El enigma de la egipcia
Capítulo 24
Helena partió a buen paso en dirección al pueblo. Pero una vez en camino, de pronto fue consciente de algo a lo que no había prestado atención hasta el momento: que estaba sola y el sendero se hallaba desierto.
Aceleró el paso y fue echando frecuentes e inquietas ojeadas hacia atrás. Le pareció que el sol calentaba más que de costumbre a aquellas horas.
«Vamos, cálmate —se dijo—. Te estás obsesionando, y lo cierto es que este camino nunca ha sido peligroso.» Pero por mucho que intentara ser razonable, su inquietud no hacía sino aumentar.
Se detuvo en varias ocasiones con la certeza de que sonaban pasos a su espalda. El rostro exánime de Tyi acudió a su mente, y luego el de Didu, salvajemente asesinado, y los de Khat y Nahuri, desfigurados por completo.
—Por Serapis, sin duda yo seré la próxima víctima —murmuró—. Con todo, ¿quién podía prever que me hallaría en este camino a estas horas? ¡Ni siquiera yo lo sabía!
Sólo Koblos estaba al corriente.
—¡No! —prosiguió—. Koblos no es un asesino, y no mataría a sus propios hijos..., a menos que estuviera loco.
Helena respiró hondo para darse ánimos. En ese momento sintió que alguien la sujetaba por el chal, y un grito escapó de su garganta.
—¡Qué estúpida soy! La lana se ha enganchado en una rama de olivo, simplemente.
Sólo le restaba contornear una pequeña colina arenosa para divisar el pueblo. Después tendría que trepar un poco. Se volvió otra vez.
—No, no hay nadie detrás. ¡Valor, no tardaré en hallarme a salvo!
Cuando llegó a los aledaños del mercado, que bullía de actividad en la plaza pública, Helena soltó un suspiro de alivio. Mientras trataba de recuperar el aliento, un grupo de griegos que hablaban con voz estentórea y acalorada atrajo su atención. La mayoría gesticulaban vivamente. No se trataba de mercaderes; el tono cordial de los vendedores de telas o de comestibles no tenía nada que ver con aquellos gritos.
Helena tuvo la desagradable impresión de que había sobrevenido otra desgracia. Los latidos de su corazón se aceleraron, y rogó a los dioses que protegieran a Alexandros.
—¿Qué ocurre? —preguntó a voz en grito a un hombre que hablaba vivamente con un funcionario encargado de la seguridad.
—Una mujer se ha desmayado mientras hacía la compra —le respondió él antes de volver a la conversación.
Estaba explicando con todo lujo de detalles cómo había caído al suelo.
Helena se puso de puntillas para ver mejor y reconoció la túnica azafrán de Tamit.
—¿Conoces a esta mujer? —le preguntó el funcionario al ver cómo la joven intentaba abrirse paso entre la multitud.
—Sí, la conozco —respondió ella, acuclillándose junto a Tamit—.
Trabaja para mi tío Koblos.
—¿Para Koblos? ¿Estás segura? Nunca la había visto por aquí.
—Porque suele enviar a otras sirvientas al mercado y no debes de llevar mucho tiempo en el pueblo. Pero puedo asegurarte que se llama Tamit y que está al servicio de mi tío.
Helena le dio unas palmaditas en las mejillas y la nodriza pareció recuperar el conocimiento.
—Qué susto me has dado —dijo la joven—. Creí que...
—¿Creíste que había muerto? —completó la frase Tamit, con voz débil.
—Con todas las cosas que están pasando...
—No hace falta que te excuses. Lo que sucede es que he bebido un poco de vino antes de salir, y sin duda se me ha subido a la cabeza. No estoy acostumbrada a beber vino. La cerveza no me produce el mismo efecto.
Helena la ayudó a ponerse de pie.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó el funcionario precipitándose hacia Tamit, que intentaba dar unos pasos.
—Estoy mejor —replicó ella, irritada.
—Ese asnerizo te llevará a la finca —le dijo Helena.
—No. El médico vive a dos pasos de aquí, llévame a su casa. Me dará una poción para calmar el dolor de estómago, que me está matando.
—Como quieras.
Tamit se apoyó en el brazo de la joven.
—¡Malditos dolores! —renegó—. Y yo que pensaba prepararle una buena comida a Koblos...
—Lo cuidas mucho.
