El astrónomo

Enrique Cintora · Capítulo 6 de 14

Páginas del PDF

El astrónomo

Capítulo 5

5

 

Los samit

 

1

Estaba agotado y caí como un fardo. Respiré hondo. Me dolían los pulmones. No tenía comida y el agua del odre se hallaba congelada. Cogí un puñado de nieve y me la tragué. Me puse en pie. Caí. Saqué la daga. Podía hacer un agujero y resguardarme hasta que pasara la tempestad. Apenas profundicé media pulgada. La tierra estaba helada y dura como la piedra. Me escocían los ojos, era aquella condenada nieve. Grité. El viento aullador también me había tapado los oídos. Me resigné a morir allí, en medio de la nada. Resoplé y me quedé tendido, esperando mi final. Oí un repiqueteo de campanillas. ¿Quién andaría en aquel desierto de nieve con unas campanillas? Alcé la cabeza. El viento y la nieve desmenuzaban mi rostro. Vi acercarse a unos perros jadeantes que tiraban de un trineo. Me puse de rodillas y grité:

—¡Eh! ¡Aquí, aquí!

Cambiaron de trayectoria. ¡Se alejaban de mi posición! Quizá no me habían oído. Los perros tenían un oído finísimo. Me abandonaban a mi suerte.

¡No, imposible, no podía morir en la nieve!

—¡Eh! ¡Aquí, estoy aquí! —volví a gritar, agitando los brazos.

Me derrumbé y, por unos instantes, perdí el conocimiento. Sentí cómo alguien me agarraba y me llevaba en volandas.

Abrí los ojos. Me escocían. Había poca luz. Parpadeé y me los froté. Me encontraba en una cabaña. ¿Quién me había traído allí? Una hoguera chisporroteaba en un rincón. Algunas herramientas, comida y pieles esparcidas por el suelo. Trozos de carne salada colgando de cuerdas sujetas al techo. Montones de madera y un círculo de piedras con símbolos dibujados a unos pasos. ¿Quién viviría allí?

Recordé que nos acercábamos a la gran cordillera con una caravana. Íbamos escoltados por mercenarios cumanos y nos detuvimos para resguardarnos del viento huracanado. En algún momento, la tormenta me había separado de mis amigos y vagué solitario en aquellas inhóspitas inmensidades.

—¡Eh, eh! ¿Hay alguien ahí? —grité.

Un perro blanco enorme se abalanzó sobre mí, ladrando. Me enseñó sus dientes e intentó clavármelos en la garganta. Le di una patada en el hocico. Huyó, gimiendo, y se escondió en un rincón con otros tres perros.

—¡Eh, eh! ¡Largo de aquí! ¡Ahhh! —les grité.

De pronto, entró un hombre en la cabaña. Era bajo y fornido. Iba vestido con una pelliza y la cabeza protegida por un gorro de pieles con orejeras que le tapaba su rostro moreno. Se lo quitó y observó a los perros. Era calvo y tenía los ojos rasgados. Su piel parecía estar tensada. Aparentaba ser un hombre joven, pero algo me decía que no lo era. En su cuello relampagueaba un collar adornado con dientes.

—¿Qué lleváis en ese collar? —Lo señalé.

El hombre se lo palpó, extrañado. Sonrió y dijo algo en una lengua incomprensible.

—No os entiendo. —Me toqué la boca y lo señalé.

Frunció el ceño, se palpó el mentón y me miró; después se tocó los dientes y señaló a los perros.

—Son dientes de perro —dije la palabra «perro» en lengua mongol, creyendo que quizá la pudiera entender.

—¡Perro, perro! —voceó en mongol aquel hombre. Se acercó a un animal, lo acarició y repitió—: ¡Perro, perro!

Y rio, me miró y sonrió estúpidamente.

—Roy, Roy —repetí, tocándome el pecho y queriendo indicarle mi nombre.

—¡Ulgun, Ulgun! —Se golpeó el suyo, enseñando sus dientes amarillos.

Nos quedamos varios días en la cabaña. La tempestad no cesaba. Parecía que podía durar mil años.

Ulgun era hospitalario, aunque hacía cosas extrañas y hablaba a gritos, como si estuviera medio sordo. Una noche cogió un tambor y se puso a tocarlo y a cantar en su extraña lengua. Los perros lo observaban. Algunos gemían y otros ladraban. Estaban hechizados. Las llamas de la hoguera parecían aumentar con los cánticos, que me ponían los pelos de punta. Otra noche se puso a bailar alrededor del tambor mientras murmuraba y bebía de un odre de cuero.

—¡Vuku! —Me lanzó el odre, borracho.

Lo agité y lo olí. Era un líquido nauseabundo. Bebí un trago. Tosí varias veces. Rio.

—Vuku —repetí, pensando que era un saludo. Ulgun cogió el odre, lo señaló y gritó:

—¡Vuku!

Entendí que aquella infernal bebida se llamaba vuku. Pasamos la noche riendo, bailando y bebiendo. Hice muchas tonterías, pero Ulgun y los perros estaban encantados.

Me despertó con una patada. La cabeza me daba vueltas y las sienes repicaban. Protesté, y él respondió con su sonrisa estúpida. Me chilló, pero no lo entendí. No oí el viento. La tempestad había cesado. Me dio unas botas y una pala. Él cogió otra. Empujó la puerta. Estaba trabada por la nieve. Lo ayudé y la abrimos varias pulgadas. Los perros ladraban y movían las colas; salieron uno a uno por la rendija y escarbaron la nieve. Querían ayudarnos. Desenterramos el trineo y enganchamos a los animales. Ulgun puso un saco vacío y otro lleno de comida, odres de vuku, el tambor y una lanza. Nos fuimos. Observó cómo me palpaba la daga y asintió con la cabeza. Pensé que quizá sabía algo de mis amigos y me llevaba con ellos.

—¿A dónde ir?

—¿Ir? —repitió en mongol.

—Sí, sí. —Asentí con la cabeza.

—Dun. —Señaló hacia unos árboles lejanos.

No sabía nada. Lo seguí, ¿qué podía hacer? Quizás íbamos a revisar las trampas que había puesto días antes o a cazar. Los perros estaban inquietos. Se bajó del trineo y observó la nieve. Se agachó y tocó el suelo. Me acerqué. Parecían las huellas de un animal grande y pesado. Señalé las huellas, gruñí y arañé el aire con mi mano.

