El Faraon
Fin
Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
LIBRO TERCERO
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Nefertiti paseaba por su dormitorio en penumbras, con los brazos cruzados y la cabeza gacha.
Era de noche.
Sobre la mesa ardía una pequeña lámpara cuya amarillenta luz no conseguía disipar las sombras que la rodeaban.
La respiración regular de sus servidoras, profundamente dormidas en el otro extremo de la habitación, acentuaba la calidez y la quietud del aire.
A veces se detenía y observaba en la penumbra los gigantescos bajorrelieves que adornaban las paredes, imágenes de si misma, con faldellín y corona, cubierta de collares y de esfinges, andando arrogante sobre un Egipto que se inclinaba a su paso para rendirle homenaje.
En ocasiones sus pasos errantes la llevaban a la ventana y, al mirar hacia fuera, veía sus terrazas cayendo hacia el caudaloso río, nuevamente pletóricas de verde y descoloridas a la luz de la luna.
Sus ojos recorrían el sosegador paisaje, pero apenas lo veía.
El había muerto, había muerto.
Pronunció su nombre en un susurro, no con el dolor con que se nombra el amor perdido, sino con una especie de intriga displicente.
El había sido el camino al poder que ella había ejercido en Akhetatón y el padre de sus hijas.
El extraño hombre que había compartido su cama y que había despertado en ella a la vez el afecto exasperado de una madre por su hijo caprichoso y el desprecio que inspira a una mujer el hombre que carece de la rectitud y la fuerza del gobernante con quien ella soñaba en su infancia.
A pesar de su excelsa posición, Nefertiti nunca consiguió lucir la corona de emperatriz por la que llegó a arriesgarse a asesinar a su prima Sitamun.
A pesar de sus sueños juveniles, Nefertiti nunca conoció el amor.
Su vida había sido una larga lucha contra los compromisos que se había visto obligada a aceptar.
Su extraordinaria belleza le resultó un arma de doble filo.
Mientras Akhenatón siguiera con vida, existían posibilidades de que aquel exilio, que ella misma se había impuesto en parte por orgullo y por temor a seguir sufriendo humillaciones, pudiera acabar en una
exculpación completa.
Ahora que él se había ido hacia cualquier dios que se dignará aceptarlo, quedaba relegada para siempre a la honorable pero impotente posición de reina viuda.
Gobernaría otro primo, Smenkhara.
Era cierto que estaba casado con su
hija, pero entre Nefertiti y la pareja real se alzaba la influencia que ejercían sobre ellos el portador del abanico de la mano derecha y el supremo comandante de todas las fuerzas de Su Majestad, dos hombres que se habían elevado lentamente hasta la cima del poder, consolidándolo a cada paso, y que evidentemente no iban a permitirle ejercer una poli tica independiente.
Después estaba Tutankhatón.
Nefertiti comprendía la importancia de la presencia del pequeño, pacíficamente dormido en sus aposentos, un niño de ocho años cuyo derecho al trono era tan fuerte como el de Smenkhara.
Yo misma podría casarme con él, pensó mientras continuaba con sus incesantes paseos por la habitación, pero tendría que estar respaldada por hombres fuertes, capaces de neutralizar el poder de mi padre y de Horemheb.
Ay planea el abandono de la ciudad, mientras Horemheb intenta controlar el país con el ejército.
Si me casara con Tutankhatón, mi padre y Horemheb harían todo lo que estuviera en sus manos para que continuara ostentando sólo la corona de reina y caminara detrás de mi pequeño Faraón, mientras ellos administraban el país.
Pero he cumplido treinta y cinco años.
Tengo derecho a gobernar.
Egipto está maduro y se me ofrece.
Y yo deseo tomarlo.
Quiero volver al palacio real con la pompa debida a la emperatriz y apoderarme por fin de lo que me pertenece.
'fly lo hizo y yo también puedo hacerlo.
¿Pero, cómo?
Aquí estoy envejeciendo.
Cada día es idéntico al siguiente, como las gotas de lluvia que caen monótonamente, una detrás de la otra.
Sin la ayuda de un hombre fuerte, no puedo hacer nada.
¿Y dónde está ese hombre?
Ningún cortesano se mostrará dispuesto a ayudarme.
Los hombres de Amón están demasiado débiles y desmoralizados.
Horemheb controla el ejército.
Se detuvo para cubrirse los ardientes ojos con las manos, presa del pánico al imaginarse lentamente olvidada, una silenciosa figura en sombras que se movía en una hermosa prisión durante años, mientras fuera la historia cambiaba y volvía a cambiar sin ella.
¡No!, pensó, apoyándose contra la ventana.
Prefiero matarme.
Tiy fue inteligente.
Previó su fin, lo había logrado todo y ya no le quedaba nada más, así que aprovechó el momento.
Pero sin duda yo todavía no he llegado al fin de mi vida.
¡Si apenas tengo treinta y cinco años! ¿Debo casarme con el pequeño Tutankhatón y arriesgarlo todo?
Perdería.
Tengo demasiados enemigos que se aliarían con Smenkhara.
Un hombre fuerte, un príncipe…
De repente, se le presentó la solución y lo arriesgado de la idea la paralizó.
Se apartó violentamente de la ventana, sin rastro de su anterior cansancio.
¡Oh, nunca!, pensó, sin aliento.
Arriesgaría mi vida si llegaran a descubrirme.
Además, no tengo tiempo suficiente.
El período de duelo por Akhenatón ya se ha iniciado y sólo quedan sesenta y nueve días para que su sucesor realice la ceremonia de la apertura de la boca.
Sin embargo, la idea crecía en su interior y se descubrió sonriendo en la oscuridad.
Lo haré, pensó, excitada.
Merece la pena intentarlo.
La alternativa consiste en la viudez o en asumir el poder definitivamente.
Con una sola maniobra puedo marginar a mi padre y a Horemheb, desheredar a Smenkhara y obligar a Tutankhatón a seguir siendo príncipe durante el resto de su vida.