—Y en lo sucesivo lo haré todos los días. Él me lo ha pedido.
Al llegar a casa del médico, a Helena le sorprendió encontrar la puerta abierta. No había ni rastro de la ayudante. Las dos mujeres entraron, extrañadas de no encontrar a nadie en la planta baja.
La joven dejó a Tamit sentada en un taburete.
—Espérame aquí, voy a ver si Paros está en el piso de arriba.
La nodriza asintió con un gesto. Mas apenas había subido Helena los primeros peldaños de la escalera, las dos oyeron ruido de lucha por encima de su cabeza, y en ese momento el médico apareció en el vano de una puerta pidiendo socorro.
Helena corrió hacia él.
—¡Por Osiris! ¿Quién te ha hecho esa herida en el cuello?
Sin dejar de toser, Paros mostró el cabo de una cuerda.
—¡Han intentado estrangularte! —exclamó la joven.
El médico, que no podía hablar, dijo que sí con la cabeza.
—¿Quién? —quiso saber Helena, dirigiendo una mirada al primer piso
—. ¿Esos hombres de arriba?
—Alexandros... —respondió el médico entre jadeos, con la mano ceñida en torno al maltrecho cuello.
—¿Alexandros?
Helena subió la escalera a todo correr. Alexandros y Setui estaban en el suelo, enzarzados en una pelea. Habituado a la lucha, su marido no tardó en dominar al adversario, al que dejó tendido de bruces, y sujetándole las manos a la espalda.
—¡Alexandros! Pero ¿qué está pasando aquí? —le interpeló Helena—.
¡Haz el favor de soltarle!
—De ninguna manera, Helena, no pienso hacerlo. ¡Tu primo es demasiado peligroso!
Helena miró a su esposo con estupefacción.
—¿Te has vuelto loco?
—No, por desgracia. Y Setui tampoco lo está. Por el contrario, sabe muy bien lo que hace. ¡Tu primo es un asesino!
Al comprender lo que su marido estaba diciendo, Helena cayó de rodillas.
—Así pues, ¿Setui es responsable de todo?
Se quedó anonadada, incapaz de aceptar aquella versión de los hechos.
Alexandros ató a Setui de manos y pies con unas cuerdas que le entregó Paros, y acto seguido se precipitó hacia la joven, que se puso en pie.
—Setui, mi querido Setui... ¡No es posible!
—Lo es, Helena —replicó su esposo—, lamentablemente no hay la menor duda.
—No lo entiendo.
—Te lo explicaré todo.
—Pero ¿cómo lo adivinaste? ¿Quién te lo dijo?
—Es una larga historia.
—Olvidas que Setui fue agredido.
—¡A tu primo no lo apuñaló nadie! Las heridas se las produjo él mismo para alejar las sospechas.
—Pero si lo encontramos inconsciente...
—Sin duda había bebido una poción que le produjo efectos letárgicos.
—¿Y cómo pudo matar a Khufu, si no podía levantarse? No tenía la fuerza suficiente para descargar el golpe, y además Khufu era un robusto mocetón.
—Setui fingía estar más débil de lo que en realidad estaba, para gozar de mayor libertad de movimientos.
—¿El médico lo adivinó y por eso Setui ha intentado matarle...?
—No exactamente. Me constaba que Setui intentaría algo contra Paros y yo mismo he provocado esta agresión. ¿Recuerdas el día que enterramos a Didu y Khufu?
—Jamás lo olvidaré.
—Ese día supimos que habían encontrado los cuerpos de Nahuri y de Khat.
—Así es.
—Koblos se sentó y todos le rodeamos para arroparle con nuestro cariño.
—Me acuerdo perfectamente.
—Entonces recordé las palabras del médico referentes a la blandura y el calor del cuerpo de Khufu cuando lo encontré.
—Incluso añadiste que eso demostraba que habían atacado a Khufu hacía poco y que hubieras podido sorprender al asesino en plena acción.
—Exactamente. Esa observación no pasó inadvertida al agudo Nekhti, quien enseguida captó lo que yo daba a entender. A partir de ese día temí por la vida de tu abuelo. Cuando pronuncié aquellas frases recalcando cada palabra, observé la mirada de cada uno de vosotros. Sólo uno reaccionó,
pero fue una reacción muy fugaz y yo no estaba muy seguro de mis sospechas.
