativos, y la masa de trabajadores de los oficios, aunque a estos no parece afectarles porque se burlan en tabernas, bordellos y casas de juego de los detentadores del poder.
Pero Roma debe su supervivencia a la generosidad interesada del papado y a las monedas de los devotos, que hacen largos viajes desde sus tierras hasta las tumbas de los santos y otros mártires muertos en defensa de la fe.
Y los peregrinos no están seguros ni siquiera cuando intentan llegar a Roma, porque, habituados a que los desplumen los rapaces habitantes de la ciudad, ahora son asaltados y despojados por bandas de rufianes —que aguardan en las afueras— de los regalos que traen para ofrendarlos en el altar del apóstol Pedro, que posee las llaves del reino de los cielos y puede permitir o negar su entrada a los peregrinos según sean los obsequios que estos le entreguen.
Y muchos reyes y nobles poderosos se arrodillan y ruegan por el perdón de sus pecados, la seguridad de sus dominios y la fidelidad de las gentes bajo sus gobiernos. Ya estén a favor del Papa o del Imperio, en la Ciudad Santa todos son respetados con la misma cortesía y tratados como amigos.
—Roma es un hervidero, mis señores —dijo Batani mientras nos dirigíamos a nuestros alojamientos—. Me han dicho que existen gibelinos que quieren echar al Papa, sometido a la presión continua de la violencia callejera y obligado a convertirse en poco más que un capitán de milicia y a pagar de su bolsillo a mercenarios que patrullan la ciudad; y con ello consigue ganarse el odio del pueblo porque roban a todo el mundo.
—Pobre Roma y sus habitantes —lamenté.
—No os preocupéis por ellos. Los romanos son comerciantes por naturaleza y engatusan a sus conquistadores, cosa que les causa enorme placer. —Manfred se acarició la barbilla—. Welfos y gibelinos son enemigos irreconciliables, y la lucha terminará con la aniquilación de unos u otros. Luchan en Alemania por el poder imperial desde hace un siglo. Los welfos apoyan a la casa de Baviera y los gibelinos a los Hohenstaufen, la casa del rey Alfonso.
»Pero en Italia el contexto es diferente. En definitiva, se trata de un conflicto entre el Pontificado y el Sacro Imperio Románico Germánico por el dominium mundi, el dominio del mundo.
—No he visto a ningún soldado alemán —dije—. Y ningún italiano ha reconocido pertenecer al Imperio; muy al contrario, todos son muy patriotas de sus respectivas ciudades. Soy incapaz de comprender cómo se diferencia un bando del otro.
—La elección de bando tiene varios motivos. —El rostro de Manfred dibujó una sonrisa—. Muchas ciudades bajo control del Imperio buscan la autonomía, y eso las impulsa a aliarse con el Papa, y las influenciadas por este buscan la ayuda del Imperio. Pero eso no es todo. —Se le iluminaron los ojos —. Porque la verdad es que se elige un partido por oposición a la ciudad rival.
—No lo entiendo —dije, incrédulo de que algo semejante pudiera suceder en el mundo cristiano.
—Si Milán es welfa, Pavía tiene que ser gibelina. Siena es gibelina, entonces Florencia no debe apoyar al Papa.
—El viejo proverbio árabe de que mis amigos son los enemigos de mis enemigos.
—No os esforcéis, únicamente un italiano puede entenderlo. El significado tradicional del conflicto entre la Iglesia y el Imperio se ha transformado en una lucha por el control de cada ciudad italiana.
—Pero ¿qué diferencias existen entre welfos y gibelinos?
El capitán alemán dijo:
—Los welfos son fanáticos de las libertades propias de cada ciudad, y los gibelinos, del orden y la seguridad que proporciona un Imperio, aunque se encuentre lejos y su papel sea nominal; así pues, los primeros acusan a los segundos de favorecer el caos y la confusión, mientas que estos últimos recriminan a los gibelinos su apoyo a la tiranía.
—¿Quién creéis que ganará?
—Venecia —aseguró.
—No entiendo nada. —Alcé los hombros.
—Porque a los venecianos solo les interesa expandir su imperio comercial.
—Pero ¿apoyan al Papa o al Imperio?
—Apoyan los buenos negocios, y la guerra perjudica los negocios, a menos que te dediques a vender armas. —Guiñó un ojo.
El arzobispo de Sevilla dijo que la embajada debería permanecer en Roma hasta que el Papa diera su consentimiento para que el rey Alfonso pudiera obtener la corona de emperador. Así pues, nos alojamos en Sant’Angelo, un enorme e inexpugnable castillo propiedad de los papas, transformado a partir del mausoleo de un emperador romano, cercano a la iglesia de San Pedro y que había servido como refugio en épocas de peligro.
A Manfred no le gustó porque nuestros movimientos estarían controlados por los mercenarios. En caso de apuro, sería difícil escapar de allí. Más que un castillo, era una fortaleza repleta de paseos de ronda, depósitos para cereales y aceite, salas de armas, respiraderos, bastiones, almenas y todo tipo de estructuras defensivas.
Mientras la embajada esperaba ser recibida, me dediqué a pasear y a adquirir conocimientos. Roma era una obra de arte en sí misma, aunque estaba bastante descuidada. Había cientos de monumentos, palacios e iglesias de estilos diferentes: desde los arruinados y remozados del antiguo Imperio Romano hasta los más actuales y sobrios cristianos, todos ellos en extraña mezcolanza. En cuanto a las bibliotecas, al no existir en Roma un Estudio General o Escuela Catedralicia, la oferta era escasa, pero pude disponer de los monasterios, gracias a las gestiones de un cardenal amigo del arzobispo de Sevilla, y de colecciones privadas de ricos nobles. En cambio, me fue negada la entrada a la biblioteca del Palazzo Laterano y lamenté no poder estudiar los códices, manuscritos y pergaminos astronómicos árabes que allí se guardaban.
Fue durante un paseo, andando hacia ningún sitio en concreto, cuando me di de bruces con una pequeña basílica y encontré un documento prodigioso. Se trataba de un pergamino escrito en hebreo, que hacía referencia a una obra científica y filosófica de un sabio griego, Aristarco, un matemático. Estaba desgastado y me costó mucho leerlo. En él se afirmaba que el universo conocido era mucho más grande de lo que se creía y planteaba varias hipótesis: que las estrellas fijas y el Sol permanecían inmóviles, que la Tierra giraba alrededor del Sol en la circunferencia de un círculo, que el Sol permanecía en el centro de la órbita y que la esfera de las estrellas fijas estaba muy lejana.
Sabía por Ben Fazzam de una obra parecida, El contador de arena, del sabio Arquímedes, que enumeraba las mismas hipótesis, muy discutidas por la Iglesia porque planteaba la impensable posibilidad de que la Tierra no fuera el centro del universo.
Pero la hipótesis más extravagante que planteaba Aristarco, según el pergamino, era que la Tierra tuviera dos movimientos, uno alrededor del astro rey y el segundo sobre su propio eje, movimiento desechado desde hacía mucho tiempo por la ciencia.