No soy demasiado vieja para tener hijos, hijos varones…
Aunque me queda muy poco tiempo.
Corrió hacia la puerta y la abrió de golpe.
El guardia presentó armas y el heraldo se levantó del taburete en que estaba sentado.
–Traed en el acto a mi escriba -ordenó, agriamente-.
Y también al capitán de mis guardias.
¡Rápido! – Cerró la puerta y se acercó a la silla; sintiéndose débil de temor, se sirvió agua y la bebió de un trago.
Hizo acopio de valor y se dirigió a su salón de recepción, despidiendo a los guardias que custodiaban las puertas.
Cuando el capitán y el escriba se inclinaron ante ella, estaba al pie de su trono, rígida, con el corazón latiéndole enloquecido.
–¿Tienes luz suficiente?
–preguntó.
El escriba se dejó caer en el suelo ante ella, se sentó, cruzó las piernas y asintió, empuñando la pluma-.
Entonces, copia la carta que voy a dictarte.
–Nefertiti hablaba en susurros, con la voz ahogada por la excitación-.
A Su Majestad, el rey Suppiluliumas, señor de los khatti, tú conoces sus títulos, inclúyelos todos.
Después, añade: "Mi marido ha muerto y no tengo hijo varón.
La gente dice que tus hijos son ya hombres.
Si me envías a uno de ellos me casaré con él, porque no deseo tomar por esposo a uno de mis súbditos›.
¿Cómo se dice "reina" en acadio?
–Dahamunzlu.
–Entonces, firma Dahamunzlu.
¿Qué miras?
–Los dos hombres la observaban absortos-.
Sé exactamente lo que estoy haciendo.
Si Suppiluliumas hace lo que le pido, la amenaza de los khatti habrá desaparecido.
Te autorizo a hablar, capitán.
–¡Majestad, son nuestros enemigos! ¿Un khatti sentado en el trono de Horus?
–Si.
–Consiguió recobrar la compostura tras pronunciar las febriles palabras-.
Un matrimonio que atajaría para siempre la posibilidad de una invasión.
El Príncipe extranjero no tendrá poder real en Egipto, porque el poder lo retendré yo en mis manos.
–De repente, tomó conciencia de que sus piernas temblaban y se desplomó sobre el trono-.
No tengo necesidad de darte explicaciones.
Simplemente, te ordeno que me obedezcas.
Lleva personalmente esta carta a Boghaz-Keuoi y en el camino no confíes a nadie cuál es tu misión.
Ten especial cuidado en Menfis, porque allí Horemheb tiene gran cantidad de tropas vigilando el tráfico del río y patrullando el camino del desierto que conduce a Siria.
Si llegaran a interrogarte, di que llevas órdenes para May de parte de Smenkhara, el Pichón de Horus.
–Pero, Majestad -insistió el hombre, todavía pálido de sorpresa-, en este mismo momento nuestro ejército marcha contra los khatti.
Puedo encontrarme en medio de una batalla en la que tal vez Egipto resulte victorioso.
Yo no quiero que Egipto gane esa batalla, pensó Nefertiti con frialdad.
Esa victoria convertiría a Horemheb en el hombre más peligroso del país.
–No creo que nuestras tropas se hayan enfrentado todavía con los khatti -contestó-.
Y, aunque así fuera y estuviéramos ganando, las negociaciones que inicio se limitarán a asegurar nuestra estabilidad.
Deseo que salgas esta misma noche.
¿Cuánto tiempo tardarás en llegar a Boghaz-Keuoi?
–Por lo menos tres semanas, Majestad.
La aprensión encogió el estómago de Nefertiti.
No, pensó, no debo empezar a contar los días.
Todavía no, porque corro el peligro de volverme loca.
–Haz lo posible por tardar menos.
Lleva oro para sobornar a los apiru en el Sinaí y
para comprarles caballos.
Hazte acompañar por una escolta no demasiado numerosa para no levantar sospechas.
Si triunfas en esta misión, soldado, te recompensaré con una fortuna y con un cargo mucho más alto en mi servicio.
Y tú, escriba, si dices una sola palabra de tu trabajo de esta noche, te haré cortar la lengua y destrozar las manos.
¿Me has comprendido?
–Él asintió y le presentó el papiro, que ella selló y entregó después al capitán-.
Ordena los medios de transporte que necesites.
Cuentas ya con autoridad para hacerlo.
Antes de que el militar acabara de inclinarse ante ella, Nefertiti ya había abandonado la habitación, todavía temblorosa.
Se deslizó bajo las sábanas y cerró los ojos.
Le costó dormirse.
lmaginó al capitán encaminándose al embarcadero donde estaban andadas sus naves, hablando con el encargado a la luz de las antorchas, entrando en una de las barcazas.
Decidida, buscó algún otro pensamiento más tranquilizador.
Había precipitado los acontecimientos y sólo le restaba esperar.
Horemheb también había iniciado ciertas maniobras, pero, a diferencia de Nefertiti, no hizo ningún intento por no pensar en el resultado que iba a obtener.
Cuando se inició el duelo por el Faraón, un tiempo en que tradicionalmente sólo se llevaban a cabo los actos oficiales más urgentes y el ritmo de la vida de la corte se hacía más lento, se retiró a sus propiedades para analizar las consecuencias que tendría su orden de movilizar el ejército y el probable curso que tomaría la administración de Smenkhara.
Ya había empezado a recibir despachos de sus oficiales, porque el ejército penetraba lentamente en el sur de Siria y, como había prometido, se los había ido pasando a Ay.
Deseaba unirse a sus soldados en el campo de batalla porque se sabía respetado no sólo por su capacidad como comandante, sino también por su disposición a compartir con ellos los duros avatares de la guerra: la mala comida, las incómodas condiciones en que debían dormir y las extenuadoras marchas que constituían la rutina diaria de las tropas en servicio activo.
La moral no sería tan alta con su ausencia.
Los oficiales, por su parte, creerían que se había quedado en Akhetatón porque no confiaba en el éxito de la campaña contra los khatti, por más excusas que él pudiera darles.
