El espejo enmendado
Capítulo 5
L a joven Blancanieves es la primera en moverse. Se dirige a casa del hada con la espalda erguida y una expresión que sugiere que ahí dentro no puede toparse con algo peor que lo que la persigue. Zellandine le da la bienvenida con el cabeceo propio de una abuela y le indica que se siente a la mesa. La sombra que forman al quedar recortadas contra la luz tiene cierta idoneidad; dos siluetas repetidas en miles de variaciones de miles de cuentos: la anciana que da la bienvenida a la viajera agotada, la bruja que invita a la niña al interior, el hada madrina que da cobijo a la doncella.
Después, Zellandine se gira hacia nosotras y esa idoneidad desaparece.
Nos miramos las unas a las otras, tres personajes descarriados que han descarrilado en sus cuentos y después han chocado contra el de otra persona, antes de que Zellandine ponga un gesto como de «Menudo lío» y cabecee en dirección a las otras tres sillas que rodean la mesa.
La cabaña es exactamente como la recuerdo: un ambiente de casita de campo, pero con cierto toque brujil, con botellas de vidrio azul en los estantes y plantas que cuelgan frente a una chimenea chisporroteante. La única diferencia es que la mesa de la cocina ahora tiene cuatro sillas y cuatro tazas de té sobre platillos diferentes.
Le damos un sorbo a la bebida en un silencio incierto, sin mirarnos las unas a las otras. Zellandine unta mantequilla en un pan y lo deja frente a Blancanieves, que se lo come con la eficiencia determinada de alguien a quien no le importan las calorías de más. A la luz de la cabaña, parece incluso más joven de lo que pensaba, con unas mejillas redondeadas, pero carece de esa ingenuidad propia de los niños. Tiene una expresión hermética y alerta, precoz y al mismo tiempo lúgubre e insólita, como la de una niña que ha pasado demasiado tiempo pensando en cómo y cuándo va a morir. Es la misma expresión que tengo yo en todas mis fotos de la escuela.
—Arriba tenéis una cama —dice Zellandine con voz amable.
Los ojos de Blancanieves miran las ventanas iluminadas, que brillan como balizas en aquel mar oscuro del bosque, y Zellandine añade, con tono más amable si cabe:
—Haré guardia durante la noche.
Blancanieves le da las gracias con voz ronca y una mano en el pecho, y luego repite el gesto mientras me mira. Titubea un poco, pero hace lo propio con la reina, que abre los ojos un poco más. Supongo que las madrastras malvadas no están acostumbradas a que les den las gracias.
Zellandine limpia las tazas de té mientras Blancanieves sube las escaleras con rumbo a la habitación, que estoy segura en un noventa y ocho por ciento de que no existía la última vez que tomé té en aquel lugar.
—Hay tres camas ahí arriba —comenta Zellandine.
La reina hace un esfuerzo visible por erguirse.
—Te lo agradezco, pero me temo que Zinnia y yo tenemos que continuar nuestro camino.
Intento hablar con un tono de reprimenda distante, pero lo único que consigo es sonar muy cansada.
—Dios, tenemos que descansar. —Toco el marco plateado del espejo que ha dejado sobre la mesa—. Ya nos centraremos en tu fuga por la mañana.
Te lo prometo.
Me dedica una mirada letal, pero hasta sus ojos parecen cansados.
Después de una pausa larga y onerosa, replica, con voz grave:
—Tienes que prometerme que no vas a huir ni a romper el espejo mientras descanso.
Siento el impulso de poner los ojos en blanco, pero reprimo las ganas y la miro con gesto serio.
—Claro. Sí. Lo juro. —Deslizo el espejo por la mesa y ella lo detiene apoyando dos dedos largos en el marco. Después abre un poco los labios, como sorprendida—. ¿Ves todo lo que se puede conseguir pidiendo las cosas bien?
La reina me dedica una mirada luctuosa e inescrutable antes de seguir a Blancanieves al piso de arriba.
—Lo siento —le digo a Zellandine—. Es la villana, obviamente.