El argumento lógico contra la hipótesis era que, si ello fuera posible, la velocidad de cualquier punto dado sobre la superficie de la Tierra sería muy elevada. Entonces ¿cómo podían las nubes que se desplazaban por el aire superar la velocidad y el movimiento de nuestro planeta? Jamás se podría mover nada hacia el este porque la Tierra se adelantaría. Por otra parte, cualquier astrónomo sabía que, si la Tierra girase alrededor del Sol, entonces deberían existir variaciones en las posiciones de las estrellas fijas, observadas desde diferentes puntos de la superficie en el transcurso de un año. Sin embargo, ningún astrónomo había verificado este hecho en sus observaciones, por lo que se deducía que la Tierra no giraba alrededor del Sol.
«Aunque también podría ser —pensé— que sí lo hiciera, pero que la esfera de las estrellas fijas estuviera tan lejos que el desplazamiento no pudiera ser apreciado en las observaciones».
Busqué por toda la biblioteca y no encontré ningún otro códice o manuscrito que hiciese referencia a Aristarco o a su teoría.
Alejé a Aristarco porque no era lógico que un astrónomo abrazara ideas descabelladas y peligrosas para el futuro de la propia profesión. Pero ¿quién había escrito aquel manuscrito que me estaba dando dolor de cabeza? ¿Existiría aún la obra del matemático griego?
Copié el manuscrito y, con el corazón exaltado, pregunté al cura encargado de la biblioteca, que me dijo que los códices y manuscritos habían sido donados por unos templarios a su regreso de Tierra Santa.
Pensé en contar a Ben Fazzam aquel descubrimiento, pero decidí no hacerlo. Quizá no le pareciese tan asombroso como a mí y temía sus recriminaciones.
Volví pensativo a Sant’Angelo, y en mi errático camino por las calles de la ciudad pude percibir el animado movimiento nocturno que existía alrededor de posadas y tabernas; también me fijé en que las prostitutas, muy jóvenes, gritonas y descaradas, ejercían su oficio en los bordellos, que ya había observado en Civitavecchia, y solían encontrarse cerca de iglesias y monasterios. Y cuando Manfred supo de mi perplejidad por tamaña desfachatez, echó una carcajada y respondió, con un tono irónico que me hizo sonrojar, que Roma no era Salamanca ni Toledo, que pensara con lógica, porque muchos hombres que las visitaban habitualmente vivían cerca, y más de un peregrino, después de hacer sus ofrendas y orar a Dios por el perdón de sus pecados, se olvidaba de su mujer e iba a los bordellos para desahogar las penas.
—Pero el matrimonio es sagrado, y los mandamientos prohíben cometer actos impuros. —Me horroricé.
—¿Qué son los actos impuros? La Iglesia condena la prostitución, no Dios. Las prostitutas son mujeres que lamentan su oficio, y Dios ayuda a quienes se arrepienten de sus pecados —volvió a ironizar.
—Pero ¡un hombre infiel merece ir al infierno!
—Los mismos que os han dicho eso son los que te encontrarás en el peor bordello de la ciudad.
No puedo negar que mis impulsos querían llevarme hacia uno de esos antros, pero el recuerdo de mi experiencia con la Morisca y la evocación insana de mi amor por Danit me lo impidieron.
Después de varias semanas de espera, la embajada castellanoleonesa fue recibida en el Palazzo Laterano, la residencia del papa Alejandro, con recelos y susceptibilidades. Cuando Ben Fazzam volvió de la entrevista, las arrugas de su rostro reflejaban inquietud y preocupación.
—El Papa se ha mostrado conciliador, pero desconfía de nosotros.
—Me han contado que es un hombre muy religioso, asiduo a la oración y estricto en la abstinencia. ¿Qué os ha parecido a vos?
—Es posible que sea como dices; es muy delgado y su rostro blanquecino indica que come poca carne y apenas prueba el vino. Me ha parecido cordial y amable, aunque dado a dejarse llevar por aduladores e inclinado a las sugerencias de sujetos ávidos de poder, que le han inducido a continuar la política de exterminio contra el recuerdo del formidable y desaparecido emperador Federico, cosa que ha traído desastres y calamidades. Está convencido de que la maldad es hereditaria en los Hohenstaufen y está dispuesto a llegar hasta el fin.
Y añadió:
—La Iglesia se ha arruinado contratando a mercenarios para luchar contra el Imperio. El hijo de Federico murió hace unos años, y los imperiales perdieron su más fuerte punto de apoyo, mientras que el bastardo imperial se ha convertido, para desgracia de los papistas, en rey de Sicilia y líder de los gibelinos, que han conquistado Brescia y realizado una terrible matanza.
—Pero ¿qué tiene eso que ver con nosotros?
—El rey Alfonso es un Hohenstaufen. El Papa desconfía de él, a pesar de que el arzobispo de Sevilla haya hecho lo imposible para aquietar las suspicacias; piensa que está aliado con los gibelinos y lo traicionará a la primera oportunidad.
—Y los caballeros leoneses enviados a Pisa no han ayudado a suavizar las cosas.
—No, cierto que no; esta ha sido la razón del retraso de la audiencia. Pero ha prometido que en la querella imperial se atendrá a la más estricta justicia, aunque pienso que a nuestra embajada le darán largas y permanecerá mucho tiempo en Roma.
—¿Qué podemos hacer?
—Roma se encuentra bajo dominio de magistrados que están aliados con el rey de Sicilia. La autoridad del Papa ha sido olvidada y se ciñe a la Iglesia. Hemos de seguir nuestro camino, muchacho —dijo muy serio.
—¿Hacia los reinos mongoles?
—Sí, antes de que el Papa logre unir a la cristiandad contra ellos y no podamos llegar a Maragah. Has de saber que Hulagu Khan conquistó Bagdad el año pasado y, según me han contado, los mongoles irrumpieron como una tromba en la ciudad, a lo que siguió una semana de matanzas, violaciones y destrucción. El califa murió pisoteado por los cascos de los caballos y la gran biblioteca fue saqueada y arrasada hasta los cimientos. Ahora se dirigen hacia Siria y Jerusalén.
—Y el Papa tiene miedo de que la Ciudad Sagrada corra la misma suerte. ¡No creo que esos bárbaros se atrevan!
—¿Por qué no, muchacho? El espíritu cruzado ha dejado de existir y la unidad de la cristiandad es cosa del pasado. Quizá, si en el trono de Pedro se sentase otro hombre más enérgico y menos dado a la oración, se podría parar a los mongoles. En el fondo —dijo, triste—, creo que el Papa es un hombre afligido por la impotencia de no poder erradicar los males de nuestro tiempo.
—¿Qué camino tomaremos, maestro?
—Había pensado ir a Génova y allí coger un navío hacia el Imperio Bizantino, pero me han hablado de los hermanos Polo, unos comerciantes venecianos que viajan con regularidad a los reinos mongoles; creo que lo mejor será ir con ellos en su próximo viaje a Oriente.
»Ahora se hallan en Siena. Ordenaré a Batani que haga los preparativos y a Manfred que encuentre la manera de salir de Roma con el menor ruido posible. A ojos del Papa, somos aliados del Imperio y enemigos de la Iglesia. Lo mejor será seguir nuestro camino hacia Persia y cumplir los deseos del rey.
3
Enfilamos el camino de Siena, ciudad gibelina aliada con Pisa; allí nos acogerían sin hacer preguntas enojosas y encontraríamos a los Polo, que tenían negocios y bases comerciales en Oriente. Comerciaban y tenían paso franco en los reinos mongoles, y esperábamos que pudieran llevarnos al reino de Hulagu Khan.
