El bróker

Francisco Pérez Gandul · Capítulo 3 de 27

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El bróker

Capítulo III

 

—¿Cinco millones doscientos? —repitió David Alfakhar añadiendo interrogaciones a la afirmación de Curro Ginés, el jefe de Contabilidad, y al asentimiento de Germán Salas, responsable de informática.

—Sí, jefe —respondieron al unísono.

—¿Y nos detenemos ahí o me vais a contar mañana que son siete o treinta o doscientos?

—Aún estamos en ello, pero no será mucho más —sentenció Ginés.

Alfakhar dejó las gafas sobre la mesa, cerró los ojos y posó la cabeza sobre el respaldo del sillón. El informe preparado por el jefe del departamento de informática no hacía sino acrecentar su ansiedad. En sus cuatro abigarrados folios, colmados de palabras técnicas y de autojustificaciones, no había una sola frase esperanzadora. Nada había allí, salvo el aumento de la cantidad defraudada, que no le hubieran adelantado días atrás, si acaso la rotunda confirmación de que quien se llevó el dinero actuó como un auténtico profesional.

—¿Para qué me he gastado una fortuna en un sistema de seguridad informática puntero si cualquiera puede entrar y llevarse el dinero? Sois una pandilla de inútiles —estalló Alfakhar.

—No hay un solo sistema en el mercado que no pueda ser atacado, señor. Aquí la trampa siempre va por delante de la seguridad, el criminal varios metros por delante de la policía —contestó con voz queda Salas al exabrupto del jefe.

—Acaso sea entonces más rentable contratar al criminal.

—Más que gritar, seguro, pero fichando al delincuente ¿quién le asegura que no hay otro aún mejor?

—¿Qué hacemos?

—Hay una empresa estadounidense especializada en delitos informáticos. Son muy caros. Nadie nos puede asegurar que descubran al autor o a los autores del robo, pero si no lo pueden hacer ellos, no creo que haya en el mundo otros capaces de conseguirlo.

—Llámalos.

—Algo más…

—¿Más, joder?

—Hágase a la idea de recibir alguna otra sorpresa.

—¿Pero no me acabas de decir que la cosa no pasará de los cinco millones de euros?

—No me refiero al dinero. De quien ha hecho esto con tanta limpieza debemos esperar continuos obstáculos.

—¿De qué debo preocuparme exactamente, Salas?

—La respuesta solo la sabe él, señor.

 

Cuando su jefe de informática salió del despacho, Alfakhar tomó del cajón un pastillero y arrojó sobre la palma de su mano varios comprimidos de ansiolíticos. No recordaba la última vez que le tembló, pero sí ese ahogo subir lentamente por su voluminoso estómago, hasta amenazar con hacerse serpentín en su garganta. Fue el día que visitó Auschwitz, el campo de concentración donde parte de su familia había sido exterminada. Recorriendo los barracones, las duchas donde los gaseaban, los hornos crematorios, había sentido cómo las almas de sus abuelos, de sus parientes lejanos, trataban de aferrarse a la suya. Durante meses despertaba sudoroso y con la respiración entrecortada en plena madrugada, alertado por aquellos gritos desesperados que su imaginación hacía resonar en los muros de los barracones. Gritos en polaco, en hebreo, en alemán, palabras que laceraban su espíritu y cuyo significado siempre se negó a conocer.

 

El resort Mexcún de Paraíso de la Bonita, a 20 kilómetros de Cancún, parecía semiengullido por un manglar, del que asomaba tímido a la inmensidad del mar Caribe. Quienes se adentran por la carretera 307, arteria entre Cancún y Chetumal, no suelen llevar fajos de billetes en las carteras, pero no conviene confundirlos con mochileros. Les basta con una tarjeta de plástico a la que cargar cientos de dólares, el precio de una noche en una habitación de cualquier hotel de lujo de la zona. Fernando Argüelles lo podía pagar. La suite con terraza y piscina privada del extremo más alejado del complejo, la «escort» de lujo que le acompañaría en el viaje y la estancia, y hasta la meretriz local que en noches de luna llena y botella de tequila vacía declaraba el overbooking en su colchón.

