El dependiente
El dependiente
Este capítulo es largo, así que está dividido en 10 partes.
—¿Por qué lloras, mamá?
Por fin Ida levantó el rostro bañado en lágrimas y dijo desesperada:
—¿Por qué lloro? Lloro por el mundo, por mi vida malgastada, por ti.
—¿Qué he hecho?
—Lo que has hecho está ya clavado en el corazón.
—No he hecho nada malo, nada de que avergonzarme.
—¿No sientes vergüenza de haber besado a un goy?
Helen quedó sin aliento.
—¿Me has seguido?
—Sí —lloró Ida.
—¿Cómo has podido hacer algo así?
—¿Cómo has podido besar a un goy?
—No me avergüenzo de haberle besado.
Todavía le quedaban esperanzas de evitar la discusión. Todo estaba demasiado en el aire, era prematuro.
—Si te casas con un hombre así habrás envenenado tu vida.
—Mamá, tendrás que aceptar lo que te diré ahora: no tengo planes de casarme con nadie.
—Entonces, ¿qué clase de planes tienes con un hombre que te besa a solas en una parte de parque donde nadie te puede ver?
—Ya me han besado otras veces.
—Pero se trata de un goy, de un italiano.
—Se trata de un hombre, de un ser humano como nosotros.
—No basta con que sea un hombre. Para una muchacha judía ha de ser un judío.
—Mamá, ya es muy tarde. No quiero discutir. No despertemos a papá.
—Frank no es hombre para ti. No me gusta. No mira a las personas cuando habla.
—Tiene los ojos tristes. Ha tenido una vida muy dura.
—Deja que se vaya a otra parte y encuentre una de las suyas que le guste, no una muchacha judía.
—Tengo que trabajar por la mañana. Me voy a la cama.
Ida se fue tranquilizando. Mientras Helen se desvestía entró en su cuarto.
—Helen —dijo conteniendo sus lágrimas—, sólo quiero lo mejor para ti. No cometas mi mismo error. No lo hagas todavía y estropees toda tu vida con un hombre pobre. Sólo es un dependiente de una tienda, y no sabemos nada de él. Cásate con alguien que pueda ofrecerte mejor vida, un buen muchacho con carrera. No te ates ahora a un extraño. Helen, sé lo que te digo, créeme, lo sé. —Lloraba de nuevo.
—Haré todo lo que pueda.
Ida se limpiaba los ojos con un pañuelo.
—Helen, querida, hazme un favor.
—¿De qué se trata? Estoy muy cansada.
—Llama mañana a Nat. Sólo para charlar con él. Salúdale, y si te pide que salgas con él, acepta. Dale una oportunidad.
—Ya se la di.
—El verano pasado lo pasaste muy bien con él. Fuiste a la playa, a conciertos. ¿Qué pasó?
—Tenemos gustos diferentes.
—Durante el verano decías que teníais los mismos gustos.
—Ahora me he convencido de que no.
—Es un muchacho judío, Helen, un licenciado universitario. Dale otra oportunidad.
—Está bien —dijo Helen—. ¿Ahora te irás a dormir?
—Además, no salgas más con Frank. No permitas que te bese, no está bien.
—No puedo prometértelo.
—Por favor, Helen.
—Ya te he dicho que llamaría a Nat. Pongamos punto final al asunto. Buenas noches, mamá.
—Buenas noches —dijo Ida tristemente.
A pesar de que la sugerencia de su madre le deprimía, Helen llamó a Nat desde la oficina al día siguiente. Estuvo amable, y le contó que le había comprado un coche de segunda mano a su cuñado y le invitó a dar un paseo en él.
Ella le dijo que iría algún día.
—¿Qué te parece el viernes por la noche? —le preguntó Nat.
Había quedado en encontrarse con Frank el viernes por la noche.
—¿Por qué no el sábado?
—Porque tengo un compromiso el sábado, y también el jueves, unos actos en la Facultad de Derecho.
—Bueno, está bien, el viernes —aceptó de mala gana, pensando que sería mejor cambiar la fecha con Frank y darle el gusto a su madre.
Cuando Morris subió aquella tarde para hacer la siesta, Ida le suplicó desesperadamente que despidiera a Frank inmediatamente.
—¿Quieres dejar este tema por lo menos durante unos minutos?
—Morris, ayer por la noche seguí a Helen cuando salió y vi cómo se encontraba con Frank en el parque. Se besaron.
Morris frunció el ceño.
—¿La besó? —preguntó.
—Sí.
—¿Y ella le respondió?
—Lo vi con mis propios ojos.
Pero el tendero, después de pensarlo un momento, dijo con tono cansado:
—¿Y qué? ¿Qué es un beso? No es nada.
—¿Estás loco? —dijo Ida furiosa.
—Pronto se irá —recordó él—. En verano.
—Antes de que llegue el verano pueden ocurrir diez tragedias por lo menos en esta casa.
—¿Qué clase de tragedia esperas? ¿Un asesinato?
—Peor —gritó.
Su corazón se endureció, y perdió el genio:
—Déjame en paz con este asunto, por amor de Dios.
—Espera y verás… —le advirtió amargamente Ida.
El jueves de aquella semana, Julius Karp dejó a Louis solo en la bodega y se asomó al escaparate de la tienda para ver si Morris estaba solo. Karp no había puesto el pie en la tienda de Morris desde la noche del atraco y pensaba, incómodo, en el recibimiento que podría esperarse si entrara ahora. Generalmente después de una temporada de no hablarse, era Morris Bober el que cedía, pues por carácter era incapaz de guardar rencor. Pero en esta ocasión había quitado de su cabeza la posibilidad de buscar al bodeguero y volver a sus inútiles relaciones. En cama, durante su última convalecencia, contra su voluntad y con gran disgusto por su parte, había pensado mucho en Karp y había descubierto que le desagradaba más de lo que se había imaginado. Lo consideraba una persona mezquina y estúpida que por azar había tropezado con una floreciente prosperidad. Cada éxito de Karp traía la mala suerte a los demás, como si en el mundo existiera una cantidad determinada de suerte y lo que le sobraba a Karp dejaba a los demás a media ración. Le irritaba pensar en los largos años que se había esforzado sin recibir recompensa. Aunque esto no era culpa de Karp, lo era de la charcutería que se había puesto al otro lado de la calle y que convirtió a un hombre pobre en otro todavía más pobre. Tampoco podía perdonarle el golpe que había recibido en la cabeza en su lugar, y que él podía haber resistido mejor tanto por salud como por dinero. Por esto le proporcionaba cierta satisfacción no tener nada que ver con el bodeguero, aunque fueran vecinos.