Manfred vestía una armadura de cuero con placas de hierro y su cabeza estaba protegida por un casco cónico con protección nasal. Ceñía una espada más grande y larga que cualquier otra que hubiera visto, y montaba un caballo cubierto por una flaquera de cuero y una grupera que protegían los costados y la parte trasera del animal.
—Tenéis un aspecto magnífico y sois un gran guerrero, mi señor. —Había un profundo tono de respeto en las palabras de Batani.
—La fachada es irrelevante, lo que importa es conservar la vida, y esta armadura lo puede hacer —rezongó.
—Pero es muy pesada. Dificulta vuestros movimientos.
—Es cierto que me hace más lento, aunque también más mortífero, perro infiel.
—Lleváis una espada muy grande. Jamás había visto una igual.
—Es una Zweihänder Schlachtschwerte, una espada de batalla. Su hoja es fuerte, de poca anchura y elevado grosor. Se utiliza con las dos manos y se golpea con el filo. No las hay en Italia.
—¿Cuánto pesa? —preguntó Batani.
—Unas diez libras.
—¿No es demasiado para una espada?
—¿Qué sabrás tú, perro? Un golpe es el doble de fuerte que el que pueda asestar cualquier otro que no lleve placas de hierro.
—No lo entiendo, mi señor.
—Es por el peso —le instruí—. El peso del brazo y la espada suman el doble. Si se imprime bastante velocidad, resulta imparable.
Dejamos atrás la campiña del Lacio y nos adentramos en los terrenos abruptos de la Toscana. Esta región se hallaba rodeada por cadenas montañosas. Abundaban riachuelos, colinas, frondosos bosques y algunas llanuras muy fértiles. El paisaje era hermoso, aunque la mejor tierra era la patria. Jamás ninguna llegará a ser tan bonita. Nunca amarás a otra.
Las gentes eran de baja estatura, corpulentas, incluso las mujeres, con piernas rechonchas, brazos musculados y cabeza redonda protegida por gorros de paja. Pero también había individuos altos, de piel muy blanca, rubios y con los ojos azules o grises. La ropa era blanca y los vestidos de trabajo de cada familia eran hilados por las mujeres de la casa.
Los campesinos cultivaban la tierra con fijación, y los aparceros tenían la mala costumbre de querer con verdadero afecto las casas donde vivían. Tenían poco o nada que comprar o vender, y recibían poco dinero, pero tampoco debían hacer pagos. En cuanto al pan de trigo y al aceite, eran excelentes, y el vino era de inferior calidad; lo elaboraban fermentando en agua los hollejos de las uvas prensadas.
Seguimos hacia el norte. Fue entonces cuando nos adentramos en un bosque de hayas y abedules. El camino era estrecho y nos pusimos en columna. Los caballos relinchaban nerviosos; algunas mulas pateaban el suelo y se negaban a avanzar. Los escuderos se afanaban con los tercos animales, ajustando los fardos de sus costados.
—Resulta extraño. No se oye ningún animal —susurró Batani.
El capitán alemán desenvainó la espada, se dirigió al frente de la columna y gritó:
—¡A las armas! ¡Nos atacan!
Fue demasiado tarde. Llovieron flechas de todas partes. Había ballesteros emboscados detrás y en las ramas de los árboles. Varios caballeros de Alcántara y algunos escuderos cayeron. Las ballestas eran mortíferas a poca distancia. Después atacaron los infantes, armados con hachas, lanzas y espadas y protegidos con broqueles, escudos de hierro o madera cubiertos de ante con el canto guarnecido de hierro, y ligeras cotas de malla.
Los caballeros de Alcántara se batían bien, pero los atacantes eran muchos. Manfred cayó del caballo. Cuatro hombres lo rodearon; parecía encontrarse en desventaja, pero no era así. Desde el suelo asestó un tajo a la pierna de un salteador, que se derrumbó con un grito agónico; otros dos se abalanzaron contra él, gritando y lanzando espumarajos por la boca. El alemán, de rodillas, paró los golpes; después se levantó con un bufido y los atacó. Uno cayó con la barriga atravesada y el otro con un tajo en el pecho; el que quedaba huyó. Todo pasaba muy deprisa. Dos infantes se dirigían hacia Ben Fazzam; uno le clavó su lanza en el costado y, mientras caía del caballo, el otro le asestó un mazazo en la cabeza. El lancero se dispuso a rematarlo, pero uno de nuestros escuderos le clavó un puñal en el cuello. Cogí mi daga y corrí; Batani estaba a mi lado con una espada. El infante de la maza huyó y fui hacia mi maestro. El anciano moro ya estaba junto a él cuando llegué.
—¡Amo, mi amo! —sollozó, y le acarició el rostro.
Sangraba. Rasgué mi túnica e intenté cubrir aquella terrible herida. Se me encogía el corazón, pero dije que no era grave.
—Sí, mi amo. El corte no es demasiado profundo —dijo Batani con voz entrecortada.
—Sois unos magníficos comediantes —gimió Ben Fazzam, tocándose el costado cubierto de sangre—. No hay nada que hacer. Voy a morir.
Le puse un paño de lino regado con vino y apreté la herida.
—Nadie va a morir en este maldito bosque. —Apareció Manfred con un semblante espantoso—. Y vos menos que nadie.
Apuntó con un dedo a Ben Fazzam.
La expresión de sus ojos daba miedo. Parecían estar hundidos en un pozo sin fin, poseídos por una furia ilimitada, y la cicatriz relucía. Se acercaron dos soldados de Alcántara y un escudero. Estaban empapados de barro, sangre y sudor. Uno tenía la armadura abollada.
—Se reagruparán y acabarán lo que han empezado. ¿No hay heridos?
—No, mi señor —dijo un escudero.
—Esos salteadores no tienen compasión y no hacen prisioneros. Está bien, muchachos. —Golpeó el hombro del soldado con la armadura abollada—. Improvisad unas parihuelas y colocad a Ben Fazzam.
—Perdonad, mi capitán —dijo el escudero—. Esos perros no se han llevado nada. Es absurdo. Si fuesen salteadores, habrían robado armas, bolsas y caballos.
—Nos querían muertos. —El alemán se quitó el casco y se secó el sudor de la frente—. Eran mercenarios bien armados y entrenados. Estaban pagados por el Papa y buscaban a alguien —afirmó.
—¡A mi amo Solomon! —clamó Batani.
—¿Qué?
—Política, simple y realista política, Roy —rezongó Manfred mientras enganchaba la parihuela a un caballo—. El Papa no puede matar al infante ni al arzobispo porque sería un acto flagrante. Pero si un miembro de la embajada perece en una emboscada de rufianes en un bosque alejado de Roma, entonces ¿quién puede acusar al Santo Padre de tal acto? Se trata de un aviso para el rey y los gibelinos italianos. Seguiremos hasta Siena.
—Pero no debemos forzar la marcha, mi señor. El amo Solomon no podría resistirlo —dijo Batani.
El capitán alemán asintió e hizo la señal de avanzar. Los dos caballeros de Alcántara vigilaban la vanguardia y la retaguardia. Manfred y el escudero andaban a cierta distancia, armados con ballestas, guardando los flancos. Batani cuidaba los mulos. El rostro demacrado de mi maestro me preocupaba. El golpe que había recibido en la cabeza parecía no revestir demasiada importancia, pero el lanzazo le había perforado el estómago. No me atreví a darle de beber; podía matarlo. Mojé un paño con agua y le enjuagué los labios. Sonrió y me agarró la mano con fuerza inusitada. Mi corazón se encogió. Volví a lavar la herida con vino y puse un emplasto de hierbas. La herida dejó de sangrar, pero debíamos llevarlo a un lugar donde pudiera descansar y restablecerse. No podía hacer nada más. Carecía de medicinas y conocimientos para curar una herida de tal envergadura.
