El espejo enmendado
Capítulo 9
A terrizo con brusquedad y bocarriba; me siento como si fuese un pedazo de plastilina que acabasen de pasar por un rallador de queso. El cielo ha dejado de ser púrpura y de infundir esa sensación de proximidad, y ahora es de un azul provinciano reluciente entrecruzado por estelas de aviones. Unas pocas hojas de roble se agitan tranquilamente las unas contra las otras. Noto cómo la humedad de la tierra empieza a empapar el dorso de mi camiseta.
Me encuentro en el patio trasero de Charm y Prímula en Madison, un lugar que no tenía del todo claro que fuese a volver a ver y del que ahora quiero marcharme, por desesperado e irónico que resulte.
—Anda, pero si es la señorita SOS.
Me incorporo, una proeza considerable e incluso noble que Charm no parece apreciar lo más mínimo. Está arrodillada junto a mí, no deja de moquear por la nariz y tiene las mejillas llenas de ceniza. Prímula está al otro lado, con esos ojos enormes entornados a causa de la preocupación. Me sacude tierra del hombro y me quita algo de la maraña grasienta en la que se ha convertido mi pelo.
Detrás de ellas se encuentra la pequeña barbacoa de metal que habían comprado para el minúsculo jardín. Hay un par de sandalias dentro de la
barbacoa, que aún chisporrotean un poco y lanzan por los aires un humo azul propio de los productos químicos.
Le dedico a Charm una sonrisa breve y atontada.
—Sabía que encontrarías la manera.
Un gesto de alivio recorre sus facciones y desaparece al momento.
Después mira de reojo la barbacoa.
—Me gustaban esas sandalias.
—Ah. —Son de plástico fucsia. Y veo la etiqueta de la tienda en la parte inferior de la izquierda—. ¿Quieres que te compre otras?
Charm se encoge de hombros.
—Tranquila.
Pero me queda claro que ella no lo está.
—Bueno, da igual. Tengo que volver al lugar en el que me encontraba.
Ahora mismo. De modo que, si tienes otro par que puedas quemar, eso estaría genial. ¿Y un espejo no tendrás?
Charm no se mueve.
—¿No te olvidas de algo?
Lo dice con tono cordial, pero mantiene los ojos entornados y la mirada fría.
—¿Gracias?
—¿Y qué tal un «Lo siento, Charm»?
—Vale. Lo siento. —Lo digo con tono malcriado y nada sincero—. Pero de verdad que tengo que…
—¿Quieres cerrar la puta boca y escucharme un segundo? —La educación de Charm desaparece por completo. Nunca se le ha dado bien ser una falsa. Primu hace un mohín cuando Charm se inclina hacia delante—.
Venga. Voy a contarte lo que ha pasado hasta ahora, ¿te parece? Primero, te digo que tengo algo importante de lo que hablar y tú me dices: «¡Claro,
guapa!», pero luego haces eso del multiverso arácnido para pirarte a otra dimensión y me dejas con la palabra en la boca. —Tengo la sospecha cada vez más fundada de que ha practicado el discurso, en reiteradas ocasiones, con y sin diapositivas. Primu ha empezado a retirarse en dirección a la puerta trasera y me ha dejado a mi suerte—. Después te pasas seis meses sin dirigirme la palabra, algo muy maduro y normal. Y luego, en tercer lugar, me envías un puñetero número del índice Aarne-Thompson-Uther, aunque me habías dejado bien claro que el sistema era, abro comillas, «una mierda eurocentrista» que «había que retirar de la programación didáctica en Antropología». Y luego vas y no respondes a ninguno de los mensajes en los que te pido que me expliques qué está pasando. Y, por culpa de eso, me he pasado las últimas siete horas intentando como una loca representar la puñetera trama de Blancanieves, cada vez más segura de que habías mordido una manzana envenenada o se había aprovechado de ti un príncipe o…
Me da la impresión de que el discurso es mucho más largo, a juzgar por el volumen y la vehemencia cada vez mayor que va adquiriendo, pero solo soy capaz de pensar en la sonrisa breve y triste de Reinalda justo antes de rodear el cuello de Blancanieves con el lazo del corpiño. Como si supiese que dicha decisión iba a condenarla y no le importase, porque al menos estaba decidiendo algo, aunque fuese su final.