Por otra parte, al principio, Karp había esperado satisfecho que Morris se ablandara. Se imaginaba al tendero cediendo poco a poco en su altivez, mientras que él disfrutaba con las señales de su arrepentimiento, sentía lástima de la vida miserable del judío, que, por cierto, lo era con letras mayúsculas. Algunos nacían ya señalados; Karp convertía todo lo que tocaba en oro puro, mientras que bastaba que Morris Bober se encontrara un huevo por casualidad en la calle para que éste ya estuviera podrido y goteara. Una persona así necesitaba alguien con experiencia que le aconsejara cuándo se acercaba un chaparrón. Pero Morris, aunque conocía la compasión de Karp, permanecía rígidamente apartado de él. Ni tan siquiera le ofrecía un despreocupado saludo cuando pasaba delante de la puerta de su tienda camino de su Forward, o cuando aquél fisgoneaba por su propio escaparate. Al cabo de un mes Karp llegó a la incómoda conclusión de que, aunque Ida continuaba siendo amable, en esta ocasión Morris no estaba dispuesto a rebajarse si Karp no hacía méritos de antemano.
Karp reaccionó fríamente cuando llegó a este razonamiento. Devolvería por su parte lo mismo. Pero la indiferencia no era algo que le gustara intercambiar. Por alguna razón, a Karp le gustaba que Morris le apreciara, y le molestaba que su depauperado vecino permaneciera distante. De acuerdo, le habían golpeado en la cabeza, pero ¿acaso era culpa suya? Él se había prevenido… y ¿por qué no lo había
hecho Morris, ese [8] shlimozel ? ¿Por qué, cuando le advirtió que había dos atracadores al otro lado de la calle, no se había comportado como una persona sensata, cerrando su puerta y llamando a la policía? ¿Por qué? Pues porque era gafe, un inepto.
Y precisamente por esto sus preocupaciones le crecían como setas en otoño. Primero le vino el golpe en la cabeza, después la ocurrencia de emplear a Frank Alpine. Karp, que no tenía un pelo de tonto, sabía cuándo las cosas se iban a poner feas. Frank, a quien había conocido y al que consideraba un pájaro nocturno y vagabundo, pronto armaría algún lío. Estaba seguro de esto. La tienda llena de moscas y carcomida de polilla de Morris no daba ni la mitad de lo que hacía falta para pagar a un dependiente fijo, y constituía una idiota extravagancia por parte del tendero quedárselo después de recuperarse de la herida. Karp pronto supo por Louis que sus apreciaciones eran acertadas. Se enteró de que Frank, de vez en cuando, se compraba una botella de la mejor marca, y que pagaba en efectivo, pero ¿con el dinero de quién? Además, Sam Pearl, otro manirroto, había comentado que el dependiente apostaba de vez en cuando por uno de aquellos caballos inútiles y que el dinero de este modo le volaba pronto. Sólo se podía llegar a una conclusión: un hombre que ganaba cuatro cuartos tenía que robar para hacer lo que él. ¿A quién le robaba? ¿A quién iba a ser? Naturalmente que a Morris, que al fin y al cabo nada tenía. Rockefeller sabía cuidar de sus millones, pero si Morris ganaba diez centavos, los perdía antes de que tuviera tiempo de metérselos en su bolsillo, que también estaba roto. Era corriente entre los dependientes robar a sus amos. Karp, de joven, también le sisaba a su patrón, un mayorista de zapatos medio ciego; y sabía que el mismo Louis le sacaba dinero, pero como se trataba de su hijo no le importaba. Después de todo qué más daba; trabajaba en el negocio, y algún día, aunque no demasiado pronto, sería el dueño. Además, por medio de severas amenazas y de inventarios por sorpresa lograba reducirlo a lo mínimo… centavos. Pero que un desconocido le robara ya era otra cuestión, era tener las espaldas al descubierto. Karp sentía escalofríos cuando imaginaba que el italiano pudiera estar trabajando para él.
Y como la desgracia era el signo del tendero, aquel desconocido abusaría, naturalmente, todo lo que pudiera. Además siempre resultaba peligroso tener un gentil donde había una muchacha judía. Esto podía explicarse por una ley inalterable de la que hablaría a Morris si estuvieran en buenas relaciones y que sin duda le ahorraría un grave problema. Estaba seguro de que este problema también existía, lo había comprobado en dos ocasiones aquella semana. En una vio a Helen y Frank paseándose bajo los árboles en el Parkway, y en la otra, conduciendo el coche a casa, los vio de refilón salir de un cine del barrio con las manos cogidas. Desde aquel día había pensado en ellos con frecuencia, incluso con auténtica preocupación, y le hubiera gustado ayudar de alguna manera al desafortunado Bober.
Sin duda Morris no se desprendía de Frank simplemente para que su vida fuera menos complicada; y probablemente, tratándose de Bober, no tenía ni idea de lo que estaba ocurriendo a sus espaldas. Pues bien, él, Julius Karp, le advertiría del peligro que corría su hija. Con tacto, le explicaría la situación. Después empujaría un poco a Louis, pues se había dado cuenta de que desde hacía mucho tiempo a su hijo le gustaba Helen, pero que carecía de la seguridad suficiente en sí mismo para creer en el éxito. Cuando se le ofendía, se metía en un rincón a roerse las uñas. En algunas cosas necesitaba un empujón. Karp creyó que podría allanarle el camino a su hijo hasta Helen proponiéndole algo a Morris que desde hacía un año le rondaba por la cabeza. Daría un informe de las posibilidades de Louis si se casara en términos de efectivo en mano y otras ventajas, y le sugeriría a Morris que le hablara a Helen de la posibilidad de ir en serio con él. Si salieran un par de meses —Louis la sacaría por todas partes— y la treta diera resultado, no sólo saldría beneficiada su hija sino el padre también, pues en este caso él le compraría la tienda a Morris y la renovaría y convertiría en un moderno supermercado con los últimos adelantos y artículos. Eliminaría a su inquilino a la vuelta de la esquina cuando finalizara su contrato; sería un compromiso, pero valdría la pena. Después de esto, convirtiéndose él en el cerebro gris que le aconsejara, tendría que ocurrir una catástrofe apoteósica para que el tendero no pudiera ganarse dignamente la vida en su vejez.
