El bróker
Capítulo V
Era ya noche cerrada cuando Bruno dejó a David en la puerta de su hogar. Habían parado a picar algo en Las Cabezas, y tomado unas copas en un tugurio de Dos Hermanas donde el pijerío se sentía travieso. Alfakhar invitó a su socio a entrar en su chalet, pero este declinó hacerlo. Ni le apetecía más alcohol ni le agradaba la idea de ser red en la partida de ping pong dialéctica que solían jugar David y Nuria, su mujer, cuando había terceros de por medio.
Bruno usó el manos libres para telefonear a Ana. Su secretaria acababa de ducharse y se había preparado un sándwich. También le puso de comer a su perra, Sandy. Fue entonces cuando sonó el móvil.
—Dígame, señor Silva.
—Ana, ¿el departamento de informática nos pasó algún informe a última hora?
—No.
—Entérate si enviaron alguno al señor Alfakhar, por favor.
—Ahora mismo lo averiguo.
—Llámame con lo que sea.
—De acuerdo.
No le importaba que su jefe acudiera a ella a las horas más intempestivas. Es más, hubo de reconocer que le satisfacía: le hacía sentirse importante. Buscó en la lista de contactos del móvil el teléfono de Merche, la secretaria del departamento de informática, y llamó a su colega. No fue sino al segundo intento, tras un primero en el que saltó el buzón de voz, cuando esta contestó.
—Merche, ¿habéis mandado hoy a Dirección algún informe después de haberme ido yo?
—No te puedo dar esa información, Ana.
—¡Venga, tía! ¿Cómo que no me la puedes dar?
—No, no puedo.
—Oye, mi jefe es uno de los socios, no hace falta recordártelo. Desembucha.
—Lo siento, Ana, dile que hable con el señor Alfakhar.
—Vale, ya no soy la secretaria de nadie, sino tu amiga. ¿Salió un informe?
—Sí.
—¿Qué decía?
—No lo sé. No lo escribí yo. El sobre llevaba el sello de confidencial y a la atención exclusiva, sin copias, del patrón. Y además Germán me dijo que chitón; no he hablado contigo, ¿vale?
Nada contestó ni le dio siquiera las gracias. El silencio se hizo tan espeso como el que se produjo luego tras hablar con Bruno Silva y contarle la conversación con Merche. Su jefe solo había asentido con síes a su relato, sin pregunta alguna.
—¿Nada más, Ana?
—Solo eso, señor Silva.
—¿Qué se te ocurre para acceder al informe sin ser borde?
—Lo puedo intentar.
—Mejor, consíguelo.
Sandy se subió al sofá y acomodó su frágil cuerpo entre los pechos y el vientre de Ana, quien la acarició. Los deseos del jefe eran órdenes.
Alfakhar estrechó la mano de aquellos dos sujetos y les deseó suerte, «porque su suerte será la mía». Lo pronunció en inglés de Stanford, la universidad en la que hizo un MBA tras pasar por Deusto. Uno, el que llevaba la voz cantante, alto, muy rubio, pecoso, le pareció demasiado hablador; el otro, moreno y bajo, con unos gruesos lentes que ampliaban el extravío de su mirada, en exceso callado. Ambos eran su única esperanza de descubrir quién había asaltado el sistema y robado.
—Acompañe a los señores y regrese, Germán.
Tenía razón Germán cuando le advirtió de que aquellos tipos recién llegados de Atlanta eran muy caros. Pasara lo que pasara, tuvieran éxito o no en sus pesquisas, sus honorarios constituirían una notable mordida a la de por sí quebrada tesorería de la compañía.
—No he entendido nada del informe que me has pasado. Si no te importa, cuéntamelo como si se lo explicases a un niño —le pidió Alfakhar a su subordinado.