—Roy, acércate —gimió.
—Decid, maestro.
—Debes ir a Persia y cumplir los deseos del rey.
—Lo haremos juntos, maestro.
—Voy a morir, muchacho. La misión es tuya. ¡Júramelo! —Me agarró la túnica.
—Está bien. Os lo juro —dije con la esperanza de tranquilizarlo.
—Es muy posible que Nasir Al-Tusi no quiera venir a Toledo. Deberás traerle al rey algo a cambio.
—Sí, maestro. Haré lo que decís.
—Hazlo, muchacho, porque te va en ello la vida.
Se desmayó. Había hecho un gran esfuerzo. Le acaricié el rostro y lloré. Mi maestro, mi amigo, se moría. Me sentía impotente ante su sufrimiento.
—Alguien se acerca, mi señor. Parece un carromato —me dijo el soldado que cabalgaba delante de mí.
Paré y descabalgué. Batani hizo lo mismo. Manfred y el escudero se acercaron. También habían escuchado el ruido que provenía del camino. Los de Alcántara desenvainaron sus espadas.
—Roy, Batani, coged las ballestas y apuntad hacia el bosque —ordenó Manfred—. No quiero sorpresas.
Tenía razón. Podían atacarnos por un flanco y aplastarnos. Entonces apareció un carro tirado por dos renqueantes caballos. Lo conducía un campesino, un hombre de cierta edad, de hombros robustos, pelo canoso y rostro cetrino; a su lado estaba sentada una mujer joven, no mayor de veinte años, delgada, con el pelo largo, liso y rubio, que me recordó a Danit. Al ver que les apuntábamos con nuestras ballestas detuvieron el carro. El hombre se bajó con las manos en alto, se acercó y nos habló, pero apenas lo entendimos porque se expresaba en una lengua cerrada y gutural.
—Creo que nos ofrece ayuda —dijo Manfred, que sabía italiano—. Se llama Roland. Es campesino y la mujer es su hija.
Siguió hablando con aquel sujeto, que asentía con el ceño fruncido, como si no entendiera del todo sus palabras.
—Dice que sabe lo de la emboscada, que todo Montalcino lo sabe. Es una villa situada a pocas leguas. Nos ofrece comida, cobijo y cura para el herido. Hay un médico en la ciudad, un tal Pietro.
—¡A saber qué clase de médico será ese! —protestó Batani.
—¡Cierra esa boca! —le regañé—. Cogeremos al maestro Solomon por los pies y lo llevaremos al carro.
La muchacha hizo un hueco entre los enseres de campo y sacos de grano del carro. Después lo llenó de paja. Pusimos a Ben Fazzam encima. Gemía y sufría mucho.
—No temáis, el Señor cuida y vela por él —nos dijo la muchacha en latín.
La miré. Su expresión reflejaba pureza y bondad. Era muy hermosa, y sus palabras, expresadas con enorme compasión, hicieron que se me sobrecogiera el corazón. Se llamaba Clarisse. Roland tiró las riendas de los caballos y gritó:
—¡Oh, ja!
Dejamos el camino de Siena y nos adentramos en el bosque. Los robles nos rodeaban y empequeñecían, tapando la luz del sol. El carromato avanzaba con dificultad. Parecía extraño que en aquellos parajes solitarios hubiera una ciudad. Roland echaba de vez en cuando una ojeada a Solomon y farfullaba enojado; entonces, la muchacha le secaba el sudor, silenciando los gruñidos de su padre.
Atardecía cuando enfilamos un valle. Los animales pastaban pacíficos, y los campesinos volvían a sus casas después de haber trabajado la tierra. Al final de ese valle se encontraba Montalcino, próspera e independiente de las grandes ciudades cercanas, Siena y Florencia, que se disputaban su alianza e intentaban que participara, mediante amenazas, en sus conflictos, cosa que sus habitantes rehusaban. Se asentaba sobre una colina y estaba rodeada por una muralla construida con piedras cuadradas. Había mucho movimiento. La muchacha dijo que estaban construyendo una iglesia porque la antigua estaba casi derruida. También se tenía la intención de construir una gran fortaleza allí, con vistas a una defensa más firme de la ciudad, pero aquella obra costaba mucho dinero, y las gentes de la región, aunque no eran pobres, no estaban dispuestas a sacrificar sus bienes y felicidad por una vana amenaza.
Montalcino era conocida por sus curtidurías, zapatos y otros objetos que se hacían allí con cueros de altísima calidad. La piazza del Popolo, de estructura rectangular, estaba atestada de comercios donde los mercaderes vendían desde una armadura de cuero revestida con anillos de hierro hasta una prenda de fina seda; algunos nos detuvieron, parloteando sobre sus maravillosos productos, que eran más baratos, más magníficos y extraordinarios que los del mercader vecino, pero Roland les amenazó con el puño y nos dejaron pasar.
Llevamos a Ben Fazzam a una casa situada detrás de la piazza. Allí nos recibió un hombre maduro, alto y delgado, vestido con una túnica marrón y una cuerda como cinto. Tenía barba y bigote, cuello largo, grandes orejas y nariz ganchuda. Era calvo, excepto por la parte de atrás, donde el cabello le caía con libertad. Unos ojos pardos reflejaban una comprensión y una bondad inagotables. Era Pietro, el médico, y parecía conocer bien a Roland y a su hija. Batani, al observar su atuendo, pensó que era sacerdote. Echó una ojeada a la herida de Ben Fazzam y nos habló, pero apenas lo entendí, porque el italiano era dificultoso para mis oídos; no para Roland y Manfred, que cogieron a mi maestro y lo pusieron en una cama.
La estancia era grande, con camas en las que descansaban algunos enfermos. En medio había una mesa con botes y ungüentos, vendas limpias y multitud de instrumentos quirúrgicos especializados: cuchillos, agujas, sierras, y palancas.
—Salgan ustedes, por favor —nos habló en latín—. Tú no, Clarisse. Necesito tu ayuda —dijo dirigiéndose a la joven.
—Mi señor —dije—, he lavado la herida con vino y puesto un empaste de hierbas, pero no me he atrevido a unir sus bordes mediante sutura.
—¿Cuánto tiempo? ¿Qué hierbas?
—Después de la hora tercia. Romero, raíces y corteza de roble.
—¿Sois médico?
—No, astrónomo.
—Quedaos, amigo mío, os lo suplico.
Pietro era médico y cirujano. Más tarde supe que era maestro de la Universidad de Siena y había escrito tratados médicos y oftalmológicos, algunos de ellos de gran renombre. Su destreza era asombrosa y su inteligencia fuera de lo común.
—La herida del vientre es grave, no fatal. Con la cabeza no puedo hacer un pronóstico adecuado. El golpe ha sido muy fuerte y ha afectado al cerebro. El lado izquierdo de su cuerpo está paralizado.
—¿Peligra su vida?
Empezaron a sudarme las manos. Se sabía muy poco del cerebro y las consecuencias que podía traer un golpe como el recibido. Pietro sacó los trozos de cráneo que se habían incrustado en la masa encefálica y limpió los restos y sangre coagulada con mucho cuidado, pero no se atrevió a colocar una placa metálica o de cerámica. Dijo que podría matarlo y prefería esperar para que recuperara fuerzas.