Karp intuía que su principal obstáculo sería la misma Helen, de quien sabía que era una muchacha independiente, con sus propios criterios, a pesar de sus pretensiones de casarse con un hombre de carrera; en este sentido, con Nat Pearl era evidente su fracaso. Para tener éxito Nat necesitaba nadar en la abundancia como era el caso de Louis: dinero, y no una chica pobre. Así que tan sólo actuó por interés propio cuando suavemente se deshizo de Helen al ponerse ésta demasiado seria; esto lo había sabido por Sam Pearl. Por el contrario, Louis podía permitirse el lujo de una chica como Helen, independiente e inteligente, y ella por su parte sería una ayuda para Louis. El bodeguero decidió que cuando surgiera la oportunidad hablaría claro de ello, pero con el tacto de un lince. Explicaría pacientemente a Helen que su futuro con Frank le convertiría en una indeseable, más pobre todavía que su padre, y en partícipe de su triste destino. Sin embargo con Louis podría tener lo que deseara y más todavía; no tenía más que dejarlo en manos de su suegro. Karp creía que una vez se hubiera ido Frank, ella entraría en razones, y sabría apreciar la excelente perspectiva que se le ofrecía. Los veintitrés o veinticuatro años era una edad peligrosa para una muchacha soltera. A esta edad ya no iba para joven, a esa edad incluso un goy le parecía bien.
Después de observar que Frank se había ido a la tienda de Sam Pearl y que Morris estaba solo en la trastienda, Karp carraspeó para aclarar la voz, y traspasó la puerta. Cuando Morris salió a la tienda y vio de quién se trataba experimentó un momento de venganza triunfal, al que, sin embargo, siguió una sensación molesta de que el moscón ya estaba allí, y, al mismo tiempo, el incómodo recuerdo de que Karp nunca acudía sin malas noticias. Por lo tanto permaneció callado, esperando que el bodeguero, con su próspera chaqueta sport y pantalones de gabardina, que no acertaban a camuflar su prominente barriga ni a borrar la necia e insulsa expresión de su cara, hablara. Pero por una vez la lengua vivaracha de Karp permaneció inmóvil, como si tuviera vergüenza al recordar los resultados de su última visita al colmado, al mismo tiempo que no dejaba de mirar fijamente la cicatriz, todavía visible, en la cabeza de Morris.
El tendero se compadeció y habló en un tono que resultó más amistoso de lo que él mismo hubiera esperado.
—¿Cómo estás, Karp?
—Bien, gracias. No tengo por qué quejarme —y con una sonrisa amplia extendió la mano rechoncha por encima del mostrador. Y Morris, contra su voluntad, se encontró con la sortija de brillante presionándole los dedos.
No le pareció sensato, tras un minuto de reconciliación, hablar de la calamidad que amenazaba a la hija de Morris, y buscó temas para charlar:
—¿Cómo va el negocio?
Morris esperaba y deseaba la pregunta.
—Muy bien, mejor cada día.
Karp frunció el ceño; sin embargo, se le ocurrió que efectivamente podía haber mejorado más de lo que él suponía, pues al fisgonear por el escaparate, en sus ratos perdidos, había advertido generalmente la presencia de un cliente o dos en vez del vacío habitual. Ahora, después de varios meses de ausencia, contemplaba una tienda mejor cuidada y los estantes repletos de mercancía. El porqué de esta mejoría lo adivinó inmediatamente.
Sin embargo preguntó sin darle importancia:
—¿Y cómo es posible esto? ¿Acaso pones anuncios en el periódico?
Morris sonrió; resultaba un chiste sin demasiada gracia. De donde no hay no se puede sacar; esto ocurría con el humor de Karp.
—La palabra hablada es el mejor anuncio.
—Depende de la boca que la diga.
—Quiero decir —respondió Morris sin avergonzarse— que tengo un buen dependiente que me ha animado el negocio. En vez de flojear la venta, como ocurre en el invierno, cada día va mejor.
—¿Quieres decir que lo ha hecho tu dependiente? —preguntó Karp, rascándose pensativamente por debajo de una nalga.
—Los clientes le tienen simpatía. Un goy trae a otros.
—¿Clientes nuevos?
—Nuevos y viejos.
—¿Hay algo más que te ayuda?
—También ayuda una casita nueva de pisos que se inauguró en diciembre.
—Hum —dijo Karp—, ¿y nada más?
Morris se encogió de hombros.
—No creo. He oído decir que tu amigo Schmitz no se encuentra demasiado bien y que no atiende a los clientes como antes. He recuperado unos pocos de él, pero la ayuda más importante me la ha dado Frank.
Karp estaba atónito. ¿Era posible que este hombre no se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo bajo sus mismas narices? Vio claramente una oportunidad, casi providencial, para darle la patada al dependiente para siempre.
—No ha sido Frank Alpine el que ha mejorado tu negocio —dijo con decisión—. Ha sido algo muy distinto.
Morris sonrió tenuemente. Como siempre «el sabio» conocía todas las causas de todos los hechos.
Pero Karp insistía:
—¿Cuánto tiempo hace que trabaja aquí?
—Ya sabes cuándo vino, en noviembre.
—¿E inmediatamente el negocio empezó a mejorar?
—Poco a poco.
—Esto ocurrió —le anunció Karp febrilmente— no por tu goy. ¿Qué sabía él de colmados? Nada. Tu tienda mejoró porque mi inquilino Schmitz enfermó y se veía obligado a cerrar su tienda parte del día. ¿No lo sabías?
—Ya había oído decir que estaba enfermo —respondió Morris a la vez que sentía que se le secaba la garganta—, pero los repartidores decían que su anciano padre le venía a echar una mano.
—Exactamente, pero a mediados de diciembre tenía que asistir cada mañana al hospital para ser atendido. Al principio, el padre se quedaba en la tienda, pero después se cansaba demasiado, de manera que Schmitz se veía obligado a abrir a las nueve, y en ocasiones a las diez en vez de a las siete. Y ya no cerraba a las diez de la noche sino a las ocho. Esto continuó hasta el mes pasado en que ya no pudo abrir hasta las once de la mañana, de modo que perdía el negocio de la mitad del día. Intentó vender la tienda, pero para aquel entonces ya nadie la quería. Ayer acabó por cerrar del todo. ¿No lo sabías?
