El dependiente
El dependiente
Este capítulo es largo, así que está dividido en 10 partes.
Al acercarse al cine, una de las advertencias de su madre cruzó por su imaginación y casi involuntariamente dijo:
—No te olvides de que soy judía.
—¿Y qué importa? —respondió.
Una vez en la oscuridad del cine, Frank, recordando esta respuesta, se sintió lleno de júbilo, como si hubiera traspasado de cabeza un muro de ladrillos sin un solo rasguño.
Ella se había mordido la lengua pero no le había contestado.
De todos modos, pensó Helen, llegado el verano se irá.
Ida se sentía muy triste de haber retenido a Frank cuando hubiera podido deshacerse de él con tanta facilidad. Se sentía culpable de ello y la preocupación le acosaba. Aunque no tenía pruebas, sospechaba que Helen se entendía con el dependiente. Al menos algo ocurría entre ellos. No había preguntado a su hija qué pasaba, porque una respuesta negativa la habría avergonzado. A pesar de haberlo intentado verdaderamente no podía fiarse de Frank. Cierto que él había salvado el negocio, pero ¿cuál sería el precio de ello? A veces, a solas con él en la tienda, su expresión le parecía poco franca. Frank suspiraba con frecuencia, hablaba a media voz consigo mismo y si se daba cuenta de que le observaban disimulaba. Hiciera lo que hiciera siempre parecía que lo hacía con segunda intención. Parecía un hombre con dos personalidades. Con una estaba aquí, con la otra en algún extraño lugar. Incluso cuando leía parecía hacer otra cosa. Y su silencio era un idioma especial que ella no acertaba a comprender. Algo le preocupaba y ella sospechaba que era su hija. Solamente cuando Helen entraba por casualidad en la tienda o en la trastienda coincidiendo con él allí, lograba relajarse y convertirse en una sola persona. Ida estaba preocupada, a pesar de que no lograba descubrir en Helen nada que confirmara sus sospechas. En presencia de él, Helen permanecía callada, absorta, casi fría. No devolvía la mirada a aquellos ojos inquietos, siempre le daba la espalda. Precisamente este hecho era motivo de preocupación para Ida.
Cierta noche, después de que Helen se fuera de casa, su madre oyó las pisadas del dependiente que descendía las escaleras, cogió rápidamente el abrigo, envolvió la cabeza en un mantón y le siguió con paso pesado por la poca nieve que había caído. Él anduvo hasta el cine, situado unas cuantas manzanas más allá, pagó la entrada y entró. Ida tenía casi la certeza de que Helen le esperaba dentro. Volvió a casa con el corazón en un puño y se encontró con su hija en el piso planchando. Otra noche siguió a Helen hasta la biblioteca. Ida esperó al otro lado de la calle durante casi una hora temblando de frío hasta que Helen salió; después la siguió a casa. Se regañaba a sí misma porque era tan suspicaz, pero nunca lograba liberarse de la duda. En cierta ocasión, escuchando desde atrás oyó a su hija y el dependiente hablando sobre un libro. Esto le molestó, y cuando Helen mencionó más tarde que Frank pensaba empezar a estudiar en el otoño, a Ida le pareció que él se lo decía tan sólo para que ella se interesara por él.
Le habló a Morris y le preguntó cautelosamente si él había observado que el trato entre Helen y el dependiente fuera más íntimo.
—No seas tonta —le contestó el tendero. A veces él también había pensado en esa probabilidad y se había preocupado, pero después llegó a la conclusión de que eran muy diferentes el uno del otro y desechó la idea.
—Morris, tengo miedo.
—Tienes miedo de todo, hasta de lo que no existe.
—Dile que se vaya ahora… el negocio va mejor.
—Cierto, pero qué importa esto —dijo entre dientes—, ¡quién sabe cómo irá la semana que viene! Decidimos que se quedaría hasta el verano.
—Morris, nos armará algún lío.
—¿Qué clase de lío?
—Espera, ya verás —dijo, juntando las manos—, ocurrirá una tragedia.
Al principio el comentario le molestó, pero después le llenó de preocupación.
A la mañana siguiente el tendero y su dependiente estaban sentados a la mesa, pelando patatas calientes. Habían escurrido el agua de la olla y la habían colocado de costado; estaban sentados cerca del montón humeante de patatas, inclinados sobre ellas, mondando las pieles manchadas de sal, con pequeños cuchillos. Frank no parecía tranquilo. No se había afeitado y tenía ojeras. Morris pensó que acaso había bebido, pero no olía a alcohol. Trabajaban en silencio, absorto cada uno en sus pensamientos.
Al cabo de media hora de trabajo, Frank, inquieto en su silla, comentó:
—Dígame, Morris, suponga que alguien le preguntara en qué creen los judíos, ¿qué le diría usted?
El tendero dejó de pelar las patatas incapaz de responder inmediatamente.
—Lo que me gustaría saber, es qué es un judío en realidad.
No le complacían a Morris estas preguntas dada su escasa cultura, pero sin embargo se sentía obligado a responder.
—Mi padre solía decir que lo único necesario para ser un buen judío es un buen corazón.
—¿Y usted qué dice?
—Lo más importante es el Torah. Ésta es la Ley… un judío tiene la obligación de creer en la Ley.
—Bueno y ahora le pregunto —continuó Frank—, ¿se considera usted un verdadero judío?
—¿Qué quiere decir con eso? —dijo Morris, sobresaltado.
—No se ofenda —respondió Frank—, pero yo puedo darle una razón por la que no lo es. La primera es que no va usted a la sinagoga, por lo menos yo no le he visto.
No mantiene su cocina [7] kosher . Ni tan siquiera lleva uno de esos gorritos negros como cierto sastre que conocí en la parte sur de Chicago. Rezaba tres veces al día. Incluso le he oído comentar, a la señora, que abría usted la tienda en las festividades judías, sin importarle nada sus protestas.
—A veces —dijo Morris ruborizándose—, para poder comer, hay que abrir en día de fiesta. El día de Yom Kippur no abro. Pero no me preocupa lo kosher, para mí eso está pasado ya. Lo que me importa es seguir la Ley Judía.
—Pero todas estas cosas forman parte de la Ley, ¿verdad? ¿Y no dice la Ley que no se puede comer cerdo? Pues yo le he visto probar el jamón.