Zellandine se quita el delantal, con manos más lentas y viejas de lo que recuerdo, y luego se sienta frente a mí.
—Bueno, no todas las villanas somos tan malas.
Noto cierto atisbo de humor en el azul claro de sus ojos.
—No, pero ella es villana de las de verdad, no un hada protofeminista a la que han malinterpretado.
Zellandine emite un ruido demasiado neutro, sin que sus ojos dejen de relucir con ese humor subrepticio.
—No todas podemos elegir el papel que vamos a interpretar. Deberíais saberlo bien.
Me resulta inevitable pensar en los papeles que ha tenido que interpretar la reina: la princesa fea, la reina estéril, la monarca extranjera. Un cúmulo
de mujeres condenadas a que las odien y privadas de la capacidad para protegerse a sí mismas. Trago saliva como puedo, con la garganta seca a causa de este acceso tan inoportuno de compasión.
—Claro, es cierto. Pero todas podemos elegir qué hacer con nuestro futuro. Tener un pasado triste no es excusa para ser una imbécil. Yo lo sé bien.
Doy por hecho que he conseguido echar por tierra su retórica, pero Zellandine me hace dudar cuando murmura:
—Sí que lo sabéis bien.
—¿A qué se supone que viene…?
—¿Cómo está la princesa? —pregunta Zellandine con naturalidad y tono cordial. No hay razón alguna para que la pregunta me haya sentado como un golpe inesperado.
Intento poner una expresión igual de natural y cordial.
—Está bien. Genial. De hecho, se ha casado. —Me siento rara por sonreír, pero soy incapaz de sentirme de otra manera—. Y deben de estar viviendo felices y comiendo perdices, supongo.
Zellandine me dedica un asentimiento más compasivo de lo que pudiese parecer.
—¿Cuándo la visteis por última vez?
—Hace tiempo. Unos pocos meses. —Seis meses y doce días, pero qué más da—. Pero bueno, que tampoco creo que sea muy importante. Lo importante ahora es que me digas qué narices está pasando. ¿Qué haces aquí?
No me da la impresión de que a Zellandine le haya afectado ni lo más mínimo el cambio de tema. Es irritantemente difícil sorprender a un hada con el don de la profecía.
—Podría preguntaros lo mismo —responde ella al momento. Encoge un hombro al ver que entorno los ojos—. Este tampoco es vuestro cuento.
—Sí, pero yo no tengo la culpa. Quiero regresar al universo de la Bella Durmiente tan pronto como pueda.
No menciono la esperanza secreta e indómita que albergo de no volver nunca a mi cuento, ni que he encontrado una manera de romper este ciclo sin fin de jóvenes malditas y dedos pinchados, de romper las paredes de mi trama y alcanzar otras dimensiones narrativas, como la mascota animada de una marca de bebidas que aterrizase en el mundo real. Y si soy capaz de forjarme un nuevo comienzo en otro cuento, ¿qué me impediría forjarme también un nuevo final?
Sobreviene una pausa y consigo hablar antes de que la esperanza que albergo lo haga por mí.
—Me secuestró una reina malvada. ¿Cómo has llegado tú aquí?
Zellandine se reclina en la silla y me mira como si supiese exactamente lo que pienso pero no he dicho.
—Es algo que ya me ha ocurrido varias veces. Salgo al exterior y descubro que estoy en mitad de un bosque que no reconozco, o en la cima de una montaña que no es la mía. En una ocasión, me desperté y descubrí que mi casa había quedado cubierta de chucherías, con galletas de jengibre en lugar de tejas, y azúcar y caramelo en lugar de cristales en las ventanas.
Pienso: «Joder».
Y digo:
—Joder.
En ese momento, recuerdo el lobo parlante del mundo de la reina, mi ejemplar manchado de zumo de los cuentos de los hermanos Grimm, todos esos objetos que parecen haber quedado a la deriva.
—Estás viajando entre cuentos.
Zellandine ladea la cabeza.
