El envío
Capítulo 39
39
Tres semanas después
—Diecisiete puntos.
Konrad depositó el informe del interrogatorio de la Brigada de Homicidios abierto en su regazo. Para una mayor comprensión de la declaración de Emma había cogido el expediente de su escritorio tras alcanzarle un vaso de agua.
—Tres en el ojo. La mayoría en el cuello y la laringe, solo dos en la frente y un pinchazo, este en la oreja izquierda.
Emma se encogió de hombros.
—Legítima defensa.
—Hummm.
Konrad examinó el expediente como quien repasa el menú de un restaurante y no halla nada que le apetezca.
—¿Legítima defensa?
—Sí.
—Ya estaba inerme tras el primer corte, Emma. Con ese le seccionaste la carótida.
—No obstante…
—No obstante, te sumiste en una borrachera sangrienta. Con el cúter…
—Alzó la vista del documento y frunció el entrecejo—. ¿Cómo te hiciste con él?
Hasta entonces Emma había mantenido la vista fija en la ventana, contemplando el nublado firmamento por encima del lago Wannsee; ya no nevaba y el tono gris negruzco parecía reflejar su estado de ánimo.
Entonces miró a Konrad a los ojos. Ya llevaban más de tres horas hablando, pero, a diferencia de ella, él no parecía cansado en absoluto. Y por lo visto tenía una vejiga de hormigón. Ella misma hubiera ido al baño para aliviarse, pero ya ni siquiera tenía fuerzas para eso.
En las últimas semanas había aprendido una lección amarga: lo mucho que debían de sufrir los depresivos cuya enfermedad a menudo era confundida por una profunda tristeza. En realidad, uno estaba sumido en un agujero espiritual tan profundo que incluso era incapaz de taparse la cabeza con la proverbial manta, uno de los motivos del elevado número de suicidios la primera vez que los depresivos tomaban medicamentos que aliviaban los síntomas de su enfermedad, pues estos no les devolvían el valor de seguir viviendo pero sí la fuerza de ponerle fin a sus vidas.
—El cúter estaba en el suelo —dijo Emma, respondiendo a la pregunta anterior de Konrad—. Un momento antes había intentado matarme con ese cúter, ¿recuerdas?
—Ya. Pero, desde un punto de vista jurídico, dicho ataque se había producido hacía un cuarto de hora y ya te habían atendido la herida.
—¿Y cuando él saltó del contenedor del cadáver embadurnado en sangre? ¿Cómo se evalúa eso «desde un punto de vista jurídico»? —replicó Emma, dibujando comillas en el aire con los dedos.
—Como una huida. —Konrad se llevó la punta de los dedos a la boca y se tamborileó los labios.
—¿Huida?
—Estaba desnudo y desarmado, no representaba ningún peligro. Al menos así lo considerará el fiscal, sobre todo porque había un policía armado a tu lado.
—¡Que no disparó!
—Porque no podía. Tú y Palandt formasteis un ovillo en el suelo, el riesgo de darte a ti era demasiado grande. Además, en aquel momento la que suponía un peligro eras tú, no Palandt…
—¡Ja! —Emma resopló—. Eso es absurdo. Un psicópata descuartiza a una mujer y la mete en un contenedor de residuos orgánicos, se desnuda, guarda algunos trozos del cadáver en un cajón de cojines y después se disfraza de cadáver desnudo. Finalmente, ese individuo (que antes me pegó
puntapiés, me golpeó, me persiguió y casi me arrancó el cuero cabelludo) brinca de su escondite, y ahora soy yo la que está sentada en el banquillo de los acusados. ¿Cómo puede ser?
La respuesta de Konrad fue dolorosamente cruda.
—Le clavaste el cúter diecisiete veces. Estabas enloquecida. Ambos hombres, tu marido y el jefe del grupo, tuvieron problemas para despegarte de Palandt. Les causaste heridas cortantes incluso a ellos, porque no dejabas de blandir el cúter como una posesa.
—Porque estaba desquiciada y aterrorizada.
—Un exceso de legítima defensa. Suele ocurrir, pero por desgracia no supone una justificación. En todo caso —entonces fue él quien dibujó comillas en el aire—, «desde un punto de vista jurídico» es un argumento de defensa más débil que una auténtica emergencia.
Emma notó presión detrás de los ojos, preludio de un ataque de llanto.
—Estoy realmente en un apuro, ¿verdad?
Konrad no le hizo el favor de negar con la cabeza.
—Pero ¿cómo podría haber adivinado lo que todo eso significaba? —
Los ojos le dolían y se restregó lágrimas invisibles de la mejilla con mano trémula; aún no había derramado ninguna. «Aún».
—Te equivocaste, eso también es humano, Emma. En esa situación muchos hubiéramos alcanzado conclusiones erróneas y tomado a Palandt por un delincuente. —Konrad cerró el expediente y se inclinó hacia delante
—. Y eso que él no quería hacerte daño, al menos no al principio. Y eso hace que sea tan difícil defenderte.
Ella no soportaba su mirada penetrante y tampoco veía las llamas de la chimenea de gas que se habían vuelto más altas y cuyo calor parecía abrasarle el rostro. Pero tal vez solo era la vergüenza causada por la comprensión.
—¿Qué ocurrió después? —preguntó Konrad en tono sereno. El mejor interlocutor del mundo había vuelto a adoptar su cara de póquer.
—¿Quieres decir cuando descubrí que me había equivocado en cuanto a Palandt? —Emma suspiró, cogió el vaso de agua y se humedeció los labios
—. Ojalá lo ocurrido aquella noche hubiera sido mi peor error.
Echó otro breve vistazo al lago y cerró los ojos. Le resultaba más fácil hablar de sus horas más oscuras si les cerraba la puerta a la luz y al mundo.
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