Sin embargo, Horemheb no se atrevía a abandonar la ciudad hasta ver coronado a Smenkhara, porque a pesar de haber dicho a Ay que lo consideraba un amigo y confiaba en él, la relación entre ambos se enfriaba con rapidez.
Ay no creía que la salvación de Egipto estribara en una campaña militar.
En realidad, observaba con desconfianza el posible aumento de poder de un oficial.
Acostumbrado a manejar las crisis durante toda su vida por la vía diplomática y por control indirecto, consideraba que la declinación del imperio y la amenaza de Suppiluliumas se debían al fracaso de Akhenatón en mantener relaciones diplomáticas con el resto del mundo, y opinaba que la solución estribaba en reiniciar las comunicaciones por intermedio de diplomáticos y embajadores.
Horemheb estaba en total desacuerdo con esa opinión y sabía que debía permanecer cerca del nuevo Faraón para defender sus argumentos en favor de la guerra en el caso de que Ay lograra congraciarse con Smenkhara.
El Príncipe no daba muestras de sentir simpatía por ninguno de los dos, pero Horemheb no estaba dispuesto a correr riesgos.
Recorría sus jardines en compañía de Mutnodjme, comía con ella en el silencio de la terraza para ver la salida de la luna y conversaban sobre los asuntos diarios del país, y mientras lo hacía, repasaba ansiosamente su audiencia con Smenkhara y su posterior conversación con Ay, preguntándose una y otra vez si habría actuado por el bien del país o movido por un impulso puramente personal.
De todos modos, no estaba dispuesto a retroceder.
Una tarde estaba sentado junto al lago, observando nadar a su mujer, cuando le entregaron el despacho diario.
Tras dar las gracias al heraldo y concederle permiso para retirarse, rompió los sellos.
El despacho era inusitadamente largo y, después de leerlo por primera vez, Horemheb volvió a estudiarlo con detalle.
Después lo dejó caer sobre sus rodillas y lo observó con aire pensativo.
No se dio cuenta de que Mutnodjme se había acercado a él nadando hasta que lo tocó con su mano empapada y volvió en si sobresaltado.
Ella lo miró con los ojos entornados.
–Estás muy pensativo -afirmó-.
¿O solamente atontado por el calor?
Cada vez me resulta más difícil saber lo que te ocurre.
Tal vez estés enamorado.
–Lo siento, Mutnodjme -repuso él, sonriendo-.
Estoy muy preocupado desde que me he instalado en casa.
–No creas que no lo he notado.
De haber sabido lo preocupado que ibas a estar, no hubiera cancelado dos fiestas en el barco y un viaje al norte, solamente para estar contigo.
Veo que has recibido otro despacho.
¿Alguna mala noticia?
Lanzando un suspiro, dejó el papiro sobre la hierba y se sentó en el suelo junto a ella.
–Muchos soldados han contraído la fiebre en Urasalim -resumió-, aunque ése no es el peor problema que deben afrontar los oficiales.
De acuerdo con los informes de nuestros expedicionarios, no sólo avanzan los khatti hacia el sur, sino que los asirios se encuentran a mitad de camino del norte de Siria.
Si ordeno al ejército que continúe marchando hacia el norte, es probable que tenga que trabar lucha con ellos antes de enfrentarse con los khatti.
Si, en cambio, ordeno que esperen y los khatti y los asirios luchan entre ellos, Egipto tendrá que enfrentarse con el ejército que resulte victorioso.
Mutnodjme asintió.
–Supongo que los asirios tratan de invadir Amki de nuevo.
Cada vez que se produce una disputa entre los grandes poderes aprovechan la confusión para intentar quitarnos Amki.
Pero ahora que los khatti se han apoderado de nuestro pequeño dominio, es
probable que los asirios tengan intenciones de luchar contra ellos.
¡Pobre Amki! ¿Qué harás, Horemheb?
¿Ordenarás a tus oficiales que esperen donde están hasta que peleen los asirios y los khatti?
–Si el ejército se mantiene en movimiento, tendrá que retomar Amki antes de que llegue Suppiluliumas a defenderlo.
–Empezó a acariciar la pierna de su mujer, pero sus
pensamientos estaban lejos de allí-.
Francamente, Mutnodjme, me temo que Ay tenía razón.
El ejército está pesado y sin entrenamiento y no lo creo capaz de maniobrar con la celeridad necesaria para retomar Amki y después volverse para enfrentarse con los khatti o los asirios.
Creo que les ordenaré que sigan adelante un poco, hasta llegar a Rethennu, y después aguardaré.
Ella se irguió y se volvió para mirarlo de frente.
–Horemheb, ¿qué harías si Egipto sufriera una derrota?
–preguntó, en voz baja-.
La confianza que tienen en ti en la corte recibiría un golpe tan rudo que desaparecerían todas tus posibilidades de convertirte en consejero de Smenkhara.
Él apartó de su rostro la cascada de pelo húmedo que lo cubría y la besó.
–Atacaré las preocupaciones de una en una -respondió-.
Ahora, debo entrar en casa para dictar una carta para mi lugarteniente.
–Cogió el papiro y se puso de pie-.
Quizás esta noche debieras visitar a alguno de tus amigos o cruzar el río y pasar la velada con tus padres.
Sé que no soy una buena compañía, Mutnodjme.
Ella lanzó una carcajada.
–Creo que me abrumaría tener que vestirme y maquillarme.
Ordenaré que nos preparen un cena ligera para tomarla aquí, junto al lago.
Vete, Horemheb.
Me apetece nadar otro rato.
Cuando se alejaba, la oyó zambullirse a sus espaldas.
¿Qué haré si derrotan a Egipto?
, se preguntó, al internarse en el frescor del vestíbulo.
No quería considerar siquiera la respuesta a esa pregunta.
Akhetatón observó en silencio el período de duelo por el Faraón.
La cosecha había sido recogida y todos se preparaban para soportar el espantoso calor de la peor época del verano.