—Para mí carece de importancia el comer o no cerdo. Para algunos judíos esto es grave, pero yo no lo creo así. Nadie me podrá decir que no soy judío porque a veces, cuando tengo la boca seca, me coma un poquito de jamón. Pero les creeré cuando me digan que olvido la Ley. Y ésta manda ser justos, buenos. Quiere decir que hay que ser así con los demás. Nuestra vida ya es bastante dura. ¿Por qué hemos de herir a otros? No somos animales. Todos debiéramos tener lo mejor, no solamente usted y yo. Precisamente por esto necesitamos la Ley. Esto es lo que cree un judío.
—Me parece que otras religiones tienen estas ideas también —dijo Frank—, pero, ahora, dígame, ¿por qué puñetas sufren tanto los judíos? A mí me parece que les gusta sufrir, ¿verdad, Morris?
—¿A usted le gusta sufrir? Sufren porque son judíos.
—A eso me refiero, sufren más de lo que les toca.
—Mientras se vive se sufre. Unos más, otros menos, pero nadie lo desea. Sin embargo, si un judío no sufre por la Ley, su sufrimiento es inútil.
—¿Por qué sufre usted, Morris? —preguntó Frank.
—Sufro por usted —dijo tranquilamente Morris.
Frank dejó el cuchillo sobre la mesa, le dolía la boca.
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que usted también sufre por mí.
El dependiente dio por terminada la discusión.
—Si un judío se olvida de la Ley —dijo por último Morris—, no es un hombre bueno.
Frank volvió a coger su cuchillo y prosiguió pelando las patatas. El tendero se cuidaba de su montón en silencio. El asistente no volvió a hacer preguntas.
Mientras se enfriaban las patatas, Morris, preocupado por la charla, trataba de adivinar por qué Frank la había provocado. Instintivamente el pensamiento de Helen cruzó su cabeza.
—Dígame la verdad —dijo—, ¿por qué me ha hecho estas preguntas?
Frank se removió en la silla y contestó muy despacio:
—A decir verdad, Morris, en cierta época no me hacían demasiada gracia los judíos.
Morris le miró sin pestañear.
—Pero de esto hace mucho tiempo —continuó Frank—. No creo que los entendiera ni conociera muy bien.
Tenía la frente empapada de sudor.
—Esto ocurre con mucha frecuencia —dijo Morris.
Pero su confesión no alivió gran cosa al dependiente.
Cierta tarde, poco después del almuerzo, Morris acertó a mirarse en el espejo y se sintió avergonzado de su pelambrera, que espesamente le bajaba por el cuello. Así que le dijo a Frank que se iba al barbero al otro lado de la calle. El dependiente, que estudiaba la hoja de las carreras del Mirror, le respondió con la cabeza. Morris colgó el mandil y entró en la tienda a coger cambio de la caja. Tomó unas cuantas monedas de veinticinco centavos, comprobó los recibos del día y se sintió satisfecho. Se fue de la tienda y cruzó los raíles del tranvía, camino de la barbería.
Había un sitio vacío y no tuvo que esperar. Mientras el señor Giannola, que olía a aceite de oliva, trabajaba en él y charlaban, Morris, a pesar de sentirse avergonzado porque el barbero tuviera que cortar tanto pelo, se pasó pensando la mayor parte del tiempo en la tienda. Si continuara así… no llegaría a la altura del paraíso de Karp, pero por lo menos podría vivir, habría superado la terrible miseria de meses atrás… se sentiría satisfecho. Ida volvía a darle la lata para que vendiera, pero ¿de qué serviría vender antes de que las cosas mejoraran por todas partes y pudiera encontrar otro local que le inspirara confianza? Al Marcus, Breitbart, y todos los repartidores con quienes hablaba, todavía se quejaban del negocio. Lo mejor sería no complicar más las cosas y dejarse estar. Si acaso, en el verano, cuando se fuera Frank, intentaría la venta y buscaría un nuevo local.
Mientras descansaba en la silla del barbero, el tendero, contemplando por la ventana su propia tienda, vio, satisfecho, que por lo menos tres clientes habían entrado desde que tomó asiento. Un hombre se llevaba una bolsa grande que abultaba mucho; Morris se imaginó que por lo menos contenía seis botellas de cerveza. Además habían salido dos mujeres con pesados paquetes, una con la bolsa de compras repleta, calculando por lo menos dos dólares por cada una. En total, se imaginó que ya había recogido un hermoso billete de cinco y que se había ganado el corte de pelo. Cuando el barbero le quitó la toalla que le envolvía y Morris regresó a la tienda, encendió una cerilla e iluminó la máquina registradora, y examinó, ansioso, los números. Enormemente sorprendido, vio que sólo en algo más de tres dólares había aumentado la cifra que marcaba en el momento de ir al barbero. Estaba atónito. ¿Cómo podía ser solamente tres dólares si las bolsas iban cargadas hasta el tope de mercancía? ¿Acaso se trataba de un par de cajas de algún artículo voluminoso como los copos de maíz y que importaban poco dinero? No podía creer lo que veían sus ojos y se sintió enfermar.
Ya en la trastienda, colgó el abrigo y con dedos torpes se ató los cordones del mandil.
Frank levantó la mirada de la hoja de carreras y sonrió.
—Parece otro sin tanta lana encima, Morris. Parece una oveja recién esquilada.
El tendero, con la tez color de la ceniza, asintió con la cabeza.
—¿Qué le ocurre? Está palidísimo.
—No me siento demasiado bien.
—¿Por qué no sube y se echa su siestecita?
—Más tarde.
Se sirvió, con mano temblorosa, una taza de café.
—¿Cómo va el negocio? —preguntó de espaldas al dependiente.
—Así, así —respondió Frank.
—¿Cuántos clientes ha tenido desde que me fui al barbero?
—Dos o tres.
Incapaz de afrontar la mirada de Frank, Morris se fue a la tienda y se plantó frente al escaparate, con la mirada fija en la barbería, con la cabeza confusa y atormentado por la angustia. ¿Robaba el italiano de la máquina registradora? Los clientes se habían ido con las bolsas repletas, ¿y qué quedaba para demostrar? ¿Acaso les había fiado? Le había advertido que no lo hiciera. Entonces, ¿de qué se trataba?