—Lo contó uno de los clientes —respondió Morris apenado—, pero yo creí que se trataba de algo temporal.
—Está muy enfermo —dijo Karp solemnemente—. No volverá a abrir.
Dios mío, pensó Morris. Durante meses había vigilado la tienda mientras estaba vacía y en obras, y desde su inauguración jamás había ido más allá de la esquina de Sam Pearl para mirarla. No se había atrevido. Pero ¿por qué no le dijeron que desde hacía más de dos meses cerraba parte del día? Ida o Helen podrían habérselo contado. Probablemente habían pasado por allí sin darse cuenta de que la puerta estaba cerrada. En sus mentes, como en la suya, siempre estaba abierta y fastidiando su negocio.
—No quiero decir con esto —siguió diciendo Karp— que tu dependiente no contribuyera a tus ganancias, pero la verdadera razón por la que las cosas mejoraron es que, al no poder abrir Schmitz, algunos de sus clientes se pasaron aquí. Naturalmente que Frank no te habrá dicho esto.
Lleno de malos presentimientos, Morris se puso a reflexionar sobre lo que le estaba diciendo el bodeguero.
—¿Y qué le ha pasado a Schmitz?
—Tiene una grave enfermedad, de la sangre, y ahora está estirado en una cama del hospital.
—Pobre hombre —suspiró el tendero. Pero la esperanza superaba a su vergüenza y preguntó—: ¿Subastará la tienda?
En la respuesta de Karp no hubo piedad.
—¿Qué quieres decir con esto de subastarla? Es una excelente tienda. La vendió el miércoles pasado a dos socios noruegos que están muy al día y la semana que viene abrirán una lujosa charcutería; ya verás adónde se te irá el negocio.
Morris, con la mirada nublada, se sintió apagar lentamente y Karp, horrorizado, se dio cuenta de que, queriendo ir por el dependiente, había herido al tendero. Y comentó apresuradamente:
—¿Qué podía hacer? No podía aconsejarle la subasta si tenía la oportunidad de vender.
Pero el tendero no le escuchaba. Pensaba en Frank lleno de indignación; sin duda le había engañado.
—Óyeme, Morris —añadió Karp rápidamente—, tengo algo que proponerte con relación a tu tienducha. Dale primero la patada a ese tramposo italiano y después dile a Helen que mi Louis…
Pero cuando aquel fantasma de detrás del mostrador le maldijo en una extraña lengua por las noticias que le había traído, Karp salió de espaldas de la tienda y se enterró en la suya.
Después de una peligrosa noche en manos de viejos enemigos, Morris se escapó de la cama y apareció en la tienda a las cinco de la mañana. Y, allí, se enfrentó a solas con el día lleno de pesares. El tendero había luchado toda la noche con las terribles noticias de Karp; había dado vueltas y vueltas preguntándose por qué nadie le había dicho antes que el alemán estaba muy enfermo; podía haberlo comentado alguno de los viajantes, Breitbart, o cualquier cliente. Probablemente nadie dio al hecho demasiada importancia, ya que hasta el día anterior la tienda de Schmitz, aunque sólo un rato, había abierto diariamente. Era verdad que estaba enfermo, y esto ya se había comentado, ¿por qué repetírselo?, al fin y al cabo, las personas enferman pero después casi siempre mejoran. ¿Acaso él mismo no se había puesto enfermo?, pero ¿quién lo habría comentado en el barrio? Probablemente nadie. A la gente le basta con sus propios problemas. En cuanto a la noticia de que Schmitz había vendido su tienda, el tendero consideró que no tenía por qué quejarse, se le había informado inmediatamente, aunque la noticia cayó sobre su cabeza como una piedra.
Con Frank no sabía qué hacer. Después de mucho reflexionar sobre la situación, teniendo en cuenta la actitud del dependiente respecto a la mejoría en el negocio, como si a él sólo se debiera el creciente éxito, Morris decidió finalmente que Frank no había intentado convencerle con engaño de que él era el responsable del cambio, aunque cuando Karp le dio la noticia, él se la hubiera creído. El tendero suponía que el dependiente, como él mismo, era probablemente ignorante de la verdadera razón de su cambio de suerte. Acaso su ignorancia fue un fallo de Frank, porque por lo menos él salía durante el día y visitaba otros establecimientos de la calle, oía noticias, cotilleos; era lógico, por tanto, que lo supiera, pero a él no le pareció que estuviera enterado, posiblemente porque deseaba creer que él había sido su benefactor. Quizá por esto había estado demasiado ciego para ver lo que debía de haber visto, demasiado sordo para oír lo que acababa de oír. Todo era posible.
Después de un primer momento de confusión y temor, Morris decidió que tenía que vender la tienda; ya a las ocho se lo había dicho a un par de chóferes para que extendieran la noticia, pero bajo ninguna circunstancia podría desprenderse de Frank sino, por el contrario, retenerlo para que hiciera todo lo posible para evitar que los socios noruegos recobraran parte de los clientes que él le había ganado a Schmitz. No podía convencerse de que Frank no había contribuido. El Tribunal Supremo había rechazado como única causa de su reciente prosperidad la enfermedad del alemán. Karp lo afirmaba así, pero ¿desde cuándo su palabra era infalible? Naturalmente que Frank había ayudado al negocio, pero, sencillamente, no tanto como se habían creído. Ida había tenido algo de razón. Pero acaso Frank retendría unos cuantos clientes; el tendero dudaba de su propia habilidad para conseguirlo. No tenía energía ni ánimos suficientes para enfrentarse solo con otra mediocre temporada. Los años habían carcomido sus fuerzas.
Cuando Frank bajó, inmediatamente se dio cuenta de que el tendero no era el de siempre, pero el dependiente estaba sobradamente preocupado con sus propios problemas para preguntarle a Morris lo que le ocurría. Con frecuencia, desde que Helen había subido a su habitación, se acordaba de aquel comentario suyo sobre la autodisciplina y se preguntaba por qué aquella palabra le había impresionado tanto, y por qué ahora le abrumaba insistentemente la cabeza como los golpes de un tambor. Sentía la belleza de esta idea de «autodisciplina». La belleza de una persona capaz de hacer las cosas tal y como quería. A esta sensación correspondía en cambio otra de angustia, consecuencia de aquel proceso de lenta descomposición de su carácter ocurrido hacía mucho tiempo, sin que hubiese levantado un dedo para evitarlo. Hoy, mientras rasuraba su dura barba con la maquinilla, se proponía saldar por completo, aunque poco a poco todos, los ciento cuarenta dólares que le había limpiado a Morris en los meses que llevaba trabajando para él, las cuentas estaban anotadas en un cartón que escondía en el zapato.