—Kurt —dijo.

Se acercó a los perros. Les habló, les acarició detrás de las orejas y rascó sus espaldas. Se sentaron muy juntos para aprovechar el calor de sus cuerpos. Cogió el tambor y dos odres de vuku, sacó un trozo de carne del saco y se dirigió hacia el bosque. Lanzó un grito de pájaro, se detuvo y me dio un odre. Siguió andando, se giró y se llevó un dedo a los labios, indicándome que no hiciera ruido. ¿Por qué había cogido el tambor y no la lanza? ¿No íbamos a cazar a aquel animal? Desenvainé la daga y lo seguí. Nos adentramos en el bosque. Las ramas me golpeaban el rostro y ráfagas de nieve caían sobre mi cabeza. El bosque parecía muerto. Ulgun se detuvo. Husmeó el aire, asintió, se sentó en el suelo y dijo:

—Kurt.

¿Qué era «kurt»? Tal vez significaba «peligro» en su lengua; pero, si era así, ¿por qué se sentaba? Cogió el odre, echó un trago y empezó a darle manotazos al tambor.

¿Qué hacía ese loco? ¿Acaso quería atraer a todas las bestias del bosque? ¡Y también empezaba a canturrear! Protesté, pero no me hizo caso. Siguió con su fiesta. Le habló al tambor. Sacó unas piedras y las tiró encima del instrumento. Se levantó, furioso, y gritó. Aquel hombre estaba trastornado. Y seguía bebiendo vuku. Pronto estaría borracho. Aunque bajo, era fornido y pesaba mucho. Me costaría transportarlo hasta el trineo. Iba a hacerle entrar en razón, aunque no sabía cómo, cuando cesó de tocar y cantar. De repente, se quedó inmóvil. Parecía una estatua de mármol. Tenía los ojos cerrados. Lo zarandeé, pero no se inmutó. Y pensé que si le quitaba el tambor e iba hacia el trineo me seguiría, aunque alejé esa idea de mi cabeza. Y creí que lo más juicioso era seguirle la corriente a aquel chiflado, así que me senté y cerré los ojos. Después de un tiempo en que la nieve me congeló el trasero, oí un ruido. Creí que era una rama. Pero había oído un ruido pesado y sordo, de pisadas. Abrí los ojos. Nada. El viento agrietaba los labios y congestionaba las sienes. Ulgun sonreía. ¿Qué le hacía tanta gracia? Algo se escondía tras los árboles. No era humano, porque habría hecho ruido, y los animales no se delataban más que una vez. Desenfundé la daga.

—Birak —dijo Ulgun, agarrándome la muñeca.

Tiré el arma porque supuse que eso quería que hiciera. Asintió, abrió los ojos, se tocó el pecho, respiró hondo, me señaló y dijo mi nombre. Cerré los ojos y me senté junto a él. El aire frío entró en mis pulmones y sentí una sensación de plenitud. Respiré otra vez, y otra. Mi mente tuvo una sacudida. Me pareció estar borracho, pero no había bebido ni una gota de vuku. Abrí los ojos. Ulgun había desaparecido. Me levanté. ¿Por qué me había abandonado? No era lógico que me rescatara de la muerte y después me dejase en un bosque plagado de alimañas. Pero, ahora que me fijaba, la nieve era más brillante. Me hacían daño los ojos, y los árboles eran más altos. Me acerqué a uno de ellos. Tenía un símbolo tallado en su corteza: una espiral. Lo había visto antes en la cabaña, en las piedras. No vi el sol, aunque había una débil luminosidad. Por lo tanto, debía hallarse en alguna parte. Salí del bosque y corrí hacia una colina. Pensé que, si observaba la sombra de mi cuerpo, podía saber dónde estaba el sol y orientarme.

Pero aquella luminosidad lo invadía todo. La luz provenía de todas partes y no existían referencias. Pedí ayuda a gritos en vano. Resbalé y caí. Rodé por la pendiente de la colina. Me golpeé la cabeza y perdí el sentido. Cuando desperté, me encontré junto al árbol de la espiral. Me levanté y eché a andar por el bosque. Me apoyé en un árbol. Sabía que si me sentaba en la nieve no volvería a levantarme. Eché un trago de vuku y seguí. Volví a apoyarme en otro árbol: no podía más. Eché otro trago. ¡Qué más daba si moría borracho! Observé que tenía dibujada una espiral en el tronco. ¿Era el mismo árbol? ¡Había vuelto al punto de partida! Maldije a Ulgun y sus dibujos. Y fue entonces cuando oí un ruido. Era una respiración pesada. Un lobo gris. ¿Qué hacía allí? Los lobos nunca iban solos, se juntaban en grupos; pero quizás aquel se había perdido en la inmensidad blanca y refugiado en el bosque. No enseñaba los dientes y su cuerpo no estaba tenso. Observaba mis movimientos. Mi primer impulso fue sacar la daga, aunque enseguida consideré que era una estupidez. Con un salto podía abalanzarse sobre mí y morderme en la garganta. Me quedé quieto. Cualquier movimiento podía ser mortal. El rostro del lobo era sereno; incluso me pareció observar una sonrisa en su boca. Sus ojos estaban fijos en los míos. De pronto, unas imágenes aparecieron en mi mente. Eran de un recuerdo cercano: Ulgun bailando, cantando y bebiendo vuku en medio de los aullidos de los perros. Supe lo que tenía que hacer. Parecía una locura, pero tenía sentido. Eché otro trago de vuku e intenté bailar una danza estrafalaria. Empecé a canturrear lo primero que se me ocurrió:

Hei, ho. Hei, hei, ho.

Ven, oh, joven y valiente lobo.

Hei, hei, ho.

Si no vienes, iré a tu encuentro.

Hei, ho.

El bosque, la nieve, el lobo y la luminosidad daban vueltas dentro de mi cabeza. Bebí, dancé y canté. Estaba borracho.

Hei, hei, hei. Hei, ho.

Despierta, oh, espíritu de lobo errante.

Ayúdame

a salir de la nieve eterna.

Hei, ho, ho.