—Sin embargo, no te habías equivocado...
—Por desgracia, no. Acuérdate de cuando encontramos el cuerpo de Tyi.
Estaba rígido. Tyi llevaba varias horas muerta.
—Pero si llamó a Setui para que la socorriese y él se precipitó en su ayuda, sólo que llegó demasiado tarde...
—No. Setui afirmó, en efecto, que había visto a Tyi luchar en el agua y le vimos correr para salvarla, pero en realidad hacía tiempo que Tyi había muerto. Setui la mató antes de regresar al lugar del crimen. Aquello fue una escenificación. Sólo una persona podía poner al descubierto algún día la superchería: Paros.
—Entonces, ¿por qué Paros no dijo nada cuando encontramos a Tyi?
—Nunca le contamos que Tyi estaba ahogándose cuando dimos con ella.
Sólo mencioné ese detalle a Ramsés, cosa que por fortuna Setui ignoraba.
No obstante, podía darse el caso de que alguna vez saliera a colación, y entonces Paros habría reaccionado. Por consiguiente, Setui debía hacerle callar para siempre, y fue al pronunciar yo aquellas palabras sobre la blandura y el calor del cuerpo de Khufu cuando Setui comprendió que algún día podían desenmascararle. Ramsés debió de adivinar muchas cosas, pues había sido médico antes de convertirse en escriba...
—O sea... que también tú estabas en peligro...
—Cuando dije aquello, Setui me miró para observar mi reacción, y yo traté de permanecer impasible. Como a continuación intervine en su favor ante el comarca, pensó que yo no había llegado a establecer una correlación con la muerte de Tyi. Por lo demás, no nos quedamos mucho rato junto a ella. Sólo un médico podía emitir un dictamen sobre el momento en que habían matado a Tyi.
—Por eso te apresuraste a redactar aquella carta y te las arreglaste para que Setui fuera informado. Sin embargo, nada nos asegura que Setui no nos hubiera atacado a ti o a mí.
—Era un riesgo que había que correr.
Helena se arrodilló junto a su primo y le miró con piedad.
—Setui, mi querido Setui, con lo que yo te quería... ¿Por qué hiciste todas esas cosas? —Se volvió hacia su marido y repitió—: ¿Por qué?
—Se ha hablado mucho de que los dramas se habían multiplicado desde la llegada de Nahuri y que ella era la causante de todo...
—Y eso es un hecho.
—No. En realidad no fue la llegada de Nahuri la que lo trastornó todo, sino la nuestra.
—¿Nuestra llegada?
—Me informé respecto a Nahuri. Envié un mensaje a mi padre y le rogué que hiciera indagaciones sobre ella. «Nahuri es medio hermana de Scopas», me respondió.
—¿De Scopas? ¿El hombre que te agredió verbalmente en la corte?
—En efecto. La verdad es que parece increíble hasta qué punto algunos griegos rechazan a los indígenas. Ahora bien, Scopas no sólo adoraba a su medio hermana Nahuri, sino que toma partido por los egipcios. Venera a Satit y Anukit antes que a Hera y Hestia, a Horus Halcón en vez de a Apolo, a Amón en lugar de a Zeus, y a Hathor con preferencia a Afrodita.
Viaja con frecuencia al Alto Egipto, la región menos helenizada del país, para provocar motines, y ha ganado para su causa a misios y persas instalados en Egipto. Los egipcios han hecho su elección; después de mi padre, quieren al joven Tolomeo. Yo no soy sino un impedimento para su deseo. Los dos hombres que me dispararon flechas en Menfis eran sicarios de Scopas. También intentaron agredirme cuando me ausenté de aquí por unos días.
—¡No me habías dicho nada!
—No quería preocuparte. Pero entonces realicé una pequeña averiguación.
—Por eso regresaste tan pronto y no volviste a alejarte de la finca tras ese breve viaje al sur.
—Así es. Otra razón es que prefería quedarme cerca de ti para protegerte en caso necesario. Scopas se encontró con su medio hermana en Menfis. Al comprender que Koblos estaba enamorado de ella, inmediatamente pensó en cómo utilizar esa baza. La informó de su plan de eliminarme si decidía suceder a Tolomeo. Nahuri debía tenerle al corriente de mis intenciones. Si regresaba a Macedonia, ya no tenía sentido matarme. En cambio, si aceptaba suceder a mi padre, había que impedirnos volver a Alejandría por todos los medios.