También pensó otra vez en confesarle a Morris su participación en el atraco. Hacía una semana que había estado a punto de soltarlo todo, incluso llegó a llamar al tendero por su nombre, pero cuando Morris levantó la mirada, Frank sintió que sería inútil y lo dejó correr. Había nacido, pensó, con una conciencia angustiada que nunca le proporcionó ventaja alguna aunque a veces le había gustado sentir su demoledor peso, porque por lo menos en esto se diferenciaba de los demás. Sentía verdaderos, casi incontenibles deseos de soltarlo todo y de empezar una vida nueva, de construir un amor ejemplar para Helen. Sólo de este modo sentaría los fundamentos necesarios y no habría fracasos.
Pero cuando se imaginaba a sí mismo confesándolo, y al judío con las orejas empinadas, el proyecto se le hacía insoportable. ¿Para qué buscarse más preocupaciones de las que ahora tenía? Además, ¿hacerlo así no era faltar ya desde el principio a su propósito de simplificar y arreglar las cosas y empezar una vida mejor? El pasado era el pasado y ojalá pudiera enviarlo a hacer gárgaras. Había tomado parte en el atraco, pero lo hizo de mala gana; al igual que Morris, era una especie de víctima de Ward Minogue. Solo no lo habría hecho. Esto no le disculpaba, pero por lo menos demostraba sus verdaderos sentimientos. Así pues, ¿qué necesidad tenía de delatarse si todo había ocurrido como por accidente? Era mejor olvidarse de los trapos viejos. Él no tenía control alguno sobre su pasado; tan sólo aprovecharía los escasos puntos a los que pudiera sacar algún partido y sobre los demás arrojaría un tupido velo. De ahora en adelante su única preocupación sería el futuro. Y el ideal de ese futuro lo constituiría su afán por una vida mejor que la presente.
Impaciente por empezar, esperaba el momento de vaciar el contenido de su cartera en la máquina registradora. Decidió intentarlo mientras Morris dormía la siesta; pero por alguna estúpida razón, a pesar de que no había nada que hacer, Ida bajó y se sentó en la trastienda con él. Tenía un aire fatigado, una expresión desanimada, y suspiraba con frecuencia pero sin decir nada, a pesar de que su actitud daba a entender que no resistía su presencia allí. Él ya lo sabía, Helen se lo había contado todo a su madre; naturalmente él se sentía incómodo, como si llevara la ropa mojada y ella no le permitiera cambiársela. Pero lo mejor era mantener la boca cerrada y dejar que Helen se las arreglara con ella.
Ida no quería marcharse, de modo que le resultó imposible devolver el dinero aunque el impulso de hacerlo le instigaba constantemente. Cada vez que entraba un cliente, Ida insistía en atenderlo personalmente, hasta que una vez, de vuelta del mostrador, le dijo a Frank, que estaba echado en el sofá con una colilla en la boca, que no se encontraba demasiado bien y que subía.
—Que se mejore —dijo él incorporándose. Pero ella no le respondió y por fin desapareció. Frank llevaba en la cartera dos billetes, uno de cinco y otro de uno; había decidido meterlo todo en la caja, aunque sólo se quedara con unas monedas en el bolsillo; a la mañana siguiente cobraría de nuevo. Primero registró solamente seis dólares para evitar la impresión de una venta poco probable y después abrió la máquina. Se sintió lleno de una repentina alegría ante su gesto y se le nublaron los ojos de emoción. Una vez en la trastienda, sacó del zapato el cartón y descontó seis dólares de la deuda total. Calculó que podría devolverlo todo en dos o tres meses sacando dinero del banco donde tenía alrededor de los ochenta dólares; lo restituiría poco a poco, y cuando se terminara el dinero del banco, tiraría de su sueldo hasta que el total fuera saldado. El truco consistía en devolver el dinero sin que nadie sospechara que él anotaba en la caja más de lo que el negocio daba.
Todavía estaba en plena euforia, cuando le llamó Helen.
—Frank —dijo—, ¿estás solo? Si no lo estás di que me he equivocado de número y cuelga.
—Estoy solo.
—¿Has visto qué buen tiempo hace hoy? He dado un paseo a la hora de comer y parece como si ya hubiese llegado la primavera.
—Todavía es febrero. No te quites el abrigo. Es demasiado pronto.
—Después de la festividad de Washington el invierno ya pierde su fuerza. ¿No percibes ese vaho tan maravilloso?
—En este momento no.
—Sal al sol —le decía ella—, se está calentito y es estupendo.
—¿Para qué me has llamado?
—¿Tengo que llamar por alguna razón determinada? —dijo quedamente.
—Siempre lo has hecho así.
—Te he llamado porque me gustaría verte esta noche en vez de Nat.
—No tienes que salir con él si no quieres.
—Será mejor que lo haga, por mi madre.
—Déjalo para otro día.
Lo pensó un minuto y después dijo que sería mejor acabar con el asunto de una vez.
—Haz como quieras.
—Frank, ¿crees que podremos encontrarnos después de despedirme de Nat? A las once y media o las doce lo más tarde. ¿Te gustaría que nos encontráramos a esa hora?
—Claro que sí, pero ¿de qué se trata todo esto?
—Te lo diré cuando nos veamos —dijo con una risita—. ¿Nos encontraremos en el Parkway o en el sitio de siempre frente a las lilas?
—Donde tú digas. El parque está bien.
—La verdad es que no me gusta la idea de ir allí desde que mi madre nos siguió.
—No te preocupes por esto, encanto —respondió Frank—. ¿Tienes algo agradable que contarme?
—Muy agradable.
Le pareció saber de qué se trataba. Se imaginó llevándola en brazos como una novia hasta su cuarto, y después, terminado todo, bajarla del mismo modo. Ella subiría sola sin temor a que su madre sospechara dónde había estado.
