El espíritu del lince

Javier Pellicer · Capítulo 39 de 67

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El espíritu del lince

Capítulo 38

 

Avistamos las tiendas de los soldados frente a Hélike a media tarde. Orisón nos salió al paso como el sediento que busca una fuente. Le informamos, pero me guardé para mí todo lo relacionado con Nistan y Alorco, pues era demasiado personal para compartirlo con nadie.

Se mostró indeciso con la espera que habían planteado los cartagineses. Me preguntó qué opinaba, pero yo no estaba de humor para dar consejos, y menos a un mentecato incapaz de pensar por sí mismo. Le dije que no me encontraba bien y que necesitaba descansar. Me creyó. Mi rostro estaba surcado por las marcas del dolor interno: los ojos hundidos y oscurecidos, el gesto debilitado, la piel blanquecina…

El Sol ya se había ocultado tras las montañas cuando, casi sin advertirlo, me encontré frente a la cabaña donde habíamos trasladado a Thugar. Había sido decisión de Orisón aislarlo de sus compañeros para que los interrogatorios fueran más efectivos, pues delante de sus hombres la voluntad se le endurecía. Dudé si debía entrar. Sabía que no era una buena idea. Tras lo que había dicho Alorco, tener a ese degenerado frente a mí sería tentar a la suerte.

Finalmente le pedí al guardia que se marchara. El oretano dudó, pero cuando le dije que Orisón no estaría muy conforme si me negaba el paso, cambió de actitud y se fue. Respiré hondo antes de traspasar la puerta, forzándome a controlar mis emociones como había aprendido desde la adolescencia. No cesé de recordarme lo que le había dicho a Alorco: Iberia era más importante que cualquier otra cosa. Pero nada impedía que le devolviera a Thugar un poco del dolor que le había causado a Nistan. Me esmeraría, aunque sin causarle graves heridas: un buen puñetazo en la nariz, romperle los dedos tal vez, o quizás partirle las costillas.

Estaba sentado en el suelo, con las manos atadas por detrás a un poste de madera. También los pies estaban amarrados. No había sufrido tortura alguna, porque de momento era más importante como rehén que como fuente de información. Incluso se le daba comida caliente. Me observó con sus ojos cargados de insidia, sin saber qué esperar de mí.

—Me he entrevistado con Asdrúbal —le dije, de nuevo en púnico.

—Ya veo. Habéis iniciado las negociaciones. Tenéis suerte, a «El Bello» le gusta dialogar. —Hizo una mueca de desagrado—. De haber sido Amílcar te habría desmembrado.

—Y tú estarías muerto.

—No me tomes por estúpido. Soy más importante que un patético caudillo ispano. ¿Crees que no sé cuáles son vuestras intenciones? Me tenéis por la llave para ganar la guerra. No me mataríais a no ser que Asdrúbal estuviera a punto de tomar este pueblucho.

—Te crees muy importante.

—Soy un Barca. —Alzó los hombros—. Eso me hace grande.

—Conocí a tu tío, y también a tu primo. Ayer estaba allí. Algo me dice que Asdrúbal es el rostro, pero la voz cantante es la de Aníbal —dije mientras me arrodillaba frente a él—. O lo será pronto. Ha heredado las dotes de mando y la clarividencia estratégica de su padre. De hecho, creo que tiene cualidades para superarlo.

—Eres inteligente, ispano.

—También vi a tu esposa. Sofonistan es muy hermosa.

El comentario no pareció afectarle en lo más mínimo. Me acerqué a su rostro y le susurré algo al oído.

—¿Sabes? También la conocía.

Me miró extrañado.

—Estuvo en Ispania cuando era una niña —continué—. Supongo que estarás al tanto. Crecimos juntos, su hermano, ella y yo.

—¿Conoces a Alorco el Ispano? —Parpadeó y entonces la luz del entendimiento se fue fortaleciendo en sus ojos—. Espera un momento… Sí, Amílcar me lo mencionó en una ocasión. Me dijo que estabais muy apegados. —Lanzó una sonora carcajada—. ¡Ya veo! ¡Tú debes ser el motivo de que esa zorra me rehúya cada noche!

Aferré mi bota con la mano para evitar lanzarle el puñetazo que habría deseado. Cálmate, Icorbeles, me dije. Todavía no. Pero él intuyó mi estremecimiento.

—Y por lo que veo, tú también sientes algo por ella. ¡Un ispano enamorado de una cartaginesa en plena guerra! ¡Digno de una tragedia griega! —Volvió a reír, con un sonido cargado de malicia—. ¡No debes preocuparte, está bien atendida! Le doy lo que se merece, y ella parece disfrutarlo, a tenor de sus gemidos. Oh, tal vez no sean gemidos de placer, después de todo, sino de dolor. ¡Y cómo llora la condenada!

No pude soportarlo. Cerré el puño y lo hice volar hacia el rostro de aquel miserable. Se escuchó un crujido, sentí los huesecillos de su nariz resquebrajándose. Pero Thugar escupió un poco de sangre y siguió riéndose.

—¡Deberías escuchar cómo chilla esa zorrita! —insistió—. Si te soy sincero, me encanta que se resista. Lo hace todo más divertido.

Algo se encendió en mi pecho, una ira incontrolable, el estallido de algo negro, oscuro, odioso: una serpiente espinada retorciendo mi corazón, una sombra insondable eclipsando mi alma… Algo que no podía contener, que ni siquiera deseaba contener. Me dejé llevar por el nuevo veneno que emponzoñaba mi sangre: el veneno del odio.

Mi mano volvió a mi bota. Tomé el pequeño cuchillo de caza que guardaba allí, apenas más largo que mi dedo índice, y lo alcé de golpe hasta hundirlo en su maxilar; la hoja atravesó la carne y la mandíbula, agujereando su lengua pero apenas hiriendo el paladar debido a su escasa longitud. La sangre comenzó a manar de la herida, pero la mayoría surgía por el interior de su boca como un manantial imparable. Thugar se convulsionó mientras la garganta se le llenaba de su propia savia vital. Incapaz de escupir el torrente que amenazaba con ahogarlo, trató de desasirse las manos. Sus gorgoteos llenaron la choza a la vez que pataleaba y se estremecía. En mi locura, recuerdo que pensé que era un sonido delicioso.

Cuando Thugar murió, luego de una larga agonía, me sentí henchido de una satisfacción malsana que jamás antes había experimentado. Desclavé el puñal y lo volví a hundir una y otra vez mientras gritaba como un demente, hasta que la parte inferior de su rostro no fue más que una masa sanguinolenta.

Pero aquello duró muy poco. Cuando una chispa de cordura volvió a mí, solté el cuchillo, me dejé caer de rodillas y me hice un ovillo. Una idea comenzó a martillearme la cabeza. Una idea inaguantable para mi alma.

Le había dado la espalda a Iberia.