—Al parecer, hay muchos cuentos que necesitan a una anciana con dotes mágicas que vive en el bosque. En general, no es que me importe. Una maldición al típico príncipe arrogante, dejar que una o dos personas atractivas se calienten junto a mi chimenea. —Le examino el gesto para ver si se trata de una indirecta, pero sospechosamente no es el caso—. Pero de un tiempo a esta parte ocurre cada vez más a menudo. Y empiezo a sentirme…
Se queda en silencio mientras se rasca la cara interior de la muñeca. La piel de esa zona es translúcida y blanca como la leche, una característica que no recuerdo de la última vez que la vi hace cinco años.
—¿Como mantequilla que se ha untado sobre demasiado pan?
—Sí, justo así —susurra—. Y tengo que confesar que me gustaba mi hogar en las montañas. Lo echamos de menos.
El mirlo gorjea mientras la mira, y casi no me doy cuenta de que la palabra «hogar» se ha quedado retumbando en mis entrañas como una bala perdida que alguien hubiese disparado sin pensar. Recuerdo mi teléfono, con la batería al máximo pero apagado, guardado en uno de los bolsillos internos con cremallera de la mochila, de esos que nunca se abren. Pienso en tres manos enterradas en el mismo cuenco de palomitas. Pienso en el rostro de Charm la última vez que la vi, pidiéndome algo que nunca sería capaz de darle.
—Bueno. —Carraspeo para quitarle hierro al asunto, pero solo consigo hablar con un sarcasmo enfermizo—: Tienes que admitir que tu cuento era un poco mierda.
—Pero era mío —objeta Zellandine, con un tono más mordaz que antes, un tono que incluso podría considerarse impregnado por la tristeza. Se
muerde un carrillo antes de añadir—: Puede que no lo hubiese elegido, pero sí que elegía siempre qué hacer a continuación.
—Siempre elegías ayudar a las demás, si no recuerdo mal.
Mi intención era que sonase como una reprimenda hiriente, pero Zellandine asiente, pensativa.
—O no, ahora que lo he pensado bien. Mi intención era salvar a las demás de un destino como el mío, pero tal vez las estuviese privando de su derecho a elegir, a forjar sus propios cuentos a su antojo.
Me dedica una mirada tan dulce que espeto, a la defensiva:
—Oye, yo no… No es eso. Lo que yo hago es ayudar a las demás a arreglar sus cuentos. Y, si no se puede, las ayudo a escapar.
Zellandine no ha dejado de mirarme con esa benevolencia que blande como un arma.
—Bueno, yo no creo que ninguna de nosotras pueda escapar del todo de nuestros cuentos.
—Prímula lo hizo.
—¿Estáis segura?
Me dan ganas de decirle con tono desdeñoso que no creo que Perrault o Disney se imaginasen jamás a la Bella Durmiente casándose con una tiarrona buenorra con el pelo rapado por los lados de la cabeza y un tatuaje de Supermán, pero me da la sensación de que tal vez esté en lo cierto. De hecho, ni yo misma lo tenía muy claro: «Viviendo felices y comiendo perdices, supongo».
Levanto las manos en un gesto de fingida claudicación, agotada de repente.
—Bueno. Lo siento por el cambio de narrativa; aun así, me alegra que estés aquí esta noche.
Mi silla rechina contra el suelo de madera cuando me pongo en pie para dirigirme a las escaleras.
Zellandine se dirige a mí justo cuando poso la mano en la barandilla.
—No entiendo qué es lo que me pasa, ni cómo ocurre.
Mira de refilón y sus ojos se iluminan con el rojo apagado de la chimenea. Entonces la veo con el aspecto que debe de tener en los otros cuentos: como el hada que maldice reinos, como la anciana que castiga a los viajeros ingratos, como la bruja que aguarda en el bosque.
Se le retuercen los labios en una sonrisa burlona y fatigada, hasta que vuelve a ser simplemente Zellandine.
—Pero creo que ambas sabemos la razón.