Ahora he llegado a ti.

Heiho, heiho.

Las estrellas nos contemplan

y te despierto de tus sueños.

Hei, hei.

Todas las puertas.

Todos los conocimientos.

Hei, hei, heiho.

Ayúdame, lobo audaz y solitario,

a encontrar mi camino.

Hei, heiho.

Hei, hei, heiho.

Lancé una carcajada. Pensé en Danit y en nuestro amor perdido. ¿Dónde se hallaría? En Salamanca. Con su marido, Samuel bar-Natán, de rostro sagaz y mirada huidiza, con quien se había casado por orden de su padre. Después pensé en Clarisse y el amor que no pudo ser. La amaba. Y ella a mí. Fue su religión valdense la culpable de que rechazara el amor y el deseo. Me torturé viendo su cuerpo empalado, ultrajado y quemado, su enigmática sonrisa, que hacía llenar mi pecho, los cabellos dorados y sedosos, que se escurrían entre mis dedos, aquella boca provocativa. Toda ella había desaparecido para siempre.

2

Abrí los ojos. Me hallaba en la cabaña de Ulgun. Me dolía la cabeza. Me acerqué a la hoguera. Los perros dormitaban en un rincón. Corté un trozo de la carne salada y la engullí. Los perros me contestaron con un gruñido. Aún no se habían acostumbrado a mi presencia. Olisqueé un odre. Era vuku. ¿Es que no había nada más para beber? Eché un trago y eructé. Los perros se asustaron. Reí y me burlé de ellos. Me senté junto al fuego. Comí y bebí hasta que quedé harto. Observé el círculo de piedras; en su centro había una que no recordaba. La cogí. Era redondeada en sus extremos y plana en la base. Estaba caliente. En una de sus caras pulidas había un símbolo: un ojo inscrito dentro de un triángulo. Los de las otras piedras eran diferentes. Tenía un significado que escapaba a mi comprensión.

Salí de la cabaña, y la luz me hizo entrecerrar los ojos. El sol brillaba en lo alto y algunas nubes caprichosas molestaban al inmenso cielo azul. Oí ruidos al otro lado de la cabaña. Era Ulgun, que hacía un agujero en el suelo. Cerca de él se hallaba un tronco sin ramas ni corteza, pintado de rojo, con símbolos tallados semejantes a los de las piedras.

—¡Roy, Roy! —gritó.

Se acercó y me abrazó. No estaba acostumbrado a tales muestras de cariño, así que me deshice del estrujón y le mostré la piedra.

—Piedra —dije en mongol, señalándola.

—¡Sí, piedra! ¡Tú piedra! —exclamó en la misma lengua.

¿Qué quería decirme aquel loco? ¿Que yo era la piedra? ¿Que me había convertido en piedra? Pasé mis dedos sobre el símbolo y alcé los hombros, señalando ignorancia.

—Kurt —dijo riendo, y me golpeó el pecho con el dedo.

Era la misma palabra que había dicho cuando descubrimos las huellas en la nieve. Quizás el símbolo representaba a un animal y Ulgun me relacionaba con aquel. Me puse a cuatro patas y empecé a gruñir y a moverme como un oso. Ulgun me observó entre sorprendido y extrañado. Y me puse en pie, alcé los brazos y dije:

—Kurt.

Hizo una mueca de disgusto. Se puso a patalear y murmuró unas palabras al tronco; después se fue hacia la cabaña. Volvió con un perro. Lo señaló, señaló a las montañas y repitió la misma palabra varias veces.

—Kurt, perro. —Yo asentí.

Negó con la cabeza y aulló como un lobo. ¡Eso era! Las huellas que habíamos encontrado eran las de un lobo, el que me había tropezado en aquel bosque infernal.

—Kurt, lobo. Kurt, dun —dije, señalando a las montañas. Ulgun sonrió, realizó unos pasos de su extraña danza y dijo algo al tronco pintado; después se acercó, puso sus manos sobre mis hombros y gritó:

—¡Kurt, Roy! ¡Kurt, Roy!

¡Se trataba de eso! Era un lobo. No podía ser tan simple. Además, el ojo dibujado en la piedra no tenía ninguna semejanza con un lobo. Era otra cosa. Quizás, una cualidad del animal, el poder de la visión del lobo o cualquier otra locura. Cerró mi mano sobre la piedra e indicó con señas que la piedra era mía.

Una mañana, Ulgun me dijo por señas que subiese al trineo. El día anterior había cortado leña, traído agua del riachuelo y limpiado la cabaña. No estaba acostumbrado a realizar trabajos físicos y me encontraba cansado, así que, después de remolonear, subí al trineo. Su semblante era hosco y murmuraba palabras que tenían un sonido punzante. Enganchó los perros, acarició la cabeza del guía, le susurró algo y cogió un látigo.

—¡Uh, ho! —gritó mientras chasqueaba el látigo.

La pradera era infinita. De vez en cuando, una colina o grupo de árboles rompían el paisaje blanco y monótono. Los perros parecían volar. Ulgun incitaba al guía con sus chillidos y este respondía con aullidos penetrantes, excitando a sus compañeros a correr más deprisa.

Nos adentramos en un valle. Llegamos a unas cabañas. La principal era de piedra; la otra, menos espaciosa y más alta, de adobe, rodeada por un cerco de madera. Se utilizaba como establo, porque oí el relincho de un caballo. Había media docena de perros que ladraron alegres y se pusieron a jugar con los nuestros. De entre toda aquella algarabía perruna salieron dos mujeres de la cabaña, una anciana, alta, de cara arrugada, labios finos y agrietados, cuya expresión anhelante y el movimiento crispado de sus manos reflejaban una honda preocupación, y otra más joven, casi una muchacha, de estatura similar a la mía, rostro ovalado y piel morena.

Ulgun habló con la anciana e hizo preguntas a la muchacha, que respondió con palabras sueltas y asintiendo o negando con la cabeza. Me pareció que era muy tímida, o quizá la impresionaban los collares, las pulseras tintineantes y la pelliza de pieles multicolores de Ulgun, que entró en la cabaña seguido por las mujeres.