En aquel preciso momento entró Morris en la tienda y colgó.
El tendero inspeccionó la máquina registradora y la elevada cantidad que encontró le hizo suspirar. Al llegar el sábado habría por lo menos doscientos cuarenta o cincuenta, pero nunca más se alcanzarían esas sumas una vez que abrieran los noruegos.
Cuando se dio cuenta de que Morris fisgoneaba en la caja, Frank recordó que lo único que le quedaba encima eran unos setenta centavos. Hubiera deseado que Helen le hubiera llamado antes de haber devuelto los seis dólares a la caja. Si llovía aquella noche podría necesitar un taxi para llegar a casa o si subían a su cuarto acaso le apeteciera una pizza o algo de comer. De todas maneras siempre podía pedirle prestado un dólar a ella. También pensó en pedirle a Louis Karp un pequeño préstamo, pero la idea no le gustó.
Morris salió a comprar el Forward y al regresar lo extendió ante él sobre la mesa, pero no leía. No acertaba a ver claro en el futuro. Arriba, tumbado en la cama, había intentado idear distintos modos de reducir los gastos, pensó en los quince dólares semanales que le pagaba a Frank; le preocupaba esa cantidad tan grande. También recordó que éste había besado a Helen, y las advertencias de Ida. Todo esto le excitaba los nervios. Consideró seriamente despedir a Frank, pero no acababa de decidirse. Deseaba haberle echado hacía mucho tiempo.
Frank rechazó también la idea de pedirle dinero a Helen. No era oportuno hacerlo con la chica que le gustaba. Llegó a la conclusión de que lo mejor era volver a embolsarse un dólar de la cantidad que acababa de reponer. Le pesaba haber devuelto seis en vez de cinco y no haberse quedado con un dólar.
Morris miró de reojo a su dependiente sentado en el sofá. Y recordó aquella ocasión, en que, desde el sillón del barbero, había contemplado los clientes saliendo de su tienda con bolsas repletas; se sintió intranquilo. ¿Me robará?, pensó. La pregunta le llenaba de horror porque, aunque no era la primera vez que se la hacía, nunca había podido darse una respuesta satisfactoria.
Vio por la ventana de la pared que una mujer había entrado en la tienda. Frank se levantó del sofá.
—Atenderé yo, Morris.
—De todos modos tengo que recoger unas cosas en el sótano —dijo Morris, sin levantar la mirada de su periódico…
—¿Qué tiene allá abajo?
—Algunas cosas.
Frank se colocó detrás del mostrador y Morris bajó al sótano, pero no se quedó allí. Subió sigilosamente las escaleras y se estacionó detrás de la puerta del vestíbulo que daba a la tienda. Ojeaba por una rendija en la madera; veía con toda claridad a una mujer y le oía hacer el pedido. Sumó los precios de los artículos a medida que los pedía.
La cantidad ascendía a 1,81 dólares. Cuando Frank marcó la venta en la máquina, el tendero retuvo el aliento un doloroso instante; después entró en la tienda.
La clienta, apretando sus compras, ya iba camino de la puerta. Frank escondía la mano debajo del mandil y la metía en el bolsillo del pantalón. Miró al tendero con expresión asustada.
La cantidad marcada en la máquina era de 81 centavos.
Frank, aunque inmóvil de vergüenza, fingió que no pasaba nada.
Esto enfureció a Morris:
—La cuenta era de un dólar más, ¿por qué has marcado uno menos?
El dependiente, tras un insoportable rato de angustia, se oyó decir a sí mismo:
—Sólo se trata de un error, Morris.
—No —gritó furioso el tendero—. Oí detrás de la puerta del vestíbulo las cantidades que usted vendió. No crea que no estoy enterado de que ha hecho lo mismo en otras ocasiones. Deme el billete —le ordenó Morris, extendiendo una temblorosa mano. El angustiado dependiente intentó defenderse:
—Está cometiendo un error. La caja me debe un dólar. Me encontré falto de monedas de cinco así que le pedí veinte a Sam Pearl de mi propio dinero. Después, por error, marqué un dólar de venta para abrir la caja. Por esto lo he cobrado de esta manera. No ha pasado nada, le digo.
—¡Eso es mentira! —gritó Morris—. Dejé un rollo de monedas en la caja por si se necesitaban. —Con pasos largos se plantó detrás del mostrador, abrió la caja y mostró el rollo de monedas—. Ahora diga la verdad.
Esto no puede ocurrirme a mí ahora; ya soy otra persona, pensó Frank.
—Iba justo de dinero, Morris —confesó—, ésta es la verdad. Calculé que se lo devolvería mañana cuando me pagara.
Sacó el billete arrugado del bolsillo del pantalón y Morris se lo arrebató de la mano.
—¿Por qué no me lo pidió prestado en vez de robarlo?
El dependiente se dio cuenta de que esto no se le había ocurrido. La razón era muy sencilla: nunca había pedido prestado, tenía la costumbre de robar.
—No se me ocurrió. Cometí un error.
—Siempre se trata de errores —dijo el tendero con sarcasmo.
—Toda mi vida los he cometido —suspiró Frank.
—Me ha robado desde el primer día.
—Lo confieso —dijo Frank—, pero por amor de Dios, Morris, le juro que se lo estaba devolviendo. Hoy mismo repuse seis dólares. Por esto tiene tanto en el cajón desde la última vez que examinó la caja, esto fue antes de echarse la siesta. Pregúntele a la señora si hemos recogido más de dos dólares desde que usted se fue arriba. El resto lo puse yo.
Pensó en quitarse el zapato y mostrarle a Morris que había apuntado cuidadosamente el dinero robado. Pero no quería hacerlo puesto que la cantidad era tan alta que temía enfurecer todavía más al tendero.
—Lo ha devuelto —gritó Morris—, pero me pertenece a mí. No quiero ladrones por aquí.
Contó quince dólares de la caja.
—Aquí tiene la paga de la semana; la última. Ahora por favor, márchese de la tienda.
La ira había desaparecido de su voz. Hablaba con tristeza y con temor al mañana.
—Deme una última oportunidad —suplicó Frank—, por favor, Morris.
Su cara estaba demacrada, los ojos hundidos y su barba oscura como la noche.
Morris, aunque emocionado por el hombre, pensó en Helen.
—No.