Entró un hombre y Morris le atendió. El cliente se gastó cuarenta y un centavos. Al marcar la venta comprobó que sumaba correctamente con la cifra anterior. Así que la máquina funcionaba bien. Ahora casi tenía la certeza de que Frank le robaba. Y cuando se preguntaba desde cuándo sería se quedaba congelado.
Frank entró en la tienda y se dio cuenta del aturdimiento del tendero aliado de la ventana.
—¿No se siente mejor, Morris?
—Ya se me pasará.
—Cuídese. No querrá ponerse enfermo otra vez.
Morris se mojó los labios, pero ni respondió. Todo aquel día se sintió descorazonado. Pero a Ida no le dijo nada. No se atrevía.
Durante los días siguientes observó cuidadosamente al asistente. Había decidido darle el favor de la duda, pero también vigilarle hasta saber la verdad. A veces se sentaba en la mesa, dentro, y fingía leer, pero escuchaba cuidadosamente cada artículo que el cliente pedía. Se anotaba los precios y, mientras Frank envolvía las cosas, sumaba rápidamente la cuenta aproximada. Cuando el cliente marchaba él se iba distraídamente por la máquina registradora y disimuladamente examinaba la cantidad que había marcado el dependiente. Y céntimos más o menos, siempre se acercaba a la cantidad que él había calculado. Entonces decía que se iba arriba un ratito, pero, en realidad, se estacionaba en el vestíbulo, detrás de la puerta interior. Fisgoneaba en la madera a través de la cual lograba ver la tienda. Desde allí iba sumando en la cabeza los precios de la mercancía que se iba vendiendo, y al cabo de un cuarto de hora aproximadamente regresaba a la tienda y comprobaba las cifras. Y también se encontraba con las cantidades que había calculado. Empezó a creer que se equivocaba. Quizá había estimado demasiado alto el contenido de aquellas bolsas de los clientes desde la barbería. A pesar de todo le costaba creer que se hubieran gastado solamente tres dólares; a lo mejor Frank se había dado cuenta y ahora iba con pies de plomo.
Entonces pensó Morris que efectivamente el dependiente podía estar robándole, pero, en este caso, era más culpa suya que de él. Era un hombre hecho y derecho y por tanto con las necesidades de un hombre a las que había de atender tan sólo con los seis o siete dólares semanales que ganaba. Era cierto que en el sueldo entraba su habitación y las comidas, además de cigarrillos, pero ¿qué eran seis o siete dólares en estos tiempos cuando un par de zapatos decentes costaba ocho o diez? La culpa, por lo tanto, era suya por darle a un trabajador un sueldo de esclavo a cambio de sus servicios. Además había que tener en cuenta las cosas de más que Frank hacía voluntariamente. Por ejemplo, la semana pasada había desatascado el tubo de desagüe en el sótano con un alambre largo, ahorrándole así cinco o diez dólares que, sin duda, hubiera cobrado un lampista. Finalmente no podía olvidarse que su mera presencia había mejorado notablemente la tienda.
Así que, pese a sus todavía escasas ganancias, una tarde ya avanzada, mientras él y Frank guardaban unas cajas de mercancía recién llegadas, Morris le dijo a su asistente, que estaba subido a la escalera:
—Frank, creo que de ahora en adelante hasta llegar al verano le subiré el sueldo a quince dólares limpios, sin comisiones. Me gustaría pagarle más, pero ya sabe cómo va la venta.
Frank tendió la mirada hasta el tendero:
—¿Y para qué, Morris? La tienda no puede pagarme más de lo que me paga ahora. Si gano quince sus beneficios serán una miseria. Déjelo estar como hasta ahora; con ello yo me doy por satisfecho.
—Un hombre joven necesita y gasta más.
—Tengo todo lo que necesito.
—Deje que se haga como digo.
—No lo quiero —dijo el dependiente molesto.
—Cójalo —insistió el tendero.
Frank terminó de colgar lo que tenía arriba y, cuando bajó, dijo que se iba a la tienda de Sam Pearl. Apartó la mirada cuando pasó al lado del tendero.
Morris continuó colocando las conservas en los estantes. Antes de confesar a Ida la subida del sueldo de Frank y dar lugar a una discusión, decidió sacar de la caja el dinero que necesitaba para pagarle, un poquito cada día para que no se notara. Se lo daría a escondidas al dependiente en algún momento el sábado, antes de que Ida le entregara su sueldo de siempre.
Helen sintió que se enamoraba de Frank, pese a sus fuertes dudas. Era como un baile embriagador que, sin embargo, no deseaba. Aquel mes fue frío y nevó con frecuencia. Lo pasó muy preocupada luchando contra sus vacilaciones, y agobiada por el temor de cometer una grave equivocación. Una noche soñó que les había ardido la casa y que sus pobres padres no tenían a donde ir. Se quedaban plantados en la calle, en ropas menores, lloriqueando. Al despertar luchó contra la vieja desconfianza que sentía hacia el desconocido de rostro desfigurado, pero no tuvo éxito. El extraño había cambiado, había crecido; ya no era desconocido. Esto constituía la clave de lo que estaba ocurriendo. Se trataba de un extraño escondido en un extremo del oscuro sótano, que al fin había salido a la plena luz del sol, con una sonrisa en los labios, como si todo lo que ella sabía de él y todo lo que ignoraba se hubieran fundido en una sola cosa bien conocida y ya curada. Si algo escondía, pensaba, era un dolor de otros tiempos, su orfanato y todo el sufrimiento que le acarreó. Sus ojos eran más tranquilos, más inteligentes. Su nariz torcida se ajustaba perfectamente a la cara y la cara armonizaba bien con el conjunto de su físico. Ya no estaba distorsionada. Era cariñoso, y esperaba lo que se le diera con una dignidad que ella respetaba. Tenía la impresión de que ella le había cambiado y esto le afectó. Ahora importaba poco que en otro tiempo le hubiera rehuido. Sentía ternura hacia él, ansiaba tenerlo cerca. Y también pensó que, al transformarle a él, a su vez se había transformado ella misma.