Todavía se reunían pequeñas multitudes en el atrio del templo de Atón, mientras Meryra efectuaba los ritos en el santuario, pero los solemnes gestos y cánticos carecían de animación.
El hombre que era el intermediario entre Atón y el pueblo, que había ordenado que las oraciones debían dirigirse a él para que las hiciera llegar al Dios, había muerto.
La ciudad también parecía haber perdido su esencia.
Había sido edificada con un solo propósito, como un vasto altar que pudiera contener la imagen viva del Dios, y su existencia era el resultado de la lucha de Akhenatón por convertir sus visiones en realidad.
Su presencia le confería valor; su unidad descansaba en la adoración que los ciudadanos profesaban tanto a Atón como a él.
Ahora, aquella presencia había desaparecido, y junto a los pequeños altares dedicados a Atón en casi todas las esquinas se alzaban ya otros altares en honor de los dioses preferidos por el pueblo, que así podrían ser adorados junto con el Dios del Faraón muerto.
La repentina sensación de desarraigo que reinaba en la ciudad era más profunda que la causada por los ineptos administradores.
Los invisibles cimientos de Akhetatón temblaban.
Sin embargo, en los confines del palacio, la mayoría de los cortesanos seguía llevando a cabo, como siempre, sus habituales devociones de la mañana y de la tarde en honor de Atón.
Esa continuación de las oraciones al Dios no era sólo una cuestión de costumbre, sino también de conveniencia; el heredero todavía no había indicado si su divinidad procedería de Atón o de Amón.
A Smenkhara, aparentemente, no le interesaba ni un dios ni otro.
Él y Meritatón pasaban los tórridos días constantemente juntos, intentando recuperar la alegría que a cada uno le producía antes la presencia del otro, aunque sólo lo lograban en breves y pasajeros momentos.
Recurrían a los felices recuerdos de una infancia compartida, pero el amor que los unía pertenecía a la inocencia de aquella infancia, una frágil emoción que no soportaba la degradación a la que ambos habían sido sometidos en manos de Akhenatón.
La fuerza del pasado había creado entre ambos unos lazos profundos que nadie lograría romper, pero no la unión completa y total que nace de un amor maduro y compartido.
El sentimiento de desconcierto que se cernía sobre la ciudad y el palacio no afectó a Nefertiti.
A pesar de su decisión de llenar los días con toda clase de diversiones, descubrió que al despertar cada mañana dejaba atrás una horrible serie de pesadillas, de las que emergía con los músculos tensos y el cuerpo bañado en sudor.
Se maldijo muchas veces por haberse dejado llevar por un acto que consideraba peligroso y precipitado, pero casi siempre observaba el futuro como una sucesión de hechos previsibles y se alegraba de haber llevado a cabo su plan.
Durante los largos días de verano, su mirada se detenía muchas veces en el río aguardando la llegada de su barca.
Por la noche, observaba a Tutankhatón mientras el niño se preparaba para acostarse, después paseaba por los jardines o se tendía en el lecho mientras sus bailarines desnudos intentaban excitaría con sus movimientos sensuales, pero por encima de las sensaciones que le provocaban sus jóvenes sirvientes, siempre se sentía sobrecogida por una especie de helado temor.
Sin duda, su capitán había sido detenido y su padre y Horemheb jugaban con ella antes de hacerla arrestar.
Seguramente Suppiluliumas había condenado a muerte al soldado y después había olvidado su proposición.
El hombre se habría perdido en el desierto y habría muerto de sed.
El constante ruido del reloj de agua la irritaba.
La ansiedad era su
perpetua compañera y sólo lograba comer esporádicamente, sin experimentar en ello el menor placer.
Su padre la visitó en dos ocasiones y antes de sentarse a conversar con ella, pasó varias horas en compañía de Tutankhatón.
Nefertiti se esforzó por tratarlo con amabilidad
pero no logró ocultar su preocupación.
Aunque preguntaba por la salud de sus hijas y escuchaba pacientemente a su padre explayarse sobre la creciente brusquedad de Horemheb, sabía que no había logrado disimular su ansiedad y que él se marchaba intrigado.
Pero no le importaba y volvía a montar guardia junto a la ventana, aliviada.
Casi seis semanas exactas después de la partida del capitán, Meryra, el mayordomo, despertó una noche a su ama.
–Ha regresado -susurró-.
¿Lo hago esperar en la sala de audiencias?
–No.
Haz salir a mis sirvientes -apartó la sábana y saltó de la cama, sujetándose el pecho con las manos para calmar los desaforados latidos de su corazón-.
Tráelo aquí inmediatamente.
Meryra hizo una reverencia y desapareció en las sombras.
Nefertiti encendió ella misma la lámpara de la mesa de noche y se puso el camisón.
Apenas podía controlar el temblor de sus dedos.
Debería estar bañada y vestida, con una peluca sobre la cabeza y maquillada, pensó.
No he preguntado a Meryra si el capitán estaba solo.
¡Oh, dioses! ¡Tengo miedo! Esperó con ansiedad algunos instantes hasta que entró el capitán y entonces lo observó prosternarse ante ella y besarle los pies antes de obedecer su orden de ponerse en pie.
–¿Dónde está?
–logró decir-.
¿Has traído a un príncipe?
¿Qué ha sucedido?
–Gran señora, yo no soy diplomático -respondió el hombre en voz baja-.
No supe qué palabras emplear para dar validez a la carta.
Suppiluliumas se mega a creer en su autenticidad.
Cree que Egipto desea contar con un rehén.
Ha enviado conmigo a su
chambelán para que le expliques la verdad.
No me resultó fácil eludir las patrullas fronterizas de Horemheb ni atravesar Menfis en barco por la noche.
Los dos estamos muy cansados.
Nefertiti se sintió invadida por una oleada de furia y amargura.
–¿No explicaste a los khatti lo urgente que es este asunto?
Debo tener un príncipe antes del funeral de Akhenatón, porque en caso contrario todo está perdido.
¿Dónde está ese chambelán?
El capitán hizo una reverencia y se dirigió a la puerta.
