El fin de semana
Capítulo 10
Cuando el saxofón enmudeció y Christiane apagó el aparatito portátil, la mayoría de la gente se despidió: «Buenas noches», «Que durmáis bien», «Hasta mañana».
Ilse continuó sentada a la mesa, a pesar de comprender que Jörg y Marko hubieran preferido que se fuera. Marko habría querido librarse también de Christiane, pero ella no se habría ido de allí por nada en el mundo, y además Jörg la retenía, pues se dirigía tanto a ella como a Marko y les servía más vino a los dos. La tensión entre los tres era tan intensa que Ilse percibía una especie de chisporroteo eléctrico que le impedía desaparecer discretamente, como hubiese querido hacer dada su timidez.
Al principio se dedicó a escuchar. Luego, consideró que lo que decían era indiferente. Las palabras que intercambiaban Jörg, Christiane y Marko le resultaban tan aleatorias como la composición de las piedras con las que los jugadores compiten sobre un tablero. La lucha entre los tres no se reflejaba en las palabras, sino en el tono de sus voces, en sus rostros y en sus gestos. En la agudeza estridente de Christiane y en la viscosidad zalamera y envolvente de Marko. Él ya se consideraba ganador de aquella contienda y Christiane se mostraba cada vez más desesperada. Jörg no hablaba menos que los otros dos ni empleaba un tono menos fuerte. Pero poco a poco Ilse fue comprendiendo que en realidad Jörg no estaba compitiendo. Eran los otros dos los que luchaban. Luchaban por su alma.
Y él disfrutaba de ello. No era sólo el vino lo que le soltaba la lengua, le enrojecía la cara y dulcificaba sus gestos. No era sólo la cálida luz de las velas lo que atenuaba sus arrugas. Lo que le estimulaba era ser el centro y comprobar lo importante que era para Christiane y para Marko. Eso lo rejuvenecía. Y por lo tanto no paraba de pincharles para que no aflojaran sus posturas en el combate.
—Sigue siendo casi un niño —dijo Marko para apaciguar a Christiane, que le reprochaba haber puesto a Jörg en peligro de no obtener el indulto con aquella nota enviada al congreso sobre la violencia, a lo que Marko hubo de contestar como un revolucionario ciertamente más joven pero más espabilado y con todo el derecho a intentar reclutar a Jörg. A ti te gustaría incapacitarme —le espetó de pronto a Christiane, que no quería que su hermano fuera a reunirse con los organizadores del congreso, a lo que ella hubo de contestar asegurando que no, que lo tenía por una persona con cabeza y de inteligencia superior.
Pero Marko no cejaba.
—No pretendo que te metas en todo de golpe, Jörg. Pero te necesitamos. Nosotros no sabemos cómo combatir el sistema. Discutimos y discutimos y, de vez en cuando, algunos de nosotros emprenden una acción y se organiza un incendio delante de la fiscalía general o se da la alarma en la estación y los trenes sufren retrasos, pero eso son juegos de niños. Mientras que si colaborásemos con los camaradas musulmanes, podríamos hacer algo más importante. Ellos con su energía y nosotros con nuestro conocimiento del país, si trabajáramos juntos podríamos darles donde verdaderamente más les duele. Pero luego llegan los que dicen que con ésos no, que por qué no con los de extrema derecha, y entonces hay otros que dicen que sí, ¡eso es!, ¿por qué no con la extrema derecha? Y después empiezan las viejas discusiones que tú ya has superado: que si violencia contra las personas o contra las cosas, o que si nada de violencia… Necesitamos a alguien con autoridad. Los demás integrantes de la Fracción del Ejército Rojo se han dado por vencidos y se han arrepentido y han gritado y han pedido perdón. Pero tú no. Es que tú no tienes ni idea de la autoridad que tienes.
Jörg sacudió la cabeza, pero sólo para seguir escuchando más comentarios sobre la firmeza que había demostrado en la cárcel, sobre la admiración que despertaba entre los más jóvenes y sobre la responsabilidad que eso conllevaba. Sí, le aseguró Marko, su autoridad conllevaba una responsabilidad y no podía dejar a los más jóvenes en la estacada.
¿Qué podía objetar Christiane? Que debía tomarse un poco de tiempo.
—No hace ni veinticuatro horas que saliste de la cárcel y…
—Tomarse un tiempo… —se burló Marko. ¿Tomarse un tiempo? Ya ha tenido que tomarse veintitrés años. Ha aguantado veintitrés años para llegar a convertirse en el modelo que es ahora. Cuando Nelson Mandela salió de Robben Island, tú le habrías mandado a pasar el verano a la región de Algovia, ¿verdad?
¿Nelson Mandela? Ilse miró a Jörg: sonreía un poco abochornado, pero no protestaba. ¿Sería su sed de reconocimiento tan grande? ¿Cómo sería la mía después de veintitrés años? ¿Podría resistirme a Marko? Él era bueno. Cuando miraba a Jörg a la cara, con sus ojos azules, era como si depositara, pleno de confianza, su juventud a sus pies. Tanto si Jörg creía como si dejaba de creer en una nueva oleada de combates contra el sistema, en la cooperación con Al Qaeda y en su papel de modelo a seguir, en lo que desde luego sí creía era en la admiración que provocaba en Marko y en que no era el único en experimentarla.
—¿Ya no te acuerdas de con qué frecuencia hablabas de lo que añorabas la naturaleza, los bosques, los prados, los verdes tiernos de la primavera, los colores del otoño, el olor a hierba recién cortada y a hojas pudriéndose? Y de la añoranza del mar… En una ocasión me dijiste que, cuando obtuvieras la libertad, querías correr por la playa y mirar las olas hasta que se adentrara en ti su ritmo regular. Y también decías que a veces soñabas con un jardín grande, con árboles frutales, bajo los que estar en una tumbona en primavera, envuelto en una manta que te protegiera del frío. ¡No permitas que te priven de ese sueño!
A Jörg hablar de aquellas añoranzas y aquellos sueños le resultaba embarazoso estando Marko presente.
—Entonces estaba desesperado, Christiane. Ahora veo con mayor claridad que tengo una responsabilidad no sólo conmigo mismo, sino también con aquellos que creen en mí. Pero, ya que la tormenta ha cesado, me gustaría dar un paseo contigo por el bosque y los prados —dijo, sonriendo a su hermana. ¿Vamos?
Christiane volvió a olvidar su enfado inmediatamente. Había sido demasiado susceptible. Jörg compartía con ella una añoranza de la naturaleza que nunca había desvelado a Marko. Se puso de pie antes que Jörg, y cuando él se levantó también, se cogió de su brazo, como una novia.
—¿Necesitamos una linterna?
—No, conozco bien todos los caminos.
—Cuando volvamos, ya estaréis en la cama. Acabaos la botella y que durmáis bien —dijo Jörg haciendo un gesto de despedida con la mano izquierda, mientras colocaba el brazo derecho alrededor de la cintura de su hermana. A continuación abrieron las dos alas de la puerta que daba al jardín, salieron a la terraza y la noche los engulló.
—Bueno, muy bien —dijo Marko, sirviendo vino en la copa de Ilse y el resto, en la suya. ¿Quieres uno? —preguntó, ofreciéndole un cigarrillo.
—No, gracias.
Marko se tomó su tiempo para encender el suyo.
—Te has pasado toda la noche mirándome como si estuvieras preguntándote si realmente creo lo que digo o estoy chiflado. Pues sí, estoy un poco chiflado, pero creo lo que digo. Yo, en cambio, me pregunto si tú y la gente como tú comprendéis lo que está pasando en el mundo. Seguro que piensas que el 11 de septiembre fue una locura de los islamistas, pero no; sin el 11 de septiembre no habría ocurrido nada de lo bueno que ha sucedido en los últimos años: la nueva atención que se presta a los palestinos, que, al fin y al cabo, son la clave para conseguir la paz en Oriente Próximo, y a los musulmanes, que, al fin y al cabo, representan un veinticinco por ciento de la población mundial; la nueva sensibilidad ante las amenazas al mundo, que van desde las de índole económico hasta las de índole ecológico, la constatación de que la explotación tiene un precio creciente. El mundo necesita a veces de una conmoción para tomar conciencia de las cosas, como les ocurre a los seres humanos: mi padre, por ejemplo, tras sufrir un infarto ha empezado a vivir por fin de un modo razonable, como debería haber hecho siempre. Otras personas necesitan dos o tres.
—Algunos mueren cuando les da un infarto.
Marko aplastó el cigarrillo a medio fumar y se bebió todo el vino que quedaba en su copa.
—¡Ay, Ilse! Te llamas así, ¿verdad? Si alguien muere hoy en día de infarto es porque se lo ha buscado. ¡Que duermas bien!