—Básicamente, su trabajo consistirá primero en analizar el sistema de seguridad implantado, para buscar «bugs», perdone, jefe, los agujeros a través de los cuales podían violarlo. Cuando descubran dónde está el fallo, tirarán del hilo hasta dar con la madeja y en ese instante quien o quienes hayan manipulado el sistema pueden empezar a pintar palotes en las paredes de la celda.
—Dime que lo conseguirán.
—Si no lo hacen ellos, dudo que haya nadie en el mundo capaz de lograrlo.
—¿Cuánto pueden tardar?
—Para el rubio esto es como en la ruleta. Lo mismo el número apostado sale a la primera que te arruinas sin aparecer.
—Muy esperanzador.
—Se cubren las espaldas, jefe. Pero en realidad hacen trampas. Todas las ruletas, todas, por muy equilibradas que estén, tienen números más proclives a salir que otros y ellos averiguarán estos números antes de apostar. Saldrán antes o después, pero saldrán.
—Sabes, Germán, podrías ser un extraordinario narrador de cuentos para niños.
—¿Me está insinuando la conveniencia de cambiar de empleo, señor Alfakhar?
—Yo de ti me lo plantearía.
El empujón hacia arriba que con falso entusiasmo le prometió su jefe de Extranjería lo llevó a dos plantas más arriba en apenas unos segundos, los que tardaron en cerrarse y abrirse las puertas del ascensor tras el cortísimo trayecto. Wie se había despedido de todos los compañeros después de haber recogido cuatro cosas en los cajones de su mesa. La noche anterior, su madre le había traído del bazar una maleta pequeña de lona azul, de esas que cumplían los estándares de las compañías aéreas de bajo costo. Ella había doblado y guardado el plástico protector y sellado las ruedas con papel adhesivo de embalar para que, una vez hecha la mudanza, le fuera reintegrada y colocarla de nuevo en el estante del bazar.
—Pero, madre, ¿por cuánto nos sale? ¿Diez euros?
—Cinco, pero con eso come en China una semana una familia —le había contestado ella.
Homicidios ocupaba una planta completa en Jefatura. Nada que ver con el zulo en el que había trabajado los últimos años combatiendo las cada vez más asentadas mafias orientales. Era como pasar de un apartamento de un ambiente a un loft luminoso. Prefería el antro de Extranjería.
—¿Wie?
Quien le tendía la mano no cumpliría ya los cincuenta, pero tenía un porte juvenil. Alto, algo descuidado de cintura pero con porte atlético, pelo abundante y flequillo rebelde, el comisario Abascal gastaba fama de buen navegador en las siempre alborotadas aguas políticas.
—¿Comisario?
—Deja eso en la mesa y acompáñame a mi despacho. Luego te presentaré a tus nuevos compañeros, aunque a algunos los conocerás ya.
Veinte minutos después Wie salió del despacho con su primer caso encomendado. Se había recibido una comunicación desde México dando cuenta de la agresión a un financiero español, a resultas de la cual permanecía en estado de coma en un hospital de Cancún. Luego llamarían de la Procuraduría de Yucatán para tratar de coordinar las investigaciones.
—Fernando Argüelles, de Alfakhar y Asociados. Nos piden indagar su vida aquí por si tiene alguna relación con lo sucedido en México. Antes de informar a los manitos, me lo cuentas y decidimos lo que nos conviene revelar, ¿vale?
Wie se sentó en la mesa asignada y colocó la maleta en uno de sus costados. Abrió los cajones hasta encontrar un par de folios y marcó un número de teléfono sin necesidad de acudir a la agenda.
—Soy yo. ¿Qué sabes de Alfakhar & Asociados?