Después de haber aceptado el regalo del libro sus relaciones se alteraron sutilmente. De esto no cabía duda, pues cada vez que leía a Shakespeare, pensaba en Frank Alpine, incluso los personajes de su teatro tenían la voz de él. En todo lo que leía, él se adueñaba de sus pensamientos; en cada libro él se convertía en un personaje que otro había inventado, y su voz estaba detrás de cada palabra. En resumen, él estaba en todas partes. Y así, pese a que no hubo un acuerdo previo, se volvieron a encontrar en la biblioteca. El hecho de que se citaran en un sitio rodeados de libros aliviaba sus dudas, como si se hubiera convencido de que entre los libros nada podía sucederle, ni sufrir daño ninguno.
Él también se sentía más seguro de sí mismo en la biblioteca, aunque, durante el regreso a casa, él se abstraía casi totalmente, extrañamente vigilante, y volvía la mirada hacia atrás de vez en cuando como si alguien les siguiera. Pero ¿quién podía seguirles? Nunca le acompañaba hasta la tienda; como antes, por acuerdo mutuo, ella se adelantaba, mientras que él daba la vuelta a la manzana y entraba en el vestíbulo por la otra puerta para que no se le pudiera ver desde el escaparate y averiguar que venía en la misma dirección que ella. Helen interpretó su cautela como un deseo por parte de él de conservar el terreno ganado. Esto significaba que él la valoraba, aunque por su parte no estaba del todo segura de desear esta valoración.
Cierta noche, atravesando un claro en el parque, se volvieron el uno hacia el otro.
Ella intentó despertar en sí misma la sensación de peligro, pero esta sensación no tenía fuerza, estaba muy lejos, cuando se encontró en sus brazos. Apretada contra él y respondiendo a su contacto, sintió desvanecerse el frío de la noche y que un cálido vaho se apoderaba de ella. Se abrieron sus labios y aspiró de su casto beso lo que durante tanto tiempo deseó. Sin embargo en el momento de mayor ternura volvió a sentir la duda. Parecía casi una enfermedad, y esto la entristeció. La culpa era suya. Significaba que todavía no podía aceptarlo del todo. Aún había algunos semáforos rojos. Y sólo de pensar en ellos le deslumbraban atacando sus nervios. El resto del camino hasta su casa lo pasó recordando aquella primera sensación de alegría del beso: ¿por qué había de convertirse después en angustia? Se dio cuenta entonces de que los ojos de él estaban tristes, y lloró sin que él la viera. ¿Cuánto tardaría la primavera?
Le ponía pegas al amor, pero le sorprendía la rapidez con que desaparecían; ahora encontraba más difícil mantener sus razones. Cambiaban continuamente, eran volubles, caprichosas, como si algo hubiera alterado las consideraciones familiares, los viejos valores e incluso las experiencias pasadas. Por ejemplo, Frank no era judío. No hacía mucho tiempo que esto constituía un obstáculo casi insalvable, y apoyándose en él se protegía contra Frank; ahora dejaba de parecerle un hecho tan apremiante e importante; ¿cómo iba a serlo en estos momentos de su vida en los que lo verdaderamente trascendente era el amor y su realización? Si últimamente le había preocupado que fuera gentil era más por sus padres que por ella misma. A pesar de una educación que no fue esencialmente ortodoxa, sentía lealtad hacia los judíos, más por un lógico sentimiento de solidaridad con sus sufrimientos pasados que por su historia o teología; los amaba como pueblo, se enorgullecía de ser uno de ellos; y hasta entonces jamás se le había ocurrido casarse con alguien que no fuera judío. Pero últimamente, en momentos tan tristes, cuando todo estaba en contra de su felicidad personal, consideró que el encuentro con el amor era casi un milagro, y que lo verdaderamente importante era que dos personas lo sintieran. ¿Era más importante insistir en que las creencias religiosas de él fueran las suyas (si es que se trataba de una cuestión de religión) o, por el contrario, que los dos tuvieran los mismos ideales, el mismo deseo de poseer amor en sus vidas y el mismo anhelo de conservar lo mejor que cada uno llevaba dentro? Cuanto menor era la diferencia entre dos personas tanto mejor. Se convencía a sí misma de todo esto, pero sentía la insatisfacción de no convencer a los demás de las mismas razones.
Pero su lógica, si es que se podía llamar así, no ayudaría en absoluto a calmar a sus padres cuando se enteraran de lo que ocurría. Acaso una vez que Frank se matriculara en la universidad algunas dudas de Ida desaparecerían por lo menos en lo que se refiere a su valor como persona, pero la universidad no era la sinagoga, una licenciatura en artes no era un bar mitzvah; y su madre, incluso su padre pese a su mayor liberalidad, insistirían en que Frank tenía que ser lo que no era. Helen no tenía la seguridad de poder manejarles a su antojo si algún día las cosas se plantearan cara a cara. Le horrorizaban las discusiones, sus ruegos salpicados de lágrimas, y su propia fatalidad al verse impelida a robarles la poca paz que poseían en este mundo. ¡Ya habían pasado lo suyo! Sin embargo quedaban tantos años por vivir y tan pocos de juventud que no había más remedio que decidirse aunque fuera entristeciendo a los demás. Presentía que tendría que mantenerse firme, sintiendo el dolor de los otros, pero sin hacer concesiones. En principio Morris e Ida se sentirían gravemente heridos, pero no pasaría mucho tiempo sin que el dolor disminuyera y acaso desapareciera del todo; pero, sin embargo, ella misma a su vez no podía dejar de desear que sus propios hijos se casaran con judíos.