Interrumpo a Charm rodeándola con los brazos. Ella se envara, y luego me devuelve el abrazo con tanta fuerza que parece una venganza.
—Eres una mierdecilla, ¿lo sabías?
Me aparto.
—Sí. Y de verdad que lo siento muchísimo. Te lo prometo. Pero tengo que encontrar la manera de volver ahora mismo a Blancanieves. Tengo que salvar a…
Charm alza ambas manos.
—¿A una desconocida? ¿Y qué hay de nosotras, Zin? ¿Qué hay de mí, pedazo de comemierda?
—¡Lo sé! Lo siento, pero hay gente que me necesita, ¿vale?
Charm se muerde los carrillos antes de decir, con una voz que seguro que podría medirse con la escala Kelvin:
—¡Eso es lo que estoy intentando decirte, pedazo de lerda!
Se hace un silencio breve y muy incómodo justo después de esa frase, en el transcurso del cual Charm se me queda mirando con ojos rojos y llorosos, y yo me lanzo a mí misma todos los insultos que se me ocurren. Me sorprende que tanto los héroes como las jóvenes moribundas sean igual de terribles a la hora de asentarse, de vivir como personas normales: devolverles las llamadas a sus amigas, recordar sus cumpleaños, ir al médico para las revisiones periódicas, cuidar a sus seres queridos.
Charm se vuelve a sentar, con las piernas cruzadas mientras tira de la hierba con gesto indignado.
—Estás tan ocupada perdiendo el tiempo en otros mundos que ni siquiera te importan las movidas chungas que están pasando en el tuyo.
—¿A qué movidas chungas te refieres? —pregunto, en voz baja. Pero creo que sé a qué se refiere.
—A movidas de cuentos de hadas. Compré una de esas tartas de manzana congeladas… No digas ni mu. Están buenas. Pues compré una y, cuando la cortamos, descubrimos que dentro estaba llena de mirlos. Los zapatos de Prímula se volvieron de cristal una noche mientras bailaba. Las rosas de tu madre se volvieron locas en diciembre, y empezaron a florecer a pesar de que el suelo estaba cubierto de nieve.
Despego la lengua del paladar y digo, con cautela:
—Bueno, pero ¿eso qué tiene de malo?
—A ver, tampoco es que sea algo bueno. —Charm ha empezado a arrancar el césped a puñados y tiene las uñas manchadas de un verde fosforescente—. Los pájaros estaban muertos y putrefactos. Los zapatos de Prímula se rompieron bajo su peso… Tuvieron que darle nueve puntos y perdió varias semanas de clases. Y las rosas de tu madre se marchitaron hasta la raíz. Tuvo que arrancarlas.
—Ah.
Los ojos azules de Charm se me quedan mirando con frialdad.
—¿Es culpa tuya?
—Puede.
—¿Va a ir a peor?
—Pues… puede. Sí. —Aparto la mirada—. Si no consigo detenerlo antes.
—Vale… —Charm se aprieta los ojos con el dorso de la mano—. Dios, pues ponte a ello, ¿no?
—Debería, sí. ¡Lo haré! Pero… —Pero, en algún momento, Reinalda se convirtió en una de las mujeres a quienes se suponía que tenía que proteger, y me necesita. Y las leyes físicas del multiverso pueden irse a tomar viento
—. Pero primero necesito que me prestes el teléfono.
Charm se pone en pie. Baja la mirada hacia mí con una expresión que, en cierto sentido, es peor que la rabia. O que la decepción, incluso. Es una especie de desazón amarga hacia sí misma por sentirse de nuevo decepcionada por mí. Suelta con fuerza el teléfono sobre la mesa plegable de plástico y se marcha.
Tardo un minuto en desbloquearlo (la clave es 7374, porque Charm aún conserva el sentido del humor de una colegiala) y otro minuto en encontrar el teléfono de contacto de la facultad en la página web de la Universidad de Ohio.
La pantalla del teléfono se desliza por mi cara a causa del sudor pegajoso que la cubre.