A la hora prima, Solomon se despertó, comió con normalidad e incluso se atrevió a bromear; después se quedó dormido. Su cuerpo temblaba a intervalos irregulares, los ojos estaban en blanco y el pulso apenas existía. Dos días más tarde, dejó de respirar.
La entereza de Clarisse fue admirable. Estuvo junto al lecho todo el tiempo. Secó el sudor de la frente, lavó y dio de beber a mi maestro cuando no tenía ninguna necesidad de hacerlo. Aquella bondad de corazón despertó un sentimiento extraño en el mío que no alcancé a distinguir en aquellos momentos angustiosos, pero supe que la visión de su expresión compasiva me perseguiría siempre.
Todos sentimos la pérdida. Manfred había adquirido un sentimiento de admiración por el erudito judío, y lo lamentó a su manera, recordando anécdotas o gestos que él hacía, y maldiciéndose a sí mismo por no haberlo defendido con su vida. En cuanto a Batani, lloró durante días. El anciano moro había servido durante mucho tiempo a la familia Ben Fazzam con dedicación, diligencia y amor, y ahora su estimado amo moría sin que pudiera hacer nada.
—¿Qué haré en este mundo cruel? —sollozó.
Cuando Clarisse habló con él a solas, Batani salió del sopor en que se había sumergido. Durante los años que conocí al fiel moro nunca dijo lo que la muchacha le había contado, pero las palabras que pronunciaba cuando hablaba de ella reflejaban un profundo respeto.
En cuanto a mí, ¿qué puedo decir? Se comportó al igual que lo hubiera hecho un padre y yo era recibido en su casa como un hijo. Era mi maestro. Me acogió como discípulo y me ayudó en el Estudio General. Él me enseñó e inculcó el hábito del estudio y el trabajo bien hechos. Él, en estos dolorosos instantes me daba cuenta, moldeó mi creatividad y afán por hallar la verdad que hace sublime al ser humano.
En las afueras de Siena nos despedimos de nuestros amigos. No quisieron entrar. Dijeron que los miraban por encima del hombro por ser valdenses y eso les traía problemas. Irían a la villa de Ricavo, donde se hallaba su casa.
—¿Volveré a veros? —pregunté a Clarisse.
—Claro que sí, Roy.
—Os agradezco lo que habéis hecho por mi maestro y por Batani. Le habéis hecho mucho bien. Id con Dios.
—Que él os proteja de todo mal, Roy.
Aquella sonrisa suave llegó hasta el fondo de mi corazón. Sentí algo inenarrable en mi pecho y noté el estómago vacío, pese a haber comido pan y queso. Y juré que haría todo lo posible por saber más de esa mujer.
4
Siena era una ciudad magnífica. Tenía una muralla alta y sólida, con torres cuadradas defendidas por muchos hombres de armas. Sus habitantes tenían el convencimiento de que fue Senio, hijo de Remo, quien fundó la ciudad, y que no existía otra en el mundo con calles, plazas y edificios más bellos, limpios y cuidados. Estaba situada sobre unas colinas que rodeaban un espacio central y definían un valle en forma de «y», que estructuraba el sistema longitudinal de las tres calles principales, San Martino, Città y Camollia, que convergían cerca de la piazza del Campo, un espacio cóncavo, cerrado y aislado, el centro de la ciudad, utilizado como mercado. Las calles eran apretujadas y tortuosas, construidas en semicírculos que rodeaban la piazza, y disponían de escaleras exteriores para las casas, que por la noche se convertían en cobijo de rufianes para hurtos y homicidios; y había casas tan bajas y calles tan estrechas que los curas tenían que bajar la cruz cuando iban a enterrar a un muerto y la gente no conseguía pasar. La arquitectura de la ciudad estaba administrada por un código de obras, especialmente las relacionadas con la edificación. Tanto era así que se estaba pensando en obligar a los sieneses a igualar las ventanas de las fachadas de los edificios de la piazza, siendo el resultado una ciudad no geométrica, aunque ordenada y homogénea. Me sorprendió saber que el agua escaseaba y la demanda era mucha, y que se había construido un sistema de canalización bajo tierra que abastecía fuentes, mercados y algunas casas de nobles y acaudalados patricios.
La catedral se estaba terminando de construir, algo de lo que los sieneses se sentían muy orgullosos. También se jactaban de tener la mejor universidad de Italia, fundada apenas veinte años atrás a partir del Studium Senese, un estudio parecido al de Salamanca, conocida por sus escuelas de Leyes y Medicina; cientos de jóvenes italianos y extranjeros pugnaban cada año por entrar y estudiar con algunos de los más prestigiosos maestros de Europa, como Pietro Iuliani, el médico que intentó salvar la vida a Ben Fazzam.
Siena era un próspero centro de comercio que exportaba telas, azafrán, vino, especias y cera hacia los países de Europa Occidental, pero había muchos hombres de armas, caballeros y milicias populares que deambulaban de aquí para allá, cosa que nos extrañó, y Batani se enteró de que en Florencia se había expulsado a los gibelinos y decían que un ejército papal se acercaba a la ciudad. Los sieneses estaban nerviosos porque habían firmado una alianza con el rey de Nápoles, que había enviado una compañía de caballeros mercenarios alemanes, y nadie sabía cómo reaccionarían los florentinos.
Más tarde nos enteramos de que Siena era la rival de Florencia desde hacía un siglo. Competían en todo: arte, comercio, cultura y poder. Una apoyaba al emperador y la otra al Papa. Una era gibelina, la otra welfa, pero el verdadero interés de ambas ciudades era el dominio de la Toscana y ser un poder alternativo a Roma. El nuevo podestá —primer magistrado— de Siena, que había sido nombrado por el Gobierno de la ciudad, el Consiglio dei Ventiquattro, para superar la crisis que se avecinaba, era amigo de Micah y nos permitió hospedarnos en un palacio habilitado como cuartel del ejército sienés que se estaba reclutando y adiestrando. Pero no deseaba convivir con la violencia, así que intenté instalarme en la universidad. Fui a ver a Pietro Iuliani, que me encontró una estancia amueblada, perfecta para mí; también me rogó que diera clases, alegando que el maestro titular de Astronomía, Guido Bonatti, no podía atender a sus alumnos porque había sido llamado por el Consiglio para realizar una predicción astronómica de los acontecimientos políticos y militares que podían llegar a suceder.
A Batani no le gustó mi decisión. Dijo que yo era su joven amo y que, viviendo alejados uno del otro, no podía servirme bien. Refunfuñó durante una semana y no estuvo contento hasta que consiguió trasladarse a una celda cercana a mi estancia. Manfred se unió, después de pedirme permiso, a los mercenarios alemanes. Pensaba que ayudaba a la causa de Alfonso. Su mente era sencilla, disciplinada y segura de sí misma. Se pasaba el día realizando ejercicios bélicos y saltando obstáculos a caballo. Meses después, cuando el ejército florentino se puso en marcha para someter a Siena, me informó de que iba de razia con sus compatriotas. No lo vi hasta después de la batalla de Montaperti.