Nefertiti notó que una alta sombra se recortaba en la oscuridad y se aproximaba a la débil luz de la lámpara.
–Soy Kattusaziti, chambelán de Suppiluliumas el poderoso -dijo una voz suave y profunda-.
¿Tú eres dahamunzu Nefertiti?
–Así es.
Él le hizo una leve reverencia y durante un instante ambos se estudiaron.
Supongo que este hombre es un valiente, pensó Nefertiti al mirar la cara curtida, casi oculta por la barba y por el pelo oscuro y bien engrasado.
Ignora que no formo parte de una conspiración organizada y que en el momento menos pensado puede perder la cabeza.
¡Y qué cabeza! ¿Por qué será que los viles asiáticos procrean guerreros como éste?
–Mi Rey estaba convencido de que habías muerto -dijo el hombre por fin-.
El sello del papiro era idéntico a los que aparecían en otros documentos pero cualquiera podía haber utilizado tu anillo.
–Mi marido hizo todo lo posible por matarme, aunque no se atreviera a tocar mi cuerpo -
contestó ella, con tono ácido-.
Hizo borrar todas las inscripciones con mi nombre que encontró pero, como ves, no estoy muerta.
Se quitó el anillo de sello y se lo entregó.
Él lo estudió y se lo devolvió.
–En ese caso, Majestad, ¿por qué negocias con mi señor de esta manera tan secreta?
Dices que no tienes hijos varones.
Mi Rey duda de que eso sea cierto.
Pero si lo es, ¿quién será faraón y por qué intentas sentar a un khatti en el trono?
Ella le indicó que se sentara y se dejó caer sobre un sillón.
–Capitán, ordena que nos traigan unos refrescos -pidió, y en ese momento su mirada se encontró con la del extranjero-.
Si mi plan fracasa, el hermano de mi marido ceñirá sobre su cabeza la doble corona.
Si él supiera que mantengo correspondencia con tu señor, me encarcelaría.
Egipto perderá la guerra que va a librar contra tu pueblo, con Smenkhara a la cabeza.
Pero si tu amo me concede un príncipe khatti por esposo no habrá necesidad de sacrificar tantas vidas y tanto oro como exigiría un enfrentamiento de esa clase.
Egipto se convertiría en vasallo de los khatti y seguiría siendo responsable de sus asuntos internos, aunque abonando un tributo a Suppiluliumas.
–¿Qué garantía hay de que tus enemigos no lo matarán en cuanto llegue?
Supongo que desearás un viaje escoltado por soldados khatti.
Nefertiti se alegró de que empezaran a servirles la comida que acaba de ordenar.
No había pensado en las complicaciones que acarrearía su plan.
Sobrecogida de temor y deseando no encontrarse allí sentada, sometida al agudo escrutinio de un enemigo cuya sola vitalidad la abrumaba, se obligó a sonreír.
–El comandante Horemheb es el único capaz de resistirse.
Smenkhara se disgustaría, pero todos se mostrarán agradecidos al comprobar que los khatti ya no entrañan una amenaza para Egipto.
–Por los ojos del hombre pasó una expresión de sorpresa, seguida por otra que Nefertiti sospechó que era divertida.
Ella alzó su copa y él tomó de inmediato la suya.
–Si mi señor confía uno de sus hijos a la dudosa buena voluntad de Egipto, deseará ver respaldadas tus promesas con la presencia de los soldados khatti en Akhetatón.
El poder de un faraón equivale al apoyo militar con que cuenta.
–Eso tal vez sea cierto para los dirigentes de tupo, pero no rige en Egipto.
El Faraón, una vez coronado, es un dios y su carácter sagrado no puede tratarse con ligereza.
Él sonrió exhibiendo unos dientes torcidos y muy blancos que resplandecieron en la penumbra, y de nuevo apareció una expresión de leve desprecio en su rostro curtido.
–¿Un khatti en calidad de dios?
¡Qué perspectiva tan enaltecedora! ¿Y tu pueblo soportó la incompetencia de tu difunto marido solamente porque se trataba de un dios?
Le ofendió la familiaridad con que le hablaba aquel hombre.
–Es imposible que un ignorante extranjero comprenda las sutilezas de Ma'at -respondió, con frialdad-.
Eso es algo que le enseñaré al Príncipe que tu señor debe enviar.
–Eso silo comprendo.
–El humilde tono de su voz era levemente burlón-.
Hablaré con mi señor y le explicaré cuáles son tus intenciones.
–Parte ahora, esta misma noche.
–Se levantó y él la imitó-.
Ya hemos perdido un tiempo precioso, gracias a la desconfianza de Suppiluliumas.
Si no tengo esposo en el
término de un mes, Smenkhara ascenderá al trono y, cuando sea coronado, sólo su muerte dará oportunidad a que otro lo suceda.
Meryra te acompañará a tu habitación donde podrás dormir una hora mientras yo dicto otra carta para tu Rey, y esta vez haré que te acompañe un embajador.
Puedes retirarte.
Él inclinó su cabeza leonina y se volvió, pero como si de repente se le hubiera ocurrido una idea giró sobre sus talones.
–¿Me permites hablar una vez más?
–preguntó, con voz servil.
Ella asintió-.
Se me acaba de ocurrir que los mensajeros egipcios pueden no viajar con tanta rapidez como los espías de la Reina.
Por lo tanto es posible que la Reina ignore que mi señor ha rechazado al ejército egipcio y ha ocupado Amki.
Verdaderamente no fue una gran matanza.
Que duermas bien, Majestad.
Se alejó del circulo de luz y ella supo que había salido del cuarto sólo porque oyó cerrarse la puerta.
Meryra había entrado y esperaba órdenes.
Nefertiti se dio cuenta de
que tenía un dolor de cabeza intolerable y apretaba con fuerza sus manos contra sus ardientes mejillas.
Se obligó a bajarías.
¡Egipto había sido vencido! Se alegraba porque con ello la posición de Horemheb se debilitaría y todos los egipcios le quedarían agradecidos por evitar la invasión que, en caso contrario, se produciría inexorablemente.