—Hola, soy Zinnia Gray. ¿Puedo hablar con la doctora Bastille?
* * *
—Vale, hablando hipotéticamente, ¿cómo podría la protagonista volver a ese cuento de Blancanieves sin el espejo mágico?La doctora Bastille suspira al otro lado de la línea. Parece un suspiro muy largo, como si en realidad sostuviera el móvil frente a un ventilador.
—Vale, hipotéticamente, si fueses mi estudiante, entrases a mi despacho y me contases… todo lo que me acabas de contar —me había pasado casi diez minutos haciéndole un resumen de mi vida, disfrazándolo creo que sin mucho éxito como la trama de una novela corta muy meta en la que estaba trabajando—, me vería moral y legalmente obligada a enviarte a los servicios de asesoramiento psicológico de la universidad.
—Pues menos mal que ya no soy tu estudiante.
—Zinnia, eso es lo de menos. Eres consciente de que es lo de menos,
¿verdad? Si una persona elegida de manera aleatoria se presentase en mi despacho para hablar sobre un multiverso de cuentos de hadas, lo más probable es que dejara a un lado mis convicciones personales sobre el uso de la violencia por parte de las autoridades a la hora de mantener las jerarquías de razas y clases sociales —es una manera muy rebuscada de decir «sobre la policía de mierda»— y llamar a seguridad.
—Claro, eso lo entiendo, pero ¿y si fuese muy convincente y estuviese muy desesperada, y tú te vieses obligada de alguna manera a aconsejarme pese a lo que dictara el sentido común?
Trato de encajarla en un arquetipo narrativo específico, el de asesora o poseedora de un conocimiento arcano, capacitada para darle sabios consejos a la protagonista cuando esta más lo necesita y sacarle las castañas del
fuego, pero empiezo a ser consciente de que la doctora Bastille se resiste.
Nunca le ha gustado mucho interpretar arquetipos.
La oigo apartarse el teléfono de la cara para decir: «Tardo solo un minuto, cielo» a otra persona. Una voz de mujer dice algo de fondo sobre una reserva para cenar en un restaurante, con un tono que sugiere que no es la primera vez que ha ocurrido algo así.
La doctora Bastille vuelve a suspirar por el micrófono.
—Vale. Dados los parámetros de la historia que acabas de contarme, creo que te has arrinconado a ti misma escribiendo.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Quiere decir que estás jodida.
—Yo… Vale.
Noto la hierba muy fría contra mis pies descalzos y el cielo a mucha altura.
—Has dicho que la única manera de cruzar a otro tipo de cuento requería un objeto encantado particular. Un macguffin muy útil que ahora, según tú, se ha roto. Y por eso tu protagonista se ha quedado sin espejo mágico y también sin villana barra interés amoroso, una moda en la ficción popular que no me pega nada contigo, por cierto. —La doctora Bastille decide hacer como que no me ha oído cuando digo, en un suspiro: «Ojalá…»—. Y
tampoco creo que las leyes de la física de este universo permitan la creación de objetos encantados. ¿No es así?
He empezado a dar vueltas alrededor de la barbacoa, dejando que el humo del plástico quemado se me meta en los ojos.
—Supongo que no.
—Lo que podría ser algo positivo, en realidad, ya que las hipotéticas andanzas de tu protagonista podrían ser una de las causas del enorme daño que ha sufrido el continuo espacio-tiempo, ¿no es así?
—Pero ¿por qué? —La última de las palabras suena demasiado aguda y se quiebra de manera muy peligrosa—. ¿Por qué es tan importante que yo…, mi protagonista, quiero decir, se quede de brazos cruzados a la espera de que la arrolle su final? ¿Por qué no puede escapar?
Oigo un chasquido familiar por el teléfono, como si la doctora Bastille se reclinase en la silla de su despacho y luego se pellizcara el tabique nasal. Lo hacía a menudo en nuestras tutorías.