La cabaña era espaciosa, ordenada y limpia. La anciana señaló un bulto cubierto de pieles que se movía junto a la hoguera. Ulgun se acercó y descubrió el bulto. Era un hombre. Temblaba. Tenía dos heridas horribles en el costado y el cuello. La carne estaba desgarrada y se veían las costillas. Una oreja le colgaba como un pingajo. A primera vista, parecía un zarpazo de oso.

Ulgun salió de la cabaña y volvió con un bulto del trineo. Extrajo un recipiente, un mazo, raíces, hojas de árboles, ungüentos y frascos con olorosos polvos. Empezó a machacar las hojas junto con los polvos y a canturrear.

—Agua —me dijo en mongol.

Busqué entre los barriles y los odres. Había carne, pescado salado y vuku. Pensé en coger nieve y calentarla, pero la muchacha señaló un odre junto a la hoguera y dijo algo que no entendí. Contenía agua. Quise dárselo a Ulgun, que negó con la cabeza y señaló al fuego. Asentí y lo puse cerca de aquel. Ulgun refunfuñó y la muchacha cogió un cazo, volcó el agua del odre y lo puso al fuego. Pronto estuvo en ebullición. Preparé unas vendas con trapos que me dio la muchacha y las puse cerca de la hoguera. No sabía de qué hierbas o sustancias estaban hechas sus pócimas y potingues, y quizá la temperatura fuese crucial para la cauterización y cura de las heridas.

El hombre deliraba. Le toqué la frente. Ardía. Ulgun le untó la herida del cuello con ungüentos, le puso las manos en el cuello y murmuró; más tarde señaló las vendas y me instó a ponérselas al enfermo. Sacó algo de su pelliza. Una bolsa de cuero atada con un cordón dorado; la abrió y extrajo unas piedras. Pensé que eran las mismas que observé en la cabaña porque tenían dibujados símbolos parecidos. Las puso en el pecho del enfermo y sopló sobre ellas. A continuación, cogió uno de los frascos y aplicó su contenido. Me sobresalté. Creía que pondría los polvos en la herida del costado o en el colgajo de la oreja, porque pensé que quizá fuera un anestésico hecho a base de plantas y raíces. ¡Y vi que había dibujado una espiral en el pecho del herido! ¿Acaso creía que un dibujo y unas piedras pintadas ayudarían a cicatrizar la herida y sanar los músculos desgarrados por la zarpa de un oso? ¡Iba a matarlo!

—Piedra —dijo.

Quería que le diese mi piedra. Quizá la necesitaba para su magia. La puso en el pecho del herido, en el centro de la espiral, y le susurró al oído. El hombre respiró y su cuerpo se relajó.

¿Unas simples palabras podían hacer eso? ¿Aquellos símbolos dibujados en las piedras tendrían alguna influencia sobre el paciente? Estaba perplejo. Ningún médico de Salamanca creería lo que veían mis ojos, pero darían toda su fortuna por acceder a tal conocimiento.

Impuso de nuevo las manos sobre la herida del costado; sus ojos estaban casi cerrados, no dejaba de canturrear y su expresión era de felicidad. Por momentos creí que hablaba con alguien, pero no me sentí aludido. Miré a las mujeres. Sus rostros manifestaban reverencia.

De repente, observé, pasmado, que la herida estaba cicatrizando. ¡Era imposible! No había aplicado ninguna de sus pomadas milagrosas, polvos o ungüentos pegajosos. Tampoco había lavado la herida o retirado los restos de sangre coagulada.

¿Qué estaba pasando allí? ¡Nadie podía hacer cicatrizar una herida de tal magnitud con una ridícula imposición de manos y unos cánticos estrambóticos! Sin embargo era cierto. Mis ojos lo veían y resultaba incomprensible. Pensé en aquel sueño o realidad cuando, borracho de vuku, empecé a cantar y a bailar ante un lobo. Quizá lo que estaba haciendo Ulgun era algo parecido, pero más basto, y utilizaba un conocimiento ancestral.

Una vez la herida estuvo cicatrizada, le aplicó una de sus pomadas; no la vendó, cosa que me extrañó, porque debían ser vendadas para que la carne y los músculos crecieran y se solidificaran con rapidez. Estuvimos allí un par de días, hasta que el hombre pudo levantarse y dar unos cuantos pasos. Ulgun me devolvió la piedra y creí entender que debía ponerla en agua y sal durante unos días, y calentarla al sol para que volviese a tener todo el poder del lobo. Me hubiera encantado elaborar el horóscopo de aquel hombre y observar alguna alteración significativa en los aspectos de su salud y recuperación extraordinaria, pero como no sabía la lengua de los samit y solo podíamos comunicarnos mediante señas, gestos o las pocas palabras mongoles que conocíamos, no pude saber el día y la hora de su nacimiento; además, era indudable que seguían un calendario diferente al mío. Lo pensé mejor y lo dejé estar. Carecía de instrumentos, pergaminos y algo con que escribir y, además, hacía demasiado frío.

Emprendimos el viaje hacia la cabaña. No abrí la boca. Estaba avergonzado de mis pensamientos y mi falsa percepción. Había subestimado a Ulgun. Su medicina era distinta. También había preparado pócimas de jugo de menta, manzana y miel, y las había dado de beber a los enfermos de Sancti Spiritus para calmar el dolor de estómago. La diferencia entre ambos brebajes era que el mío estaba aprobado por los médicos de la Universidad de Salamanca y el de Ulgun no. En cuanto a los cánticos y las piedras mágicas, ¿acaso cristianos, musulmanes y judíos no rezaban con fervor plegarias a Dios, Alá o Yahveh para la sanación de sus seres queridos? De la misma manera, también ponían sobre las heridas reliquias de santos o profetas, pensando que estos ayudarían en la pronta recuperación del enfermo. Y me sentía desnudo ante unos conocimientos que me superaban ampliamente.

3

Antes de oscurecer, empezó a llegar gente en trineos, a caballo y a pie. Todos eran de baja estatura y de rostros morenos. Su piel era tan tersa y sus sonrisas tan estúpidas como la de Ulgun. Le pregunté qué pasaba y por qué venían, pero me ignoró. Estaba ocupado en recibir y acomodar a sus paisanos. Parecían contentos y pensé que era un día de fiesta o se celebraba una ceremonia religiosa. Algunos hombres me miraban de arriba abajo, otros escupían al suelo. Las mujeres maduras y ancianas me señalaban con el dedo y cuchicheaban, y las jóvenes susurraban entre ellas y reían con un fulgor aventurero en sus ojos.