Frank miró fijamente al judío pálido y desencajado, y al comprender, pese a las lágrimas que le asomaban a los ojos, que no cedería, colgó el mandil en un gancho y se fue.
En el momento en que apresuradamente entraba en el parque iluminado por los faroles, a las doce y media de la noche, la belleza nueva de la noche se mezcló en Helen con la mortal angustia de las inesperadas ausencias del ser querido. Aquella mañana, al salir a la calle, con su nuevo vestido bajo su abrigo viejo, la fragancia del día le había arrancado lágrimas de emoción y el sentimiento de que verdaderamente estaba enamorada de Frank. Ya no importaba lo que el futuro le ofreciera, nada podía impedirle ya aquella sensación de liberación y satisfacción que sentía en aquel preciso momento. Horas más tarde, ya con Nat Pearl, en una taberna de la carretera en la que se habían detenido para beber algo, y después, durante el paseo que él insistió en dar hasta Long Island, sus pensamientos seguían puestos en Frank y se sentía impaciente por encontrarse con él.
Nat era el mismo de siempre. Aquella noche se había lucido y prodigaba su gracia por todas partes. Hablaba embelesado y a pesar de ello era rechazado. No había cambiado en absoluto durante todos aquellos meses que habían transcurrido sin verse. Aparcados cerca de la oscura orilla con la bahía iluminada por las estrellas a sus pies, después de unas cautivadoras frases, la había rodeado con sus brazos.
—Helen, ¿cómo olvidarnos del placer de que gozamos en el pasado?
Ella, enfadada, lo apartó.
—Eso ya ha pasado, ya lo he olvidado. Si eres tan caballero, Nat, también deberías olvidarlo. ¿Acaso unas cuantas experiencias en la cama constituyen una hipoteca sobre mi futuro?
—Helen, no hables como una extraña. Caramba, tienes que ser más humana.
—Soy una persona humana, y no lo olvides, por favor.
—En cierta ocasión éramos buenos amigos. Ahora tan sólo quisiera reanudar esta amistad.
—¿Por qué no confiesas que por amistad entiendes otra cosa?
—Helen…
—No.
Él se recostó sobre el volante.
—¡Dios santo!, te has hecho muy susceptible.
—Las cosas han cambiado. Tienes que darte cuenta.
—¿Para quién han cambiado? —preguntó malhumorado—, ¿para aquel italianito con el que dicen que andas?
Por toda respuesta hubo un silencio glacial.
Camino de casa él intentó remediar lo dicho, pero Helen sólo le concedió una rápida despedida. Lo dejó con sensación de alivio y con la impresión de haber malgastado la noche.
Le preocupaba que Frank tuviera que esperarla tanto tiempo, cruzó la plaza iluminada aprisa y avanzó por un camino de grava bordeado por los altos arbustos de lilas hasta llegar al lugar del encuentro. A medida que se acercaba a su banco, le preocupaba el presentimiento de que él no estuviera, pero no podía acabar de creérselo; al fin tuvo que soportar la dolorosa desilusión de que, aunque había otras personas, él no estaba.
¿Era posible que ya se hubiese ido? No podía creerlo, siempre le había esperado, por más tarde que fuera. Y como le había dicho que tenía algo importante que decirle —que ya sabía que le quería—, sin duda alguna, él estaría deseando escucharla. Temiendo que le hubiera sucedido algún accidente, se sentó.
Generalmente estaban solos en aquel lugar, pero aquella noche del mes de febrero, al hechizo de una temperatura casi primaveral, habían aparecido otras personas. En un banco diagonalmente opuesto a Helen, en la oscuridad bajo las ramas que ya brotaban, estaban sentados dos jóvenes enamorados entrelazados en un largo beso. El banco a su izquierda estaba vacío, pero en el siguiente había un hombre durmiendo bajo una farola de luz débil. Un gato jugueteó con la sombra del dormido y se fue. El hombre despertó con un gruñido, miró con ojos adormilados a Helen, bostezó y volvió a dormirse. Los enamorados se separaron por fin y se fueron en silencio; el muchacho seguía torpemente a la feliz muchacha. Helen la envidió profundamente y la envidia era un desolador sentimiento para finalizar aquel día.
Echó una mirada al reloj y vio que ya pasaba de la una. Escalofriada, se levantó, pero volvió a sentarse para esperar unos últimos cinco minutos. Le parecía que las estrellas se reunían para agobiar más en su cabeza. La sensación de absoluta soledad, con la belleza primaveral de la noche, la entristecía. Estaba hastiada, profundamente desilusionada, de esperar sin recibir recompensa alguna.
Había un hombre de pie. Ante ella, sucio, apestando a whisky, un hombre permanecía en pie tambaleándose. Helen se medio levantó, llena de terror.
El desconocido se quitó el sombrero y dijo con voz gangosa:
—No me tengas miedo, Helen. La verdad es que soy un buen chico…, hijo de un policía. ¿Me recuerdas, verdad? Soy Ward Minogue; fui a la escuela contigo. En cierta ocasión mi viejo me dio una paliza en el patio de las niñas.
Aunque hacía años que no lo había visto, Helen lo reconoció, y recordó lo ocurrido cuando siguió a una de las niñas al lavabo. Instintivamente levantó la mano en un gesto de protección. Ahogó un grito por temor a que él la agarrara, y pensó en la estupidez y la fatalidad que suponía haber esperado para esto.
—Te recuerdo, Ward.
—¿Puedo sentarme?
Ella vaciló.
—Está bien.
Se apartó de él todo cuanto pudo. Parecía narcotizado. Estaba dispuesta a salir corriendo y a gritar en cuanto él hiciera un movimiento alarmante.
—¿Cómo me has reconocido en la oscuridad? —le preguntó Helen, fingiendo naturalidad mientras miraba disimuladamente a su alrededor calculando el mejor modo de escaparse. Si lograba rebasar los árboles le faltarían sólo unos veinte pies por el camino bordeado de arbustos para llegar a lugar seguro. Una vez alcanzara la plaza ya se encontraría con gente a quien acudir.
¡Que Dios me ampare!, pensó.
—Te he visto un par de veces, últimamente —le respondió Ward, frotándose lentamente la mano por el pecho.
—¿Dónde?
—Por aquí; una vez te vi salir de la tienda de tu viejo y supuse que eras tú. Todavía conservas el tipo —dijo con sonrisa amplia.