* * *
Las camas de Zellandine son mullidas y cálidas, con mucha franela y pieles, pero duermo incómoda y de manera intermitente. Cada vez que estoy a punto de caer en la inconsciencia, me despierta algún ruido, como el raspar de las ramas deshojadas y negras en la ventana o el trino distante de las aves nocturnas, y me quedo con los ojos abiertos como platos y jadeando en un charco de adrenalina. Blancanieves parece acostumbrada a dormir con esos efectos de sonido propios de una película de terror, pero cada vez que miro hacia la cama de la reina, veo el centelleo blanco de unos ojos abiertos antes de que ambas apartemos la mirada.El desayuno de la mañana siguiente es gris y silencioso. Persigo las gachas en círculo y con desgana por el cuenco, mientras ahogo accesos de tos productiva en el hueco del codo y evito preguntarme si suenan mejor o peor que el día anterior, si unas pequeñas proteínas han empezado a brotar en mis bronquios como si fuesen unas letales luces de Navidad.
La reina tampoco tiene muy buen aspecto. Le han salido unos moretones hinchados debajo de ambos ojos y se le ha corrido casi todo el maquillaje,
lo que le hace parecer un cuadro expuesto a la luz directa del sol durante mucho tiempo. Varias pecas han empezado a asomar con determinación a través de los restos de la base de maquillaje que lleva, y forman en su rostro unas constelaciones inesperadas.
Zellandine se sienta en el extremo de la mesa y se cruza de brazos como una mujer de negocios.
—Anoche no nos presentamos como es debido. Soy Zellandine, una vieja amiga de Zinnia.
Mira con expectación a la reina, que me mira a mí por algún motivo. Por unos instantes, veo algo que sangra en carne viva detrás de sus ojos, una herida sin coser, pero recupera la compostura casi de inmediato.
—Puedes llamarme majes…
—Reinalda —interrumpo. La reina me dedica una mirada que se pasa de fulminante. No me gusta nada el atisbo de vulnerabilidad que veo en sus ojos, otra muestra de esa herida abierta en su interior, por lo que me inclino hacia delante y le susurro—: Es un diminutivo de «Reina Malvada».
No ha dejado de resoplar, pero yo empiezo a hacer un ademán en dirección a la niña que está sentada junto a mí.
—Y esta es Blancanieves, claro.
Blancanieves no ha dejado de comer las gachas, en un silencio determinado, mientras contempla las ventanas como si esperase a que, de un momento a otro, algo saliese de entre los árboles. Cuando me oye hablar, se estremece hasta tal punto que el cuenco de comida se le cae al suelo entre tintineos. No parece darse cuenta, encorvada en la silla y con la mirada fija en mí.
—Oh, perdón —digo, con cautela—. ¿No te llamas así?
Ella responde despacio, como si esperase de mí que empezaran a salirme colmillos o que me fuera a abalanzar sobre ella en cualquier momento.
—No. No eres… —Entorna los ojos. Me mira la cara, y luego los vaqueros y la mochila que tengo apoyada en la silla—. No eres… No eres de aquí, ¿verdad?
—Qué va. Soy una turista interdimensional que está de paso.
Se me queda mirando durante otro instante largo e intenso, antes de decir, con inquietud:
—Me llamo Roja.
—Ah. —Hay varias versiones que parten del folclore occidental, como Rojarosa o Caperucita Roja, pero no sé qué pintaría ninguna de ellas en el típico cuento de Blancanieves. (Sí, es cierto que hay un cuento de los Grimm que se llama «Blancanieve y Rojarosa», pero no tiene nada que ver con el de Blancanieves. Sí, es muy confuso, pero las culpas, a Jacob y a Wilhelm.)
El nombre de Blancanieves siempre ha tenido implicaciones muy incómodas sobre los estándares racializados de la belleza, pero puede que en este mundo su madre le haya cambiado el nombre al fijarse en la gota de sangre y no en la nieve en la que cayó.
—Hola, Roja —digo, con toda la amabilidad de que soy capaz, que no es mucha—. Ya deberías estar a salvo. Zellandine es un hada muy poderosa y te mantendrá oculta para que tu madrastra malvada no te encuentre.