Entonces observé a Ulgun hablar con un anciano. Me señaló, el anciano asintió y se dirigió hacia mí apoyándose en un bastón. Se presentó, en un latín aceptable, como Malksin. Era el representante de los samit.

Estaba atónito. Alguien en aquellas latitudes podía hablar un lenguaje conocido, y él sonrió con benevolencia y me rogó traer madera para calentarnos y colocarla en los círculos de piedras que rodeaban el tingut, que encendiera una antorcha y prendiese fuego porque era la ley.

Y me contó que el latín se lo había enseñado un sacerdote inglés que viajó lejos, en busca del país amarillo.

Intuí, según las explicaciones de los Polo, que ese país era China, un imperio inmenso que se extendía hasta los confines de la tierra.

Dijo que era hermano de Kurt. Que Kurt era mi guía, que veía por sus ojos y tenía su astucia y su fuerza. Le pregunté por el tingut y su significado.

—Es el árbol sagrado de los samit. El hombre espíritu habla con él y le solicita consejo y protección. Sin el tingut y el hombre espíritu estaríamos perdidos en la oscuridad y la nieve.

Y dijo que Ulgun veía, curaba y aconsejaba. Que era mago de la caza y viajaba con los espíritus. Quise alejarlo de aquellas ideas y pregunté por el sacerdote inglés porque quería saber más de él.

—El sacerdote dijo que en su religión había tres personajes importantes y que eran el mismo. Los samit no entendimos por qué tres personas han de ser una. Un trineo es un trineo, no tres trineos. Un perro no son tres perros. Una mujer siempre será una mujer, nunca tres mujeres, aunque nos gustaría que fuese así. —Rio.

Malksin se refería al misterio de la Santísima Trinidad y a su difícil comprensión mediante la razón y no la fe.

—El sacerdote nos dijo que el alma pertenece a los humanos y que les fue otorgada por el Dios de los cristianos, que se hizo hombre mediante su hijo, vino a nuestro mundo y dio su vida para redimir al hombre de sus pecados. Los samit creemos que un Padre Espíritu nunca podrá ser al mismo tiempo hombre y tener alma, porque nos resulta incomprensible que un ser que vive en el cielo pueda vivir también en la tierra. Tampoco entendemos el significado del pecado, hacemos las cosas que debemos hacer.

»Pensamos en el bien de la tribu, y cualquiera que vaya en contra de la tribu o quiera hacernos daño es nuestro enemigo. Creemos que todas las cosas poseen espíritu, y que es estúpido considerarse superior a cualquiera de estas. Carecemos de dogmas de fe y escrituras sagradas porque las consideramos superfluas y no las necesitamos.

—No es posible que desconozcáis la escritura. He visto que Ulgun tiene unas piedras grabadas con símbolos.

—No. Los símbolos fueron dados por los espíritus a nuestros hombres espíritu; cada uno tiene su símbolo, que representa un animal de poder.

—¿Entonces mi animal de poder es un lobo?

—Sí. Puedes invocar su fuerza, astucia o sabiduría cuando lo creas conveniente, pero con moderación. A Kurt no le gusta que le molesten con frivolidades.

¿Animales de poder? La cultura samit era extravagante. Yo era astrónomo, un hombre de ciencia. Las matemáticas, los cálculos y los hechos eran mi vida. No podía creer en rarezas. Mi mente no las aceptaba. El encuentro con el lobo había sido un sueño, pero decía que tenía su poder.

—Kurt puede abandonarte si lo desea. Ningún animal de poder es esclavo de un hombre. Kurt no está atado a ti, es tu amigo.

Malksin hizo un ademán y señaló hacia las hogueras, que formaban una semicircunferencia alrededor del tingut. Me apresuré a encenderlas; después, me senté junto a una de ellas. La noche llegaba y hacía frío. Los samit también se sentaron. Conmigo estaban Malksin, con un tambor, un niño, cuatro hombres, una anciana y una muchacha que creí que era la misma de la cabaña donde Ulgun curó al hombre herido. La muchacha me sonrió y deslizó su mano por mi pierna. Los samit rieron y me sentí incómodo, pero pensé que quizá fuera alguna costumbre o un saludo especial que se hacía al invitado. De todas formas, retiré la mano.

En cada hoguera había un samit con un tambor. Entonces empezaron a aplaudir y entonar una canción. Intenté secundar las palmas. Cantaban en su lengua y no entendí qué decían. De repente, apareció un hombre. Avanzó y se colocó cerca del tingut. Iba vestido de modo estrafalario. Llevaba una pelliza de pieles con cosidos multicolores, brazaletes y campanillas en tobillos y muñecas, que hacía sonar con vehemencia con cada paso que daba. Su rostro estaba cubierto por una máscara demoníaca. Me mordí el labio inferior para no reír porque los samit podían interpretarlo como una falta de respeto y no quería enemistarme con ellos. Cuando cesaron de canturrear, tocaron los tambores. Su sonido se asemejaba a los latidos de un corazón. El hombre empezó a realizar extraños movimientos con sus brazos y piernas; después avanzó y retrocedió varias veces e hizo giros con la cabeza. Me pareció que había visto antes aquellos bailes extravagantes.

—¿Ulgun? —pregunté a Malksin, sorprendido.

—Los samit estamos orgullosos de él. Baila muy bien —dijo.

Los tambores sonaban de manera constante. Parecían atravesarme el cerebro. Las sienes repiqueteaban. La cabeza me daba vueltas y me dolía. Me la agarré y apreté con vigor, pero el dolor no cesó. El hombre seguía bailando su loca danza. Los tambores me estaban acorralando. Las campanillas seguían tintineando. Grité. Me levanté histérico y caí de rodillas. Varios samit estaban tan locos como yo. Reía, reía. De pronto, apareció en mi mente el rostro del lobo. Y su expresión era tan segura y serena como cuando apareció en el bosque.

4

Ulgun estaba nervioso. Refunfuñaba por todo, amenazaba a los perros, que escuchaban con el hocico en el suelo, ojos lastimeros y orejas gachas, y daba patadas al tingut. Llevaba así varios días y yo no sabía la razón de su malestar.

