El enigma de la egipcia
Capítulo 1
—Ahora puedes ser faraón si lo deseas —murmuró Helena a Alexandros, con los ojos llenos de lágrimas—. Has cumplido tu deber para con tu tío, el sabio Kruptos. Velaste por él en sus ancianos días y le procuraste todos los cuidados que necesitaba. Los miembros del Consejo de Filipos no podrían reprocharte negligencia alguna.
—¿Crees de veras que los miembros del Consejo me habrían metido en prisión si no hubiera estado presente durante los últimos días de su vida?
No hacía falta que Solón sometiera antaño a votación una ley que condenase al pago de una multa y castigara con la atimia[1] a quienes abandonan a sus padres en la miseria para que yo diera prueba de genoboskia[2] . —Alexandros ahogó un sollozo—. Yo le quería y le respetaba —añadió.
—Lo sé —dijo Helena, mientras se juntaba los bordes de la capa de piel de cabra sobre el pecho.
—Confío en haber cumplido con todos los ritos funerarios dignos de tan gran hombre.
La joven se contentó con posar la mano sobre su brazo para tranquilizarle. Desde la víspera había visto a su esposo lavar el cuerpo de su tío con perfumes de diversas fragancias y vestirlo con una sencilla túnica inmaculada, pues la ley prohibía a los griegos enterrar a sus muertos con más de tres vestiduras. Tras vendar cuidadosamente su cuerpo con lentitud de gestos, nada habitual en él, procedió a envolverlo con una mortaja.
Luego pidió a Helena que le ayudara a elegir las joyas con las que adornar a su tío. Como éste vivía en la mayor sobriedad, la joven le había aconsejado que optase por un anillo y un brazalete, y que colocara las demás joyas de familia que poseía Kruptos en su tumba, junto con un pastel de miel destinado a calmar a Cerbero, el perro de los Infiernos.
Pese a la renuencia de Alexandros, ella misma había depositado un óbolo en la boca del difunto para pagar al nauchel Caronte la travesía del río de los Infiernos.
—En Macedonia ya casi se ha perdido esa costumbre —le había dicho Alexandros.
—Pero antaño era usual —había replicado ella—, y en Egipto prestamos suma atención a las voluntades divinas.
Helena apartó de la suntuosa cama donde se hallaba tendido Kruptos los lequitos dispuestos la víspera bajo el lecho mortuorio. El tío de Alexandros había permanecido expuesto en el vestíbulo de la casa, con la cabeza orientada hacia el interior y los pies en dirección a la puerta, como exigía la tradición.
La joven subió un poco más la almohada sobre la que reposaba la cabeza de Kruptos, coronada de flores. Indicó con un ademán a los sirvientes, encargados de protegerlo de la luz y los insectos mediante sombrillas y abanicos, que pasaran a la habitación contigua. Sólo permanecieron en la estancia las plañideras, que se echaban ceniza sobre las cabezas, se arañaban el rostro y se daban golpes en el pecho entre lamentos y alaridos.
Algunas incluso alzaban los brazos al cielo.
—Me he sentido muy halagada por haber podido velar a Kruptos —
murmuró Helena a Alexandros—. Al fin y al cabo, no era ni su hermana, ni su madre, ni su esposa, ni su hija...
—Pero sí su sobrina.
—Sólo política.
—Él te quería como a una hija.
—¿Podré formar parte del cortejo fúnebre?
Alexandros le cogió la mano.
—En la morada que hoy habita, Kruptos jamás me perdonaría que te lo impidiera. ¿Acaso no vistes ropas de luto? ¿Acaso no te has cortado el cabello para testimoniar tu dolor? Éramos los únicos parientes de Kruptos.
—Pero tenía numerosos amigos. Todo el pueblo aguarda para rendirle homenaje.
—Que se acerquen las mujeres. Ha llegado el momento.
Las plañideras se situaron a uno y otro lado del lecho e iniciaron el treno[3].
—Ahora vuelvo —dijo Alexandros a Helena—. Voy a buscar el agua lustral a casa de los vecinos. La nuestra ya no es pura desde que nos visitó la muerte, y la que llenaba la vasija que coloqué en el umbral se ha evaporado. Ya no podemos asperjarnos al salir. He dejado la vasija en la entrada sólo para hacer saber a los habitantes de Filipos que en esta casa había muerto un hombre.
—Antes de irte, ¿podrías responder a mi pregunta?
—¿A qué pregunta?
—¿Vas a ser faraón?
—Confieso que no he reflexionado lo suficiente sobre el particular. Mi padre no ha muerto, sigue dirigiendo Egipto y nada hace suponer que vaya a elegirme como sucesor. Y en el caso de que lo hiciera, su familia quizá no lo aceptase.
—¿Acaso Tolomeo no te ha demostrado cuánto te aprecia? ¿No estaba dispuesto a nombrarte dieceta[4] y a confiarte la dirección de Egipto?
—Ese tiempo queda ya lejos. Desde entonces Zeus ha tronado mil veces, y mil veces Poseidón ha encrespado los océanos.
—Pues yo no lo veo tan claro. Tolomeo nos ha enviado mensajeros, y desde que está enfermo te ha pedido varias veces que vuelvas a Alejandría.
—Vamos a ver, ¿cuál es tu deseo?
—Tolomeo es tu verdadero padre, aunque Kruptos te haya criado.
—Pero mis raíces están aquí.