—En esta novela corta, has planteado que las narrativas son mundos, literalmente, por lo que los cuentos son el principio organizador del multiverso, lo que me plantea serias dudas en lo referente a la creación de mundos, la verdad, dudas como el origen de esos universos relacionados con los cuentos, ya que la existencia de un cuento siempre implica la existencia de alguien que lo cuenta. —Hace una pausa para hablar con la persona con la que había quedado: «No, ve tirando. Nos vemos allí»—. Sea como fuere, has creado un universo basado en una trama y un personaje principal que se dedica a destrozar tramas como si fuese una bola de demolición humana. Al no completar su arco narrativo, también pone en peligro la integridad del universo.
—Ah. —El humo se me mete en los ojos y me quema el interior de la nariz—. Pues ya está, entonces. Se acabó.
—Me parece un clímax un tanto decepcionante.
—Ya, bueno. —Me empieza a moquear la nariz—. Gracias por tu tiempo.
—Claro. —Se vuelve a oír el chirrido de la silla y el roce de sus manos con la tela al ponerse el abrigo. La voz de la doctora Bastille se suaviza un poco al decir—: Me encantaría leerla cuando la termines.
—¿Leer el qué?
—La… Mira, da igual. Buena suerte, Zinnia.
Y cuelga.
Vuelvo a colocar el teléfono de Charm sobre la mesa plegable y me dejo caer despacio sobre las rodillas. Tengo los ojos tan llenos de lágrimas que lo único que veo es un verde fractal, pero rebusco entre la hierba que rodea mis manos y empiezo a gatear en círculos. Lo único que encuentro son chapas de botellines de cerveza, colillas de porros y la parte superior y afilada de varias bellotas. En el jardín trasero de Charm no hay esquirlas de espejos mágicos. Y eso significa que la doctora Bastille tenía razón. Estoy jodida. Tanto Reinalda como yo estamos jodidas.
* * *
Recorro el patio durante un rato, pergeñando y descartando un plan imposible tras otro. Al final llego a la conclusión de que he hecho lo que mi psicóloga llamaría «negociar», y que esa negociación no es más que un reflejo de mi tristeza.Charm y Primu están en la cocina y hablan en voz baja y tensa. Dejan de hacerlo cuando la puerta mosquitera se cierra detrás de mí. Charm me dedica una mirada inquisitiva, que le devuelvo hasta que se pone de nuevo a fregar la vajilla. Primu nos mira desesperada a ambas durante un momento, pero tengo claro por qué bando va a tomar partido. Coge un trapo y se pone a secar un cuenco junto a Charm.
Me dirijo hacia el pasillo que lleva al dormitorio que se supone que es el mío, pero que en realidad hace las veces de vestidor. Paso junto a esterillas de yoga y papel de regalo, junto a bolsas de basura llenas con la ropa de invierno, un cesto de la colada con trajes de seda, cálices de peltre y toda la basura que no había vendido en la fiesta medieval antes de desaparecer. El colchón está enterrado bajo todas las cosas, por lo que me siento en la caja de un mueble sin montar con ¡TRES EN UNO! escrito por un lado con caligrafía infantil e irregular.
Me quedo mirando la pared y paladeo las palabras: «Se acabó». No es un final tan malo, supongo. Se podría decir que es como una especie de compromiso cósmico con el universo. No he conseguido curar mi enfermedad con magia, ni escapar de mi trama, pero al menos no he muerto con veintiún años. Y Reinalda no ha llegado a vivir como heroína, pero tampoco ha muerto como una villana.
No se puede decir que sea uno de esos finales de vivir felices y comer perdices, pero eso no es más que un concepto terrible. A decir verdad, ni siquiera sé por qué me he puesto a llorar.
Más tarde, cuando ha cesado el repiqueteo de la vajilla y las lágrimas me han dejado las mejillas rígidas y resecas, la puerta se abre unos centímetros.
Doy por hecho que es Charm, que vuelve para el segundo asalto, pero es Primu. Atraviesa con facilidad el desorden y hace espacio en el colchón.
Ninguna de nosotras dice nada durante un rato. Se queda allí sentada en una postura perfecta, con un pelo perfecto, y veo las arrugas casi imperceptibles que se le forman en las comisuras de los labios, y también las pequeñas bolsas hinchadas que tiene debajo de los ojos.