—¿Preguntan por el cuate de la Moctezuma? —inquirió el recepcionista del hotel a la telefonista.

En otras circunstancias, aquel chico de pelo ensortijado e inglés de El Paso no hubiera repetido lo comunicado por su compañera. Querían hablar con Fernando Argüelles, el español de cuidada barba, exquisitos modales y espléndidas propinas en el «lounge». En realidad invitaba a otros muy cercanos a hacerse cargo de la respuesta; en concreto, aquellos dos tipos que apenas veinte minutos antes habían hecho acto de presencia en la recepción, tras ser llamados por el director del hotel a primeras horas de la mañana.

—Presta —ordenó con gesto imperativo Joaquín Andrades, comandante de la Policía Judicial de Yucatán.

—Comunícanos —dijo el recepcionista antes de alargarle el auricular.

—Bueno, hotel Mexcún —pronunció con profesionalidad de conserje curtido Joaquín Andrades—. ¿Quién me habla, por favor?

El comandante se sacó el bolígrafo de un bolsillo interior de su chaqueta y el cordón del auricular se enrolló en su cuello en su tentativa de encontrar un papel en el que apuntar el nombre de quien, al otro lado del teléfono, le interpelaba por Fernando Argüelles. Desde hacía 48 horas, su pareja, Agnetta Solberg en el pasaporte noruego exhibido, Ebba sin más en el prostíbulo de lujo parisino donde trabajaba, nada sabía.

—Señor Bruno Silva, de su oficina, ¿verdad? El señor Argüelles no se encuentra en su recámara… No, no está en el hotel. ¿Gusta se lo reporte cuando llegue?

Andrades se mesó el bigote —«very mexican» le había dicho la nórdica nada más presentarse— e hizo intención de dirigirse al recepcionista, pero luego recordó que las nuevas centralitas telefónicas conservaban todos los datos de las llamadas y era innecesario avisar de antemano a la telefonista.

—Bien, que se reporte a la oficina, ¿algo más en lo que pueda servirle, señor? Gracias a usted, señor, le informo de su mensaje en cuanto lo vea por el hotel. Sí, buenas tardes.

Tras cerciorarse de que al otro lado se cortaba la comunicación, el inspector se dirigió al recepcionista.

—¿Operadora…?

—Presione el 0.

—Señorita, habla la Policía, ubique la procedencia de la llamada que nos transfirió a recepción preguntando por el cuate de la Moctezuma. Sí, dígame 34…, ya, ¿España seguro, verdad? Gracias, linda. ¿Me puede dar un reporte de todas las llamadas recibidas en la habitación desde la llegada del gachupa? ¿Sí? Perfecto.

Joaquín Andrades miró el papel en que había apuntado todos los datos, lo dobló cuidadosamente y lo introdujo entre las hojas de la libreta recién estrenada con las declaraciones de la chica noruega.

—También buscan al güey a nueve mil kilómetros de aquí, hay que chingarse —afirmó dirigiéndose a su compañero.

 

—¿Y quién ha sido? —preguntó Ana mientras rebuscaba en el bolso el lápiz de labios.

—No tienen ni zorra idea —respondió Berta, que se ahuecaba el pelo.

Ana no necesitó sonsacarle su fuente. Desde hacía un tiempo Berta intimaba con Germán, pese a ser reacia desde siempre a mantener relaciones con tipos casados. «No ronca», se limitó a contestarle un día en que le confesó no comprender por qué pudiendo elegir a cualquier hombre se había enrollado con uno con esposa e hijos.

—Ahora me explico tantas reuniones entre el señor Alfakhar y Bruno en los dos últimos días.