Había intentado hablar con él, pero me empujaba y me ordenaba vigilar las trampas, cortar leña o hacer la comida. Cosa extraña, no había probado ni una gota de vuku, lo que señalaba una honda preocupación que no le dejaba vivir. Durante la noche, murmuraba en sueños. Me acercaba hasta su lecho y observaba que su frente ardía y estaba perlada de sudor; se la secaba, lo incorporaba e intentaba darle caldo caliente, pero él arrojaba la escudilla y se ponía de costado, arrebujándose con sus pieles, haciéndome ver que no deseaba mi ayuda.

Una mañana, al alba, llegaron un trineo y varios samit a caballo. Una figura conocida me saludó: era Malksin.

—¿Dónde está Ulgun? —El anciano sonrió.

—Dentro. —Señalé hacia la cabaña—. Pero se encuentra trastornado y taciturno. No quiere comer y ha dejado de beber vuku. Quizás esté enfermo.

—No, no lo está —murmuró Malksin—. Su animal protector le está llamando. ¿Has notado algo fuera de lo común?

—Suda mucho por la noche. Y delira.

—El primer oso lo está llamando.

A pesar de haber vivido una experiencia extraña con un lobo y que Ulgun dijera que ese lobo, Kurt, era mi animal de poder, no creía en su existencia e influencia en la vida humana. Para los samit formaba parte de su cultura y creencias y debía ser respetuoso, pero pensaba que era una superchería, una invención para someter a las gentes incultas. ¿Qué sería el primer oso?

Entramos en la cabaña. Ulgun estaba en el suelo, murmurando y observando una piedra; uno de los perros estaba junto a él, lamiéndole la mano. El anciano le habló. Ulgun se levantó y empezó a dar saltos y a cantar; luego nos abrazó y rio.

—Está muy contento —dijo.

—¿Qué sucede?

—Unos cazadores samit han encontrado el rastro de un oso, el primer oso.

—¡Un oso en invierno! —dije, incrédulo.

—En algunos lugares, la nieve ha empezado a derretirse. El invierno no ha sido duro y los osos salen más pronto de su gran sueño.

—Y ese oso que decís…

—Es el primero que sale del letargo y observa el amanecer de un nuevo año. El poder del oso es semejante al humano; a veces, incluso superior. La piel que lo cubre es un disfraz bajo el que se esconden una enorme inteligencia y fuerza espiritual. Además, al igual que cualquier samit, tiene su propio árbol sagrado.

»¿Cómo puede explicarse si no que deje sus marcas en ciertos abetos y abedules? El oído del oso es prodigioso. Sabe qué decimos de él. Intuye las intenciones de los humanos y percibe quiénes son sus amigos y enemigos.

—En mi tierra también hay osos. Atacan a las ovejas, arrancan las cercas y destrozan los pastos, pero no creemos que sean iguales al hombre — bromeé.

—Eso es porque no conocéis su espíritu y habéis perdido el contacto con la naturaleza. El hombre puede intentar engañar al oso, puede cazarlo, pero nunca será partícipe de su conciencia.

—Si es tan sagrado para vosotros, entonces ¿por qué lo cazáis?

—Lo hacemos por necesidad y no por gusto. Lo veneramos y tratamos con respeto. El oso se venga del cazador que lo menosprecia o se burla.

Los trineos no podían ir por las cañadas y el frondoso bosque, donde los osos se escondían de los hombres, así que subimos a los caballos. No me gustaba ir a la cacería del primer oso. ¡Podía morir o quedar lisiado de un zarpazo, como aquel pobre diablo de la cabaña! Los osos corrían más que cualquier hombre y en tramos cortos como los caballos, pero era un honor que me permitiesen ir y no quería mostrar cobardía. Malksin se quedó porque ya era viejo para eso. Nos deseó buena suerte.

Cada cazador samit estaba armado con un arco, una aljaba con flechas de largas puntas triangulares y robustas jabalinas, y alguno llevaba una espada corta, por si tenían que enfrentarse cara a cara con el oso. La nieve era blanda y algunos caballos se hundían en ella, encabritándose. Cuando el sol estaba en lo alto, llegamos a un gran bosque donde los samit habían visto al animal.

La caza del oso fue algo que jamás se borrará de mi cabeza; se hacía a última hora del día, cuando el animal estaba cansado de vagar en busca de comida. Nos dividimos. Un grupo de cazadores se escondió en unos esperaderos elevados, donde podían contemplar la llegada del oso. Se habían frotado el cuerpo y las ropas con jugo de hojas y raíces machacadas para que el olfato del animal no pudiera distinguirlos de un arbusto. Otros samit cazaron un venado, lo descuartizaron y lo pusieron a la vista del primer grupo de cazadores; después machacaron raíces de menta y las esparcieron alrededor del venado. La menta enloquecía al oso y lo hacía vulnerable. La carnada estaba preparada, como los cazadores, acechantes en sus escondrijos. Me encontraba sobre la rama de un abedul. Varios samit emboscados emitieron el bramido del venado. ¡Unh, mho! ¡Unh, hi, ka! ¡Unh, moo!, chillaban, y los pájaros, pequeños roedores y alguna inteligente familia de lobos emprendían la huida, temerosos de aquellos gritos. De repente, se oyó el canto vibrante de un pájaro y pensé que era un cazador samit, señalando que el oso se acercaba. Así fue. El animal era de notable envergadura, aunque estaba flaco y gruñía de modo extraño. Quizá tenía hambre. Olisqueó el aire, se acercó al venado muerto y lo mordisqueó, pero de inmediato se levantó, aguzó los oídos y gruñó. Nos quedamos inmóviles. Cualquier mínimo ruido lo alertaría y huiría hacia su cubil. Siguió comiendo; cuando estaba en pleno festín, los samit actuaron. Llovieron las flechas y varias se clavaron en el cuerpo del oso, que huyó hasta un lugar propicio para la defensa. Los samit se lanzaron en pos del animal. Me quedé atrás, con Ulgun. Al cabo de un tiempo, los cazadores regresaron y explicaron que el oso había luchado con furia inaudita y, pese a estar atontado por el letargo invernal y la carencia de comida, había herido a dos hombres y matado a un caballo. Ulgun los curó con un emplasto de hierbas.