No es que parezca vieja, pero sí normal. Como cualquier otra chica que se levanta todas las mañanas para hacerse el café un poco más fuerte de lo que le gusta, porque así es como le gusta a su mujer; como cualquier otra de las que van al mercado todos los sábados, cualquier otra de esas que se mirará al espejo dentro de diez años y empezará a ponerse crema para las arrugas a pesar de que su mujer siempre le ha dicho que le gustan las patas de gallo. Tal vez lo de ser felices y comer perdices no sea una idea tan terrible, y ya que yo no puedo tener mi versión de ella, no querría arruinar la de mis amigas.
Cojo aire.
—Sé que he sido una amiga de mierda. Y una imbécil, y todas esas otras cosas que me ha llamado Charm.
—Bueno, en realidad… —Primu carraspea, un gesto breve y avergonzado—. Fui yo la que te envió ese mensaje.
No digo nada y me deleito por considerarme moralmente superior en ese instante. Primu se agita en el sitio durante un rato antes de añadir:
—Yo era la que estaba enfadada porque le habías hecho daño a Charm, otra vez, y ella iba a darte más oportunidades de hacerlo. No quería que sucediera de nuevo.
Vale, quizá no debería considerarme moralmente superior.
—Lo sé. Es que… Supongo que no estaba lista para hablar de citas y tratamientos médicos y todas esas cosas. No quiero que se preocupen por mí, ¿sabes? Quiero tomar mis decisiones, elegir mis consecuencias, vivir mi…
—Zinnia —me interrumpe Primu, con voz suave pero grave. Está muy seria—. Queremos adoptar.
—Ah. Eso es bueno, ¿no? ¿Os dejan tener mascotas aquí?
Ella parpadea, y una pena terrible se le extiende por el gesto.
—No. No nos dejan.
Desliza la mirada hacia las cajas de muebles sobre las que estoy sentada.
Yo bajo la vista y reparo, por primera vez, en la fotografía de un bebé muy contento que destaca en ella. La pegatina explica que el contenido de la caja puede usarse como moisés, cuna y cama para bebés a medida que el
«pequeño» crece.
Me siento jovencísima de repente, y también estupidísima.
—Ah —digo en voz baja.
—La empresa le ofreció a Charm un puesto de trabajo indefinido el año pasado, y lo aceptó. Nos pareció el momento adecuado y resulta que,
cuando me enteré de que se podía tener niños sin tener que rendirse a la heteronormatividad y a las ideas patriarcales del matrimonio, me dieron muchas ganas de tener un hijo.
Recuerdo que Charm me contó el año pasado que Primu había empezado a asistir como oyente en la Universidad de Washington, y al parecer le había gustado.
—Vaya, estoy muy… —¿Contenta? ¿Asustada? ¿De pronto soy tan consciente del paso del tiempo y me aterra el cambio que va a sufrir lo que, hasta ahora, era un trío de amigas? Luego susurro—: No lo sabía.
—Pues claro que no lo sabías. —Primu no suena nada amable—. Te marchaste justo cuando Charm iba a contártelo. Quería pedirte permiso para usar tu dormitorio cuando hubiéramos terminado con el papeleo.
—Ah —repito, ahora en voz más baja. Me humedezco los labios—. Y…
¿cómo va el papeleo? He oído que puede tardar.
Prímula pierde un poco la compostura. Aparta la mirada y traga saliva dos veces.
—No hemos empezado con él. Charm no lo ha firmado.
Un escalofrío se adueña de mi estómago, un presagio que nace de la culpa.
—¿Por qué no?
Primu tiene una postura imperfecta, con los hombros inclinados.
—Dice que no está preparada para dejar la cerveza, pero yo creo que tiene miedo.
—¿De qué?
Primu no suele perder la compostura; puedes sacar a la princesa de la corte, pero no se puede sacar a la corte de la princesa. Pero en ese momento espeta:
—De hacerlo sin su mejor amiga, a lo mejor.
Y ese es el momento en el que llega la culpabilidad, fría y pesada, como si tragase una piedra.
—Mira, de verdad que lo…
Me interrumpe:
—O puede que solo esté asustada por hacerlo mal, igual que sus padres.
La adopción… no fue algo fácil para ella.