Ana hablaba por teléfono cuando vio llegar a su jefe. Tendió una mano y él, sin detenerse, cogió la carpeta alargada por su secretaria. El informe que el departamento de informática había elaborado en exclusiva para David se limitaba a señalar los supuestos pasos dados por el autor del desfalco, las medidas de seguridad violentadas, cómo se cuidó de no dejar huellas que permitieran un seguimiento del dinero y el convencimiento de los técnicos de que quien había metido la mano no solo tenía sólidos conocimientos informáticos sino también su pertenencia al alto organigrama de la firma. Eso le había permitido acceder a datos confidenciales imprescindibles para realizar las operaciones. Se daba cuenta además de los cambios efectuados en las claves de acceso al sistema, incluidas las cuentas de la compañía en los paraísos fiscales, cambiadas sus contraseñas con frecuencia y solo en poder de David Alfakhar o las personas designadas por él; en la nueva configuración de los programas espías instalados en los ordenadores centrales, haciendo especial hincapié en aquel reservado a los altos cargos, ahora objeto de una permanente y discreta fiscalización. Todo el mundo en la firma permanecía desde ese momento bajo sospecha.
—Buen trabajo, Ana.
—Gracias, señor.
—¿No dijiste que no se habían hecho copias?
—Sí, pero no de la posibilidad de acceder al original.
—¿Te puedo preguntar quién nos ha hecho el favor?
—Las secretarias también tenemos secreto profesional.
La picardía de Ana hizo aflorar la sonrisa de Bruno, que tomó el dossier y lo introdujo en uno de los cajones de su mesa. Hubo de reconocer la valía su secretaria y su capacidad para hacerse respetar en la empresa como ayudante suya pese a no ser de las veteranas.
—¿Algo más?
Con el bloc de notas en la mano, Ana esperó la respuesta de Bruno y cuando este le dijo que no por dos veces, comenzó la retirada. Apenas se acercó a la puerta, Bruno la hizo volverse.
—Ana.
—¿Señor?
—Te gusta Bono.
—¿El político?
—No, mujer, el cantante.
—¡Oh, claro! ¡Me encanta!
—Ten, actúa dentro de una semana en el Estadio Olímpico.
Bruno se levantó y le alargó dos entradas en un sobre. La cara de sorpresa de su secretaria adquirió tintes cómicos cuando, tras observar las localidades, se llevó la mano a la boca.
—¡Pero, señor Silva, son VIPs, del mejor sitio! —exclamó.
—Te las mereces. Llévate a Berta —le guiñó de palabra y de obra Bruno.
—¿A Berta?
—Seguro que le gustará ir contigo.
—Ya, somos amigas, pero…
—Se tira a Germán, ¿no? Le estoy agradecido, se lo haces saber, por favor.
—Ella no…
—Ya me contarás si os gustó. Ahora a trabajar —zanjó Bruno.
Joaquín Andrades miró el reloj y lamentó haberse comprometido a llamar a España justo a la diez de la mañana para hablar con el colega al que habían asignado el caso de Fernando Argüelles. Pasaron horas antes de caer en la cuenta de que eso lo situaba a las tres de la madrugada en el 21 de la avenida Xcaret, esquina a Kabah, sede de la Subprocuraduría de Justicia del Estado, su lugar de trabajo. Nadie lo esperaba en casa, ni siquiera el sueño, tal era su sociedad con el insomnio desde hacía años, pero le incomodaba desplazarse hasta allí a aquellas horas en vez de arrellanarse en su sillón de cuero con una novela negra y una botella de mezcal como únicas compañías.
El mezcal, pensó, no estaba prohibido en horas de asueto y le dijo al chavo que sí, que lo metiera en la bolsa junto a la ración de cochinita pibil, el papadzul y la créme brûlée de huitlacoche, la cena para llevar del restaurante familiar de su calle.
Se acababa de limpiar la manos en la servilleta de papel y le había dado el penúltimo sorbo al mezcal con que acompañó la comida, cuando aventuró que si el policía español era como él, ya estaría sentado ante el teléfono esperando oír su voz. Por eso no le extrañó que justo a las tres menos ocho minutos, apenas acabó de sonar el segundo tono, alguien contestara al otro lado del gran charco y en una ciudad de la que solo había oído hablar por las orejas cortadas en su plaza de toros por Carlos Arruza, el torero venerado por su padre. Si su compatriota había popularizado la suerte del teléfono en los ruedos, él esperaba tener el mismo éxito con su llamada.