Fue de mi agrado dar clases de Astronomía. Los alumnos eran curiosos y su interés se centraba en la astronomía médica. En verdad que mi experiencia no era grande en esta especialidad, aunque me puse manos a la obra y deseo creer que no les defraudé. Pero mi mente no estaba concentrada en el estudio ni en que los alumnos aprendiesen matemáticas o geometría porque Clarisse ocupaba mis pensamientos. Soñaba con acariciar su piel, besar sus labios o mimar las curvas de su cuerpo. A veces me presentaba de improviso en Ricavo con el pretexto de estudiar las estrellas. Decía a los aldeanos que el cielo allí era limpio y que en ningún otro lugar de la Toscana se podía contemplar las estrellas. Roland me miraba de reojo y rezongaba. Sabía que iba al pueblo para ver a su hija, pero temía por ella y le asustaba que se alejara de la fe valdense y las responsabilidades religiosas. Lo que no sabía era que su voluntad y fe eran tan grandes como para rechazar el amor humano. Porque Clarisse era sacerdotisa valdense y pertenecía a un grupo de mujeres vírgenes dedicadas al Señor. Sabía leer y escribir. Sabía de memoria los Evangelios de Mateo y Juan y muchas epístolas. También predicaba por pueblos y granjas, algo que me extrañó por ser mujer, pero los valdenses no hacían distinción de sexos y decían que cualquier cristiano que poseyera conocimientos profundos de la Biblia estaba autorizado para predicar. Los valdenses eran perseguidos por la Iglesia, cosa de la que había sido testigo en el camino hacia Roma, porque consideraban a Jesús como el único intermediario entre Dios y el hombre, y como había muerto en la cruz los sacerdotes cristianos no debían celebrar misas en honor a su sacrificio; también estaban en contra de la veneración de imágenes religiosas y reliquias, de la existencia del Purgatorio, de la transubstanciación y del arrepentimiento antes de morir. Pero lo peor era que abominaban de la Iglesia como poder terrenal y de la construcción de catedrales, porque para ellos era principal la renuncia a los bienes materiales a favor de los más necesitados, y al uso de armamentos y participación en guerras, lo que los enfrentaba con los grandes señores.
Pasé buenos momentos en Ricavo. Cada domingo había una fiesta y un baile que se celebraba en la plaza en honor a un santo. La comida en aquellas fiestas era excelente. Había pan, queso, carne magra con hueso, hortalizas, champiñones, fruta y manjares muy sabrosos. Tostadas de hígado y salchichón aromatizado con hinojo, ambos regados con aceite de oliva. Los postres eran más elaborados: bizcochos y galletas de almendras remojados en vino santo, castagnaccio, elaborado con harina de castaña y piñones, y el famoso panforte sienés, hecho con harina y miel, al que agregaban fruta, uva, almendras, higos, nuez moscada y pimienta.
Con el tiempo pensé que mi amor por Clarisse era insano y desequilibrado. Mi rostro se volvió compacto, y Batani dijo que ya me había hecho hombre. Mis amigos me aconsejaron de manera diferente en cuanto al trato que debía tener con Clarisse. Manfred me exhortó a obligarla a que me amase. Batani se horrorizó ante semejante barbaridad, pero el alemán se mantuvo en sus opiniones. El viejo esclavo insinuó una aproximación indirecta mediante la amistad de Roland.
—Ser amigo de un padre es como tirar dos ases en los dados —dijo.
No me pareció una buena idea porque los amigos no se hacían, se encontraban. Pietro fue más perspicaz y sugirió transformar los latidos desesperados de mi corazón por una espiritualidad superior. Dijo:
—Los sentimientos nos hacen ser lo que somos, así que no te pediré que los abandones porque no sería juicioso. Por otra parte, te ruego que no abandones tus trabajos astronómicos; son importantes, tanto para ti como para el saber humano.
Era costumbre que los astrónomos italianos acompañaran a los ejércitos. Así pues, el Consiglio ordenó a Guido Bonatti que fuera al campo de batalla para comprobar los pronósticos que había vaticinado, aunque antes de cumplir las órdenes me rogó que fuera a la iglesia de San Cristóforo, porque la estaban acondicionando como hospital provisional para los heridos y podía ser útil a médicos y cirujanos.
5
El ejército entró en la ciudad. A la cabeza, los comandantes con las banderas y estandartes tomados al odiado enemigo. A ambos lados, la caballería alemana y sienesa, custodiando a miles de prisioneros que marchaban con la cabeza gacha y las manos atadas a la espalda, hostigados e insultados por la vociferante multitud. Más atrás, las milicias desfilaban, cansadas y orgullosas, llevando consigo un botín de miles de caballos, bueyes y animales de carga. En la retaguardia, marchaban compactas las filas de los lanceros con el carroccio florentino, el símbolo del honor, que había sido conquistado. La muchedumbre se volvió histérica. Los ancianos escupían a los prisioneros y las mujeres se santiguaban para después lanzar fruta podrida al carroccio. Los niños chillaban, corrían y manoseaban las cotas de malla y las armas de los soldados. Me encontraba en la iglesia de San Cristóforo. Los heridos estaban en el suelo, en los bancos, en las habitaciones de los clérigos y en el altar. Entablillaba huesos rotos, ponía emplastos en las heridas y ayudaba en las operaciones. ¡Qué matanza! Algunos se arrastraban, gimiendo; otros se agarraban el estómago llamando a sus madres; los sacerdotes cargaban en las carretas a los muertos y daban la extremaunción a los moribundos. Me sentí mal. ¿Por qué el hombre era tan cruel?
La carnicería y el pillaje duraron hasta el anochecer, y el agua de un torrente cercano bajó roja, hasta que se ordenó salvar las vidas de los soldados que se rendían o hacían pasar por muertos, excepto los florentinos, que cambiaban sus ropas y calzado por los de sus aliados muertos para salvar el pellejo.
¡Qué desgracia era la guerra y todo lo que comportaba! Fuera, la alegría por la victoria sobre el odiado enemigo alejaba el dolor por los muertos y la agonía de los heridos.
Batani se presentó en la iglesia con el rostro desencajado. Se frotó las manos y me miró con terror. ¿Qué quería? ¿Acaso no veía que estábamos ocupados en aquel matadero?
—¿Qué te pasa?
—¡Ricavo! Ha sido arrasado. —Batani resopló. Dejé las vendas que llevaba en las manos.
—¿Cómo? ¿Qué ha pasado? —Lo agarré del brazo, pensando en Clarisse.
—¡Oh, joven amo! El ejército florentino en retirada ha saqueado muchos pueblos en venganza por la derrota. Un escudero ha visto a los habitantes empalados a lo largo del camino a Florencia —dijo Batani, compungido.
Cogí la espada, comida, vino y medicinas y corrí hacia el patio con la mente puesta en un punto fijo: salvar a Clarisse, salvar a la mujer que amaba. Monté un caballo y cabalgué hacia Ricavo. Atravesé campos arrasados donde los animales yacían despanzurrados, bosques y diminutas aldeas incendiadas. Ricavo estaba muy cerca, a media legua. Aminoré la marcha y acaricié el cuello del caballo. El animal relinchaba y movía la cabeza: estaba nervioso. Tenía la impresión de que me estaban observando. Quizás algún aterrorizado ballestero florentino que había huido de la batalla o un grupo de salteadores que esperaban su oportunidad para robar a los peregrinos.