Roja arquea las cejas.
—¿Mi qué?
—O tu madre. O tu hermana. O quien sea…
—¿Qué os parece si es la niña la que nos cuenta su cuento? —comenta Zellandine, no sin algo de crudeza en la voz.
Un momento después, durante el que le saco la lengua a Zellandine y en el que la reina suspira como si se arrepintiese de todas las decisiones que la han llevado a estar sentada en esta mesa, Roja empieza a hablar. Tarda unas
dos frases en confirmar que nos encontramos lejísimos de las criaturas cantarinas de los bosques de Disney, siempre cubiertos de flores. No estamos siquiera en una de las fantasías sangrientas de los hermanos Grimm, con esa moralidad tan violenta. Nos encontramos en un lugar mucho más oscuro, salvaje y antiguo, donde el villano tiene unas ansias terribles y la heroína es la única que sobrevive.
Resulta que Roja no es una princesa. Es la hija de un pastor de una aldea pobre que hay en la linde del bosque. Todos los inviernos, la reina envía a sus cazadores para capturar a los niños más fuertes y sanos, que luego encierra en su guarida.
—Nadie sabe lo que hace con ellos. Ivy dice que les da chucherías y joyas, pero Ivy es estúpida. —Roja habla con tono neutro y sosegado—. Yo creo que les arranca los corazones y luego se los come. Lo que sí está claro es que nadie los vuelve a ver.
Sobreviene un breve silencio fruto de la consternación. La reina, aunque supongo que es mejor llamarla Reinalda porque aquí no es reina de nada y el nombre parece irritarla mucho, es la primera en hablar.
—Pero ¿para qué iba a hacer algo así?
Roja le dedica una mirada con la que sugiere que no le interesan demasiado las motivaciones personales de una reina caníbal. Zellandine especula sobre las propiedades mágicas latentes en los corazones de niños inocentes y el poder que podría llegar a conseguirse, en teoría, gracias a su ingesta. Pero yo no me entero de gran cosa, porque me dedico a hablar entre susurros con Reinalda. («Espera, espera, señorita Instancia Moral Suprema,
¿tú no eras la que quería los pulmones y el hígado de Blancanieves?» «Sí, pero ¡no iba a comérmelos! ¡No soy tan depravada!») Mando a callar a Reinalda, algo que ella odia con todas sus ganas, y luego me giro hacia Roja.
—Y tu familia, tus padres… ¿Han dejado que te secuestre sin más? —Le miro el pelo, que le cae a los lados del rostro en unas trenzas maravillosas, y me recuerda a cuando mi padre me trenzaba el pelo con mucho cuidado todos los días antes de ir a la escuela. Me queda claro que alguien la quiere mucho—. ¿No lucharon por ti?
Reinalda emite un ruido mordaz que me da más información de la que me gustaría sobre sus padres, pero Roja responde, en voz baja y con una brevedad aciaga:
—Sí que lo hicieron.
Reinalda parece estar afanándose con algo, ya que no deja de mover los labios hasta que dice, con un tono cercano al enfado:
—¿Y por qué los de tu aldea no os marcháis u os escondéis?
—Porque ella siempre nos encuentra —responde Roja, aún en voz baja
—. La gente dice que habla con la luz, o tal vez con un espejo mágico. Y
luego… —Vuelve a girar la vista hacia la ventana y, en esta ocasión, el tono marrón de su piel se vuelve ceniciento—. Y luego su cazador viene a por ti.
Hay algo en la gramática de esa frase que me suena raro, y solo cuando oigo el crujido de muchos pares de botas en el exterior y el retumbar de muchos puños contra la puerta comprendo que la he oído mal. No ha dicho
«su cazador viene» en singular, sino «sus cazadores vienen».