Si se casara con Frank, su primera tarea sería ayudarle en su deseo de convertirse en alguien. Nat Pearl también quería convertirse en «alguien», pero para él esto no significaba más que hacer mucho dinero y llevar la misma vida que alguno de sus amigos ricos de la Facultad de Derecho. Frank, por el contrario, luchaba por la ambición mucho más noble de realizarse como persona. A pesar de que Nat poseía una excelente educación académica, Frank conocía la vida mejor y daba la impresión de una profundidad, aunque en potencia, mucho mayor. Quería que explotara todas sus posibilidades e incluso llegó a idear un modo de pagarle los estudios. Quizá hasta podría verle conquistar un título superior, una vez que él supiera exactamente lo que quería. Se daba cuenta también de que esto significaba el fin de sus propios y vagos planes sobre su posible educación universitaria, pero en realidad esta posibilidad estaba perdida desde hacía mucho tiempo y se consolaba pensando que aceptaría este hecho con cierto estoicismo si al menos Frank conseguía lo que ella renunciaba. Además, quizá después de que él trabajara ya, como ingeniero o químico, ella podría matricularse en un curso para saciar su anhelo. Pero para entonces tendría casi treinta años; en este caso valdría la pena retrasar la llegada de los hijos para darle a él un buen y fácil principio y probar ella misma lo que tanto deseó siempre. Además tenía esperanzas de irse de Nueva York. Deseaba conocer otras partes del país. Y si con el tiempo las cosas se solucionaban, acaso algún día Ida y Morris podrían vender la tienda a irse a vivir cerca de ellos. Quizá se asentarían todos en California; sus padres vivirían en una casita propia donde podrían descansar y estar cerca de sus nietos. Helen pensó que el futuro ofrecía posibilidades casi ciertas a los espíritus arriesgados y atrevidos. La cuestión era si ella se atrevería.
Aplazó cualquier decisión importante. Lo que más temía era llegar a un compromiso lleno de concesiones. Había visto muchas personas conformarse con mucho menos de lo que hubieran deseado en un principio. Tenía miedo de verse obligada a escoger con determinadas condiciones, de conformarse con menos de lo que había deseado, y de ligarse a un destino muy por debajo de sus ideales. No podía rebajarse a esto tanto si decidía aceptar a Frank o dejarlo. Su constante obsesión siempre presente, entre tantas otras, era que su vida no se realizara tal como había proyectado o que el proyecto sufriera demasiadas modificaciones. Estaba dispuesta a hacer los cambios y sustituciones que fueran, siempre que no implicasen una renuncia a lo más importante de sus sueños. A la llegada del verano tomaría decisiones más concretas. Entretanto Frank iba cada tres noches a la biblioteca y ella lo esperaba. Pero, cuando la solterona de la biblioteca les dirigía una sonrisa de complicidad, Helen se ruborizaba, de modo que decidieron encontrarse en otra parte. Se citaban en cafeterías, en cines, en las pizzerías y lugares donde no se podía decir demasiado ni abrazarle ni ser abrazada. Paseaban para poder charlar y se escondían para besarse.
Frank dijo que iba recibiendo los folletos de las universidades a las que había escrito, y que, alrededor de mayo, llegarían los expedientes de sus escuelas superiores y se enviarían al lugar que escogiera para sus estudios. Él estaba conforme con que ella hiciera los planes. No hablaba demasiado de estas cosas, pues siempre sentía miedo de que se apoderara de él su habitual mala suerte si abría demasiado la boca.
Al principio esperaba pacientemente. No le quedaba otro remedio. Había esperado hasta entonces y seguía haciéndolo. Había nacido para la espera. Pero no pasó mucho tiempo, aunque intentaba disimularlo, sin que se hartara de su soledad física. Se cansó de los besos frustrados en los portales, de las monótonas caricias en algún banco del parque. Pensó en ella tal como la había visto en el cuarto de baño, y el recuerdo le abrumó el pensamiento. Era la víctima del agudo filo de su hambre. Así que la llegó a desear hasta el extremo de idear planes para atraparla en su habitación y meterla en la cama. Quería desahogarse, aliviarse, anticipar ya una parte de su futuro. No será tuya hasta que se entregue, pensó. Todas son iguales. No siempre era verdad esto, pero no dejaba de tener bastante fundamento. Quería poner fin a su insoportable tormento. Después, tras agradecérselo, ya no desearía más. Quería poseerla completamente.
Ahora se encontraban con más frecuencia. En un banco del camino del parque, en una esquina, en cualquier parte que estuviera bajo la amplitud del cielo. Cuando llovía o nevaba, se metían en un portal o se iban a casa.
Una noche él se quejó:
—¡Vaya bromita! —dijo—, los dos salimos de la misma casa calentita para encontrarnos aquí muertos de frío.
Ella no respondió.
—Bueno, no me hagas caso —dijo mirando los ojos preocupados de ella—, aceptaremos las cosas tal y como vengan.
—Así se pasa nuestra juventud —respondió ella amargamente.
En aquel momento sintió deseos de pedirle que subiera a su habitación, pero presintió que ella se negaría, así que lo dejó correr.
Cierta noche fría y estrellada, ella le llevó entre los árboles del parque, cerca del lugar donde se solían sentar, hasta un campo de hierba donde los enamorados se tendían en las noches de verano.
—Sentémonos en el suelo un momento —insistía Frank—, ahora ya no hay nadie.
Pero Helen no accedió.
—¿Por qué no? —preguntó.
—Ahora no —contestó.
Ella se dio cuenta, sin embargo, aunque él lo negara más tarde, que la situación le impacientaba. A veces permanecía taciturno horas enteras. Ella se preocupaba, preguntándose si sus vagabundeos sin hogar no habrían abierto una herida en él.
En una de esas noches, se sentaron en un banco del Parkway. No había nadie a su alrededor y Frank la rodeaba con el brazo, pero estaban tan cerca de casa, que Helen se sentía nerviosa y se apartaba de él cada vez que pasaba alguien.
Después de repetirse esto tres veces Frank le dijo:
—Escucha, Helen, esto no acaba de ir bien. Alguna noche tendremos que quedarnos en algún lugar abrigado.
—¿Dónde?
—¿Dónde te parece?
—No puedo decírtelo, no sé dónde.
—¿Cuánto tiempo vamos a continuar así?
—El tiempo que nos apetezca —respondió, con una sonrisa tenue—, o el tiempo que nos gustemos mutuamente.
—No quiero decir esto. Me refiero al hecho de que no tengamos un sitio íntimo para ir.
»Quizá sea mejor subir a escondidas a mi cuarto —sugirió—, sería bastante fácil; no me refiero a hoy mismo, a lo mejor el viernes, después de que Nick y Tessie se vayan al cine y tu madre esté en la tienda. He comprado una estufa nueva, y se está calentito. Nadie sabrá que estás allí, por una vez estaríamos solos. Nunca hemos estado solos así.
—No podría.
—¿Por qué?
—Frank, no puedo.
—¿Cuándo tendré la oportunidad de abrazarte sin que haga de acróbata?