—Buenos días, México.
—Buenas requetenoches, España, ¿quién habla?
—Soy Wie López.
Andrades se tomó el poso de mezcal restante en su vaso y se culpó de no haber oído bien. Cierto, pensó, que la soledad de la oficina y las horas en la que la habitaba ayudaban a excusar el tiento a la botella, pero hubiera apostado el bigote a que el agave azul de su bebida no era el impedimento para no haber oído el nombre de quien de manera tan cordial lo había saludado desde Sevilla.
—Chamaco, ¿cómo dijiste que te llamas?
—Wie, Wie López.
—¿Uí?
—W-I-E —le deletreó.
—¿Qué le ha pasado a los gachupines? ¿Se acabaron los Antonios y los Manueles?
—Es chino.
—¿Tu nombre es chino?
—Sí.
—¿Güey, a poco eres chino?
—Medio chino, medio español.
—¡Ah!, fíjate, yo soy yucateco, español y a esta hora también medio pedo. Hablemos del cuate lleno de tubos de aquí.
El inspector mexicano le facilitó toda la información reunida sobre la estancia en México de Fernando Argüelles, quien permanecía en la unidad de cuidados intensivos del Hospital General de Cancún con mal pronóstico, según los médicos. Quedó frustrado al saber que en Sevilla apenas se tenían datos sobre el tipo, más allá de lo poco recopilado en los archivos de los organismos oficiales por Wie nada más instalarse.
—Me acaban de trasladar de sección, amigo, déme cuarenta y ocho horas y le llamo.
Andrades admitió que él podía esperar. Quien luchaba contra la muerte lleno de cables y enchufado a una docena de aparatos no tenía tampoco prisa alguna.
—Ándale pues —dijo. Y colgó.
David Alfakhar permanecía echado en el sofá cuando Bruno entró en su despacho. No necesitaba exhibirse en horizontal para que cualquiera advirtiese su enorme cansancio. Las ojeras habituales aparecían más pronunciadas y a su rostro, demacrado, le conferían un aire de derrota que podría confundir a quienes no lo conocieran. Porque Alfakhar no era un hombre proclive al desaliento; muy al contrario, encontraba en la adversidad el estímulo para superarse y su capacidad de lucha estaba más allá de la creencia en el éxito. Diríase que en alguna ocasión habría echado un pulso al mismísimo destino para borrar lo ya escrito y plegarlo a sus deseos.
—¿Cansado?
—De todo, Bruno.
—¿Tú derrotista?
—Ya sabes que no, pero a veces es bueno tomarse un respiro para afrontar una nueva carrera. ¿Qué querías?
—No he podido entrar en unas de nuestras cuentas opacas y en informática me dirigen a ti, en el caso de que tú seas el «gran jefe» de la tribu, como ellos lo llaman.
—Se ha cambiado el sistema de seguridad. Ahora soy yo el único con las claves. Algo transitorio, cosas de esa gente.
—¿Sigues desconfiando de Fernando?
—Mira, Bruno, esto no es una novela de la Christie, con un sospechoso en cada capítulo. Quitando al Espíritu Santo, cualquiera pudo ser. Todos somos culpables mientras no se demuestre lo contrario.
—No es muy constitucional eso.
—A la mierda la Constitución. Aquí de lo que hablamos es de muchos millones volatilizados que comprometerán gravemente a la compañía en caso de no poder restituirlos. Lo demás me importa un huevo, sinceramente.
—Pronto lo cogeremos, le daremos con la varita mágica y lo convertiremos primero en pez, luego en tortuga y más tarde en un jabalí.
—Lo que me faltaba, otro émulo de los hermanos Grimm.