* * *
El primer pensamiento inútil que me viene a la cabeza es: «Así no es como ocurre». Se supone que tiene que haber una bruja disfrazada de anciana, una manzana del color de la sangre y un ataúd muy bonito en el bosque. Se supone que tiene que haber tres oportunidades y un final feliz, pero en lugar de eso solo oigo unos puñetazos que retumban en la puerta.Luego se oye un grito estridente:
—¡Sabemos que estás ahí dentro, niña! ¡Sal por orden de la reina!
Roja se levanta de la silla y empieza a retirarse hacia la cocina al tiempo que agarra con fuerza un cuchillo de sierra. Zellandine empieza a ponerse en pie y se ata el delantal con dedos temblorosos. Reinalda y yo somos las únicas que nos quedamos paralizadas, como un par de maniquíes en un centro comercial atestado.
Las manos de Zellandine han dejado de temblar para cuando abre la puerta.
—Se equivocan, buenos señores. Aquí dentro solo estoy yo.
Es un buen intento, pero sin duda va a acabar mal. Antes de que termine de hablar, un hombre de rostro enjuto le propina un empujón para entrar y echar un vistazo por la cabaña. Sus compañeros entran detrás. Todos presentan el mismo aspecto nervudo e insalubre, y también llevan los mismos collares amarillentos. Estos tintinean de forma extraña cuando se mueven, como dientes que castañeteasen. Tardo un buen rato en comprender lo que son en realidad: dientes humanos que cuelgan de cordeles de cuero. Noto la bilis en la garganta, caliente y repugnante.
El líder señala a Roja.
—Acompáñanos.
Ella niega con la cabeza una vez, con los nudillos pálidos que rodean el cuchillo de sierra y la barbilla aún alzada. Dios, esta niña merece algo mucho mejor que esta historia sangrienta y descarnada. Uno de los cazadores desenfunda un cuchillo que no se creó con el cometido de cortar pan, pero justo en ese momento se le convierte en cenizas en la mano. Unos copos grasientos caen en silencio hasta el suelo.
—No os he invitado a entrar, muchacho —gruñe Zellandine detrás de él.
Pero jadea mientras lo dice, y el rostro se le ha quedado pálido y con la piel fina como la de una cebolla. En el mundo de Prímula, me había dado la impresión de ser una mujer invencible para la que no pasaban los años,
alguien capaz de convertir los cuchillos en plumas con apenas un parpadeo, pero tal vez solo pudiera ser así en su mundo y las reglas sean diferentes en este en el que nos encontramos ahora. Puede que aquí el poder tenga un precio, y que lo esté pagando.
El cazador sin cuchillo parece notar la debilidad de Zellandine, porque se da la vuelta y le propina un fuerte empujón, como si en vez de ser una bruja solo fuese una anciana. Alguien grita y, cuando me pongo en pie, comprendo que he sido yo. Los cazadores me miran, y veo que he aferrado con fuerza el asa de mi mochila. Total, tampoco es que mi esperanza de vida fuese muy halagüeña. La balanceo en dirección al rostro del líder.
El enfrentamiento posterior es breve y embarazoso. En menos de un minuto, me encuentro bocabajo con la rodilla de alguien separando con fuerza dos de mis vértebras. Una mano me agarra del pelo y me aplasta la cara contra el suelo con una naturalidad pasmosa. Después, todo se ralentiza y los sonidos se ahogan, al tiempo que mi visión se llena de unos estallidos negros.
Oigo pasos de botas. Un golpe seco y carnoso y luego un grito ahogado.
El líder de los cazadores pregunta, en la lejanía:
—¿Y tú? ¿Vas a darnos problemas?
Una pausa, tensa a causa de la previsión de la violencia, seguida de la voz de Reinalda que pronuncia una sílaba única y escueta:
—No.
Los cazadores se marchan, y solo hacen una pausa para propinar algunas patadas a mi caja torácica al pasar.
En su ausencia, solo queda el plic de mi sangre al caer contra los tablones del suelo y el chirrido de la puerta mientras se agita a causa del viento. Y, en la distancia, alejándose a toda prisa, los gritos de esa niña valiente cuya bravura ha quedado truncada.
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