Sin embargo, por encima del alivio que le producían esos pensamientos, en el fondo de su corazón sentía el peso de la verguenza y la tristeza, un orgullo herido por su país y una ciega furia contra su marido muerto, que los había traicionado a todos.
Dio la espalda a su paciente mayordomo y sofocó el ridículo impulso de llorar.
Egipto no es más que una manada de bestias que dirige sus obtusos ojos a sus gobernantes para que le indiquen el camino que ha de seguir, se recordó.
¡Sin duda esas bestias colocarán su seguridad muy por encima de cualquier amor abstracto por un trozo de tierra o un curso de agua! Luchó por sofocar el dolor que sentía y al fin se sintió capaz de enfrentarse con Meryra con calma.
–Hemos desperdiciado un tiempo precioso -aseguró-.
A partir de este momento no debemos cometer más errores.
Necesito un embajador, Meryra, alguien que haya amado a mi marido y me sea fiel; alguien a quien no le guste la perspectiva de ser gobernado por un faraón cuya fe en Atón sea cuestionable.
Un hombre así podrá ser convencido de actuar en mi nombre, sobre todo teniendo en cuenta que los khatti adoran al sol y, por tanto, un khatti sería mejor faraón que un hombre de Amón.
–Tal vez conviniera también que Su Majestad ofreciera a ese hombre una recompensa más concreta por sus esfuerzos -acotó Meryra, con tono amable-.
U promesa del cargo de "ojos y oídos" del nuevo Faraón, quizás, además de una importante cantidad de oro.
Puede que Hani sea el hombre indicado.
Desde que Osiris Akhenatón dejó de emplear a diplomáticos, muchos han estado desocupados y sin sueldo.
Hani siempre ha sido un hombre angustiado, pero lleno de ambiciones.
Es posible que ésa sea la combinación exacta que precisa Su Majestad.
–Recuérdame que también debo recompensarte a ti, Meryra -exclamó ella-.
Muy bien.
Hani me parece una buena elección.
Primero háblale de las recompensas para que le tiente la codicia, después indícale lo que debe hacer y, por fin, amenázalo, aunque suavemente.
No nos conviene atemorizarlo hasta el punto de que corra a buscar refugio en Ay.
Si no acepta, o si se muestra demasiado ansioso, hazlo matar en el acto.
Despiértalo y que parta en seguida en compañía de Kattusaziti, y no permitas que hable con nadie.
Ahora, voy a dictar una nueva carta para Supiluliumas.
Escríbela tú mismo.
–Meryra se sentó en el suelo, junto a la lámpara, y Nefertiti empezó a dictar-.
Comienza por los títulos, como la vez anterior.
Después, agrega: "Tu chambelán Kattusaziti me informa de que me creías muerta y te niegas a creer que no tengo hijo varón.
¿Por qué me acusas de engañarte?
El que fue mi marido ha muerto y no tengo hijo varón.
Si lo tuviera ¿crees que escribiría al extranjero para hacer pública la angustia en que estamos sumidos mi país y yo?
Ten la seguridad de que no he escrito a ningún otro país, sino solamente a ti.
Todo el mundo sabe que tienes muchos hijos varones.
¡Concédeme uno para que pueda ser mi esposo y reine en Egipto!" Quería añadir más cosas, verter en aquel papiro toda la amargura y el orgullo que la ahogaban, pero guardó silencio y, tras sellar el documento, indicó a Mesyra por señas que se retirara.
En la desierta habitación empezaba a percibirse el grisáceo tono de la hora anterior al amanecer.
Con el cansancio que provoca un antiguo hábito, despreciable pero imposible de olvidar, acercó una silla a la ventana, mientras en el exterior todavía reinaba la oscuridad.
Horemheb se levantó al ver entrar a Ay.
La antecámara estaba cerrada y oscura y la luz procedía de una única lámpara que el mismo Horemheb había encendido.
Ay avanzó lentamente, todavía amodorrado por un sueño pesado e inquieto, intentando aclarar sus pensamientos ante aquella entrevista con su yerno a una hora tan insólita.
Sostuvo un instante la mano que le ofrecía el comandante antes de sentarse en un sillón.
Le ardían los ojos y tenía la boca seca y amarga.
Le resultaba imposible apartar sus pensamientos de la pesadilla que tenía cuando su sirviente lo despertó y el terror aceleraba todavía los latidos de su corazón.
Últimamente se repetía a menudo el mismo sueño y a veces despertaba de repente y se refugiaba en el cuerpo tranquilizador de Tey, pero la pesadilla duraba frecuentemente hasta el amanecer y lo dejaba extenuado y atemorizado.
–Ahí tienes agua, por si la necesitas -indicó Horemheb, sentándose-.
Discúlpame por haberte molestado a medianoche, portador del abanico, pero este asunto no podía esperar y, aunque últimamente tú y yo nos vemos poco, no he querido actuar solo en un
asunto de tanta gravedad.
Ay estudió al comandante, sorprendido.
Horemheb estaba desnudo para contrarrestar el calor.
Sin maquillaje, su rostro quedaba a merced del examen de Ay; seguía siendo apuesto y su expresión tensa y alerta hizo que Ay se sintiera viejo, fofo y enfermo.
Moriré antes que tú, pensó el portador del abanico.
Lo sabía, pero hasta ahora nunca lo
había pensado seriamente.
Creo, imperioso yerno, que siempre te he envidiado.
–Explícame de qué se trata -repuso, con voz tranquila.
Horemheb le entregó un rollo de papiro y le acercó la lámpara.
En cualquier otro
momento Ay hubiera considerado el gesto como un insulto, pero aquella noche se limitó a desenrollar el papiro y empezó a leer.
Cuando terminó, no necesitó releerlo.
Dejó que el papiro volviera a enrollarse y lo depositó sobre la mesa.
Después, cruzó las manos sintiendo sobre su rostro los ojos de Horemheb.
Durante mucho rato le resultó imposible moverse, pero al fin recuperó su compostura y pudo mirar al comandante a la cara.
