El espíritu del lince

Javier Pellicer · Capítulo 30 de 67

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El espíritu del lince

Capítulo 29

 

La campaña en Turdetanía, aunque dura, fue breve. Amílcar se retiró a una nueva ciudad que fundó de los cimientos de una aldea íbera venida a menos: Libana. El Bárquida le dio nuevo nombre, Akra Leuke, y allí se refugió mientras recibía los beneficios de las primeras minas conquistadas. La guerra se alimentó a sí misma: las nuevas riquezas servían para pagar las soldadas, pero sobre todo para callar muchas bocas en Cartago. Aunque no todas. Hannón, que se había opuesto a la aventura de Amílcar, seguía criticándole, pues la política que promovía el Barca dejaba en mal lugar su programa latifundista al norte de Libia. Pero los talentos de plata, las piedras preciosas, la madera, el hierro, las telas y el grano que enviaba a Cartago restaron efectividad a la lengua envenenada de Hannón. Del mismo modo, gracias a la creciente ocupación púnica se habían abierto muchos puertos en Iberia, que con gusto acogieron a los mercaderes cartagineses. Incluso los griegos y algunos romanos se atrevían a fondear en nuestra tierra, reconociendo así el buen negocio que podía hacerse en los nuevos mercados.

Pero los pensamientos de Amílcar debían estar puestos ya en su siguiente objetivo: Iltirke, apodada tiempo atrás por los griegos como Hélike. Se trataba de una ciudad de gran importancia, pues estaba muy cerca de los límites de Oretania, etnia a la que el Estratega cartaginés tenía por los mejores guerreros de Iberia. Además, ambicionaba las ricas minas cercanas a Kastilo, la capital gobernada por Orisón.

Al conocer el imparable avance de Amílcar, algunas colonias griegas y ciudades del norte alertaron a Roma. Entre ellas estuvo Arse, a la que viajé aprovechando aquella coyuntura. La familia de Nerseadin me recibió como cabía esperar al prometido de su hija. La muchacha había crecido mucho; era hermosa, aunque sus formas todavía no eran las de una mujer. Al contemplarla comprendí que el día de mi boda se acercaba: cuando Nerseadin sangrara por primera vez, sería considerada mujer casadera. Aparté la imagen fugaz de Nistan que se cruzó en mi cabeza. No podía aportarme nada bueno.

Me entrevisté con Ikomkei por primera vez, pues hasta el momento sólo había conocido a su hija y a su esposa, Sicedunin. Recostados en sendos divanes, frente a una jarra de vino y una bandeja de dátiles importados de Libia, me habló del enrarecimiento que se había apoderado de la ciudad. Su mayor temor por el momento era que aquello derivara en algún conflicto dentro de las murallas de Arse.

—Los que siempre han apoyado a los púnicos se muestran encantados con la llegada de Amílcar, lo cual está enervando a los comerciantes que tienen tratos con los griegos. Temen que Cartago llegue a la ciudad y corte sus líneas de negocio — comentó, mientras tamborileaba el brazo de su diván con gesto preocupado.

—Tenéis motivos para el miedo —dije—. La campaña apunta al norte. Ahora descansan, pero veo sus intenciones: tras conseguir las ricas minas del sur, buscarán apoderarse de la costa de levante.

La trémula luz del candil que iluminaba la mesa reveló el temor en el rostro ajado de Ikomkei. Si por lo común ya era un hombre de aspecto tosco: cabeza coronada por una calva rodeada por una mata de pelo, frente prominente, piel quebrada por arrugas impacientes, papada abundante…, las preocupaciones no hacían sino aumentar el paisaje abrupto de su faz.

—Todo esto tiene un objetivo final, ¿verdad? —dijo, mientras se pellizcaba el entrecejo—. Preparan una nueva guerra con Roma.

—Sin duda, pero tratarán de esconderlo tanto como puedan. Todo depende de nosotros.

—Edecón y tú estáis tratando de formar una alianza de pueblos —afirmó, más que preguntó.

—Sí. Y queremos saber si contamos con vuestro apoyo.

—Va a ser complicado salvar la resistencia de los leales a Cartago. —Inclinó la cabeza y torció los labios, dando a entender así la dificultad de la tarea.

—Como jefe militar de Arse, seguro que puedes ejercer presión. Esa gente es minoría, debéis imponeros o será la ruina de la ciudad —le aseguré.

—¡Maldita sea esta situación! Los griegos esperarán el amparo de Roma, mientras que aquellos que descienden de los fenicios harán fuerza para que Arse trabe amistad con Amílcar. Y en medio, nosotros, los íberos, que sólo deseamos una paz que todos se empeñan en despreciar.

—Son los tiempos que nos ha tocado vivir, Ikomkei.

Lo dejé cavilando y volví a Etemiltir. Poco después supe que no me equivocaba en mis temores. Respondiendo a la demanda de las colonias griegas, Roma envió una delegación senatorial a Akra Leuke encabezada por el cónsul Cayo Papirio Maso. Amílcar lo trató con deferencia y sin escatimar en lujos. Le prometió que su campaña en Iberia no tenía como objeto reforzarse militarmente, sino conseguir los recursos necesarios para pagar los tributos que Cartago debía a los romanos. Por una vez, supo utilizar palabras adecuadas, aunque imagino que fue su yerno, Asdrúbal, mucho más diplomático, quien le dictó el discurso. Persuadió a la delegación, que volvió a Roma con el convencimiento de que Cartago no pretendía nada contra ellos. Aunque el senado romano ya no apartó la atención de Iberia, volvieron a centrarse en sus problemas con los ligures. Amílcar dejó pasar un tiempo prudencial para calmar a los romanos.

 

En esas fechas tuve que superar un trago muy amargo: un viejo amigo estaba a punto de decirme adiós.

Los últimos meses de Carbón fueron muy plácidos, demasiado para una criatura que siempre se había mostrado vivaz y alegre. Todos sabíamos que su final estaba cerca, pues veinte años son muchos para un perro. Pero al comprobar una mañana que mi amigo no se alzaba al verme, al advertir que su respiración era agitada, mi corazón volvió a sentir el zarpazo del dolor. Con la congoja reptando por mi garganta, me recosté junto a él en el suelo y me mantuve a su lado a la espera de lo inevitable. Lo acariciaba mientras le hablaba, recordando los momentos vividos en su compañía como si fuera un hermano a punto de partir a una lejana tierra. Aquel animal, que tanto amor y fidelidad me entregó, formaba parte de mí; era una pieza del agrietado entramado en que se había convertido mi alma, una de las pocas que seguía en su sitio después de tanto destrozo emocional. Y ahora se iba, me dejaba, no por voluntad propia, bien lo sabía. Lo menos que podía hacer era estar a su lado hasta el último momento, así como él había estado conmigo durante toda su vida.

Sus ojillos, a los que apenas les quedaba brillo, me observaron por última vez entre los pelos rizados que le caían por encima.

—Ve en paz, amigo mío —le susurré, incapaz de llorar pese a toda la congoja.

Su pecho dejó de moverse poco después. Lo abracé con fuerza, sintiéndome un poco más vacío y perdido que el día anterior.