La manera en que lo ha dicho no le hace la menor justicia a la realidad.
Una vez oí a la madre de Charm quejársele del comportamiento (normal y típico de una adolescente) a mi madre.
«Cabría pensar que iba a ser más agradecida, ¿verdad?»
Mi madre la había mirado como si fuera una especie nueva de hongo que acabase de brotar entre sus rosales. Nunca se lo había dicho a Charm, pero estoy segura de que ella se hacía una idea.
—Sí, entiendo.
Primu pellizca una hebra invisible en el colchón.
—Lo cierto es que yo también tengo miedo. Mi infancia tampoco fue particularmente fácil, pero… —Se encoge de hombros, como si lo que estaba a punto de decir careciese de importancia—. Ojalá yo pudiese hablar con mi madre.
Me acerco al colchón y me coloco junto a ella, tanto que nuestros hombros se rozan.
—Oye, al menos en este mundo no hay hadas malvadas.
Es un chiste un poco forzado.
Primu ríe, haciendo el mismo esfuerzo.
—Bueno, aún no. Pero he visto esos zapatos de cristal y las aves muertas.
Este mundo no es tan seguro como creía.
El complejo de culpa que anida en mi interior se dobla, o se cuadriplica incluso. Me resulta sorprendente que aún quede espacio en mi interior para
los órganos. Trato de decir algo reconfortante, pero lo único que se me ocurre es un:
—Ningún mundo es seguro. He estado en unos cuantos.
De manera inexplicable, mi comentario parece tranquilizarla. Primu se endereza otra vez y cabecea en ninguna dirección en particular.
—No. Me refiero a que lo único importante es la persona que tienes junto a ti. Charm y yo nos tenemos la una a la otra, y sé que con eso bastará. —
Hace una pausa, quizá porque se ha quedado sin afirmaciones grandilocuentes—. Pero las hadas madrinas son una tradición en el lugar del que yo vengo. Tal vez doce sean demasiadas, pero si tuviera una hija me gustaría tener una, al menos.
Me mira a los ojos justo cuando pronuncia la palabra «una», con una expresión al mismo tiempo juguetona y un tanto ansiosa. Es como si me acabase de pedir que cargara con algo grande y frágil, muy valioso, y no estuviera segura de que yo fuese a dar la talla. Como si quisiera confiar en mí, pero no tuviera claro que fuese lo mejor.
Tengo la absurda necesidad de arrodillarme. Mis ojos comienzan a estar anegados en lágrimas.
—Eso sería… sería… —Trago saliva—. Mira, sé que de un tiempo a esta parte no he sido la persona más fiable del mundo, y no puedo prometerte que mi EGR permanezca en remisión para siempre, pero sería todo un honor.
Primu asiente sin romper el contacto visual. Su mirada es como una espada que me tocase ambos hombros, de una manera un tanto brusca.
—Bien. —Respira hondo y luego se saca algo del bolsillo—. Pues ya retomaremos el asunto cuando vuelvas.
Sé que no estoy en mi mejor momento, sobre todo después de haber viajado por una infinidad de universos diferentes, de que me hayan
torturado un poco, metido en prisión y me hayan besado, y después de haber estado a punto de ser ejecutada, y me hayan rescatado y casi toda la gente a la que he conocido hasta el momento me haya castigado…, pero lo que acaba de decir da todo un vuelco a la conversación—. ¿Volver de dónde?
Primu me da lo que se acaba de sacar del bolsillo. Es largo y plateado, y su superficie refleja el azul de sus ojos y el resplandor del plafón barato que tenemos encima.
Es la esquirla de un espejo.
—Te la quité del pelo cuando llegaste.
En ese momento me dan ganas de besarla o de preguntarle por qué ha tardado tanto en dámela. Me dan ganas de llorar, porque la esperanza es casi tan aterradora como la desesperación.
Respiro hondo, casi sin titubear.
—Dile a Charm que volveré, ¿vale? Lo juro.
No espero a que Primu me responda, ni a que me ruegue que me ande con cuidado. Me limito a sostener la esquirla frente a mí, para que refleje una parte aserrada de mi rostro, y susurro:
—Espejito, espejito.
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