—En efecto, a tu regreso del viaje vi a Nahuri en compañía de unos extranjeros. El propio Koblos nos dijo que le gustaba pasear por la orilla del río. Sin duda citaba allí a su hermano y le informaba de cómo evolucionaba la situación.
—O a sus sicarios... Lo cierto es que en varias ocasiones hablamos de que algún día sería faraón. Tú hacías alusión a ello de muy buen grado.
—Si lo llego a saber —replicó Helena—, me habría cosido la boca.
—Tyi y Setui debieron de oír una conversación que les hizo pensar que mi vida corría peligro. Su plan era simple. Tyi siempre había sido ambiciosa. Bajo su apariencia apacible y humilde, Setui no lo es menos.
Ambos comprendieron de inmediato qué partido podían sacar de mi presencia aquí. Quienquiera que intentase hacerme daño estorbaba sus planes, de modo que eliminaron a Nahuri.
—Pero ¿cómo es posible que te dieras cuenta de todo eso cuando yo no tenía la menor sospecha?
—Por un cúmulo de circunstancias. Un día oí aventurar a tu abuelo que tal vez Tyi había muerto porque había sorprendido una conversación, porque sabía demasiado, y que Abi también estaba en peligro si Tyi se había confiado a ella. Por primera vez Nekhti me parecía verdaderamente preocupado, como si Tyi hubiera descubierto algún secreto de alto nivel.
Decía que su carácter había cambiado debido a ello, que era consciente de conocer secretos que suponían una carga abrumadora. Tu abuelo no estaba lejos de la verdad, y sospechaba que todo aquello tenía algo que ver conmigo. Se acordaba de los hombres que habían merodeado por la finca, los mismos que me atacaron en Menfis.
—Pero si Tyi y Setui eran cómplices, ¿por qué la mató?
Setui prorrumpió en carcajadas nerviosas.
—¡Porque esa idiota tenía miedo de su sombra desde que me vio matar a Nahuri! Su comportamiento era tan distinto del que solía mostrar que amenazaba con echarlo todo a perder.
—¿Y no podías haber perdonado a Didu y Khufu? ¿Y a la joven Khat?
—La muy tonta lo había visto todo, y Nekhti habría conseguido hacerla hablar. En cuanto a mis hermanos... No hay sitio para dos en una heredad. A la muerte de mi padre, el faraón decidirá a quién corresponde la finca.
También sabía que sólo hay un puesto de comarca en Tebas. Al recomendarnos a Didu y a mí, Alexandros nos ofrecía una oportunidad a cada uno, mas era imposible que nos eligiesen a los dos.
—¿Y por qué no luchar contra Didu con absoluta equidad? Si el puesto se te hubiera escapado, habrías tenido otros a tu alcance.
—No —replicó Setui, con una risa sarcástica—. Mientras Didu, Khufu y Apuy siguieran con vida, no habría obtenido nada.
—Por eso escribí al comarca, en cuanto comprendí que Setui era peligroso —explicó Alexandros—. Insistí en que Koblos leyera la carta para que pudiese informar a su hijo. De ese modo Apuy ya no estaría en peligro. No obstante, dudé en enviar la carta porque pensé que en ese caso Setui ya no me necesitaría para nada.
—¡Por Serapis, me he olvidado de Tamit! —exclamó Helena, e hizo ademán de dirigirse hacia la escalera.
—No temas —intervino el médico—, ya la he curado. El asesino la emprendió con ella porque encargué a la pobre mujer que llevase un mensaje a Alexandros.
—¿Y qué contenía ese mensaje? —preguntó Helena.
—Oh, decía simplemente que me parecía curioso que Setui no se desenvolviera mejor cuando sus heridas hacía ya mucho tiempo que habían sanado.
—Tamit es lo bastante sagaz para haber encontrado en él la respuesta a un montón de preguntas —dijo Helena.
—¡Pero si yo no leí el mensaje! —protestó Tamit, que venía a su encuentro—. ¡Lo juro por todos los dioses!
—Qué importa que lo leyeras o no —intervino Alexandros—. Tampoco Setui conocía su contenido; sin embargo, en la duda, se cebó también en ti.
Suerte que no te gusta demasiado el vino y sólo bebiste un sorbo, porque estaba envenenado...
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