—Frank —terció Helen—, quisiera aclararte una cosa: no quiero acostarme contigo ahora, si es a esto a lo que vas. Tendrá que aplazarse hasta que esté realmente segura de quererte, a lo mejor hasta que estemos casados, si es que esto llega a pasar.
—No te lo he pedido —respondió Frank—; tan sólo dije que subieras a mi cuarto ahora para que pudiéramos pasar el rato más cómodamente, y sin que tú, como un potro salvaje, te apartes de mi cada vez que pasa una sombra.
Encendió un cigarrillo, y se puso a fumar en silencio.
—Lo siento —añadió Helen después de un rato—, pero me pareció mejor contarte mi modo de pensar sobre este tema. Pensaba decírtelo de todas maneras.
Se levantaron y echaron a andar. Frank se desesperaba en su fracaso.
Una lluvia fría lavó la blanda nieve amarillenta de las cunetas. Llovió sin cesar durante dos días. Helen le había prometido a Frank que se verían el viernes por la noche, pero no le gustaba la idea de salir con lluvia. Al llegar del trabajo, y tan pronto tuvo una oportunidad, le metió una nota por debajo de la puerta. La nota decía que si Nick y Tessie se iban al cine, ella intentaría subir a su cuarto un ratito.
A las siete y media Nick llamó a la puerta de Frank y le preguntó si le apetecía ir al cine. Frank le respondió que no, que le parecía ya haber visto la película. Nick se despidió, y él y Tessie, arropados en sus impermeables, y con los paraguas a punto, abandonaron la casa. Helen esperó a que su madre bajara junto a Morris, pero Ida se quejó de dolor de pies y dijo que se iba a descansar. Entonces Helen bajó ella misma, imaginándose que Frank la oiría en las escaleras y que se daría cuenta de que algo iba mal. Comprendería que no podía subir junto a él ante el peligro de que la oyeran.
Pero unos minutos más tarde, Ida bajó, diciendo que se sentía intranquila arriba. Entonces Helen comentó que tenía intención de visitar a Betty Pearl aquella noche y acaso la acompañaría a la modista que le estaba haciendo el vestido de novia.
—Está lloviendo —dijo Ida.
—Ya lo sé, mamá —le contestó Helen, hastiada de su propia mentira.
Subió a su cuarto, se puso los zapatos para la lluvia y el abrigo, cogió el sombrero y el paraguas, bajó la escalera y cerró la puerta de golpe, como si se hubiera ido y dejó pasar un ratito. Entonces volvió a abrir la puerta y subió de puntillas las escaleras.
Frank ya había adivinado lo que ocurría y abrió la puerta al oír la llamada rápida de ella. Estaba pálida, a todas luces preocupada, pero estaba muy hermosa. Él la abrazó fuertemente y sintió los latidos de su corazón contra su pecho.
Me lo permitirá esta noche, pensó.
Helen se sentía todavía inquieta. Le llevó un buen rato tranquilizar su conciencia por haberle mentido a su madre.
Frank había apagado la luz y buscó música suave de baile en la radio. Ahora estaba tumbado en la cama, fumando. Durante un rato ella permaneció torpemente sentada en su silla, contemplando el brillo de su cigarrillo encendido o fijando su mirada en las gotas brillantes de lluvia en la ventana iluminadas por el reflejo de la luz de la calle. Pero cuando él aplastó la colilla contra el cenicero en el suelo, Helen se quitó los zapatos y se acostó a su lado en la estrecha cama. Frank se acercó a la pared.
—Esto ya está mejor —suspiró él.
Ella permanecía en sus brazos con los ojos cerrados, sintiendo el calor de la estufa, como una mano puesta en la espalda. Durante un minuto se quedó medio dormida para despertarse con sus besos. No se movía, estaba un poco rígida, pero cuando él dejó de besarla, se relajó. Escuchaba el ruido quedo de la lluvia en la calle, y en su imaginación lo convirtió en una lluvia de primavera, aunque todavía faltaban algunas semanas para que llegara la estación; con esta lluvia brotaban toda clase de flores; y, entre estas flores de primavera, en esta oscuridad perfumada, en esta íntima noche de primavera, estaba ella echada junto a él, al aire libre y bajo el nuevo cielo estrellado sintiendo que un grito se formaba en su garganta. Cuando él volvió a besarla le respondió con pasión.
—Te quiero, Helen, eres mi niña.
Se besaron con arrebato, luego él le desabrochó los botones de la blusa. Ella se incorporó para quitarse los sostenes, pero cuando lo estaba haciendo notó los dedos de él bajo su falda.
Helen le agarró la mano.
—Por favor, Frank. No nos excitemos demasiado.
—Pero ¿qué esperamos, querida?
Trató de mover la mano pero sus piernas se apretaron e hizo girar sus pies fuera de la cama.
Él volvió a aprisionarla y le sujetó los hombros. Sintió el cuerpo tembloroso de él encima de ella y por un minuto creyó que le haría daño, pero se equivocó.
Ella se mantuvo rígida, fría, sobre la cama. Cuando volvió a besarla ni tan siquiera se movió. Todavía transcurrió un rato hasta que él se quitara de encima. Por el reflejo de la estufa vio su expresión entristecida.
Helen se sentó en el borde de la cama, y se abrochó la blusa que él había abierto.
Él se cubría la cara con las manos. No decía nada, pero sintió su cuerpo temblar.
—¡Dios mío! —dijo quedamente—. Ya te dije que no quería.
Pasaron cinco minutos. Y Frank se incorporó lentamente.
—¿Es que acaso eres virgen? ¿Es esto lo que te preocupa?
—No lo soy.
—Creí que lo serías —dijo sorprendido—. Te comportas como si lo fueras.
—Te dije que no lo era.
—Entonces ¿por qué actúas como si lo fueras? ¿Acaso no sabes el daño que se hace a las personas?
—Yo también soy persona.
—Pues entonces, ¿por qué haces esto?
—Porque creo en lo que hago.
—Creí que habías dicho que no eras virgen.
—No hay que ser virgen para poseer ideales en lo que se refiere al sexo.
—Lo que no acierto a comprender es que si lo has hecho antes, por qué no lo podemos hacer ahora.