—Sospechan de Fernando —soltó de sopetón Berta.

—No creo.

—Que sí, tía, me lo dijo Germán. Es lo fácil, mi jefe no está y ha desaparecido pasta; para dónde van a mirar sus socios.

Terminó de retocarse los labios y dejó a Berta perfilándose de nuevo los ojos. Adivinó un rictus de decepción en el rostro de su amiga e intuyó que o bien esta sabía más de lo reconocido, o ella también se sumaba a quienes consideraban a Fernando Argüelles capaz de traicionar a la firma. Ana se dirigió hacia una de las cabinas del aseo, pero antes de cerrar la puerta se volvió.

—Berta.

—Dime.

—¿Qué te ha dicho Fernando?

—No he hablado con él.

—Venga…

—De verdad, mujer.

—Oí el otro día a Bruno decir que Fernando estaba siempre ilocalizable en vacaciones, pero yo no me lo creo.

—Más o menos.

—Más para otros y menos para ti.

Berta sonrió a través del espejo y su media sonrisa se convirtió en prólogo de las lágrimas que empezaron a resbalar por sus mejillas. Ana corrió hacia ella y la abrazó.

—¡Eh, eh!, ¿qué te pasa?

—Soy la única persona con el número de teléfono de Fernando en sus vacaciones y cuando quiere preservar por completo su intimidad.

—¿Y?

—Lo llevo llamando desde ayer y siempre salta el contestador de voz. Le he dejado una docena de mensajes.

—Bueno, mujer, está de vacaciones, quién sabe si en un lugar con poca cobertura. O barrunta problemas de trabajo y no le apetece hablar.

—Siempre lo coge a la primera, Ana. No le molestaría si no fuera grave, lo sabe de sobra.

—Ya.

—Algo pasa.

—¿Lo has comentado?

—No, Ana, solo lo sabes tú y así seguirá, ¿de acuerdo?

—Vale, ¿pero no crees que lo deberían conocer los jefes?

—Siento traicionarlo si lo digo.

 

Cuando Ana regresó a su mesa, Bruno salía de su despacho. Iba con las mangas de la camisa remangadas, el cuello desabrochado y el nudo de la corbata a media asta. Hizo memoria y no recordó haber visto nunca así a su jefe. Sí, algo pasaba.

Bruno le hizo un gesto con la cabeza y continuó el camino, pero apenas unos pasos después se volvió, sin tiempo a que Ana, aún mirándolo, se sentara en su silla.

—¿Me quieres decir algo?

—Sí, bueno, no especialmente, solo…

—Dispara…

—Vaya, su nuevo look, señor.

Como si no comprendiera, Bruno enarcó las cejas para, al momento, mirarse los brazos, tocarse el cuello de la camisa y tantear el nudo de la corbata. Miró a su secretaria, que lo escrutaba con cara divertida. Bruno se agitó el pelo.

—¿Mejor? —preguntó a Ana.

Su risa fue la mejor respuesta.

Al sonar la melodía del móvil, Wie supo que había llegado el momento de actuar. No le molestó el brusco despertar ni volverse a atar los zapatos que, apenas tres horas antes, había dejado alineados con precisión milimétrica a los pies de la cama, ni tomar de nuevo el coche rumbo al lugar de trabajo. Desde pequeño, tanto en casa, como los fines de semana en aquel piso céntrico cerca del río y más tarde en el colegio de las afueras donde se les enseñaba la lectura y la escritura china, la milenaria cultura de sus antepasados, le habían tratado de inculcar la necesidad de estudiar mucho, de sacrificarse más, del esfuerzo continuo como única fórmula para en el futuro tener un buen trabajo y ganar dinero, mucho, cuanto más mejor. Nunca, sin embargo, se acostumbró a aquellas tardes haciendo ideogramas tan complicados mientras sus amigos españoles jugaban al fútbol en el parque cercano o, ya algo mayor, a vigilar los pasillos del bazar en vez de estar ligando con las chicas. Mientras se enfundaba un polo de cuello alto, admitió que no había sido fácil conciliar la educación oriental recibida en casa y la que sin darse cuenta empapaba su mente de lunes a viernes, proveniente de los usos y costumbres de sus profesores y amigos españoles. Había cosas, sí, musitó mientras se ajustaba el cinturón, no negociables, como el respeto a los mayores y a obedecer sin rechistar.