El pueblo parecía abandonado. Las puertas se abrían y cerraban, y bolas de paja humeante atravesaban mi camino a causa del viento. Se abrió una ventana y creí ver el rostro acongojado de una anciana. Un sucio perro se paró delante de mí, con la cola gacha. Bajé del caballo. Saqué un trozo de queso y se lo di. El animal comió, ladró, movió la cola y lamió mi mano. Oí cascos de caballo a mis espaldas. Era Batani.
Me adentré en el pueblo. Algunas casas y cobertizos estaban quemados. Los animales, muertos, llenos de moscas y pudriéndose al sol. Vi aldeanos con la garganta cercenada, rostro y extremidades crispados. El olor era nauseabundo. Vomité. Había ropas, cintos y botas destrozadas, restos de armaduras y caballos muertos. Era la basura militar. Un humo negruzco asomaba entre las copas de los árboles. Olía a madera quemada y a algo más. Descabalgué y empuñé la espada. El chucho se puso a mi lado y gruñó.
—¡Señor, mi señor! ¡Esperad! —gritó Batani, que se bajó del caballo y señaló a lo lejos.
Llegó un jinete cubierto de polvo. ¿Quién nos había seguido? Su armadura lanzaba tímidos destellos. Clavó su lanza en el suelo y bajó con dificultad. Se quitó el yelmo. Un rostro conocido: Manfred, el caballero alemán que había jurado defenderme hasta la muerte.
—Es difícil seguir a este perro infiel. Cabalga como el mismísimo demonio —rezongó.
Su expresión daba miedo. No dije nada y seguimos adelante. El hedor era más penetrante. Llegamos a la plaza del pueblo. Hombres, mujeres e incluso niños se encontraban desnudos, clavados en palos de madera, situados en semicírculo frente a la iglesia. Clarisse no se hallaba entre ellos. Las caras de aquellos desgraciados reflejaban un terror indecible. Los habían torturado y empalado vivos.
¿Por qué unos seres humanos eran capaces de hacer aquellas barbaridades?
—Ya he visto esto en el norte —bufó Manfred—. Un maldito cura ha dado la orden de empalar a los habitantes del pueblo. Los soldados hacemos barbaridades, pero no esto. —Escupió al suelo—. Quieren acabar con la herejía valdense y han aprovechado la rabia de los vencidos para realizar esta masacre. Y dicen que los alemanes somos unos bárbaros. —Cerró el puño, rabioso.
A ambos lados del camino había más empalados. Algunos parecía que estaban vivos, porque se movían, y otros daban vueltas en torno al palo donde estaban clavados, pero era el viento o los cuervos que les estaban sacando los ojos. Fui corriendo hacia ellos. Mi corazón palpitaba al observar sus rostros, porque cada uno de ellos me parecía que era el de mi amada. Mis amigos me seguían con las espadas desenvainadas. Anochecía. La luna llena me advertía de funestos presagios. Anduve unos pasos. Allí estaba. Muerta, empalada por la vagina. Parecía una mariposa aplastada. Le habían cortado el pelo, su largo cabello rubio. Las piernas quemadas. Se habían divertido aplicándole antorchas. La boca abierta en una mueca imposible. Sollocé. Le acaricié sus ennegrecidos pies. Los besé. Las lágrimas caían por mis mejillas. Caí al suelo. Estuve mucho tiempo acurrucado, con la mente en blanco, agarrando la fría tierra entre mis manos. Manfred me levantó y me abofeteó.
—¡Ya basta, no sois un niño!
—¡Dejadme, dejadme con mi dolor! —gemí. Lo empujé y fui junto a Clarisse. Él me dio un puñetazo en el rostro. Me derrumbé.
6
Bebía hasta ahogarme en vino y me despertaba cada mañana en un sitio diferente, a veces con las ropas rasgadas, lleno de moratones y la bolsa vacía. Batani me recogía y me llevaba a mis aposentos, y allí dormía hasta la hora completa; después volvía hacia el vino, el juego y la lujuria.
—Me están esperando unas bellas damas.
—Pero, joven amo, debéis descansar —protestó Batani—. Pensad en la misión que os encomendó el amo Solomon, y vuestros alumnos os están esperando en el aula.
—¡Dejadme, estúpido viejo! —Lo aparté de un puntapié y me calcé las botas con dificultad—. ¡Que esos imberbes se apañen solos! ¡Que se busquen a otro maestro! ¡Estoy harto de ellos!
—Joven amo, no estáis en vuestros cabales. Bebéis mucho vino y coméis poco. En cuanto a las mujerzuelas, lo entiendo, pero todo exceso es pernicioso.
—No necesito que me sermonees, perro. —Agarré un bastón y le pegué en la espalda—. ¡Cierra ese pozo de reproches que es tu boca y dame dinero, pronto!
Puse el pie en todos los bordellos de la ciudad y conocí a mujeres de mala vida, ávidas de posesiones materiales, aunque reconozco que algunas me enseñaron mucho de sexo. También entré en las casas de juego. Por mi experiencia en Salamanca, creía saber jugar a los dados. ¡Iluso de mí! Perdí. Las gentes respetables de Siena me dieron la espalda. Los niños se reían de mí y me tiraban piedras cuando deambulaba por las calles, borracho y maloliente. El rector de la universidad me suplicó que volviera a dar clases, que siguiera con mis estudios de astronomía y dejase de ser un hombre tan despreciable.
Le insulté y le tiré una bacina.
También vino a verme Pietro Iuliani, que me reprochó mi postración en un sucio camastro y que mi inteligencia y espíritu languidecieran en el caos.
—¡Pietro, Pietro! El sufrimiento de mi corazón me resulta insoportable. ¿Por qué me es negado el amor de una mujer?
Me contó que el amor no era algo que se pudiera alcanzar mediante la razón, que ya nada podía hacer por Clarisse. Estaba muerta y yo debía seguir adelante con mi vida.
—Lo sé, pero ¿por qué las mujeres a las que amo mueren o me rechazan? ¡Dejadme con mi dolor! ¡Marchaos, por favor, marchaos!
Cuando volvieron las ganas de arrastrarme hacia el libertinaje y la depravación, cogí una daga y me apuñalé el antebrazo. Ya no tenía ganas de ir con prostitutas, beber o perder mi dinero en casas de juego. Me quedé en mis aposentos. No salía. No comía. Apenas bebía agua. No me lavaba. No me afeitaba. Dormía todo el día o me sentaba en una silla y me quedaba allí, con la mirada fija en las paredes, pensando en Clarisse.
Batani estaba asustado. Decía que me quedaría en los huesos y me preparaba comidas excelentes, permanecía a mi lado y me contaba historias divertidas, aunque yo apenas escuchaba y, sin ningún motivo, me enfadaba con él y lo echaba de la estancia.
Una mañana apareció Manfred. No dijo nada, pero su rostro hermético me puso en guardia. Echó una mirada a la estancia y clavó sus ojos en mi rostro. Batani estaba detrás, atemorizado. Acababa de despertarme y estaba de muy mal humor.
—¡Idos! —grité.
Manfred se acercó y me agarró por los brazos. Yo estaba débil y carecía de fuerzas para resistirme. Me puso como un fardo sobre sus hombros, llevándome en volandas hacia los establos, y me tiró en un abrevadero. Mi cabeza se sumergió muchas veces y, cuando salía a la superficie, él me atizaba un bofetón. Oí risas. Había un grupo de gente alrededor. ¿Por qué se reían de mí? Me sentía morir.
¿Tanta gracia les hacía un hombre que se estaba ahogando?
—Excelencia, mi joven amo va a coger un resfriado —suplicó el anciano moro.