Dos caballos transportaron, con unas parihuelas, el cuerpo del oso. Varios samit lo descargaron y lo pusieron en tierra. Ulgun se arrodilló delante del cadáver y lloró; después lo embadurnó con un espeso líquido amarillento, se levantó y danzó a su alrededor. Cuando terminó, los samit empezaron a despellejar al oso y le arrancaron la cabeza. Un cazador se adelantó, ató los huesos con unas trenzas de pelo y lo enterró.

Callé por respeto, pero seguí pensando que los samit no estaban bien de la cabeza. No entramos por la puerta principal porque Malksin me contó que de esta forma el oso no podría encontrar el camino de salida. Encontré la explicación un tanto extraña porque, si su alma se quedaba en el lugar de la cacería, entonces ¿quién habitaba la piel del animal? El poblado estaba desierto, y no porque no estuviese habitado o lo hubieran abandonado. Todo era culpa del oso. Las gentes tenían miedo, cerraban las puertas y ventanas y se escondían.

Nos dirigimos hacia la cabaña de Malksin, que nos estaba esperando sin mostrar signos de intranquilidad. Entramos. Ulgun colgó la piel del oso en una pared y le puso dos monedas de plata sobre los ojos. El anciano le engalanó las zarpas con anillos de oro y piedras preciosas. Entendí que las monedas y los anillos pasaban cada año de un primer oso a otro. Después besó el hocico del oso. Todos lo besamos.

Fuimos a la plaza del poblado. Algunos samit empezaron a bailar mientras otros narraban la cacería a los niños y ancianos del pueblo, que ya no tenían miedo del animal, alabando la fuerza, sabiduría y valor del primer oso ante los cazadores samit, ensalzándolo frente a los otros espíritus del mundo superior. Las mujeres prepararon comida y trajeron vuku. Se estaba improvisando una fiesta en honor al primer oso, que traería riqueza y prosperidad al poblado. Un samit borracho se vistió con ropas de mujer.

—¿Qué hace ese cazador?

—Se disfraza para que el oso no pueda identificarlo —respondió Malksin.

—Un gran cazador que tiene miedo del espíritu del oso —me burlé.

—Estáis borracho y no conocéis nuestras costumbres. La palabra es respeto, no miedo. Al cabo de cuarenta días, el espíritu del oso abandona su cuerpo, de modo que la piel ya puede ser vendida o utilizada para cualquier otra finalidad sin miedo de que pueda vengarse de los cazadores que lo mataron.

Bebió vuku y siguió contando que el oso superaba la muerte con facilidad, que su espíritu permanecía intacto, a pesar de haber sido separado del cuerpo, y que a veces se vengaba de aquellos que le habían dado muerte.

—Lo hemos enterrado de igual manera que a un hermano y hemos colocado los huesos siguiendo el mismo orden que guardaban en su cuerpo. Los animales carroñeros no deben profanar sus restos. De lo contrario, el oso se enfadaría y la desgracia se cerniría sobre los samit. Además, el cazador que pone los huesos en su sitio y los ata con cordeles hechos del cabello de su mujer se asegura una fértil descendencia y una protección adicional en el bosque.

—Y si falta algún hueso, ¿qué hacéis?

—¿Qué insinúas? ¿Que los samit somos ladrones? —Se enfadó.

—¡No! Pero quizás alguno se pueda romper o astillar durante la cacería y a veces los animales, e incluso los seres humanos, nacen con algún hueso menos en sus cuerpos.

—Si faltara alguno, lo reemplazaríamos por un palo, porque el orden de los huesos no debe ser alterado; y si sobrara alguno, cabe la posibilidad de que el próximo recién nacido de la tribu sea un hechicero.

—¿Por qué?

—Porque los hechiceros tienen un hueso más.

Emprendimos el camino hacia el poblado. Los samit marchaban en fila, cantaban alegremente y golpeaban con sus armas en los árboles para aplacar el odio del oso, cuya piel era llevada con las patas delanteras cruzadas sobre el pecho, como si de un samit se tratara. Algunos hombres se gritaban entre ellos mientras otros hablaban solos.

Me pareció que todos estaban locos.

—¿Qué les sucede? —Señalé a los cazadores.

—Se llaman con nombres falsos para confundir al espíritu del oso — susurró Malksin—. Unos dicen el nombre de algún vecino indeseable para que el oso se vengue de él; otros, un nombre falso del poblado para que ataque a otras tribus que siempre están molestando a nuestras mujeres y robándonos los perros.

Siguió hablando, pero apenas le oía. Varias mujeres y ancianos se sentaron y empezaron a tocar los tambores. Los cazadores que habían participado en la cacería empezaron a reír, dar saltos y bailar. Me uní a ellos. El vuku desinhibía mi moral y rectitud de juicio. Noté que una de las muchachas me miraba con intensidad. Era la misma que se había burlado de mí, manoseándome la pierna en la loca danza alrededor del tingut, la esposa de aquel pobre diablo al que Ulgun había curado de los zarpazos de un oso. ¿Sería el mismo oso que habíamos cazado? Me acerqué. Le quité un tambor a un samit, lo repiqueteé y bailé delante de la muchacha. Algunas mujeres y ancianos cuchichearon y rieron. La muchacha se levantó, furiosa, y se fue de la fiesta. No sé qué querían decir aquellos samit ni me importaba saberlo, y seguí bailando hasta la extenuación: con Ulgun, con Malksin, con una anciana desdentada y risueña que me pegaba en el trasero, e incluso creí bailar con el espíritu del oso muerto.

5

Abrí los ojos. Me dolía la cabeza. Estaba en una cabaña, en un camastro, desnudo y cubierto por unas pieles. ¿Quién me había traído allí? ¿Por qué estaba desnudo? Recordé vagamente que había bailado como un poseso, bebido mucho y que había estado en un bosque, en una cacería, pero me parecía todo muy lejano y ajeno a mi manera de ser.