—¿Te atreverías a afirmar ante mí que Egipto, donde naciste, no es caro a tu corazón? He visto de qué modo vacilabas, difiriendo tu respuesta, cuando los mensajeros egipcios arribaran a la costa macedonia. Insistías en permanecer aquí mientras Kruptos viviese. Ahora que Hades saldrá a recibirle en los confines infernales y que se transformará en Osiris, nada te retiene en Filipos.
Alexandros salió al escalón de la puerta y tomó la vasija entre sus manos.
—Comprendo que desees regresar a Alejandría. Tu familia vive allí y no la has visto desde hace mucho tiempo.
—No es en mí en quien pienso, sino en ti. Te aguarda un gran destino.
—No necesito para nada ese destino. El estudio y la investigación ocupan todo mi tiempo. Además, no me interesan ni el poder ni el lujo.
—¿Y dejarías Egipto en manos de incapaces?
—Tolomeo ha sabido formar a hombres que gobernarán con eficacia.
—Permíteme que lo dude. Gracias a mi padre, que tenía un puesto importante en palacio, conocí a los que le rodeaban.
—Helena, he hecho una elección. No soy hombre que pueda reinar sobre un pueblo, y menos aún si es egipcio. Si mi padre gobernase Macedonia, sin duda habría considerado la posibilidad de sucederle. Pero ¿cómo voy a abandonar esta región, que me es tan querida? Y por otra parte, ¿cómo conseguiría imponerme en Tebas, en Menfis o en Karnak?
—¿Acaso yo no lo dejé todo para seguirte?
Alexandros meneó la cabeza.
—Desde que murió Arsinoe, Tolomeo lleva tal vida de placer con Bilistiché que su salud se resiente —dijo—. Todo su pueblo oró por él y ahí lo tienes, de nuevo en pie. El faraón bien puede honrar al dios Chons por haberlo curado.
—Dicen que ha envejecido y que ha perdido el cabello. Está más grueso, y se queja de un dolor constante, de un dolor espantoso en la pierna que le mantiene despierto toda la noche, desde el mes de Dios[5].
—No intentes enternecerme.
—El joven Tolomeo sólo tiene diez años, ¿cómo va a gobernar a su edad?
—¿Olvidas acaso las exigencias del pueblo egipcio? Un faraón debe desposar a una de sus hermanas para que la sangre real permanezca pura y sin mácula. Yo no tengo ninguna hermana. Y en el caso de que la tuviera,
¿qué sería de ti?
—Tolomeo no ha tenido hijos con su segunda esposa. Arsinoe Filadelfa se encargó de eliminar a todos aquellos que podían codiciar el trono.
Cuando fue entregada a Ra durante el mes de Pachons[6], Arsinoe ya había sido divinizada. Tolomeo ha hecho de Egipto una potencia tal que te bastaría con proseguir la obra de ambos.
—Te lo repito, Helena, sólo soy el hijo del faraón y de una mujer corriente. El joven Tolomeo comparte ahora el trono con su padre. Se ha convertido en su heredero.
—Todavía no. Deja esa vasija y escúchame.
Alexandros obedeció a regañadientes. Se sentaron los dos en el banco que Kruptos tanto amaba, y donde el anciano gustaba de meditar a la sombra del emparrado.
—El reino de Egipto se ha vuelto poderoso. Tolomeo Soter engrandeció el país con Cirenaica, Fenicia, Coele-Siria y las Cicladas. Tu padre, Tolomeo, se impuso en Asia Menor. Envió un mensajero a Roma durante la guerra de los romanos con Pirro, prueba de que es escuchado en todo el mundo.
Alexandros dio muestras de impaciencia.
—Ordenó habilitar de nuevo el santuario de Nectanebo en Sebenitos para dedicarlo a Isis y a Horus —prosiguió ella—, decidió mantener el Helenium de Naucratis para honrar en él a todos los dioses griegos, eligió
Tanis como sede de un santuario, y además venera a Isis en File. El pueblo adora a tu padre.
—Te prometo que reflexionaré sobre ello —dijo Alexandros, poniéndose de pie—. Más no hoy. Mi corazón se halla anegado de lágrimas.
Al día siguiente, mucho antes de la salida del sol, para que la apariencia de la muerte no mancillase al radiante astro, el cuerpo de Kruptos fue llevado lejos de su casa. Alexandros hizo libaciones para honrar a los dioses, y luego el cortejo se puso en marcha. Pidió a sus esclavos que le ayudasen a llevar el lecho mortuorio de su tío y lo depositó sobre un carro tirado por mulas. Una mujer se situó en cabeza de la comitiva, sujetando un vaso de libaciones con los brazos extendidos. A continuación seguían los amigos, y después Helena, flanqueada por tocadores de oboe.
El cortejo llegó a la salida del pueblo, y el cuerpo de Kruptos fue quemado al pie de la colina donde estaba adosado el teatro de Filipos.
Envolvieron sus cenizas y huesos con un lienzo y lo introdujeron en una urna. Alexandros ofreció un congio de vino y un poco de aceite a aquel a quien tanto había amado.
—Regresemos —dijo a Helena tras la ceremonia, mientras los macedonios se dispersaban en dirección a la plaza pública.
Helena y Alexandros se lavaron a fondo y tomaron una colación fúnebre.
Al alba, la mujer purificó la casa con agua de mar y el hisopo. Al tercer y al noveno días, ambos invitaron a los amigos de Kruptos a un copioso ágape acompañado de sacrificios, que se prolongó hasta altas horas de la noche.
El trigésimo primer día tras la muerte de Kruptos, igualmente festejado, un embajador egipcio se presentó en Filipos para hablar con Alexandros en persona.
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