El brutal remedio dio resultado. La cabeza se aclaró. La desidia, que se había instalado en mi cuerpo, y la locura insana de mi mente desaparecieron; pero, a pesar de mi restablecimiento, sentía un vacío que creí que nada podía llenar.
Volví a dar clases en la universidad y recorrí la ciudad buscando manuscritos astronómicos en monasterios y bibliotecas privadas, aunque no encontré nada novedoso o de valor. Pronto tendríamos que marcharnos a Persia con objeto de convencer a Nasir Al-Tusi para que trabajase en la Escuela de Traductores. No podía eludir aquella responsabilidad. Mis amigos me apremiaban, pero les daba largas. Tenía miedo de ir a lugares lejanos y peligrosos. No deseaba morir de sed en un desierto abrasador o ser convertido en esclavo para el resto de mis días.
Un día, Batani llegó con la noticia de que Maffeo Polo preparaba su caravana y que pronto marcharía a Venecia, ciudad de comerciantes y rival de Génova.
—Mi joven amo, el astuto veneciano conoce caminos que cruzan los Apeninos que nos evitarán el camino del norte, lleno de bandidos y bandas de mercenarios sin patrón. Desea comprar paños y vinos en Rímini para cambiarlos en Constantinopla y Crimea por especias o fina seda.
—Será difícil atravesar las montañas con el barro y las lluvias que arreciarán.
—No si nos apresuramos, joven amo. El plan es ir a Venecia, embarcar hacia Constantinopla y dirigirnos a Persia a través del pedregoso camino de Anatolia, o navegar hasta Crimea, cruzar las infinitas estepas y atravesar las montañas para llegar a Maragah, la capital de Hulagu Khan.
Estuve de acuerdo con esos planes, pero antes de emprender aquel largo viaje tenía que aprender el método de Guido Bonatti para el análisis del horóscopo de conflictos y batallas.
En la antigüedad, los reyes y jefes militares consultaban a los augures sobre las futuras victorias o derrotas, suerte del reino y firma de tratados, entre otras cosas. Y se descuartizaban bueyes y otros animales, se observaba la sangre, las entrañas y la posición del animal antes de hacer un vaticinio más o menos afortunado de las demandas de los poderosos.
Mi maestro Solomon me había contado que algunos astrónomos hacían pronósticos de batallas y asedios, pero siempre referentes a personas determinadas o a situaciones, nada más. Tolomeo, Doroteo de Sidón, Al-Zarqali, Al-Sufi… ninguno de ellos mencionaba en sus escritos algo concreto sobre estos temas. Cierto era que habían elaborado pronósticos de asuntos militares, pero no tan definidos como los de Bonatti. Sentía curiosidad. A Bonatti lo contrataban reyes, podestàs, consiglios, nobles y papas como consultor militar.
Le rogué que me enseñara su método.
Me habló de dos tipos de conflictos militares. El primero era cuando dos ejércitos se encontraban en un campo de batalla y luchaban entre sí. El segundo era cuando un ejército intentaba un asedio de un castillo y pretendía tomarlo. También habló de la existencia de planetas superiores, Marte, Júpiter y Saturno, los más poderosos en la explicación de guerras y batallas, y planetas inferiores, el Sol, la Luna, Mercurio y Venus, que explican las funciones auxiliares en el plano militar, a veces decisivas, como el espionaje, el suministro y los posibles aliados. Me dijo que la retrogradación de ciertos planetas afecta a los pronósticos de batallas. Resultaba complejo porque existían muchas variables, pero, a la vez, era excitante en el estudio de casos reales.
Bonatti me enseñó sus estudios sobre la pugna entre Siena y Florencia.
—Siena tenía a Júpiter enfermo, Roy. Estaba en pésima posición. ¡Y en Aries! —gritó, gozoso.
—En un principio podía parecer que Siena estaba en dificultades —dije con cautela.
—Es cierto. Se hallaba en convergencia con Mercurio; pero este planeta es débil, cadente e inefectivo. Más tarde tenía un movimiento con Marte, que se encuentra exaltado. El planeta rojo se movía con rapidez, lo que representa a un amigo muy fuerte y poderoso: el rey de Sicilia y sus mercenarios alemanes.
—¿Y Florencia?
—Tiene al veloz Mercurio como signo principal, pero se hallaba en Leo, y su movimiento era extraño.
—Un Mercurio enfermo no puede sostener la realeza y la dignidad de Leo. Florencia no podía más que sucumbir.
—En verdad, eres inteligente. —Sonrió, feliz por mi respuesta—. Pero, hablando de Siena, la Luna estaba con Marte, y este planeta estaba exaltado, cosa que significa el valor y la habilidad de sus tropas. —Se rascó una oreja —. En concreto, los caballeros alemanes, tropas bien equipadas, entrenadas y dispuestas que podían desequilibrar la batalla, como así sucedió.
Bonatti siguió instruyéndome en su método astronómico. También me enseñó su memoria sobre la batalla de Montaperti: movimientos y posiciones de tropas, biografías, emociones dominantes y conflictos internos de los comandantes militares de ambos bandos, así como la situación económica, política y social de Siena y Florencia. Allí estaba todo, ¡todo! Incluso había algunos vaticinios para un futuro cercano. Los pergaminos se escaparon de entre mis dedos y cayeron al suelo.
—Ahora comprendo.
Bonatti recogió los manuscritos, me puso la mano en el hombro y preguntó:
—¿Qué sucede, Roy? ¿Has visto algo incorrecto?
—No, maestro. Observo demasiadas variables para analizarlas en profundidad, pero vos podéis hacerlo. ¡Es soberbio!
—Alejaos de todo conocimiento dogmático —rezongó—. La ciencia de las estrellas no es para mentes sencillas. Los planetas se hallan en constante movimiento, y las emociones del ser humano también se mueven en una u otra dirección. ¡Todo es mutable! ¡La rigidez no existe!
—Pero las matemáticas han de ser exactas y severas en sus afirmaciones.
—No siempre. También debemos confiar en la intuición para que nuestros corazones y mentes nos guíen hacia la verdad.
—Eso decía mi maestro Solomon, que la intuición es muy importante a la hora de hacer pronósticos. Por mi parte, creo más en los cálculos matemáticos que en la perspicacia o en el saber sutil de intuir las emociones de los poderosos.
Bonatti se sirvió vino y me ofreció una copa, guiñó un ojo y dijo:
—Querido Roy, tu maestro estaba en lo cierto. Es verdad que algunas veces no disponemos de información suficiente para hacer un pronóstico detallado.
»Eres joven, y quizá no hayas estado en la tesitura de decidir entre hacer lo correcto según los cálculos conocidos y fracasar, ser rechazado o vilipendiado por quienes solicitaron tus servicios, o mostrar los pronósticos que se desean, guardándote los verdaderos vaticinios para una segunda o tercera consulta, cuando aquellos estén más dispuestos a escuchar la realidad que a tirarte fruta podrida en los morros o darte un puntapié en el trasero.
—Alguna vez me ha pasado lo que decís, pero creo que la verdad es lo único que puede salvar a la astronomía de los charlatanes y embaucadores que la desprestigian.
—Pocos entienden la verdad, y esta ha de mostrarse poco a poco, porque asusta a las gentes de poca fe.
—Disiento de lo que decís, y os digo que seguiré manteniendo la verdad en todos mis actos, aunque me vaya la vida en ello.