—No es razón suficiente que ya lo haya hecho —dijo sujetándose el pelo hacia atrás—. Precisamente se trata de esto. Ya lo hice y por esto no puedo volver a acostarme contigo ahora. Aquella noche sentados en el Parkway dije que no accedería.
—No lo comprendo.
—El amor debe convertirnos en amantes.
—Te dije que te amaba, Helen, me has oído decirlo.
—Me refiero a que yo tengo que amarte también. Creo que te quiero, pero a veces no me siento segura.
Él cayó en un silencio. Ella escuchaba distraídamente la radio, pero ahora ya no se oía la música bailable.
—No te sientas herido, Frank.
—Ya estoy harto de todo esto —replicó con aspereza.
—Frank, he dicho que ya me acosté con otro, y si te interesa, la verdad es que me pesa. Confieso que disfruté algo, pero después llegué a la conclusión de que no valía la pena, aunque en aquellos momentos no me di cuenta de que pudiera sentir remordimientos porque no sabía exactamente lo que quería. Supongo que lo que deseaba era ser libre y entonces busqué la libertad en lo sexual. Pero si una no está enamorada no se encuentra la libertad en ello, así que me prometí a mí misma que nunca volvería a caer en lo mismo a no ser que realmente me enamorara de alguien. Quiero ser disciplinada y tú también tienes que serlo si te lo pido. Te lo pido para que algún día pueda llegar a quererte sin temores.
—Tonterías —dijo Frank, pero después, sorprendido él mismo, se dio cuenta de lo que ella había dicho. Pensó en cómo sería si fuera disciplinado y deseó llegar a serlo. Le pareció que esto constituía ya una idea lejana y vieja, y recordó con pesar y con extraña tristeza que con frecuencia había deseado poseer control sobre sí mismo, y que lo había logrado muy poco—. No tomes en serio lo que acabo de decir, Helen —dijo.
—Ya lo sé.
—Helen —dijo con voz gangosa—, quiero que sepas que, en el fondo, soy un hombre generoso.
—Nunca he pensado lo contrario.
—Incluso cuando soy malo soy bueno.
Ella respondió que le parecía comprender lo que quería decir.
Volvieron a besarse una y otra vez. Y él llegó a la conclusión de que había cosas mucho peores que tener que esperar por algo que sabía valdría la pena.
Helen se recostó en la cama y se quedó dormida para despertarse cuando Nick y Tessie regresaron a su habitación. Hablaban de la película que habían visto, se trataba de una historia de amor y a Tessie le había gustado mucho. Después de desnudarse y meterse en la cama se oyó el rítmico ruido del somier. Helen sintió pena por Frank, pero no parecía molesto. Nick y Tessie pronto se durmieron. Helen, respirando con cuidado, escuchaba la acompasada respiración de ellos y se preocupaba por el regreso hasta su piso, porque si Ida estaba despierta la oiría en las escaleras. Pero Frank le susurró que él la llevaría en brazos hasta la portería y ella podría subir al cabo de unos minutos como si acabara de llegar de la calle.
Ella se puso los zapatos de lluvia, el abrigo y el sombrero, y tuvo el cuidado de acordarse de su paraguas. Frank bajó con ella en brazos las escaleras y sólo se oían sus lentas y pesadas pisadas bajando. Y no pasó mucho tiempo después de que él la despidiera con un beso y se fuera a dar un paseo en la lluvia, para que Helen abriera la puerta del vestíbulo y subiera.
Fue entonces cuando Ida se quedó dormida.
De allí en adelante, Helen y Frank se encontraban fuera de casa.
Nevaba una tarde, cuando la puerta de la tienda se abrió y apareció el detective Minogue. Delante de él llevaba a empujones a un individuo robusto y esposado, que iba sin afeitar y llevaba una chaqueta verde descolorido y unos pantalones de tela de algodón. Tendría unos veintisiete años; sus ojos mostraban una expresión de cansancio y no llevaba sombrero. Una vez en la tienda levantó las manos esposadas para quitarse la nieve de su pelo mojado.
—¿Dónde está Morris? —preguntó el detective al dependiente.
—En la parte de atrás.
—Entra —ordenó el detective Minogue al hombre esposado.
Entraron en la trastienda. Morris estaba sentado sobre el sofá y fumaba a hurtadillas. Apagó apresuradamente la colilla y la dejó caer en el cubo de la basura.
—Morris —dijo el detective—, creo que ya tengo el que le golpeó en la cabeza.
El rostro del tendero palideció como un muerto. Miró fijamente al hombre, pero no se acercó a él.
Al cabo de un rato murmuró:
—No estoy seguro de que sea él. Llevaba la cara tapada con un pañuelo.
—Aquel hijo de puta era grande, ¿verdad? —dijo el detective—; quiero decir, el que te dio el golpe era grande, ¿no?
Frank estaba de pie en el quicio de la puerta contemplando.
El detective Minogue se volvió hacia él:
—¿Quién es usted?
—Es mi dependiente —explicó Morris.
El detective se desabrochó el abrigo y sacó un pañuelo limpio del bolsillo de la chaqueta.
—Hágame un favor —le dijo a Frank—, átele esto por las narices.
—Preferiría no hacerlo —respondió Frank.
—Es un favor. Ahórreme el trabajo de recibir un golpe en la cabeza con las esposas.
Frank cogió el pañuelo y, aunque muy a disgusto, se lo ató por la cara al hombre. El sospechoso se mantuvo rígido y derecho.
—¿Qué le parece Morris?
—No puedo decirle nada —dijo Morris avergonzado. Tuvo que sentarse.
—¿Quiere un poco de agua, Morris? —le preguntó Frank.
—No.
—Tome todo el tiempo que quiera —dijo el detective—, repáselo bien.
—No lo reconozco. Aquél tenía un aspecto más enérgico. Y una voz áspera… nada agradable.
—Di algo, muchacho —dijo el detective al detenido.
—Yo no atraqué a este tipo —dijo el sospechoso con voz monótona.
—¿Es ésta la voz, Morris?
—No.
—¿Se parece al otro… al compañero del tipo pesado?
—No, es otro hombre.
—¿Cómo puede estar tan seguro?
—El ayudante era un hombre nervioso. Más grande que éste. Además, éste tiene las manos pequeñas. El ayudante las tenía grandes y fuertes.