—¡Wie!

Había alcanzado la puerta sin hacer ruido y se disponía a cerrarla tras de sí, cuando Shu surgió de la oscuridad y, acercándose, le alargó una bolsa.

—Por si tienes hambre, hermano. Cuídate.

 

Yao dejó el cubilete sobre la caja que servía de mesa a los jugadores y respondió al móvil. Sus dos acompañantes lo miraban asentir sin abrir la boca, como si al otro lado fuera un vidente quien hablara con él. Yao cerró la tapa del teléfono, arrasó con el dinero de la apuesta no jugada ante la tímida protesta de sus compañeros y pegó una patada a la caja de cartón que hizo saltar los dados por los aires, repiqueteando luego cada uno en el suelo de la estancia al caer.

—Empiecen a recoger, ¡vamos, vamos! —apremió a sus colegas, empujándolos hacia dentro.

Aquellos dos mastodontes que, en las últimas cuarenta y ocho horas, habían vigilado a los inmigrantes no tenían miramientos. A base de patadas, de empujones, de insultos, fueron abriéndose paso entre los hombres, mujeres y niños desparramados por la habitación, urgiéndoles a recoger de inmediato sus humildes pertenencias y a estar, en silencio y de pie en fila india, listos para partir.

Apenas unos minutos después de la medianoche, cuando ya llevaban cuatro horas de espera y la mayoría aguardaba de cuclillas en su sitio, Yao empezó a pasar revista con chulesco paso marcial. Se paraba ante niños y ancianos, les hacía dar un paso al frente, y sellaba sus bocas con trozos de cinta advirtiéndoles que de quitárselas les ataría también las manos. Luego, ante la mirada atemorizada de todos, situándose con los brazos en jarras en el centro de la habitación, habló en perfecto coreano.

—Ahora vais a bajar a la primera planta, en silencio, no quiero oír nada, ¿habéis visto alguna vez hablar a una mierda? No, ¿verdad? Pues vosotros sois mierdas. Después vais a subir a unas furgonetas para llevaros a donde trabajaréis. Debéis pagar la buena vida que os estáis dando. Y recordad, habéis dejado gente con vuestro querido Kim Jong-un. La traición se paga con la vida, con la vuestra y la de vuestras familias. ¿Comprendido, basura?

El primero de la fila hubiese dado un paso hacia la salida de la habitación solo con pedírselo, pero recibió una patada, como el segundo un empujón y la tercera un golpe en la nuca. Nadie se quedó sin recordatorio de lo que en el futuro sería su vida mientras franqueaba la puerta, recorría el pasillo y empezaba a descender la escalera, situada junto a un amplio ventanal tapado con hojas dobles de periódico, camino de la primera planta de la nave.

Los más rezagados, entre los que estaba la chica forzada por Yao, vieron a través de los periódicos rasgados los anuncios de neón de las naves colindantes y los furgonetas de las empresas, aparcadas junto a las naves, a la espera del inicio de la jornada laboral.

Al llegar a la planta baja, Yao y sus matones empezaron a dividirlos en tres grupos de treinta y los situaron ante unos enormes cierros que los más observadores coligieron como las bocanas del muelle de la nave.

Aún esperaron una hora larga en la penumbra a que se levantaran aquellas enormes persianas. En cuanto empezó a penetrar la luz en la nave se les urgió a correr hacia ellas e introducirse en las furgonetas, rumbo, creían, a una nueva existencia.