–¿Cómo ha llegado esta carta a tus manos?
–preguntó, tembloroso.
–Me la ha enviado May desde el fuerte que custodia el camino del desierto en dirección al norte de Siria -contestó Horemheb-.
Una pequeña compañía procedente de Egipto pasó por allí.
Se trataba de uno de nuestros embajadores acompañado por un extranjero, que explicó que era un enviado canaanita que regresaba a Askalon para ayudar a concretar una venta de granos que pensaban hacernos.
May empezó a recelar, y mientras los viajeros descansaban hizo registrar el equipaje de los dos.
–Señaló el papiro-.
El original estaba en la maleta del hombre.
May no sabía si debía detenerlos o si se
trataba de alguna difícil negociación con los khatti en la que participábamos nosotros y en la que tu hija nos ayudaba.
Así que les permitió continuar viaje.
Me alegro por nosotros de que May haya seguido su intuición.
Ay bajó la vista, estremecido.
–Éste no es el caso de una mujer de sangre real que busca llenar el vacío de su lecho con un amante -aventuró-.
Se trata de mi hija, una reina de Egipto, envuelta secretamente en la peor traición con un enemigo.
–Sabia que no debía preguntar a Horemheb lo que creía conveniente hacer, porque en ese caso se colocaba en inferioridad de condiciones.
El comandante contaba con la ventaja de haber tomado la iniciativa, y Ay no debía fortalecer aún más su posición-.
Nefertiti siempre ha estado enamorada del poder, pero carece de los medios para retener lo que ha conseguido -sugirió, con la mayor tranquilidad posible-.
Me cuesta creerla capaz de haber trazado este plan como una traición a sangre fría.
Sin duda, sólo veía en el asunto la oportunidad de retomar un papel activo en el gobierno.
–De acuerdo -concedió Horemheb-.
Aun así, me sorprende que haya sido capaz de concebir un plan así y llevarlo a la práctica, Ay.
Si May no hubiera actuado con inteligencia, si el embajador de Nefertiti hubiera pasado inadvertido…
–Pero no ha sido así -interrumpió Ay, todavía luchando contra la emoción que amenazaba con desarmarlo.
Mi hija.
Mi propia carne decidida a entregar a Egipto en un momento en que el país agoniza.
¿Sentirá remordimientos?
¿Habrá tenido que luchar al menos con un sentimiento de verguenza?
–No, no ha sido así -repitió Horemheb, lentamente-.
Así que debemos decidir qué hacer.
Me siento particularmente escandalizado porque es imposible que la Reina estuviera enterada del resultado de la batalla librada contra Suppiluliumas en el momento de iniciar los tratos.
Por tanto, ni siquiera puede alegar que tras la derrota sufrida, era la única posibilidad de paz que le quedaba a Egipto.
Sólo la ha movido la fiebre del poder.
–¡Cuánta justicia, considerando que el que habla es un hombre que también tiene la mirada puesta en la doble corona! – replicó Ay, asumiendo una irracional defensa de su hija, que, como él bien sabía, no tenía defensa posible-.
Te conozco bien, Horemheb, y tú me conoces a mí.
Si se te presentara la ocasión, la aprovecharías, ¿no es verdad?
–¡Estoy cansado de ver que en Egipto el poder pasa de mano en mano y que nunca recae en alguien valioso o capaz de controlarlo! – atajó Horemheb gritando-.
Hace años lo hubiera arriesgado todo con tal de deponer a Akhenatón y encontrar a un fiel hijo de Amón a quien colocar en el trono lo mismo que tú.
¡Nosotros también somos traidores por permitir que el imperio más grande del mundo haya muerto poco a poco mientras discutíamos sobre el derecho de Atón a gobernar Egipto por mediación de tu sobrino! – Horeniheb se recostó contra el respaldo del sillón respirando con fuerza y Ay lo observó detenidamente.
–Crees que no corres peligro al hablar claro conmigo esta noche porque me consideras un viejo y estás convencido de que mi época ya ha pasado -repuso, sin perder la calma-.
Pero te equivocas, comandante, de manera que te aconsejo que seas prudente con tus palabras.
Tu posición jamás ha sido más precaria.
Te arriesgaste a intentar ganar influencia sobre Smenkhara por medio de una guerra victoriosa, y no te ha dado resultado.
Me has pedido que viniera a ventilar nuestros agravios personales.
Debemos resolver este dilema.
–No se trata de un dilema.
–Horemheb había retrocedido y las sombras ocultaban su rostro-.
Nefertiti merece ser ejecutada.
–Lo merezca o no, es imposible hacerla matar.
La credibilidad y la veneración que el pueblo siente por la realeza jamás ha sido tan débil.
Egipto está harto del egoísmo de sus gobernantes y reclama seguridad a gritos.
Si la cuchilla hiciera caer la cabeza de una reina, esa credibilidad quedaría completamente destruida.
¿Cómo es posible que una diosa sea ejecutada por sus adoradores?
No debemos permitir que el pueblo se haga esa pregunta.
Además, Horemheb, Nefertiti no es Tiy.
Ella no es responsable de actos cuyas consecuencias no alcanza a prever.
–¡Ahora habla el padre viejo! – se burló Horemheb-.
Nefertiti hubiera podido salvar a Egipto hace tiempo, en la época en que Akhenatón la adoraba y confiaba en ella, pero era demasiado egoísta y estúpida para intentarlo.
Merece la muerte.
Aun así, tienes razón cuando hablas de necesidades políticas.
Por lo tanto, sugiero que enviemos un mensaje a May ordenándole que espere al Príncipe justo en la frontera y que, en cuanto aparezca, lo mate a él y a todos sus acompañantes.
–Si es que Suppiluliumas decide colaborar.
–De repente, Ay llegó a la conclusión de que Horemheb no tenía ninguna necesidad de consultarle.
Hubiera podido alegar que se trataba de un asunto militar y, por tanto, haberse encargado personalmente de
solucionarlo, presentándole después los hechos consumados.