—¿Está seguro? A éste le pillamos en un trabajito ayer noche. Atracó una tienda con otro tipo que se escapó.
El detective arrancó el pañuelo de la cara del hombre.
—No lo conozco —dijo Morris en tono convincente.
El detective Minogue dobló el pañuelo y volvió a meterlo en el bolsillo. Colocó sus gafas en un estuche de piel.
—Morris, creo que ya le pregunté en otra ocasión si había visto a mi hijo Ward por aquí. ¿Todavía no lo ha visto?
—No —dijo el tendero.
Frank se acercó al fregadero y se enjuagó la boca con un poco de agua.
—¿A lo mejor lo conoce usted? —le preguntó el detective.
—No —respondió el dependiente.
—Está bien. —El detective se desabrochó otra vez el abrigo—. Por cierto, Morris, ¿se enteró de quién le robaba la leche en aquella ocasión?
—Ya no la roba nadie.
—Vamos, muchacho —le dijo el detective al detenido.
El hombre esposado salió de la tienda a la nieve, y el detective le siguió.
Frank vio cómo se metían en el coche de la policía y sintió lástima por aquel tipo.
¿Y si me arrestaran ahora, pensó, aunque ya no soy el de antes?
Morris, pensando en las botellas de leche robadas, miró con expresión culpable a su asistente.
A Frank le llamó la atención el tamaño de sus propias manos, y sintió ganas de irse al retrete.
Aquella noche después de cenar, tumbado en la cama pensando en su vida, Frank oyó unas pisadas que subían las escaleras y después alguien que golpeaba en la puerta. Por un minuto su corazón latió asustado, pero se levantó y decidió abrir la puerta. Bajo su sombrero peludo Ward Minogue sonreía de oreja a oreja. Con sus ojos pequeños y repulsivos, había además perdido peso y tenía un aspecto desmejorado.
Frank le dejó pasar y puso la radio. Ward se sentó en la cama. Sus zapatos cuajados de nieve goteaban.
—¿Quién te dijo que vivía aquí? —le preguntó Frank.
—Te vi entrar en el vestíbulo, abrí la puerta y te oí subir las escaleras —dijo Ward.
¿Cómo voy a librarme de este asqueroso?, pensó Frank.
—Será mejor que no vengas por aquí —dijo con el corazón abatido—. Si Morris reconoce ese estúpido sombrero iremos los dos a la cárcel.
—He venido a visitar al amigo de ojos de besugo, Louis Karp —explicó Ward—. Quería una botella, pero se negó a dármela porque no me llega el dinero, así que pensé que mi guapo amigo Frank Alpine me prestaría un poco. Es un honrado puñetero y trabajador.
—Te has equivocado de dirección. Soy pobre.
Ward le miró con ojos astutos.
—Estaba seguro de que ya tendrías un montoncito ahorrado… como le robas al judío…
Frank le miró fijamente pero no respondió.
La mirada de Ward se apartó.
—El que le robes sus miserables ganancias a mí me importa un bledo. He venido por una razón. Tengo planeado un trabajito muy fácil.
—Te dije que no me interesaban tus ofertas de trabajo, Ward.
—Creí que te gustaría recobrar tu pistola. De lo contrario a lo mejor la pierdo sin querer y lleva tu nombre.
Frank se frotó las frías manos.
—Lo único que tienes que hacer es conducir —dijo Ward amigablemente—. El trabajo no tiene pegas, es una bodega enorme en Bay Ridge. Después de las nueve solamente se queda un hombre. Recogeremos más de trescientos dólares.
—Ward, a mí no me parece que estés en condiciones de llevar a cabo un atraco. Más bien tienes el aspecto de necesitar un hospital.
—Solamente tengo escozor cerca del corazón.
—Será mejor que te cuides.
—No me emociones.
—¿Por qué no intentas llevar una vida normal?
—¿Por qué no lo intentas tú?
—Ya lo estoy intentando.
—Tu judía debe ser la inspiración para ti.
—No la menciones, Ward.
—La semana pasada te seguí cuando la llevaste al parque. Está muy buena. ¿Con cuánta frecuencia lo hacéis?
—Sal de aquí ahora mismo.
Ward se levantó tambaleándose.
—Dame cincuenta dólares o te arreglaré bien con tu jefe judío y tu judía. Les escribiré una carta diciéndoles quién les atracó el noviembre pasado.
Frank se levantó, en su cara había una expresión dura. Sacó la cartera del bolsillo y la vació sobre la cama. Había ocho dólares.
—Es todo lo que tengo.
Ward le arrebató el dinero.
—Ya volveré por más.
—Ward —dijo Frank entre dientes—, si te atreves a presentarte aquí para armar algún lío, o si alguna vez nos sigues a mi novia y a mí o le cuentas algo a Morris, lo primero que haré es llamar a tu viejo a la estación de policía y le descubriré la ratonera donde te escondes. Ha estado hoy en la tienda preguntando por ti, y me pareció que si algún día diera contigo te volaría la tapa de los sesos.
Ward lanzó un gemido y le escupió al dependiente, pero falló el tiro y el escupitajo se escurrió pared abajo.
—¡Eres un cabrón italianito! —gruñó y salió corriendo al rellano, faltándole poco para que se cayera por las escaleras.
El tendero e Ida salieron atropellándose para ver quién armaba tanto jaleo, pero Ward ya había desaparecido.
Frank se tumbó en la cama con los ojos cerrados.
Una noche oscura ya muy tarde, y con viento, Ida siguió a Helen por las frías calles hasta el interior del desierto parque y vio cómo se encontraba con Frank Alpine. Allí, en un claro entre un semicírculo de altas lilas y una arboleda de oscuros arces, había unos cuantos bancos, poco iluminados e íntimos. Les gustaba encontrarse allí, para estar solos. Ida vio cómo se sentaban juntos en uno de los bancos y se besaban. Se arrastró como pudo hasta su casa y subió las escaleras medio muerta. Morris dormía. No quiso despertarle y se sentó en la cocina, sollozando.
Cuando Helen regresó y encontró a su madre llorando sobre la mesa de la cocina se dio cuenta de lo que estaba enterada. Se sintió a la vez emocionada y aterrada.
Pero sintió lástima de su madre y por esto le preguntó: