El envío
Capítulo 7
7
—Hola, Salim.
—Buenos días, doctora.
Emma había aguardado a que subiera los escalones de ladrillo y solo entonces entreabrió la puerta, tanto como se lo permitía el pestillo de metal.
Sentado a su lado, Samson empezó a menear la cola, como siempre cuando oía la voz del cartero.
—Lamento haberlo hecho esperar, estaba en la planta superior —se disculpó Emma con voz ronca; había perdido la costumbre de hablar.
—Descuide, descuide.
Salim Yüzgec depositó un paquete en el escalón superior, debajo del alero, se quitó un poco de nieve de los zapatos y sonrió al tiempo que extraía la golosina de rigor del bolsillo del pantalón. Como siempre, se aseguró de que Emma no tuviese inconveniente y, también como siempre, ella le indicó a Samson que podía comer la galleta para perros.
—¿Cómo se encuentra hoy, doctora? —quiso saber Salim.
«Bien. Acabo de tragar diez miligramos de Cipralex y de las nueve a las once respiré con la cara metida en una bolsa de papel. Gracias por preguntar».
—Un poco mejor —mintió, con la sensación de que su intento de devolverle la sonrisa se notaba forzado.
Salim era un hombre compasivo que de vez en cuando le traía un cazo de sopa de verdura preparada por su mujer. «Para que no siga quedándose en los huesos». Pero su preocupación por ella se basaba en suposiciones erróneas.
Para que el vecindario no se excediera en sus cotilleos acerca de por qué la doctora de pronto no salía de su casa, se pasaba todo el día envuelta en la bata y desatendía su consulta, Philip le había contado a la dueña del kiosco que Emma sufría una grave intoxicación alimentaria que casi resultó mortal y había afectado a sus órganos.
La señora Koslowski era la cotilla más grande del barrio. Y así, cuando el murmullo de «radio macuto» llegó hasta Salim, la intoxicación se había convertido en un cáncer, pero era mejor que la gente creyera que Emma había perdido el pelo debido a la quimioterapia y no que cotillearan sobre la verdad, sobre ella y el Peluquero.
¿Cómo habrían de creerle los desconocidos si su propio marido no lo hacía? Philip se esforzaba por ocultar sus dudas y había realizado investigaciones, pero no descubrió casi nada que apoyara la versión de Emma sobre los odiosos acontecimientos.
En el uso del idioma chino, japonés y coreano el número 4 guardaba cierto parecido con la palabra «muerte» y por eso se consideraba gafe en algunos círculos. En la región donde hablaban cantonés el número 14
incluso equivalía a «muerte segura», por lo que los propietarios del Le Zen, oriundos de Guangdong, no solo renunciaron a utilizar esos números en las habitaciones, sino incluso la cuarta y la decimocuarta planta.
Y la suposición obvia: que Emma se había equivocado en cuanto al número de habitación, tampoco resultó muy útil. Un vistazo bastaba para comprobar que las habitaciones 1903 y 1905 habían sido reservadas durante toda la semana por una madre y sus tres hijos, procedentes de Australia y de vacaciones en Berlín. No se hallaron rastros de una irrupción violenta o un ataque en ninguna de las dos habitaciones, y en ninguna de las dos colgaba un retrato de Ai Weiwei, lo que no resultaba sorprendente, puesto que no había ninguna fotografía del artista conceptual chino en todo el hotel. Otro motivo para que el «caso» de Emma no gozara de prioridad entre los investigadores, y que cada vez dudaran más de su cordura.
¿Cómo podía tomarle a mal su escepticismo a Philip, dada una historia tan inverosímil? Una violación en una habitación de hotel que oficialmente no existía y que unos momentos antes del supuesto hecho había sido registrada por ella a fondo…
Además, Emma afirmaba haber sido violada por un asesino en serie sin rostro, que de hecho era conocido por raparle la cabeza a sus víctimas.
Todas ellas pertenecían al ámbito de la prostitución y ninguna había sobrevivido, pues esa era otra «marca de la casa» del Peluquero: asesinaba a las señoritas de compañía a las que asaltaba en sus habitaciones de hotel.
«Solo me dejó con vida a mí. ¿Por qué?».
Así que no resultaba sorprendente que la policía no atribuyera su agresión al Peluquero, y debido a eso los colegas de Philip la consideraban una chiflada que se había automutilado e inventaba historias de terror. Pero, gracias a eso, al menos se había quitado de encima a la prensa.
«Pero no al cartero».
—No esperaba que pasaría tan temprano —dijo, y le abrió la puerta a Salim.
—Hoy me caí de la cama —repuso el cartero, sonriendo.
Desde que ya no salía de la casa (Philip incluso era el encargado de sacar a pasear el perro), hacía que le llevaran gran parte de lo que necesitaba. Ese día Salim cargaba con pocos paquetes. Ella firmó el recibo de sus lentillas y se alegró de que la farmacia online por fin le hubiera enviado los analgésicos. El paquete de cartón un poco más grande seguramente contenía unas abrigadas pantuflas, y por último la caja diaria de comestibles que le enviaba el supermercado online según el correspondiente pedido.
Quien se encargaba de comprar las bebidas y todo lo que no se estropeaba —conservas, jabón de lavar o papel higiénico— era Philip, pero era mejor que las verduras, la leche, el pescado, la mantequilla y el pan no quedaran tirados en su coche, ya que a menudo debía cumplir con un servicio y regresaba a casa horas después de lo esperado.
Últimamente no se había ausentado durante varios días, como ese fin de semana. No desde que aquel psicópata la anestesió e inmovilizó, le quitó el pijama y se tendió sobre ella con todo su peso.
En los últimos meses, Philip había insistido en permanecer junto a ella por las noches. Incluso quiso anular su asistencia a la convención europea celebrada ese fin de semana, pese a que era la más importante del año. Los principales perfiladores de Europa solo se reunían cada doce meses para
intercambiar experiencias durante dos días, todos los años en una ciudad distinta. Ese año era en Alemania, en un hotel cerca del balneario de Saarow, junto al lago Scharmützel. Una cita obligatoria para ese grupo de personalidades extraordinarias que día tras día debían enfrentarse a los peores horrores cometidos por los seres humanos… y en esa ocasión Philip tendría el honor de pronunciar un discurso sobre su tarea.
—Ve tranquilo. Si pasara algo te llamo de inmediato. Además, estarás muy cerca, solo a una hora de casa —le había dicho Emma esa mañana al despedirse de él con un beso, cuando en realidad hubiera querido gritar:
«¿Una hora? El psicópata no tardó mucho más en convertirme en una piltrafa psíquica»—. Debo conseguir salir de este agujero por mí misma —
añadió, confiando en que él se diera cuenta de que solo pronunciaba hueras frases de manual en las que, una vez convertida en paciente, ella misma ya no creía desde hacía tiempo. Y tampoco en la última mentira que le dijo a Philip antes de que emprendiera viaje—: Me las arreglaré sola, descuida.
Sí… durante los escasos segundos en que lo despidió con la mano desde la ventana de la cocina. Después perdió la compostura y se golpeó la cabeza contra la pared hasta que Samson comenzó a brincar en torno a ella e impidió que siguiera haciéndose daño.
—Gracias —dijo ahora, tras coger todo lo que el cartero le entregó y amontonarlo detrás de ella en el pasillo.
Salim le ofreció llevarle los paquetes a la cocina («no te preocupes, gracias») y luego se llevó la mano a la frente.
—Casi lo olvido. ¿Podría aceptar este paquete que le envían a su vecino?
Salim recogió un paquete del tamaño de una caja de zapatos del suelo, uno que Emma había creído que no era para ella, y en principio tenía razón.
—¿A mi vecino?
Las rodillas empezaron a temblarle al tiempo que asimilaba las consecuencias que ese pedido peculiar le acarrearía si fuese lo bastante insensata para aceptar. Al igual que la última vez, cuando se mostró amable y aceptó los libros que le habían enviado a la dentista y se pasó horas sentada en la penumbra de la sala, incapaz de hacer nada excepto pensar
cuándo sucedería. Cuándo el timbre de la puerta rompería el silencio y anunciaría la visita no deseada.
Mientras sus manos se humedecían y su boca se secaba, contaría los minutos y después incluso los segundos hasta que aquel objeto por fin hubiese desaparecido de su casa.
Y pensar en ello ni siquiera era lo peor, algo de lo cual tomó conciencia al leer el nombre del destinatario que aparecía en la etiqueta del paquete.
Señor A. Palandt
Avenida Teufelssee 16
14055 Berlín
A lo mejor no tendría problemas con ese objeto en su casa; modificaría el transcurso de su día y la sumiría en la confusión, pero el propio paquete no era el problema. «El problema es el nombre».
Con el pulso acelerado, Emma releyó la etiqueta y quiso echarse a llorar.
OceanofPDF.com