—Gracias. ¿No te encuentras bien?
—Siento ardores en el pecho y tengo un dolor de cabeza endemoniado.
—Llevo un tubo de aspirinas en el bolso.
—No, me hacen vomitar.
Helen advirtió cómo él miraba hacia la arboleda. Su miedo iba en aumento y pensó en ofrecerle su bolso con tal de que no la tocara.
—¿Cómo está tu novio, Frank Alpine? —preguntó guiñando sus ojos lacrimosos.
—¿Conoces a Frank? —le preguntó sorprendida.
—Es un viejo amigo mío, estuvo aquí buscándote.
—¿Se encuentra bien…?
—No demasiado —dijo Ward—, tuvo que irse a casa.
Ella se levantó.
—Me tengo que ir.
Él también estaba ya en pie.
—Buenas noches —añadió Helen.
—Me dijo que te diera esta nota. —Ward se metió la mano en el bolsillo del pantalón.
Ella no le creyó pero se paró lo suficiente para que él pudiera alcanzarla. La agarró con una rapidez asombrosa, ahogando su grito con una mano apestosa mientras la arrastraba hacia los árboles.
—Lo único que quiero es lo que le das a ese italiano —dijo Ward con un gruñido.
A patadas, a mordiscos en la mano, Helen logró soltarse. Pero él la cogió por el cuello del abrigo y se lo arrancó. Volvió a gritar, echó a correr, pero él la atrapó y logró taparle la boca. Ward la aplastó contra un árbol y le hizo perder el aliento. La sujetaba apretadamente por el cuello mientras con la otra mano abría violentamente el abrigo y tiraba de su vestido hasta dejar al descubierto su sostén.
Luchando, pataleando, logró darle entre las piernas con la rodilla. Él dio un grito de dolor y replicó abofeteándola. Helen sintió que le abandonaban las fuerzas y luchaba por no desmayarse. Gritó pero no oyó su grito.
Sintió el cuerpo de él temblando contra ella. Me han deshonrado, pensó, sin embargo se sintió extrañamente liberada de su presencia apestosa, como si él se hubiera sumido en un cubo asqueroso de basura y ella le hubiera dado una patada alejándolo. Sus piernas tambalearon y cayó al suelo. La idea de que se había desmayado cruzó vagamente por su cabeza, aunque todavía le dominaba la impresión de que luchaba por liberarse de él.
Se dio cuenta a medias de que alguien se estaba peleando cerca de ella: oyó el golpe de un puñetazo y el grito de dolor de Ward Minogue, que se alejaba tambaleándose.
¡Frank!, pensó, transida de alegría. En seguida sintió que alguien la levantaba suavemente y supo que estaba en sus brazos. Sollozó de alivio. Él le besaba los ojos, los labios y su pecho medio desnudo. La muchacha le apretaba fuertemente con los brazos, llorando, riendo, y murmurando que había venido a decirle que le amaba.
La dejó en el suelo y se besaron bajo la oscuridad de los árboles. Ella percibió un sabor a whisky en su aliento y por un instante sintió miedo.
—Te quiero, Helen —dijo a media voz; intentaba torpemente cubrirle el pecho con el vestido roto mientras se la llevaba más hacia la oscuridad de los árboles y desde allí hasta el inmenso y oscuro estrellado.
Cayeron de rodillas sobre la tierra de invierno. Helen susurró ansiosamente.
—Por favor, ahora no, querido.
Pero él le habló de su amor apasionado y de su espera larga y angustiada. Incluso ahora, pensaba en ella como en algo fuera de su alcance, siempre allá en su cuarto de baño mientras él la contemplaba como un espía. Y sofocó sus súplicas con besos.
Cuando todo hubo acabado ella gritó:
—¡Perro… perro incircunciso!
Mientras Morris se sentaba solo en la trastienda a la mañana siguiente, un niño trajo un prospecto color de rosa y lo dejó sobre el mostrador. Cuando el tendero lo recogió, vio que se trataba del aviso de cambio de dueño de la charcutería de lujo a la vuelta de la esquina; los nuevos propietarios Taast y Pederson anunciaban su próxima inauguración el lunes. Se anotaban a continuación una lista de artículos especiales que ofrecerían la primera semana, precios con los que Morris no podía competir, porque no podía permitirse el lujo de las pérdidas que los noruegos estaban dispuestos a soportar. Al tendero le pareció que estaba colocado en una corriente helada que le subía por algún inasible agujero de la tienda. Una vez en la trastienda que a la vez servía de cocina, apretó las piernas y nalgas contra el radiador de gas, pero le llevó siglos eliminar el escalofrío que se le había metido hasta los huesos.
Durante toda la mañana estuvo remirando la tarjeta, hablando entre dientes. Sorbeteaba en su café frío, pensaba en el futuro y, de vez en cuando, en Frank Alpine. El dependiente se había ido la noche anterior sin llevarse su paga de quince dólares. Morris, en principio, creyó que iría aquella mañana a recogerla, pero, a medida que pasaban las horas, perdió toda esperanza. A lo mejor lo dejaba para amortizar parte de lo que había robado; pero quizá no fuera por eso. Por enésima vez Morris se preguntó si había acertado al despedir a Frank. Era cierto que le había robado, pero no menos cierto que lo estaba devolviendo. El hecho de que había repuesto los seis dólares en la máquina y después se encontró sin un céntimo en los bolsillos probablemente también era cierto, porque la cantidad en la caja, cuando Morris hizo cuentas, era más de lo que habitualmente se recaudaba en aquella parte muerta de la tarde, mientras él hacía la siesta. El dependiente le parecía un hombre desafortunado; sin embargo, el tendero se sentía sucesivamente triste y alegre de que el incidente ocurriera. Estaba satisfecho de haberle despedido. Hubo que hacerlo por el bien de Helen, y para tranquilidad de Ida y suya también. Pero, pese a todo, sentía haber perdido a su asistente y encontrarse solo en el momento que abrieron los noruegos.
Ida bajó, los ojos hinchados por un sueño intranquilo. Sentía un inútil furor contra todo el mundo. ¿Qué será de Helen?, se preguntó golpeando los puños contra el pecho. Pero cuando Morris levantó la mirada para oír una vez más sus quejas, ella sintió miedo de abrir la boca. Media hora más tarde, se dio cuenta de que algo había cambiado en la tienda y pensó en el dependiente.