Me pregunto cuánto tiempo pasará, pensó, antes de que Horembeb comprenda que Nefertiti puede ser secretamente asesinada, haciendo correr después alguna historia inocua en beneficio de los campesinos.
Mi hija ha vivido retirada durante tanto tiempo en el palacio del norte, que muchos deben de creer que ya ha muerto.
–¡Oh!, no lo dudes, colaborará -replicó Horemheb, enfáticamente-.
Por mucho que dude, no dejará pasar la oportunidad de obtener una victoria sin derramamiento de sangre.
Hace tanto tiempo que ese hombre amenaza a Egipto que hemos empezado a revestirlo con los atributos de un dios, pero recuerda que no carece de debilidades.
Sí, es cierto, ha descalabrado a nuestro ejército, aunque si nuestros soldados hubiesen estado mejor entrenados el resultado hubiera sido diferente.
Ya llegará el día en que lo venceremos.
–No podemos permitirnos el lujo de soñar con un día lejano.
Debemos considerar la próxima hora -recordó Ay, con sequedad-.
¿Está Smenkhara enterado de esto?
–¡Qué pregunta tan tonta!, pensó Ay en el momento de formularla.
Horemheb debe haber ido directamente al Príncipe para pedirle permiso para tomar medidas y Smenkhara debe haber insistido en que el comandante hablase conmigo.
En caso contrario, quizás yo nunca lo hubiera sabido.
–Sí -contestó Horemheb-.
Y ha consentido graciosamente en esperar a que nosotros deliberemos.
Por supuesto, si no logramos ponemos de acuerdo en el plan que se ha de seguir, él tendrá la última palabra.
¿Quieres que vayamos a verlo?
Ay se levantó del sillón con dificultad y se detuvo un momento para que los latidos de su corazón recobraran su ritmo normal antes de seguir a Horemheb y abandonar la habitación.
Smenkhara estaba completamente desnudo, como Horemheb, salvo por una cinta azul manchada de sudor que rodeaba su cabeza y un pequeño ojo de Horus de turquesa que colgaba de una cadena de oro de su cuello.
Estaba espatarrado sobre el trono de su salón de recepción, apoyado sobre unos almohadones, con un talón sobre el borde del trono y un pálido brazo descansando sobre la rodilla.
Los visitantes se arrodillaron ante él, se pusieron de pie y esperaron a que él hablara primero.
Había muchas lámparas encendidas y Smenkhara no parecía percibir el calor que despedían.
–Muy bien, tío -dijo, con voz cáustica-, esta vez mi real prima ha superado todas sus tonterías anteriores.
¿Hay alguna razón que nos impida matarla o enviarla al exilio?
Tal vez conviniera enviarla al país de los khatti, considerando los deseos que parece tener de gozar de la compañía de esa gente.
Era una acusación personal y Ay se preparó para contestar cuando, sorpresivamente, Horemheb decidió hablar.
–Alteza, no ganaríamos nada con la muerte de la Reina.
El portador del abanico y yo proponemos que se sitúen centinelas en el norte de Siria y que se prepare un pequeño accidente para el extranjero cuando, sin duda, se presente.
Si actuamos con inteligencia, ni siquiera Suppiluliumas podrá acusar directamente a Egipto del asesinato.
–¿Dices que no ganaríamos nada?
–intervino violentamente Smenkhara alzando la voz y cerrando los puños-.
¡Mi madre me prometió la doble corona! ¡Ella me la prometió! La merezco.
¡Me pertenece por derecho de sangre y Nefertiti intentaba quitármela! Ay observó con curiosidad el rubor que había cubierto de repente el rostro alargado, la emoción que sacudía el pecho hundido del Príncipe.
No se atrevía a mirar a Horemheb, pero sabía que el comandante había percibido el parecido con Akhenatón.
Por primera vez en muchos meses, se estableció una corriente de comprensión entre los dos hombres, y el Príncipe, como si la hubiera detectado, se pasó una mano por el afeitado cráneo, con un gesto casi de defensa.
–Supongo que carece de importancia -prosiguió, con más calma-.
Dentro de poco tiempo Akhenatón estará enterrado, yo seré faraón y Meritatón, mi reina.
¿Y entonces, qué podrá hacer mi prima?
–Se inclinó levemente hacia delante y miró con frialdad a los dos hombres-.
Supongo que los dos comprenderéis que si se tiende una trampa al extranjero, será necesario matar a todos los que lo acompañen, incluyendo a los enviados de Nefertiti.
Porque, en caso contrario, Suppiluliumas averiguará la verdad.
Horemheb asintió.
–Su Alteza puede dejar los detalles en mis manos.
Smenkhara dirigió a su tío una mirada astuta.
–¿Y el portador del abanico tiene alguna objeción?
–peguntó.
–Ninguna, Pichón de Horus -respondió Ay, haciéndole una reverencia.
Smenkhara se levantó y salió sin volver a mirarlos.
Ay dejó escapar un largo suspiro.
Horemheb lo observaba con una sonrisa burlona.
–Es como si retrocediéramos diez años, ¿verdad?
–preguntó.
–Utiliza la caballería, comandante -sugirió Ay, ignorando el comentario de su yerno-, y disfraza a los soldados como aspirus del desierto.
La escolta del príncipe khatti estará formada, sin duda, por jinetes y no debemos cometer errores.
Nadie ignora lo peligroso que se ha vuelto el camino del desierto.
Es posible que nuestro plan tenga éxito.
–Me parece una excelente idea -asintió Horemheb-.
¿Quieres una copia de las órdenes que voy a enviarle a May?
–No, pero avísame cuando todo haya terminado.
–Ay le saludó con una amable reverencia antes de volverse y alejarse andando pausadamente.
Jamás se había sentido tan cansado en su vida.
El período de duelo por Akhenatón estaba a punto de finalizar.
Día tras día, Nefertiti permanecía sentada en silencio junto a la ventana con la mirada clavada en el río.
Despertaba siempre al alba tras un sueño breve e inquieto con los ojos enrojecidos y las manos temblorosas, presa de una ansiedad que ya no lograba controlar.