El ambiente de la cabaña estaba caldeado; ardía un buen fuego en la hoguera. No sabía cuánto tiempo había dormido. ¿Un día o unos instantes? Oí un rozar de ropas. No estaba solo. Giré la cabeza y apareció una muchacha. Cerré los ojos y volví a abrirlos para asegurarme de que no se trataba de una visión. No, no lo era, y tampoco un sueño. Era la muchacha que tocaba el tambor en la fiesta. ¿Qué hacía allí? ¿Por qué no había nadie más en la cabaña? Me sonrió y se quitó el abrigo de pieles. Estaba desnuda. Me quedé sin respiración. Intenté deglutir. Todo sucedía muy rápido y me encontraba desarmado ante aquella situación. Sus pequeños y puntiagudos pezones me apuntaban, orgullosos de saberse deseados. Cruzó las piernas. Su sexo era sonrosado y apenas tenía una punta de cabello. Siempre había fornicado con mujeres que tenían una mata de pelo en sus partes íntimas. Era un engorro y, a veces, incluso se me quitaban las ganas. Pensé que si fornicaba con una mujer lampiña el placer sería más grande. La muchacha se pasó un dedo por la raja de su sexo y se lo introdujo varias veces muy lentamente. Mientras hacía eso, gimió y deslizó la lengua por sus labios. No sabía que las mujeres hicieran tales cosas. Me excitó muchísimo. Quizás era algo común entre las mujeres samit. En todo caso, no eran tan remilgadas como las mujeres cristianas o judías; puede que la excesiva religiosidad de estas tuviera algo que ver con la represión de su sexualidad. Mi respiración se volvió más profunda. El miembro estaba erguido, a punto. La muchacha se giró y me mostró su culo. Se agachó, enseñándome su sexo desde otro ángulo. Se lo abrió y acarició; después se dio una palmada sonora en el trasero. No podía más. Abrí la manta. La mujer observó mi verga. Abrió mucho los ojos y echó una risita. Era posible que fuera más grande que las de los hombres samit, porque de otro modo no los hubiera abierto tanto. Se acercó, sonriente, y se arrodilló. Me acarició las piernas y los testículos, después me agarró el miembro. Empezó a manosearlo, se lo introdujo en la boca y empezó a chupármelo con visible goce. La muchacha gorgoteó y casi me corrí. Me levanté. Puse a la muchacha a cuatro patas. Se las abrí. Ella giró la cabeza hacia mí, haciendo voltear su pelo, y entreabrió la boca. Le agarré el pelo con una mano mientras con la otra introducía mi miembro en su sexo. Ambos gemimos de placer.

Me desperté. Muchas imágenes circularon por mi cabeza. Había fornicado como un animal. Y la mujer también. Mis instintos primarios habían surgido como un torrente imparable. Había hecho cosas que jamás se me hubieran ocurrido, y la mayoría habían sido inducidas por aquella muchacha samit.

No me sentía avergonzado; todo lo contrario, la alegría y la felicidad recorrían mi cuerpo. La muchacha seguía a mi lado, y su cuerpo, sudado y tembloroso, hizo que el placer recorriera de nuevo mis venas. Acaricié sus piernas y los deliciosos pechos. Ella me mordió una oreja, me rozó el pecho y sus manos descendieron hasta mi estómago. De pronto, la puerta de la cabaña se abrió. Era Malksin. Tenía cara de pocos amigos. Le dijo algo a la muchacha, que se levantó, se vistió y se fue como una exhalación. El anciano se frotó las manos cerca de la hoguera, cogió un trozo de carne, un odre de vuku y empezó a comer y a beber con fruición.

—¿Qué queréis de los samit?

—Me dirigía a Maragah junto a unos amigos. Una tempestad nos separó. Ulgun me encontró y me dio cobijo en su cabaña.

—Tu historia no nos interesa. Los samit deseamos ayudarte a tejer la hebra de tu vida.

—¿Qué sabes de esa hebra?

—Lo que sabemos todos los samit. Nos lo ha dicho la danza de Ulgun.

—¿Cómo puede una danza deciros algo?

—Ulgun se ha comunicado con los espíritus superiores y les ha solicitado protección para el viaje que has de emprender. Es juicioso saber el destino que nos depara nuestra propia hebra. Si lo deseas, podemos hacer los preparativos para el viaje. Queremos ayudarte.

¿Espíritus superiores? Pero ¿qué sandeces me estaba diciendo el viejo? La combinación de los sonidos rítmicos de los tambores y los bailes estrambóticos más el infernal vuku eran los responsables de las visiones ridículas y de aquella locura; pero no era el momento de hacer elucubraciones o rechazar la ayuda que me ofrecían.

—Los mongoles no son enemigos, aunque tampoco amigos. Algunas veces comerciamos con ellos y les dejamos pasar por nuestro territorio si los espíritus lo aconsejan, cosa que les disgusta, pues se consideran nuestros amos. Podría haber problemas al llevaros a Maragah. —Sonrió e hizo una mueca con los labios.

—Me arriesgaré.

—Te acompañarán los mejores cazadores samit. Atravesaréis la estepa y cruzaréis las montañas. Te dejarán con una caravana —dijo en un tono que no admitía réplica.

—¿Por qué han de ser los mejores?

—La tarea la hacen los más jóvenes porque, de esta forma, hacen méritos delante de la tribu. Pero tú eres especial; eres hermano de Kurt, y ningún samit permitiría que te ocurriese algo en nuestro territorio. Además, para ellos es un honor poder acompañarte. Partiréis mañana; demorar el viaje no serviría de nada.

 

Dos grandes trineos con tres samit en cada uno de ellos y cinco caballos, cuatro de ellos con jinete, estaban preparados para partir. Iban armados con dagas, espadas curvas y arcos cortos; los jinetes, además, llevaban largas jabalinas, las mismas que había observado durante la cacería del oso. Malksin y Ulgun charlaban animadamente con algunos de aquellos hombres. Me acerqué.

Ulgun me abrazó, me puso un medallón en el cuello, sonrió y dijo en un pésimo latín:

—Que los espíritus te guíen, hermano Kurt.

Observé aquel medallón. Era redondo, de madera pulida, y estaba recubierto por una resina que lo hacía brillar cuando le tocaba la luz. Había un círculo tallado en el centro, que supuse que representaba el sol, y unas palabras que me parecieron árabes.

—Ulgun dice que te protegerá —dijo Malksin.